25911(29-07-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 25911  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 207  

Bogotá,  D. C., veintinueve (29) de julio de  dos mil ocho (2008).   

V    I    S   T   O  S   

La  Corte decide respecto del cumplimiento de  las  exigencias  de logicidad y debida argumentación de la demanda de casación  presentada  por  el  defensor  de  LUZ  ELENA  SALAZAR  MAYO.   

A  N  T  E  C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por el  juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“LUZ ELENA SALAZAR  MAYO  fue detenida en el aeropuerto El Dorado de esta  ciudad  (Bogotá) el 18 de  octubre  de  2002,  cuando  arribaba en un vuelo de Avianca procedente de Madrid  (España),  con  $100.000 dólares que en su totalidad son $287.063000 de pesos,  los  cuales  fueron  detectados  por  los  funcionarios de la aduana al pasar la  maleta  por  el scanner, encontrándose en una veladora y en un carro de juguete  las  divisas  enunciadas.  Es  de  resaltar  que  LUZ  ELENA  presentó la declaración de equipaje y dinero  de  viajero  expresando  que  no  tenía más de los $10.000 dólares necesarios  para certificar”.   

2.  El  Juzgado  Tercero  Penal  del Circuito  Especializado  de Bogotá, mediante  sentencia  fechada  el   14   de   junio  de  2005,  por  ausencia  de  “la   demostración   objetiva   de   la  conducta  típica”,  absolvió  a Luz  Elena  Salazar   Mayo  del  delito   de    lavado    de    activos   imputado   en   la  resolución  de acusación, la cual quedó ejecutoriada  el 20 de agosto de 2003.   

3.   Apelado  el  fallo  por  la  Fiscal  Catorce  Delegada  de  la  Unidad de Extinción de Dominio y Contra el Lavado de  Activos,  quien demandó el proferimiento de una decisión condenatoria, la sala  Penal  de  Descongestión  del Tribunal Superior de Bogotá, el 30 de septiembre  de     2005,     lo     revocó     y,     en     su     lugar,     condenó   a   la   acusada  Luz   Elena   Salazar  Mayo  a  las  penas  principales  de  72  meses  de prisión y multa de 500 salarios mínimos legales  mensuales  vigentes  y  a  la accesoria de interdicción de derechos y funciones  públicas  por  el  mismo lapso de la pena privativa de la libertad, como autora  del  delito  de  lavado  de  activos.  Así  mismo,  se le concedió la prisión  domiciliaria.   

4.   Contra  esta  determinación,  el  defensor    de    la    procesada    interpuso    recurso    extraordinario   de  casación.   

LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

El  defensor  de  la  procesada  Luz  Elena  Salazar  Mayo, al amparo de la  causal  primera  de  casación,  presenta un único cargo contra la sentencia de  segunda instancia.   

Con  apoyo  en el cuerpo segundo de la causal  primera,  el  citado  profesional  del  derecho  acusa  la  sentencia de segunda  instancia  de  ser  violatoria,  de  manera indirecta, de la ley sustancial, por  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad,  yerro  que  conllevó a la  aplicación  indebida  del  artículo 323 del Código Penal y, a sí mismo, a la  trasgresión  de  los  artículos  7°,  232, 284, 285, 286 y 287 del Código de  Procedimiento Penal.   

En  el  título que denominó “FUNDAMENTOS   DEL   CARGO”,  luego  de  recordar  cuáles  fueron las consideraciones que adoptó el ad quem para fundar  el  fallo  de  condena  y  de  indicar  que  corresponde  al Estado demostrar la  adecuación  típica del delito de lavado de activos, afirma el libelista que en  este  proceso  “no obra prueba que de manera directa  señale  cuál  es  la  naturaleza  de  la  actividad delictiva que permitió el  incremento  patrimonial  injustificado a la que se pueda vincular a la procesada  o  a  un  tercero,  porque  lo  único  con  que  cuenta  el  Estado  es con las  constancias  de que dicha dama fue sorprendida en el aeropuerto cuando ingresaba  con   una   importante   cantidad  de  dinero  sin  cumplir  las  exigencias  de  ley”.   

Dice  que  las  circunstancias  en  que  fue  detectado   el   dinero   no  es  objeto  de  discusión,  pero  “sí  lo es la valoración que se hiciera de este hecho probado y la  inferencia  que  del  mismo  se hace, porque lo que se deduce lógicamente de lo  probado  es que la implicada estaba interesada en sustraer el dinero del control  estatal,  circunstancia  que  puede  derivarse  de  diversas  motivaciones  y no  necesariamente  de  la  ilicitud del origen porque es perfectamente admisible el  propósito  de  evitar el pago del impuesto”, aspecto  este  sobre  el  cual  el Tribunal realizó una apreciación que desconoció las  reglas  de  la  experiencia,  toda  vez  que  el  hecho  por sí solo no permite  concluir  que  el  origen  de los dólares fuese ilícito, yerro que originó el  acusado   falso  juicio  de  identidad  “porque  el  juzgador   aprecia   la   prueba   dándole   un   sentido  diverso  al  que  le  corresponde”.   

En  cuanto  a  la  actividad  que  dijo haber  desempeñado  la  procesada  en  el extranjero y que justificó el ingreso de la  cantidad de dinero que le fue hallado, refiere:   

“Cuando   los  nacionales  colombianos  abandonan  el territorio nacional en procura de mejorar  su  condición  económica,  están  dispuestos a someterse a las más precarias  condiciones  de  existencia  para  regresar  al  país  con  otras  perspectivas  económicas,  también está demostrado a través del conocimiento empírico que  en  actividades  como  la  prostitución  son preferidas las mujeres oriundas de  América  Latina,  en el caso concreto, el Tribunal al estructurar el indicio ni  siquiera  indica  cuál  es  el  hecho  indicador de tan radical conclusión, si  analizó   solo  de  manera  tangencial  las  posibilidades  económicas  de  la  procesada   en  España,  no  tenía  como  afirmar  porque  no  fue  objeto  de  indagación  por  parte  de la Fiscalía, que con los ingresos que efectivamente  recibió  la implicada no era posible que acumulara tal cantidad de dinero, pero  no  indica  cuál  era  el ingreso real de la procesada, muy a pesar de que ella  aportó  constancia  de  su  trabajo.  Que entre otras cosas pretende excluir si  pretexto  de  formalismos a pesar de admitirse en nuestro régimen probatorio la  libertad     probatoria”.       

Respecto  del presunto incremento patrimonial  sostiene  que “el Tribunal al estructurar el indicio  ni   siquiera   indica   cuál   es   el   hecho   indicador   de   tan  radical  conclusión”,   al  punto  de  que  “lo  que  aparece  huérfano de prueba es el juicio desarrollado por  el  Juez  en la estructuración del indicio porque no hay prueba que respalde el  aserto   que   incluye   como   hecho   indicador   de  la  conclusión  que  se  cuestiona”,  tanto  así que el juzgador no parte de  un     hecho     demostrado    sino    de    “una  especulación”.   

Por  ello,  afirma  que teniendo en cuenta el  cargo  que se le hizo a su defendida, se advierte que no hay certeza para dictar  sentencia  de  carácter  condenatoria,  pues,  frente  a  los  indicios,  en su  criterio,  no  existe  un  nexo  material  que los una entre sí y que arroje la  necesaria    certeza,    máxime    cuando    su    defendida    “conocía     el     sistema     financiero     español”   y,   por  lo  mismo,  “mal  puede  partirse  de una consideración de carácter general para configurar un indicio,  pues   ninguna   prueba  vincula  a  la  procesada  con  organización  criminal  alguna”.   

Reitera que en la apreciación de las pruebas  se  quebrantaron  las  reglas  del sentido común, en tanto que, a su juicio, se  sujetó   “a   exigencias   excesivas   la  prueba  documental”. Además, añade que en el proceso obran  testimonios  que  dan  cuenta  de las circunstancias de los hechos que no fueron  tenidos  en  cuenta  por  el  Tribunal,  olvidando  además  que “en    nuestro   medio   se   acoge   el   principio   de   libertad  probatoria”.         

Considera     que     la   “actitud   de   la   Fiscalía   acogida      por     el     juzgador     de    segunda   instancia    lleva    a   la   inaplicación   de   la   disposición   que  consagra la presunción de inocencia, por que  se   presume   en   su   lugar   la   culpabilidad”.   

Insiste  en  señalar  que  en lo relativo al  incremento  patrimonial ilícito atribuido a su poderdante fue tratado de manera  tangencial,  sin  que  se  hubiese hecho claridad sobre el origen del dinero que  pretendió  ingresar  al  país,  fundamentándose  la decisión “en  prueba  indiciaria  que  como  se  ha  demostrado no reúne las  exigencias  de  las  disposiciones  procesales,  es  decir  los artículos 284 y  siguientes  del  estatuto  ritual,  por ello al no estar demostrado el delito de  enriquecimiento  ilícito,  mal podría hablarse de lavado de activos puesto que  el  origen  ilícito  del  dinero  que  se  dice  es  objeto  de lavado no está  acreditado como lo exige la ley”.   

En  consecuencia,  afirma  que  se  violaron  “las  premisas de la prueba de indicios”,  situación  que  conllevó a la trasgresión de la presunción  de  inocencia  y, por ende, “de la norma que demanda  certeza   para   proferir  sentencia  condenatoria”,  razón  por la cual solicita a la Corte casar el fallo impugnado y, en su lugar,  absolver a su procurada.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Ante  todo  es  imperioso  recordar  que  la  casación  es  un  recurso  de naturaleza extraordinaria y rogada, motivo por el  cual  el legislador estatuyó las causales por las que resulta procedente atacar  la  presunción  de  acierto  y  legalidad con que viene amparada la sentencia a  esta  sede. De igual modo, dada las citadas características de la impugnación,  también  la  legislación procesal contempla los mínimos presupuestos lógicos  que debe cumplir el libelo.   

Por  ello,  como  lo tiene dicho la Corte, la  demanda  de  casación  no  es  de  libre formulación, razón por la cual no es  procedente  hacer cualquier clase de cuestionamiento a una sentencia que por ser  la  culminación  de  un  proceso  está amparada, como se indicó, por la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad,  sino  que debe ser un escrito lógico y  sistemático  en el que sólo es permitido denunciar los errores cometidos en el  fallo,  al  tenor  de  los motivos expresa y taxativamente señalados en la ley,  demostrarlos   dialécticamente  y  evidenciar  su  trascendencia  en  la  parte  dispositiva del mismo.   

Por  lo  mismo,  el  éxito  de la censura no  depende  de  lo sugestivo del discurso plasmado en la demanda, sino de la debida  argumentación  metódica  que conlleve, de manera lógica, precisa y coherente,  a  la  demostración  de  que  la  sentencia  es  ilegal, por haber incurrido el  juzgador en vicios de juicio o de procedimiento.   

En    esas    condiciones,   se     hace    necesario    verificar    si    la   demanda   de casación  presentada  a  nombre  de   Luz   Elena   Salazar  Mayo    reúne   los   presupuestos   formales   para     su     admisibilidad,     de     acuerdo   con   lo  estipulado    en    el    artículo    212    del   Código     de     Procedimiento    Penal    (Ley   600   de  2000).   

En  efecto,  cierto  es que el defensor de la  procesada,  al  amparo  del cuerpo segundo de la causal primera de casación, en  un  único  cargo  acusa  al  Tribunal   Superior   de   Bogotá   de   haber   incurrido  en  “error   de   hecho   por   falso  juicio  de  identidad”.   

No obstante, en espera de que el desarrollo de  la  censura  fuera  consecuente con su formulación, es decir, que precisara los  medios  de  convicción  que  en  el  proceso  de   valoración   fueron  objeto  de tergiversación o distorsión y,  posteriormente,    se    ocupara,    acatando    el   principio    de   trascendencia,    en    ilustrar   a   la   Corte   cómo     el    error    o    los   errores    de   identidad,     cotejados     con     los     restantes   elementos    de   pruebas   no   afectados   por  el  yerro,  conllevan  al  resquebrajamiento  del  fallo  atacado,  desvió  su  discurso  argumentativo al  afirmar  la concurrencia de otros errores de hecho, tales como falsos juicios de  existencia  por  suposición y de raciocinio recaídos, en su criterio, sobre la  valoración de la prueba.    

En  otros  términos,  pese  a  que  comienza  anunciando  la  presunta  ocurrencia  de  unos  falsos juicios de identidad, los  cuales,  en  su  opinión,  se originaron “porque el  juzgador  de segunda instancia apreció la prueba dándole un sentido diverso al  que   le   corresponde,   aumentando   su   capacidad   demostrativa”,   termina   desarrollando   el   reproche   diciendo   que   el  sentenciador,   “sin   tener  el  hecho  indicador  demostrado,  llega a una conclusión que parte no de un hecho demostrado sino de  una  simple  especulación,  configurándose  un  falso juicio de existencia por  suposición”,    o    que     “el  Tribunal  al estructurar el indicio ni siquiera indica cuál es  el  hecho  indicador  ”, o que en el “compendio  procesal  no  obra  prueba que de manera directa señale  cuál  es  la  naturaleza  de la actividad delictiva que permitió el incremento  patrimonial  injustificado”,  o  que “cuando  el  Tribunal  estructura  este  indicio incurre en un falso  raciocinio  al  quebrantar las reglas de la lógica y la experiencia”, etcétera.    

Como     bien     puede   observarse,   surge  protuberante   la  deficiencia  y   la   falta   de   claridad   en   el  desarrollo  de la  censura,  pues si bien es cierto que la inconformidad del libelista se centra en  las  conclusiones que adoptó el juzgador de segundo grado frente a los indicios  obrantes   en   el   proceso   y  que  lo  llevaron  a  un  juicio  positivo  de  responsabilidad  de  la  procesada  Luz  Elena Salazar  Mayo,   también   lo   es   que   se   evidencia  su  desconocimiento  respecto  de  los  parámetros  lógicos  y  argumentativos que  orientan    el    ataque    de    la    prueba    indiciaria    en   esta   sede  extraordinaria.   

Recuérdese  que, como de manera reiterada lo  ha  precisado  la  jurisprudencia de la Corte, cuando el reproche recae sobre la  prueba  indiciaria,  se deben tener en claro los elementos que la componen, esto  es, el hecho indicador y el razonamiento lógico – hecho indicado.   

Por lo tanto, “si  el  indicio  es un medio de prueba, debe tenerse claro que cuando se plantean en  casación  defectos  en  su  apreciación como fundamento de la violación de la  ley  sustancial,  la  vía  de  ataque  tiene que  ser la indirecta, siendo  deber  del  demandante  indicarle a la Corte la clase del error que denuncia (de  hecho  o  de  derecho),  su  modalidad  y  si  lo  predica del hecho indicador o  probado,  de  la  inferencia  lógica  o  de  la  fuerza persuasiva obtenida del  análisis conjunto de los diferentes indicios.   

“Cuando la equivocación se hace recaer en  la  prueba  del  hecho indicador, los errores susceptibles de ser planteados son  los siguientes:   

“De hecho por falso juicio de existencia,  que  tiene ocurrencia cuando se supone esa prueba o se omite considerar otra que  la desvirtúa.   

“De  hecho por falso juicio de identidad,  que ocurre cuando se distorsiona su contenido fáctico.   

“De hecho por falso raciocinio, que sucede  cuando  la  premisa obtenida a partir de la prueba del hecho indicador, desde la  cual  se  construirá  el  juicio  lógico,  fue  el producto de un razonamiento  apartado de las reglas de la sana crítica.   

“De derecho por falso juicio de legalidad,  que  tiene lugar cuando el juez estima probado el hecho indicador con una prueba  inválida,  o  considera  inválida  una  prueba  que los desvirtúa.”1   

De  igual forma, cuando el yerro radica en la  inferencia  lógica  y/o  en la fuerza demostrativa que el juzgador le otorga al  conjunto  indiciario,  su  postulación  debe ser con estricto apego al error de  hecho por falso raciocinio.   

Como  se  advierte,  el censor no acata tales  parámetros,  toda  vez  que  acudiendo  sin  rumbo  definido a distintos falsos  juicios  propios  del  error  de  hecho,  no precisa con claridad si el yerro de  apreciación  fue  sobre  el  hecho  indicador, la inferencia lógica o el hecho  indicado,  reduciéndose  su discurso a la crítica generalizada sobre la manera  equivocada  como  fue valorada la prueba indiciaria, deficiencia técnica que la  Corte,   en   virtud   del   principio   de   limitación,  no  puede  entrar  a  dilucidar.   

Ahora  bien,  entendiendo  que el reproche se  fundó  en  el  error de hecho por falso raciocinio, a través del cual pretende  atacar  la  inferencia  lógica  y/o  la  fuerza demostrativa que el juzgador le  otorgó  al  conjunto  indiciario,  afirmación  que  se  deduce cuando el actor  sostiene   que   el   Tribunal  quebrantó  las  reglas  de  la  experiencia  al  “estructurar       el      indicio”,  de todos modos la misma quedó imprecisa e incompleta, pues no  dedicó   argumentación   alguna  tendiente  a  concretar  la  demostración  y  trascendencia  de  tal  presunto  yerro,  pues  pese  a que asevera que en dicho  proceso  valorativo  se transgredió la sana crítica, de todos modos no indicó  y,  menos,  demostró  cuál  principio  de  la  lógica,  de la ciencia o de la  experiencia fue desconocido.   

Debe  recordarse que en tratándose del error  de  hecho  por  falso  raciocinio  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  de manera  reiterada,  ha  precisado  que si el reproche se centra en el desconocimiento de  los  postulados  de la sana crítica, el censor debe indicar qué dice de manera  objetiva  el  medio de convicción, cuál fue la inferencia que de él dedujo el  juzgador,  cuál  mérito  persuasivo  le  fue  otorgado,  cuál postulado de la  lógica,   de   la   ciencia  o  máxima  de  la  experiencia  fue  desconocida,  especificando  cuál  es  el aporte científico correcto, la regla de la lógica  apropiada  y  la máxima de la experiencia que debió tomarse en consideración,  según cada caso.   

Agotada  esa primera fase de la presentación  del  cargo,  es  deber  del  libelista  demostrar  la  trascendencia  del yerro,  indicando  cuál  debe  ser  la apreciación correcta de la prueba o pruebas que  cuestiona  y que habría dado lugar a proferir un fallo sustancialmente distinto  y  opuesto  al que es objeto de censura, para lo cual se impone al demandante el  deber  de  abordar  la  demostración  de  cómo  habría de corregirse el error  probatorio  que  acusa,  modificando  tanto  el  supuesto fáctico como la parte  dispositiva  de  la sentencia, labor que comprende un nuevo análisis del acervo  probatorio,  apreciando  las pruebas acorde con las reglas de la sana crítica y  respecto  de las cuales se transgredieron lo citados postulados, sin dejar pasar  por  alto que dicha valoración debe realizarse de manera conjunta y mancomunada  con  los  demás  medios  probatorios  respecto  de  los cuales no recae censura  alguna y, por lo mismo, se acepta su correcta apreciación.   

Tales  presupuestos, como ya se indicó,  no   fueron   atendidos   por   el  casacionista,   pues   luego   de   acusar   el   yerro,  en   lugar   de   sustentar   el   ataque  con  fundamento en los  mencionados   derroteros,  se  limitó  a  hacer  afirmaciones  tales  como  que  “en  el  compendio  procesal  no obra prueba que de  manera  directa  señale  cuál  es  la naturaleza de la actividad delictiva que  permitió  el  incremento patrimonial injustificado a la que se pueda vincular a  la     procesada”,    o    que,    “ningún  estudio  estadístico  o  específico  de los ingresos que  percibía  la  procesada  obra en el plenario”, o que  el  hecho  indicador  está  fundado  en “una simple  especulación”,    o    que   el   “juzgador   para   nada   tuvo  en  cuenta  las  características  y  antecedentes  de  la  procesada”, sin dejar pasar por  alto  que  tampoco  en  su argumentación explicó las razones por las cuales se  refiere  a  un “enriquecimiento ilícito”,  cuando es claro que a su defendida se le acusó y condenó por  el delito de lavados de activos.   

En  fin,  toda  la  disertación la traduce a  oponerse  al  mérito  otorgado a los medios de convicción allegados al proceso  que  llevaron  al  Tribunal a revocar el fallo absolutorio de primer grado y, en  su    lugar,    condenar    a   Luz   Elena   Salazar  Mayo  como  autora  del  delito de lavados de activos,  olvidando   que  esa  simple  discrepancia  no  configura  yerro  demandable  en  casación,  puesto  que teniendo en cuenta el sistema de apreciación probatoria  que  nos  rige, el juzgador,  dentro  del  método  de   persuasión    racional,    goza   de  libertad   para   apreciar       los       elementos      de      juicio   válidamente   allegados   a  la   actuación,   sólo   limitado   por   las   reglas  que  estructuran la sana  crítica,  sin  que,  en  este  caso,  el  libelista  haya  demostrado  error de  apreciación alguno.   

Por consiguiente, al no reunir la demanda los  presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Cabe  agregar  que  el  estudio  detenido del  expediente  permite  a la Sala concluir que no procede la casación oficiosa por  cuanto  no  se  percibe  ninguna  causal  de nulidad ni vulneración de derechos  fundamentales.   

En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE   SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E   S   U  E  L  V  E   

INADMITIR la demanda  de  casación  presentada  por el defensor de LUZ ELENA  SALAZAR  MAYO. En consecuencia, se declara desierto el  recurso extraordinario de casación interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no  procede  ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO                         

                                                    

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                                    

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

1 Rad.  11135, sentencia del 26 de noviembre de 2003.     

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