24402(28-05-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 24402  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

          Magistrado Ponente:   

         DR. ALFREDO GOMEZ QUINTERO              Aprobado  acta  No.  133   

Bogotá     D.    C.,    veintiocho (28) de mayo de dos mil ocho (2008)   

VISTOS  

Decide la Sala el recurso extraordinario de  casación    interpuesto   por   el   defensor   contractual   de   REINALDO   LÓPEZ   NARANJO  contra  la  sentencia  del  28  de  junio  de  2005  por   medio de la cual el Tribunal  Superior  de  Cali  confirmó  el fallo del 21 de enero del mismo año proferido  por  el Juez Quinto Penal del Circuito de la misma ciudad, que lo condenó a las  penas  de  ocho  (8)  años,  dos  (2)  meses  y  veinte (20) días de prisión,  interdicción  de  derechos y funciones públicas por cuarenta (40) meses, multa  de  $47 666 666 pesos, indemnización de perjuicios en cuantía de $72 800 000 y  le  negó el subrogado de la suspensión condicional de la ejecución de la pena  y  la  sustitución de prisión efectiva por prisión domiciliaria, por hallarlo  penalmente responsable de:   

Nueve (9) conductas de falsedad material de  particular en documento público, agravadas por el uso;   

Cuatro (4) conductas de falsedad material en  documento privado;   

Cuatro    (4)   conductas   de   fraude  procesal;   

Una  (1) conducta de estafa agravada por la  cuantía.   

         HECHOS   

El 12 de marzo de 2002, el Dr. José Vicente  Borrero  Velasco,  representante  legal  de la Sociedad Hijos de Vicente Borrero  Ltda.,  instauró denuncia penal, en averiguación de responsables, porque en el  mes  de  enero  de  ese  año  comprobaron  que tres lotes de la sociedad fueron  vendidos  por  valor  de  cincuenta y dos millones de pesos, utilizando un poder  falso,   falsificaron   su   firma,   su  cédula  de  ciudadanía,  presentaron  certificados      de      paz      y     salvos     municipales     espurios.   

Con  los  certificados  de  tradición  se  comprobó  una cadena de actos falsos mediante los cuales se dieron en venta los  tres  lotes, surgiendo las escrituras públicas números 5331 de noviembre 15 de  1991,  3063  de  septiembre  20  de  2001,  2513 de octubre 15 de 2001 y 4512 de  noviembre     15     de    2001,    todas    ellas    totalmente    apócrifas.   

Respecto  de  la escritura pública número  5331    (de    noviembre    15    de   1991)   de   la   Notaría   Octava  del Círculo de Cali, la primera  que  integra  esta  cadena  de conductas delictivas, se estableció que ese acto  –como  los  demás-  se  desarrolló  en  el  año 2001, comenzando  en  el  mes de enero cuando se inscribió el instrumento público  en    la    oficina    de   Registro   de   Instrumentos   Públicos,              culminando   la  cadena  falsaria  en  septiembre  10 de 2001 cuando  se  protocolizó  la falsa  escritura pública 3281 en la Notaría Trece.   

La      Notaria      Octava           (encargada)  para el 15 y 16 de noviembre  de  1991  refirió  que  suscribió  la  verdadera  escritura pública 5331 (que  corresponde  a  la  cancelación  de  una  hipoteca  de  la  Empresa Nacional de  Telecomunicaciones  TELECOM),  y  que  esa  escritura  fue  suplantada por otra,  radicada  con  el  mismo  número  en  la  que  José  Vicente  Borrero  vende a  REINALDO  LÓPEZ  NARANJO,  pero  que la firma que en esa escritura aparece no es la suya, ni los sellos son  los que usaba la notaría.   

También fueron falsificados los recibos de  paz  y  salvo,  supuestamente expedidos por la Tesorería Municipal de Cali, con  los  que  se  inscribió en el registro la falsa escritura pública el 23 de enero de 2001.   

“…todo  comenzó  a gestarse en el  mes  de  enero de 2001, cuando se inscribió la supuesta escritura pública 5331  en  la  Oficina  de  Registro de Instrumentos Públicos, entendiéndose que para  realizar  dicho  acto  previamente  sustituyeron  la  verdadera  por la falseada  haciéndola  aparecer  como  que dicho instrumento público fue corrido el 15 de  noviembre  de  1991,  cuando ello no podría haberse producido… se pregunta la  Sala  cómo  un  negocio  de  tal magnitud, sólo hasta el mes de enero de 2001,  casi  diez  años después se inscriba en la oficina de registro de Instrumentos  públicos,  la  respuesta no puede ser otra sino que todo se ideó así para dar  visos   de   originalidad   y  legalidad  y  no  despertar  desconfianza  en  el  desprevenido  comprador…  por  tanto  no  resulta  lógico  que  la  Escritura  Pública 5331 se haya protocolizado en el año 1991…   

Así  las cosas, estando ante una unidad de  acción,  que  no  por  el  hecho de figurar la falsaria escritura pública 5331  como  elevada  el 15 de noviembre de 1991, debe tomarse dicha fecha para efectos  del   fenómeno   jurídico   de   la  prescripción,  pues  como  se  analizara  precedentemente  todo comenzó en el año 2001, cuando  se  sustituyó la verdadera en la Notaría Octava y se insertó la ficticia para  seguidamente      inscribirla      en     la     Oficina     de     Registro       de      Instrumentos  Públicos”   (sentencia  del  Tribunal, páginas 12 – 14).   

De esas conductas fue encontrado responsable  REINALDO  LÓPEZ  NARANJO  quien    aceptó   su   responsabilidad   y   se   sometió   a   la   sentencia  anticipada.   

ANTECEDENTES  

En la fase investigativa del sumario, antes  de  la  ejecutoria  del cierre de la investigación penal, por comunicación del  28  de octubre de 2004 el indagado solicitó la sentencia anticipada (Fls. 346 y  347  / 2);  el 10 de noviembre de 2004 la Fiscalía 58 Seccional adscrita a  la  Unidad  de  delitos  contra  el  patrimonio  económico de la ciudad de Cali  celebró  la  audiencia  para  el  trámite  abreviado en la que formuló cargos  por:   

Una  (1) conducta de estafa agravada por la  cuantía (superior a cien s.m.l.m.v.),   

Nueve (9) conductas de falsedad material de  particular en documento público, agravadas por el uso;   

Cuatro (4) conductas de falsedad material en  documento privado;   

Cuatro (4) conductas de fraude procesal, que  fueron   aceptados   por   el   procesado  (fls.  353  – 362 / 2).   

El  Juzgado  Quinto  Penal del Circuito de  Cali  tramitó  el  juicio  y profirió sentencia condenatoria por los           mismos             delitos  el  21 de enero de 2005 (fls.  374  – 405 / 2), que fue  confirmada  de manera integral por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Cali    el    28    de    junio    siguiente     (fls.   450   – 474 / 2).   

LA    SENTENCIA  IMPUGNADA   

En decisión inescindible, tanto el juzgado  como  el  Tribunal, a partir de la aceptación misma de la responsabilidad penal  declarada  por  REINALDO  LÓPEZ NARANJO  encontraron que dedicó su actividad por un espacio considerable  de  tiempo  a  idear  y  ejecutar  acciones falsarias sobre documentos públicos  –escrituras    de  propiedad  de  los  predios,  registro  de  esos actos jurídicos, oficios de la  Fiscalía  General  de  la  Nación-,  falsedad  de  documentos privados, con la  finalidad  de  estafar a terceros acreedores de buena fue, haciéndose pasar por  dueño   para   poder   negociar   terrenos  no  obstante  conocer  que  no  era  propietario.   

        LA IMPUGNACION   

Cargo primero.  Exclusión evidente de  los  artículos  29  de  la  C.  Pol.  y   351 inc. 1 de la Ley 906 de 2004  (normas  favorables)  y  selección  indebida  del artículo 40 de la Ley 600 de  2000 (norma desfavorable)   

Ante  la  coexistencia  de dos sistemas de  enjuiciamiento  en el país, el uno reglado por la Ley 600 de 2000 y el otro por  la  Ley  906  de 2004 (con implementación progresiva en el territorio nacional,  artículo  530  ib.),  el  actor  afirma  que es dable aplicar para su pupilo el  principio   de   favorabilidad  y  el  principio  de  igualdad,  en  materia  de  terminación anticipada del proceso.   

Desde  esa perspectiva, dice, REINALDO  LÓPEZ  NARANJO  aceptó  su  responsabilidad  y  el  10  de  noviembre  de  2004  se  sometió a la sentencia  anticipada  prevista  en  el artículo 40 inc. 4 de la Ley 600 que consagraba en  su  favor  un  decremento punitivo de la tercera parte porque aceptó los cargos  antes de la ejecutoria del cierre de investigación.   

Sin embargo, dice, aunque en aquella época  no   había   entrado   a   regir  el  sistema  acusatorio  de  la  Ley  906  de  2004  en  ninguno  de  los  distritos judiciales del  país,  pues comenzó  a  aplicarse  a  partir  del  1  de  enero  de  2005  en  los     Distritos  Judiciales  de   Bogotá,  Armenia,  Manizales  y  Pereira, en todo caso por  los  principios  de  favorabilidad  y  de  igualdad en materia de aceptación de  cargos,  que  es  el mismo supuesto de hecho de los acuerdos y preacuerdos, debe  aplicarse       la      rebaja      prevista en  el  inciso  primero  del  artículo  351  que  le reportaría un mayor descuento  punitivo   porque   las  figuras son equivalentes.   

Cargo  segundo.   Exclusión evidente  del artículo 38 de la Ley 599 de 2000   

Adujo  el  recurrente  que fue excluido el  beneficio  de  la sustitución de la prisión efectiva por prisión domiciliaria  sin  razón  alguna,  en  el  entendido  que REINALDO  LÓPEZ   NARANJO  debía  tener  acceso  al  beneficio  y  el  juzgador debió  reconocerlo no como una gracia sino como un derecho.   

El  factor objetivo para la concesión del  beneficio  se  cumple,  teniendo en cuenta cada una de las conductas punibles en  forma  separada;   además,  la  concesión  de  la sustitución implica un  juicio  valorativo  serio,  fundado  y motivado sobre el comportamiento laboral,  familiar  o social que el condenado demostrará en uso de esa sustitución de la  medida    y    que    no    pondrá   en   riesgo   a   la   comunidad   (factor  subjetivo).   

Sin   embargo,   ese   juicio   obligado  –pronóstico-  no  se  hizo  de manera correcta por el juzgador, pues, el razonamiento del tribunal fue  “inhumano,  peligrosista, exagerado, retrógrado y caprichoso” para negar el  beneficio   de  la  prisión  domiciliaria,  no  obstante  reunir  los  aspectos  objetivos  en  tanto  la  sentencia se impuso por una conducta cuya pena mínima  prevista  en  la  ley sea de cinco años de prisión o menos, mientras que “es  evidente”  el requisito de orden subjetivo porque no causó un daño tan grave  al    ordenamiento    jurídico    en    comparación    con   otras   conductas  punibles.   

En  síntesis,  el  sentenciado  cometió  delitos  “de  talla  menor”,  es buen padre de familia, buen hermano, hombre  trabajador  de  comportamiento  intachable,  pero el tribunal le negó cualquier  posibilidad de conceder el beneficio de la prisión domiciliaria.   

Cargo  tercero.   Falso  juicio  de  existencia   por   omisión,   exclusión   evidente   del   artículo   38  del  C.P.   

El      juzgador      –individual  y  colectivo-  omitió  apreciar  las  pruebas  que  demuestran  el  factor  subjetivo para acceder a la  sustitución de la prisión efectiva por prisión domiciliaria.   

El   Tribunal   consideró   que   las  declaraciones  extraproceso  allegadas por la defensa:  de la esposa, hijas  y  hermano  del  sentenciado,  quienes declararon de buena fe, no tienen entidad  para  demostrar  el  factor  subjetivo  establecido en la norma para conceder el  beneficio de la sustitución de la pena de prisión:   

Soslayó apreciar la declaración suscrita  por   23   vecinos   del   sector  donde  reside  el  sentenciado  (fl.  305 y 306), la declaración de J.  Omar    Acosta    M,    párroco    de   la   iglesia   donde   acudía        el       acusado          (fl. 303), la del señor Aljadis Marín  Marín  (Fl.  304), la del Dr. Jaime Astudillo Guerrero (Fl. 301), de la señora  Ruby  Ortiz  Narváez  (Fl.  308), del Dr. Jesús Antonio Artunduaga, represente  legal  de  la  firma  “Sólo  válvulas”  que  ofreció  trabajo para que el  sentenciado  se  desempeñara  en la época de la ejecución del fallo y quienes  dieron  fe  de  la  honorabilidad,  espíritu  de  civismo, solidaridad y de ser  excelente miembro de familia.   

Esos   medios   de  convicción  son  lo  suficientemente  sólidos para demostrar que REINALDO  LÓPEZ  NARANJO  cumple satisfactoriamente el factor  subjetivo  establecido  en  el  artículo  38  del  Código  penal  para hacerse  merecedor  de  la  sustitución  de  la  detención  preventiva  por  detención  domiciliaria,  pues  como se demostró, es buen padre de familia, con excelentes  relaciones   con   sus   familiares,   buen   hermano,   hombre   trabajador  de  comportamiento  intachable y, además, tiene una oferta de trabajo de la empresa  que representa el Dr. Jesús Antonio Artunduaga.   

EL     CONCEPTO    DEL    MINISTERIO  PÚBLICO   

La  representante  de  la  Procuraduría  General   de   la  Nación,  en  coherencia  con  el  demandante,  sostuvo que en materia de favorabilidad  en   el  tránsito  de  legislaciones  es  procedente  aplicar  los  decrementos  punitivos   del   código  de  procedimiento  Penal  que  consagró  el  sistema  acusatorio.   

En  relación  con  los  cargos  segundo y  tercero  estimó  que  son  coincidentes  en el tema de la crítica, sin embargo  advirtió     que    el    sentenciado    no    es  acreedor   a   la  sustitución  de  la  medida  de  detención      efectiva     por     domiciliaria  porque       el       factor       subjetivo   del   derecho  consagrado  legalmente     fue  debidamente  estudiado  en  los  fallos de instancia que indican con claridad la  necesidad  del  tratamiento  carcelario porque, en lo  individual el procesado observó ausencia de respeto  por  la  sociedad  y  por  la  Administración  de  justicia, en lo familiar,         el        juez  advirtió  desprecio por  su  propia  familia  que  tiene  capacidad  de  valerse  por  sí  misma,  en lo  laboral observó la falta  de estabilidad de alguna naturaleza.   

De  manera  que  las pruebas que echó de  menos  el actor para reclamar la concesión del beneficio sustitutivo tampoco lo  favorecen;   de     donde     concluyó    que    los  cargos  segundo  y tercero se convirtieron en un escenario de  crítica  abierta en la que el libelista no comparte el criterio apreciatorio de  las pruebas que indican la necesidad de tratamiento penitenciario.   

       LA CORTE CONSIDERA   

Es competente la Corte Suprema de Justicia  para  resolver el recurso extraordinario de casación propuesto por el opugnador  contra  la  sentencia  proferida por el Tribunal Superior de Cali de conformidad  con  el  artículo  205  de la Ley 600 de 2000, sin perjuicio del poder oficioso  que  le  confiere  el  artículo  216  en concordancia con el artículo 206 y el  numeral tercero del artículo 207 ib.   

Cargo  primero.  Exclusión evidente  del  artículo 351 de la Ley 906 de 2004 (norma favorable) y selección indebida  del artículo 40 de la Ley 600 de 2000 (norma desfavorable)   

A  partir  de considerar que el procesado  LÓPEZ NARANJO aceptó su  responsabilidad  penal en la fase instructiva del sumario y ante la coexistencia  de  dos  sistemas  de enjuiciamiento, el uno reglado por la Ley 600 de 2000 y el  otro      –con  implementación  progresiva  en  algunos Distritos Judiciales- por la Ley 906 de  2004,  el  demandante  sostiene  que  su  defendido  se  sometió a la sentencia  anticipada  en  la  primera  oportunidad  procesal (a partir de la indagatoria y  hasta  antes  de  la  ejecutoria  del cierre de investigación) y por ello se le  debe  aplicar  el  descuento  punitivo  del  sistema  de  la Ley 906 que es más  favorable,  pues en la Ley 600 sólo le reporta un beneficio de la tercera parte  de  la  pena  mientras  que en el sistema acusatorio le reportaría un descuento  hasta de la mitad.   

A pesar de los dispares criterios sobre la  aplicación  de  la favorabilidad en la vigencia simultánea de los dos sistemas  de  enjuiciamiento  penal (Ley 600, Ley 906), en reciente oportunidad la Sala de  Casación  Penal varió su  criterio1  (que  se venía modulando desde el fallo de tutela de la Sala de  casación  penal del pasado 24 de agosto de 2007, Rad.  Núm.  32637(2).   

En  suma,  a  partir  de  ese   nuevo   norte   de   la   jurisprudencia,   la   Sala   de  Casación        Penal        reconoce        de       manera       específica  que  la  favorabilidad  e  igualdad   ante   la  vigencia  simultánea    de   los   dos   sistemas   de  enjuiciamiento deben preservarse porque el  instituto  de  allanamiento  a  cargos  -como  una  especie del  género  aceptación  de  cargos  de  la  Ley  906-  es equivalente en términos  generales a la antigua sentencia anticipada de la Ley 600 de 2000.   

1.   Es  verdad  que  el  procesado  aceptó la     imputación     el  10  de  noviembre  de  2004; que el  Juzgado   Penal   del   Circuito   de   Cali  profirió  sentencia  el  21 de enero de 2005, confirmada por  el   Tribunal   Superior   del   Distrito   Judicial  de  Cali  el  28   de   junio  de  2005;    también  es cierto que,  en  virtud del poder de configuración legislativa, el sistema de enjuiciamiento  de  la  Ley 906 de 2004 se  implementó  de  manera  progresiva  a  partir  del  1  de  enero de 2005 en los  Distritos  Judiciales  de  Bogotá,  Armenia, Manizales y Pereira, hasta el 1 de  enero   de   2008   cuando   se   completó  la  introducción  del  sistema  de  enjuiciamiento      en      los      distritos      faltantes      (artículo   530  de  la  Ley  906  de  2004).   

Bien  sabido  es  que  la  favorabilidad -como manifestación que  es   del   debido   proceso-   resulta   de  imperativa  aplicación  por  el  juez que corresponda, lo que  equivale    a   decir  que   todo  juez  de  la República que dicte sentencia con posterioridad al  1°  de enero de 2005 (cuando empezó a implementarse  el  régimen  de  la Ley  906)   debe   aplicar   el   sistema   penológico  favorable.   

Y  respecto  de  la  mencionada  garantía  fundamental  ha  de advertirse -para hacer referencia a las exigencias en que se  sustenta-  que  por  mandato  constitucional,  en  todo  caso,  se  requiere -en  principio-  del fenómeno de la sucesión de leyes en  el  tiempo,  condición ésta que va de la mano de un  elemento  simplemente  cronológico,  esto  es,  que  existan dos leyes, una que  suceda  a  otra en el tiempo, vale decir, una legislación vigente al momento de  la  comisión  de la conducta punible y otra posterior que rige cuando se decide  el  fondo  del  proceso  o algún aspecto procesal que comporte afección de una  garantía fundamental.   

Pero  a la par con el mencionado requisito  temporal  ha  de  concurrir  otra exigencia: bien el tránsito de legislaciones,  ora la simultaneidad de sistemas.   

La  primera  de  estas  dos,  el reseñado  tránsito,  cobra  vida  cuando  la  nueva  normatividad  deroga la anterior, la modifica o la sustituye,  caso  en  el  cual  el  procedimiento  que se esté adelantando bajo un régimen  adjetivo  debe  adecuarse  a  la  nueva  legislación,  dada  la derogatoria, la  modificación   o   el  desaparecimiento  introducido  por  la  posterior.  Ello  significa  pregonar  que  de  una  legislación  se transita, se pasa a la otra,  siendo  la  mejor  demostración  de ello la propia historia procesal colombiana  marcada   -en   cuanto   menos-   por   los  cuatro  (4)  últimos  códigos  de  procedimiento;  así:  del  D 409/71 se pasó al D 050/87; a su vez, de éste se  transitó  al  D 2700/91, el que a su turno fue derogado por la Ley 600/00, cuyo  procedimiento  supervivirá  respecto de todos los delitos cometidos hasta antes  de  que  en  los  respectivos  distritos judiciales haya empezado a aplicarse el  novedoso sistema de la Ley 906/04.   

Ahora,  la  alternativa  que  a título de  plus  debe  –o  puede- operar en acompañamiento a  la  exigencia de la sucesión de leyes es precisamente el de la simultaneidad de  sistemas,  concepto éste que debió acuñar la jurisprudencia a partir del 4 de  mayo  de  2005  (cuando empezó la producción doctrinal del nuevo sistema) para  dar  cabida  plena a la aplicación de la favorabilidad, dada la inexistencia de  tránsito   de   legislaciones   entre   la   Ley   600/00   y   la   mencionada  906/04.   

El ejemplo claro relativo a que respecto de  estos  dos  procedimientos no hizo presencia o no se estructuró el tránsito de  legislaciones  está  en  que  cada  uno  de  ellos  se  aplicó  (y se seguirá  aplicando)  rigurosa  y estrictamente respecto de los delitos cometidos bajo una  cualesquiera  de  las  dos  legislaciones,  resultando  hasta impensable que los  procesos  que  se  tramitaban  por  los  cauces de la Ley 600 se adecuaran a las  previsiones  normativas  de  la  906. Ese es -mutatis  mutandis-  el  efecto  práctico  y  jurídico  de no  haberse generado tránsito de legislaciones.   

Descendiendo al caso que analiza la Corte,  tanto  la  sentencia  de  primera  como  la  de segunda instancia se profirieron  cuando  en  algunos distritos judiciales ya había entrado a regir el sistema de  enjuiciamiento,  de  modo que el juez (individual y colectivo) debió aplicar la  ley favorable.   

Como  ello no sucedió así, corresponde a  la  Corte  (tanto  en  la  sede rogativa como en virtud de la potestad oficiosa)  hacer  efectivos  los  derechos  de  igualdad  y de favorabilidad que reclama el  opugnador.   

En  últimas,  en  aquellos asuntos que no  llegan   a  conocimiento  de  la  Corte  y  se  comprometan  las  garantías  de  favorabilidad  e  igualdad  en  la  determinación  de  la pena por razón de la  sentencia  anticipada,  corresponderá  al Juez de Ejecución de la Pena aplicar  el  régimen  penológico  más  benigno,  de  conformidad  con  las directrices  fijadas por la jurisprudencia.   

Ahora,  para  aplicar  la  favorabilidad  resulta   indispensable  tener en cuenta lo siguiente:   

2.   LOS   MECANISMOS  DE  TERMINACIÓN  ABREVIADA   

2.1.       La      sentencia  anticipada   

Esta figura regulada por el artículo 40 de  la  Ley 600 de 2000 contempla dos beneficios, según la etapa procesal en que se  presenta la solicitud y trámite:   

Una tercera (1/3) parte en la instrucción  (cuando  la  petición  se  presenta  desde  la  indagatoria y hasta antes de la  ejecutoria del cierre de la investigación).   

Una  octava  (1/8) parte en el juicio (una  vez  proferida  la  resolución  de acusación -sin exigirse su firmeza- y hasta  antes  de  la  ejecutoria  del  auto  que fija fecha y hora para la audiencia de  juzgamiento)   

2.2.  El régimen del allanamiento a  los cargos   

A  su vez, el mecanismo del allanamiento a  los  cargos  regula también diversos beneficios dependiendo de la fase procesal  en que se desarrolle. Así:   

2.2.1. La aceptación incondicional de los  cargos  determinados en la audiencia de formulación de imputación comporta una  rebaja  de  hasta  la  mitad  de  la pena imponible (arts. 288.3 en conc. con el  351).   

2.2.2  La aceptación incondicional de  cargos  en  la  audiencia  preparatoria implica  una  rebaja  de  hasta  una tercera parte de la pena (art.  356-5).   

2.2.3.    La  admisión  de  cargos  determinados  al  inicio  de  la audiencia del juicio oral implica una rebaja de  una sexta parte (art. 367 inc. 2°).   

El     siguiente     cuadro     es  ilustrativo:   

EL  MOMENTO             

EL  BENEFICIO  

Artículos 288.3 y  351   

Inc. 1.  Aceptación pura y simple de  cargos   en  la  audiencia  de  formulación  de  la  imputación  (Allanamiento)             

   

rebaja de hasta la mitad (1/2) de la pena  imponible  

Artículo  356  –  5.   

En   desarrollo   de   la   audiencia  preparatoria       (Allanamiento)             

   

Se  reducirá la pena hasta en la tercera  (1/3) parte.  

Artículo 367.   Al     inicio     de    la    audiencia    de    juicio    oral    (Allanamiento)             

Una  sexta  (1/6)  parte de la pena imponible respecto de los cargos aceptados.  

2.3.     ¿Cuáles    son    las  equivalencias?:   

En torno a la aplicación del principio de  favorabilidad   adviértase   que   el   procedimiento   de  los  preacuerdos  o  negociaciones  no tiene aplicación en los trámites adelantados bajo el imperio  de  la  Ley  600/00,  en la medida en que no encuentra en ésta un procedimiento  similar   y   ni   siquiera   medianamente   parecido,  como  sí  -contrario   sensu-   sucede  entre  la  sentencia  anticipada  del  anterior  sistema y el allanamiento a los cargos del  actual.   En   este   contexto,   el   régimen  de  equivalencias    entre    los   dos   sistemas   de  enjuiciamiento  (de  cara  a las mencionadas figuras) se expresa de la siguiente  manera:   

2.3.1  La aceptación de cargos en la  fase  de  instrucción,  esto  es,  desde  la  indagatoria  y  hasta antes de la  ejecutoria  del  cierre de investigación (artículo 40 incisos 1 al 4 de la Ley  600)  se corresponde con la  aceptación  pura  de los cargos determinados en la audiencia de formulación de  imputación  (arts.  288.3  en  conc.  con el 351), dejándose en claro que para  esta  etapa  la  menor  rebaja será -por lo menos- de una tercera parte más un  día,  para  superar  así el máximo de la reducción señalado para la segunda  oportunidad.  Y  no hay duda que ese plus  reductor  (así  sea  de  un  día) marca la diferencia favorable  respecto  de la rígida reducción de la tercera parte reglada para la sentencia  anticipada.   

2.3.2.   El  acogimiento  a  sentencia  anticipada  en  la  causa,  vale  decir, proferida la  resolución  acusatoria y hasta antes de la firmeza del auto que señala fecha y  hora  para  audiencia  de  juzgamiento  (artículo  40  inciso  5 de la Ley 600)  se   asimila   con   el  allanamiento  a los cargos previsto en el artículo 356-5 de la Ley 906 de 2004,  atendida  la correspondencia existente entre las dos fases del proceso dentro de  las  cuales  se  lleva  a cabo la admisión, aclarándose igualmente que en esta  oportunidad  la  menor  rebaja  será  -por lo menos- de una sexta parte más un  día,  para  de esa forma superar el tope máximo de la reducción prevista para  la  tercera ocasión. Asimismo, no vacila el juicio para afirmar que aún frente  a  la  recompensa  mínima,  ésta se muestra abiertamente más ventajosa que la  octava (fija) prevista para la sentencia anticipada.   

Ahora,  si  bien  es  cierto que en la Ley  906/04  se prevé, como se reseñó atrás, que el acusado puede allanarse a los  cargos  en  el  juicio  oral  y hacerse acreedor a una recompensa punitiva de la  sexta  parte,  no lo es menos que para quien es juzgado por los cauces de la Ley  600/00  tal compensación de pena no tiene cabida porque no es posible que ya en  la  audiencia  de  juzgamiento  haga  manifestación  válida  de  acogimiento a  sentencia  anticipada,  dada  la  inexistencia  de una tercera oportunidad en el  trámite  de  la  actuación  procesal  por la ley anterior, como que la última  solo  se  extiende  hasta  antes de la ejecutoria del auto que fija fecha y hora  para la audiencia de juzgamiento (art. 40 inc 5 L600).   

Súmese  a lo dicho que la persona juzgada  por  Ley  600  no puede aspirar a un premio punitivo por sentencia anticipada en  esa  audiencia final, pues ello comportaría crear un procedimiento especial que  desvertebraría    el    esquema    procesal   que   rige   la   actuación   (L  600/00).   

Pero, además, no es aceptable la comentada  actitud  procesal  del acusado con miras a la obtención de la rebaja, en razón  a  que  no  existe  la  similitud  de  presupuestos  procesales  exigida  por la  jurisprudencia  para  aplicar  la  favorabilidad, pues si bien podrán mostrarse  algunas  coincidencias  entre  la  audiencia  de juzgamiento antigua y el juicio  oral  actual,  lo  cierto  es  que  son  diligencias  que  lejos están de poder  identificarse  o  asimilarse.  Así,  por  ejemplo,  obsérvense  las siguientes  diferencias   sustanciales,   predicables   todas  ellas  del  juicio  oral,  en  contraposición    con    las    características    de    la   de   juzgamiento  anterior:   

–  Sólo  allí -necesariamente- se aducen  las  pruebas al proceso, pues salvo la excepción de la prueba anticipada, es el  juicio oral la única oportunidad válida para hacerlo (art 16).   

–   No  existe  un  momento  procesal  definido  para  llevar  a  cabo  interrogatorio  al  acusado  con la posibilidad  abierta de cuestionamiento por todos los sujetos procesales.   

–  El defensor puede abstenerse de ofrecer  sus argumentaciones conforme lo autoriza el art. 443.   

– No está prevista oportunidad para que el  incriminado  ejerza  su  defensa  material  a través de su intervención en las  alegaciones.   

–   Está  descartada  por  completo  la  posibilidad de que el acusado designe un vocero.   

–   La  petición  de absolución que  eventualmente  llegare  a  presentar  el fiscal es vinculante para el juez (art.  448).   

–   En  términos  generales, ante un  cambio  de  juez  en  el  curso del juicio oral, éste ha de repetirse (art. 454  in fine).   

–  Es la oportunidad para hacer valer  las  estipulaciones  probatorias  pactadas  en  la  audiencia  preparatoria (art  356-4)   

–   Al  finalizar  las alegaciones el  juez  debe  anunciar  el  sentido  del  fallo respecto de todos los cargos (art.  445)   

Así   las   cosas,   las   diferencias  sustanciales  entre  una  y otra diligencia permiten predicar la inexistencia de  la  similitud  de presupuestos procesales y por esa vía la no aplicación de la  favorabilidad,  de  obligatorio  reconocimiento en los otros casos anteriormente  reseñados.   

3.  EL CASO  

El     procesado     LÓPEZ   NARANJO   se  acogió  a  la  sentencia  anticipada  en  la  fase de la instrucción del sumario y  fue  sentenciado  por las siguientes  conductas:   

Delitos             

Norma aplicada en la  sentencia             

Pena establecida en  la ley  

Cuatro   (4)  delitos        de       fraude       procesal3             

(3)   Art.   453   de  la  L.  599  de  2000   

(1) Art. 182 del D. 100 de 1980            

4-8  años,  multa  de  200  a 1000 s.m.l.m.v., inhabilitación de 5 a 8 años.  Esta es  la conducta(s) de mayor gravedad.   

1          – 5 años  

Falsedad   en  documento público agravada por el uso (9)             

(3) Arts. 220 y 222  del D. 100 de 1980   

(6)   Art.   287   y  290  Ley  599  de  2000.             

2  – 8 años   

Incrementada     “…hasta   en   la   mitad”  (art.  222  ib.).   

Nuevos  límites punitivos 2 – 12 años  

Estafa (1)            

   

Arts. 246 y 267 Ley 599            

2  – 8 años   

Multa      de      50 a 1000 s.m.l.m.v.   

Esas  penas  se  aumentan  de una tercera  (1/3) parte a la mitad (1/2)… art. 267   

Nuevos límites punitivos 2 años 8 meses  a 12 años.  

Falsedad   en  documento privado (4)             

Art.  289 de la L.  599 de 2000             

1  – 6 años  

3.1.   En  relación  con  la  pena  de  prisión.   

Esto dijo el Juzgado:  

“…la  mayor  cantidad de punición la  tiene  el  delito de fraude procesal que recayó al inscribirse en la Oficina de  Instrumentos  Públicos  de  esta ciudad, la escritura pública Núm. 3063 el 27  de  noviembre  de  2001,  por  lo que tratándose de concurso de hechos punibles  homogéneos   y   heterogéneos  nos  corresponde  tomar  ésta  como  punto  de  partida.   En  este  orden  entonces  partiremos  de  cuatro  (4)  años de  prisión,   pena   que   se   impondrá   a   una   de  las  conductas  de  esta  naturaleza4…”  (Página 26).   

Para  la  determinación  de  la pena del  concurso  de  conductas  punibles  el  funcionario  de primera instancia aplicó  incrementos parciales de la siguiente manera:   

Un año por los  otros    dos    delitos    de    fraude   procesal   (Ley   599),   cuatro  meses  por  el  otro delito de  fraude  procesal  (Decreto  100  de 1980);  tres  años  por las seis falsedades en documento público  agravadas  por  el  uso  (Art.  287  y  290  Ley  599  de  2000.),  dieciocho  meses por tres falsedades en  documento  público  agravadas  por  el  uso  (Arts.  220  y  222  del D. 100 de  1980);       doce     meses     por  los  cuatro  delitos  de  falsedad  en  documento  privado  y  dieciocho  meses  por el  delito de estafa agravada por la cuantía.   

En  suma, determinó en doce (12) años y  cuatro  (4)  meses  la  pena.  (A  ello  le  rebajó  la tercera (1/3) parte por  sentencia  anticipada,  en  la fase del sumario -que equivale a cuatro años, un  mes,  diez días-).  Así entonces, totalizó la pena en 8 años, 2 meses y  veinte días.   

En  virtud de la equivalencia referida en  folios  anteriores  de  esta  sentencia,  la  favorabilidad implica reconocer un  descuento    de    hasta    la   mitad,  que  para  el  caso  será  la  máxima  legal posible, dada la  intensidad  de  la  colaboración generada por la admisión de responsabilidad y  la  consecuente  y  significativa  economía  procesal.   Por ello, la Sala  casará  la  sentencia,  para  determinar en definitiva una pena de seis (6) años y dos (2) meses de prisión.   

3.2.   En  relación  con la pena de  multa   

A partir de los artículos 246 y 453 de la  Ley  599  de  2000  (estafa  y  fraude  procesal)  el  juez  sumó  los mínimos  establecidos  en  cada  caso,  por  manera que impuso doscientos cincuenta (250)  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes,  a los que rebajó una tercera  parte por la sentencia anticipada.   

Teniendo  en cuenta los criterios de esta  decisión,  la  Sala  casará la sentencia para imponer un descuento de la mitad  de  la  pena  de  multa,  teniendo en cuenta similares referentes a los acogidos  respecto de la pena de prisión.   

En  consecuencia,  el sentenciado deberá  pagar  ciento  veinticinco  (125)  salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes  de  multa en  la  cuenta  especial destinada a la prevención del delito y al  fortalecimiento  de la estructura carcelaria, a órdenes del Consejo Superior de  la Judicatura (artículo 42 de la Ley 599 de 2000).   

3.3.    En   relación   con   la  inhabilitación    para    el    ejercicio    de   derechos   y   de   funciones  públicas   

Recordó  que  sólo  el  tipo  de fraude  procesal  (artículo  453  de  la  Ley  599)  consagra esta pena específica con  límites  que  van de cinco (5) a ocho (8) años;  impuso la pena mínima y  rebajó una tercera (1/3) parte.   

En virtud de los criterios plasmados en la  decisión,  la Sala casará la condena y descontará la mitad por la aplicación  de la ley posterior favorable.   

El  sentenciado  quedará  inhabilitado   para  el  ejercicio  de  derechos  y  de  funciones  públicas    por    dos    (2)    años    y    seis    (6)    meses.   

3.4.    En   relación   con   la  indemnización de perjuicios   

La   obligación   de   indemnizar   es  consecuencia  civil del delito, no es pena en sentido estricto;  por manera  que  a la indemnización no se le aplica el régimen  de  descuentos  por la aceptación consensuada de la  responsabilidad penal.   

REINALDO   LÓPEZ   NARANJO  fue  sentenciado  a pagar a favor de José Reynel Henao Castaño  por  concepto de indemnización de perjuicios la suma de $72 800 000.   (Folios  11,  12,  27  y  28  de  la sentencia de primera  instancia).   

Pacíficamente es sabido que en materia de  afectación   del   patrimonio  económico,  por  razón  del  fenómeno  de  la  pérdida   de   poder   adquisitivo   de  la  moneda  colombiana,  lo  razonable es expresar las cuantías en salarios mínimos con el  fin  de  eludir  la  desproporción  derivada  del  paso  del tiempo y el efecto  demoledor  de la inflación sobre el valor del peso5.   

Los  $72  800 000 de pesos en términos de  valor    adquisitivo   del   año   2001   son   equivalentes   a   doscientos   cincuenta  y  cuatro  punto  cinco  (254.5)  salarios  mínimos     legales     mensuales     vigentes6,   suma  que  en  definitiva  deberá pagar el sentenciado a la víctima.   

El  cargo prospera y la Sala casará    la   sentencia   en   las  condiciones señaladas.   

Cargo  segundo.  Exclusión evidente  del  artículo 38 de la Ley 599 de 2000;  Cargo tercero.  Falso juicio  de   existencia   por   omisión,  exclusión  evidente  del  artículo  18  del  C.P.   

Estos dos reproches, por tener su nódulo  en  la  aplicación  de la pena sustitutiva de prisión domiciliaria en lugar de  la prisión efectiva, serán resueltos de manera conjunta.   

En  la  segunda  censura,  amparado  en la  violación   directa   de   la   ley,   adujo   el  libelista  que  REINALDO  LÓPEZ NARANJO tenía derecho  a  la  sustitución de la pena de prisión efectiva porque el factor objetivo se  cumple…  “teniendo  en  cuenta  cada  una de las conductas punibles en forma  separada”.   

Es  claro  que, cada una de las conductas  individualmente  apreciadas  tiene  pena  mínima  prevista en la ley inferior a  cinco  años;   sin  embargo,  es  preciso  recordar  que  el sustituto fue  denegado  porque  el  desempeño  personal, laboral,  familiar   o   social  impidió  al  juez  hacer  un  diagnóstico          y         pronóstico  favorable  en  el  tema del reacondicionamiento de la  personalidad  del  sentenciado,  pues  dimensionó  el  riesgo  comunitario  que  implica  la  posibilidad de que incurra en conductas homólogas a las que fueron  objeto del juzgamiento.   

Con  base en ese pronóstico desfavorable  de   la   personalidad  del  sentenciado7,    el  juzgador   encontró   que  la  sustitución  de  la  medida  (por  la  prisión  domiciliaria)  le permite incursionar –de  nuevo-  en  el  mismo  género  de  conductas  por las que fue  condenado  y  desde  esa  perspectiva excluyó de forma razonable la aplicación  del artículo 38.   

Las consideraciones que tuvo en cuenta el  juzgado  consistieron  en que el sentenciado no tiene un arraigo familiar porque  su  prole  (del todo irrespetada por la multiplicidad  de  delitos)  ya  ha alcanzado la edad adulta;   tampoco  tiene  arraigo laboral porque sus actividades son informales, a más de  que  “…las  conductas  en que incursionó lo que  demuestra[n]  es  que a lo largo de cerca de dos años tuvo como derrotero en su  vida  la  delincuencia, pues elaboraba documentos para vender un lote, negociaba  nuevamente  con  lo  mismo y así se la pasó, permitir la prisión domiciliaria  sería   facilitarle   para   que   desde  la  casa  continuara  en  las  mismas  actividades”.   (Página  29  del  fallo  de  primera instancia).   

En  la  tercera  crítica al fallo, adujo  el   libelista  que  el  juzgador  omitió apreciar  las  declaraciones  de la esposa, de las hijas y del hermano del sentenciado, lo  mismo  que  las  versiones  de 23 vecinos del sector donde reside el sentenciado  (Fl.  305  y  306),  la declaración del párroco de la iglesia donde acude (Fl.  303),  la del señor Aljadis Marín Marín (Fl. 304), la del Dr. Jaime Astudillo  Guerrero  (Fl.  301),  la de Ruby Ortiz Narváez (Fl. 308) y la declaración del  Dr.   Jesús   Antonio   Artunduaga,  represente  legal  de  la  firma  “Sólo  Válvulas”   que  le  ofreció  un  empleo  y  quienes  atestiguaron  que el sentenciado es persona de  reconocida  prestancia,  virtuoso,  cívico,  solidario,  buen miembro del grupo  familiar, etc..   

Con todo, no es  cierto  que  el  juzgador  haya  soslayado contemplar  esas  pruebas;  sin  embargo,  al  apreciar  en  detalle  las  múltiples  conductas   delictivas  que  cometió,  advirtió  que  ningún  respeto  guarda  REINALDO  LÓPEZ  por el  ordenamiento       jurídico,      ni      por      la      sociedad,  en la medida que ocupa su intelecto  maquinando   la   manera   de   lucrarse  de  manera  ilegal:   

“…idear y  ejecutar  acciones  falsarias…con  el fin de hacerse aparecer como propietario  de  terrenos  que  desde épocas pretéritas han pertenecido a raizal familia de  Cali,  llegando  su  inescrupulosa  conducta  al  punto  de  conocer  que  en la  Fiscalía  58  rituaba  proceso  penal  en que había ordenado medida preventiva  sobre  dichos  bienes,  fabricar  documento  en el que supuestamente el Delegado  Fiscal  levantaba  la  medida  y  presentarlo  en  la  Oficina  de  Registro  de  Instrumentos  Públicos  para de esa manera darle visos de legalidad a los lotes  y  así  hacerle  creer al comprador que todo se encontraba en regla, lo cual se  contrapone  a  los  argumentos  expuestos por el abogado defensor que procura la  sustitución”.     (Cfr.    Sentencia   del  Tribunal).   

En suma, las críticas del censor al fallo  condenatorio  en  el  sentido  de  que la   argumentación   fue   “inhumana,  peligrosista,  exagerada,  retrógrada, caprichosa”  lejos  de  enervar  su  legalidad  lo  que  ponen  de presente es una disparidad  indefinida  de  criterios  entre el libelista y el juzgador, en razón de que el  defensor  –a contrapelo  de   la  realidad-  sigue  considerando  “de  talla  menor”  las  múltiples  conductas delictivas en que incursionó su pupilo.   

El  fundamento probatorio para determinar  el  juicio  jurídico  (diagnóstico  –  pronóstico)  del  derecho  a  la  sustitución  de  la  pena de  prisión,   radica  en  analizar  los  diversos  ámbitos  (personal,  familiar,  laboral  y  social del  condenado).   Si  a  partir de ello advierte el juez algún peligro para la  comunidad,   no   está   obligado  a  conceder  la  sustitución     de     la    sanción  sobre  todo  cuando  advierte que es superlativo y repetitivo el  daño  a  diferentes bienes jurídicos (fe pública, eficaz y recta impartición  de justicia, patrimonio económico).   

No   prosperan  los  cargos  segundo  y  tercero.   

En  mérito  de  lo  dicho  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  en  Sala  de  Casación Penal y  administrando  Justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  Ley,   

         

RESUELVE  

1.-          CASAR   la   sentencia   del  28  de  junio  de  2005  proferida  por  el Tribunal Superior  de Cali.   

2)         CONDENAR   al   señor   REINALDO  LÓPEZ  NARANJO a   la  pena  de  prisión   de   seis  (6)  años  y  dos  (2)  meses;    multa  en  cuantía  de  ciento  veinticinco  (125)  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes  e  inhabilitación  para  el  ejercicio de  derechos  y  de funciones públicas por dos (2) años  y seis (6) meses.   

3)   En los demás aspectos el fallo  se  mantiene,  con  la  aclaración  del  numeral  segundo  del fallo de primera  instancia,  en  el  sentido de que la suma que deberá cancelar el sentenciado a  favor  del  señor  José  Reinel  Henao  Castaño  por  concepto  de perjuicios  materiales  derivados  de  la  conducta  contra  el  patrimonio  equivale  a doscientos cincuenta y cuatro  punto  cinco  (254.5)  salarios  mínimos legales mensuales vigentes.   

4)   SOLICITAR al señor Juez  Quinto Penal del Circuito  de  Cali (de ejecución de  la  pena)  que surta las comunicaciones de que trata el artículo 472 del la Ley  600  de  20008.   

Contra  esta decisión no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  comuníquese  y  devuélvase al  Tribunal de origen.   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   

Salvamento Parcial de voto  

  JOSÉ LEONIDAS  BUSTOS  MARTÍNEZ                                         ALFREDO GÓMEZ  QUINTERO             

MARIA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                                               AUGUSTO   J.   IBAÑEZ  GUZMÁN   

Permiso  

     JORGE                                LUIS                               QUINTERO  MILANÉS                          YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

     Salvamento parcial de  voto                                          Salvamento   parcial   de  voto   

   

JULIO     ENRIQUE     SOCHA  SALAMANCA                      JAVIER ZAPATA ORTIZ   

                                      

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

SALVAMENTO   PARCIAL   DE   VOTO   

Con el respeto que siempre he profesado por  las  decisiones  de  la  Sala,  estimo  necesario  salvar el voto respecto de lo  decidido  en  el  presente  asunto,  como  quiera  que  sigo convencido, como se  analizó  en  muchas decisiones anteriores en las cuales la tesis primó, de que  no  es posible aplicar por favorabilidad el porcentaje de atemperación punitiva  que  para  el  allanamiento  a cargos consagra el artículo 351 de la Ley 906 de  2004,  a  hechos  tramitados dentro de los presupuestos procesales de la Ley 600  de 2000.   

Para mejor comprensión de las razones que  facultan  persistir  en  los  motivos que antaño justificaron decidir de manera  contraria   a como se hace hoy, estimo necesario abordar en este salvamento  tres puntos concretos:   

    

1. Naturaleza   y   efectos  de  los  principios  de  favorabilidad  e  igualdad.   

2. Disimilitud   entre  los  institutos  de  la  sentencia  anticipada  (artículo  40 de la Ley 600 de 2000) y los acuerdos y preacuerdos que contempla  el Capítulo único del Título ll de la Ley 906 de 2004.   

3. Vulneración   del   principio   de   igualdad   a  través  de  la  aplicación,   por   favorabilidad,   del   artículo  351  de  la  Ley  906  de  2004.     

1.  Ya  en  aclaración  de voto anterior,  cuando  apenas  se  comenzaba  a  discernir  sobre  la  aplicación  de la nueva  sistemática  acusatoria,  estimé  pertinente  glosar la afirmación de la Sala  mayoritaria,  referida  a la posibilidad de aplicar algunas normas de la Ley 906  de  2004,  a asuntos tramitados en seguimiento de lo dispuesto por la Ley 600 de  2000,   en   aplicación   del  principio  de  favorabilidad,  de  la  siguiente  manera9:   

“1.2.  El  principio de favorabilidad y  sus alcances constitucionales.   

La  favorabilidad  es un principio rector  del   derecho   punitivo   que   aparece  consagrado  en el artículo 29 de la Constitución Nacional como  parte esencial del debido proceso, en los siguientes términos:   

“Nadie podrá ser juzgado sino conforme  a  leyes preexistentes al acto que se le imputa, ante juez o tribunal competente  y   con   observancia   de   la   plenitud   de   las  formas  propias  de  cada  juicio.   

“En materia  penal,  la ley permisiva o favorable, aún cuando sea posterior, se aplicará de  preferencia  a  la  restrictiva  o  desfavorable”.   

Corresponde por tanto, por su pertinencia,  establecer   cuáles  son  los  alcances  que  la  Constitución  le  asigna  al  mismo.   

Pero  antes,  es  necesario  aclarar  que  aunque  el  concepto  “derecho penal”, en sentido amplio, es comprensivo del  sistema  penal  y,  por tanto, abarca al derecho penal sustantivo o material, al  derecho  penal  procesal  y al derecho penal de ejecución, sin embargo, de ello  no  puede  seguirse que el legislador constituyente hubiera querido cobijar bajo  el  alcance del principio de favorabilidad a todas las normas del sistema penal;  empero,  tampoco  de  ello  puede  concluirse  en el sentido de que el principio  sólo  alcanzaría  a  los  preceptos  contenidos  en  el derecho penal material  (Código  Penal  y  leyes  penales  especiales), por lo que conviene precisar lo  siguiente:     

* El principio nace  de  la  idea  de que ley penal expresa la política de defensa social que adopta  el  Estado  en  un  determinado  momento  histórico,  en  su  lucha  contra  la  delincuencia.   

* Que   toda  modificación  de  las  normas  penales  expresa  un  cambio  en  la valoración  ético-social  de  la conducta delictiva, en el cómo y en la forma en que ha de  ejecutarse  la  acción  represora del Estado frente a la realización del hecho  delictivo  y  en  las  reglas  de  ejecución  de  la consecuencia jurídica del  delito, esto es, la sanción penal.   

* Consiguientemente,  como  lo  ha  admitido  pacíficamente  doctrina  y  jurisprudencia nacional, la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad  no  puede estar limitado sólo a  supuestos  en  los que la nueva norma penal descriminaliza la conducta típica o  disminuye  el  quantum de su pena, sino también, cuando la nueva ley (ley penal  material,  procesal o de ejecución) beneficie al procesado, en el ámbito de su  esfera  de libertad; siendo comprensiva de tal ámbito, entre otras, las medidas  cautelares   personales  y  los  parámetros  de  prescripción  de  la  acción  penal.     

       Por   lo  tanto,  el  baremo  o  medida  de  valoración  para  la  determinación  de la aplicación retroactiva de la ley penal favorable no está  en  que el precepto invocado forme parte del derecho penal material, sino en que  el  mismo  afecte  esferas  de  libertad  del individuo, por lo que es frecuente  encontrar  en  los  códigos  de  procedimiento  penal  normas  de  indiscutible  naturaleza sustantiva.   

Del  análisis que precede se extraen las  siguientes conclusiones:     

* La prohibición de  aplicación  retroactiva  de  la ley penal se extiende a las normas de contenido  sustantivo  que  se  encuentren  en  leyes tanto materiales como procesales y de  ejecución.   

* Una norma tendrá  carácter  sustantivo,  cuando  afecte  las  esferas  de libertad del imputado o  condenado,  entendiéndose  a  la  libertad  aquí  aludida, como la facultad de  autodeterminarse  que tienen los hombres, sin sujeción a una fuerza o coacción  proveniente  del  exterior,  en  este  caso, del sistema penal. Conforme a ello,  aquellas  normas  contenidas  en leyes penales que afecten, restrinjan o limiten  los    derechos    fundamentales    de    las   personas,   tendrán   carácter  sustantivo.     

Ahora   bien,   los   principios   de  favorabilidad  y retroactividad benigna de las normas penales y en particular de  las  penas,  han sido positivizados como expresión de la tutela de los derechos  básicos  y  fundamentales  de  las  personas  en  los  Estados  que se reclaman  democráticos  de  derecho,  por lo que además  hallan sustento en algunos  tratados    internacionales    de    protección   a   los   derechos   humanos,  así:   

     

A. El Pacto  Internacional  de Derechos Civiles y Políticos, cuyo artículo 15.1 en su parte  final  indica que si la ley posterior dispone una pena mas leve, el penado será  beneficiado con los alcances de  dicha norma.   

B. El Pacto  de  San José de Costa Rica, cuyo artículo 9º en su última parte expresamente  declara  que  debe  aplicarse la pena más leve si la nueva ley así lo dispone.     

Y  siendo que de acuerdo con el artículo  93  de  la  Carta  Política,  los  tratados  y  convenios internacionales sobre  derechos  humanos,  prevalecen  en el orden interno, es decir, que se encuentran  incorporados  a  nuestra  legislación  a  través  de  la  teoría francesa del  “bloque  de constitucionalidad”, es claro que tanto la Convención Americana  sobre  Derechos  Humanos  o  Pacto  de  San  José  de  Costa Rica como el Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos10,  imponen  como obligación  el  respeto  del  principio  de favorabilidad en la aplicación de la ley penal.   

(….)  

1.3.  Materialización  del  principio de  igualdad en la aplicación de la ley penal favorable.   

La  igualdad  se  halla  instalada  en el  ordenamiento  jurídico  supremo  como  principio  y  regla  y  a  partir de tal  recepción configura un derecho y una garantía.   

En  su condición de principio irradia al  resto  del  ordenamiento,  constituye  una  guía  de  apreciación  y, al mismo  tiempo,  se  define  como  un  mandato  de  optimización.  Mandato  que  no  es  disponible  para  los  poderes  constituidos,  y  que  por  tanto  conforma  una  directriz fuerte en la aplicación de la Ley a un caso concreto.   

El principio de igualdad constitucional se  integra  con el concepto de ser mirado como igual y con el de igual tratamiento.  En  su  condición  de  derecho  habilita a los individuos dentro del sistema la  facultad  de  formular  oposición  frente a normas o actos violatorios de aquel  principio  en  términos  generales  o  francamente  discriminatorios  desde  lo  específico,  estatus negativo, o de exigir algún comportamiento determinado de  los poderes públicos, estatus positivo.   

Y,  finalmente,  en  su  condición  de  garantía,  aunque  sustantiva  y  no meramente procesal, en tanto constituye un  presupuesto   para  la  efectividad  de  las  diversas  libertades  o  derechos.   

Por lo tanto, la igualdad como principio y  garantía  tiende a condicionar a los poderes públicos en cuanto al grado de su  consideración  a  la  hora de reglar, omitir o actuar. La igualdad como derecho  interrelaciona  con el resto de los derechos fundamentales, es presupuesto de su  ejercicio  y  está  alcanzado por el principio constitucional que establece que  no hay derechos en su ejercicio absoluto.   

En  el  campo  específico  del  derecho  procesal,  la  jurisprudencia constitucional tiene establecido que “El someter  las  controversias a procedimientos preestablecidos e iguales no sólo garantiza  el  derecho  de defensa: realiza, en primer lugar y principalmente, el principio  de  igualdad  ante  la  ley,  en  el  campo de la administración de justicia. Y  asegura  eficazmente la imparcialidad de los encargados de administrar justicia,  mediante   la  neutralidad  del  procedimiento”.11   

Pero  el  texto  de la ley no es, por sí  mismo,  susceptible  de  aplicarse  mecánicamente  a  todos  los  casos, y ello  justifica  la  necesidad de que el juez lo interprete y aplique, integrándolo y  dándole  coherencia,  de  tal  forma  que  se  pueda realizar la igualdad en su  sentido constitucional más completo.    

A  este respecto, la Corte Constitucional  ha  resaltado,  que  el  contenido del derecho de acceso a la administración de  justicia  implica  también  el  derecho  a  recibir un tratamiento igualitario.  Dijo:   

“El  artículo 229 de la Carta debe ser  concordado  con  el  artículo 13 idem, de tal manera que el derecho a “acceder”  igualitariamente  ante  los  jueces implica no sólo la idéntica oportunidad de  ingresar  a  los  estrados judiciales sino también el idéntico tratamiento que  tiene  derecho  a  recibirse  por  parte de jueces y tribunales ante situaciones  similares.  Ya no basta que las personas gocen de iguales derechos en las normas  positivas  ni  que sean juzgadas por los mismos órganos. Ahora se exige además  que   en   la  aplicación  de  la  ley  las  personas  reciban  un  tratamiento  igualitario.  La  igualdad  en la aplicación de la ley impone pues que un mismo  órgano  no  pueda  modificar  arbitrariamente  el  sentido de sus decisiones en  casos        sustancialmente       iguales”12.   

       Finalmente,  no  puede  desconocerse  que la aplicación de la ley  penal  favorable  materializa  el  principio de igualdad en la aplicación de la  ley,  en  la  medida  en que es posible que a situaciones fácticas similares se  les  de  tratamientos  normativos  diferentes  en  el  transcurso del tiempo por  fuerza  de  la  cambiante  política  criminal  del  Estado,  los  cuales pueden  resultar  más  o  menos  gravosos  para sus destinatarios, quienes estarían en  ciernes  de  invocar  a  su  favor aquellos preceptos creados en otros contextos  para   regular  de  manera  benévola  situaciones  semejantes,  a  fin  de  ser  receptores  de  igual  merced.  Véase cómo en tales eventos el trato favorable  realiza     el     concepto    de    igualdad    en    los    términos    aquí  analizados.”   

    

1. No se discute ya, y en el proyecto  aprobado   por   la   mayoría   se  detalla  suficientemente  el  tópico,  que  precisamente  en  seguimiento  de las pautas atrás trazadas, es posible aplicar  por  favorabilidad  algunas normas de la Ley 906 de 2004, a procesos adelantados  en seguimiento de lo dispuesto por la Ley 600 de 2000.     

No es ello algo que hoy pueda ser objeto de  discusión.  Sin  embargo, así lo acepta también la decisión de la cual ahora  discrepo,  en  tratándose  de  dos sistemáticas completamente diferentes, como  quiera  que  la  Ley  906  de  2004  busca  implementar  en  el  país el modelo  acusatorio,   en   contraposición  a  los  dispositivos  anteriores,  de  corte  inquisitivo   o  mixto,  esa  aplicación  favorable  sólo  opera  respecto  de  institutos  similares,  de manera que aquellos propios del tipo de procedimiento  novedoso,    resultan    de    imposible    entronización    en   el   régimen  anterior.   

Y  ello  es lo que sucede con esa forma de  terminación  anticipada  que  con el rótulo de allanamiento a cargos regula la  Ley  906  de  2004,  pues,  como se había sostenido invariablemente por la Sala  mayoritaria  hasta  ahora,  sin  que  existan  nuevos desarrollos legislativos o  argumentos  distintos  a  los  que  para  esa  época  soportaban  la  posición  disidente,  que  obliguen  cambiar  lo  dicho,  no  se  trata  de  un  mecanismo  independiente  que  por  sí  mismo se entienda compartir las aristas básicas o  presupuestos  fundamentales de la sentencia anticipada regulada en la Ley 600 de  2000,  a  la  manera  de  entender  ambas  figuras hermanadas en su naturaleza y  efectos.   

Se dijo antes, y ahora debo reiterarlo, que  el  allanamiento  a cargos no opera en calidad de figura aislada o refractaria a  las  características  específicas  del sistema acusatorio, sino como instituto  connatural  al  mismo  y,  en  especial,  a  esa forma de justicia consensuada o  premial  que se busca hacer valer, en el entendido, desde luego eficientista, de  que  por  su  naturaleza  resulta imposible tabular a través del juicio oral un  porcentaje muy alto de procesos.   

Por  ello  precisamente la Ley 906 de 2004  consagra  institutos claramente dirigidos a buscar esa terminación anticipada o  extraordinaria  de las investigaciones penales, dentro de los cuales destacan el  principio  de oportunidad y lo que en el Título ll se reseña bajo el epígrafe  de   “PREACUERDOS   Y  NEGOCIACIONES  ENTRE  LA  FISCALÍA  Y  EL  IMPUTADO  O  ACUSADO”.   

Bajo  ese  rótulo  genérico  del Título  segundo  en  cita, cabe relevar, se insertan tanto las negociaciones propiamente  dichas,  como  el  allanamiento  a  cargos,  no sólo porque la simple revisión  exegética  de  la  normatividad  así lo informa, sino en atención a que no se  entienden  ambas  como  figuras disonantes o siquiera alternativas, sino propias  de esa teleología premial arriba destacada.   

No en vano, el inciso primero del artículo  351  de  la  Ley  906  de 2004, expresamente se refiere al allanamiento a cargos  operado  en  la audiencia de formulación de imputación, para significar que en  ese  momento procesal puede aspirar la persona a una rebaja de “hasta la mitad  de   la  pena  imponible”,  para,  a  renglón  seguido,  determinar  como  el  consecuente  escrito  de  acusación  que  por congruencia servirá de base a la  necesaria  sentencia  de  condena, ha de consignar el acuerdo, no otro distinto,  debe  señalarse,  a  aquel en el cual se definió entre las partes –fiscalía  y  defensa-,  cual, dentro  del  ámbito  de  atemperación  regulado  por  la  norma,  será  el porcentaje  concreto a aplicar a favor del procesado.     

Ahora  bien, en el fallo del cual discrepo  se  pretende  controvertir el argumento exegético, significándose (párrafo 2,  página  49),  que  el allanamiento a cargos se encuentra regulado, dentro de la  Ley  906 de 2004, en capítulo distinto o independiente al único del Titulo ll,  en  el  cual se detalla lo concerniente al campo de preacuerdos y negociaciones,  agregándose  que  lo  contemplado  en  el  inciso  primero del artículo 351 se  establece apenas para “trazar” los efectos de ese allanamiento.   

No  parece  que  sea así, pues, en primer  lugar,  si  el  tema apenas remitiese a un aspecto instrumental, nada obsta para  que  allí mismo, cuando se regula la audiencia de formulación de imputación y  su  trámite,  se  dejara  sentado  ese  porcentaje  de  reducción, en lugar de  deferirlo  a  un  Título  y  Capítulo  que  contempla un aspecto eminentemente  sustancial,  propio,  como se viene anotando, de la teleología consignada en la  Ley 906 de 2004.   

La evaluación, entonces, es la contraria,  si  se  trata  de  respetar los valores y diferencias entre lo sustancial y  lo simplemente procedimental consagrado por la nueva normatividad.   

Vale decir, si el allanamiento a cargos se  relacionó  expresamente  en el Título referido al instituto de los preacuerdos  y  negociaciones,  no  apenas,  como  se  señala en el proyecto aprobado por la  mayoría,   para   “trazar”  el  porcentaje  de  reducción  de  pena,  sino  entendiéndolo   mecanismo   propio   de   la  justicia  premial  y  consensuada  desarrollada   en   su  único  capítulo,  lo  lógico  es  comprender  que  la  reiteración  accesoria  instituida en otros capítulos, busca apenas establecer  procedimentalmente  la  forma  (momento  y modalidad) como ese mecanismo se hace  efectivo  en el estado procesal en el cual se hace la manifestación de voluntad  del  procesado, sin que ello pueda llevar a concluir de la forma como lo hace el  fallo del que me aparto.   

Es  que,  se  olvida  en  la  providencia  aprobada,  que  ese allanamiento a cargos no tiene apenas un momento procesal de  materialización:  la  audiencia  de formulación de imputación -quizás porque  se  tuvo en mente la aplicación por favorabilidad del máximo del 50% permitido  para  esta  forma  extraordinaria de terminación del proceso-, obrando también  posible  que  ello  suceda  en la audiencia preparatoria (artículo 356, numeral  5°),  permitiendo  la  reducción de pena de “hasta en la tercera parte”, y  al  comienzo  de la audiencia de juicio oral (artículo 367), aquí con una sola  opción de atemperación punitiva de una sexta parte.   

Esa   auscultación   normativa  permite  apreciar  que  no se trata de que el legislador buscase ubicar el allanamiento a  cargos  en  un  apartado  diferente  del  Título  destinado a los preacuerdos y  negociaciones,  sino  apenas  de  establecer cómo opera procesalmente la figura  dentro de los tres estadios o momentos que la permiten.   

No es posible, tampoco, examinar aislada y  descontextualizadamente  el  allanamiento a cargos, como si se tratase apenas de  una  reiteración  de  lo  que  bajo  la  denominación  de sentencia anticipada  consagraba  el  artículo  40  de  la Ley 600 de 2000, dado que además de hacer  parte  de  esa  teleología propia del sistema acusatorio, encaminada a facultar  soluciones  anticipadas  del  conflicto,  irradia  los motivos que impelieron la  expedición  de  la  Ley  890 de 2004, en el entendido que las generosas rebajas  establecidas  en  la  novísima  sistemática,  obligaban,  para hacer valer los  principios  de  legalidad  de  la pena y retribución justa inserta en la misma,  incrementar  los  montos  sancionatorios  definidos  para  la generalidad de los  delitos en el Código Penal vigente, Ley 599 de 2000.   

Entonces, para equilibrar los conceptos en  pugna,  como  fiel  de la balanza, a la par con el alto porcentaje de reducción  producto  de  los  acuerdos,  sea  por  la  vía  de  la  negociación  o  de la  aceptación  de  cargos,  se estableció el incremento generalizado de penas, en  una  proporción  de  la  tercera  parte  para su mínimo y la mitad del máximo  (artículo 14 Ley 890 de 2004).   

Por  manera que, inescindiblemente, cuando  se  trata  de  aplicar  la  atemperación  punitiva posibilitada de entregar por  ocasión  del  allanamiento a cargos ocurrido en la audiencia de formulación de  imputación,  para  hacerlo  valer  en  la  tramitación  seguida  dentro de los  derroteros  de  la  Ley 600 de 2000,  que es el caso analizado por la Sala,  ello  se encuentra atado a la pena legal establecida respecto del delito, que no  es  otra  diferente  a la consignada en el Código Penal, incluido el incremento  ordenado  por  el artículo 14 de la ley 890 de 2004, pues, solo así se respeta  la  filosofía  del mecanismo, junto con los principios de legalidad de la pena,  retribución  justa  e  igualdad,  aunque este último aspecto lo abordaremos en  líneas posteriores, de manera más detenida.   

Desde  otra perspectiva argumental, aunque  parezca  simplemente  instrumental,  no  puede  soslayarse cómo respecto de las  figuras  en contrastación, sentencia anticipada y allanamiento a cargos, existe  una  postulación diferente en la forma de aplicar la reducción punitiva, pues,  mientras  en  el  primer  caso  esa  atemperación  opera  automática,  con  un  porcentaje  fijo  de la tercera parte, el segundo establece una progresión (que  ya  la Corte significó comienza en una tercera parte y un día, y culmina en el  cincuenta por ciento).   

De  ello se sigue que no necesariamente la  proporción  a  reducir  es la máxima establecida en el artículo 351 de la Ley  906   de   2004,  corriendo  de  cargo  del  funcionario  judicial  –o de las partes a través del acuerdo  que  regula  el  artículo  en  cita-  señalar  cuál  en  concreto  será  esa  atemperación.   

Ello no ocurre con la sentencia anticipada  que  estatuye el artículo 40 de la Ley 600 de 2000, en la cual ningún arbitrio  del   funcionario  judicial  o  negociación  entre  las  partes  faculta  hacer  reducción diferente a la única que permite la ley.   

De   allí   que   ninguna   similitud  consustancial  pueda  pregonarse  de  institutos  disímiles  en  su naturaleza,  objeto    y,    para    lo   que   se   debate,   consecuencias   y   forma   de  aplicarlas.   

Porque, si se trata de que, en seguimiento  del  principio  de   favorabilidad,  se aplique a casos rituados por la Ley  600  de  2000,  la forma de atenuación punitiva establecida en el artículo 351  de  la  Ley  906  de  2004,  ya  de  entrada  se está exigiendo del funcionario  judicial  un  arbitrio  o injerencia que de ninguna manera permite la primera de  las  normatividades  citadas  y  que,  además, implica hacer apreciaciones, ora  objetivas,  ya  subjetivas,  que  por  ninguna  parte  consagra esa tramitación  penal.   

Y, basta apreciar la forma en que la Corte  Constitucional   trata   de  solucionar  el  problema,  ofreciendo  al  Juez  de  Ejecución  de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad,  alternativas  que le permitan  determinar  el  porcentaje a reducir en el caso concreto, para advertir cómo el  asunto     comporta    bastantes    dificultades13,    que   radican,   debe  repetirse,  en  la  diversa  naturaleza  y  efectos de las figuras que pretenden  homogeneizarse.   

Ahora,  han tratado la que hasta hace poco  era  posición  minoritaria  de  la  Sala,  así  como  las decisiones de tutela  citadas  en  el  fallo del cual me aparto, de significar similar la figura de la  sentencia  anticipada, con el mecanismo de allanamiento a cargos, a partir de la  elaboración  más  o  menos detallada de un listado de factores comunes a ambos  institutos.   

Empero,  pienso que no es esa una adecuada  forma  de  abordar  el  punto, simplemente porque siempre habrá posibilidad, no  importa  cuán  disímiles  sean las figuras en confrontación, de hallar muchos  factores   comunes,   sin  que  ello,  desde  luego,  signifique  igualación  o  similitud.   

Lo importante no es, al respecto, cuántas  circunstancias  afines  se  hallen,  sino  definir  en concreto una naturaleza y  efectos    que    por    su    trascendencia    delimiten    equiparables    los  institutos.   

Asunto  que,  estimamos,  dista  mucho  de  ocurrir  en  lo  que  respecta  al  parangón intentado realizar entre la figura  consagrada  en el artículo 40 de la Ley 600 de 2000, y el mecanismo establecido  en  el artículo 351 de la Ley 906 de 2004, dado que, si bien comportan muchas o  pocas  características  comunes,  es lo cierto que ellas son insuficientes para  desvirtuar  un  hecho cierto, referido a que se insertan dentro de sistemáticas  diferentes,  verifican  una  teleología  también  distinta  y producen efectos  prácticos incompatibles.   

Al efecto, apenas para referir a título de  ejemplo  cómo  asoman  deleznables  algunos  de los factores comunes destacados  para  concluir  en  la  simbiosis  supuestamente  existente  entre  la sentencia  anticipada  y  el  allanamiento  a  cargos,  resulta  cuando menos controversial  sostener,  como  se  hace  en  la  sentencia de tutela traída a colación en el  fallo  del  que  discrepo,  que  ambos institutos  se hermanan porque en la  sentencia  anticipada  antes  de aceptarse esa postulación del procesado, éste  ya  ha  tenido  la  oportunidad  de  haber  sido  oído  dentro  del proceso, en  diligencia   de  indagatoria,  y  de  ejercer  los  derechos  de  defensa  y  de  contradicción,  algo  que  supuestamente  también ocurre con el allanamiento a  cargos, dado que ya existe formulación de imputación.   

Una  tal  afirmación  olvida  que  en  su  naturaleza  ese  acto  de  formulación  de  imputación es de comunicación por  parte  de  la  fiscalía,  pero, en estricto sentido, no implica que el imputado  haya  sido  oído  (por la razón obvia de que no existe indagatoria), ni que se  ejerza  amplia  y materialmente el derecho de contradicción, entre otras cosas,  porque  allí,  como lo han sostenido de consuno la Corte constitucional y ésta  Corporación,  no  existe  obligación para la fiscalía de que haga algún tipo  de descubrimiento probatorio.   

Así, no puede ser lo mismo, por mucho que  se  pretenda  ejercitar  la dialéctica, que el procesado, en la sistemática de  la  ley  600  de  2000,  pueda  conocer todas las pruebas (plenamente vigente el  principio  de permanencia de las mismas) y además exponga su particular visión  de  lo  ocurrido,  remitida a contradecir esas pruebas, a que, cual ocurre en la  sistemática  de  la  Ley  906 de 2004, se le cite a una audiencia en la que, en  términos  estrictos,  el  fiscal simplemente le comunica cuáles son los hechos  por  los  que se le investiga, y su significación jurídica, sin posibilidad de  pronunciarse  respecto  de  ellos  en  aras  de pregonar inocencia o ausencia de  participación  (para ejercer la inexistente defensa que pregona la sentencia de  tutela),  ni  mucho  menos ejercer el derecho de contradicción respecto de unos  elementos  materiales  probatorios, evidencia física o informes que no conoce o  puede exigir conocer.   

Algo  similar ocurre con la manifestación  efectuada  en  la  sentencia de revisión de tutela, atinente a que la sentencia  anticipada  comporta  la  confesión  simple  del  procesado,  y otro tanto debe  entenderse ocurre con el allanamiento a cargos.   

Para  quienes  conocen  la  naturaleza del  sistema  acusatorio  consagrado  en la Ley 906 de 2004, no puede significar más  que  un  despropósito la afirmación de que el allanamiento a cargos traduce la  confesión  simple  del procesado, por la potísima razón que esta normatividad  no  consagra como prueba, o siquiera evidencia, esa manifestación unilateral de  responsabilidad penal.   

Se  busca,  sí,  superar  esa  evidente  dificultad,  señalándose  que “se trata de una idea de confesión en sentido  natural”.   

¿Qué  es una confesión, si nos hallamos  dentro  de  un procedimiento penal, en “sentido natural”?, vaya uno a saber,  pero   asoma  claro  que  si  esa  confesión  no  tiene  efectos  jurídicos  o  procesales,  pues,  sencillamente,  de  nada sirve para fundamentar la posición  encaminada  a  definir  equiparables los institutos de la sentencia anticipada y  allanamiento  a cargos, bajo el argumento de que ambos comportan una confesión,  que  finalmente  asoma  completamente  disímil en su naturaleza y efectos, como  así  se  acepta  en la providencia que sirve de soporte al fallo del cual ahora  me aparto.   

Por  último,  en lo que a la crítica del  método   de  equiparación  compete,  no  puede  ser  argumento  válido,  para  parangonar  como  similares  ambos  institutos  de  terminación  anticipada del  proceso,  acudir  a  los  principios  que  informan  el proceso penal en general  (lealtad,  publicidad,  eficiencia,  presunción  de inocencia), como quiera que  ellos,  por  su naturaleza general permean todas cuantas instituciones consagran  ambos  sistemas  (dado que son soporte  de los dos) y, en consecuencia, una  inferencia  lógica  obtenible  a  partir  de  allí,  perfectamente llevaría a  conclusiones  tales  como  que  el  principio  de  oportunidad  es  similar a la  sentencia anticipada, y todas las demás que quieran hacerse.   

En  suma,  no  se ha ofrecido un argumento  contundente  que signifique efectivamente similares o asimilables los institutos  de  la  sentencia  anticipada,  disciplinado en el artículo 40 de la Ley 600 de  2000,  y  el  allanamiento  a  cargos  que  consagra  la  Ley 906 de 2004. Y, en  contrario,  sigue siendo válido sostener que el segundo de los mecanismos opera  consustancial  a  la teleología propia de la sistemática acusatoria pretendida  implementar  en  el  país,  con  una  naturaleza,  efectos   y aplicación  material que en mucho se apartan de la sentencia anticipada.   

3.   Se  anotó  en el primero de los  puntos  tratados,  que  el  principio  de favorabilidad constituye desarrollo, o  mejor,  efectivización  del principio de igualdad, dado que, finalmente, lo que  se  busca  con  la  aplicación  ultractiva o retroactiva de la norma no vigente  para  el momento de los hechos, es equiparar la condición del procesado a la de  aquellos otros a quienes se aplica esta en toda su extensión.   

        En  este  sentido,  a  lo largo de la providencia de la cual hoy me  aparto,  expresa  y  reiteradamente  se  sostiene  que la decisión de aplicar a  favor  del  procesado,  para  el  caso  concreto, el porcentaje de atemperación  punitiva  dispuesto  en  el  artículo  351  de  la Ley 906 de 2004, no obstante  ocurrir  los  hechos  y verificarse su tramitación en vigencia de la Ley 600 de  2000,   obedece   a   la  necesidad  de  dar  aplicación  a  ese  principio  de  igualdad.   

        Al  respecto,  en  uno  de  los  párrafos  se  afirma (página 48,  párrafo  3):  “Reconoce esta decisión que en esta  modalidad  de  Estado, pueden coexistir interpretaciones diversas sobre un mismo  punto  de  derecho,  en  cuyo caso para garantizar el principio de igualdad y la  efectividad  misma  del  principio  de favorabilidad, debe primar la opción que  mas  identifique  los  postulados  del sistema jurídico vigente, que en nuestro  caso  y  según  los artículos 1, 6, 7, 93 de la Constitución Política, es el  reconocimiento   de   la   dignidad  humana,  a  partir  de  la  libertad  y  la  igualdad.”    

        Supone  el  argumento,  para trasladarlo al campo práctico, que se  advierte  en  las  personas sometidas al procedimiento establecido en la Ley 600  de  2000,  quienes, acogiéndose al instituto de la sentencia anticipada durante  el  período  de  la  instrucción,  solo recibieron un descuento punitivo de la  tercera  parte,  una  especie  de  trato desfavorable o desigual frente a lo que  sucede  con  aquellos  que  al  día  de  hoy  se allanan a cargos en sede de lo  dispuesto  por  el  artículo  351  de la Ley 906 de 2004, razón que amerita la  intervención  de  la judicatura, en seguimiento del principio de favorabilidad,  para    otorgarles    un    trato    que    equipare    esas   dos   condiciones  disímiles.   

        Sucede,  sin  embargo, como paradoja fundamental en ningún momento  resuelta   por   el   fallo,  que  la  decisión  de  aplicar  el  principio  de  favorabilidad   lejos  de   respetar  o  hacer  material  el  principio  de  igualdad,  instituye  una  desigualdad  odiosa  que  termina por deslegitimar el  argumento de fondo en el cual se soporta lo fallado.   

        Es   que,  cuando  menos  contradictorio  debe  asumirse  que  para  favorecer  a  la  persona juzgada bajo los parámetros de la Ley 600 de 2000, se  termine  inclinando  tanto  el  fiel  de  la balanza, que en lugar de igualar su  condición  a  la de los imputados sometidos al imperio de la nueva sistemática  acusatoria,  termina  ella  obteniendo beneficios mayores a los que se otorgan a  quienes  se  allanan  a  cargos  en  curso  de  la  audiencia de formulación de  imputación  regulada por la Ley 906 de 2004.   

        En  efecto,  para  objetivarlo con un ejemplo elemental, si para el  delito  por  el cual se juzga a la persona, se establece en el Código Penal una  pena  mínima  de  2  años, y esa persona se acoge al mecanismo de la sentencia  anticipada  establecido  en  el  artículo  40 de la Ley 600 de 2000, durante la  fase  de  investigación,  el  porcentaje  de  rebaja de pena (suponiendo que se  parta  del  mínimo  de  la  sanción)  de  la  tercera parte, implicará que la  sanción derive en 16 meses de prisión.   

        Pero,  si  se  le  aplica  por  favorabilidad  lo  dispuesto por el  artículo  351  de  la  Ley 906 de 2004, en su mayor cantidad de reducción, esa  pena se ve disminuida a 12 meses de prisión.   

        Cosa  distinta  ocurre con la persona juzgada bajo la férula de la  Ley  906 de 2004, pues, en el mismo ejemplo, el delito debe incrementarse en una  tercera  parte  por ocasión de lo dispuesto en el artículo 14 de la Ley 890 de  2004,  hasta  delimitar  su  mínimo  en 32 meses, los cuales, disminuidos en el  mayor   porcentaje  de  rebaja  por  allanamiento  a  cargos,  descienden  a  16  meses.   

Evidente   surge,   entonces,   que   la  aplicación  retroactiva  del  principio  de  favorabilidad,  no  iguala  a  las  personas,  sino  que  establece  una  ventaja  caprichosa  e  incluso ilegal (en  términos de la pena y su función retributiva).   

        Nótese  que,  en el ejemplo propuesto, la pena a la cual accede el  procesado  que  se  acoge a sentencia anticipada en la sistemática derogada (16  meses),  resulta  igual a los 16 meses que debe purgar el imputado que recibe el  máximo  beneficio  por  allanarse  a  cargos,  por manera que, huelga anotarlo,  ningún  provecho,  en  términos  reales, puede aspirar a recibir el primero de  los  mencionados,  simplemente  porque, examinada en todo su contexto la figura,  no  resulta  más  conveniente  para  él  acceder   a lo establecido en la  novísima normatividad.   

        Es  que,  precisamente,  la imposibilidad ostensible de igualar las  condiciones  de  los  procesados en ambos sistemas, obedece a que necesariamente  debe   examinarse   el   tópico   de   la   favorabilidad   desde  una  óptica  contextualizada  que tome en consideración no solo la teleología del instituto  de  allanamiento a cargos establecido en la Ley 906 de 2004, sino su inescapable  vinculación con lo dispuesto por la Ley 890 de 2004.   

        En  estas  condiciones,  si  de verdad se tratase de hacer valer el  principio  de  favorabilidad  desde  una  postura  que en lugar de sacrificar el  principio  de  igualdad  que  es  su  norte y finalidad,  lo haga válido y  operativo,  indispensablemente  habría  que  incrementar  la  pena  de la forma  prevista  por  el  artículo  14  de  la  Ley  890  de 2004, para luego hacer la  reducción  permitida  por  el artículo 351 de la Ley 906 de 2004, en los casos  en  los  cuales  la  persona cuyo proceso se tramitó por lo dispuesto en la Ley  600  de  2000,  aspire  a  que  se  aplique  en  su  beneficio  el  principio en  cuestión.   

        Pero  ello, como se habrá advertido, no representa en la práctica  ninguna  diferencia (en ambos casos, dentro del ejemplo ideal propuesto, la pena  será  de 16 meses), sencillamente porque no es necesario igualar, a través del  fenómeno  de  la  favorabilidad,  lo  que  el  legislador ya ha igualado. Mucho  menos,  si  bajo ese prurito se termina discriminando de manera odiosa a quienes  vienen siendo juzgados dentro de la órbita del sistema acusatorio.   

        De los señores Magistrados,   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Magistrado  

Fecha   ut  supra.   

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

Respetuosamente manifiesto mi discrepancia  frontal  con  la  decisión  que por mínima mayoría se ha impuesto ahora en la  Sala,  al  entender  que  no  es  posible  aplicar  a hechos que se rigen por el  artículo  40  de  la  Ley 600 de 2000 el inciso 1° del artículo 351 de la Ley  906  de  2004,  de  donde  resulta  imperativo  para  los  servidores judiciales  incluido  el  juez de casación, corregir los -en mi sentir- desvíos que en tal  sentido   se   lleguen  a  producir  sin  que  con  ello  se  vulnere  principio  constitucional  alguno  pues  semejantes  decisiones  no  pueden  ser  fuente de  derechos,   y   la   providencia   que  en  instancias  los  avale  no se puede tolerar y, menos, dejar que  produzca efecto alguno.   

El     principio     nullum  crimen,  nulla  poena sine lege  representa  no  solo  un  límite  formal  al  poder  punitivo  del Estado, sino  también  uno  material que… se ciñe a castigar las perturbaciones más   graves   de  la  vida  en  sociedad…  el  de  legalidad  es  un  principio  de  racionalización  del  castigo  que…  al  orden de las infracciones, según la  seriedad  del mal que  causan, ha de comprender el de las sanciones, según  su  gravedad14.   

Las  razones que me acolitan se expondrán  de acuerdo con la secuencia que sigue:   

     

I. Legitimación de las providencias judiciales.   

II. Interpretación en Derecho Penal.   

III. La pena, sus fines y la culpabilidad.   

IV. Sistema acusatorio: axiología y literalidad.   

V. Conclusiones. Y,   

VI. Refrendación de un criterio.     

                    

El principio de  legalidad  de  la  pena  es  una  garantía  para el  procesado  y  también  para  la   sociedad, en el sentido de que el Estado  impondrá  las  que  hayan  sido  estatuidas previamente a la realización de la  conducta   punible,   dentro   de  los  límites  cuantitativos  y  cualitativos  consagrados  en  el  ordenamiento jurídico, sin que se puedan imponer penas por  arbitrio  o  imaginación   del  juez,  que  no  respeten  los  parámetros  legales,  con  quebranto  de  la  igualdad y de la seguridad jurídica”. Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, casación de 7 de marzo de 2007,  radicación  25.385,  M.  P.,  Dr.  Álvaro O. Pérez Pinzón. Agréguese que el  olvido,  el error o el delito judicial no pueden crear derechos, como tampoco la  negligencia de  la Fiscalía o de la Procuraduría para recurrir, que a menudo  se  trae  como pretexto de convalidación de esos fraudes a la Constitución y a  la              Ley             válida15.   

I  

Legitimación   de   las   providencias  judiciales   

1. La  mejor  manera  de  legitimar un criterio jurídico es a través  del  soporte  argumental  que  lo  acompañe. Así lo reclama además el derecho  fundamental  de partes e intervinientes procesales a la  motivación de las  providencias,  el  garantismo  penal  dispuesto hoy no aberrantemente a favor de  una  sola  de  las  partes  sino de todas16  y  una  judicatura democrática, igualitaria e imparcial.   

Y  significa  la  fuente  de  seriedad  y  fortaleza  de  los planteamientos afincados en la axiología de la racionalidad,  de  la razonabilidad, de la proporcionalidad y de la ponderación, principios de  la  más  alta alcurnia  en cualquier variable del Estado de Derecho,   que   tiene   como   sus   valores   más  caros  la  dignidad  de  todos  los  seres humanos (para el caso  involucrados  en  el proceso penal), la justicia, el orden justo, y, si se trata  del  Estado  Social  de  Derecho  (artículo  1 Const. Pol.), la igualdad, y que  tiene  entre  sus  fines,  el  de  facilitar  la  participación de todos   en   las  decisiones  que  los  afectan   (artículo  2  Const.  Pol.)  y,  si  es Estado Constitucional de  Derecho,  con  un  Poder  Judicial  rectorizado  por  una  “jurisprudencia  de  principios”  que  ha   llevado  en  Colombia  a que sus más altos jueces  penales    por    unanimidad   ponderen  (artículo 27 cpp-04):   

Hay  que  resaltar la necesidad de que la  judicatura  comprenda  el  papel  que  juegan  sus decisiones en el contexto del  sistema  penal  y  del  modelo  estatal  del  que  hace  parte  por  cuanto  las  democracias  constitucionales  son  fundamentalmente  Estados  de  Justicia;  es  decir,  Estados que en el contexto de una democracia participativa y pluralista,  llevan  a  una  nueva dimensión los contenidos de libertad política del Estado  Liberal  y  de  igualdad  del  Estado Social. Por ello, cada acto de los poderes  constituidos,   incluido   el   Poder   Judicial,  se  halla  vinculado  por  la  Justicia   como  valor  superior   del  ordenamiento  jurídico,  como  principio  constitucional,  como  derecho  y  aún  como deber estatal, de donde resulta imperioso que los jueces,  al  emitir  sus  pronunciamientos,  no  se  preocupen  solo  por  la corrección  jurídica  de  sus  decisiones sino también por la  necesidad de armonizar  esa  corrección  con  contenidos  materiales  de  Justicia  porque  de lo   contrario,  la  judicatura  colombiana  no  habría  dado un solo paso desde las  épocas     del      más    rígido    formalismo    jurídico17.   

2.  La  práctica  del Derecho consiste en  argumentar  porque,  como  dice Atienza, esta cualidad es la que mejor define lo  que  se entiende por buen jurista: capacidad para idear y manejar argumentos con  habilidad18.   

En  procesos  judiciales  en  los  que  se  resuelven  problemas  jurídicos simples  o rutinarios  es  común  que  el  esfuerzo  argumentativo  del  juez  se  reduzca a hacer una  inferencia  entre  el  supuesto  fáctico  y  la  norma; pero en los denominados  casos  difíciles, en los  que  la  relación entre la premisa fáctica y la premisa normativa exige nuevas  argumentaciones  que  pueden o no ser deductivas, la validación de la decisión  requiere   además   de   una   justificación  interna  (corrección  desde  la  perspectiva  lógica-deductiva),  de  una  justificación  externa que impone ir  más  allá  de  la  lógica  en  sentido  estricto19.   

3. A  partir  de  los  desarrollos teóricos de mitad del siglo pasado  (Viehweg,  Perelman  y  Toulmin)  y de las propuestas de autores contemporáneos  (MacCormick  y  Alexy),  se  ha  consolidado  lo  que  se  denomina teorías     de     la     argumentación    jurídica, las que sirven, entre otras cosas, para señalar que   

Una  decisión  judicial  se  considera  justificada  cuando  el argumento cuya conclusión expresa el contenido de dicha  decisión  es  un  buen argumento o un argumento sólido. El argumento contenido  en  una sentencia judicial es sólido cuando el conjunto de sus premisas (normas  jurídicas   más   enunciados  fácticos)  es  aceptable  y  su  estructura  es  lógicamente                correcta20.   

4. Modernamente  las  decisiones  judiciales  se profieren teniendo en  cuenta  criterios  de  razonabilidad y proporcionalidad que se edifican a partir  de  un  «test»,  entendido  como  una guía metodológica que se desarrolla en  tres   etapas  que  intentan  determinar:  (i)  La  existencia  de  un  objetivo  perseguido  a  través  de la norma. (ii) La validez de ese objetivo a la luz de  la  Constitución. Y, (iii) La razonabilidad de la relación de proporcionalidad  entre ese trato y el fin perseguido.   

5. El  concepto de razonabilidad puede ser aplicado satisfactoriamente  sólo  si  se concreta en otro más específico, el de «proporcionalidad», que  se     integra     con    tres    subcategorías21:  (i) La adecuación de los  medios  escogidos  para la consecución del fin perseguido. (ii) La necesidad de  la  utilización  de  esos  medios para el logro del fin (esto es, que no exista  otro  medio  que  pueda  conducir  al  fin  y que sacrifique en menor medida los  principios  constitucionales  afectados  por el uso de esos medios). Y, (iii) La  proporcionalidad  en  sentido  estricto  entre  medios  y  fin, es decir, que el  principio  satisfecho  por  el  logro  de  este  fin  no  sacrifique  principios  constitucionalmente más importantes.   

La  proporcionalidad  sirve  como punto de  apoyo   de   la   ponderación   (artículo   27   cpp-2004)   entre  principios  constitucionales:   cuando   dos  principios  entran  en  colisión,  porque  la  aplicación  de  uno  implica  la  reducción  del campo de aplicación de otro,  corresponde  al  juez determinar si esa reducción es proporcionada, a la luz de  la  importancia del principio afectado, y entonces se sopesan (ponderan) los dos  principios  que entran en colisión en el caso concreto para determinar cuál de  ellos  tiene  un  peso  mayor  en las circunstancias específicas, y, por tanto,  cuál de ellos prima la solución del caso.   

En  esta  variante  (de  prohibición  de  protección  deficiente),  el  principio  de  proporcionalidad  supone  también  interpretar  los derechos fundamentales de protección como principios y aceptar  que   de   ellos  se  deriva  la  pretensión  prima  facie de que el legislador los garantice en la mayor  medida    posible,   habida   cuenta   de   las   posibilidades   jurídicas   y  fácticas22.   

Estas premisas teóricas de argumentación  han  permitido  monolíticamente  a  la  Sala  de  Casación  Penal,  al  buscar  proporcionalidad  entre  los derechos de los victimarios, afincados regularmente  en   el   carácter   absoluto  de  los  derechos  de  primera  generación  del  decimonónico  Estado  Liberal  de  Derecho,  y  los  derechos  de las víctimas  (Estado  Social  y  Democrático  de  Derecho,  y  del  Estado Constitucional de  Derecho  –garantismo  de  los derechos de todos-), a ponderar que los últimos priman:   

No  se debe desconocer que en situaciones  de  sucesión o coexistencia de leyes ha de ser tenido en cuenta el principio de  favorabilidad,  sin  olvidar  que  en supuestos límite dicho postulado debe ser  ponderado  frente  a otros fines, valores y derechos fundamentales que lo pueden  hacer   ceder   y   producir   su   inaplicación23.    

II  

Interpretación en Derecho Penal  

Garantismo   designa   una   filosofía  política  que impone al Derecho y al Estado  la carga de la justificación  externa  conforme  a  los  bienes  y  a  los  intereses  cuya tutela y garantía  constituye  precisamente la  finalidad de ambos. En este último sentido el  garantismo  presupone  la  doctrina  laica de superación entre Derecho y Moral,  entre  validez y justicia,  entre   punto   de   vista   interno   (jurídico)  y  punto  de  vista  externo  (ético-político)  en la valoración del ordenamiento,  es  decir,  entre  “ser”  y “deber ser” del  derecho24.   

1.  Es  la  operación mediante la cual se  trata  de  asignar  sentido a los enunciados jurídicos, determinar su contenido  de  significado  y,  con  ello, su alcance normativo, proceso interpretativo que  parte  del  tenor  literal de los enunciados jurídicos que constituyen su   objeto,  criterio  gramatical-normativo  básico  en  derecho  penal  asociado a  consideraciones de seguridad jurídica y legitimidad democrática.   

La intención del legislador se consigna en  consideraciones  gramaticales  que  cuentan  mucho en la adscripción de sentido  del   enunciado  jurídico  porque  la  interpretación  es  principalmente  esa  asignación  en  el  marco  del  campo de sentido literal posible del mismo, que  además  tiene  que  ver  con  la integración del enunciado legal en un esquema  racional ordenado a la realización de una idea de Derecho.   

2.   La  doctrina  y  la  jurisprudencia  dominantes  señalan  que una interpretación constitucionalmente legítima debe  ser   respetuosa  del  tenor  literal  del  enunciado  y  mostrar  razonabilidad  axiológica;  adecuarse  a  la   orientación  material  de  la norma y ser  coherente  con  el  acervo  axial (plano político-jurídico), aspecto éste que  prima   en  aquellos  casos  de  fricción  con  la  literalidad  del  enunciado  jurídico-penal.  Vale  decir: no puede existir en la hermenéutica una absoluta  disolución  de  la  legalidad  positiva  pero  se  debe  buscar la racionalidad  teleológica,  cuál  es  el fin de la norma tanto como método para interpretar  su enunciado como resultado de la interpretación.   

3.  La interpretación teleológica de los  enunciados   jurídico-penales   señala   que   ellos  tienen  un  telos,  que  se  puede llamar “fin de  regulación”,  “idea  fundamental”,  “razón  justificante”,  y que no  siempre  aparece  expreso  en el enunciado jurídico pero puede ser descubierto,  logrado lo cual,   

cabe reconstruir el sentido del enunciado  jurídico   en    términos   de   racionalidad   teleológica,  es  decir,  configurarlo   como   medio   para  el  cumplimiento  de  dicho  fin25.   

4.       Ese       telos  puede  referirse a los fines que  el  legislador  histórico pretendía obtener con la promulgación del enunciado  en  cuestión,  como  también  a  fines independientes de esas pretensiones que  pueden  aparecer  por  falta  de  coherencia  entre  el  dispositivo legal y los  valores  superiores,  y  por  la  evolución  social.  Los primeros se descubren  empíricamente   a  través  de  materiales  legislativos  y  del  contexto  histórico  en el que se promulgó el enunciado,  mientras que los segundos  (salidos   de   una   interpretación   teleológico-objetiva)  resultan  de  la  interacción   del   legislador,    que  inserta  el  texto  del  enunciado  jurídico-penal  en  un  contexto  comunicativo,  y  el  intérprete,  quien  se  aproxima  al  referido  enunciado  desde un punto de vista externo a éste (pero  “interno” al Derecho).   

Los          telos     de     los     enunciados  jurídico-penales  son consideraciones acerca de las consecuencias fácticas que  debe  obtener  el Derecho Penal, así como a los principios axiológicos por los  que  éste  debe  regirse.  Vendrían  dados  por  la  específica  racionalidad  teleológico-valorativa  del  Derecho  Penal.  Y los elementos configuradores de  una  determinada  racionalidad  jurídica  se  manifiestan  en  la teoría de la  política  criminal  y, más en concreto, en la dogmática de la parte general y  de  la parte especial, como segmentos de la política criminal racionalizados de  modo          singularmente         intenso26.   

5. Así, pues, en la interpretación hay un  camino  progresivo  que  avanza  de la descripción legal al criterio valorativo  rector,  coincidiendo  la  mayoría  de  veces  la  interpretación  del sentido  literal  con  la  interpretación de sentido total, como adelante lo demostraré  en  el  asunto  de  la especie, aunque invirtiendo el orden de los factores para  una  mejor  pedagogía  de  la tesis que con fundamento toral en el Estado   de   Justicia,   proclamo   y  defiendo:   

Evidenciaré enseguida el estelar papel en  las  civilizaciones  de  hoy  del  Derecho Penal y uno de sus productos, la pena  legal  y  justa (iii), qué quiso el Constituyente (Acto Legislativo 03 de 2002)  y   el   Legislador  (Leyes  906  y  890  de  2004)  al  obedecer  el  estándar  internacional  (Reglas  de  Palma  y  Estatuto  de  Roma) de implantar una   sistemática  acusatoria  y cuál  fue la política criminal que se adoptó  (artículo  251-4 Const. Pol.) reflejada en las partes dogmática o procesalista  y procedimentalista del nuevo código (iv).      

III  

La    pena,    sus    fines    y    la  culpabilidad   

La pena y sus fines:  

1.   El  periplo  humano  dice  que  una  de  sus  mayores  preocupaciones  tiene  que  ver  con  la  determinación de los fines de la pena  porque  las  diferentes  posturas han debido enfrentar dos paradigmas: (i) el de  sancionar  porque  se  cometió un delito frente al de (ii) penar para que no se  cometa un nuevo delito.   

2. La  teoría  ha  permitido delimitar la existencia de unas teorías  absolutas  de la pena que corren en paralelo a las teorías relativas. Entre las  primeras  se  destaca  la  llamada teoría de la retribución, también conocida  como  teoría  de  la  justicia,  perspectiva  desde  la cual se entiende que el  delito  personifica  la  ejecución  de  un  mal  que debe ser compensado con la  realización  de  la justicia que se produce con la imposición de una pena. Dos  grandes  filósofos  desarrollaron  lo  que  se  ha  dado en llamar retribucionismo  ético  (Kant: la pena  es   un   imperativo   para   la   realización   de   la   justicia27)  y  el  retribucionismo        dialéctico  (Hegel:  la  pena constituye la negación del delito: se trata de  injusto y justicia).   

Las  teorías  relativas  se  desarrollan  teniendo  en  cuenta el fin preventivo de la pena. La prevención especial, cuyo  centro  de  atención  es el delincuente, a través de la pena busca mejorarlo o  resocializarlo  -también  se  ha  dicho  disuadirlo o inoculizarlo- para que no  cometa delitos en el futuro.   

La  prevención  general, que concentra su  mensaje  en  el  conglomerado  social,  busca  que la imposición de una pena se  convierta  en  medio  de comunicación o advertencia para que los miembros de la  sociedad  eviten  la comisión de delitos. La tendencia preventiva negativa hace  de  la  pena  un  mecanismo  de  coacción  psicológica  o  intimidatorio. Y la  prevención  positiva,  o  integradora,  se  construye a partir de relaciones de  confianza  y  fidelidad  al  derecho  que  conducen  a  la  aceptación  de  las  consecuencias cuando se comete un delito.   

3. Sin  embargo,  y  dado  el  cúmulo de críticas que no superan las  mencionadas    teorías,    muchos   autores   han   desarrollado   teorías  de  la  unión,  mixtas,           unificadoras,  en  la  pretensión  de  fundamentar  sólidamente  una  teoría  de  los fines de la pena a partir de un  sincretismo epistemológico.   

4. Adoptando   un   criterio  moderno  y  acorde  con  lo  desarrollos  teóricos  contemporáneos,  el  legislador colombiano de 2000 determinó que la  pena tiene fines   

de  prevención  general,  retribución    justa,   prevención  especial,   reinserción   social   y   protección   al   condenado28,   

pero aclaró que  

La prevención especial y la reinserción  social   operan   en   el   momento   de   la   ejecución   de   la   pena   de  prisión.   

Esta  fórmula  legal  introduce entre los  fines  de  la  pena  todos  los criterios que han sido desarrollados, procurando  responder  la  pregunta  de  si  se  pena  porque se delinquió o para que no se  delinca.   

La Constitución Política…establece una  verdadera  política  y  filosofía  del  derecho  penal  y  de  las  penas  que  condiciona  los  fines,  objetivos y clases de penas que pueden imponerse por el  legislador  penal:  las  penas  deben  ser  humanas,  dignificantes,  limitadas,  posibles          de          cumplir,         edificantes,         determinadas   y   conocidas,   deben  rehabilitar    y    socializar    al    condenado29.   

5. Hoy  en  día no es posible administrar con criterios absolutos los  fines  de  la  pena  porque  a  la  luz  de  los principios signados en la Carta  Política    y    los    tratados   internacionales   sería   inconstitucional,  pues   

la  pena  es  una  forma de intervención  estatal  radical  y  como  tal  necesita  un fundamento legitimador que no puede  consistir  en ideas metafísicas, sino sólo en la necesidad y conveniencia para  la  realización  de  tareas  estatales  (en  el caso concreto: el control de la  criminalidad)30.   

Si  bien modernamente se ha pretendido por  un  sector mayoritario de la doctrina dar respuesta a los fines de la pena desde  una  perspectiva  preventivo  general,  no se puede perder de vista que la pena,  por contener un reproche personal al autor del delito,   

No puede justificarse frente a éste sólo  con  su  necesidad  preventiva,  sino que también tiene que poder ser entendida  por    él    como   merecida   (lo   que)   sucede   cuando   es   justa, esto es, cuando se vincula a la  culpabilidad  del  autor  y se limita por el grado de la misma… Dicho en forma  simple:  la  pena  debe  permanecer  bajo  la  medida de la culpabilidad incluso  aunque   tenga   sentido   desde   un   punto  de  vista  preventivo31.   

Culpabilidad y pena:  

1. En  la  medida  en  que  se  ha propugnado por un derecho penal que  permita  hacer  responsable  a aquellos individuos por lo que han hecho y no por  lo  que  son,  porque  la  culpabilidad  dejó  de  ser un rasgo intrínseco del  sujeto,  se  ha  permitido entender la culpabilidad como cualidad que se predica  jurídicamente   de   una   persona   en  relación  con  la  conducta  ilícita  ejecutada.   

2.   El   «grado»  o  «cantidad»  de  culpabilidad  es  la  medida  de  la pena en tanto aquella determina el monto de  esta.  Al  quedar fijada la culpabilidad del autor se está predicando del mismo  su     responsabilidad,     de    donde    se    desprende    el    quantum  de  pena  a  imponer al sujeto  particular   y   concreto   por  su  calidad  de  responsable  de  una  conducta  delictiva.   

3. Si     la    culpabilidad    se    entiende    como    capacidad    normal   y   suficiente   de   motivación   por   la  norma  no  hay  lugar a discutir que, en la medida en  que  el llamado de la norma  es  recibido  por  el  sujeto,  dicho  mensaje  lo  motivará  a proceder en los  términos dispuestos por el ordenamiento jurídico.   

4. De  lo  expuesto  se  sigue  que  solamente  podrá ser tenida como  pena  justa  aquella  que  ponderada  a  partir  de  la  gravedad  del  hecho  frente a la culpabilidad del  responsable  de  la  acción,  está  en  capacidad  de  vigorizar  la confianza  colectiva  en  sus  instituciones  y la conciencia jurídica de la comunidad. La  pena  justa  no  puede pasar por alto que al Estado32,   

además de garantizarles la protección de  los  derechos  humanos  mediante  el ejercicio de un recurso en los términos de  los  artículos  8  y  25  de  la  Convención  Americana  de  Derechos  Humanos  (le)   

[4.5.3.]  …  corresponde el correlativo  deber    de    juzgar    y    sancionar  las  violaciones de tales derechos. Este deber puede ser llamado  obligación    de    procesamiento    y    sanción  judicial  de los responsables de atentados en contra  de los derechos humanos internacionalmente protegidos.   

(…)  

4.5.5.  El  deber  estatal de investigar,  procesar   y   sancionar  judicialmente   a   los   autores   de   graves  atropellos  contra  el  Derecho  Internacional  de  los  Derechos Humanos no queda cumplido por el sólo hecho de  adelantar  el  proceso  respectivo,  sino  que  exige  que  este  se surta en un  “plazo  razonable”. De otra manera no se satisface el derecho de la víctima  o  sus  familiares  a  saber  la  verdad  de lo sucedido y a que se sancione     a    los    eventuales  responsables.   

(…)  

4.5.10. El derecho a la verdad implica que  en  cabeza  de  las  víctimas  existe un derecho a conocer lo sucedido, a saber  quiénes  fueron  los  agentes  del  daño,  a  que  los  hechos  se investiguen  seriamente  y  se  sancionen  por el Estado, y a que se prevenga la impunidad.   

(…) la Corte aprecia que, dentro de las  principales  conclusiones  que  se extraen del “Conjunto de Principios para la  protección  y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra la  impunidad”   en   su  última  actualización,  cabe  mencionar las siguientes, de especial relevancia  para  el estudio de constitucionalidad que adelanta: (i) durante los procesos de  transición  hacia  la  paz,  como el que adelanta Colombia, a las víctimas les  asisten  tres categorías de derechos: a) el derecho a saber, b) el derecho a la  justicia  y  c)  el  derecho  a  la reparación… (iv) el derecho a la justicia  implica  que  toda  víctima  tenga  la  posibilidad de hacer valer sus derechos  beneficiándose  de un recurso justo y eficaz, principalmente para conseguir que  su  agresor sea juzgado, obteniendo su reparación; (v) al derecho a la justicia  corresponde  el  deber  estatal  de  investigar las violaciones, perseguir a sus  autores    y,    si   su   culpabilidad     es     establecida,     de     asegurar    su    sanción.   

5. Pero  la  pena  no  solamente tiene que ser justa sino que debe ser  respetuosa  de  la  legalidad  existente;  se  debe  soportar  en los axiomas de  efectividad33  («facticidad»)  y  normatividad  («validez»)  del derecho, de  donde  su  legitimidad  dependerá  del  respeto  a los límites que disponga el  orden   jurídico   en  tanto  expresión  de  una  razonable  determinación  y  concreción   de   los   derechos   fundamentales34, que en el proceso penal se  predican       con       igual       énfasis35 tanto a favor del procesado  como         de         las        víctimas36 y la sociedad.   

6. Las  penas  establecidas  en la legislación penal han superado los  exámenes        de        constitucionalidad37  y  por  lo  tanto resultan  ajustadas        al        principio        de  proporcionalidad  para  sancionar  al  amparo  de sus  extremos  punitivos  los  ataques  que  puedan  recibir  los  bienes  jurídicos  protegidos,  de  donde  se tiene que la imposición de una sanción que desborde  el  tope máximo, se tace por debajo del límite mínimo o por vía de alguna de  las  instituciones del derecho premial conlleve una rebaja de pena más allá de  la     autorizada     legalmente,     debe    ser  corregida,  pues  desde  la  Constitución se reclama  imperativamente  que  los  poderes  públicos  en general, y la rama judicial en  particular,  desplieguen  su  actividad  de  manera encaminada a conseguir “la  efectividad  de los valores superiores de la justicia material y de la seguridad  jurídica”38:   

En  la  vida  en comunidad y de cara a la  organización  estatal,  a  la  par  de  los derechos esenciales de vida-libertad-igualdad, cobra especial  relieve  para  hacer  real  y  efectivo  el  valor  de dignidad, el derecho   a  la  seguridad,  y dentro de este el de seguridad  jurídica… Así es como el  derecho  a  la  seguridad  viene  a cobrar especial relevancia en el orden a la protección de la dignidad,  la  vida,  la  libertad  y la igualdad. Sin seguridad  material  y  jurídica de nada sirve la formulación  abstracta  de  derechos, el establecimiento de un Estado de Derecho se tornaría  inane  e  insignificante, pues la incertidumbre, la inseguridad, la variabilidad  de  las  situaciones  y por tanto la injusticia, cundirían, anegándose la vida  social   y  la  justicia  en  un  subjetivismo  peligroso  que  propiciaría  la  inconformidad, la violencia y la guerra civil.   

7. La  pena  que  legalmente  se  consagra  como  consecuencia  de  un  comportamiento  punible  está  ajustada dentro de unos límites que le permiten  caracterizarla  como necesaria, proporcional y razonable (artículo 3° cp) y en  tal  medida  con  ella  se  busca  obtener  como  fines  la prevención general,  retribución  justa,  prevención especial, reinserción social y protección al  condenado (artículo 4° cp).   

La clásica pauta “a cada uno lo que le  corresponde”  se  interpreta  comúnmente  como  una  apelación  al mérito o  demérito   personal.  Quien  la hace, la paga. A cada uno lo que ha ganado  limpiamente.  La   justicia  reparte  premios  y  castigos  atendiendo a la  relación  entre  la  causa  y su agente. El individuo se responsabiliza de  sí  mismo ante sí mismo y, sobre todo, ante los demás. El sistema judicial se  basa,      desde     siempre,     en     dicha     concepción     de    la  responsabilidad.39   

8.  La  pena  es  un  mal  necesario  que,  parodiando  a  Radbruch,  se  debe utilizar racionalmente hasta que la humanidad  encuentre  algo  mejor  para afrontar las conductas desviadas. La reparación no  tiene  el  poder  de  extinguirla  sino  en  contados  casos.  Pervive   la  retribución  justa  (artículo  4  cpp).  Y  el  monto  de  la  pena  debe  ser  proporcional   a   la   culpabilidad   del  autor,  cómplice  o  interviniente,  constituyéndose  en  referente  indiscutible  para la reparación de perjuicios  así  sea  en  sede  de  preacuerdos y negociaciones (artículos 34840,  34941     y     351     inc.     último42  cpp),  a  considerar en el  “arbitrio    ponderado”    que    otorga    el   normativo   “hasta” (artículos 288.3 y 351 inc. 1  cpp),  “acuerdo  que se  consignará   en  el  escrito  de acusación”, conforme a texto literal y  axiológicamente  limpio  ubicado  en  el  extremo  posterior  del  juicio  de  identidad  que  se  realiza  entre   la   antigua  sentencia  anticipada  y  la  primera  “modalidad”  de  preacuerdos  y  negociaciones  que  tifipica  el artículo 351 con el   nombre de “aceptación de los cargos”.   

Después  de  que las extensiones legales  del   principio   de  oportunidad  y  las  distintas  medidas  aceleratorias  no  resultaran   suficientes,  la  práctica judicial alemana ha encontrado una  solución  radical  propia,  que se  mantuvo durante muchos años encerrada  en  torres de silencio y que recientemente en los últimos años ha surgido a la  luz  de  la  opinión  pública.  Justo  aquí  es donde entran a jugar un papel  decisivo  los acuerdos informales en el proceso penal, que van a reducir el alto  número  de  causas,  los problemas de la práctica de la prueba en los procesos  muy  voluminosos  y  el  cuello  de  botella  de  la  acumulación  de  la vista  pública43.   

Y  no creo que imponiendo penas no legales  ni   justas  (artículos 3 y 4 cp) se construya tejido social, antes por el  contrario,     la     impunidad     –así  sea  parcial-  es  de  los  principales  combustibles  de  la  criminalidad,  además  que  está fuera de lugar el argumento económico de los  costos  carcelarios por manutención de presos como pretexto serio para prohijar  exenciones,  aunque  sean  fragmentarias, de pena concediendo rebajas que no van  para  generar  verdaderos  jubileos criminales en un país acosado por felonías  de toda laya.   

   

La  condena  condicional degeneró en una  especie  de  ius  primae  crimine  o derecho a delinquir por primera vez, con lo  cual  se  incrementó  la  criminalidad  y  se  llegó  a  un  verdadero jubileo  criminal,  a  modo  de  indulto  o de perdón predeterminado, siendo una latente  invitación     legal    a    la    delincuencia44.   

IV  

Sistema   acusatorio:   axiología   y  literalidad   

1.  El  marco  constitucional –Acto  Legislativo  03  de 2002- y sus  desarrollos  legislativos  -especialmente las leyes 906 y 890 de 2004- dicen que  con   la   colosal   empresa  de  la  implantación  del  “sistema  acusatorio  colombiano”,  se  buscó modernizar la vida jurídica del país, luchar contra  la  criminalidad  y  beneficiar  a  la  sociedad con justicia pronta y cumplida;  ejercer   la  justicia  penal  con  el  convergente  respeto  por  los  derechos  fundamentales  de  imputados,  comunidad y víctima; activar una sistemática de  partes  en  juicio  oral  y  público, que propicia control social, de cara a un  juez  independiente, autónomo e imparcial; y, en fin, trazar las líneas de una  política  criminal, que se adoptó como política de Estado, de lucha contra la  impunidad     con  fortalecimiento  del marco de derechos y garantías de procesados y víctimas, y  justicia                restaurativa45.   

        Bien  se  ha  dicho  que esta reforma tan solo incidió en la parte  orgánica  de  la  Carta toda vez que su parte dogmática permaneció inalterada  (preámbulo  y  artículos  1,  2,  6,  15, 28, 29, 30, 31 y 32) aunque, para la  temática  que nos ocupa, se ha de resaltar que el derecho fundamental al debido  proceso  público  (artículo  29  Const.  Pol.) está atravesado  más que  nunca  por  el  tipo de Estado  que profesa Colombia (Social y Democrático  de  Derecho,  artículo  1  Const.  Pol.) y sus fines (artículo 2 Const. Pol.),  cuyo  principal  valor  es el de la igualdad (artículo 13 Const. Pol.), además  que  los  derechos  de  las  víctimas,  protegidos  de antaño por el bloque de  constitucionalidad  (artículos  93  y  94  Const. Pol.), ganaron un refuerzo de  protección  por  la  múltiple  referencia  que  de ellos se hace en los nuevos  artículos  250  y  251  de  la  Carta,  y en las 89 citas que de ellas ocupa el  cpp-04.       

            2.   La   Corte  Constitucional  al  hacer una especie de balance de las “modificaciones” que  introdujo  el  Acto  Legislativo  03  de  2002  en  el  sistema  procesal penal,  encontró  : (i) la aplicación del principio “nemo iudex sine actore”; (ii)  se  mantuvo  el  carácter  judicial del órgano de investigación y acusación;  (iii)  se  creó  la figura del juez de control de garantías; (iv) se consagró  el  principio  de  oportunidad;  (v)  se dispuso el carácter excepcional de las  capturas  realizadas por la Fiscalía General de la Nación, autoridad que, a su  vez,  preservó  la  competencia para imponer medidas restrictivas del derecho a  la  intimidad, pero bajo control judicial posterior46; y, (vi) se acogieron en el  sistema   acusatorio   colombiano   fórmulas   mixtas  que  combinan  elementos  estructurales    de    las   subespecies   anglonorteamericano   y   continental  europeo47,  alentadas  por igual por la política criminal del acuerdo o del  consenso, o justicia consensuada.    

El  procedimiento  de  la plea bargaining  constituye,   utilizando   palabras   de   Amodio,  “una  verdadera  y  propia  exaltación  de  la  autonomía  de  las  partes”.  La  negociación  entre el  prosecutor   y  el imputado se ha convertido, estadísticamente, en el modo  más  habitual  de  definir los procesos penales como alternativa al sofisticado  mecanismo    impuesto    por    el   jury   trial48.   

3.   La   Corte   Suprema   de  Justicia  pioneramente sentenció que:   

las normas que  se    dictaron    para   la   dinámica  del sistema acusatorio colombiano, son susceptibles de aplicarse  por  favorabilidad a casos  que  se  encuentren  gobernados  por  el Código de Procedimiento Penal de 2000,  a   condición  de  que  no   se   refieran   a  instituciones propias del  nuevo  modelo  procesal  y  de  que los referentes de  hecho  en  los  dos procedimientos sean idénticos.   

No  se  puede  eludir  la  aplicación  del principio, por ejemplo, a situaciones en las cuales  la  ley  906  de  2004  no  contempla  privación  de la libertad en cierto caso  mientras  que la ley 600 sí, o en eventualidades en las que la primera consagra  bajo  determinadas  condiciones  la  libertad  provisional y en presencia de las  mismas la segunda la niega.   

En  el  caso  que  resuelve  la Corte, al  establecerse  que  la conducta punible de prevaricato por acción imputada tiene  prevista  pena  de  prisión  de  3  a  8  años y que el artículo 313-2   de   la   ley   906  de  2004  fijó como requisito de  procedencia  de  la detención preventiva en los delitos investigables de oficio  que  el  mínimo  de la pena prevista en la respectiva disposición sea o exceda  de  4  años,  es  claro  que ésta norma resulta aplicable al caso examinado en  virtud  del  principio  de  favorabilidad  penal  y  que,  por  lo  tanto,  debe  accederse  a  la petición inicial de la defensa”49.   

4.  El  Tribunal  Constitucional  en  la  sentencia  C-592/05,  luego  de  hacer varios reenvíos y acoger el contenido de  algunas  providencias de la Sala de Casación Penal50,    señaló    que    la  favorabilidad     era    aplicable    a supuestos de hecho de esa estirpe   

en  uno -el de la Ley 600 de 2000- y otro  -el  sistema  de la Ley 906 de 2004- pero que reciben  en  cada  uno  soluciones  de derecho diferentes. Mal  podría  en efecto pretenderse por ejemplo que se dé aplicación, en virtud del  principio  de  favorabilidad, a las normas que sobre principio de oportunidad se  establecen  en  la  Ley  906  de  2004  a hechos acaecidos con anterioridad a la  entrada  en  vigencia  de  dicha ley, pues ese es un elemento esencial del nuevo  sistema  que  no encuentra su equivalente en el sistema anterior regulado por la  Ley  600  de  2000  y  por  tanto  no  se  dan en relación con este último los  presupuestos  lógicos  para  la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad  (Negrillas agregadas).   

Agregó que  

la  interpretación  que se hace por esas  instituciones  (la  Fiscalía  General de la Nación y Ministerio del Interior y  de  Justicia)  tanto  del artículo 5° del Acto Legislativo 03 de 2002 como del  artículo  6°  de  la  Ley  906  de  2004 excluye en cualquier circunstancia la  aplicación  de  las  normas  de  la  Ley  906  de 2004 a hechos anteriores a su  entrada  en  vigencia  de  acuerdo  con  la  gradualidad   que  en ellas se  establece.   Aún si como lo hace el Vicefiscal General de la Nación no se  descarte   que  el  principio  de  favorabilidad  como  principio  rector  pueda  aplicarse  en  casos  concretos  que  puedan  llegar  a  presentarse  durante la  vigencia de la Ley 906 de 2004.   

Y concluyó:  

Así  las  cosas, dado que no queda   duda  sobre  la aplicabilidad del principio de favorabilidad penal, la  Corte -además de acoger, por ser claramente respetuosa de las  garantías  constitucionales,  la  interpretación adoptada por la Sala Penal de  la  Corte  Suprema  de Justicia como máximo tribunal  de  la  Jurisdicción  ordinaria  en este tema-, declarará la exequibilidad del  tercer  inciso  del  artículo 6° de la Ley 906 de 2004 por el cargo formulado,  pues  se  reitera  la única interpretación posible del mismo en el marco de la  Constitución  es  la  que   se  desprende   de la conjugación de los  principios  de legalidad, irretroactividad de la ley y favorabilidad penal a que  se  ha  hecho  extensa  referencia, lo que pone presente que en manera alguna se  pueda    desconocer   la   aplicación   del  principio  de  favorabilidad,  contrariamente a lo que afirma el actor.   

Es  la  llamada  “teoría  del  derecho  viviente”,  que  la Corte Constitucional aplica apenas esporádicamente.   Pero  ese Alto Tribunal, no obstante el artículo 243 Const. Pol., referido a la  “cosa  juzgada  constitucional”,  varió a través de numerosas providencias  dictadas  en sede de revisión de tutelas,  como sonora pero acríticamente  se  relaciona  en  la  providencia  triunfante, ese inicial criterio al reclamar  para  la  procedencia  de la favorabilidad  en esa sucesión y coexistencia  de  procedimientos  y  de  leyes,  no  ya que las figuras fueran idénticas sino  similares,   cambiando   las   reglas   del  juego51.   

Rónald Dworkin analiza cómo a través de  frases  y  giros  de  lenguaje  se  fuerza  la  interpretación  jurídica hasta  límites  insospechados;  y  Beccaría escribió que “la arbitrariedad se  instala  cuando  el castigo no depende de la voz constante y fija de la ley sino  de  la errabunda inestabilidad de las interpretaciones”, que Ferrajoli señala  como  característica de los modelos autoritarios y de derecho penal máximo que  pretenden liberar al juez del principio de estricta legalidad.   

5. El artículo 4° del Acto Legislativo 03  de  2002  ordenó  crear una Comisión para que “presente a consideración del  Congreso  de  la  República… los proyectos de la ley pertinentes para adoptar  el  nuevo  sistema…”,  entre  los  cuales se incluyó una reforma al Código  Penal para aumento de penas con esta motivación:   

“Atendiendo   los   fundamentos   del  sistema  acusatorio, que  prevé  los  mecanismos  de  negociación      y     preacuerdos,  en  claro  beneficio  para la administración de justicia y los  acusados,  se  modificaron  las penas…”.   

En  la Ponencia para primer debate se dijo  que   

“La   razón   que   sustenta   tales  incrementos    está    ligada    con    la   adopción   de   un   sistema  de  rebaja  de  penas (materia  regulada  en  el  Código de Procedimiento Penal) que surge como resultado de la  implementación  de  mecanismos  de  ‘colaboración’  con  la  justicia  que  permitan  el  desarrollo  eficaz  de las  investigaciones  en  contra  de  grupos  de  delincuencia organizada y, al mismo  tiempo,   aseguren   la   imposición  de  sanciones  proporcionales  a la naturaleza de los delitos que se  castigan”.   

El Senador Rojas dijo:  

Yo  tenía  la  misma  preocupación  del  Senador  Martínez  en  relación con las penas… pero aquí lo que habría que  decir  es  que  en el Código de Procedimiento Penal seguramente tiene que ir un  sistema  de  graduación  de  las  penas  por  lo que sustancialmente cambió la  función  de  la  Fiscalía  que  ahora no practica pruebas, que ahora no cumple  funciones  judiciales  y  que  en  consecuencia  va a significar que haya muchas  posibilidades     de     negociación,      de      acuerdos  entre  los  sujetos  procesales con miras a obtener un resultado  aceptable.   

El     Senador     Rivera    Salazar  expresó:   

El  sistema  acusatorio  es  un  sistema  básicamente   de  rebaja  de  penas  y  de  otorgamiento  de  beneficios  y  de  negociación   y   de  acuerdos   entre   la  Fiscalía  y  la  defensa…  el  sistema  está  concebido de esa manera, es un  sistema     de     rebaja    de    penas,    un    sistema    de    preacuerdos,     de    negociación   entre   Fiscalía   y  defensa.   

6.  Aciertan  en  sus  apreciaciones los  Legisladores  porque  la  Comisión Constitucional Redactora había acogido como  criterio  rector  básico  de  la  nueva sistemática, la política criminal del  consenso    o    justicia   consensuada  que  superaba  con   creces  la  filosofía del sometimiento  recogida  en el artículo  40  Ley  600 de 2000 con descuento fijo, y que encuentra respaldo en los valores  justicia  y  orden  justo,  en  los   principios  de  la  dignidad humana y  democracia  participativa y pluralista, y en el fin del Estado Social de Derecho  de  facilitar  la  participación  de  todos  en las decisiones que los afectan,  consultando       la       doctrina       globalizada      del      pattegiamiento     italiano,     el  asprach   alemán,   el  plea         bargaining         anglosajón              y              la             conformidad    española52.  Y  se  estableció un descuento a ponderar (“hasta”), con   

Una relación  de política criminal  global  (sistémica) entre el descuento punitivo y el incremento generalizado de  penas  (leyes  906 y 890/04): “Un ordenamiento jurídico es un sistema en cuyo  seno  las  normas carecen de existencia singular pues sólo adquieren sentido en  función            del           todo”53.   

7.    La   Corte   Suprema54 insistió  en  el  criterio  que  el  allanamiento o aceptación de cargos no es igual a la  sentencia   anticipada,   pues  en  aquél  instituto  se  presenta  una  activa  participación   del  fiscal  y  del  imputado  que  incluye  las  consecuencias  punitivas  derivadas  de  lo  aceptado,  al  punto  que  la ley obliga al juez a  respetar  los  acuerdos,  aspectos  que  no eran contemplados en la legislación  anterior   toda   vez   que   en   ella   no   se   previó   ningún   tipo  de  negociación55. Se agregó que   

la  comparación institucional de las dos  figuras  en  estudio,  es  decir,  la  sentencia anticipada del sistema procesal  anterior  y  la aceptación de cargos o de imputación actualmente reglada en la  Ley  906  de  2004 no son iguales, toda vez que pertenecen a sistemas procesales  de   enjuiciamiento   contrapuestos,   conclusión   lógica   y  jurídica  que  necesariamente  conlleva  a  excluir  la pretendida aplicación del principio de  favorabilidad  que reclama la Procuraduría Delegada, pues si bien es cierto que  la   Sala   ha   admitido   la   operancia  de  la  favorabilidad  frente  a  la  “coexistencia”  de legislaciones, también  lo  es  que   ella   se  verifica  siempre  y  cuando  los   institutos  partan  de los mismos supuestos de hecho, evento que en este caso no  ocurre.   

Y se puntualizó que  

aducir que los dos institutos son iguales  por  cuanto  inciden en el campo de la punibilidad, es una afirmación sesgada y  genérica  que  no consulta tanto la estructura de cada sistema como los motivos  por  los cuales fueron incorporados a cada legislación, resaltándose que en la  Ley  906  de  2004  impera  como  principio la justicia consensual propia de los  sistemas de corte acusatorio.   

En   otra   providencia   se   recalcó  que   

la   aplicación  de  la  favorabilidad  respecto  de  determinadas normas contenidas en la Ley 906 a casos regulados por  la  Ley  600, depende de la equivalencia de los respectivos institutos, la cual,  desde  ya  se  advierte,  no  se  consolida en los casos de la aceptación de la  imputación  en la audiencia de su formulación prevista en los artículos 293 y  351  de  la  primera  normatividad,  y  la  sentencia  anticipada regulada en el  artículo  40  de la segunda, pues además de que fueron moldeados con arreglo a  esquemas   constitucionales   diferentes,   configuran   institutos   procesales  sostenidos   en  bases  filosóficas  distintas:  aquél  en  el  paradigma  del  consenso,    ésta   en   el   del   sometimiento56.   

V  

Conclusiones  

          1. Las dos Cortes  nacionales  en  ejercicio  puro de sus funciones constitucionales de unificar la  jurisprudencia  nacional  al  hilo  de  los mandatos superiores y de definir los  alcances  de  los  derechos  fundamentales  en sentencias de constitucionalidad,  dijeron  que  en  el  tránsito  y coexistencia de los códigos de procedimiento  penal    de    2000    y    2004    era   viable   el   principio   –derecho de favorabilidad a condición  de:  (i)  no ser la figura correspondiente estructural de la nueva sistemática,  vr.  gr.,  el  principio de oportunidad, no obstante los vestigios que existían  en  la  antigua  codificación;  y  (ii)  ser  idénticas  las  dos figuras, por  ejemplo:   la   definición   de  situación  jurídica.  De  suerte  que:    

         

2.  La  doctrina  comparada,  de  donde el  legislador   nacional  tomó  la figura, puntualiza: (i) El instituto de la  conformidad  o de los acuerdos, es claro exponente del principio de oportunidad;  y    (ii)    la    conformidad    es    un   instituto   típico   del   sistema  acusatorio57.   

         3.  La política criminal del consenso que alentó al Constituyente y Legislador  históricos  de  2002  y  2004,  es distinta a la del sometimiento que rigió la  sentencia      anticipada      antigua      (2000),     aquella     –la del  acuerdo- recogida en los  artículos  8-d  y 10- de Principios y Garantías- y 354 -reglas comunes-, entre  otros.   

4.  Este  acervo  axial  y  de política  criminal  distinto,  llevaron  a  que  el  texto  de  las normas positivas fuera  claramente diferente (artículo 27 ccc):   

i) “Sentencia  Anticipada. A partir de la diligencia de indagatoria  y  hasta  antes  de  que  quede  ejecutoriada  la  resolución  de  cierre de la  investigación,  el  procesado  podrá solicitar, por una sola vez, que se dicte  sentencia  anticipada…  El juez dosificará la pena que corresponda y sobre el  monto  que  determine  hará una disminución de una tercera (1/3) parte de ella  por  razón  de  haber  aceptado  el procesado su responsabilidad…58.   

ii)  La  aceptación   de los cargos  determinados  en  la  audiencia  de formulación de la imputación, comporta una  rebaja  hasta de la mitad de la pena imponible, acuerdo que se consignará en el  escrito           de           acusación59.   

5.  Por  esas  razones,  la aparente mayor  rebaja  que  contempla  la  última  preceptiva  no  se  puede aplicar por   favorabilidad  porque  es  “ilegal” de acuerdo con la propia interpretación  de  la  Corte  Constitucional en decisión  que hizo tránsito a  cosa  juzgada  (sentencia C-592/05), toda vez que la especie justicia consensuada y el  género  principio  de  oportunidad, son características del sistema acusatorio  global   y  colombiano  que   histórica  y   axiológicamente  marcan  diferencias     radicales     con     el    Ancien  Regimen  del  procesalismo  penal  nacional. Y no son  instituciones  idénticas,  talvez  lejanamente parecidas como dos primas de una  misma familia.   

Y si se hace un acertado uso del factor de  ponderación  “hasta” y no se aplica automática e irracionalmente el 50% de  rebaja,  no  siempre  la  rebaja  fija  de  la  tercera  parte  consagrada en el  artículo  40 Ley 600/00 sería inferior a aquella, además qué tal si se acoge  el  criterio  “garantista” según el cual la Ley 890/04, que en su artículo  14  sólo aumenta penas, rige desde siempre y en todo el país, que –concedo-  tiene  su  lógica desde el  seno  de la legislación que fijó posibilidades (“hasta”) de topes altos de  descuentos  para alentar al procesado a  buscar acuerdos que agilizaran los  procedimientos,  pero  con el simultáneo incremento punitivo de todos los tipos  penales  para que no hubiera impunidad, criterio rector de la política criminal  adoptada  para  la creación de la nueva sistemática procesal penal,  como  se resaltó atrás por repetida vez.   

VI  

Refrendación de un criterio  

1. Mirando  procedimentalmente  la  figura se encuentra fácilmente que al detallarse el trámite  de  la  audiencia  de la formulación de la imputación, se le señala al fiscal  entre  sus  deberes  el de expresar oralmente (art. 288.3) la “posibilidad del  investigado   de  allanarse   a  la  imputación  y  a  obtener  rebaja  de  pena   de  conformidad  con  el  artículo  351”,  que  puede suceder por  iniciativa   propia  o  por  acuerdo  con  la fiscalía (art. 293) pero que  siempre    requerirá    de    acuerdo  respecto  del  “hasta”  de  la  aminoración  de pena pues no  siempre  será  el  50%,  como sin fundamentación se viene aplicando en algunas  instancias   tal   vez   para   aligerar  presupuestos  carcelarios  y   de  congestión  judicial.  Es  que  la aceptación de la imputación  a que se  refieren  los  artículos  288.3 y 293 –se reitera-,   

comporta   una   rebaja   hasta   de   la   mitad  de  la  pena  imposible,  acuerdo que se  consignará en el escrito de acusación.   

   

     

2. Desde          el          ámbito         del         procesalismo,    se   pregunta:   (i)  ¿Será   que  cuando  el  imputado  acepta  los  cargos   pero no por  acuerdo    sino   por   allanamiento,   sí   puede  retractarse –art.  293 inc. 2 cpp-?. (ii) ¿Será que si  la aceptación de  cargos    sucede    por    allanamiento   y   no   por   acuerdo,   serán   existentes   las   realizadas   sin   la  existencia  del  defensor   -art.  354  cpp-?. (iii)) ¿Será que  sí   es   posible  utilizar  en  contra  del   imputado  las  conversaciones  tendientes  a lograr un  allanamiento  como  no  es posible hacerlo con los que buscan “un acuerdo para  la  declaración  de  responsabilidad  en  cualquiera de sus formas”, art. 8-d  cpp?.  Y,  (iv)  d)  ¿Será que puede el juez autorizar los acuerdos  pero  no   los  allanamientos  –arts.  10  inc. 4 y 293  inc. 2 cpp?.   

Las    respuestas    dicen    que   la  “aceptación   de la imputación”,  bien por iniciativa propia del  imputado  o  por  acuerdo  con  la  fiscalía,  es  figura  global  –política    criminal-    de    la  justicia  consensuada que,  como  primera  modalidad,  registra   el  art.  351  inciso  inicial  en  texto  claro   que  reclama  “acuerdo”  para  fijar  el  “hasta” de la disminución punitiva.   

3. Así, siguiendo las pautas del Tribunal  Constitucional:  (i)  el  nuevo  código  de  procedimiento  penal  adoptó como  vertebral    de    su    sistemática,    la    filosofía    del   acuerdo     y     la     negociación  consagrando       en      el      art.      351     sus     “modalidades”,  en  cambio  de  la del  sometimiento del anterior  con   su   figura   estelar  de  la   sentencia  anticipada  (art.  40  ley  600/00).   Y,  (ii)  si  bien  es cierto que la primera “modalidad”, en  comienzo  tiene  perfiles  parecidos  a  ésta  -sometimiento o aceptación  unilateral  de  la  imputación-,   al requerirse de acuerdo o negociación  para   fijar  el  “hasta” de la pena imponible, presenta una mixtura de  las  antiguas  sentencia anticipada y audiencia especial, que hace exótico  el    predicado    de    identidad    entre esas figuras.   

4.  Recuérdese  que el cpp-91 acuñó por  primera  vez  en  Colombia la terminación anticipada  del  proceso  creando  las  figuras  de  la sentencia  anticipada  (art.  37) y la audiencia especial (art. 37B), la  primera   de   las   cuales  implicaba  sometimiento con descuento  fijo   y   la   segunda  negociación,   que  por  supuesto   las   hacía   bien   diferentes.   El  Código   de  2000  (Ley  600/00)   sólo  consagró la primera especie y no la segunda, mientras que  el  estatuto  de 2004 estableció todas las modalidades bajo el rubro general de  “Preacuerdos   y   Negociaciones”   en   el   título   II  del  Libro  III,  “justicia  negociada”,  que  refleja,  además, la  influencia de figuras globalizadas, universales  y  trasnacionales  como  la  conformidad               española,              el              pattegiamiento     italiano,     el  asprach  alemán  y  el  plea   bargaining   anglosajón. Y,   

5. En fin: al respetar lo que originalmente  dijeron  las  Cortes colombianas sobre la viabilidad del principio-derecho de la  favorabilidad  en  el tránsito y/o coexistencia de estatutos procesales penales  (Leyes  600-2000  y  906-2004),  la  figura  del acuerdo y de la negociación es  propia,  característica,  típica  y  medular  del  sistema acusatorio, y no es  idéntica  a  la  sentencia  anticipada  del viejo código porque tanto la   axiología  contenida  en  la  política  criminal  respectiva  como  los textos  positivos  que  elaboraron  los  legisladores  históricos correspondientes, los  hacen  diferentes.  Por eso estimo que la interpretación en contrario es ilegal  y   sobre   un   tal  predicado  no  se  pueden   edificar  derechos.    

Cordialmente,  

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Magistrado  

Fecha   ut  supra.   

    

1Sentencia   del   8   de   abril   de  2008,  radicación  número  25306;   en  el mismo sentido sentencia del 16 de abril de 2008, Rad. Núm.  25304.   En  el  mismo  sentido,  CORTE  CONSTITUCIONAL,  sentencias T-091,  T-941, T-797, T-966 del 2006 y T-356 del 2007   

2“…contrario a lo que de antaño se  pregonaba,  el presupuesto se materializa ante la comparación sistemática y la  esencia    de    los    dos   institutos:     fines,   trámite,   consecuencias,  condicionamientos, comportamiento procesal de las partes; lo que  lleva   por  contera  a  asomar  que  la  sentencia  anticipada  se  ofrece  esencialmente  igual  al allanamiento a los cargos, no sólo en cuanto que ambos  son  especies  de  derecho  premial,  sino  también  porque  los  dos persiguen  idénticos  fines  tales  como:  la  economía  procesal,  la realización de la  justicia  material,  el  efectivo  castigo  al  delincuente  y la descongestión  judicial.   

Se   aviene  esa  identidad  con  otras  particularidades:    

i)   Tanto  el  allanamiento como la  sentencia   anticipada  se  surten  ante  funcionario  judicial  (juez  de   garantías en la Ley 906, fiscal en la Ley 600).   

ii)  En ambas actuaciones debe estar  el  imputado  asistido de defensor, sin importar la oportunidad en que se lleven  a cabo.   

iii)   Las dos se pueden ejecutar en  una  misma  fase  procesal,  esto  es,  tanto  en  la  investigación como en el  juzgamiento.   

iv)  Las dos exigen como presupuesto  la  vinculación  del  imputado  a  la actuación (formulación de imputación o  indagatoria, respectivamente).   

v) Una y otra se pueden solicitar desde el  momento mismo de la vinculación.   

vi) En  las dos hay de por medio una  manifestación  unilateral,  espontánea, de responsabilidad o de aceptación de  cargos.   

vii)  Las  dos exigen admisión de cargos  sin condicionamiento alguno.   

viii)   En  ambas,  el  funcionario  judicial   ante   quien  se  aceptan  (fiscal  o  juez  de  garantías)  pierden  competencia  al suscribirse el acta correspondiente.   

ix)  Las dos figuras comportan que el  allanamiento  o  la  aceptación  sirven  como  acusación  y de fundamento a la  sentencia.   

x)   Frente  a  las  dos  el  fallo  es  condenatorio e implica una rebaja de pena.   

xi)   En  ninguna  de  las  dos  es  admisible la retractación.   

xii)   En  las  dos,  el  juez  de  conocimiento  tiene  como  únicas opciones dictar sentencia o decretar nulidad,  dependiendo de si se afectaron o no garantías fundamentales.   

xiii)  Ambas admiten las aceptaciones  parciales.   

xiv)  Tanto en una como en otra para  su concreción punitiva el juez debe acudir al sistema de cuartos.   

xv)   Frente  a  la  sentencia  al  condenado  y  a  su  defensor se les limita el interés jurídico para recurrir,  como  que  –entre otros-  ni   sobre   la  responsabilidad,  ni  sobre  las  pruebas  pueden  impugnar  el  fallo.   

xvi)  Para el trámite de las dos el  imputado  o  sindicado  debe renunciar a alguna garantías fundamentales como la  presunción  de inocencia, a un juicio completo, a no declarar contra sí mismo,  etc.   

xvii)  En ninguna de las dos, acusado y/o  fiscal  tienen  ingerencia (ni siquiera para sugerirla) en el monto de la pena y  en el procedimiento a seguir para su tasación.   

…no  se  muestra  exótico, y en cambio  sí   se  ofrece  como  postulado  necesario  en  aras  de  una  debida  aplicación  de  un  derecho  procesal  penal  con claros  raigambres  constitucionales,  el  acopiar el precepto contenido en el artículo  351  de  la  Ley  906 de 2004 y traerlo a situaciones bajo la vigencia de la Ley  600,  artículo  40.  Para decirlo de otra manera, debió la Sala Penal del  Tribunal  Superior  de  …  al  momento  de  conocer  del trámite por vía del  recurso  de apelación de la sentencia estudiar la norma en cita, no obstante no  hacer  parte  del  andamiaje procesal por el que se regentó el instructivo pero  sí  en  un  claro  acatamiento  del  principio universal de la favorabilidad en  materia  penal  y  de favor rei;  con un argumento adicional: para  la  época    en    que    el    juez    colegiado    se   pronunció   –y   mediando   petición   en  ese  sentido-  ya había entrado a regir la novísima legislación en su distrito por  lo  que  se  les  imponía  su  observancia…”.  Acción de Tutela, Rad.  Núm. 32637 del 24 de agosto de 2007.   

3Una  de  esas  conductas  la cometió en vigencia del Decreto 100 de 1980 y las otras  tres  las  cometió  en vigencia de la Ley 599 de 2000.  (cfr. Sentencia de  primera instancia).   

4El  juzgado  encontró  que cometió cuatro delitos de fraude procesal, uno de ellos  en  vigencia del decreto 100 de 1980, y los otros tres en vigencia de la Ley 599  de  2000.   Entonces,  aplicó  para  una  conducta,  por favorabilidad, el  decreto  derogado,  y  para las otras tres, la Ley 599 sin incrementos punitivos  (entre  otras razones porque para la época en que se cometieron, aún no había  entrado  a  regir  la  Ley  que incrementó las penas).  El punto es que la  conducta  básica de fraude procesal que reviste mayor gravedad y a partir de la  cual partió el juez en su tarea dosimétrica es una de esas tres.   

5Cfr.  CORTE CONSTITUCIONAL, Sentencia C-070 de 1996.   

6El  salario  mínimo  legal  mensual  para  el año 2001 era de doscientos ochenta y  seis mil ($286 000) pesos.  Decreto 2579 de 2000.   

7Cfr.  Auto del 4/2/1997, rad. Núm. 12697.   

8Cfr.  Página 110 del fallo de primera instancia.   

9  Sentencia de segunda instancia, radicado 23.567   

10  Incorporados  a  nuestra legislación interna, por virtud de la Ley 16 de 1972 y  de la Ley 74 de 1968, respectivamente,   

11  Sentencias   de   la   Corte   Constitucional   C-409   de   1999   y  C-040  de  2002.   

12  Sentencia C-104/93, M.P. Alejandro Martínez Caballero   

13  Sentencia T-098 de 1996, páginas 27 y 28.   

14  “Y,  así,  debiendo  la  ley,  en virtud de tales exigencias concebir la pena  como  un  mal  necesario  y proporcionado  a  la   gravedad  del  delito,  en  el  corazón  mismo del  principio  de  legalidad   se  halló  inscrito,  naturalmente, otro, el de  intervención  mínima o proporcionalidad   en   sentido   amplio”.  Tomás  Vives  Antón,  Principio  de  legalidad,  interpretación  de  la ley   y   dogmática  penal,  en Estudios de filosofía del derecho  penal, Bogotá, Uni-Ext., 2006, p. 298. El principio  de  legalidad  aparece,  además  de  antitético  del  principio de oportunidad  (artículos  250  Const. Pol. y 321-330 cpp-2004), en el estatuto procesal penal  último  como  principio  rector  y  garantía  procesal  (artículo  6), y como  criterio  modulador  de la  actividad procesal (artículo 27). Para mí una  pena  es legal cuando se tasa dentro de los parámetros que establece la ley. El  valor  justicia  implica  que  no  haya impunidad. Y no hay pena justa cuando se  reconocen   atenuantes  ilegales,  es  decir,  que no contempla la ley  como    “fin   de   regulación”,   “idea   fundamental”   o   “razón  justificante”,  o  porque  no  haya  razonabilidad  axiológica  que  entre en  fricción   con   el   tenor   literal   del   enunciado,   como   adelante   lo  demuestro.   

15  Yesid    Ramírez    Bastidas,    Aclaración   de  voto,  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación  Penal,  sentencia  de  casación  de 16 de mayo de 2007, radicación 23934, M.P.  Álvaro  Orlando Pérez Pinzón. El principio de legalidad se traduce en materia  penal  en  la  necesidad  imperiosa  e  insoslayable de que el legislador defina  previamente  el delito y la pena, el juez competente, las formas propias de cada  juicio  y  las  condiciones de ejecución de la sanción, con lo que se delimita  el    ejercicio    del   ius   puniendi  y  se  ata  al  parlamento a los contenidos supremos, pues éste  debe  responder  “a  la  realización  de los fines sociales del Estado, entre  ellos,  los  de  garantizar la efectividad de los principios, derechos y deberes  consagrados  en la Constitución y de asegurar la vigencia de un orden justo”.  Corte Constitucional, Sentencias SU-1722/00 y C-070/96.   

16  “La     garantía     de     la    defensa    corresponde    a    todas  las  partes…  De  hecho,  en  muchos  casos  es  una   afirmación  casi  automática,  aquella de que la  defensa   corresponde   a   la  parte  pasiva  del  juicio…  Sin  embargo,  no  consideramos  acertada esta reducción subjetiva de la garantía de la defensa a  una  sola parte, sino que, por el contrario, entendemos que se dirige y ampara a  todas   las   partes  del  proceso,  en  lo  que  constituye,  por  cierto,  una  característica  esencial  a  tener  en  cuenta  para  la elaboración  del  concepto  de esta garantía constitucional”. Alex Carroca Pérez, Garantía   constitucional   de  la  defensa  procesal,  Barcelona,  Bosch,  1998, p. 86-87. Y además resulta elemental  que  la parte sea parcial por y para sus intereses; que el litigante también lo  sea  según  los  intereses  de  la   parte  que  asiste,  sea  victimario,  víctima,    tercero    civilmente   responsable   o   asegurador   –sistema  de  partes-;  pero el juez  tiene  que  ser imparcial,  independiente  y  autónomo,  el fiel de la balanza a través de la ponderación  de  derechos.  María  Inmaculada  Ramos  Tapia,  Los  deberes   de  imparcialidad  y  vinculación  exclusiva  al  Derecho,      en      El     delito     de  prevaricación,   Valencia,   Editorial  Tirant  lo  blanch, 2000, p. 146.   

17  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala de Casación Penal, providencias 11 julio de  2007 y 10 abril 2008.   

18  Manuel  Atienza,  Las razones del derecho, México, UNAM, 2003, p. 1.   

19  Manuel   Atienza,   Las   razones…,  ob. cit., p. 25-26.   

20  Pablo    Raúl    Bonorino    y    Jairo   Iván   Peña   Ayazo,   Argumentación   judicial,   Bogotá,  Consejo Superior de la Judicatura, 2003, p. 23.   

21  Robert    Alexis,    Teoría   de   los   derechos  fundamentales,    Madrid,   Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993.   

22  “En  razón  de esta función, la ponderación se ha convertido en un criterio  metodológico  indispensable  para el ejercicio de la función jurisdiccional…  que   se   encarga   de   la  aplicación  de  normas  que,  como  los  derechos  fundamentales,  tienen  la   estructura  de  principios”.  Carlos  Bernal  Pulido,  El  derecho  de  los  derechos, Bogotá, Uni-Ext., 2005, p. 139 y 97.   

23  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal, providencias de julio 11 de  2007  y  abril  10 de 2006. Corte Constitucional, Sentencias C-580/02, C-004/03,  C-979/05,  C-1154/05,  C-370/06,  C-454/06  y  C-209/07.  Por  supuesto  que las  víctimas  son  titulares  de  un  amplio  elenco  de derechos fundamentales que  ganaron  espacio en la conciencia de los Pueblos, en su  axiología y en la  normatividad   positiva,  especialmente  después   de  la  Segunda  Guerra  Mundial  (1945),  cuando el Estado Social y Democrático surge para proteger los  derechos  de  tercera  generación,  en  particular  la Paz (artículo 22 Const.  Pol.).  La  Carta  Política les hace un amplio registro en los artículos 1, 2,  15,  21, 29, 229, 250 y 251, además del bloque de Constitucionalidad (artículo  93  Const.  Pol.),  que  se  han  materializado en derechos a la verdad sobre lo  ocurrido   (para  la  memoria  individual  y  colectiva,  y  para  que  no  haya  repetición),  para  que haya justicia (se evite la impunidad, así sea parcial)  y   efectiva   reparación   (que  en  sus  distintas  vertientes,  requiere  de  verdad  completa y   penas   “legales”  y  “justas”).   

24  Luigi   Ferrajoli, Derecho y Razón. Teoría del  garantismo  penal, Madrid, Editorial Trotta, 1995, p.  853.        “Son         ‘derechos  fundamentales’    todos    aquellos   derechos   subjetivos   que   corresponden  universalmente  a  todos  los  seres humanos en cuanto dotados del status  de personas, de ciudadanos  o  personas  con  capacidad  de  obrar;  entendiendo  por derecho subjetivo  cualquier  expectativa  positiva  (de  prestaciones)  o  negativas (de no sufrir  lesiones)  adscritas  a  un  sujeto  por  una  norma  jurídica; y por status la  condición  de  un  sujeto,  prevista asimismo por una norma jurídica positiva,  como  presupuesto de su idoneidad para ser titular de situaciones jurídicas y/o  autor  de  los  actos  que  son  ejercicio  de éstas”. Luigi  Ferrajoli,  Los      fundamentos     de     los     derechos  fundamentales,  Madrid,  Editorial  Trotta, 2001, p.  19.   

25  Jesús-María    Silva    Sánchez,    Sobre    la  “interpretación”  teleológica en Derecho Penal,  en  Estudios de filosofía  del   Derecho   Penal,  Bogotá, Uni-Ext., 2006, p. 373.   

26  Jesús-María   Silva   Sánchez,  Sobre…, ob. cit., p. 376.   

27  Kant  señala  que  “cuando se infringe la justicia no tiene ningún valor que  los hombres vivan sobre la tierra”.   

28  Código Penal de 2000, artículo 4°.   

29  Jesús  Orlando  Gómez López, La teoría del delito  desde  la perspectiva de la Constitución venezolana,  Barquisimeto, Judec, 2008, p. 38.   

30  Claus   Roxin,   Conclusiones   finales  en  Crítica  y  justificación  del  derecho  en  el  cambio de siglo, Cuenca, Universidad  Castilla-La  Mancha,  2003, p. 319. “Un adecuado sistema de política criminal  debe  orientar  la  función  preventiva  de  la  pena  con  arreglo a los   principios  de  protección  de  bienes  jurídicos,  de  proporcionalidad  y de  culpabilidad,  Síguese de ello, que la Constitución conduce a un derecho penal  llamado  a desempeñar, dados unos presupuestos de garantía de los derechos del  procesado  y  del  sindicado, una función de prevención general, sin perjuicio  de  la  función  de  prevención especial”. Corte Constitucional, Sentencia 7  dic. 1993.   

31  Claus       Roxin,      Conclusiones… ob. cit., p. 319.   

32  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, auto de segunda instancia  de 11 de julio de 2007, radicación 26945.   

33  Mientras  que  para  Kelsen la efectividad aparece vinculada a la existencia del  Estado  y  a  la  capacidad  de imposición política, para Hart el principio de  efectividad se plasma en términos de regla o práctica social.   

34  Joseph  Aguiló  Regla,  Sobre  la Constitución del  Estado  Constitucional, Doxa, 24, Alicante, 2001, p.  455.   

35  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, autos de segunda instancia  de  11  de  julio  de  2007,  radicación  26945,  y  de  10  de  abril de 2008,  radicación 29472.   

36  Véanse:   Gerardo   Landrove   Díaz,   La  moderna  victimología, Valencia, Editorial Tirant lo Blanch,  1998;  M. Carmen Alastuey Dobón, La reparación a la  víctima  en  el  marco  de  las  sanciones  penales,  Valencia,  Editorial  Tirant  lo Blanch, 2000; Alberto Alonso Rimo, Víctima  y  sistema  penal:  las  infracciones no perseguibles de  oficio   y   el   perdón  del  ofendido,  Valencia,  Editorial   Tirant   lo   Blanch,   2002;   Julio   Jorge  Urbina,  Protección  de  las  víctimas  de  conflictos  armados, Naciones  Unidas   y   Derecho   Internacional   Humanitario,  Valencia,  Editorial Tirant lo Blanch, 2000; y, Comisión Colombiana de Juristas  (ed.),  Principios internacionales sobre impunidad y  reparaciones,  Bogotá,  Opciones Gráficas Editores  Ltda., 2007.   

37  La  fijación  de los límites mínimo y máximo de la escala de penas se conoce  en   la   doctrina  como  proporcionalidad  cardinal  o  absoluta.   Adrew   von   Hirsch,  Censurar  y  castigar,  Madrid, Editorial Trotta, 1998, p.45 s.s.  “Estatuir   que  nadie  puede  ser  juzgado  sino  conforme  a  las leyes  preexistentes  al  acto  que se le imputa, implica que  para condenar a una  persona  se  requiere que su conducta esté previamente definida como delito; de  la     misma    manera    que    sólo    puede  imponérsele  la  pena  previamente  establecida  en  la  ley.  Se trata del  apotegma  universalmente  conocido  como  “nullum  crimen,  nulla  poena  sine  lege”.  El  principio de legalidad opera en un doble sentido, (i) como límite  al  ejercicio  del  poder  punitivo  del  Estado,  en la medida en que le impone  definir  previamente  qué  acciones  son  constitutivas  de  delitos y cuál la  sanción  a  aplicar  por  su   realización; y (ii) como garantía para el  procesado  y  la  comunidad, atendida la certidumbre que genera el saber de  antemano  que sólo será objeto de sanción penal la conducta erigida en delito  por   la   ley   y   que   únicamente   se   impondrá   la  pena  dentro de los límites cuantitativos y  cualitativos  establecidos  por  la misma”. Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación      Penal,      Casación,  radicación  28059, M. P., Dra. María del Rosario González de  Lemos.    “En    efecto,     los    ciudadanos    deben    conocer    los  comportamientos   prohibidos y por lo mismo elevados por el legislador a la  categoría   de  delitos  así como la correspondiente sanción previamente  establecida  a  fin  de  contar  con  la  certeza de que sólo podrán ser   sancionados  en  razón  de  la  comisión  de una conducta punible dentro de los límites cuantitativos y  cualitativos  consagrados  con  antelación en la ley, sin que tales marcos  puedan  desbordarse  a discreción o capricho de los funcionarios judiciales”.  Corte   Suprema   de   Justicia,   Sala   de   Casación   Penal,   Casación,  radicación 24.030, M. P.,  Dr. Julio Enrique Socha Salamanca..   

38  Corte    Constitucional,    sentencias    C-004/03    y    C-871/03,   refiriéndose   al   non  bis  in ídem y declarando que tal  principio  no  es  absoluto.  “En  el ámbito internacional se ha llegado a un  consenso  general  en la necesidad de considerar a las víctimas del delito como  parte   principal,    junto   al   victimario    y   en   igualdad   de   condiciones,   de  la  política   criminal  de  los  Estados.  Se trata de una exigencia social y  humana:  hoy,  el  llegar a ser víctima no se considera un incidente individual  sino  un problema de política social, un problema de derechos fundamentales”.  Alfonso  Daza  González,  Víctimas  en  el Sistema  Procesal   Penal  Acusatorio,  Bogotá,  Universidad  Libre, 2006, p. 56.   

39  Ángel  Puyol, El discurso de la igualdad, Barcelona, Editorial Crítica, 2001, p. 203.   

40  “Con  el  fin  de humanizar la actuación procesal y la pena; obtener pronta y  cumplida  justicia;  activar  la solución de los conflictos sociales que genera  el   delito;   propiciar   la   reparación  integral  de  los   perjuicios  ocasionados  con  el injusto y lograr la participación del imputado en la   definición  de  su  caso, la Fiscalía y el imputado o acusado podrán llegar a  preacuerdos que impliquen la terminación del proceso”.   

41  “En   los  delitos  en los cuales el sujeto activo de la conducta punible  hubiese  obtenido  incremento patrimonial fruto del mismo, no se podrá celebrar  el  acuerdo  con  la  Fiscalía  hasta  tanto  se  reintegre,  por  lo menos, el  cincuenta  por   ciento del valor  equivalente al incremento percibido  y se asegure el recaudo del remanente”.   

42  “Las  reparaciones  efectivas  a  la  víctima  que  puedan  resultar  de  los  preacuerdos   entre fiscal e imputado o acusado,  pueden aceptarse por  la  víctima.   En  caso  de  rehusarlos,  ésta  podrá acudir a las vías  judiciales  pertinentes”.   

43  Silvia  Barona  Vilar,  La conformidad en el proceso  penal,  Valencia,  Editorial Tirant lo blanch, 1994,  p. 31.   

44  Luis     Enrique    Romero    Soto,    Derecho  Penal, Parte General, Editorial Temis, 1969, p. 553.  “…a  la  cabeza  de sus grandes problemas y mayores desgracias, la impunidad  en  Colombia,  junto  con la violencia, la  corrupción y el narcotráfico,  se  erigen  como  una  de  las peores culturas de lastre que tanto contribuyen a  mantenerla   sumida   en   su   profunda   crisis”.  Germán  Puyana  García,  ¿Cómo    somos    los   colombianos?,  Bogotá, Editorial Panamericana, 2005, p. 275. El examen diario  de  expedientes  ha  señalado la práctica judicial discutible de reconocer sin  más,  a un allanado el máximo del descuento, que no puede suceder, vr. gr., en  casos  de  flagrancia  o  de  prueba  de cargo contundentes. Y si  ese  descuento  es  razonado,  más  el incremento  generalizado de penas por el  que  aboga  el  Magistrado  Gómez  Quintero, del artículo 14 de la Ley 890/04,  vigente   –según  él  desde  los  albores  del  sistema  acusatorio  colombiano-,  por supuesto que la  rebaja  fija de 1/3 de pena consagrada en el mentado artículo 40, será siempre  mayor.    

45  Luis  Camilo  Osorio  y  otros,  Prólogo,       Presentación  y SPA: una política criminal para la  lucha  contra  la  impunidad en un marco reforzado de derechos, en Nuevo código  de  procedimiento  penal,  Bogotá,  CEJ,  2004,  p.  21-40.   

46  “En  Colombia,  la  adopción  mediante  reforma constitucional, de este nuevo  sistema   procesal   penal,  perseguía  en  líneas  generales  las  siguientes  finalidades:   (i)  fortalecer  la  función  investigativa de la Fiscalía  General  de la  Nación, en el sentido de concentrar los esfuerzos de ésta  en  el  recaudo  de la prueba; (ii) establecimiento de un juicio público, oral,  contradictorio  y  concentrado; (iii) instituir una clara distinción entre  los  funcionarios  encargados  de investigar, acusar y juzgar, con el propósito  de  que  el sistema procesal penal se ajustase a los estándares internacionales  en  materia  de  imparcialidad  de los jueces, en especial, el artículo  8  del  Pacto  de  San  José  de  Costa  Rica;  (iv) descongestionar los despachos  judiciales  mediante la supresión de un sistema procesal basado en la escritura  para  pasar  a la oralidad, y de esta forma, garantizar el derecho a ser juzgado  sin  dilaciones  injustificadas; (v) modificar el principio de permanencia de la  prueba  por  aquel  de  la  producción de la misma durante el juicio oral; (vi)  introducir  el  principio de oportunidad; (vii) crear la figura del juez de  control  de  garantías;  e  (viii)  implementar  gradualmente  el nuevo sistema  acusatorio”.  Corte Constitucional, Sentencia C-591/05.   

47  Corte  Constitucional,  Sentencia  C-591/05.  Además,  repárese Exposición de  Motivos  del  Proyecto  de Acto Legislativo No. 237 de 2002 Cámara, por el cual  se  modifican los  artículos 234, 235, 250 y 251 de la Constitución   Política,  y  Juan-Luis  Gómez Colomer, El Tribunal  Penal  Internacional:  investigación  y  acusación,  Valencia, Editorial Tirant lo blanch, 2003, p. 55.   

48  Luis  Alfredo  de  Diego  Díez,  Justicia  criminal  consensuada,  Valencia,  Editorial  Tirant  lo   blanch,  1999,  p.  75.  “Estos acuerdos informales (en Alemania) funcionan de  forma   similar   al   plea  bargaining   de  los  EU  (y)  lo  que  en Alemania fue producto de una  práctica  judicial  ha  sido introducida en España y en Italia por los propios  legisladores”.    Silvia    Barona    Vilar,   La  conformidad…, ob. cit., p. 32.   

49  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal, Sentencia Única Inst.  agosto   3   de   2005,   radicación   19094,   M.   P.,   Dr.  Yesid  Ramírez  Bastidas.   

50  La  Corte  Constitucional  hizo  expresa referencia a los autos del 4 de mayo de  2005,  radicaciones  19094  (reiterado  en  el  auto  de  7  de  abril  de 2005,  radicación 23312) y 23567.   

51  “La  definición, como la  palabra lo sugiere, es primariamente una   cuestión   de  trazar límites o discriminar entre un tipo de cosa y otro,  que  el  lenguaje  distingue mediante una palabra  separada”. H.L.A.  Hart,    El    concepto   de   Derecho,   Buenos   Aires,   Editorial   Abeledo-Perrot,   1977,  p.  13.  «Parecido»  significa  tener determinada apariencia o aspecto que le asemeja  a            algo;           «similar»  es  lo  que  tiene semejanza o analogía con algo. Son expresiones sinónimas de  «semejante»   que  significa  que  las  partes  guardan  todas  respectivamente  la  misma proporción en relación con otra. Es  parecido   a   lo   que   ocurre  con  los  vocablos   “equiparable”  y  “analogía”.     «Idéntico»     significa  lo  mismo  que  otra  cosa (institución) con que se  compara. Véase Diccionario de la Lengua Española, 22 edición.   

52  El  Comisionado  encargado del tema, escribió: “No debe perderse de vista que  los    preacuerdos   y  negociaciones,   bien  entendidos  y  acertadamente ejecutados, procuran imprimirle rapidez al trámite  de   juzgamiento,  sobre  la  base  de  un  consenso  justo, pudiéndose decir que si bien el procesado es  el  creador  del  conflicto  también  debe  intervenir  como  parte decisiva”  Gustavo  Gómez  Velásquez, Aproximación al tema de  los       preacuerdos       y      negociaciones  en  el  cpp –arts.   348   a    354-,   en  Sistema penal acusatorio,  Bogotá, Fiscalía General de la Nación, 2005, p. 69 ss.   

53  Camino  Vidal Fueyo, El principio de proporcionalidad  como   parámetro,   en  Anuario  de  derecho  constitucional latinoamericano,  11°  año,  T.II.,  Montevideo,  Fundación  Honrad  Adenauer  Stiftung,  2005,  p.430.   

54  Que  acaba  de  decir:  “En  realidad,  no  parece razonable que en el sistema  procesal   anterior   la  víctima  pudiera  disponer  de  su   pretensión  indemnizatoria,   pero   en   el   nuevo,   cruzado   transversalmente   por  el  instituto    de   las  negociaciones,   preacuerdos  y  acuerdos,  esa  capacidad  dispositiva  quede  limitada”.  Corte  Suprema de Justicia, Sala de  Casación Penal, Sentencia abril 9 de 2008, radicación 28161.   

55  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia de casación, 23  de agosto de 2005.   

56  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia de casación, 23  de  mayo  de  2006,  radicación  25300,  con  reiteración  en  la sentencia de  casación de 3 de mayo de 2007, radicación 23486.   

57Silvia     Barona     Vilar,     La  conformidad…, ob. cit., p. 31 y 33.   

58  Artículo 40 Ley 600 de 2000.   

59  Artículo 351 inc. 1° Ley 906 de 2004.     

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