26916(04-11-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.º 26916  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

          Magistrada Ponente:   

                      MARÍA DEL  ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS   

Aprobado Acta No. 361.  

          Bogotá,   D.   C.,   noviembre   cuatro   (4)   de   dos  mil  diez  (2010).   

ASUNTO  

La  Sala  resuelve  de  fondo el recurso de  casación  excepcional  interpuesto  por  el defensor del procesado NORBERTO  MEDINA  MARTÍNEZ contra  la  sentencia  de  segunda instancia proferida por  el  Tribunal  Superior  de  Barranquilla  el  30  de agosto de  2006,   que  revocó  la  absolución  dictada  a  favor  del  mencionado  el  29 de agosto de 2005 por el  Juzgado  Segundo  Promiscuo  del  Circuito  de  Sabanalarga  y,  en su lugar, lo  condenó   como   autor   del   delito   de  peculado  por  aplicación  oficial  diferente.   

HECHOS  

Se  sintetizaron en el auto mediante el cual  esta Sala calificó la demanda, de la siguiente forma:   

“Los  hechos respecto de los cuales versa  la  acusación  formulada al procesado NORBERTO MEDINA MARTÍNEZ estriban en que  éste,  en  su  condición de alcalde del municipio de Santa Lucía (Atlántico)  y,  por  tanto,  ordenador  del  gasto,  dejó de transferir al departamento los  dineros  recaudados  durante los años 1996 y 1997 por concepto de los impuestos  de  estampillas  pro  ciudadela  universitaria  y  pro  electrificación  rural,  dineros  que,  contrariamente, fueron consignados en una cuenta única utilizada  para el pago de obligaciones propias del municipio.   

         Según  certificación  expedida  el 3 de septiembre de 1999 por la  Subsecretaria   de  ingresos  de  la  Secretaría  de  Hacienda  del  mencionado  Departamento,  el  monto  de  lo  adeudado  por el municipio de Santa Lucía por  dicho   concepto   correspondía  a  la  suma  de  $44.633.359.oo”.   

ACTUACION PROCESAL  

Con  fundamento  en la denuncia formulada, a  través  de  apoderado, por el Gobernador del Departamento de Atlántico, se dio  inicio  a  la respectiva investigación a la cual fueron vinculados Raúl   Pino   Cortés,   Renett   Ravelo  Rodríguez  y NORBERTO MEDINA MARTÍNEZ.   

A Pino Cortés,  en la misma decisión a través de la cual se le resolvió  favorablemente  la  situación  jurídica,  le  fue precluida la investigación.  Frente  a  los  dos  restantes,  el  20  de  noviembre  de  2002 se clausuró el  averiguatorio  penal  y,  el  18 de febrero de 2003, se calificó el mérito del  sumario  con  resolución  de acusación contra MEDINA  MARTÍNEZ  como  presunto autor del delito de peculado  por  aplicación oficial diferente y preclusión de la investigación a favor de  Ravelo Rodríguez.   

El  llamamiento  a  juicio  en  contra  de  MEDINA   MARTÍNEZ   fue  confirmado  por  una  fiscal  de  la  Unidad  de  Fiscalías ante el Tribunal de  Barranquilla  el  23  de  marzo  de  2004,  motivo por el cual se remitió a los  juzgados   de  conocimiento,  en  donde  le  correspondió  al  Juzgado  Segundo  Promiscuo del Circuito de Sabanalarga.   

Ante  dicho  despacho  se  realizaron  las  audiencias  preparatoria  y  de  juzgamiento.  En  esta  última,  la  fiscalía  modificó  la  calificación  jurídica,  para  formular  la  imputación por el  delito de peculado por apropiación.   

El     a  quo  puso  fin  a  la  instancia  con  la sentencia de  carácter  absolutorio  proferida  el  15  de febrero de 2006, contra la cual se  alzaron   en   apelación   tanto  el  apoderado  de  la  parte  civil  como  el  representante  del  Ministerio  Público,  sobre  los  cuales  se  pronunció el  Tribunal  Superior  de  Barranquilla  el  30  de agosto de 2006 en el sentido de  revocar  la  absolución  y,  en  su  lugar,  condenar al procesado NORBERTO  MEDINA  MARTÍNEZ  a  las penas  principales  de  diez  (10)  meses  de  prisión,  20  salarios mínimos legales  mensuales  de  multa  y  un  (1)  año  de interdicción de derechos y funciones  públicas,   como   autor   del  delito  de  peculado  por  aplicación  oficial  diferente.   

Contra la determinación anterior, la defensa  del   procesado,   mediante   demanda,   interpuso   recurso  extraordinario  de  casación.    Por  auto  del  18  de  abril  de  2007 la Sala admitió  exclusivamente    el    primer   cargo   allí   planteado   e   inadmitió   el  segundo.   

El  Procurador  Segundo  Delegado  para  la  Casación      Penal      emitió      concepto1  en donde solicita no casar el  fallo  impugnado.  En  consecuencia,  procede  la Sala a adoptar la decisión de  fondo que en derecho corresponda.   

LA  DEMANDA   

          En  el  primer  cargo del libelo, único admitido por la Corte en la  decisión  referida,  el  defensor  de NORBERTO MEDINA  MARTÍNEZ  aduce la falta de aplicación del artículo  399  de la Ley 599 de 2000, en punto a los ingredientes normativos que tipifican  el   delito  de  peculado  por  aplicación  oficial  diferente,  concretamente,  “…en  perjuicio  de la inversión social o de los  salarios   o   prestaciones   sociales   de   los   servidores…”,  falta de aplicación que condujo a la violación de otras normas,  entre  las  cuales  cita los artículos 6º del Código Penal y de Procedimiento  Penal,  consagratorio  del  principio  de  legalidad,  10  del  primero  de esos  estatutos  que  trata  del  principio  de  tipicidad,  y  20  y 234 del segundo,  referentes,  en  su  orden,  a  los  principios  de  investigación  integral  e  imparcialidad.   

Según   el   actor,  la  primera  de  las  disposiciones   citadas,  en  lo  concerniente  a  los  ingredientes  normativos  transcritos,  resultaba  de  aplicación  imperiosa  por virtud del principio de  favorabilidad,  cuyo  desconocimiento  llevó  a  la  también  desatención del  principio  de  legalidad  y,  consecuencialmente,  a  la vulneración del debido  proceso.   

          Lo  anterior,  añadió,  porque  el citado artículo 399 varió las  condiciones  de  tipicidad  del  peculado  por aplicación oficial diferente, al  incorporar  a  su  descripción  legal  los  elementos  normativos  en alusión,  tornándose  en  ese sentido más beneficioso el aludido precepto, de manera que  debió  aplicárselo  al  procesado, no obstante lo cual el fallador ni siquiera  mencionó  en  su  decisión  dichos  ingredientes  normativos y consideró, sin  más,  la  normativa  derogada  al  punto  de  argumentar en su decisión que el  ilícito  se  estructura  así  el  uso  diverso  de  los bienes “se realice en beneficio de la administración”.   

          Sobre  el  principio  de  imparcialidad,  estimó  que su violación  deviene  de  la  omisión  del  instructor de orientar la actividad probatoria a  establecer  si  con  la  conducta  imputada se causó detrimento a la inversión  social  que  correspondía  atender  al  Departamento  del  Atlántico  o  a los  salarios  o  prestaciones de los servidores adscritos a esa entidad territorial,  y  es  así como en este momento no existe prueba demostrativa de esos aspectos,  luego  no  se  encuentra  acreditada  la  tipicidad  del  comportamiento, lo que  imponía  la absolución del procesado, decisión que pide adoptar a la Corte en  el consiguiente fallo de reemplazo.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

Inicia  por  precisar  el  señor Procurador  Segundo  Delegado  para  la Casación Penal si es verdad que, como lo pregona el  libelista,  la  actual  regulación  del tipo penal del peculado por aplicación  oficial  diferente  es  más favorable al procesado que la derogada contenida en  el  Decreto  100  de 1980, modificada por el artículo 32 de la Ley 190 de 1990,  bajo cuya vigencia ocurrieron los hechos.   

Después  de  transcribir  el  contenido  de  dichas  disposiciones  señala  que,  según  la  doctrina,  esta  modalidad  de  peculado  se  caracteriza  en  que  el  servidor  público  no  obtiene,  con su  asignación  a  menesteres  distintos,  un  provecho para sí o para otros y que  para  predicar  su  existencia  resulta precisa la utilización de los dineros o  bienes  públicos  en  rubros  distintos  a  los  dispuestos en detrimento de la  inversión  social  o de salarios y prestaciones de los trabajadores. Esta nueva  interpretación,  añade,  comporta  “un  resultado  valorado    en    perspectiva    de    antijuridicidad   material”.   

De   ese   modo,   puntualiza,  la  actual  regulación   sí   es   más   favorable   para   el   procesado   “si  se  entiende  que  la nueva norma contiene una exigencia que  tiene  como  consecuencia  inmediata  restringir,  limitar  o  circunscribir  el  universo  de  los  rubros  en perjuicio de los cuales se efectúa la asignación  distinta,  replegando  la conducta punible sólo a los que tienen que ver con la  inversión  social  y/o salarios y prestaciones sociales, márgenes que la norma  derogada   no   contemplaba,  pues  la  dedicación  punible  abarcaba  todo  el  presupuesto  de gastos, fueran o no para la inversión social y/o prestaciones y  salarios de los trabajadores”.   

Acto   seguido,   aborda  el  concepto  de  inversión  o  gasto social de conformidad a lo señalado en el artículo 366 de  la  Constitución  Política,  según  el cual es obligatorio destinar una parte  del  presupuesto  de ingresos a lo que se llama gasto público social en orden a  mermar la desigualdad económica y social de los ciudadanos.   

Recuerda cómo en el informe ponencia de los  constituyentes  Carlos  Rodado  Noriega,  Jesús Pérez González Rubio y Helena  Herrán  de Montoya sobre Hacienda Pública y Presupuesto, Gaceta Constitucional  53  de  18  de  abril  de  1991, se hizo énfasis en que la transformación más  importante  en  la  política  presupuestal, a fin de que los ingresos estatales  cumplan  un  papel  eminentemente  redistributivo,  es  el componente denominado  gasto  público  social,  como  lo  concibió  la  Corte  Constitucional  en  la  sentencia C-590 de 1992.   

En  ese  orden de cosas procede a analizar a  cuál  clase  de  inversión  estaban destinados los recaudos efectuados con las  estampillas  pro  ciudadela  y  pro  electrificación  rural,  desviados  por el  alcalde a otra clase de gastos en el municipio de Santa Lucía.   

Así,  aduce  que  con  la  Ley  77 de 1981,  precedida  por  la  Ley  41  de  1966,  se  creó  un impuesto para financiar la  construcción  de  la  Ciudadela  Universitaria  del  Atlántico  y  unificó su  recaudo  con  los  dineros  ordenados  a  la  erradicación de tugurios en dicho  departamento, como se estableció en su artículo 8°.   

Por  su parte, la Ley 23 de 1986 autorizó a  las  Asambleas  Departamentales,  Consejos Intendenciales y Comisariales, por el  término   de   20   años,   a  disponer  la  emisión  de  la  estampilla  pro  electrificación  rural,  por  lo  cual  dichos impuestos estaban destinados, en  todos  los  niveles  de  la  administración,  a  mejorar las condiciones de las  personas  más  desfavorecidas,  tanto  en  la  educación  universitaria  y  la  satisfacción  del  derecho  a  una  vivienda  digna,  como  en la dotación del  servicio  eléctrico a las zonas campesinas, bienes jurídicos protegidos por el  Estado  Social de Derecho.            

Y,  como  de  estos  caudales,  concluye, el  alcalde  NORBERTO  MEDINA  MARTÍNEZ  “hizo  uso de  forma  indiscriminada y sin respetar el objeto a que estaban designados, pues no  realizó   el   correspondiente  giro  a  la  entidad  departamental”,         depreca         no         casar        el        fallo  impugnado.        

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          Con  el  objeto  de resolver de fondo la pretensión contenida en el  único  cargo  admitido  de la demanda formulada por el defensor de NORBERTO   MEDINA  MARTÍNEZ,  la  Sala  acometerá  el estudio de los  siguientes         puntos:   (i)  aplicación  del  principio  de  favorabilidad en relación con el nuevo ingrediente del delito de  peculado  aplicación  oficial  diferente previsto en el artículo 399 de la Ley  599  de  2000  y  (ii)  análisis de dicho elemento normativo para establecer la  tipicidad                     en                     el                     caso  concreto.            

     

i. Aplicación  del  principio  de  favorabilidad:     

De  conformidad  con  lo  demostrado  en  la  actuación,  reconocido  en  los  fallos  y no discutido por el casacionista, el  procesado   NORBERTO  MEDINA  MARTÍNEZ  se   desempeñó   como   alcalde  del  municipio  de  Santa  Lucía  (Atlántico)  durante  el  período  comprendido entre los años  de 1995 y  19972   

, vigencia durante la cual, específicamente  en  el  segundo  año  de  su  gestión,  omitió transferir al departamento los  dineros  recaudados  por  concepto  de los impuestos de estampilla pro ciudadela  universitaria  y  pro  electrificación  rural por un monto de cuarenta y cuatro  millones  seiscientos  sesenta y tres mil trescientos cincuenta y nueve pesos ($  44.663.359), que decidió destinar a otros gastos.   

Por  tal conducta se lo condenó en el fallo  de  segunda  instancia, revocatorio de la sentencia absolutoria proferida por el  Juzgado  Segundo  Promiscuo  del  Circuito  de  Sabanalarga,  por  el  delito de  peculado  por  aplicación  oficial  diferente,  a  tenor  de  lo  normado en el  artículo  136  del derogado Decreto Ley 100 de 1980, modificado por el 32 de la  Ley 190 de 1995.   

Empero,  no  tuvo  en cuenta el Tribunal que  este  delito  fue modificado en su estructura típica por el artículo 399 de la  Ley  599 de 2000, normativa que sólo consideró al momento de individualizar la  pena,   descartándola  por  resultar  en  esa  materia  más  gravosa  para  el  procesado.   

Estima el recurrente en casación que si bien  en  cuanto  al  factor  punitivo  es favorable la norma escogida por el fallador  ad quem, en el ámbito de la  tipicidad  ha debido acoger la disposición ulterior por contener un ingrediente  normativo  adicional  referido  a  que  la  conducta debe entrañar “perjuicio  de  la  inversión  social  o  de  los salarios o las  prestaciones  sociales  de  los servidores”, sobre el  cual  nada  adujo  el  fallador,  circunstancia  que,  desde  su punto de vista,  determina  la  absolución  del  ex  burgomaestre del municipio de Santa Lucía,  toda  vez que no obran elementos de juicio que demuestren la afectación de esos  rubros.   

El  primer aspecto que corresponde elucidar,  por  consiguiente,  es  si, como lo plantea el libelista, es posible realizar un  nuevo  juicio  de  favorabilidad  respecto  de  otras  materias entre las mismas  leyes,  optando  por  tomar  otro  aspecto  de  la norma desechada en la primera  ponderación.    

Sobre esta problemática ya se ha pronunciado  la  Sala  desde  el  fallo  de  septiembre  de  20013,  a  través de la cual varió  su  jurisprudencia  anterior,  en  el sentido de señalar que en aplicación del  principio   de   favorabilidad  es  viable  la  creación  de  una  lex  tertia  o  nueva,  conformada por la  conjugación  de  diversos  puntos benéficos de las leyes en conflicto, siempre  que  se  mantenga  a  salvo  la autonomía de cada instituto o materia objeto de  regulación.    

Sin que exista, entonces, tropiezo diferente  para  aplicar el principio de favorabilidad al de no distorsionar las temáticas  seleccionadas,  se  procederá  a establecer si entre las normas sucesivas en el  tiempo,  en  este  caso los artículos 136 del derogado Decreto Ley 100 de 1980,  modificado  por  el artículo 32 de la Ley 190 de 1995, y el artículo 399 de la  Ley  599  de 2000, tal supuesto se cumple, como lo dice el actor, en lo atinente  a  la  estructura  típica contenida en la normativa actualmente en vigor.    

Pues  bien,  la preceptiva derogada, vigente  para  el  momento  de  los  hechos,  sancionaba  dicha  conducta  punible  de la  siguiente forma:   

“Artículo  136:  Peculado   por   aplicación   oficial   diferente.  Modificado  por  la  ley  190  de  1995,  artículo       32.      El  servidor  público que dé a los bienes del estado o  de empresas o  instituciones   en   que  éste  tenga  parte,  cuya  administración  o  custodia  se  le  haya  confiado  por  razón  de  sus funciones, aplicación oficial diferente de aquella a  que  están  destinados,  o     comprometa    sumas    superiores  a   las   fijadas  en  el  presupuesto,  o las invierta  o   utilice  en  forma  no  prevista  en  éste, incurrirá en prisión de seis (6)  meses   a   tres  (3) años,  multa  de  diez  (10)  a  cincuenta  (50)  salarios  mínimos  legales mensuales  vigentes  e interdicción de  derechos    y   funciones  públicas de uno (1) a tres (3) años”.   

Por  su  parte,  la legislación actual, que  entró  a  regir el 25 de julio de 2001, bajo la misma denominación, introdujo,  en  su  artículo  399, una modificación al supuesto típico, en los siguientes  términos:   

“Artículo  399:  Peculado   por  aplicación  oficial  diferente.  El  servidor    público    que    dé   a   los  bienes  del  Estado  o  de     empresas     o     instituciones  en  que  éste  tenga  parte,  cuya  administración  o   custodia  se   le   haya   confiado   por   razón  o   con  ocasión  de  sus  funciones,  aplicación  oficial diferente de aquella a  que  están  destinados,  o  comprometa   sumas-   superiores  a  las  fijadas en el presupuesto, o  las invierta o  utilice  en  forma no prevista en éste, en  perjuicio  de  la inversión social o  de   los   salarios   o  prestaciones  sociales  de los servidores,  incurrirá  en  prisión  de  uno (1) a  tres   (3)   años,  multa  de diez (10) a cincuenta  (50)  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes e  inhabilitación   para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones   públicas   por   el  mismo  término”  (subraya      fuera      de     texto).   

Así pues, al incluir la última normatividad  el  agregado  destacado,  manteniendo  el  resto  de  la  estructura del delito,  refulge  diáfano  que  ello  constituye  una  reforma  favorable  para quien es  investigado   por   el   delito,   toda   vez  que  ahora,  para  atribuir   responsabilidad  por  este delito, ya no sólo se debe demostrar que la conducta  fue  cometida  por  un  servidor público que haya dado a los recursos públicos  bajo  su administración, custodia, confianza o por razón o con ocasión de sus  funciones  una  aplicación  oficial  diferente  de  aquella  a  la  que estaban  destinados,  o  comprometido sumas superiores a las fijadas en el presupuesto, o  los  haya invertido o utilizado de una forma no prevista en éste, como ocurría  en  el  precepto  anterior,  sino  que  se  debe  corroborar  que esa inversión  desviada  se configuró en perjuicio de la inversión social o de los salarios o  prestaciones  sociales  de  los servidores públicos4.  Es decir, en pocas palabras,  se  puede  colegir  que  ahora  existe  una carga demostrativa adicional para la  estructuración   de   la  conducta  punible  que,  por  lo  mismo,  se  reporta  beneficiosa al procesado.   

En  efecto,  a diferencia de la legislación  derogada,  si  el desvío de los recursos no afecta estos renglones, la conducta  deberá  reputarse  atípica  e incluso, despojada de antijuridicidad. Por ello,  razón  asiste al señor Procurador Delegado al manifestar que esta normativa es  favorable  respecto  de  la  precedente  “si se  entiende  que  la nueva norma contiene una exigencia que tiene como consecuencia  inmediata  restringir,  limitar  o  circunscribir  el  universo de los rubros en  perjuicio  de  los  cuales  se  efectúa  la asignación distinta, replegando la  conducta  punible  sólo  a  los que tienen que ver con la inversión social y/o  salarios   y   prestaciones   sociales,  márgenes  que  la  norma  derogada  no  contemplaba,  pues  la  dedicación  punible  abarcaba  todo  el  presupuesto de  gastos,  fueran  o  no  para la inversión social y/o prestaciones y salarios de  los trabajadores”.                      

En conclusión: si bien en el plano meramente  punitivo  resulta  irrefutable  que  la  disposición anterior es favorable para  quien  se ve sometido a enjuiciamiento por este comportamiento por cuanto la Ley  599  de  2000 incrementó el mínimo de la pena aflictiva de la libertad de seis  (6)  meses  a  un (1) año, así como la pena pecuniaria en sus dos extremos, no  así  ocurre en terrenos de la atipicidad y de la antijuridicidad material, esto  último  porque,  como  lo  ha  dicho  la  Sala, “la  riqueza  descriptiva  ahora  tiene  un  claro  contenido  de  antijuridicidad al  condicionar   la   naturaleza   delictiva  del  comportamiento  a  la  necesaria  causación  de  un  perjuicio  de  la  inversión  social  o  de  los salarios o  prestaciones  sociales  de  los  servidores  una vez se ha efectuado la indebida  aplicación,   o   transmutación   de   partidas  presupuestales”5.   

Así   las   cosas,   la  ponderación  de  favorabilidad  en estas materias (tipicidad y antijuridicidad) respecto de estas  leyes  se  invierte  frente  a  lo  ocurrido  con  respecto a la punibilidad por  incluirse   en   la   actualmente   vigente   un  componente  que  dificulta  la  demostración           del          delito6 y, correlativamente, beneficia  al procesado.   

Es por ello que el análisis de esta conducta  inevitablemente  debe  comprender el estudio concerniente a si el desvío de los  recursos,  hecho  aceptado  en  este  caso  por  el  recurrente, comprometió la  inversión  social  y/o los salarios y prestaciones sociales y sólo cuando ello  esté debidamente corroborado procederá el reproche punitivo.   

Desde   esa   óptica,  asiste  razón  al  casacionista   en   su  premisa  inicial  cuando  deplora  del  fallo  impugnado  desconocimiento  del  principio  de  favorabilidad  en  esta  materia  porque el  fallador,  e incluso los instructores al  calificar el mérito del sumario,  para   cuando  ya  estaba  en  vigor  la  modificación  legal,  se  sustrajeron  totalmente a disertar este nuevo elemento del tipo.   

Sin  embargo,  ello  no  es suficiente, como  erradamente  lo  pretende  el  censor, para concluir que se ha de casar el fallo  absolviendo  a  su  defendido,  en  tanto esa determinación dependerá de si en  verdad  la  desviación  de  los  dineros  comprometió o no tales rubros, punto  sobre  el  cual  de  forma  genérica simplemente señala que no obra prueba que  demuestre  su  afectación,  por  lo que será objeto de estudio en el siguiente  capítulo  de  esta providencia, amén de que no se discute la configuración de  los demás elementos del tipo penal.   

(ii)  Análisis  del  ingrediente  normativo  adicional  contenido  en  el  artículo  399  de la Ley 599 de 2000 para el caso  concreto:   

Para  la  Sala  es  claro  que  la  desviada  aplicación  de  los  recursos  públicos  por  disposición  del ex alcalde del  municipio   de   Santa   Lucía,   NORBERTO   MEDINA  MARTÍNEZ,  afectó el componente de inversión social  en  el  departamento  del  Atlántico,  actualizándose,  por tanto, la conducta  punible por la cual se lo condenó en el fallo impugnado.   

En  esa  dirección, bien está comenzar por  precisar  que  desde  el  mismo  preámbulo  de  la  Constitución  Política se  reconoce  al  axioma  de  justicia  social  su  carácter  de fin primordial del  Estado,  teleología que encuentra desarrollo concreto en el artículo 366 de la  misma obra, al señalar que:   

“ARTICULO  366. El bienestar general y el  mejoramiento  de  la  calidad  de vida de la población son finalidades sociales  del   Estado.   Será  objetivo  fundamental  de  su  actividad   la   solución   de  las  necesidades  insatisfechas  de  salud,  de  educación,   de   saneamiento   ambiental   y   de   agua   potable”  (subraya fuera de texto).   

A  tal  punto debe llegar el compromiso del  Estado  con  la  inversión en lo social que los recursos de los cuales dispone,  cuya  asignación  depende  de  un  previo  plan  presupuestal, deben destinarse  prioritariamente  a su consecución, como se enfatiza en el inciso segundo de la  misma preceptiva superior:     

“…en  los  planes y presupuestos de la  Nación  y  de  las  entidades territoriales, el gasto  público  social  tendrá prioridad sobre cualquier otra asignación”  (subraya fuera de texto).   

Por ese mismo motivo, conforme lo prevé el  artículo  350  constitucional, el Presupuesto Nacional debe tener un componente  social  prevalente  sobre  las  demás  asignaciones del Estado. Así lo expresa  esta normativa:   

“ARTICULO  350.  La ley de apropiaciones  deberá  tener  un componente denominado gasto público social que agrupará las  partidas  de  tal  naturaleza,  según  definición  hecha  por la ley orgánica  respectiva.  Excepto en los casos de guerra exterior o  por  razones  de  seguridad nacional, el gasto público social tendrá prioridad  sobre   cualquier   otra   asignación” (subraya fuera de texto).   

Este  concepto de gasto social se define en  el  artículo  41  del  Decreto  111  de  1996,  por  el  cual se compilaron las  Leyes 38  de  1989,  179  de  1994 y 225 de 1995 que conformaban el  Estatuto  Orgánico  del  Presupuesto,  como  aquel  cuyo  objetivo  apunta a la  solución   de   necesidades   básicas   insatisfechas  de  salud,  educación,  saneamiento,  agua  potable,  vivienda  y  las tendientes al bienestar general y  mejoramiento  de  la  calidad  de  vida  de  la población, programados tanto en  funcionamiento como en inversión.   

La  Corte Constitucional, a su turno, en la  decisión  traída  a  colación  por  el representante de la sociedad, sobre el  mismo concepto señala que está conformado por:   

“…todos los gastos incluidos dentro del  presupuesto   de   inversión   que  tienen  como  finalidad  la  de  satisfacer  necesidades  mínimas  vitales del hombre como ser social, bien sea a través de  la  prestación de los servicios públicos, el subsidio de ellos para las clases  más  necesitadas  o  marginadas  y  las partidas incorporadas al presupuesto de  gastos  para  la  realización  de  aquellas  obras  que  por  su  importancia y  contenido     social,    le    reportan    un    beneficio    general    a    la  población”7.   

En el régimen departamental la función de  velar  por la asignación de los recursos en el área social, con sustento en la  ley,  corresponde  a  las  Asambleas  departamentales  a  través de ordenanzas,  según lo prevé el numeral 3° del artículo 300 de la Carta:   

“3.  Adoptar  de  acuerdo con la Ley los  planes  y  programas de desarrollo económico y social y los de obras públicas,  con  la determinación de las inversiones y medidas que se consideren necesarias  para   impulsar   su   ejecución   y  asegurar  su  cumplimiento”.   

Acorde  con  esos  postulados, la Ley 77 de  1981  autorizó  a  la Asamblea del departamento del Atlántico la creación del  impuesto   estampilla  pro  construcción  de  la  Ciudadela  Universitaria  del  Atlántico,   mientras   que   la   Ley   23   de   1986  facultó  “a  las  Asambleas Departamentales, a los Consejos Intendenciales  y  Comisariales,  por  el  término  de 20 años para disponer la emisión de la  Estampilla  Pro-Electrificación  Rural,  como  recurso  para  contribuir  a  la  financiación     de    esta    obra    en    todo    el    país”.   

A la Ley 77 de 1981, bien está destacar, la  precedió   la   ley   41   de   1966,   por  la  cual  se dictaron disposiciones de carácter social para la  erradicación de tugurios.   

Pues bien, con fundamento en esas facultades  legales  y en concordancia con los fines establecidos, la Asamblea Departamental  del  Atlántico  expidió  las  Ordenanzas 016 de 1987 y 22 de 1986 mediante las  cuales  dispuso  la  emisión  de la estampilla pro electrificación rural en el  departamento  fijando  los  actos y operaciones a cobrar por este concepto y las  entidades     encargadas     de     su     recaudo,     entre     ellas,     los  municipios.      

Lo propio hizo dicha corporación a través  de  la  Ordenanza  000074 de 1995, modificada por la 000006 de 1996, respecto de  la estampilla pro ciudadela universitaria.   

Está   acreditado   que   el   procesado  MEDINA              MARTÍNEZ,    en   su  condición  de  alcalde  del  municipio  de Santa Lucía, omitió transferir los  recursos  derivados  de los mencionados impuestos correspondientes a la vigencia  1996-1997  por  valor de $ 44.663.359, como así lo demuestran la certificación  expedida  por  la Subsecretaria de Administración de Ingresos de la Secretaría  de    Hacienda    Departamental   del   Atlántico8, la liquidación efectuada por  la  misma  dependencia  mediante  la  Resolución No. 000001 de 19989 y la decisión  condenatoria  adoptada  por  esa  División  el  14  de  septiembre de esa misma  anualidad  en  el  proceso  de  ejecución  coactiva seguido contra Raúl                Pino10,  también  ex alcalde de esa  localidad,  respecto  de  quien  se  logró  verificar dentro de esta actuación  penal  que no fue bajo su mandato cuando se presentó la omisión sino en el del  procesado  MEDINA MARTÍNEZ,  motivo por el cual se precluyó la investigación a su favor.   

La conducta del servidor público determinó  que  los dineros obtenidos a través del recaudo de los mencionados impuestos no  se  destinaran  al fin de inversión social previsto, conforme a los parámetros  constitucionales  y  legales  reseñados.  Por una parte, los recursos obtenidos  mediante  el  cobro  del  impuesto  estampilla pro construcción de la Ciudadela  Universitaria  del Atlántico tenían por objeto la erradicación de tugurios en  el  departamento,  esto  es,  la  consecución  de fondos para dotar de vivienda  digna a familias desfavorecidas en el departamento.   

Y, por otra, los dineros conseguidos con el  impuesto  estampilla  pro  electrificación  rural también se clasifican en ese  rubro  dado que apuntaban al mejoramiento de la calidad de vida de la población  y  a  suplir  sus  necesidades  básicas  mediante  el suministro de un servicio  público esencial.   

De  esta  manera,  al  desviar NORBERTO   MEDINA  MARTÍNEZ,  ex  burgoamestre  del municipio de Sana  Lucía,    estos  recursos  para  atender otros frentes, actualizó la  conducta  sancionada  en  el  artículo  399  de  la Ley 599 de 2000, por lo que  merece  el  condigno  reproche  criminal en los términos señalados en el fallo  impugnado.   

El cargo no prospera.  

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL, administrando Justicia en nombre de la  República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE  

NO  CASAR  la  sentencia  impugnada,  de  conformidad  con los argumentos expuestos en la parte  motiva de esta decisión.   

Contra esta providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

JOSÉ  LEONIDAS BUSTOS  MARTÍNEZ               SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ             

Comisión de servicio  

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                   AUGUSTO       J.      IBÁÑEZ  GUZMÁN                            

            Comisión    de  servicio   

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS               JULIO                          ENRIQUE                          SOCHA   SALAMANCA                     

                                                   JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria  

    

1  Recibido en la Corte el 20 de octubre de 2010.   

2 Cfr.  Acta de posesión a folios 80 a 82 del c.o. 1.    

3  Rad.  16837.  En el mismo sentido, ver sentencias de 6 de octubre  de  2004,  rad. 19445; 18 de diciembre de 2006, rad. 22704; 21 de marzo de 2007,  rad.  24340  y 18 de abril de ese mismo año, rad. 25973 y auto de 27 de agostos  de 2007, rad. 23272.          

4 Cfr.  Sentencia de diciembre 12 de 2005, rad. 22182.   

5  Sentencia  de  1°  de  julio  de  2009,  rad. 28144..   

6  Sentencia de febrero 23 de 2006, rad. 20740.   

7  Sentencia C-590 de 1992.   

8  A  folio 7 del c.o. 1   

9 Fol.  39 ibídem.   

10 Fol.  51 ejusdem.     

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