25761(19-08-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 25761  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado    acta    N°    231   

Bogotá,    D.    C.,    diecinueve (19) de agosto de dos mil ocho (2008).   

V   I   S   T   O  S   

La Corte decide respecto del cumplimiento de  los  presupuestos  de  logicidad  y  debida  argumentación  de  las demandas de  casación  presentadas  por  los  defensores  de JORGE  ALBERTO  SALAS  RODAS, JUAN  GUILLERMO      MARÍN     ARANGO,     JORGE    ENRIQUE    CARVAJAL    CASTRO,  LINETTE    ZORAIDA    VICTORIA    RÍOS,      GUSTAVO     ADOLFO     VARGAS  GÓMEZ,  CARLOS FABIO BAEZ  GÓMEZ  y  JAIME  HUMBERTO  FIGUEREDO BARRETO.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

    

1. Los  hechos fueron sintetizados por el juzgador de segundo grado de  la siguiente manera:     

“A los señores  JAVIER  DELGADO  ROMÁN,  MARÍA  DEL  CARMEN  FRANCO GUTIÉRREZ, ROBERTO FRANCO  GUTIÉRREZ,  ROBERTO MARÍN SARRIA, HOBERT GUILLERMO RODRÍGUEZ AGUDELO, JULIÁN  CORREA  FRANCO,  OCTAVIO MENESES ZAPATA, JOSÉ GIRALDO SANTAMARÍA OSORIO, JOSÉ  URIEL  SERNA  VÁSQUEZ,  NORBERTO  DE  JESÚS  ZORA  RAMÍREZ, JOSÉ MANUEL ZORA  RAMÍREZ  y  HENRY  ALBERTO  CHICA  HERNÁNDEZ,  el  28  de  enero  de  1999, el  Departamento  Administrativo de Seguridad D.A.S. los relacionó como un grupo de  ciudadanos  colombianos  que  se  desplazaban por vía aérea al vecino país de  Panamá,  llevando  consigo  grandes  cantidades  de dinero en moneda extranjera  consistentes en dólares americanos.   

“Mediante  informe  número  067  del 25 de julio de 2000, después de una serie de labores  investigativas,  se  ordenó apertura de la instrucción, práctica de pruebas y  diligencias  encaminadas  a la captura de los presuntos infractores, registros y  allanamientos.   

“En atención al  informe  de  inteligencia, se produjo la captura de otro grupo de nacionales que  formaban   parte   de  dicha  organización,  lográndose  establecer  el  modus  operandi,   quienes   eran  contactados  en  Colombia  por  agentes  financieros  denominados   BROKERS,   para   transportar  dólares  hacia  Panamá  en  donde  procedían  a  efectuar pagos a nombre de comerciantes y éstos a su vez pagaban  en  Colombia  a los BROKERS el valor de los créditos así cubiertos.   

“A raíz de las  capturas   realizadas,   registros   y   allanamientos,  se  encontraron  varios  documentos  que  fueron  objeto  de estudio por parte de los peritos, originando  así  un  nuevo  informe  el  16  de febrero de 2001, vinculando a otro grupo de  personas  que  podía tener una estrecha relación con las operaciones de lavado  de  activos  dentro  de  la  organización,  entre ellos se encontraba el señor  JAVIER  DELGADO ROMÁN, con un cuaderno en donde se llevaba un  registro de  las  deudas de varias personas con el establecimiento comercial de razón social  SPEED JOYEROS.   

“Así las cosas,  las  autoridades competentes lograron establecer que los aquí mencionados y los  clientes  de las compañías Speed Joyeros, Argento Vivo y otras empresas, entre  los  años  de  1997 y 2000, ingresaron de manera repetitiva sumas considerables  de  dinero,  cantidades  exorbitantes  respecto  de las actividades económica y  comercial desarrolladas por éstos.   

“Por tal motivo,  el  ente  acusador  vinculó mediante diligencia de indagatoria a los ciudadanos  MIGUEL    ÁNGEL   ALVARADO,   CARLOS   FABIO   BAEZ  GÓMEZ,   JORGE  ENRIQUE  CARVAJAL      CASTRO,     POLIDORO     ESTUPIÑÁN  PRADA,  JAIME  HUMBERTO FIGUEREDO BARRETO,  GUSTAVO  ARLEY  LÓPEZ  GIRALDO,  JUAN  GUILLERMO      MARÍN     ARANGO,     JORGE  ALBERTO  SALAS  RODAS, JOSÉ URIEL  SERNA     VÁSQUEZ,     GUSTAVO    ADOLFO    VARGAS  GÓMEZ            y            LINETTE           ZORAIDA VICTORIA RÍOS”.   

2.   El  Juzgado  Quinto  Penal  del  Circuito  de  Bogotá, mediante sentencia fechada el 7 de mayo de 2004, condenó  a  los  acusados  Miguel  Ángel  Alvarado  o Nasser Daychoun Leal, Carlos  Fabio  Báez Gómez, Jorge  Enrique  Carvajal Castro, Polidoro  Estupiñán    Prada,   Jaime   Humberto   Figueredo  Barreto,  Gustavo  Arley López Giraldo, Juan    Guillermo    Marín    Arango,  Jorge  Alberto Salas Rodas,  José  Uriel  Serna  Vásquez  y Gustavo Adolfo Vargas  Gómez a las penas principales de 8 años de prisión  y  multa  de 2.000 salarios mínimos legales mensuales vigentes y a la accesoria  de  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones públicas por el  mismo  lapso  de  la pena privativa de la libertad, como coautores del delito de  lavado  de  activos (artículo 9° de la Ley 365 de 1997, vigente para la época  de  los  hechos)  imputado  en  la  resolución  de  acusación,  la cual cobró  ejecutoria  el  4  de  septiembre de 2002.   

Así   mismo,   condenó  a  Linette           Zoraida   Victoria  Ríos  a  las  penas  principales  de  4  años de prisión y multa de 1.000 salarios mínimos legales  mensuales  vigentes  y  a  la  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  por el mismo lapso de la pena privativa de la  libertad, como cómplice del delito de lavado de activos.   

3.  Apelado el fallo por los defensores  de  los  procesados,  la  Sala  Penal de Descongestión del Tribunal Superior de  Bogotá,  el 8 de noviembre de 2004, luego de negar unas nulidades, lo confirmó  en su integridad.   

4.   Contra  esta  determinación, los  defensores  de  Jorge Alberto Salas Rodas,      Juan     Guillermo     Marín  Arango,   Jorge  Enrique  Carvajal  Castro,  Linette  Zoraida      Victoria      Ríos,     Gustavo    Adolfo    Vargas    Gómez,  Carlos Fabio Báez Gómez y  Jaime    Humberto   Figueredo   Barreto    interpusieron   el   recurso   extraordinario   de   casación.   

LAS    DEMANDAS   DE   CASACIÓN   

1.   Demanda  presentada a nombre de Jorge Alberto Salas Rodas   

El defensor del citado procesado, basado en  las   causales   primera   y   tercera   de   casación,  presenta  cuatro  cargos  contra  la sentencia del  Tribunal, así:   

Primer cargo  

Acusa  al  Tribunal  de  haber  violado, de  manera directa, la ley sustancial por interpretación errónea.   

En  efecto, anota que el Tribunal le dio un  alcance  que  no tiene al artículo 323 del Código Penal, puesto que constituye  un  presupuesto ineludible que el dinero sea de origen ilícito. Empero, en este  evento  “no  se  probó y, sin embargo, se le está  dando  aplicación a esta norma…constituyéndose en un error de hermenéutica,  dado  que  no  se  puede  desentrañar  de  la  situación  fáctica,  todos los  elementos  que  comprende  la  ley,  en este caso el origen ilícito inmediato o  mediato  del  dinero.  Por  el  error  en que incurrió el fallador del ad quem,  dándole   el   alcance   a   la   norma   que  realmente  no  tiene”.   

En  punto de la trascendencia, acota que su  defendido  fue  condenado  a  una  pena  de  7  años  de  prisión y a la multa  correspondiente  en  calidad  de  coautor  de  la  conducta punible de lavado de  activos.  Argumenta  que  si  el  Tribunal  no  hubiese incurrido en dicho error  habría  revocado  el  fallo  de  primera instancia y, por lo mismo, otorgado la  libertad a su defendido.   

Argumenta que una persona que maneja grandes  sumas  de dinero, tal situación no lleva  necesariamente a concluir que es  del  narcotráfico  o  del  contrabando,  aspecto  irregular en que incurrió el  juzgador,  generando una falta de aplicación del artículo 7°, inciso 2°, del  Código  de  Procedimiento Penal, derivado de un error de hecho, “que  condujo  a  desconocer  la  realidad  dubitativa, el que de no  haberse  dado,  habría  conducido  al juzgador a reconocer la existencia de una  duda  insalvable  respecto  de  la  existencia del hecho punible y, por ende, la  responsabilidad del acusado…”.   

Como  normas vulneradas cita los artículos  7° y 24 del Código de Procedimiento Penal.   

Segundo cargo  

Denuncia  que el juzgador violó, de manera  indirecta,  la  ley  sustancial,  en  tanto  que  desconoció  los principios de  presunción de inocencia e in dubio pro reo.   

Argumenta  que  el  ingrediente  normativo  consagrado   en   el   tipo   penal   “derivado  de  actividades  ilícitas”  no se encuentra demostrado  en  el  fallo  impugnado, puesto que en dicha providencia se ha sostenido que el  origen  del  dinero  es  el  narcotráfico,  conclusión que no comparte, habida  cuenta  que en este evento se ha supuesto la carga de la prueba para predicar la  conducta punible de  enriquecimiento ilícito.   

Manifiesta  que  no comparte que se infiera  que  una  persona  que  maneja  grandes  cantidades  de  dinero  el mismo sea de  actividades delictivas de narcotráfico o el contrabando.   

Por manera que estima que en este asunto se  vulneró  el artículo 7°, inciso 2°, del Código de Procedimiento Penal, toda  vez  que  se desconoció “la realidad dubitativa”,  yerro  que  de  no  haberse  cometido  se  le habría  reconocido   a  su  defendido  el  estado  de  duda  y,  por  ende,  se  habría  absuelto.   

Tercer cargo  

De igual manera, bajo la nomenclatura de la  causal  primera  de  casación,  acusa  al  Tribunal de haber violado, de manera  indirecta,  la  ley sustancial por error de hecho por falso juicio de existencia  por suposición.   

Dice  que  la conducta punible de lavado de  activos  es  un  delito  autónomo,  puesto  que  tiene  que  haber  un  nexo de  causalidad  respecto  del  origen  delictual  del dinero. Copia un fragmento del  fallo  impugnado referido a que los acusados no participaron en las conductas de  narcotráfico; y, no obstante, fueron condenados por este delito.   

Anota   que   los   juzgadores   están  suponiendo   la  existencia  de  elementos  de  juicio  para  predicar  tal  conclusión  que  afecta  la tipicidad. De ahí que sostenga que el principio de  necesidad  de la prueba, impone que las providencias deben tener “referentes  fácticos”, “que   obedezcan   a   existencias   materiales   y   a  existencias  jurídicas”,    libre    de   todo   conocimiento  privado.   

Dicho de otra forma, dice que al juzgador no  le   es   dable   suponer   pruebas   que   materialmente   no   existan  en  el  proceso.   

Reconoce que dentro del contexto probatorio  se   infiere   las   actividades  ilícitas  de  narcotráfico,  “pues   recuérdese  que  los  organismos  jurisdiccionales  de  los  Estados  Unidos  allegaron  la  carta  rogatoria  749 que contiene la acusación  formal  dentro del proceso que adelantó en contra de YARDEMA MIZRAHI HEBRONI, a  quien  en  su  calidad  de  propietaria  de  SPEED JOYEROS S.A., se le imputaron  cargos  por conspiración para el lavado de dineros, los que se consolidaron con  el   juicio   y   posteriormente   la   condena   a   MIZRAHI   a  27  meses  de  prisión”.   

Acota que el único sustento probatorio que  el  juzgador  otorga   a  la  unidad  probatoria   es   que   a   Yardena   se   le   haya  adelantado  la   citada  investigación,  pasando por alto que la averiguación no tuvo el éxito  aludido,  en tanto que el Gobierno de los Estados Unidos de América ni siquiera  recogió  las  probanzas  que  recaudó el gobierno de Panamá. De ahí que ella  haya  negociado  con  el “gobierno americano, se vio  forzada a negociar su caso”.   

Manifiesta que la sentencia no fue aportada  de  manera  regular  al  proceso,  pero  no  obstante  ha  sido  “base     de     todo     tipo     de     especulaciones”.   

Después  de insistir en que el Gobierno de  los  Estados  Unidos  ejerció presiones en contra de Yardena, destaca que   tal  investigación  no  hace  copartícipe a su defendido de la comisión de la  conducta   por  la  que  fue  condenado,  máxime  cuando  la  ésta  tenía  un  establecimiento  público  al  que se podía ingresar libremente. Empero, pensar  en  contrario sería  “como involucrar al mismo  Gobierno  Panameño  por  permitir que este establecimiento de comercio funcione  en su territorio”.   

Dice  que  el  yerro es trascendente, en la  medida  en  que  si  no  se  hubiese  supuesto  los medios de convicción, no se  habría  predicado  que  el  lavado  de  activos  era derivado de actividades de  narcotráfico.   

En   otro   acápite,   dice   que   los  investigadores  del  D.A.S. en el acto de la audiencia pública expresaron   no  haber  descubierto  el  origen  ilícito  de  los  dineros,  “así  como  tampoco  a  los  Brokers,  ni a las personas detrás de  éstos”,  tal  como  se  puede  constatar  en  los  cuadernos del expediente.   

Como  normas  violadas  cita los artículos  1°,  2°,  inciso  2°, 6°, 13, 29, 94, 228y 230 de la Constitución Política  por falta de aplicación.   

Así  mismo,  indica  que se vulneraron los  artículos  2°, (por falta de aplicación), 3° (interpretación errónea), 4°  (por  interpretación  errónea),  6°  (falta  de  aplicación),  9° (falta de  aplicación),  16  (falta  de aplicación), 20 (falta de aplicación), 24 (falta  de  aplicación),  232  (falta  de aplicación), 234 (falta de aplicación), 238  (interpretación  errónea), 363 (falta de aplicación), 365, N° 1°, (falta de  aplicación) y 399 (falta de aplicación) del C. de P. P..   

Insiste en que los anteriores yerros fueron  trascendentes,    en    tanto    que    condujeron    a   la   condena   de   su  representado.   

Cuarto cargo  

Por  último, el casacionista, basado en la  causal  tercera de casación, acusa al Tribunal de haber dictado sentencia en un  juicio viciado de nulidad por violación del debido proceso.   

Anota  que  la  sentencia  carece  de  la  correspondiente  motivación,  en  tanto que la valoración de las pruebas está  sujeta  al  principio  de  legalidad.  Es  decir,  que  el  juez “no  puede  concederle  fuerza  probatoria  a  una  prueba  sin  que  mediante     una    debida    motivación    que    lo    justifique”.   

Recuerda   que  las  pruebas  deben  ser  apreciadas  en  su  conjunto y de acuerdo con las reglas de la sana crítica. De  ahí  que  al  juzgador  le corresponde “indicar con  mucha  claridad  y siempre el mérito que le asigna a cada prueba, de manera que  por  un  lado  el  juez tiene facultades, pero a la vez está obligado a indicar  las     valoraciones     que     le    dio    a    cada    prueba”.   

Después  de  informar que el principio de  motivación  se  encuentra  reglado  en  los  artículos  13,  inciso 2°,   232   y 238 del Código de Procedimiento Penal, depreca a la Corte casar la  sentencia  impugnada y, en su lugar, revocar la dictada por el Tribunal Superior  de Bogotá.   

2.  Demanda  presentada a nombre de Juan Guillermo Marín Arango   

Luego de plasmar los hechos, de identificar  a  las  partes  y  de  individualizar  las sentencias de primer y segundo grado,  apartes  dentro  de los cuales consignó puntos de vista respecto del delito que  se  imputó  a su defendido, con fundamento en las causales primera y tercera de  casación,  el  defensor  del procesado Juan Guillermo  Marín   Arango   presenta   cuatro   cargos,  cuyos  argumentos se sintetizan así:   

Primer  cargo   

Acusa  al  Tribunal  de haber incurrido en  violación  directa  de  la  ley  sustancial  por  interpretación  errónea del  artículo  323 del actual Código Penal, el cual consagra el delito de lavado de  activos.   

Afirma     que     la   mencionada   norma  fue  interpretada  de  manera   errónea,    por    cuanto   que   el   requisito   típico    del    origen   del   dinero   en  una   de      las      actividades      ilícitas      allí   descritas        “no        se   probó”   y,  no obstante,  se   “dio   aplicación   a   esta   norma”,    irregularidad   que   se  constituye    en   “un   error   de   hermenéutica,   dado   que   no   se  pueden  desentrañar     de     la     situación    fáctica,   todos   los   elementos   que  comprende  la ley, en este caso el  origen     ilícito     inmediato     o     mediato    del    dinero”.   

Considera trascendente el error denunciado,  toda  vez  que de no haber ocurrido el Tribunal hubiese recovado la sentencia de  primera  instancia  y, en su lugar, habría exonerado de responsabilidad penal a  su defendido por atipicidad de la conducta.   

Cita   como   normas  transgredidas  los  artículos  6°, 7°, 9°, 10, 11 y 12 del Código Penal, 2°, 6°, 13, 29 y 228  de  la  Constitución  Política  y 16, 17, 24 y 39 del Código de Procedimiento  Penal, las cuales transcribe y comenta.       

Segundo cargo  

Afirma  que  el  ad  quem  incurrió  en  violación   indirecta   de   la   ley   sustancial,  toda  vez  que  pretendió  “justificar  el  desconocimiento  del  principio de  presunción  de  inocencia  y del in dubio pro reo haciendo cita de la sentencia  10.457   del   14   de   junio   de  1996  de  la  Honorable  Corte  Suprema  de  Justicia”.   

Luego  de  copiar  un  fragmento  de  las  consideraciones  del  fallo  impugnado, asevera que la jurisprudencia citada por  el  Tribunal  trata  del  análisis  de  una  conducta  que tiene que ver con un  incremento  patrimonial  injustificado  y  que,  por  razón  de las pruebas, se  concluyó    que   los   dineros   ilícitos   provenían   del   narcotráfico,  “caso  este  que no guarda ninguna relación con el  caso   nuestro,   y   nada   nos   aporta   esta   sentencia,  ni  justifica  la  violación”       de      los      mencionados  principios.   

Dice que el ad quem concluyó que el simple  manejo  de  grandes cantidades de dinero tiene como origen el narcotráfico y el  contrabando,  inferencia  que,  en  su  criterio, conllevó a la “violación  directa  por  falta  de aplicación del artículo 7 del  Código  de Procedimiento Penal, incurriéndose de esa manera en la sentencia en  un  error  de  hecho, que condujo a desconocer la realidad dubitativa, el que de  no  haberse dado, habría conducido al juzgador a reconocer la existencia de una  duda  insalvable  respecto  de  la  existencia  del  hecho punible y por ende la  responsabilidad  del  acusado,  la  que debió resolverse a su favor”.   

Estima  que  si  el juzgador no le hubiere  dado  “el  alcance  espurio que le dio al artículo  323  del  Código  Penal”, no se hubiese condenado a  su defendido por el delito de lavado de activos.   

Añade  que  el  error  denunciado  por el  sentenciador  de  segundo grado conllevó a la violación de los artículos 6°,  7°,  9°,  10,  11  y  12  del  Código  Penal,  2°,  6°,  13, 29 y 228 de la  Constitución  Política  y  7°,  16,  17, 20 y 24 del Código de Procedimiento  Penal.   

Tercer cargo  

Acusa  al  Tribunal  de haber incurrido en  violación   indirecta   de   la   ley   sustancial   por  error  de  hecho  por  “falso  juicio  de  existencia,  por suposición de  medios probatorios”.   

Argumenta    que    la   afirmación   del   sentenciador  de segundo grado, según la cual, el  lavado  de  activos  es un delito autónomo, es una postura que se encuentra por  fuera   de   la  realidad  jurídica  de  la  tipificación  de  dicha  conducta  punible.   

No  entiende  cómo  el  juzgador,  pese a  indicar  que  los  procesados  en  ningún  momento participaron en conductas de  narcotráfico,    termine    afirmando    que   realizaron   transacciones   que  “permiten   afirmar   que   se  encaminaron  a  la  producción  del  delito  de  lavado  de  activos”,  aseveración  que,  en  su  opinión,  se  fundó en la suposición de medios de  prueba.   

Recuerda que los Estados Unidos de América  adelantó  proceso  penal  en  contra de Yardena Mizrahi Hebroni, propietaria de  Speed  Joyeros,  S.A., por conspirar para lavar dineros, habiendo sido condenada  a  la  pena  de  27  meses  de  prisión,  sanción  que  fue  producto  de  una  negociación  dadas  las  “presiones  del  gobierno  americano”.   

Teniendo presente la anterior información,  dice  que  el  proceso penal seguido contra Yardena Mizrahi Hebroni no puede ser  base  para  condenar  a  su  prohijado,  pues  “las  investigaciones  que  se adelantan en contra de una persona, tienen el carácter  de  personalísimas  y  el  mero  hecho  de  que  alguien  llegue a tener algún  contacto  en  forma  desprevenida  con  esa  persona,   en  modo   alguno    lo   convierte   en   copartícipe   de   la   conducta  por  la  que  esta siendo investigado, y menos en el caso de  Yardena,  que  tenía  un establecimiento abierto al público, al cual se podía  ingresar libremente”.   

Agrega  que  la situación de Gloria Inés  Chacón  y  Armando  Mogollón,  también acusados en los Estados Unidos por sus  vínculos  con  el  narcotráfico y la compañía Speed Joyeros, tampoco vincula  la suerte jurídica de su procurado.   

En   consecuencia,   considera   que  el  sentenciador   “elaboró   un   falso   juicio  de  existencia  por  suposición  de  medios probatorios, y que como consecuencia de  dicho  error,  se  la  ha  inferido  un  grave  daño  y  muchos perjuicios a mi  defendido”,  máxime  cuando en el proceso no obran  pruebas  ni  indicios que lo comprometan penalmente, sin olvidar que los propios  investigadores  del  D.A.S.  indicaron  que  no  pudieron  descubrir  el  origen  ilícito  del  dinero,  “así  como  tampoco  a los  Brokers,  ni  a  las  personas  detrás  de  estos”,  versiones  que,  en  últimas,  terminan siendo contradictorias y, por lo mismo,  sin mérito de credibilidad.   

A  continuación,  el  actor  estima  como  infringidos  los  artículos  1°,  2°,  6°,  13,  29, 94, 228 y 230 (falta de  aplicación)  de  la  Constitución  Política, 2° (falta de aplicación), 3°,  4°,  6°  (errónea  interpretación), 7°, 9°, 16, 20, 24, 232, 234 (falta de  aplicación),   238  (errónea  interpretación),  363,  365  y  399  (falta  de  aplicación)  del  Código de Procedimiento Penal y 9°, 10° y 323 (aplicación  indebida) del Código Penal.   

Cuarto cargo  

Acusa   al  Tribunal  de  haber  dictado  sentencia     en     un    juicio    viciado    de    nulidad    “absoluta”  por  violación  del debido  proceso  y  del  derecho de defensa, toda vez que el fallo del ad quem se dictó  “sin  la  motivación a que se refiere el artículo  238,    inciso    2°,    del   Código   de   Procedimiento   Penal”.      

Después  de  conceptualizar  brevemente  respecto  de  los lineamientos que rigen la libre apreciación de la prueba y de  citar  las  normas  que  regulan  el  tema, finaliza solicitando “la  declaración de nulidad de las dos sentencias, dado que las dos  adolecen      de      la      misma     falta     de     motivación”.   

En  síntesis,  el libelista solicita a la  Corte   casar   el   fallo  impugnado   y,  en  su  lugar,  “emitir   la   otra   que   haga  honor  a  la  justicia”.   

3.  Demanda  presentada a nombre de Jorge Enrique Carvajal Castro   

El defensor del procesado, al amparo de la  causal  tercera  de  casación, presenta un único cargo contra la sentencia del  Tribunal  por  haberla  dictado  en  un  juicio  viciado de nulidad por falta de  motivación.   

Luego  de transcribir varios fragmentos de  la  providencia  del  juzgado  y  del Tribunal, en donde obran los razonamientos  probatorios  y  jurídicos  de la decisión de responsabilidad dictada en contra  de  su  defendido,  anota que el fallo impugnado acogió las consideraciones del  sentenciador a quo.   

Sin  embargo,  acota  que  el  Tribunal se  limitó  a  relacionar  o  a  enunciar  algunas  de  las pruebas que obran en el  proceso,  empero  no  realizó  el  correspondiente  análisis  de  los alegatos  presentados  por  la  defensa  “y, mucho menos, hizo  valoración  jurídica alguna de las diferentes pruebas en las que finalmente se  fundamentó    la    decisión   de   confirmar   integralmente   la   sentencia  recurrida”.   

Dice  que en principio se podría concluir  que   en   los   acápites   correspondientes  de  los  fallos,  “aparentemente        se  valora  la  prueba”.  No obstante,  advierte    que    los    razonamientos    no    son    claros   “convincentes,   lógicos,  estructurados  y  valorativos;  todo  lo  contrario   encontramos   que   son  contradictorios,  falaces,  irracionales  y  absurdos.  Estas  afirmaciones  no  son  temerarias,  obedecen a la realidad del  proceso  que  no  indica  que  no se valoró la prueba, como quiera que no se da  respuesta  a  las  inquietudes  jurídicas  tanto de la defensa material como la  técnica…”.   

Después  de reseñar apartes  de las  inconformidades   planteadas  contra  el  fallo  de  instancia  referidas  a  la  irresponsabilidad  de  su representado, agrega que los investigadores del DAS en  el  acto  de  la  audiencia  pública sostuvieron que no se logró determinar la  procedencia ilícita del dinero.   

Por   lo  expuesto,  considera  que  los  juzgadores  no  le dieron respuesta a sus argumentos. Dice que al folio 64 de la  sentencia  de  segunda  instancia  se  enunciaron  las  pruebas  con  las que la  fiscalía  dictó  resolución  de acusación y “que  fueron   suficientes   para   condenar   en   las   dos   instancias”.   

A  continuación copia una decisión de la  Corte  y  sostiene  que   el  simple acto de enunciar y resumir las pruebas  allegadas  al  proceso  no  es  suficiente  para  concluir que los juzgadores de  instancia  motivaron  sus  fallos.  Así  mismo, considera que en el fallo no se  valoraron  los  alegatos  de  la  defensa,  así  como  tampoco hay apreciación  “jurídica    de    las    pruebas”.   

De  esta  manera,  estima  que  el  fallo  impugnado  no  se  confeccionó  con estrictez en lo reglado en el artículo 170  del Código de Procedimiento Penal.   

Afirma  que  en  el  trámite se encuentra  demostrado  que  Carvajal  Castro  no  figura en la lista de la DEA. De la misma  manera  tampoco aparece en la que suministraron las autoridades panameñas sobre  ciudadanos colombianos que ingresan dólares.   

En el mismo sentido, también anota que él  no  figura  como  cliente  de  la  empresa  Speed  Joyeros.  Que en la prueba de  inspección   judicial   realizada  al  mentado  establecimiento  comercial,  se  advirtió  que  supuestamente  Javier  Delgado Román autorizó a Jorge Carvajal  para  que  éste “abone 100.000 dólares a la cuenta  de  quien  CARVAJAL  diga,  frente  a  esta  prueba los falladores desconocieron  prueba  en  contrario  que  militan  en  el  expediente  y  que  desvirtúan  la  deducción    y    responsabilidad   de   este   hecho   que   endilgan   a   mi  poderdante…”.   

Advierte que los argumentos con los cuales  se   condenó   a   su   representado   partieron  de  hechos  hipotéticos  sin  comprobación,  “sin  valoración  de la prueba, el  fallo   desconoce   normas   rectoras  tanto   de  la  ley  penal  como  de  procedimiento penal”.   

Insiste  en  que  la  sentencia  impugnada  vulnera  el  principio de motivación, vicio que recayó en el juicio de hecho y  de  derecho, en tanto que partieron de aconteceres hipotéticos, “a  más que la prueba allegada al proceso, se menciona, pero carece  de valoración y análisis jurídico”.   

Argumenta que la elaboración de juicio de  hecho  se hizo de manera equivocada, puesto que los supuestos probatorios en que  se  funda  no  encuentran  el  correspondiente  respaldo,  tales como que la DEA  suministró  a las autoridades colombianas el listado de las personas que viajan  frecuentemente  a Panamá, “llevando consigo grandes  cantidades  de  dólares  y  concluyen  en  la  responsabilidad penal, por lavar  dinero del narcotráfico, cuando no hay prueba de ese hecho”.   

Por último, manifiesta que los falladores  no  evaluaron  la  prueba  “no tuvieron en cuenta su  contenido,  omitieron su debido análisis, de lo contrario su fallo habría sido  favorable al procesado”.   

Por  lo expuesto, depreca a la Corte casar  la  sentencia  impugnada y, por lo mismo, dictar la que corresponda de carácter  absolutorio.   

4.  Demanda  presentada a nombre de Linette Zoraida Victoria Ríos   

El defensor de la procesada, con base en la  causal  tercera  de  casación,  presenta  un  único cargo contra la sentencia,  cuyos argumentos se sintetizan de la siguiente manera:   

Único cargo  

El  defensor  de  Victoria Ríos, acusa al  Tribunal  de  haber  dictado sentencia en un juicio viciado de nulidad, dado que  se   vulneró   el   debido   proceso  y  el  derecho  de  defensa  “por  cuanto la fundamentación de la sentencia debe estar ligada  a     un     juicio     y    valoración    de    los    diferentes    elementos  probatorios…”.   

Después de reseñar apartes de los hechos  y  de los fallos, aduce que la mercancía traída por la procesada de Panamá no  era  de  su propiedad como tampoco el dinero, en tanto que el dueño era Gustavo  Adolfo Vargas Gómez, su superior funcional.   

Comenta  que  la  prueba  “en  su contra, es el hecho de aparecer en la documentación hallada  a   JAVIER   DELGADO   ROMÁN,   persona   que   ella   siempre   manifestó  no  conocer… ”.   

Acota que el Departamento Administrativo de  Seguridad  (DAS)   afirma  que la sentenciada transportó 209.167 dólares,  desconociendo los informes 085 de 2000 y 014 de 2001.   

Una  vez  que  reseña los hechos sobre la  compra  de  las joyas en Panamá, anota que el estado financiero de la procesada  lleva   a  concluir  que  no  “poseía  un  capital  producto  de actividades ilícitas, por el contrario el mismo demuestra que esta  procesada  siempre ha dicho la verdad y su única vinculación con Speed Joyeros  es la relación laboral que la une a VARGAS GOMÉZ”.   

Sostiene     que    el   Tribunal    se    limitó   a   relacionar   o  a   anunciar   algunas  pruebas  pero  no realizó el análisis de los alegatos  presentados  por  la  defensa  “y  mucho menos hizo  valoración   jurídica   alguna   de   las   diferentes  pruebas…”,  para  lo  cual  señala  el  artículo  170  del  Código  de  Procedimiento Penal.   

Afirma que la justicia colombiana presumió  la  legalidad  y  autenticidad  de  los  documentos  y  pruebas  obtenidas en el  extranjero,  desconociendo algunos hechos. Añade que se concluyó que el dinero  que  poseían  los  procesados  derivaba de actividades de narcotráfico, porque  tenían relación con Speed Joyeros.   

Arguye  que  la  procesada “si  bien  transportó  dinero,  no  es  menos  cierto que no tenía  conocimiento  de  su procedencia ilícita…ilicitud que no fue probada ni en la  instrucción,  ni  en  la etapa del juicio, por lo tanto no se le puede condenar  por  este hecho” y, consecuentemente, asegura que se  le trasladó la responsabilidad de Speed Joyeros a su defendida.   

Después de relacionar jurisprudencia de la  Sala,  asevera que “con el sólo hecho de enunciar y  resumir  las  pruebas  allegadas  al proceso, no es suficiente para concluir que  los  juzgadores  de  instancia motivaron los fallos…Estos fallos se encuentran  alejados  de  la  realidad procesal y de los parámetros que señala el articulo  170  del  Código  de Procedimiento Penal, son sentencias inexistentes por falta  de motivación”.   

A  continuación  recalca  lo  anterior  y  resalta,  entre  otras  cosas,  la  inocencia  de  su  defendida,  para  lo cual  transcribe  apartes de los fallos de instancia. Acota como normas vulneradas los  artículos  170  del  Código  de  Procedimiento  Penal y 29 de la Constitución  Política.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar  la  sentencia  impugnada y, en su lugar, proferir la de reemplazo, absolviendo a  su defendida.   

5.  Demanda  presentada a nombre de Gustavo Adolfo Vargas Gómez   

   

El    defensor    de    Vargas  Gómez,  con  fundamento  en  la  causal  tercera  de  casación,  presenta siete cargos. Así mismo, sin precisar  causal alguna, plantea una octava censura:   

Primer cargo  

Acusa   el   libelista   “la  nulidad  de  todo  lo  actuado  a  partir  de la resolución de  apertura  de  instrucción  por  haber  sido proferida la sentencia dentro de un  proceso  viciado  de nulidad con relación al hecho cierto e indiscutible de que  el  Fiscal  adscrito  a  la Unidad que abre la investigación, califica y acusa,  así  como  la  Unidad a la cual pertenece, carecen de competencia conforme a la  distribución    y    asignación    que    hace    el    legislador”.   

Sostiene   que  la  Unidad  Nacional  de  Fiscalías  para  la  Extinción  del  Derecho  de Dominio y contra el Lavado de  Activos  no  era  el  ente  instructor  para investigar, calificar y acusar a su  procurado,  labor que, de conformidad con la Ley 504 de 1999 correspondía a los  fiscales   delegados  ante  los  jueces  penales  del  circuito  especializados,  irregularidad  que, en su criterio, atentó contra el principio del juez natural  y,  consecuentemente,  contra el debido proceso y el derecho de defensa, por las  siguientes razones:   

1. Por cuanto que la función judicial para  asumir   el  conocimiento  del  delito  de  lavado  de  activos  está  asignada  expresamente  por  la  ley  a los fiscales delegados ante los jueces penales del  circuito   especializados   adscritos   a   las   correspondientes   direcciones  seccionales.   

2. Porque la Unidad Nacional de Fiscalías  para  la  extinción  del Derecho de Dominio y contra el Lavado de Activos no es  delegada  ante  “ningún  juez  penal,  ni siquiera  municipal,  mucho  menos  ante  los  Jueces  Penales del Circuito Especializados  porque  está  adscrita  a  una  Unidad  que  no  es  delegada ante ningún juez  penal”,  además  de  que  el  Fiscal General de la  Nación   no  puede  “crear  unidades  paralelas  o  satélites  diferentes  a  las  delegadas  ante  los  diferentes  jueces  de  la  jerarquía  penal  encargados de hacer el juzgamiento por ciertos y determinados  delitos,  menos  asignarles  competencia, toda vez que  implicaría   “reformar  tanto  las  bases  de  la  instrucción  y  juzgamiento  como el Código de Procedimiento Penal”.   

Luego de citar el artículo 10° de la Ley  504  de  1999, el cual modificó el artículo 126 del Decreto 2700 de 1991, y de  referirse  a  la  Ley  600  de  2000 y al Decreto 261 de 2000, argumenta que los  fiscales  deben  estar  adscritos a las unidades de fiscalía delegadas ante los  jueces  penales  del  circuito especializados, sin olvidar que tales preceptivas  no  le  asigna  funciones judiciales a la Unidad Nacional para la Extinción del  Derecho  de  Dominio  y  contra el Lavado de Activos, además de que, como lo ha  precisado  la  jurisprudencia  de la Corte Constitucional,  “la  competencia de los jueces de las distintas jurisdicciones es un  asunto       que       compete       regular      al      legislador”.   

“No  se puede  pretextar  que  los  fiscales  adscritos  a  la  Unidad Nacional no conocían la  preceptiva,  por  tanto,  su  actuación  está marginada del dolo y la mala fe,  menos,  si la ignorancia de la ley no sirve de excusa, luego no se puede aceptar  que   desconocían   las   normas  que  le  atribuían  el  conocimiento  de  la  investigación  por  el  delito  de lavado de activos únicamente a los fiscales  delegados  ante  los  jueces penales del circuito especializados…, esto de una  parte  y,  de  otra, que el legislador no les asignaba función judicial alguna,  ni      siquiera      para     abrir     investigaciones     previas”.   

3.  Porque  el  conocimiento del delito de  lavado  de  activos  está  asignado  exclusivamente  en  la  ley a los fiscales  adscritos  a  las un unidades de fiscalía delegadas ante los jueces penales del  circuito especializados, según las mencionadas normas.   

4.   Porque  la  citada  “Unidad  Nacional  es espuria, en el entendido que el Fiscal General  de  la Nación carece de facultad para legislar ya que ni siquiera la posee para  darse  así  mismo  su  propio  reglamento,  luego no puede, motu propio, emitir  actos  con  fuerza de ley a través de los cuales derogue, reforme, reglamente o  suspenda    el    Código    de   Procedimiento   Penal,   las   leyes   o   sus  preceptos”, motivo por el cual la mencionada Unidad  no se ajusta a la ley.   

5.  Porque el Fiscal General de la Nación  no   puede   “variar   la  competencia”  que le asigna la ley, toda vez que dicha atribución es propia  y exclusiva del legislador.     

6.    Así    mismo,   “el  legislador jamás delegó en el Fiscal General de la Nación su  facultad  (función  legislativa) para crear unidades nacionales paralelas a las  unidades  delegadas ante los jueces penales del circuito especializados como sí  lo  ha  hecho  en  otras oportunidades (Ley 40 de 1993 y, ahora la de Justicia y  Paz),  menos  para  asignarles  la función judicial atribuida a las unidades de  fiscalía  delegada ante los jueces penales del circuito especializados para que  asuman    entonces   el   conocimiento   de   los   procesos   por   lavado   de  activos”,  máxime  cuando  la  Ley  600  de  2000  ratificó la competencia de dicho delito en estos funcionarios.   

Después  de hacer referencia en extenso a  la  conformación orgánica que la Constitución y la ley ha dado a la Fiscalía  General  de  la Nación, de precisar que sólo corresponde al Congreso hacer las  leyes,  de  transcribir  varios artículos de los Decretos 2699 de 1991 y 261 de  2000,  y  de  citar  la  sentencia  C-392  de  2000  de la Corte Constitucional,  concluye    que    el    Fiscal    General   de   la   Nación   “carece       de      potestad      tanto      legislativa      como  reglamentaria”   y,   por   lo  mismo,  no  tenía  “facultad  para además de crear LA UNIDAD NACIONAL  PARA  LA  EXTINCIÓN  DEL  DERECHO  DE  DOMINIO  Y  CONTRA EL LAVADO DE ACTIVOS,  asignarle  el  conocimiento  de  procesos  judiciales por ciertos y determinados  delitos”.   

Añade  que, conforme a los artículos 68,  69,  70,  71,  72,  73,  121, 123, 124, 125, 126 y 127 del Decreto 2700 de 1991,  1°,  2°,  3°,  5°, 6° y 10° de la Ley 504 de 1999 y 1° y 5° transitorios  de  la  Ley  600  de  2000,  resulta  claro que las funciones de la fiscalía se  “cumplen a través del Fiscal General de la Nación  y  de  los  fiscales  delegados  suyos  adscritos  a  las  unidades de fiscalía  delegada  ante  cada  juez penal por expresa voluntad del legislador”,  siendo,  por  lo  mismo,  evidente  que la Unidad Nacional de  Fiscalías  para  la  Extinción  del  Derecho  de Dominio y contra el Lavado de  Activos  “no es delegada ante ningún juez penal, ni  siquiera en el orden municipal”.   

Por  consiguiente,  concluye que el fiscal  adscrito  a  la  mencionada  Unidad  Nacional  que  en este caso “abrió  la investigación no era, ni es competente para decretar la  apertura  de  la  investigación  y  calificarla por el factor funcional, por lo  tanto  el  proceso es nulo a partir de la apertura”,  irregularidad  que conllevó a la vulneración de los derechos fundamentales del  debido  proceso,  de  la  defensa  y  del  libre  acceso a la administración de  justicia.    

Luego   de   reiterar   los   anteriores  argumentos,  refiere  que  además de ser ilegal  la  actuación   de   la  multicitada  Unidad  Nacional,  también   se   violó  el  debido  proceso,  el  derecho  de defensa, el principio de  contradicción  y  el  libre acceso a la administración de justicia, por cuanto  que  no  se  practicaron   todas   las   pruebas   que   fueron   solicitadas   y   se   omitió  dar trámite a  los  recursos  de reposición y de apelación interpuestos contra la providencia  que  negó  la  revocatoria de la medida de aseguramiento, irregularidades todas  que no fueron suscitadas por la defensa técnica.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar  el  fallo impugnado y, en su lugar, declarar nula toda la actuación a partir de  la resolución de apertura de instrucción, inclusive.   

Segundo cargo  

Con  fundamento  en  la  causal tercera de  casación  y  en  los  artículos  306,  numerales 2° y 3°, 307, 310 y 238 del  Código  de Procedimiento Penal, acusa al Tribunal de haber dictado sentencia en  un  juicio viciado de nulidad, “al haberse incurrido  en  las resoluciones que resolvió la situación jurídica, calificó el mérito  del  sumario,  en  la  sentencia de primera y segunda instancia en irregularidad  procesal     consistente     en     –omitir–  darle  a  cada medio de prueba en particular su estimación razonada”,     con    lo    cual    se    vulneraron    las    garantías  judiciales.   

A  continuación,  después  de hacer unos  comentarios  sobre  la  razón  de  ser  de  las pruebas y de recordar que en su  apreciación  se puede incurrir en errores de hecho y de derecho que conllevan a  la  violación  de  los  mencionados  derechos,  asevera  que  en este asunto la  fiscalía  y los jueces omitieron la “obligación de  darle   a   cada   medio   de   prueba   su   estimación   razonada”,   pues,   en   su  criterio,  de  los  medios  de  convicción  “  no  se  podía  arribar  a  la conclusión de la  existencia  de  los  hechos  indicados” en el fallo  impugnado.   

Considera  que  de no haberse incurrido en  dicha  irregularidad,  nunca  se  habría dictado medida de aseguramiento, ni se  hubiese  acusado  a su defendido y, mucho menos, se le habría condenado, ya que  de  las  pruebas  que  obran en el proceso no se puede concluir en la existencia  del  delito de lavado de activos ni en la participación de su procurado, pues a  “lo   sumo,   podría   adecuarse  el  punible  de  contrabando y de receptación”.   

Afirma    que    la    irregularidad  denunciada     fue    “deliberada”  por  cuanto  que  la  Unidad  Nacional  para la Extinción del  Derecho  de  Dominio y contra el Lavado de Activos, estando en la obligación de  hacerlo,  no  anuló  lo  actuado a partir de la apretura de instrucción, pues,  como  lo  ha  indicado,  era  incompetente  para conocer del asunto, nulidad que  tampoco  quisieron  declarar  los  jueces  de  primera  y  segunda instancia, no  obstante  que  así  lo solicitó en la audiencia de juzgamiento y en el recurso  de   apelación,   “además  les  advertí  que  su  omisión  nos  impedía censurar la valoración probatoria desde cualquier punto  de  vista,  en  especial,  desde la perspectiva del error de hecho o de derecho,  por   tanto  nos  podía  festinar  la  casación”,  además  que  con  las pruebas allegadas no se podía llegar a la conclusión de  la existencia del delito por el cual fue condenado su procurado.   

Estima  que con las pruebas obrantes en el  proceso  se  demuestra  que los hechos imputados “no  se  adecua  a  ninguna de las diferentes conductas descritas en el tipo penal de  lavado  de  activos”,  siendo claro que el juzgador  “tenía  que  sustraerse  deliberadamente a darle a  cada  medio  de  prueba  su  estimación  razonada,  puesto  que, de no hacerlo,  habría  tenido  que  absolver  o  declarar  nulo  todo  lo  actuado”.   

En  consecuencia,  solicita  a la Corte la  nulidad  de  todo  lo  actuado  a  partir  de  la  resolución  que resolvió la  situación jurídica de su defendido.   

Tercer cargo  

Apoyado en la causal tercera de casación,  acusa  al  Tribunal  de haber dictado sentencia en un juicio viciado de nulidad,  por  cuanto  en  el curso de proceso se omitió darle trámite a los recursos de  reposición  y  apelación  interpuestos  contra  la  providencia  que  negó la  revocatoria  de la medida de aseguramiento, se omitió dar curso a la apelación  interpuesta  contra  la  providencia  fechada  el  11 de febrero de 2002 y no se  practicaron   toda  las  pruebas  que  por  ser  conducentes  y  pertinentes  se  solicitaron el 10 de agosto de 2001.   

En    el    acápite   que   denominó  “DESARROLLO DEL CARGO”,  dice  que  los  recursos  de reposición y de apelación que interpuso contra la  providencia  que  negó  la  revocatoria de la medida de aseguramiento no fueron  tramitados,  razón por la cual solicitó la nulidad de la actuación, petición  que   le   fue  negada  al  momento  de  calificarse  el  mérito  del  sumario,  “pero  sin  esgrimir  argumentación  dialéctica,  menos  jurídica,  pues  no había modo de convalidar la irregularidad, luego la  actuación fue extra jurídica”.   

De  igual  modo,  asevera  que  de haberse  practicado   todas  las  pruebas  solicitadas  en  la  instrucción  se  hubiese  corroborado   la  presunción  de  inocencia  frente  al  cargo  imputado  a  su  procurado,   “desvirtuando   el  hecho”,   omisión   por   la   cual   solicitó   la   nulidad   que,  posteriormente,  le  fue  negada  “pretextando  que  deberían     practicarse     en    la    etapa    de    la    causa”.   

Luego  de  referirse  sobre  las  formas y  requisitos  de  la  calificación  del  mérito  del  sumario,  sostiene que las  pruebas  echadas  de menos resultaban importantes para demostrar “que  con  la  cantidad  de  clientes  que tenía VARGAS GÓMEZ y, a  quienes  les vendía joyas al por mayor y al detal le permitía comprar tanto la  cantidad  de  joyas como de dólares con recursos obtenidos de la misma venta de  joyas  a  crédito  y  de contado”. Así mismo, dice  que  se  hubiese  concretado  la  verdad  alrededor  de  sus vínculos con Speed  Joyeros y con Delgado Román.   

Indica  que  de  haberse  practicado  las  pruebas  solicitadas,  nunca se hubiese calificado el sumario con resolución de  acusación ni habría sobrevenido la etapa de la causa.   

“La justicia no  se  perjudicaba  al  decretar  nulo  todo  lo  actuado a partir del cierre de la  investigación  y ordenándole a la Fiscalía la práctica de las pruebas que se  solicitó  y  que  se  omitió practicar, así como darle trámite al recurso de  reposición y en subsidio apelación”.   

Por consiguiente, solicita a la Corte casar  el  fallo impugnado y, en su lugar, declarar nulo todo lo actuado a partir de la  resolución   que   dispuso  el  cierre  de  la  investigación  “e  instando  a la fiscalía a que practique todas y cada unas de la  pruebas  solicitadas incluido el testimonio de Yardena Mizrahi Hebroni, de todas  las  personas  que le compraban joyas a Gustavo Adolfo Vargas Gómez, de oficiar  a  las  autoridades  tales  como el Banco de la República entre otras, a fin de  que  certificaran el monto del ingreso de divisas tanto con ocasión del mercado  cambiario  como de las del mercado libre durante los años que se solicita, esto  de  una  parte  y  de  otra,  a  que  tramite  los  recursos  de  reposición  y  apelación” mencionados.   

Cuarto cargo  

También,  con  fundamento  en  la  causal  tercera  de  casación, el actor solicita la nulidad de todo lo actuado a partir  de  la  resolución  de  acusación  por  “indebida  calificación,  ya que a lo sumo los hechos reales, no los supuestos, fingidos o  imaginados    se   subsumen   en   el   tipo   penal   de   contrabando   o   de  receptación”.   

Como  demostración  de su afirmación, el  actor  asevera  que  de los hechos se infiere, de manera seria y fundada, que la  actividad  que  desarrollaba  su  defendido  entre  Panamá y Colombia era la de  “comprar  mercancías ofertadas en el mercado libre  e  introducirlas  a  Colombia, las que pagaba con los dólares que adquiría con  el  producto  de  la venta de joyas (autofinanciación) en el mercado libre, por  ende,   desconocía   que   fueran   de   origen   ilícito,   menos  delictivo,  concretamente,  que  fueran producto de actividades de narcotráfico”.   

Por  consiguiente,  considera  que  dichos  hechos  se “subsumen” en  la  conducta punible de contrabando y, “a lo sumo en  el  de  receptación,  pero  cuyos  cargos  ha  de  hacérsele  para  que  pueda  explicarlos  y  defenderse”. No obstante, dice que a  su  procurado  se  le  acusó  por  el delito de lavado de activos bajo el verbo  rector  de  transportar,  conforme  a los datos suministrados por el D.A.S., los  cuales    sugieren   que   el   procesado   transportaba   dólares   a   algún  narcotraficante,“pero   jamás   se  demostró  la  existencia   de  los  narcotraficantes,  quedando  lo  de  la  organización  en  hipótesis y suposiciones”.   

Asevera que no hay prueba que demuestre que  su   procurado   haya   sido  “una  mula  o  correo  humano”,  ni  que  indique a qué narcotraficante o  agente     financiero    o    “Broker”  le  recibió  y transportó los dólares ilícitos, ni que los  dineros que éste llevó a Panamá sean producto de algún delito.   

Por  el contrario, sostiene que los medios  de  prueban  demuestran  que  Gustavo  Adolfo  Vargas  Gómez  es un comerciante de joyas, que las mismas las  obtenía  en  el  mercado  libre  de  Colón  (Panamá),  más exactamente en el  establecimiento        denominado       “SPEED  JOYEROS”,  y  que las ingresaba a Colombia, siendo,  además,  evidente  que  el  pago  lo  hacía  de contado o a crédito y que los  dólares  los  adquiría  en  el  mercado  libre,  aspectos  que desvirtúan las  erradas  imputaciones que se le hicieron en los informes de D.A.S. y después en  la  acusación  y  ahora  en  las sentencias de primera y segunda instancia, las  cuales,  en su criterio, “son fallidas, por no decir  que falsas”.   

Añade que los juzgadores, “para   dar   por   probada  la  conducta  imputada  a  Vargas            Gómez, prescindieron inexorablemente de  las  pruebas  acudiendo  solo  a  las proposiciones que hicieron los agentes del  D.A.S.  y  que se ciernen en lanzarlas irresponsablemente en torno a que podían  estar  probablemente frente a una organización de carácter trasnacional que se  encargaba   de   transportar   de  Colombia  a  Panamá  dólares  producto  del  narcotráfico  a  través  de  correos humanos, siendo uno de ellos Vargas  G.,  y por intermedio de agentes  que  denominaron  financieros  o  Broker,  no  obstante  que de los elementos de  prueba  que  obran  se  deduce  seria  y  fundadamente  que es un comerciante en  joyas”.   

En  esas  condiciones, solicita a la Corte  casar  el fallo impugnado y, en su lugar, declarar la nulidad de todo lo actuado  a  partir  del  cierre de la investigación “y se le  ordene   a  la  fiscalía  calificar  el  mérito  del  sumario  conforme  a  lo  probado”.   

Quinto cargo  

Apoyado igualmente en la causal de nulidad,  solicita  la declaración de invalidez de todo lo actuado a partir del cierre de  la  investigación  “por haberse omitido decretar y  practicar  todas  y  cada  una  de  las pruebas que en forma legal y oportuna se  solicitó”  el  10  de  agosto  de  2001, medios de  convicción  que, en su criterio, demostraban la inocencia de su asistido frente  al  delito  de  lavado  de  activos”,  yerro  que  vulneró  el  principio  de  investigación integral.       

Refiere   que   a  la  fiscalía  se  le  solicitaron   varias   pruebas   encaminadas   a   demostrar  que  el  procesado  “no  podía  ser  un  correo humano al servicio del  narcotráfico”,   dado   que   se  trataba  de  un  comerciante  en  joyas  al  por  mayor y al detal, las cuales traía de Panamá,  actividad   que   le   permitía  comprar  y  vender  gran  cantidad  de  joyas,  “así  como  comprar  la  cuantía  de dólares que  solía  llevar  a  Panamá,  por  sí  o  a través de sus empleados”,  los  cuales  adquirió en el mercado libre y siempre de buena  fe.   

Recuerda que con ocasión del cierre de la  investigación   se   le   advirtió  a  la  fiscalía  sobre  la  no  práctica  “de  tales  pruebas”,  entidad  que “con una concepción contraria a la ley  en  el  sentido de que el fin de la investigación es el de acusar, expresó que  ciertamente  se  echaban  de  menos,  sin embargo que deben de practicarse en la  etapa  subsiguiente”,  consideración  que,  en  su  opinión,     resulta     contraria     al     respeto     de    los    derechos  fundamentales.   

Reitera que con las pruebas solicitadas se  pretendía   demostrar   que   su  procurado  era  un  comerciante  de  joyas  a  “gran  escala”, que no  era  un  correo  humano  de  actividades  ilícitas  y que a Colombia ingresaban  muchas  divisas  que  circulaban en el mercado libre, elementos de juicio que de  haberse   practicado   hubiesen   “robustecido  la  inocencia  de  mi  asistido  frente  a  la  proposición  que  hizo la fiscalía  respecto  a  él”,  es  decir,  que “era  ajeno  tanto  a  la imputación que le hacían las autoridades  extranjeras  a  YARDENA  MIZRAHI  HEBRONI, como a los demás acriminados en este  proceso”.   

Considera que la negativa de la fiscalía a  practicar  las  pruebas  solicitadas  resultó caprichosa, comportamiento que se  agrava  cuando  el  mismo  fue  avalado  por los juzgadores, quienes teniendo la  obligación  de  declarar nulo todo lo actuado, inclusive de oficio, también se  negaron a hacerlo.   

Precisa    que    si   “bien  es  cierto  que,  en  un  acto  de contrición, la juez a quo  decretó  y  practicó  unas  pocas  pruebas  de  las  que  omitió practicar la  fiscalía,  también  lo  es  que  debió  practicarlas  todas, y en especial el  testimonio  de  Yardena Mizrahi Hebroni, con lo cual se demostraría que Gustavo  Adolfo  Vargas  Gómez, simple y llanamente, la relación que tuvo con ella, fue  la  que  se  origina  entre  comprador  y  vendedor, y, que no trascendió a los  límites  de  la  actividad  que las autoridades norteamericanas le imputaban y,  por  la  que  finalmente  la  condenaron;  que no tuvo con Javier Delgado Román  ninguna  relación,  ni  siquiera  de carácter interpersonal, y, que si bien es  cierto  que  en  su  poder  se  encontró el estado de cuentas a cargo de Vargas  Gómez   y   su   cónyuge,   también  lo  es  que  fue  diputado  (sic) para cobrarle; que no tuvo ninguna  relación   interpersonal   con  los  demás  acriminados  y,  si  la  hubo,  no  trascendió      en      el      campo     del     derecho     penal”.   

Luego  de  conceptualizar  respecto  del  principio  de  investigación  integral,  de  reiterar  que las pruebas debieron  practicarse,  pues  hubiesen  demostrado  que  su  representado  es inocente del  delito  que  se  le  imputa, finaliza solicitándole a la Corte la nulidad de lo  actuado a partir del cierre de la investigación.   

Sexto        cargo        

Con  fundamento  en  la  causal tercera de  casación,  también  depreca  la nulidad de la actuación, toda vez que la Sala  de  Descongestión  del  Tribunal  Superior  no  era competente para proferir el  fallo de segundo grado.   

Explica que las normas constitucionales, en  especial  el  artículo  252,  prohíben  la  creación  o el establecimiento de  jueces  “excepcionales”  o   “ad  hoc”  con  posterioridad  a  los  hechos.  Sin  embargo,  dice  que  transgrediendo  dicha  prohibición,  el  Consejo  Superior  de la Judicatura, a  solicitud  del  Gobierno  Nacional,  mediante  el  Acuerdo  1692  de 2003, creó  “una Sala de Descongestión, ad hoc o de excepción  de  carácter nacional con sede en Bogotá adscrita a la Sala Penal del Tribunal  Superior  de  Bogotá”,  Sala  que, en su criterio,  “carece  de  competencia  por haber sido creada con  posterioridad       a      los      hechos      del      juzgamiento”.     

“Ataco  el  contenido  material  del  acuerdo  aunque la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia  carezca de competencia para declarar nulo, pero sí puede  en  cada  caso  particular,  dejarlo  de  aplicar  al amparo de la excepción de  constitucionalidad  prevista  en  el  artículo  4°   de  la Constitución  Política  y  que  también  obliga a la espuria Sala a aplicarla, puesto que la  Sala  Administrativa  del Consejo Superior de la Judicatura dentro de la órbita  de  sus  funciones constitucionales o legales no está la de reformar, derogar o  reglamentar  la Constitución Política, los códigos, las leyes o sus preceptos  de  tal  manera  que  modifique  las competencias judiciales y los procesos, por  tanto  abusaron  de  la función pública y, con la gravedad que los Magistrados  que  la  integran, al parecer, pertenecen en propiedad a la Fiscalía General de  la  Nación, por lo mismo y tanto no hay garantía de imparcialidad, pues algún  afecto tienen por ella” (sic).   

En  su opinión, el artículo 63 de la Ley  270  de  1996,  el cual transcribe, no le otorga facultad al Consejo Superior de  la  Judicatura  para crear juzgados o tribunales “ad  hoz”  y, menos, para que se ocupen de juzgar hechos  acontecidos  con  anterioridad a su creación, razón por la cual estima que los  acuerdos  emitidos  por  dicha Corporación son inconstitucionales e ilegales y,  por    lo    mismo,   la   Sala   de   Descongestión   debió   “declararse    incompetente    para    resolver    el   recurso   de  apelación”.   

Después  de  citar  jurisprudencia  de la  Corte   Constitucional   relativa   a   las   garantías   judiciales   y  a  la  desconcentración   de   la   justicia,   afirma   que  la  mencionada  Sala  de  Descongestión  “es  incompetente, pero no se iba a  hacer  el  HARAKIRI,  puesto  al  declararse  como  tal  iba  a desaparecer, sus  Magistrados  perdían  su  puesto,  teniendo  que  regresar  a sus puestos en la  fiscalía  viniendo a ser perjudicados pues su salario y su congrua subsistencia  se    veía   menguados,   por   lo   tanto   hacen   prevalecer   su   interés  particular”.   

En  consecuencia,  como es evidente que la  Sala  de  Descongestión, “ad hoc o de excepción de  carácter  nacional  no  podía  ocuparse  de resolver la apelación del proceso  penal”,   solicita  a  la  Corte  casar  el  fallo  impugnado  y,  en  su  lugar,  declarar  nulo  todo  lo  actuado “a  partir  del  momento  en que avocó el conocimiento del proceso,  disponiendo   que  sea  enviado  a  la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  de  Bogotá”.     

Séptimo cargo  

En  esta oportunidad plantea la nulidad de  la  sentencia  por  no haber sido proferida en congruencia con la resolución de  acusación,   pues   a   su   defendido,  no  obstante  habérsele  acusado  por  “transportar   dólares  producto  de  actividades  relacionadas  con el tráfico de estupefacientes o sustancias sicotrópicas y al  servicio   de   una  empresa  delictiva  de  carácter  trasnacional”,    se    le    terminó    condenado    por    “adquirir  dólares  producto  de  actividades  relacionadas  con el  tráfico  de  estupefacientes  o  sustancias sicotrópicas, para con ellos pagar  sus deudas en Panamá”.   

Considera    que    como   era    especulativa    la    acusación   de   la   fiscalía,  pues  no se demostró la existencia de la organización criminal, ni  los  traficantes  que proveyeron los dólares ni la actividad de donde provenía  dichos    dineros,    el    juzgador    de    primer    grado,   “desconociendo  el  principio de lealtad, echó mano entonces a otra  proposición  que  no fue objeto de cargo, menos de investigación, discusión y  debate        dialéctico,        jurídico       y       probatorio”.   

Afirma    que    la    “proposición”    del    juzgado   es  “absurda  por  ilógica,  pues  si  se  trataba  de  dólares  en  la  forma  como  la presenta, entonces, tenían era que traerse de  Panamá  a  Colombia  y  más  cuando está probado que los que lo llevó fueron  para  pagar las mercancías que adquiría, los que adquiría en el mercado libre  colombiano  autorizado desde antes de entrar en vigencia la ley 9ª de 1991, por  tanto  estaba  desvanecida la hipótesis conductual descrita en el tipo penal de  lavado  de  activos  y,  más,  si  se desconocen quienes fungían como Broker y  quienes les proveían los dólares”.   

Luego de reiterar sus comentarios respecto  de  los  hechos  que  estima  no  probados,  de  copiar  unos  fragmentos de las  consideraciones  del  fallo  impugnado,  de  aseverar  que  en  este  caso  hubo  inexistencia  de certeza de la conducta punible y, por lo mismo, desconocimiento  de  la  duda,  y de insistir que su procurado desarrolló una actividad lícita,  concluye  deprecándole  a  la  Corte  declare  que  la  sentencia  no  está en  consonancia  con  el  “cargo hecho en la resolución  de acusación”.   

Cargo octavo  

Por  último,  sin  citar causal alguna de  casación,  solicita  a  la  Sala  casar  la  sentencia  impugnada  y, por ende,  absolver  a  su  defendido “conforme al cargo que se  le  hizo  en la resolución de acusación”, toda vez  que  está  “totalmente  demostrada la inexistencia  tanto  del  hecho  punible como la consiguiente participación y responsabilidad  penal   a   la  luz  del  artículo  232  de  la  Ley  600  de  2000”.   

Dice  que “hay  certeza  que  la  conducta  punible  hipotéticamente  enrostrada a Gustavo   Adolfo  Vargas  Gómez  en  la  resolución  de  acusación,  fue  la  de lavado de activos, bajo la imputación  subjetiva  concreta  y caracterizada de haber transportado dólares producto del  narcotráfico  de  Colombia  a  Panamá  y,  el  fundamento  dialéctico se hizo  consistir  en  el  supuesto  fáctico de que no tenía capacidad económica para  comprarlos   y   llevarlos  allí”,  como  así  se  desprende del pliego acusatorio del cual copia unos apartes.   

Del  mismo modo, sostiene que también hay  certeza   de   que   su   procurado   “no  fue  un  transportador,  correo  humano o mula al servicio del narcotráfico y, a través  de  una  organización criminal de carácter trasnacional, diluyéndose tanto el  hecho         delictivo        como        su        responsabilidad”.   

Afirma  que  su defendido nunca ignoró la  cuantía  de  los  dólares que llevó a Panamá y que adquiría por la venta de  joyas,  siendo  claro  que  jamás  se  le  pusieron de presente las pruebas que  determinaban  el  monto  del dinero que llevó a dicho país con el fin de pagar  las   joyas,  motivo  por  el  cual   en  la  audiencia  pública  expresó  “que  podía  ser  la que predica la resolución de  acusación,  más o menos, pero no podía precisarla por cuanto quien se quedaba  con  los  soportes  de  ingresos  eran  las  autoridades  panameñas”.   

Reitera que está probado que el procesado  no  fue  un correo humano al servicio del narcotráfico y, por lo mismo, ninguna  participación  activa  o  pasiva  tuvo  en  la empresa criminal “que  se  imaginan  las  autoridades  bajo  cuya  hipótesis  se  le  formuló el cargo”.   

Aseverar  que  la  fiscalía  supuso  la  existencia  de  una  organización  criminal  al  servicio del narcotráfico, el  objeto  de la sociedad delictual, la existencia de los delitos de narcotráfico,  de    los    narcotraficantes    que    contactaban    a   los   “Broker”  y  la  de  las  personas  que  transportaban  los  dólares,  aspectos  que  fueron  supuestos  por cuanto que,  respecto de su procurado, no obra prueba que así lo acredite.   

En  otros  términos, asegura que tanto la  existencia  de la conducta punible como la coautoría imputada a su representado  son  meras “especulaciones de los administradores de  justicia   aprovechándose   de   la   condición   de   privilegio  en  que  se  encuentran”.   

En  fin, luego de enfatizar los anteriores  argumentos  y  de  concluir  que  el  proceso  no  demuestra la existencia de la  conducta  punible por la cual fue condenado su defendido, termina solicitándole  a  la  Corte  casar  la  sentencia  impugnada  y, en su lugar, absolverlo de los  cargos imputados.   

6.  Demanda  presentada a nombre de Carlos Fabio Báez Gómez   

El  defensor del procesado, con base en la  causal   tercera  y  primera  de  casación,  presentó  dos  cargos  contra  la  sentencia, cuyos argumentos se sintetizan de la siguiente manera:   

Primer cargo  

El  defensor  de  Báez  Gómez,  acusa al  Tribunal  de  haber  dictado  sentencia  en  un  juicio viciado de nulidad   “por    violación   del   principio   del   juez  natural”.   

Después de argumentar sobre ese postulado  y   la   competencia   de   los  jueces,  acota  que  el  Tribunal  “que  falló  este  proceso…fue  creado  contrariando normas de  carácter  legal  y  supralegal,  y  paralelamente  juzgó un hecho punible cuya  génesis  tuvo  ocurrencia  tiempo  atrás, es decir, que el mencionado Despacho  judicial  fue  creado con posterioridad al acaecimiento del injusto y a la misma  apertura  de  investigación,  violentándose  de tal modo el principio del Juez  Natural”.   

Reitera  que la segunda instancia carecía  de competencia funcional.   

Acota como normas vulneradas los artículos  2°,  6°,  13,  83 y 84 de la Ley 599 de 2000 y 2°, 6°, 9°, 10, 11, 15, 24 y  29 de la Constitución Política.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar  la  sentencia impugnada y, “como su consecuencia, se  ordene  a  qué  funcionario  judicial  debe  ir, para conocimiento, el presente  proceso,    para    resolver    la    apelación    del    fallo    de   primera  instancia”.   

Segundo cargo  

El  defensor  del  procesado, basado en la  causal  primera  de  casación,  acusa  al  Tribunal de haber violado, de manera  indirecta,   la   ley   sustancial  por  “falta  de  aplicación del principio de in dubio pro reo”.   

Manifiesta  que  este  cargo  también  lo  formula  como  principal. Arguye como normas vulneradas los artículos 3°, 4°,  5°  y  182  del  Decreto  100  de  1980  y  220,  247 y 445 del Decreto 2700 de  1991.   

Acota que los juzgadores no reconocieron la  existencia  y  presencia de la duda razonable. Después de referirse al in dubio  pro  reo,  a  la  resolución de acusación y a los fallos de instancia, asevera  que  los  sentenciadores  no tenían certeza para condenar a su defendido y, por  lo  tanto, acudieron a la violación indirecta de la ley sustancial por error de  hecho,  vicio  que  se  cometió  al momento de apreciar el contenido material y  objetivo  del  elemento de convicción, “el yerro es  de  falso  juicio  de  identidad  porque  el  sentenciador alteró su objeto, lo  tergiversó       y       como      su      consecuencia,      alterando      su  valoración”.     

En  el acápite que llamó “EL  ORIGEN  ILÍCITO DE LOS DINEROS NO ESTÁ PROBADO”,  comenta  que el delito subyacente de lavado de activos, es el de  enriquecimiento ilícito derivado del contrabando.   

Manifiesta  que  no  es  indicativo que se  configure  este  delito con la no justificación del incremento patrimonial como  lo  infieren  los  juzgadores  de  instancia,  dado  que  falta  el  ingrediente  normativo  de  la actividad delictual “del origen de  los  recursos  en  dicha actividad y del nexo entre esos activos y el incremento  patrimonial”.   

Argumenta  que  no  se   tuvo   en   cuenta   el   artículo  7°  de   la   Ley   9   de 1991, que autoriza a los residentes colombianos  la   libre  posesión  y  negociación   de   las   divisas   que     conforman    el    llamado    mercado    libre.   

Así  las cosas, aduce que no se encuentra  demostrado  que Báez Gómez se enriqueció injustificadamente con la entrada de  mercancías  ilegales  al país desde Panamá “y que  ingresó  a  ese  país  97 mil dólares que reportaron dichas autoridades, así  fuere    cierto,    que    entre   todo   el   núcleo   familiar   ‘Báez        Gómez’  hayan  movido en tres meses la suma  de  un  millón  405  mil  481 dólares, esa circunstancia no es suficiente para  edificar   en  contra  de,  solo  uno  de  ellos,  una  sentencia  de  carácter  condenatorio y menos por el delito de lavado de activos”.   

Considera  que  el  no  cumplir  con  la  obligación  tributaria  ante la Dirección de Impuestos Nacionales no significa  incurrir  en  lavado  de  activos  y  se  refiere al testimonio de Henry Alberto  Chica.   

Recalca que no hay certeza para condenar a  Báez Gómez.   

En consecuencia, solicita a la Corte casar  la sentencia impugnada y, en su lugar, absolver a su defendido.   

7.   Demanda  presentada a nombre de Jaime H. Figueredo Barreto   

El  defensor del procesado, con base en la  causal  primera  de  casación,  presentó  un único cargo contra la sentencia,  cuyos argumentos se sintetizan de la siguiente manera:   

Único cargo  

El defensor de Figueredo Barreto, al amparo  de  la  causal primera de casación, acusa al Tribunal de haber incurrido en una  “violación indirecta de la ley sustancial por vía  de hecho”.   

Aduce que el fallador incurrió en un error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia  por  falta de apreciación de las  pruebas.   

Después de realizar un recuento procesal,  comenta  que la sentencia del Tribunal adolece de valoración de la prueba. Así  mismo,  anota  que   “se  toma  como base para  deducir  la responsabilidad penal en contra de JAIME HUMBERTO FIGUEREDO BARRETO,  el  supuesto  de  que  éste,  FIGUEREDO  BARRETO,  al  tener negocios con SPEED  JOYEROS,  firma  panameña, que según informe de agentes de la D.E.A y fallo de  condena  a 27 meses proferido contra su propietaria (YARDENA MIZRAHI HEBRON) por  el  delito  de  conspiración para lavar dinero, se encuentre incurso en calidad  de  coautor  en el delito de lavado de activos…pues se considera que adolecía  de  los  recursos  necesarios para haber realizado transacciones como las que se  encontraron  registradas  dentro  de  los  documentos  que fueron aprehendidos a  dicho   establecimiento   y  más  concretamente  en  lo  encontrado  a  DELGADO  ROMÁN…”,  deducciones que surgen de los informes  presentados     por     el     Departamento    Administrativo    de    Seguridad  (D.A.S.).   

Manifiesta que contrario a lo sostenido en  la  sentencia  del  Tribunal,  su  defendido  sí  tiene  un  capital importante  producto  de  sus negocios y recuerda que éste fue objeto de investigación por  narcotráfico    en    la    operación    “hielo  azul”,  la cual se le precluyó.   

Reitera    que    Figueredo    Barreto  “es totalmente ajeno a actividades de narcotráfico  y  que  su  patrimonio  es  real,  adquirido  en  forma  legitima”  aduce que su defendido tenía una relación comercial válida con  Speed  Joyeros,  a  quien  les  compraba oro, lo que desconocía es los negocios  “turbios”   de   la  propietaria  “los documentos que fueron encontrados  en  poder  de DELGADO ROMÁN lo estaban para la ejecución y cobro de la cartera  morosa  que  empezó  a  presentar  FIGUEREDO  BARRETO  al  afrontar la serie de  inconvenientes  judiciales  que  perjudicaron  ostensiblemente  sus negocios”,  prueba    que    no    fue    apreciada.   

Expresa  que  se  desconoció  la  prueba  trasladada  referente a la declaración de Javier Delgado Román, quien señaló  no  conocer a su defendido y que recibía dinero de Figueredo Barreto para pagar  la  deuda contraída con Speed Joyeros y no como se adujo que lavaba dinero para  esta sociedad.   

Reitera  lo anteriormente expuesto y acota  que  sí  la  prueba  trasladada hubiese sido tenida en cuenta y analizada en su  integridad, otra suerte habría tenido su defendido.   

Afirma  que  se  vulneraron los artículos  232,  inciso 2°, 238 y 239 del Código de Procedimiento Penal y 247 del Código  Penal.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar  la  sentencia  impugnada y, en su lugar, proferir fallo de reemplazo absolviendo  a su defendido.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Sea lo primero recordar que la casación es  un  recurso  de  naturaleza  extraordinaria  y  rogada,  motivo  por  el cual el  legislador  estatuyó  las  causales por las cuales resulta procedente atacar la  presunción  de  acierto  y legalidad con que viene amparada la sentencia a esta  sede.  De  igual  modo,  dada  las  citadas características de la impugnación,  también  la  legislación procesal contempla los mínimos presupuestos lógicos  y argumentativos que debe cumplir el libelo.   

Por   ello,   como  lo  tiene  dicho  la  jurisprudencia   de   la   Corte,  la  demanda  de  casación  no  es  de  libre  formulación,  razón  por  la  cual  no  es procedente hacer cualquier clase de  cuestionamiento  a una sentencia que por ser la culminación de un proceso está  amparada,  como  se  indicó,  por  la doble presunción de acierto y legalidad,  sino  que  debe  ser  un  escrito  lógico  y  sistemático  en  el que sólo es  permitido  denunciar  los errores cometidos en el fallo, al tenor de los motivos  expresa  y  taxativamente  señalados en la ley, demostrarlos dialécticamente y  evidenciar su trascendencia en la parte dispositiva del mismo.   

Por  lo  mismo, el éxito de la censura no  depende  de  la  multiplicidad  indiscriminada de criterios personales, ni de lo  extenso  o  sugestivo  del   discurso  plasmado  en  la demanda, sino de la  argumentación  que   conlleve,  de  manera  lógica,  precisa, coherente y  jurídica,  a  la  demostración  de  que  la  sentencia  es  ilegal,  por haber  incurrido   el  juzgador  en  vicios  de  juicio  (in  indicando)   o   de   procedimiento   (in   procedendo),   según   el   caso.   

En  esas  condiciones,  se  hace necesario  verificar  si  las  demandas  de  casación  presentadas  a  nombre de  los  procesados  Jorge  Alberto  Salas  Rodas,      Juan     Guillermo     Marín  Arango,   Jorge  Enrique  Carvajal  Castro,  Linette  Zoraida      Victoria      Ríos,     Gustavo    Adolfo    Vargas    Gómez,  Carlos Fabio Báez Gómez y  Jaime    Humberto   Figueredo   Barreto   reúnen   los    presupuestos   de   logicidad   y   debida  argumentación  para  su  admisibilidad,  de  acuerdo  con  lo estipulado por el  artículo 212 del Código de Procedimiento Penal.   

1.  Demanda  presentada a nombre de Jorge Alberto Salas Rodas   

Como  primera precisión de orden lógico,  debe   advertirse   que   el   defensor   de   Salas  Rojas  desconoce  los parámetros de lógica y debida  fundamentación  que  ha  decantado la jurisprudencia para postular, demostrar y  evidenciar  la  trascendencia del vicio de actividad, puesto que el casacionista  pasó  por  alto que cuando se presenta de manera simultánea yerros sustentados  en  las  causales  primera y tercera de casación, estos últimos vicios se debe  formular como principales.   

En  efecto,  el principio de prioridad que  rige   la   casación   debe  ser  entendido  desde  una  doble  perspectiva,  a  saber:   

La   general,  según  la  cual,  los  cargos deben presentarse de acuerdo con la naturaleza de  las  causales invocadas en la demanda y con las consecuencias del error alegado.  En  otras  palabras,  cuando  se  ataca  la  sentencia  con base en las causales  primera  (violación  de la ley sustancial) y tercera (nulidad) de casación, es  lógico  que  el  cargo principal debe ser el de nulidad, pues de prosperar, por  regla general, haría inane el estudio de los demás reparos.   

La  específica,  consistente  en  que  cuando  se  presentan  varios  cargos  contra la sentencia  apoyados  en  la  causal tercera (nulidad), resulta lógico que el cargo primero  debe  ser el que, de prosperar, abarque una mayor extensión del proceso anulado  y,   consecuentemente,   su  éxito  haría  innecesario,  por  sustracción  de  materia,  el estudio de los demás cargos.   

Frente    a   estos   postulados,   la  jurisprudencia de la Corte ha sostenido:   

“El demandante  olvidó  que  en la técnica de casación rige el principio de prioridad, según  el  cual,  al  proponer varias causales debe seleccionar primero la que posee un  mayor  alcance,  y las restantes tendrá que plantearlas como subsidiarias; a su  vez,  no  le  es  viable  que  mezcle  simultáneamente y dentro del mismo cargo  varias  censuras  por  nulidad  en  igualdad de condiciones, pues allí también  tiene  la obligación de disponer un orden de preferencias al que debe sujetarse  la  Corte  cuando  realice  el  examen  de  fondo de la sentencia, de acuerdo al  principio     de     limitación     que    rige    este    trámite.   

“En el asunto  estudiado,  el  defensor  planteó  dentro  del  mismo  cargo  2 nulidades cuyos  efectos  invalidatorios  son  sustancialmente diversos, pues atacó el fallo por  la  conformación  de la Sala que decidió y por indebida motivación del mismo;  por  lo  tanto,  si  los  reproches  señalan  eventuales efectos invalidatorios  diferentes,  era  imprescindible  su  proposición  en  un orden de preeminencia  entre  ellos  para  señalar como principal aquel cuya prosperidad entrañara un  mayor  retroceso  de la actuación para repararlo, y no de manera sincrónica en  igualdad   de  condiciones.  Con  tal  formulación  se  sustrajo  al  principio  enunciado,  lo  que  conduce  a  que la Corte desestime el cargo porque le está  vedado,  de  acuerdo  con  el  principio de limitación, variar la propuesta del  censor”.1   

De  ahí que resulte claro advertir que la  postulación   de   los   cargos   que   obran  en  el  libelo  de  Salas  Rojas  no  fue realizada en forma  correcta,  en  tanto que debió presentarse como censura principal la sustentada  en  la causal tercera, puesto que de prosperar haría inane los demás reproches  argüidos  bajo  la nomenclatura de cualquiera de las modalidades de infracción  de la ley sustancial.   

Ahora  bien,  en  cuanto  al  primer  reproche, que postula por la vía  de  la  violación directa de la ley sustancial,  en tanto que anota que el  juzgador  en  la  construcción del juicio de derecho interpretó erradamente la  norma  escogida  para  resolver el conflicto. En primer lugar, se hace necesario  destacar  que  cuando  el  reparo  se  funda  por  los senderos de la violación  directa  de  la  ley  sustancial, en el entendido que el reproche formulado a la  sentencia  recae  sobre  el juicio de derecho que se dedujo en el fallo, resulta  lógico  avizorar que se deben respetar los hechos y las pruebas tal como fueron  valoradas  y  de  declaradas  como  probadas en la providencia impugnada, habida  cuenta  que  se cuestiona que el juzgador aplicó una norma que no resolvía los  extremos  de  la  relación  jurídico  procesal  o,  que  excluyó otra que sí  dirimía  el  problema  o,  habiéndola  seleccionada correctamente se le dio un  alcance que no consulta el texto literal de la ley.   

De ahí que no resulta atinado dentro de la  lógica  y  debida  fundamentación que con el fin de demostrar la existencia de  un  error  de  derecho  se  justifique con presuntos desaciertos cometidos en el  acto  de  estimación  probatoria.  De otro lado, si el actor consideraba que el  sentenciador  al  apreciar  las  probanzas  incurrió en errores propios de esta  actividad,  entonces se debe presentar el reproche por la vía de la infracción  indirecta de la ley sustancial.   

De  acuerdo con lo en precedencia anotado,  se  colige  que  el libelista cometió las siguientes imprecisiones de lógica y  debida fundamentación:   

a)   El actor en procura de demostrar  el  yerro,  deja la censura a mitad de camino, puesto que arremete, contrariando  la  lógica,  contra  el  mérito  que  los juzgadores le dieron a los medios de  convicción,  en la medida en que considera que en este supuesto no se demostró  que  el  origen del lavado de dinero no fue ilícito para predicar la existencia  de ese tipo penal.   

Dicho  de  otra manera, el actor en vez de  demostrar  en  qué  consistió  el  error  de  hermenéutica  dada  a  la norma  sustancial,  dedica la labor argumentativa del cargo a sostener que de la unidad  probatoria  no se puede predicar que los dineros que fueron objeto del lavado de  dinero  tenían  origen  ilícito,  inconformidad  que ha debido postular por la  vía  de  la  infracción indirecta de la ley sustancial, indicando la clase del  error y el falso juicio que lo determinó.   

b)    Constituye  un  contrasentido  lógico  que  el  libelista  argumente  que  en  este  asunto no se demostró la  existencia  de  la  conducta punible de lavado de activos, y a renglón seguido,  predique  que  el tipo penal constitutivo de esa conducta punible era el llamado  a  solucionar  el  conflicto  pero  que el sentenciador le dio un alcance que no  consulta su tenor literal.   

En  tales  condiciones, la mentada censura  carece de la debida claridad y precisión para su admisibilidad.   

Respecto    al    segundo    cargo,    se   advierte   que   el   casacionista   no señaló la clase de  error  y  el falso juicio que determinó la mentada trasgresión indirecta de la  ley  sustancial; y tampoco de su discurso se puede inferir, habida cuenta que su  argumentación  la  hizo  consistir en afirmar  que  en  el   proceso    no   se   encuentra   acreditado   que   el   dinero  objeto  de  la  comisión  de la conducta punible provenía de  actividades delictivas.   

Así,  resulta  oportuno  recordar  que la  violación  indirecta  de la ley sustancial surge como consecuencia de la errada  apreciación  de los elementos de juicio. Por manera que al libelista le compete  que  enseñe  a la Sala, la clase del error, es decir, si de hecho o de derecho,  y  el  falso  juicio  que  lo  determinó,  esto  es,  de existencia, identidad,  raciocinio, legalidad o convicción.   

Así  mismo, también constituye una carga  para  el  demandante que se indique cómo el vicio en la apreciación probatoria  condujo  a  transgredir  la ley sustancial, en tanto que se aplicó el contenido  de  un precepto que no consulta con lo declarado como probado en el fallo o, que  excluyó  otro  que  sí  resolvía todos los extremos de la relación jurídico  procesal del trámite penal.   

En el supuesto que ocupa la atención de la  Corte,  el  actor  muestra inconformidad que el Tribunal hubiese afirmado que el  origen  de  los dineros haya sido el narcotráfico o el contrabando, tal como lo  confesaron  algunos  de los procesados. No obstante, de esa argumentación no se  advierte  en  qué consiste el error en la apreciación probatoria, es decir, si  fue  como  consecuencia  de  un  yerro  de hecho o de derecho y, menos, el falso  juicio que lo determinó.   

La   postulación   del   tercer  cargo tampoco resulta afortunada,  en  la  medida en que si bien señala el falso juicio que determinó el error de  hecho,  de todas maneras no indicó cuál fue la prueba supuesta por el juzgador  para  concluir  en  la  existencia  del  hecho  y  en  la responsabilidad de los  acusados.   

De  otro  lado,  la  argumentación  del  libelista  está construida sobre el razonamiento consistente en que del proceso  no  emerge  el grado de conocimiento de certeza para predicar el origen ilícito  del dinero y, menos, la existencia del hecho.   

Cómo  no  llegar a esa conclusión cuando  del  discurso  argumentativo  el  actor lo construye lamentando la suerte de una  procesada  que  aceptó  los cargos formulados por las autoridades judiciales de  los  Estados  Unidos  de  América, habida cuenta que, en su criterio, tuvo como  génesis la presión y la fuerza a que fue sometida.   

En  el  mismo  sentido,  alejándose de su  enunciado  plantea que  la sentencia extranjera no fue allegada con respeto  al  rito  que  condiciona  su  validez, hipótesis que ha debido postular por la  vía del error de derecho por falso juicio de legalidad.   

Expresado  de otra forma, el fundamento de  la  censura  está  edificado en una disparidad de criterios respecto al mérito  dado  a los plurales elementos de juicio, argumento que no constituye yerro para  ser  atacado  en  casación,  puesto  que  el  juzgador  goza  de  libertad para  justipreciar  los  medios  de  convicción sólo limitado por los postulados que  gobiernan la sana crítica.   

Además,  recuérdese que el fallo llega a  esta  sede  amparado  por la doble presunción de acierto y legalidad, es decir,  que  los  hechos y las pruebas corresponden a la actividad probatoria desplegada  en  el  juicio  y  que la norma sustancial escogida era la llamada a gobernar el  asunto,  presunción  que  le  compete al demandante desvirtuar a través de las  estrictas  causales  de  casación  y demostrar la incidencia del vicio frente a  las plurales decisiones adoptadas en el fallo.   

Así,  como  quiera  que  el  tercer  cargo que el actor postula en una  simple  disparidad  de  criterios,  en  la  que no se advierte la existencia del  invocado  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia,  lógico resulta  predicar  que  el  mismo  no  cumple  con  los  presupuestos  formales  para  su  admisibilidad.   

Por   último,   en  lo  que  atañe  al  cuarto   cargo,  que  el  casacionista  postula por la vía de la causal tercera de casación por falta de  motivación  de  la  sentencia, se advierte que tampoco fue construido con apego  en la lógica y debida fundamentación.   

Como lo tiene precisado la Sala, cuando se  acude  al   mencionado  motivo  de  casación,  el  demandante  está en la  obligación    de    demostrar    uno    de   cualquiera   de   los   siguientes  vicios:   

a)  Que  el  fallo  carece  totalmente  de  motivación;   

b)  Que  la  sentencia siendo motivada, de  todos modos es dilógica o ambivalente;   

c)  Que  la  motivación  de  la  mentada  decisión es incompleta: o,   

d) Que la motivación del fallo es aparente  o sofística.   

Frente  a ese motivo la Corte ha dicho que  “la  ausencia  absoluta de motivación se configura  cuando  no  se precisan las razones de orden probatorio y jurídico que soportan  la   decisión;   la   motivación   es  ambivalente  cuando  contiene  posturas  contradictorias  que  impide  conocer  su  verdadero sentido; y será precaria o  incompleta,  cuando  los  motivos  que  se  exponen  no  alcanzan a traslucir el  fundamento  del  fallo”2.  Y,  que  la  motivación es  aparente  o sofística cuando se desconocen “pruebas  que  objetivamente  conducen  a  conclusiones diversas, de modo que se socava la  estructura       fáctica       y      jurídica      del      fallo”.3   

En  el asunto que ocupa la atención de la  Corte,  el  libelista  no  indicó  a  cuál  de  los  mencionados  defectos  de  motivación  hace referencia; y tampoco del discurso se puede advertir, toda vez  que  el  mismo  lo  hizo  consistir  en  una simple disconformidad en torno a la  apreciación  probatoria  hecha  por el sentenciador, dado que argumenta que las  pruebas  deben  ser  apreciadas  de  acuerdo con las reglas que informan la sana  crítica,  que  el  juzgador  goza  de  libertad para justipreciar los medios de  convicción  pero  limitado  por  el  “principio de  legalidad”,  y  que  el  juzgador debe enseñar con  claridad el mérito que le asigna a cada elemento de juicio.   

Frente a dicha argumentación vale destacar  lo  que ha dicho la jurisprudencia de la Corte, “…  no   es   lo  mismo  que  una  providencia  judicial  adolezca  de  defectos  de  motivación,  por  ausencia de motivación, por ausencia absoluta de las razones  de   orden   probatorio  y  jurídico  que  soportan  la  decisión,  a  que  la  argumentación  traída  por  el  fallador  no  cumpla  con las expectativas del  sujeto  procesal,  que  tilda  de  inadecuada,  desacertada o insuficiente en su  fundamentación  fáctica,  jurídica  o  probatoria,  hipótesis que se refleja  precisamente  en  el ataque elevado por el demandante en este asunto”.   

Por  manera  que  la  causal  tercera  de  casación  no  es  la  vía  adecuada para censurar el grado de estimación  que   los  juzgadores  le  dieron  a  los  medios  de  convicción  incorporados  validamente  a  la  actuación, puesto que la misma está reservada a los vicios  in procedendo de estructura o de garantía.   

Ante  esas  condiciones,  se  impone  la  inadmisión de la demanda.   

2.  Demanda  presentada  a  nombre  de Juan Guillermo Marín Arango   

Esta demanda tampoco reúne los requisitos  de  claridad,  precisión  y  coherencia  que  para  ser admitida establecen las  normas que regulan la casación, por los siguientes motivos:   

Respecto      al      primer  cargo,  a  través  del cual, el  actor  sostiene  que  el  Tribunal  incurrió  en  violación  directa de la ley  sustancial  por  interpretación  errónea  del artículo 323 del actual Código  Penal,  toda  vez  que,  en  su  criterio,  “no  se  probó”  el  origen ilícito de los dineros, siendo  evidente  que  tal  presupuesto  se  constituye en un elemento del tipo, se hace  necesario  reiterar  que,  como se indicó en el estudio de la anterior demanda,  cuando  se  invoca el cuerpo primero de la causal primera de casación, esto es,  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  el libelista no puede discutir la  valoración  de  la  prueba  realizada  por  el  sentenciador  ni  cuestionar la  declaración  de  los hechos consignada en el fallo, pues toda su actividad debe  estar  dirigida  exclusivamente a demostrar la equivocación en que incurrió el  Tribunal   al   aplicar  o  al  inaplicar  la  normatividad  al  caso  concreto.   

Se   trata,   entonces,  de  un  estudio  estrictamente      jurídico,     toda     vez     que      “cualquiera  que  sea  la modalidad de violación directa de la ley,  el  yerro  de los juzgadores recae indefectiblemente en forma inmediata sobre la  normatividad,  todo  lo  cual implica un cuestionamiento en un punto de derecho,  sea  porque  se  deja  de  lado  el precepto regulador de la situación concreta  demostrada,  porque  el hecho se adecua a un precepto estructurado con supuestos  distintos  a los establecidos, o porque se desborda la intelección propia de la  disposición         aplicable        al        caso        concreto…”.4   

Y  cuando  se  trata  de la última de las  citadas   modalidades   de   la  violación  de  la  ley  sustancial,  esto  es,  interpretación  errónea,  significa que el proceso de selección y adecuación  al  caso  en  cuestión  es  correcto pero al interpretar el precepto el juez le  atribuye  un  sentido  que no tiene o le asigna efectos distintos o contrarios a  su  contenido,  lo  que  implica  que  el yerro recae indefectiblemente en forma  inmediata  sobre  la  normatividad,  todo  lo  cual impone un cuestionamiento en  derecho  y,  al  mismo  tiempo, como se indicó, la aceptación incondicional de  una   realidad   fáctica  ya  definida  e  inmodificable  dentro  del  proceso,  imponiéndose  la sujeción del demandante a la realidad probatoria declarada en  las instancias.   

Tales  delineamientos  técnicos no fueron  observados  por el actor, pues si bien funda el reproche bajo la modalidad de la  interpretación  errónea  del  artículo  323 del Código Penal, tipo penal que  consagra  el  delito  de  lavado  de  activos, de todos modos desvió la censura  hacia  los  linderos  de  la  violación indirecta de la ley sustancial, pues en  espera   de   que   centrara  su  argumentación  a  demostrar,  en  el  ámbito  estrictamente  jurídico,  cómo  el  juzgador  le otorgó a dicha preceptiva un  alcance  que  no  contempla,  se dedicó únicamente a afirmar que en el proceso  “no   se  probó”  el  origen  ilícito  de  los  dólares que supuestamente fueron génesis del delito  imputado.   

Si  el  actor  no  compartía el resultado  fáctico  logrado  por  los  jueces,  por  cuanto  que  el  proceso arrojaba los  suficientes  elementos de juicio que, bajo su correcta valoración, conducían a  desvirtuar  el  origen  ilícito  de los dólares, es claro, entonces, que tales  desavenencias  recaen  sobre  las  pruebas, motivo por el cual el ataque deja de  ser  directo  para  convertirse  en indirecto y, por lo mismo, debió centrar el  reproche  a  través  de  la  apreciación  probatoria, según la índole de los  errores     que    en    esa    materia    hubiesen    podido    incurrir    los  sentenciadores.   

Ahora   bien,  si  en   gracia   de   discusión   se   aceptara   que  la  argumentación     del    demandante    se    delineó   exclusivamente      en     el    ámbito     de     la   mencionada   interpretación   errónea   del   citado   artículo   323   del   Código  Penal,  de todos   modos    el    cargo    lo   dejó   en   el   simple    enunciado,    pues    no   ilustró   a   la    Corte   en   qué   consistió   la   errada  hermenéutica  que  el  sentenciador le otorgó a dicha preceptiva, cuál era su  correcto   entendimiento   y   cómo  de  haberse   interpretado   de   manera   acertada   el  fallo   habría    sido   favorable   a   los   intereses   jurídicos  de  su  defendido.   

En    cuando    a   los   cargos      segundo     y  tercero, mediante los cuales el censor  acusa  al  Tribunal  de  haber  incurrido  en  violación  indirecta  de  la ley  sustancial,     toda     vez    que,    en    su    opinión,    “pretendió   justificar   el   desconocimiento   del  principio  de  presunción   de   inocencia   y   del   in  dubio  pro  reo  haciendo  cita  de  una”    jurisprudencia   de   esta   Corporación  (cargo   segundo)  y  por  cuanto  que,  además,  cometió  error de hecho al suponer los medios de prueba  que  le permitieron concluir en la existencia del delito y la responsabilidad de  su     procurado     (cargo    tercero),    tampoco    reúnen    las    exigencias   legales   para   su  admisibilidad.     

En  efecto,  en  primer  término, se hace  necesario  precisar que cuando el reproche se apoya en los senderos de la causal  primera  de  casación  por  la vía de la violación  indirecta  de  la  norma  sustancial, se parte que la  infracción   de   la   ley   es  de  manera  mediata,  es  decir,  como    consecuencia    de    la   errada   apreciación   de   las  pruebas.  Siendo  ello  así,  resulta,  entonces, un  serio  desatino  por  parte  del  actor  pretender  evidenciar un presunto error  “probatorio”  por  el  hecho   de   que   el  sentenciador  haya  realizado  una  cita  jurisprudencial  (segundo  cargo) como apoyo  de  sus  consideraciones, aspecto que, sin duda, no se adecua a los lineamientos  propios de la invocada violación indirecta.   

Y  si,  en  últimas, se entendiese que la  jurisprudencia  a  la  cual  acudió  el  juzgador no correspondía al caso o no  permitía  la  dilucidación  del  problema  jurídico  probatorio planteado, de  todos  modos  el  reproche  quedó  en  el  simple  enunciado,  pues el actor no  demostró   a   la   Corte  cómo  el  equivocado  entendimiento  de  la  citada  jurisprudencia  conllevó  a  que el operador jurídico incurriera en una errada  valoración  de los medios de prueba ni su relación de causalidad, al punto que  resultaron  vulnerados  tanto  la  presunción de inocencia como el in dubio pro  reo.     

Así  mismo, en lo atinente al  tercer cargo, se impone recordar que el  error  de  hecho  por  falso  juicio  de existencia por suposición, tiene lugar  cuando  “la  providencia  judicial  se  edifica con  fundamento  en  un  medio  probatorio trascendente en el sentido de la decisión  que  nunca  fue allegado durante el trámite investigativo, esto es, por que sin  figurar  en la actuación el  funcionario judicial supone que allí aparece  y  lo  tiene  en  cuenta  en  el  proceso  de valoración probatoria con efectos  jurídicos  en su proveído, evento en el cual corresponde al demandante indicar  la  prueba  supuesta,  el  mérito  suasorio  que  le  fue  asignado  y cómo su  marginación  conduce  a  una decisión diversa a la impugnada y favorable a los  intereses      del      condenado”.5   

Teniendo   en   cuenta   los  anteriores  delineamientos,  se  observa que el censor únicamente denunció que el juzgador  supuso  las  pruebas  de  la  existencia  del  delito  de lavado de activos y la  responsabilidad  de  su  defendido,  reproche que así formulado se quedó en el  enunciado,  pues,  como  se  precisó,  no  indicó  los  medios  de convicción  presuntamente   supuestos   ni  la  trascendencia   del   vicio,   limitándose     a     afirmar    que    en    el   proceso     “no   obran    pruebas   ni          indicios          que         comprometan”   penalmente   a  Juan  Guillermo  Marín  Arango,  o  que  las  imputaciones  hechas  a  Yardena Mizrahi Hebroni, a Gloria Inés Chacón y a Armando Mogollón  no  pueden  ser  trasladadas  a  su defendido por cuanto que la acción penal es  personalísima.   

Como se observa, tales afirmaciones surgen  de  las  personales  opiniones  del  censor,  sin  que  dentro  de ellas se haga  específica  mención  tanto  de  las  pruebas  supuestas  como  de aquellas que  existiendo  fueron  tenidas  en  cuenta  por  el  juzgador  para  arribar  a  la  conclusión   de   la   existencia   del  delito  y  de  la  responsabilidad  de  acusado.   

En   fin,   advierte   la  Sala  que  la  inconformidad  del  recurrente  está centrada en las conclusiones probatorias a  que  llegó el sentenciador de segunda instancia y no en un específico yerro de  apreciación  probatoria,  disparidad  de criterios que, como ya se ha dicho, no  es  susceptible  de  ser  atacada en esta sede, toda vez que el juzgador, dentro  del  sistema  de apreciación probatoria, goza de libertad para justipreciar los  medios  de  convicción,  sólo limitado por los postulados que informan la sana  crítica.    

Así,  entonces, obvio es concluir que los  cargos          segundo          y   tercero  carecen  de  la  argumentación  lógica  propia  de  la  hipótesis casacional.   

Por  último, en cuanto al cuestionamiento  (cuarto  cargo)  que  hace  sustentado  en  la causal tercera de casación y que le permitió afirmar que en  este  asunto  se dictó sentencia en un juicio viciado de nulidad, por cuanto el  fallo   se   emitió  “sin  motivación”,  no  solo  no  respetó  el  principio  de  prioridad, sin que  tampoco  cumplió  con  los  presupuestos  que  la  ley  y la jurisprudencia han  establecido  para  este  tipo de reproches, los cuales ya fueron indicados en el  estudio  de  la  anterior  demanda,  por lo que no se hace necesario volverlos a  reiterar.   

En  efecto,  el actor no indica a cuál de  los  mencionados  defectos de motivación  se  refiere,  como tampoco la Sala logra intuirlo de su discurso,  pues  el  mismo,  en  lugar de estar dirigido a demostrar a la Corte cuál es el  error  de motivación que padece la sentencia impugnada, procedió a criticar la  valoración  que  el  juzgador  hizo  de  los  medios  de  convicción  legal  y  oportunamente  allegados  al  proceso,  para concluir que de éstos no emerge la  existencia    de   la   conducta   punible   ni   la   responsabilidad   de   su  procurado.   

Como  se  indicó,  si  su  disenso estaba  destinado  a resaltar errores en la valoración de la prueba, la vía casacional  era  la violación indirecta de la ley sustancia y no la nulidad pretextando una  “falta  de motivación”  del  fallo,  pues,  se  reitera,  la causal tercera de casación no es el camino  adecuado  para  censurar  el grado de estimación que los juzgadores le dieron a  los  medios  de convicción, puesto que aquella hipótesis está reservada a los  vicios in procedendo, sean de estructura o de garantía.   

En  consecuencia,  la demanda presentada a  nombre      de      Juan     Guillermo     Marín  Arango  se inadmitirá.   

3.  Demanda  presentada a nombre de Jorge Enrique Carvajal Castro   

En  cuanto  a  este  libelo  que  el actor  presenta  por  la  vía  de  la causal tercera de casación y de acuerdo con los  argumentos  expuestos  en  los anteriores libelos respecto de los parámetros de  lógica  y  debida  fundamentación que rige para acusar la falta de motivación  de  la  sentencia,  se  observa  que el casacionista tampoco cumplió con dichos  parámetros,  en  la  medida  en  que  no  enseñó  a  cuál de los mencionados  defectos  de  motivación  hace  referencia,  esto  es,  si  la sentencia carece  totalmente  de  motivación,  que siendo motivada, de todos modos es dilógica o  ambivalente, que es incompleta o que es aparente o sofística.   

Así  mismo,  tampoco  de  su  discurso se  advierte,  puesto  que el mismo lo elaboró con el fin de presentar una personal  valoración de los medios de prueba.   

En  efecto,  en lo que se podría entender  como  la fundamentación de la censura, el actor la limitó a transcribir varios  fragmentos  de  los  fallos  de  instancia,  a  censurar al Tribunal por haberse  confirmado  el  fallo  de primera instancia, que no se analizaron los argumentos  expuestos  por  la  defensa,  que  de  manera aparente se valoraron lo medios de  prueba,  que  los  investigadores del D.A.S. adujeron en el acto de la audiencia  pública  que  no se había demostrado el origen ilícito de los dineros, que el  juzgador  de  segunda  instancia  se  limitó  a  enunciar y resumir las pruebas  allegadas  al proceso, que su defendido no figura en la lista de la D.E.A. ni de  las  autoridades  panameñas  de  personas  que  ingresan  divisas  a  Colombia,  etc.   

Es  decir, de esa pluralidad de argumentos  no  se  puede  advertir  en  qué  consistió  el  defecto  que  le señala a la  sentencia  de segunda instancia, en tanto que la fundamentación el casacionista  la  centró  en presentar unas personales opiniones que en manera alguna pone en  evidencia  el  error  de  derecho o de actividad que lleve a la Corte intervenir  como Tribunal de casación.   

Por  manera  que  el  libelo  carece de la  debida claridad y precisión que impone su inadmisión.   

4.  Demanda  presentada a nombre de Linette Zoraida Victoria Ríos   

La   defensa   técnica   de  la  citada  sentenciada  también  postula  un único cargo por la vía de la causal tercera  de  casación,  puesto  que  al  igual  a sus colegas antecesores, estima que la  sentencia  se  dictó en un juicio viciado de nulidad por falta de motivación y  comete    los    mismos    desaciertos   en   cuanto   a   su   postulación   y  demostración.   

En   efecto,   como  una  constante,  el  demandante  no  indicó  a cuál de los mencionados defectos de motivación hace  referencia,  es  decir,  si  la  sentencia carece totalmente de motivación, que  siendo  motivada de todos modos es dilógica o ambivalente, que es incompleta, o  que es aparente o sofística.   

Del  mismo modo, al igual que en los otros  libelos,  del  discurso  tampoco  se  puede  inferir el mentado defecto, pues la  labor  argumentativa  el  actor lo centró en informar que la mercancía que era  introducida  de Panamá no era de propiedad de su representada, que la prueba de  su  responsabilidad  consistió  en  la  documentación hallada a Javier Delgado  Román,  persona  que  ella  manifestó no conocer, que el informe del DAS en el  que  se dice que su defendida transportó la suma de US $209.167 desconoce otros  informes  que  obran  en  el  proceso, que su poderdante no poseía capital para  realizar  actividades  ilícitas,  que  las  autoridades  judiciales de Colombia  otorgaron  legalidad  y  autenticidad a los documentos y pruebas obtenidas en el  extranjero,   que   los  juzgadores  concluyeron  que  el  dinero  provenía  de  actividades  derivadas  del narcotráfico y que si bien su defendida transportó  el  dinero,  también  lo  es  que  no  tenía  conocimiento  de  su procedencia  ilícita.   

De  acuerdo con los anteriores argumentos,  surge   claro   concluir   que   la   inconformidad   del  libelista  contra  la  sentencia   no  es  que su motivación sea deficiente, sino que no comparte  las  conclusiones  probatorias  de  los juzgadores en cuanto a la existencia del  hecho delictual y la responsabilidad de la acusada.   

En  fin,  ante  una  simple  disparidad de  criterios  en torno al mérito dado a los medios de convicción y en donde no se  advierte    errores    de    derecho    o    de   actividad,   la   demanda   se  inadmitirá.   

5.  Demanda  presentada a nombre de Gustavo Adolfo Vargas Gómez   

Este libelo, el cual presenta siete  cargos  fundados  en la causal de  tercera   de  casación  y  una  octava  censura sin la  precisión  de  la causal en que se apoya, también será inadmitido, por cuanto  que  no  reúne los presupuestos de logicidad y debida argumentación que la ley  impone para el efecto.   

En   lo   relativo  a  los  siete  primeros  cargos,  fundados en la  citada   causal   tercera,   debe  recordarse  que,  como  lo  ha  reiterado  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  la  nulidad como motivo para atacar, por vía de  casación,  el fallo de segunda instancia, en “orden  a  la  técnica  propia  de  este  medio  extraordinario de confrontación de la  legalidad  de  las  sentencias, comporta los mismos niveles de exigencia que son  inherentes  a las demás causales dada su especial naturaleza, lo cual significa  que  de  modo  insoslayable  debe  especificarse  la  causal o motivo de nulidad  concurrente,  demostrando  el  carácter sustancial del vicio o la irregularidad  acusados  y  particularmente  la etapa o el momento procesal a partir de la cual  se  hace imperativa la anulación, explicando justificativamente las razones por  las   cuales   no   media   alternativa   diversa   que   la   de  invalidar  lo  actuado”.6   

En  otros términos, la nulidad no aparece  marginada  del  imperativo  de  claridad,  logicidad y precisión en cuanto a su  postulación  y  demostración  correspondientes,  toda  vez que es tan exigente  como  las  demás  dado  el   rigor predicable de la naturaleza misma de la  casación,  de  manera  tal  que   se  impone  para  el  actor  el deber de  concretar  la  índole  del vicio, sea de estructura o de garantía, que se dice  afecta  el proceso, en qué grado y magnitud y desde qué actuación procesal se  configura.   

Por consiguiente, tratándose de cargos de  nulidad  la demanda no es un escrito de libre confección, toda vez que también  debe  ajustarse  a los presupuestos de suficiente argumentación y acreditación  para su admisibilidad.   

De igual manera, en virtud del principio    de    trascendencia   que  gobierna   la  declaratoria  de  nulidad,  según  la  cual,  no  basta con  denunciar  irregularidades  o  que  éstas  efectivamente  se  presenten  en  el  proceso,  sino  que  se  hace  indispensable  demostrar  que aquellas inciden de  manera  concreta  en  el  quebranto  de  los derechos de los sujetos procesales,  se   hace  necesario  que  el  actor evidencie un  perjuicio  con  el  yerro  in  procedendo denunciado,  pues,  caso  contrario,  la  Corte,  por razón del principio de limitación, no  puede entrar a complementar al censor.   

En  esas  condiciones, observa la Sala que  los     siete    primeros    reproches  fundados  en  la  causal  de nulidad no satisfacen los anteriores  presupuestos.   

En   efecto,   en   lo  atinente  a  los  cargos          primero          y  sexto,  a  través    de    los    cuales    el    actor    denuncia   la   “incompetencia”   tanto   del   Fiscal  adscrito  a  la  Unidad Nacional de Fiscalías para la Extinción del Derecho de  Dominio  y contra el Lavado de Activos que inició la instrucción, investigó y  profirió   resolución  de  acusación  en  este  caso,  como  de  la  Sala  de  Descongestión  del  Tribunal  Superior  de  Bogotá  que  profirió el fallo de  segundo  grado,  en  la  medida  en que, en su criterio, el Fiscal General de la  Nación  no tenía la faculta legal de crear dicha Unidad Nacional, arrogándose  una  atribución  exclusiva  del legislador, como tampoco la Sala Administrativa  del  Consejo  Superior  de  la  Judicatura podía crear una Sala “ad   hoc”,  respecto  de  hechos  que  sucedieron  con  anterioridad,  irregularidades  que vulneraron el principio del  juez  natural  y,  por  ende,  el debido proceso, se hace indispensable precisar  que,  como  lo  ha  indicado  la  jurisprudencia de la Corte, no obstante que la  incompetencia  del  juez  constituye  causal  para  declarar  la  nulidad  de la  actuación  por  violación  del  debido  proceso,  de  todos  modos  la  debida  logicidad  y argumentación que rige al recurso extraordinario exige que si bien  es  cierto  la  censura  se  debe  fundar  con  apego  en  la  causal tercera de  casación,  también  lo es que se impone su fundamentación y desarrollo con la  lógica de la primera.   

En  esas condiciones, no basta argumentar,  como  lo  hizo de manera extensa el libelista, que la mencionada Unidad Nacional  de  Fiscalías  no  era el ente instructor llamado a investigar este asunto, por  cuanto  que,  en  su criterio, esa  labor  correspondía  a   los     fiscales     delegados    ante    los    jueces  penales    del    circuito    especializados,   según   la   Ley  504  de  1999, además de que el Fiscal General de  la  Nación no tenía atribuciones legislativas como para crear la citada Unidad  Nacional  (cargo  primero),  y,  a su vez, que el Consejo Superior de la Judicatura tampoco estaba autorizado  para  crear  la  Sala  de  Descongestión  que en este asunto dictó el fallo de  segundo     grado     (cargo     sexto),  razones  por  las  cuales  se  impone  la  invalidación  de la  actuación  a  través  de  la  nulidad,  pues  son  argumentaciones  que,  así  expuestas,   resultan   propias   de   las   instancias  y  no  del  recurso  de  casación.   

Debe  recordarse  que  quien  acude a este  recurso  extraordinario,  luego  de  postular  el cargo de acuerdo con la causal  tercera,   debe  determinar  y  demostrar,  desde  la  perspectiva  de la causal primera, si la violación de  la  ley sustancial ocasionada por el yerro hallado en la sentencia se produjo de  modo directo o por la vía indirecta.   

Por  consiguiente, si su argumentación se  inclina   por   la   violación  directa  debe  relacionar  las  normas  que  el  sentenciador  aplicó  indebidamente,  las  que  omitió  aplicar o aquellas que  interpretó  erróneamente por otorgarle un sentido o un alcance equivocado, sin  controvertir  las  pruebas  o  los  hechos  tal  como  fueron  apreciados  en el  fallo.   

Contrario  sensu, si el sustento lo es por  los  lineamientos de la violación indirecta, también constituye una carga para  el  casacionista  señalar la clase del error (de hecho o de derecho) y el falso  juicio  (de  identidad,  existencia,  raciocinio,  legalidad  o  de convicción,  respectivamente)  cometido  en  la actividad probatoria que determinó o generó  la irregularidad denunciada.   

Cumplido con lo anterior, le corresponde al  censor  demostrar  la  trascendencia  del  yerro,  esto  es, cómo de no haberse  incurrido   en  él  necesariamente  el  fallo  habría  sido  favorable  a  sus  intereses.   

Al  respecto  la  Sala  ha  afirmado  que  “en este evento, si bien el casacionista se acoge a  la  causal  prevista  para  denunciar  la configuración de un motivo de nulidad  derivado  de  la  falta de competencia del juzgador, el desarrollo que imprime a  la  censura no resulta ser acertado, pues se deja de considerar que a esta clase  de  desaciertos se llega por haberse incurrido en vicios in iudicando, es decir,  en  el acto mismo de juzgar sea directamente por incurrir en errores en el plano  del  puro  raciocinio  jurídico  que  determinaron  la falta de aplicación, la  exclusión  evidente  o la interpretación errónea de disposiciones del derecho  sustancial,  y  por  tal  vía,  de  aquellas  que establecen la competencia del  juzgador,   o   de   modo   indirecto   a  través  de  la  errada  apreciación  probatoria.   

“Sobre  la  forma  como su demostración  debe  asumirse,  la  jurisprudencia  tiene  establecido  que la censura por este  motivo  de  casación es de fundamentación mixta, puesto que debe formularse al  amparo  de  la  causal  tercera  pero  desarrollarse  siguiendo los lineamientos  técnicos  de  la  primera,  optando  por una de las dos vías establecidas para  ella.  Si  opta  por  la  vía directa es deber indicar las disposiciones que el  juzgador  aplicó  indebidamente y de las que correlativamente dejó de aplicar,  o  aquellas  en  las  que  se  equivocó  en  fijar su contenido o alcance y las  razones   jurídicas  de  este  desacierto,  sin  que  por  dicha  vía  resulte  procedente  controvertir  la  apreciación  probatoria. Si la trasgresión de la  ley  se  originó en errores de apreciación probatoria, es deber concretar cada  uno  de ellos, si de existencia, identidad, legalidad o convicción, y demostrar  su  trascendencia  o incidencia en la violación de la ley y, por ende, la falta  de  competencia  del  órgano  jurisdicente  con  compromiso  de  la validez del  juicio”.7   

Así, entonces, como se anunció, el actor  no  cumplió  con  ninguno  de  los  anteriores  parámetros,  toda  vez  que la  argumentación  la  centró  exclusivamente  en  la  afirmación  de la presunta  ausencia  de  competencia tanto del fiscal que investigó y calificó el mérito  del  sumario  como de la Sala de Descongestión del Tribunal Superior de Bogotá  que  dictó  el  fallo de segundo, agregando que el Fiscal General de la Nación  no  tenía  facultad legal para proceder a crear la mencionada Unidad Nacional o  que  la Sala Administrativa del Consejo Superior de la Judicatura tampoco estaba  autorizada  para  crear dicha Sala de Descongestión, afirmaciones que no fueron  desarrolladas  ni  demostradas  a  través  de  la trasgresión de la violación  directa o indirecta de la ley sustancia, según el caso.   

Ahora  bien,  si de su extenso discurso se  pudiese  entender  que  el  libelista  acudió,  de  manera  implícita,  a  los  derroteros  propios  de  la  violación  directa  de la ley sustancial, de todos  modos  las censuras carecieron de una correcta argumentación jurídica, pues se  limitó   a   plasmar   sus   personal   comprensión   frente   a   las  normas  constitucionales  y legales que citó, pero en manera alguno ilustró a la Corte  cuál  es la hermenéutica correcta respecto del alcance de dichas preceptivas y  cómo  de  ellas se debe inferir, sin equivocación alguna, que los funcionarios  judiciales  que conocieron este caso en la instrucción y en el juicio en verdad  no eran competentes.   

Las   anteriores   deficiencias   en  la  presentación  de  los  mencionados  reproches  conllevan  inevitablemente  a su  inadmisión,  sin  dejar  pasar  por alto que, de todos modos, tampoco le asiste  razón  al  libelista, toda vez que la jurisprudencia de la Corte al respecto se  ha  pronunciado, descartando las irregularidades sustanciales pretendidas por el  actor  y  que  hacen relación a la presunta trasgresión del principio del juez  natural.   

En  cuanto  a la creación de funcionarios  judiciales de descongestión, la Sala ha dicho:   

“En  diversos  pronunciamientos  (7)  la  Corte se ha referido de manera expresa a la legalidad  de  los  Acuerdos  1799  del 14 de mayo de 2003 y 2573 del 25 de agosto del año  siguiente,  cuya  vigencia  fue  prorrogada a través de los Acuerdos  2562  del  10  de agosto de 2004 y 2740 del 21 de diciembre del mismo año, proferidos  por  la  Sala Administrativa del Consejo Superior de la Judicatura, a través de  los  cuales  se  adoptaron  medidas  de  descongestión respecto de los procesos  penales  asociados  al proceso de liquidación de la Empresa Puertos de Colombia  (COLPUERTOS)  y del Fondo de Pasivo Social de esa misma entidad (FONCOLPUERTOS),  bajo  el  entendido  que  dichos  actos  se  enmarcan  dentro  de  las funciones  asignadas a esa Corporación.   

“Las referidas  competencias  funcionales  se hallan expresamente consagradas en los numerales 2  y  3  del artículo 25 de la Ley 270 de 1996, así como en el artículo 63 de la  misma   legislación,   precepto   en   cuya   virtud   corresponde  a  la  Sala  Administrativa    del   Consejo   Superior   de   la   Judicatura   ‘crear,  con  carácter  transitorio,  cargos  de jueces o magistrados sustanciadores o de fallo, de acuerdo con la ley  de   presupuesto’.  El  citado  texto legal fue declarado exequible por la Corte Constitucional mediante  Sentencia  C-037  del  5  de  febrero  de  1996, en la cual precisó:   

“‘…            constituye  una interpretación del principio constitucional de que  la   administración  de  justicia  debe  ser  pronta  y  eficaz.  Es  con  este  propósito,  que  la  Sala  Administrativa del Consejo Superior de la Judicatura  podrá  redistribuir  los  asuntos  pendientes  para  fallo  entre los distritos  tribunales  o  despachos  judiciales, función ésta que se podrá llevar a cabo  siempre  y  cuando  no  se alteren las garantías procesales con que cuentan los  asociados     para     la     resolución    de    sus    conflictos’.   

“Además,  se  ofrece  igualmente oportuno recordar que acerca de la temática planteada por el  recurrente,    esta    Sala    en   precedente   ocasión   señaló:   

‘La   Sala  administrativa  del Consejo Superior de la Judicatura, con la expedición de los  citados  acuerdos  no  vulneró  el  principio  del  juez natural, puesto que no  varió  competencia  por  el  factor  objetivo  y  funcional  fijado  en  la ley  procesal.  Por  consiguiente, no le asiste razón al casacionista cuando asevera  que  en  este  evento  los funcionarios judiciales carecían de competencia para  juzgar   las  conductas  punibles  atribuidas  al  procesado  en  el  pliego  de  cargos’.   

“Si   el  ejercicio  argumental del demandante realmente contuviera una propuesta novedosa  y   seria,  tendría  que  haber  dedicado  espacio  a  refutar  las  anteriores  reflexiones,  más  ello  no  es  así,  y  tampoco  aporta  el  libelista otros  elementos  que  permitan visualizar la irregularidad sustancial anunciada, capaz  de  resquebrajar  el  debido proceso que se menciona fue conculcado, más cuando  la  réplica  elaborada  por  el  actor no hace relación a la trascendencia del  supuesto  yerro  de  actividad, en términos de demostrar cómo habría visto su  prohijado  recortada alguna garantía, o de qué forma se modificaron las reglas  para    su    procesamiento    con    mengua    de    sus   derechos”.8   

A  su  vez, respecto de las facultades del  Fiscal   General   de   la   Nación,   la   jurisprudencia   de   la  Corte  ha  precisado:   

“Sobre la forma  en  que  se  distribuye el conocimiento de los distintos asuntos en los diversos  órdenes  de  la  Fiscalía  General,  en reciente oportunidad y con ponencia de  quien   en   esta   oportunidad   actúa   en   la   misma   calidad,   la  Sala  precisó:   

‘En efecto, es  bien  sabido  que  de  conformidad  con  lo regulado en el artículo 250.5 de la  Constitución  Política,  la  Fiscalía General de la Nación tiene competencia  para   investigar   y   actuar   en  todo  el  territorio  y  que,  consecuente  con  esta  atribución,  la  actividad   instructiva   que   le   es   propia,   en  principio,  no  supone la existencia de una concreta y previa determinación de  asuntos  de  los  cuales  deba  conocer, o  lo que es igual, que dada la órbita general de competencias que  tiene  para  el cumplimiento de sus funciones dentro de dicha fase, no es viable  afirmar  de  manera  general que actos de instrucción puedan verse afectados de  nulidad  por  no  haber  sido adelantados por alguna autoridad especial de dicha  entidad, con la limitante referida a aquellos asuntos  promovidos  contra  funcionarios con fuero, en relación con los cuales, dado su  particular  carácter,  el  conocimiento  de  los  mismos debe desarrollarse por  determinadas    autoridades    a    riesgo    de    viciarse    la    actuación  procesal’.   

“De   manera   que,   careciendo   los   imputados   de   fuero   legal   o  constitucional,   que  condicionara   la     investigación     y    juzgamiento    de    los  hechos    punibles   imputados   a   una   autoridad      determinada,   dada    la   estructura    unitaria   jerarquizada   de  la  Fiscalía,   debe   afirmarse  que  la  ley de  procedimiento  no  ha  fijado  competencias para el conocimiento de específicos  asuntos  en  las  diversas  escalas  de  la Fiscalía,  sólo  que  éstas  se  han  establecido tomando como  referencia  el  hecho de que los fiscales delegados deben acusar ante los jueces  competentes…”  (subrayado        ajeno       al       texto).9   

Por  consiguiente,  dentro de la orbita de  sus  competencias  constitucionales y legales y dentro del marco de una justicia  pronta,  diligente  y eficaz, resulta lógico y jurídico concluir que el Fiscal  General  de  la  Nación  está  facultado  para  crear  unidades  especiales de  fiscalías   con   el   fin  de  atender  asuntos  específico  propios  de  sus  atribuciones,  como  también es evidente que la Sala Administrativa del Consejo  Superior  de  la  Judicatura  está  autorizada  para  redistribuir  los asuntos  atinentes a la administración de justicia.   

Además,  en este caso no se evidencia que  los  funcionarios acusados de incompetentes hayan vulnerado las garantías y los  derechos  constitucionales de los sujetos procesales como para que la Corte deba  intervenir en aras de su restablecimiento.   

El   segundo  cargo,  mediante  el cual el actor afirma que es nula  la  actuación  por  cuanto que el juzgador “omitió  la   obligación   de   darle   a   cada   medio   de   prueba   su  estimación  razonada”,  tampoco  esta  llamado  a ser admitido,  pues  surge  evidente que esa argumentación no es propia de los lineamientos de  la  causal  tercera  de  casación (error in procedendo), sino de la primera, es  decir,   de   la   violación   indirecta   de   la  ley  sustancial  (error  in  iudicando).   

En  efecto, si el censor no compartía las  conclusiones  valorativas  a que llegó el sentenciador por razón de una errada  apreciación  de  las  pruebas, debió, entonces, acudir a los derroteros que el  legislador  ha  establecido  a  la  violación  indirecta  de la ley sustancial,  indicando  la  clase  de  error,  esto  es, si de hecho o de derecho, y el falso  juicio   que  lo  determinó,  es  decir,  de  existencia,  de  identidad  o  de  raciocinio,  en cuanto al primero, o de legalidad o de convicción, respecto del  segundo, camino que no adoptó.    

Ahora bien, y si en gracia de discusión se  aceptara  que  la  postulación  del cargo no resulta desatinada, de todos modos  tampoco  logró  su  debida  demostración, pues no ilustró a la Corte cómo la  supuesta    omisión    por    parte   del   sentenciador   de   “darle   a   cada   prueba   su   estimación   razonada”  o  su equivocada valoración de la misma, conllevó inevitable  e  indefectiblemente  al  resquebrajamiento de la estructura del proceso (debido  proceso)  y,  consecuentemente,  a  la  vulneración  de  las  garantías  de su  procurado  (derecho de defensa), al punto que la nulidad es el remedio jurídico  a adoptar por la Sala.   

Y    la    suerte   del   tercer  cargo  es igual, pues si bien es  cierto  que  acusa  la  nulidad de la actuación por cuanto que en el desarrollo  del  proceso  se  omitió  darle  trámite  a  los  recursos  de  reposición  y  apelación  interpuestos  contra  la  providencia que negó la revocatoria de la  medida  de  aseguramiento,  como  de  igual  modo  se  omitió  dar  curso  a la  apelación  presentada contra la providencia del 11 de febrero de 2002, también  lo  es  que  en punto de la trascendencia de    estas    supuestas   irregularidades   el   demandante   nada  precisó.    

En  otros  términos,  el  libelista  no  ilustró  a  la  Sala  cómo  el  no trámite de los citados recursos ordinarios  afectó  la estructura básica del proceso y, a su vez, el derecho de defensa de  su  procurado,  como  tampoco  evidenció cómo de haberse tramitado y resuelto,  otro  habría  sido  el  destino  jurídico  del  procesado,  es  decir,  que la  absolución era decisión a adoptar.   

Por  el contrario, sin ir más allá de la  debida  demostración  propia  de  las  irregularidades  anunciadas, el actor se  limitó  a  indicar  que si se hubiesen practicado todas las pruebas solicitadas  en  la  instrucción,  se  hubiere corroborado la presunción de inocencia de su  defendido  o  que  nunca  se  habría  calificado  el  mérito  del  sumario con  resolución  de acusación, afirmaciones estas que no logra concatenar en debida  forma el motivo base es este reproche.     

Dígase  una  vez  más que, en virtud del  principio  de  trascendencia  que gobierna la declaratoria de nulidad, según la  cual,  no  basta  con  denunciar  irregularidades  o que éstas efectivamente se  presenten  en  el proceso, sino que se hace indispensable demostrar que aquellas  inciden  de  manera  concreta   en   el  quebranto  de   los   derechos   de  los  sujetos  procesales, se   hace    necesario    que    el    actor    evidencie   un  perjuicio   con     el     yerro    in   procedendo    denunciado,   pues,   caso  contrario,  la  Corte,  por  razón   del    principio   de   limitación,   no   puede   entrar  a  complementar  al  censor.   

Los  desaciertos lógicos y argumentativos  continúan    en    la   formulación   del   cuarto  cargo,  el que también se apoya en la causal tercera  de   casación,   pues   acusando   el   actor   una   supuesta  “indebida  calificación”  del  mérito  del  sumario  y  en espera de que, respetando los cánones que la ley y la   jurisprudencia  tienen  establecidos  para  esta  clase de reproche, dedicara la  argumentación  a  demostrar cómo la conducta del procesado se adecua al delito  de  “contrabando” o al  de  “receptación”  en  lugar  del  lavado  de activos imputado en la resolución de acusación y por el  cual  fue  condenado,  centró la sustentación de la censurar en afirmar que de  los   hechos   se   infiere  que  la  actividad  desarrollada  por  Vargas  Gómez era la de “comprar  mercancías  ofertadas en el mercado libre e introducirlas  a  Colombia,  las  que  pagaba  con dólares que adquiría con el producto de la  venta  de  joyas”, o que no hay prueba que demuestre  que  su  procurado  haya  sido  “una  mula o correo  humano”,  o  que  los  juzgadores  “para   dar   por   probada  la  conducta  imputada  a  Vargas      Gómez,     prescindieron  inexorablemente de las pruebas”.   

En  esas  condiciones,  observa  la  Sala  que,  teniendo  en  cuenta  la  legislación  vigente  al  tiempo  de  la  calificación  del  mérito  del  sumario,  si  bien  el  libelista  escogió  la  vía  adecuada  para  acusar  el error en la calificación jurídica dada a los hechos  en  la  resolución  de  acusación,  de  todos  modos no sucede lo mismo con su  desarrollo,  habida  cuenta  de  que no señaló, como  era  su  deber,  si  el  yerro tuvo su génesis en la  indebida  selección o en la hermenéutica de la norma  o         normas        sustanciales          escogidas  para  resolver  el  caso,  o  en  la  actividad     probatoria     como     consecuencia  de  errores  de derecho o de hecho en la apreciación  de los medios de convicción.   

En  efecto,  ha  reiterado  la  jurisprudencia  que  el  yerro  en  la  calificación  jurídica  es un error in iudicando que debe demandarse a través  de  la causal tercera de casación, toda vez que de prosperar la censura la Sala  no  podrá  dictar  el  fallo  de  reemplazo,  ya  que de hacerlo necesariamente  socavaría  la  estructura del proceso al no quedar la resolución de acusación  en   armonía   con   la   sentencia,   incurriéndose   así  en  un  error  in  procedendo  que  atentaría  contra  el  principio de  congruencia.   

Por ello, siendo  cierto  que  el  mencionado  error  debe postularse a  través  de  la  causal  tercera,  también lo es que  la   demostración   debe  hacerse     con    sujeción     a  los  parámetros de la causal primera  de  casación,  ya  sea por violación directa o indirecta de la ley sustancial,  toda vez que el funcionario  judicial,  en el momento de  elaborar  el  juicio  de  derecho,  pudo llegar  a esa  equivocación          al         excluir,  al  aplicar indebidamente o  al  interpretar  de  manera  errónea  un  precepto sustancial, caso en el cual se  impone    al  actor  respetar  los  hechos  y  las  pruebas   conforme   a   como   fueron   plasmados  en  el  fallo,  pues  se  trata de un error de selección  normativa    y,    por   lo   mismo,   su discusión es en estricto derecho.   

Del   mismo   modo,   el  yerro  en  la  calificación   jurídica  puede  surgir  de la actividad probatoria, es decir, cuando la equivocación en  la   selección  del  precepto (exclusión evidente o aplicación indebida)  surge  de  la  apreciación   de  los  elementos  de  juicio,  caso  en  el  cual,    como   se   indicó   en   las          anteriores        censura,    se    impone    al   casacionista     que    así  lo  indique, señalando la clase del error, si de hecho o de  derecho,  y  el  falso  juicio  que  lo determinó, si de existencia, identidad,  raciocinio, legalidad o convicción.   

Teniendo   en   cuenta   lo   anterior,  observa  la  Corte  que  el  actor  no  cumplió con  esos    ineludibles  derroteros, pues, como si  se   tratara   de  una  tercera  instancia,  no  señaló  si  el  error  en  la  denominación  jurídica  lo  fue  en el proceso de selección normativa o en la  actividad    probatoria.    Por    el   contrario,  la  fundamentación  de  la  censura  la  centró en  afirmar    que    en    esta   caso   no  hay  prueba  que  demuestre que su  procurado  “haya  sido  una  mula  o  correo  humano”,  o que no     se     demostró  que  el dinero sea producto de algún delito, o que Vargas  Gómez es comerciante de joyas,  etcétera.   

Como   puede  apreciarse,   tales   aseveraciones   en  nada  estuvieron dirigidas   a       demostrar      la      supuesta      “errónea     calificación”,   pues,    como    se   indicó,   en   espera   de   que     ilustrara     a     la    Corte    cómo   en   verdad  la conducta de su defendido se  adecuaba  en  el delito de “contrabando”         o        en        el        de        “receptación” en lugar del de lavado  de  activos,  el  libelista  se  dedicó  a  plasmar  criterios  personales  sobre  la  manera  como  en  este  asunto  los  medios de  convicción  no  ofrecen  certeza sobre la existencia  de  la  conducta  punible  y la responsabilidad de su  prohijado,  argumento que sin duda se aleja de la hipótesis casacional invocada  y del acusado yerro en la imputación.   

Similar  es la situación del quinto  cargo, pues si bien es cierto que  alega  la  vulneración del principio de investigación integral, por cuanto que  se  omitió practicar todas las pruebas que fueron solicitadas en el curso de la  investigación,  de  todos  modos  la  censura  quedó  a mitad de camino, en la  medida  en  que carece de la necesaria trascendencia derivada de su oposición a  la  lógica  del  fallo,  para  demostrar  de  esta  forma  que  de  haber  sido  practicados  los  medios de convicción echados de menos se hubiera impuesto una  orientación  distinta  en  la  sentencia  impugnada, labor que evidentemente no  emprendió.   

En  efecto,  el  actor   no    precisó,    en   primer   lugar,   cuáles   fueros   las pruebas  solicitadas  que  nunca  se   practicaron,   es   decir,   no   las  individualizó,   y,    en    segundo    lugar,   tampoco   indicó   cómo     la    práctica    de    las    mismas,   siendo           conducentes,       pertinentes     y    útiles,    habrían   conducido   ineludiblemente  a  derrumbar  las  conclusiones  que obtuvo el juzgador al valorar de manera conjunta las restantes  pruebas  legalmente  aducidas,  las  cuales le permitieron predicar, en grado de  certeza,  la  existencia  del  delito de lavados de activos y la responsabilidad  del procesado.    

Y  en espera de que ahondara en argumentos  que  condujeran  a  la  demostración  del  reproche,  simplemente  se limitó a  insistir  que  las  pruebas  omitidas  habrían  demostrado  la  inocencia de su  defendido,  es  decir,  que  no  era  un  coreo  humano, que no se trataba de un  comerciante  de  joyas y que los dólares los adquirió en el mercado libre y de  buena  fe,  afirmaciones que resultan reiteradas a los largo del libelo pero que  no  fueron  objeto  de  la debida conjunción con los otros elementos de juicio,  los  que  no  le  mereció reparo alguno, y sobre los cuales el sentenciador, en  una valoración conjunta, edificó el juicio de reproche.   

De  otra  parte,  pese  a  que  el  propio  libelista  reconoce  que  “en un acto de contrición  la  juez  a  quo  decretó  y  practicó  unas  pocas pruebas de las que omitió  practicar  la  fiscalía”,  las  que  al parecer no  ofrecieron  los  resultados esperados por la defensa, de todos modos no explicó  cómo  las  que faltaron, de haberse practicado, sí habrían variado la suerte,  de  manera  favorable,  de  su  representado,  motivo por el cual el cargo será  inadmitido.   

En   lo   relativo   al   séptimo  cargo,  mediante  el  cual  el  actor  demanda  la  nulidad  de  la  sentencia  por  no  haber sido proferida en  congruencia  con  la  resolución  de  acusación,  tampoco  esta  llamado a ser  admitido   

Al  respecto  debe la Sala recordar que en  materia  penal  este  principio  se  define como “la  adecuada  relación  de  conformidad  personal,  fáctica  y  jurídica que debe  existir  entre la resolución de acusación y la sentencia, siendo la acusación  el    marco    referente,    y    el   fallo   el   marco   referido.     

“El  proceso  tiene  una  estructura  formal  y  una  estructura  conceptual. La formal guarda  relación  con el conjunto de actos que lo integran como unidad dentro del marco  de  una  secuencia  lógico  jurídica,  y  la  conceptual  con  la  definición  progresiva  y vinculante de su objeto. El principio de congruencia es expresión  de  esta  última, y el acto por antonomasia definidor del mismo en sus ámbitos  personal,  material  y  jurídico,  es  la resolución de acusación.    

“Este  acto  procesal  fija  las  reglas de juego para el juicio y delimita el terreno dentro  del  cual  debe desarrollarse el debate: Concreta las personas contra las cuales  se  dirigen  los cargos, precisa los hechos y circunstancias constitutivos de la  imputación   fáctica,   y  señala  los  delitos  y  normas  que  integran  la  imputación  jurídica.  Las  precisiones  e  imputaciones  que  aquí  se hagan  constituyen  ley  del  proceso y se erigen en frontera inquebrantable para todos  los  sujetos  procesales,  y  también para el Juez. Esta es la regla. Cualquier  variación  o  modificación,  requiere  el  cumplimiento  de  un  procedimiento  especial,  en los términos señalados en la ley y la jurisprudencia.       

“La  consecuencia  jurídica  que  se  deriva de una violación de esta naturaleza no  es,  sin  embargo,  la  absolución por todos los cargos, como lo propone uno de  los  impugnantes.  En  estos  casos  lo que se impone es el restablecimiento del  principio  de congruencia, lo que se logra excluyendo de la sentencia los hechos  que  fueron  arbitrariamente  imputados,  y  ajustándola  en  sus consecuencias  jurídicas    al    núcleo    fáctico    de    la   imputación…”.10   

Así, entonces, como bien puede observarse,  el  actor,  en  lugar  de  demostrar cómo a su defendido se le condenó por una  conducta  punible  que  no le fue imputada en la resolución de acusación, o de  ilustrar  a  la  Corte  cómo  se  le  atribuyó  en  el  fallo condenatorio una  circunstancia  específica  de agravación punitiva que no fue contemplada en el  pliego  de cargos, dedicó su discurso a reprobar algunas afirmaciones sobre las  cuales  el  Tribunal  sustentó  el juicio de reproche en contra de Gustavo   Adolfo   Vargas  Gómez,  para  seguidamente  volver  a  afirmar que en el proceso no hay prueba que indique que  en  este caso existió el delito de lavado de activos, o que fue “especulativa    la    acusación    de   la   fiscalía”,           o           que          la          “proposición”    del    juzgado   es  “absurda por ilógica”,  argumentaciones   que  en  nada  se  compaginan  con  la  hipótesis  casacional  invocada.   

En  otros términos, no ilustró cómo esa  serie   de   afirmaciones   relativas   a  la  existencia  del  delito  y  a  la  responsabilidad  de  su  defendido  tienen  directa  relación  con  la presunta  incongruencia  objeto  de  reproche,  o cómo ellas evidencian la condena por un  delito del cual no fue acusado el procesado.   

Por     último,    el   octavo cargo  no   resiste    mayores    comentarios,    toda    vez  que   aparece     sin    orientación    casacional,    esto   es,    el    libelista    no    lo   apoyó    en   ninguna   de   las   causales   que  la  ley   establece   para   el   efecto  y  se limitó a afirmar que está  “totalmente  demostrada  la  inexistencia tanto del  hecho  punible  como la consiguiente participación y responsabilidad penal a la  luz  del  artículo  232  de  la  Ley  600 de 2000”,  reduciendo  su  discurso a una evaluación personal de los medios de convicción  allegados al proceso.    

Ahora bien, si se entendiese que la censura  la  postuló  bajo  los  lineamientos  de  la  violación  indirecta  de  la ley  sustancial,  deducción  que  se  obtiene  cuanto  manifestó  que  el  juzgador  “supuso   la   existencia   de  una  organización  criminal”  o  que  la responsabilidad de su procurado fue obtenida con base en  “meras  especulaciones  de  los  administradores de  justicia”,  de  todos modos no señaló la clase de  error,  esto es, si de hecho o de derecho, ni el falso juicio que lo determinó,  es  decir,  de existencia, de identidad o de raciocinio, en cuanto al primero, o  de legalidad o de convicción, en lo atinente  al segundo.   

Contrario  sensu,  se  advierte  que  la  inconformidad  del  censor  radica en el grado de estimación que los juzgadores  le   otorgaron   a   los   elementos  de  juicio  y  de  los  cuales  dedujo  la  responsabilidad    de    Gustavo    Adolfo   Vargas  Gómez.  Y  no  se  puede  llegar  a otra conclusión  cuando  a  lo  largo del reproche el casacionista asevera que hay certeza de que  su  procurado  “no  fue  un  transportador,  correo  humano  o mula al servicio del narcotráfico”, o que  ninguna   participación   activa   o   pasiva   tuvo  en  la  empresa  criminal  “que   se   imaginan  las  autoridades”,  o  que  tanto  la  existencia  de la conducta punible como la  coautoría    imputada    a    su    asistido    son    meras    “especulaciones”,  etcétera.   

En esas condiciones, como se ha indicado de  manera  insistente,  desconoce  el actor que la simple discrepancia de criterios  no  constituye  yerro  demandable en casación, puesto que teniendo en cuenta el  sistema  de  apreciación  probatoria que nos rige, el juzgador goza de libertad  para  justipreciar los elementos de juicio, sólo limitado por los postulados de  la  sana  crítica,  cuya  trasgresión  se debe postular a través del error de  hecho por falso raciocinio.   

Y aun cuando se entendiese que el ataque lo  quiso  orientar  por la vía del  error de hecho por falso raciocinio, toda  vez  que  cuestionó  el  desconocimiento  de  las reglas de la sana crítica en  el   proceso  valorativo de los medios de convicción, de todos modos no lo  desarrolló,  pues  no  expresó  cuáles  fueron  las  leyes de la ciencia, los  principios  de  la  lógica o las reglas de la experiencia común vulnerados, de  qué  manera  lo fueron y cómo ese yerro llevó a los falladores a declarar una  verdad distinta de la que revela el proceso.   

En  esas  condiciones,  ante  la  falta de  claridad  y  precisión  y  la  ausencia  de la debida argumentación que la ley  exige  en el contenido de las manifestaciones de la inconformidad casacional, la  Corte  inadmitirá  la  demanda  presentada  a nombre del procesado Gustavo          Adolfo          Vargas          Gómez.   

6.  Demanda  presentada a nombre de Carlos Fabio Báez Gómez   

Respecto      al      primer   cargo  que  el  censor  postula  contra  sentencia  del  Tribunal,  por  cuanto se dictó en un juicio viciado de  nulidad,  toda vez que la misma se profirió por un funcionario incompetente, no  reúne     los     requisitos    de    claridad    y    precisión    para    su  admisibilidad.   

No   obstante   haberse   precisado  con  anterioridad  en  esta  providencia, resulta conveniente reiterar que si bien la  incompetencia  del  juez  constituye  causal  para  declarar  la  nulidad  de la  actuación  por  violación  del  debido  proceso,  de  todos  modos  la  debida  logicidad  y  argumentación  que  rige  al  recurso extraordinario exige que el  reproche  se  debe  fundar por la vía de la causal tercera, como aquí se hizo,  pero   la   fundamentación   debe   armonizarse   con   la   estructura  de  la  primera.   

Por  manera  que  no basta con argumentar,  como  lo hizo el casacionista, que el Tribunal que conoció en segunda instancia  de  esta  impugnación se fundó contrariando las normas legales, máxime cuando  el   mismo   fue   creado   con  posterioridad  “al  acaecimiento  del  injusto  y a la apertura de investigación violentándose del  tal      modo      el      principio      del      Juez      Natural”.   

Así, vale una vez más recordar que quien  acude  a  este  recurso extraordinario, después de postular el cargo de acuerdo  con  la  causal tercera, debe determinar y demostrar, desde la perspectiva de la  causal  primera,  si  la violación de la ley sustancial ocasionada por el   yerro  hallado  en  la  sentencia  se  produjo  de  modo  directo  o por la vía  indirecta.   

Así,  entonces,  como se ha explicado, el  actor  no  cumplió  con ninguno de los mencionados parámetros, toda vez que la  argumentación  la  centró  exclusivamente  a  la  afirmación  de  la presunta  ausencia  de  competencia de los juzgadores que adelantaron el juicio,  sin  precisar   las   razones   jurídicas  de  su  aseveración  a  través  de  los  lineamientos ya precisados.   

En   consecuencia,  la  omisión  en  el  desarrollo  lógico  y  demostrativo de la censura conlleva inevitablemente a su  inadmisión.   

El   segundo  cargo  que  el  censor  postula  por  la  vía  de la  infracción  indirecta  de la ley sustancial por error de hecho por falso juicio  de  identidad se quedó en el plano de la enunciación, toda vez que su discurso  argumentativo  constituye  una  personal  forma  de  apreciar  los  elementos de  convicción,  sin  que se advierta en qué consistieron las tergiversaciones del  contenido material de las pruebas.   

Recuérdese que el error de hecho por falso  juicio  de  identidad  consiste  en  que  el  fallador en el examen individual y  mancomunado  de los elementos de juicio los distorsiona, al punto que lo lleva a  declarar una verdad que no se revela de texto literal de la prueba.   

De  ahí  que  al  libelista  le  compete  enseñar  a  la  Corte  cuál  fue  el  medio  de  prueba distorsionado, en qué  consistió  dicha  tergiversación  y  cómo  el  mismo incidió en las plurales  decisiones adoptadas en el fallo.   

Como  quiera que la apreciación errada de  la  prueba  conduce  a  la  infracción  de  la  ley sustancial, por último, al  casacionista  le  corresponde que enseñe a la  Sala cómo el vicio condujo  a  aplicar  un  precepto  que no era el llamado a resolver el asunto o a excluir  otro   que   sí   resolvía   la   controversia   suscitada   al  interior  del  trámite.   

En el supuesto que ocupa la atención de la  Corte,  resulta  diáfano  advertir  que el actor no cumplió con las anteriores  cargas,  en  la  medida  en  que la labor de fundamentación de la censura está  centrada  en  afirmar  que  de  la  unidad  probatoria  no  emerge  el  grado de  conocimiento  de  certeza  respecto  del  origen ilícito de los dineros, que el  artículo  7° de la Ley 9ª  de 1991 autoriza a los residentes en Colombia  la  libre  posesión  y  negociación  de  las   divisas,  que  tampoco  se  encuentra  demostrado  que  Báez  Gómez   se   haya  enriquecido  injustificadamente  con  la  entrada  de  mercancías  al  país  desde Panamá y que el no cumplir con la correspondiente  obligación  tributaria  no  lleva  fatalmente  a  predicar  la  comisión de la  conducta punible de lavado de activos.   

En  síntesis,  plantea que de las pruebas  allegadas  validamente a la actuación  emerge la duda frente al compromiso  penal de su defendido en los hechos por los cuales fue condenado.   

Expresado  en otros términos, la crítica  probatoria  no constituye yerro demandable en casación, a menos que se advierta  que  en  el  acto  de  valoración  el sentenciador trastocó los postulados que  informan la sana crítica, evento que aquí no ocurrió.   

En   tales  condiciones,  se  impone  la  inadmisión de la demanda.   

7.  Demanda  presentada a nombre de Jaime H. Figueredo Barreto   

El   libelo   presentado  a  nombre  del  mencionado   procesado   no   reúne   los  presupuestos  de  lógica  y  debida  fundamentación para su admisibilidad.   

En primer lugar, resulta oportuno reiterar  que  el  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia consiste en que el  juzgador  en  el acto de apreciación de las pruebas omite un elemento de juicio  que  fue  incorporado  con todos los requisitos que condicionan su validez o, se  inventa otro que no fue allegado al trámite penal.   

En  tales  condiciones,  el  casacionista,  además  de  enseñar  a  la  Corte cuál fue el medio de convicción supuesto o  excluido  en  la  estimación de las probanzas, en punto de la trascendencia, le  corresponde   demostrar   cómo   de   no   haberse  incurrido  en  dicho  yerro  necesariamente   el   fallo   habría   sido   favorable  a  los  intereses  del  acusado.   

Y,  finalmente,  al  censor  le  compete  evidenciar  cómo  el vicio de la actividad de las pruebas produjo la violación  de  la  ley por falta de aplicación o exclusión evidente de la norma llamada a  gobernar el asunto.   

En  este evento, la labor argumentativa el  actor  la  hizo  consistir en afirmar que no comparte la prueba en que se apoyó  el   juzgador   para   inferir   la  responsabilidad  de  su  representado,  que  Figueredo Barreto sí tiene  el  capital  suficiente  para  desempeñar  actividades  comerciales  a  la  que  estaba   dedicado,  que  él  fue investigado por narcotráfico, actuación  que  terminó  con  preclusión, y que él desconocía las actividades ilícitas  de la propietaria de la joyería.   

Así  mismo,  dice  que  en  el  acto  de  apreciación  no  fue  estimado  el  hecho,  según  el  cual,  los instrumentos  encontrados  a  Delgado  Román  estaban destinado a la ejecución y cobro de la  cartera  morosa, así como también la prueba trasladada referente al testimonio  de  éste,  pero  no  dedica  la  menor línea argumentativa en inferir cómo de  haber  sido  apreciados  los  citados  elementos de juicio el fallo habría sido  favorable a los intereses de su representado.   

Planteadas   así   las  cosas,  la  inconformidad  del  casacionista frente a la decisión impugnada consiste en las  conclusiones  probatorias,  disparidad  de  criterios  que,  como  se  sabe,  no  constituye yerro demandable en casación.   

En  consecuencia, se impone la inadmisión  de la demanda.   

Por  último, cabe señalar que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R  E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR        las  demandas  de  casación  presentadas    por  los defensores   de  JORGE  ALBERTO SALAS RODAS,  JUAN     GUILLERMO    MARÍN    ARANGO,      JORGE     ENRIQUE     CARVAJAL  CASTRO,  LINETTE  ZORAIDA  VICTORIA   RÍOS,  GUSTAVO  ADOLFO      VARGAS      GÓMEZ,      CARLOS    FABIO    BÁEZ    GÓMEZ,   y  JAIME    HUMBERTO   FIGUEREDO   BARRETO.  En  consecuencia, se declara desierto el recurso extraordinario  de casación interpuesto.   

Contra  esta decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ      LEONIDAS      BUSTOS  MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ  QUINTERO                                

                                                 

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE LEMOS                    AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS QUINTERO MILANÉS                                        YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                           

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                        JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                            

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

1 Rad.  14078, sentencia del 8 de noviembre de 2000.   

2 Auto  del 28 de febrero de 2006. Rad. 24783.   

3  Sentencia del 22 de mayo de 2003. Rad. 29756.   

4 Rad.  14899,  sentencia  del  6  de  mayo  de 2003; Rad. 18580, auto del 12 de mayo de  2004; Rad. 21821, sentencia del 2 de marzo de 2005, entre otros.   

5  Casación 22177 del 26 de enero de 2005, entre otras.   

6 Ver,  entre otros, casación 20046, auto del 11 de febrero de 2004.   

7  Casación  11525  del  14  de  enero  de 2002, casación 22226 del 8 de junio de  2005, entre otras.   

8  Casación  27225  del  28  de noviembre de 2007. Ver también, entre otras, rad.  25804  del  19  de  octubre  de 2006, rad. 25475 del 28 de febrero de 2007, rad.  23979  del  7  de  marzo de 2007, rad. 26695 del 21 de marzo de 2007, rad. 27124  del  9  de  abril de 2007, rad. 25661 del 6 de junio de 2007 y rad. 25043 del 30  de enero de 2008.    

9  Casación  15623  del 17 de mayo de 2001. Ver también casación 15491 del 15 de  diciembre de 2000 y casación 16498 del 4 de febrero de 2004.   

10 Ver,  entre otras, sentencia 23914 del 29 de septiembre de 2005.     

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