18114(15-05-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso No 18114  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                               

Magistrado Ponente  

                            JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                            Aprobado Acta No. 119   

Bogotá, D. C., quince (15) de mayo de dos mil  ocho (2008).   

VISTOS  

Decide  la Corte el recurso extraordinario de  casación  interpuesto  por el  defensor de CARLOS HUMBERTO  ZIPA  FONSECA en contra del  fallo   de   segunda   instancia   proferido  por  el  Tribunal   Superior   de  Bogotá,  que confirmó la  condena  de  cuarenta  y dos años de prisión que por el delito de homicidio  agravado  profirió en contra  del   procesado   el   Juzgado  Treinta  y  Seis  Penal  del  Circuito  de  esta  ciudad.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

1. El 2  de  septiembre de 1998, en horas de la  tarde,  dentro  del autobús de servicio público de placas SCD-660,  afiliado a la empresa Expreso Imperial,  el  propietario  del  vehículo  CARLOS  HUMBERTO ZIPA  FONSECA  y  otros  individuos,  utilizando  elementos  contundentes  y  punzantes,  le  quitaron  la  vida al  pasajero  Plinio Jiménez Alarcón, a quien el primero  había  citado  con  el  fin de sustraer los documentos que acreditaban la deuda  que    por    la   suma   de   cinco   millones   de  pesos  había  adquirido con este último.   

2.  Capturado CARLOS  HUMBERTO  ZIPA  FONSECA  dentro  del  vehículo  de placas SCD-660 y al lado del  cadáver,  la  Fiscalía  General  de la Nación ordenó la apertura formal de la  investigación,  lo  vinculó  mediante  diligencia de indagatoria, le profirió  medida      de      aseguramiento     y calificó el  mérito    del    sumario,   acusándolo  de la conducta punible de homicidio      agravado,  de  conformidad  con  lo  establecido en los artículos 323 y 324,  numeral  2  (para  consumar el delito de destrucción,  supresión  y  ocultamiento  de documento privado), del  decreto ley 100 de 1980, anterior Código Penal.   

3.  Confirmada  la  resolución  acusatoria, correspondieron las diligencias para su conocimiento en  la   etapa   siguiente   al  Juzgado  Treinta  y  Seis  Penal  del  Circuito  de  Bogotá,  despacho  que una  vez   agotada   la   audiencia  pública       condenó       al      procesado      como      coautor   responsable   del  delito  en  comento  a  la  pena principal de cuarenta y dos años  de   prisión,   a   la   accesoria   de  ley  por un  término  de diez años y al pago de 2.450 gramos oros  como  daños  y perjuicios derivados de la ejecución  de la conducta punible.   

4.  Apelada  la  sentencia    por    el  defensor,   el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  la  modificó   de   manera   parcial,   en  el  sentido  de  declarar  cancelada  la indemnización,  y  confirmó  en  todo  lo  demás  que  había  sido  materia  de  impugnación a    la    providencia    de    primera  instancia.   

5.  Contra    el    fallo    de    segunda  instancia,  el apoderado   de   CARLOS  HUMBERTO  ZIPA  FONSECA     interpuso  el           recurso           extraordinario  de  casación,  cuya  demanda  se  declaró  desde  el  punto de vista formal ajustada a derecho y sobre la cual la  Procuraduría General de la Nación emitió el concepto respectivo.   

LA DEMANDA  

1. Primer cargo  

Sostuvo  el demandante que el fallo impugnado  se  dictó  en  un  juicio  viciado  de  nulidad,  por  cuanto  el  abogado  que  formalmente  asistió a su protegido en la diligencia de indagatoria y hasta que  se  profirió  el cierre de la investigación no solicitó la práctica de medio  de  prueba alguno, ni asistió a la realización de las declaraciones para poder  contrainterrogar    a    los   testigos,  ni  tampoco buscó que el procesado se  sometiera  al  mecanismo  de la sentencia anticipada a  pesar  de que confesó, ni mucho menos impugnó la medida de aseguramiento a fin  de   cuestionar   la   configuración   de   la   circunstancia  específica  de  agravación.   

Agregó   igualmente   que  el  funcionario  instructor  que  ordenó  el  cierre  de  la  investigación  lo  hizo sin haber  practicado  las  pruebas  ordenadas  por  el  Fiscal  de  la Unidad de Reacción  Inmediata  que  conoció  inicialmente del caso, con lo cual se incurrió en una  vulneración  sustancial  al  derecho  fundamental  del debido proceso según lo  establecido en la sentencia SU-087 de la Corte Constitu-cional.   

2. Segundo y tercer cargo  

Sostuvo   el  defensor    que,    a    pesar    de   que   CARLOS  HUMBERTO  ZIPA  FONSECA  confesó su participación en  los  hechos durante la diligencia de indagatoria, así  como  manifestó su deseo de colaborar con la justicia,  la  Fiscalía  no  dio  aplicación  al  artículo 37A del decreto 2700 de 1991,  anterior  Código  de  Procedimiento  Penal,  que  trataba  sobre  la  audiencia  especial.   

Añadió  que  dicha  irregularidad  condujo  igualmente  a  que  no se le diera aplicación al numeral 1 del artículo 37B de  dicho  ordena-miento, que se refiere a la acumulación de dicho beneficio con la  rebaja contemplada en el artículo 299 ibídem.   

3. Cuarto cargo  

Adujo  el  demandante que hubo una violación  directa  de  la ley sustancial, en cuanto dejó de aplicarse la rebaja señalada  en  el  artículo  299  del Código de Procedimiento Penal anterior, debido a la  confesión  por  parte de CARLOS HUMBERTO  ZIPA  FONSECA  en  diligencia  de  indagatoria, que constituyó el  sustento  probatorio  de  la  segunda  instancia  para  confirmar  la  sentencia  condenatoria proferida por la primera.   

Precisó igualmente que debía reconocérsele  al  procesado  la  naturaleza  calificada  e  indivisible de su confesión, como  cuando   éste   afirmó   que   en   ningún  momento  tocó  la  víctima  del  delito.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

1.  Además  de  referirse   a  los  errores  lógicos  y  de  debida  argumentación   respecto   de   los   cargos   formulados  por  el  demandante,  la  representante  de la  Procuraduría   General  de  la  Nación  manifestó  acerca     de    los  mismos  que,  en  primer  lugar,  el  no  seguir  los  criterios  estratégicos  y  defensivos de quien propone la nulidad por ausencia  de  defensa  técnica  no  demuestra por sí solo la afectación de la garantía  fundamental  en comento; y que, en el presente caso, dadas las circunstancias en  las  que  se  produjo  la captura de CARLOS HUMBERTO ZIPA FONSECA, así como las  declaraciones  de  los  testigos  que  presenciaron  la  agresión de la que fue  víctima  Plinio  Jiménez  Alarcón, e incluso la misma admisión de los hechos  por  parte  del  procesado,  resultaba  difícil  trazar una línea defensiva de  corte  activo  con  miras  a  favorecer  a  este  último,  como  insistir en la  práctica de pruebas decretadas por la Fiscalía.   

2. En segundo lugar,  destacó  que,  si bien es cierto que el aquí demandante recurrió la decisión  de  cerrar  la  investigación  cuando  asumió  la asistencia letrada de CARLOS  HUMBERTO  ZIPA  FONSECA,  también  lo  es que en dicha oportunidad solicitó la  práctica  de  medios  probatorios  distintos a los ordenados en primer término  por  el  funcionario  que  inició  la instrucción, con lo cual se establece la  falta  de  conducencia  de  los  mismos,  así  como  la  ausencia de incidencia  favorable  en  la  situación  del  procesado  y  de  su  capacidad  para  haber  modificado el fallo.   

Agregó  que  tampoco es posible sostener que  hubo  arbitrariedad  o  inercia  por  parte  de  la Fiscalía, pues la actividad  probatoria  llevada  a  cabo  en  aras  de esclarecer tanto la ocurrencia de los  hechos  como  la  participación de CARLOS HUMBERTO ZIPA FONSECA fue abundante y  suficiente,  además  de  que  dispuso  razonables  medidas  para  garantizar la  práctica de los testimonios decretados.   

3.  En tercer lugar,  sostuvo  que  era  equivocada  la interpretación que de las manifestaciones del  procesado  en la diligencia de indagatoria efectuó el demandante, en el sentido  de  que  lo  que quería hacer era acogerse a la figura de la audiencia especial  que  contemplaba  el  Código  de  Procedimiento Penal por entonces vigente, por  cuanto    el    deseo   de   “colaborar   con   la  justicia”  a  que hizo mención CARLOS HUMBERTO ZIPA  FONSECA  bien  podía  entenderse  como la simple exteriorización del ánimo de  confesar,  aparte de que tampoco fue viable, con fundamento en sus afirmaciones,  un  verdadero  aporte  eficaz  en  aras  de  la  identificación  de  los  otros  partícipes.   

Añadió  igualmente  que,  si  lo que había  querido  el  procesado era someterse al mecanismo de la sentencia anticipada, en  la  etapa  de  juicio  se  realizó,  con  la asistencia del hoy demandante, una  audiencia   para   tal   fin,  en  la  que  CARLOS  HUMBERTO  ZIPA  FONSECA  se  negó a aceptar los cargos  imputados en la acusación.   

4.  En cuarto lugar,  indicó  que  la  reducción  de  la pena por confesión no resulta aplicable en  este   caso,  pues  el  procesado  fue  capturado  en  flagrancia,  mientras  se  encontraba  dentro  del  bus de placas SCD-660, en donde fue hallado el cadáver  de Plinio Jiménez Alarcón, con rastros de sangre en su cuerpo.   

En consecuencia, solicitó que no se casara la  sentencia objeto de impugnación.   

CONSIDERACIONES  

1. Presentación  y orden de análisis   

En razón de la  naturaleza   de   los   problemas   jurídicos    que   propuso  el  demandante en sus respectivos reproches, la Sala  los resolverá en el siguiente orden:  en   principio,   analizará   lo   relativo  a  la  representación  del  primer defensor del procesado;  luego   abordará   el   tema   de  la  omisión  de  práctica   de  pruebas  durante   la   etapa  de  instrucción;  a  continuación,  se  referirá  a  la  posibilidad  de  haber  aplicado  en el presente caso mecanismos de terminación  anticipada  en  el  proceso  o beneficios  de  colaboración  eficaz  con  la  justicia;  y,  por  último,  determinará  si  es  viable  el reconocimiento de la  rebaja punitiva por confesión.   

2. Del    derecho    a    una representación eficaz   

2.1.   En  la  sentencia   de   6   de   marzo  del  presente  año  (radicación  23110),  la  Corte contempló, como una  directa    emanación    del   derecho   fundamental  de  asistencia  letrada  o  de  defensa  técnica,  el  derecho  que  le  asiste a todo procesado de ser representado eficazmente  por un defensor:   

“Circunscrito al deber que le es exigible  al  abogado de obrar de manera diligente, sin vacilaciones y empleando todos los  medios    válidos    de    defensa    que    considere   necesarios1, el alcance  del  derecho a una representación eficaz, de acuerdo  con   la  jurisprudencia  del  Comité  de  Derechos  Humanos,  tiene que partir de la presunción de que la actuación del letrado ha  estado  sujeta  en  todo  momento  a  la  salvaguarda  de  los  intereses  de su  asistido.   

”Por   ejemplo,  en  el  examen  de  la  comunicación  240/87, se adujo que “en ausencia de  una   prueba  clara  de  negligencia  profesional  por  parte  del  abogado,  no  corresponde    al   Comité   cuestionar   el   juicio   profesional   de   este  último”2.   Así   mismo,   en   la  comunicación 237/87, se indicó:   

”“Basándose  del  material  de  que  dispone,  el  Comité no puede, sin embargo, llegar a la  conclusión  de  que los dos abogados del autor no pudieron preparar debidamente  la  defensa  del caso ni de que dieran muestras de falta de juicio profesional o  incurrieran  en  negligencia  a  lo largo de la defensa. El autor alega también  que  no  estuvo  presente  en  la  vista  de  su  apelación ante el Tribunal de  Apelación.  Sin embargo, el fallo escrito del Tribunal de Apelación revela que  el  autor  estuvo  representado  ante  el  Tribunal  por  tres abogados y no hay  pruebas  de  que  éstos  actuaran  con  negligencia  durante  la apelación. El  Comité  no  encuentra,  pues,  que  se  hayan violado los apartados b) y d) del  párrafo    3   del   artículo   14”3.   

”En armonía con la directriz contemplada  en  precedencia,  el derecho a una representación eficaz es el que más ha sido  desarrollado  por  la  jurisprudencia  de  la  Sala en el ordenamiento jurídico  interno.  Así,  la  Corte  ha  señalado  acerca  del particular que en sede de  casación los profesionales del derecho no pueden   

”“[…]       entrar  a postular mejores estrategias defensivas que las asumidas  por  quien  tuvo  a cargo durante el trámite judicial la representación de los  intereses  del  procesado,  habida  cuenta  de  que  el ejercicio de profesiones  liberales  como  lo  es  la  del  derecho  parte  de  la  base  del  respeto del  conocimiento  que  cada  persona  tenga de las materias de las que se ocupa, sin  que  sea  posible determinar en forma acertada o por lo menos irrebatible frente  a  cada  asunto cuál hubiera sido la más afortunada estrategia defensiva, pues  cada  individuo  especializado  en estos temas tiene, de acuerdo a su formación  académica,  experiencia  y personalidad misma, su propia forma de enfrentar sus  deberes   como  tal”4.   

”[…]  

”Tampoco  el  respeto  del derecho a una  representación  eficaz  se  mide  por la cantidad de recursos que interponga el  defensor,  toda  vez  que el “ejercicio profesional  impone  lealtad  con  los  intereses  que  se representan pero igualmente con la  administración  de  justicia, de manera que las vías legales se deben utilizar  conforme  a  su  finalidad y no por el prurito de multiplicar las intervenciones  de   la  defensa””5.   

Adicionalmente,  la  Sala  ha señalado, en  relación   con   el   silencio   o   la  inactividad  del  defensor  como estrategia defensiva,      que     en     determinadas  ocasiones “la    contundencia    de   la   prueba   de   cargo,   plena  y hermética, impide aprovechar por  inexistente  la  más  mínima  incoherencia para edificar, a partir de ella, un  trabajo   defensivo”6:   

“Son estas, precisamente, las situaciones  a  las  que  se ha referido la Corte en pasadas y múltiples oportunidades, para  concluir  que  en tales eventos la inactividad de la defensa no puede entenderse  como  el  abandono  de las obligaciones encomendadas, sino como la expresión de  una  vigilancia  prudente  que,  por  saber la gravedad de las imputaciones y la  solidez  de  la  acusación, centra toda su atención en verificar rigurosamente  que  el  proceso se adelante con absoluta sujeción a los preceptos legales y se  garanticen    a    plenitud    los    derechos    del   procesado”7.   

2.2. En el asunto  que  centra  la  atención  de  la Sala, el demandante, quien asumió la defensa  técnica  de CARLOS HUMBERTO ZIPA FONSECA después de  que   la   Fiscalía   ordenó   el   cierre  de  la  investigación8, cuestionó  la  gestión  del  anterior  profesional  del derecho que desde la diligencia de  indagatoria  asistió  al  procesado, tras considerar que no había representado  eficazmente a su protegido.   

Los argumentos empleados por el recurrente,  sin  embargo, no logran desvirtuar la presunción de  que  la  actuación  del  letrado  fue  ajustada  a  derecho,  pues se limitan a  destacar  solamente su inactividad frente a lo que él en su lugar hubiera hecho  (solicitar  la  práctica  de pruebas –sin    decir   cuáles–,       impugnar       la       medida       de       aseguramiento,  contrainterrogar a los  testigos,   cuestionar   la   agravante  específica  imputada,  etc.), sin que  ello  implique  la  demostración  objetiva  de  que  el anterior comportamiento  profesional  fue  negligente,  ni  que  a raíz de ello se desconoció de manera  significativa    el    derecho    del    procesado    a    una   representación  eficaz.   

Por  el  contrario,  la  Sala  encuentra tras  examinar  el expediente que, tal como lo precisó la Procuraduría General de la  Nación  en su concepto, al defensor que asistió a CARLOS HUMBERTO ZIPA FONSECA  a  partir de la diligencia de indagatoria le resultaba muy difícil plantear una  estrategia  defensiva  distinta  a  la  propia  inactividad  probatoria  y  a la  verificación  del  respeto  de los derechos fundamentales del procesado durante  el devenir de la actuación procesal.   

En  efecto,  la  Fiscal  que  dio inicio a la  actuación  realizó  una inspección judicial al sitio en donde se encontró el  cadáver  de Plinio Jiménez Alarcón y allí practicó las declaraciones de los  menores    F.    P.    G.    y    M.    G.    S.9, testigos que presenciaron los  hechos.  El  último  de  ellos  señaló que vio cuando los agentes de policía  capturaron  a  la  persona que se quedó dentro del bus de placas SCD-660, quien  era  el  que  manejaba  el  vehículo  (“los agentes  detuvieron  fue al conductor, no es más”10).   Y  el  primero  afirmó que observó a la víctima mientras era agredida en el autobús  y  el  vehículo estaba siendo conducido (“vi cuando  le  estaban  pegando  al  señor  que  está muerto ahí en el bus, el bus bajó  despacio,  frenó  en  la  curvita  y paró, venían cuatro personas en el bus y  cinco  con  el  muerto,  uno  venía al rincón, uno manejando y dos que le iban  pegando  al  señor,  el  señor gritaba”11).   

Posteriormente, CARLOS HUMBERTO ZIPA FONSECA,  cuando  fue  vinculado  mediante  diligencia de indagatoria, en la que de manera  previa  se  le  informaron  los  derechos  que  tenía a guardar silencio y a no  incriminarse12,   confesó  su  participación  en  los  hechos  de  la  siguiente  manera:   

“Quiero  manifestarle a la Fiscalía que  deseo  confesar  el  hecho de manera libre y voluntaria, confieso que sí, en la  realidad,  yo  mandé  hacer  ese crimen, por lo tanto, lo hago porque el señor  era  demaciado  [sic]  grocero  [sic],  lo ultrajaba a uno, era totalemnte [sic]  grosero     [sic]     con     la     persona”13.   

Ese mismo día, declaró Jairo Enrique Torres  Maldonado,  yerno  de  la víctima, quien confirmó que el día de los hechos su  pariente  salió  a  cobrar un dinero que le adeudaba una persona que al parecer  se  apellidaba ZIPA (“se iba a recoger una plata que  le  iban  a  pagar […] creo  que   el  señor  que  le  debía  la  plata  es  de  apellido  ZIPA”14).   

Igualmente,  Martha Rocío Jiménez Bautista,  hija  de Plinio Jiménez Alarcón, sostuvo que el motivo de la cita entre ZIPA y  su  señor  padre  consistía  en  el  pago  de una deuda que aquél le debía a  éste,  de  suerte  que  el  día  de  su  muerte  se  llevó  consigo todos los  documentos que acreditaban la existencia de dicha obligación:   

“Tengo  idea que fue por la plata que se  le  debía  a  mi padre de arreglo de un bus, del cual se le debía todo, tenía  como  soporte  de  esa  deuda  letras, cheques y un contrato, el día que salió  llevaba  todo,  sé  que  él  tenía  una  cita  con el señor ZIPA, que no sé  concretamente  el nombre […] Él tenía los recibos, letras y cheques y demás  documentos  en  la agenda que él llevaba, él tiene en la casa letras y cheques  de  otra  gente  que  él le prestaba, pero del señor ZIPA no hay anotado nada,  él     llevaba    todo    eso    ese    día”15.   

Y,  por  último,  Rafael  Ignacio Jiménez  Alarcón,     hermano    de    Plinio    Jiménez  Alarcón,  sostuvo  que la deuda que tenía ZIPA con  éste    ascendía  aproximadamente   a   los   “cinco   millones  de  pesos”16.   

Con  estos  medios  de  prueba (que   fueron   utilizados   por   el  organismo   instructor   para  proferir   la   medida   de   aseguramiento17),  resultaba  muy  complicado, desde el  punto   de   vista   de   lo  razonable  y  del  respeto  por  el  principio  de  lealtad,  exigirle  al  defensor  de CARLOS HUMBERTO  ZIPA  FONSECA  que  asumiera  una actitud probatoria distinta a la pasiva, o que  impugnara   la   mencionada   resolución   con   el   fin   de   cuestionar  la  configuración   de   la  circunstancia  de  agravación  prevista  en el numeral 2 del artículo 324 del  anterior  Código Penal, o  que  interrogara  a  unos testigos que habían sido enfáticos y consistentes en  sus  deposiciones,  o  que  en  general adoptara una  estrategia  diferente  a  la  de velar para que no se  ignoraran   los   derechos   fundamentales   de  su  protegido.   

Tampoco  era  razonable  esperar  que  el  defensor  impulsara cualquier mecanismo de terminación anticipada del proceso o  de  colaboración  eficaz, pues la procedencia de los  mismos  dependía  principalmente de la voluntad del  procesado  y, como se analizará más adelante (infra  4), CARLOS HUMBERTO ZIPA FONSECA jamás quiso llegar  a   algún   tipo   de   acuerdo   o   beneficio   con   la  administración  de  justicia.   

El   reproche,   en  consecuencia,  está  destinado al fracaso.   

3. De la omisión  en la práctica de pruebas   

3.1.    La  jurisprudencia  de  la  Sala  ha establecido de manera enfática y reiterada que  “la  autoridad judicial  está  en el deber de practicar las pruebas que tengan capacidad de ofrecerle la  información  requerida  para  obtener  certeza  sobre  el  objeto principal del  proceso,  atinente  a  la  verdad real”18 y, por lo  tanto,  el funcionario judicial “no está obligado a  recopilar  la totalidad de las pruebas que puedan practicarse, sino aquellas que  resulten  conducentes,  pertinentes, eficaces y útiles a la investigación, por  ofrecer  elementos  de  juicio  no  conocidos  o aclarados suficientemente en la  actuación  respecto  de  lo  que se ha de resolver en el proceso penal, todo lo  cual   debe   ser   demostrado   por   el   censor   en   el   cargo”19.   

En   cuanto   a   la   trascendencia   de  las  omisiones  en  materia probatoria, la Corte también ha dicho lo siguiente:   

“[…]  es  preciso  recordar  que  la  posibilidad  de  declarar la nulidad no deriva de la  prueba  en  sí misma considerada, sino de su confrontación lógica con las que  sí  fueron  tenidas  en  cuenta  por  el  sentenciador  como soporte del fallo,  “para  a partir de su contraste evidenciar que las  extrañadas, de haberse practicado, derrumbarían la  decisión,  erigiéndose entonces como único remedio  procesal  la  invalidación  de  la  actuación  censurada  a  fin  de  que esos  elementos   que   se  echan  de  menos  puedan  ser  tenidos  en  cuenta  en  el  proceso””20.   

3.2. En el asunto  materia   de   interés,   es   cierto   que  no  se  practicaron  todas y cada  una    las   pruebas  ordenadas en la decisión  que  dispuso  la  apertura  de  la  investigación21, pues, además   de   los  medios  de  prueba  ya  relacionados  en  precedencia  (supra  2.2),  la Fiscalía, con posterioridad a la resolución que definió la  situación    jurídica    de    CARLOS   HUMBERTO   ZIPA   FONSECA,  tan  solo practicó las declaraciones  de       Parmenio       Robles       Cárdenas22   y  Luis  Felipe  Prieto  Torres23 (con las cuales corroboró  la  configuración  de  la circunstancia     de    agravación),  así  como  allegó al expediente retratos hablados de los otros  partícipes24,  antes  de  ordenar la clausura de la  investigación25.   

Tal   anomalía,   sin  embargo,  no  resulta  relevante  para  efectos de la causal tercera de  casación,  en  la  medida  en  que el demandante no  sólo  dejó de señalar específicamente las pruebas cuya práctica extrañaba,  sino  que  además  no  las  confrontó  en forma lógica con las que sí fueron  tenidos   en   cuenta   por   las   instancias,   para   de   esta  manera   demostrar   que   la  única  consecuencia   de  dicha  pretermisión  tenía  que  ser la invalidación de lo actuado.   

Tampoco  se  puede  ignorar, como de manera  acertada   lo   destacó   el   Ministerio  Público  en  su  concepto,  que  la  intrascendencia   de  la  omisión  probatoria  en  comento  refulge   igualmente   con   la   actuación  procesal   del   aquí  demandante,    quien  interpuso  recurso  de  reposición  en  contra de la resolución que ordenó el  cierre  de  la  investigación,  solicitando  la práctica de medios probatorios  distintos  a  los  contemplados  en  la  apertura de la instrucción26.   

Finalmente,  no  sobra  precisar  que  la  sentencia  SU-087  de 1999 de la Corte Constitucional  a  que  hizo  mención el demandante se refiere a una  situación  fáctica  y  procesal  muy distinta a la  sometida  a consideración en este asunto,  pues  en  el  fallo  de  tutela  en  comento  la afectación al  derecho  fundamental de defensa obedeció  a  que  el funcionario judicial nunca  practicó   las   pruebas   que   había   decretado  por    solicitud    de   la   defensa,   de   suerte   que   su  trascendencia  se  presumía por ese  solo hecho.   

En  palabras  de  la  Corte Constitucional,  “la  práctica  de la integridad de las pruebas que  hayan  sido solicitadas por el procesado y decretadas por el juez hace parte del  debido  proceso y este derecho fundamental resulta vulnerado cuando la autoridad  judicial  obra  en  sentido  diferente”27.   

Lo que sucedió  en  el  presente  caso,  por  el  contrario,  fue la  falta  de  práctica  de algunas pruebas  que  habían  sido  decretadas  de  manera  oficiosa   en   la   resolución   que   ordenó   la   apertura   de   la  investigación,    y  que  durante  el  desarrollo de la misma   ni   siquiera  fueron  consideradas  conducentes,   pertinentes,   eficaces   o   útiles  por  parte  del        profesional       del  derecho,  ni  mucho  menos por la Fiscalía General  de la Nación.   

Este  reproche,  por  consiguiente, tampoco  tiene vocación de éxito.   

4.  De  la  no  materialización  de  mecanismos  anticipados  de  terminación  anticipada  del  proceso o de beneficios por colaboración eficaz con la justicia   

La  supuesta  irregularidad  que  en este punto aduce el  demandante  tuvo su origen  al   finalizar   la   diligencia   de   indagatoria,  cuando  CARLOS  HUMBERTO  ZIPA  FONSECA  confesó su  participación  en  la  muerte  de  Plinio  Jiménez  Alarcón  y  manifestó  su  deseo de “colaborar           con           la          justicia”:   

“Preguntado.  Dígale a la Fiscalía si  desde  agregar,  corregir  o  enmendar  algo más a su indagatoria. Contestó.  Que  me siento culpable de  los    hechos    y    quiero    colaborar    con   la   justicia.   Preguntado.  ¿En  qué sentido quiere  colaborar?  Contestó. En  gente  que  deba  algo  con  la  justicia, en lo que más se pueda. Preguntado.  ¿Va  a colaborar para la  identificación   e  individualización  de  los  otros  partícipes  del  hecho  investigado?  Contestó.  Pues  sí, ypues [sic] eso sí no sé cómo se llamarán, ni en dónde viven, no  había      visto      antes      a      los     otros     dos.     Preguntado. Concrétele a la Fiscalía  en  qué  consistió  su participación o autoría en el homicidio. Contestó. Totalmente yo contraté, no  toqué      al      occiso     para     nada”28.   

Del  interrogatorio  anterior,  no se puede  establecer    que    el    procesado   haya    expresado    su    deseo   de  acogerse  a  los beneficios por colaboración eficaz  contemplados   en   los   artículos   369A  y  369C  del  entonces  Código  de  Procedimiento  Penal vigente, decreto 2700 de 1991, pues como bien lo sostuvo la  Procuradora  Delegada, la  expresión  utilizada  por  el  procesado  podía  entenderse  como  una  simple  manifestación  de  la  voluntad  de  confesar  y,  en todo caso, la funcionaria  instructora  le  preguntó  acerca  de  la posibilidad de determinar a los otros  partícipes  en  la  muerte  de  Plinio Jiménez Alarcón, sin que aportara dato  alguno  que  fuese de interés para el éxito de la colaboración. Así  mismo,  el  demandante tuvo todas  las    facultades    para    haber    asesorado   a   su   protegido,  y haber llegado a un acuerdo en ese  sentido, desde el momento  en   que   asumió   durante   la  etapa  de  instrucción  la  defensa  de  sus  intereses.   

Igualmente,  es  contrario   a   la   lógica   y   a  la  razón  suponer  que  lo  que  quiso  decir CARLOS HUMBERTO ZIPA  FONSECA   al   finalizar   la   diligencia   de   vinculación   era  que  quería  someterse a mecanismos  anticipados  de terminación del proceso,  como  la  sentencia anticipada o la  audiencia  especial  previstos  en  los  artículos  37  y  37A  del   referido  ordenamiento adjetivo.   

Pero,    en    todo    caso,    si   se  trataba  de lo primero, la jurisprudencia de la Sala  ha    establecido    de    manera    pacífica   y   reiterada   que,   en   vigencia   del   Código  de  Procedimiento     Penal     anterior,  el  funcionario  instructor  no  está  obligado a convocar a la  audiencia  especial,  así  la práctica de la misma  hubiera  sido solicitada expresamente por el procesado o su defensor:   

“En efecto, dentro de la dinámica que le  es  propia  al  mecanismo  procesal  de  la  audiencia especial, ésta puede ser  convocada  a  iniciativa  del  Fiscal  o  del  procesado;  pero,  como  se trata  precisamente      de      un      instrumento     transaccional     ‘sobre  la  adecuación  típica, el  grado  de  participación,  la  forma  de  culpabilidad,  las circunstancias del  delito,  la  pena  y  la  condena  de ejecución condicional, la preclusión por  otros  comportamientos  sancionados con pena menor, siempre y cuando exista duda  probatoria   sobre   su   existencia’  el  mismo ordenamiento (art. 37 A parágrafo 2°, inciso 2° del  C.    de   P.P.)   dispone   que,   ‘el  fiscal  no  estará obligado a concurrir a la audiencia cuando  advierta  que  existe  prueba suficiente en relación con los aspectos sobre los  cuales   puede   versar   el  acuerdo’,  lo  cual  significa  que no es imperativo del Fiscal convocar o  asistir a la audiencia.   

”Tratándose  entonces   de   audiencia   especial   queda  a  la  discrecionalidad  del Fiscal, y sólo de él, porque  no  hay  posibilidad alguna de realizarla en el juicio, concurrir a ella o dejar  de  hacerlo;  pero  esa  potestad  de  no  asistir  a  dicho acto se sujeta a la  consideración  de  que  la  transacción no tendría ningún objeto por existir  prueba  suficiente  sobre  los  aspectos  referidos  en  el  artículo 37 A como  materia de acuerdo.   

”Si  el  fiscal,  en  el  supuesto  ya  mencionado,  no  está  obligado a concurrir a la audiencia, es apenas obvio que  bajo    esa    misma    consideración    de    existencia    de    ‘prueba  suficiente en relación con  los   aspectos   sobre   los   cuales   puede   versar   el  acuerdo’   tampoco   está   obligado   a  convocarla  cuando  el procesado se la solicita, siendo tal la situación que se  concretó       en       este       asunto”29.   

Y si se trataba de lo segundo, es decir, del  deseo     de     acogerse     a    la    sentencia  anticipada,     la     Sala     también   ha   reiterado  que,  solicitada ésta en la fase instructiva y adelantada durante el  juicio,  no existe irregularidad alguna si se le reconoce al procesado la rebaja  punitiva  más  favorable correspondiente al primer evento:   

“La sentencia  anticipada  es un acto de postulación discrecional del procesado, pues sólo su  voluntad  clara de renunciar al procedimiento ordinario la hace viable, y no por  la  imposición  del  funcionario, de donde en el presente caso, si éste era su  verdadero  interés, debió persistir en la etapa del juicio con la consiguiente  rebaja   como  si  hubiese  ocurrido  en  la  fase  instructiva,  solución  que  desnaturaliza  el  poder  de invalidación que a la irregularidad le atribuye el  Ministerio Público.   

”A dicha solución arribó la Sala en el  citado fallo del 16 de abril de 1998, que frente al punto dijo:   

         

”’Y   en   cuanto   a   la  presunta  desintegración  de  las  bases del procedimiento, no se advierte de tal entidad  el   efecto   de   la  irregularidad,  porque  el  juzgado  no  se  inventó  el  procedimiento  especial, si se tiene en cuenta que la sentencia anticipada es un  rito  cuya  procedencia  se regula tanto para la fase de la instrucción como en  la  del  juzgamiento.  Ahora  bien,  el  reconocimiento  de una reducción de la  tercera  parte de la pena, en lugar de la sexta parte que era la procedente para  ese  entonces  para la etapa del juicio, no sería un error de procedimiento (in  procedendo)  sino  del  mérito  de  la  decisión  final  y  concerniente  a la  aplicación  del  derecho  (in  iudicando),  pues si se recuerda la letra de los  incisos  4° y 5° del articulo 37 del C. P. P., la disminución de pena la hace  el  juez en la sentencia, después de que ha declarado ausencia de violación de  garantías  fundamentales.  Por  ello,  si la situación hubiese sido otra, esto  es,  si,  no  obstante haber solicitado oportunamente la sentencia anticipada en  el  sumario  ésta  sólo  se  realiza  en  el  juicio  con  la  rebaja  de pena  correspondiente  a  este último momento procesal, la solución tanto en sede de  apelación  como de casación no sería la nulidad del fallo sino su corrección  para   ajustar  la  pena  de  acuerdo  con  la  reducción  autorizada  para  la  oportunidad   inicialmente  rechazada’”30.   

En   el   presente   asunto,  el  hoy  demandante solicitó durante la etapa del juicio que se  adelantara  una  diligencia  de aceptación de cargos para sentencia anticipada,  en    la    medida    en    que    –según   su   criterio–  CARLOS  HUMBERTO  ZIPA  FONSECA  la había solicitado durante la  instrucción31.   

En   dicha   diligencia,   sin   embargo,  el  procesado  no  aceptó  los  cargos  que  se  le  imputaron en la resolución de acusación:   

“Preguntado:  ¿El  acusado  CARLOS  HUMBERTO ZIPA FONSECA sí acepta la responsabilidad penal  que  se  le  deriva en su contra por los cargos formulados por la Fiscalía 17 y  que   se  le  acaban  de  leer?  Contestó:  No  acepto  los  cargos”32    (negrillas    en   el  original).   

Por lo tanto, siendo la sentencia anticipada  un  acto  discrecional  del  procesado,  la Sala no encuentra anomalía  o  irregularidad alguna, aun en el  evento  de  que  el  procesado  haya  manifestado  su  deseo de someterse a ella  durante la instrucción.   

Los  reproches  formulados  en  este  sentido  por  el  demandante no  prosperan.   

5.  De la rebaja  por confesión   

5.1.  De acuerdo  con  el  artículo  283  del  Código de Procedimiento Penal (anterior artículo  299  del  decreto 2700 de 1991), la reducción de la  pena  por  confesión  del  hecho procede cuando la misma se presente durante la  primera  versión  del  imputado  ante  el  funcionario  judicial  y no se trata  de            una            situación  de  flagrancia.   

5.2.   En  el  presente  caso, CARLOS HUMBERTO ZIPA FONSECA fue capturado el 2 de septiembre de  1998  por  agentes  de  la  Policía  Metropolitana de Bogotá dentro del bus de  placas  SCD-660 y al lado del cuerpo sin vida de Plinio Jiménez Alarcón, quien  momentos  antes  había sido visto por el menor F. P.  G.,  persona  que a su vez  dio  aviso  a  las  autoridades mientras   la   víctima   era  atacada        por        varios  individuos  en  el vehículo en mención:   

“[…]  el señor gritaba duro porque nosotros lo escuchamos  […],  el  bus duró allí como tres minutos y yo subí a la carretera y llamé  a  la  policía  y  la  policía  paró  y  me  dijo  ‘qué     pasó,  mijo’ y yo le dije que  allí  están matando un señor, ellos bajaron en una  patrulla  de  la  policía,  y la patrulla encerró al bus y fueron a mirar qué  estaba    pasando    y    hasta    ahí    fue”33.   

Adicionalmente, los uniformados encontraron  al  procesado  con  rastros  de  sangre  en su ropa y  manos,  tal  como lo reconoció CARLOS HUMBERTO ZIPA  FONSECA    en   la   diligencia   de   vinculación  (“cuando  le  pegaron con una varilla en la cabeza  salió  el  chisguete  de  sangre  que  me  untó  toda  la  camisa  de  sangre,  […]   él   voltió  [sic]  la cabeza hacia la  parte       tracera      [sic]      cogiéndome   las   manos,  llenándomelas  de  sangre”34).   

En   este   orden   de   ideas,  para  la  Sala   no   hay   duda  alguna  de  que  hubo  una  situación  de flagrancia,  según  lo  dispuesto  en  el numeral 3 del artículo  346  de  la  ley  600 de 2000 (anterior artículo 370 del decreto 2700 de 1991),  que  señala  que dicha figura se configura cuando la persona es “sorprendida  y  capturada  con  objetos, instrumentos o huellas de  las  cuales  aparezca  fundadamente  que momentos antes ha cometido una conducta  punible   o   participado   en   ella”, como ocurrió en este caso.   

Lo   anterior   resulta  suficiente  para  concluir,  como lo hizo la representante del Ministerio Público, que a favor de  CARLOS HUMBERTO ZIPA FONSECA no procede la rebaja por confesión.   

5.3.          Tampoco   viene   al  caso  tener  en  cuenta   las  circunstancias  bajo  las  cuales  el  procesado  admitió  su participación en la muerte de Plinio Jiménez Alarcón,  como  en  determinado  momento lo sugirió el demandante, pues, en primer lugar,  el  móvil  señalado  por  CARLOS  HUMBERTO  ZIPA FONSECA, en el sentido de que  organizó  el  plan  para  matar  a  la  víctima  porque  ésta  se  comportaba  en  forma muy grosera con  él,  fue  desvirtuado  por  las declaraciones de Jairo  Enrique  Torres Maldonado,  Martha    Rocío    Jiménez   Bautista,  Rafael  Ignacio  Jiménez  Alarcón,  Parmenio  Robles  Cárdenas  y  Luis  Felipe  Prieto  Torres,   con   las  cuales  los  operadores  jurídicos   llegaron   a   la  certeza  de que la muerte obedeció al propósito de cometer el delito de  destrucción,  supresión y ocultamiento de documento  privado,   respecto  de los papeles que acreditaban la deuda que por la suma de  cinco  millones de pesos había contraído el sujeto activo con el sujeto pasivo  de  la conducta, tal se reseñó en precedencia (supra  2.2).   

Y,    en   segundo   lugar,   también  resulta  intrascendente  establecer  si  la  concreta  participación  de CARLOS HUMBERTO ZIPA FONSE-CA durante la ejecución del hecho  se   redujo   a   conducir   el   vehículo   de  placas  SCD-660  o  también  a  agredir  directamente a  Plinio  Jiménez  Alarcón  hasta  el punto de quedar  con  manchas de su sangre, pues ambos comportamientos  se   tratan   de   aportes   esenciales   que  bajo  un  mismo  designio  común  configuran  la modalidad de la coautoría impropia o  funcional,  contemplada  actualmente  en  el  inciso  2º  del  artículo 29 del  Código Penal.   

En consecuencia,  la   Sala   no   casará   la  sentencia   recurrida   en   razón   de   los   cargos   formulados  por  el  demandante.   

6. Por último, es de  anotar   que,  como  las  sentencias  de  primera  y  segunda  instancia  fueron  proferidas  en vigencia del anterior ordenamiento sustantivo (decreto ley 100 de  1980)35,  el  cual  establecía  para  la  conducta punible de homicidio  agravado una pena de cuarenta a  sesenta  años  de  prisión,  y  como  en  la  actualidad  dicha pena oscila de  veinticinco  a  cuarenta  años de prisión según lo prevé el artículo 104 de  la  ley  599 de 2000, le corresponderá al juez de ejecución de penas y medidas  de  seguridad,  conforme  a  lo  dispuesto  en el numeral 7 del artículo 79 del  Código   de   Procedimiento   Penal,  reconocer  en  virtud  de  ese  tránsito  legislativo    la   aplicación   del   principio   de   la   ley   penal   más  favorable.   

En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,  administrando justicia en nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

RESUELVE  

NO CASAR la sentencia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  en  razón  de  los  cargos  formulados por el demandante.   

Contra  esta  providencia, no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                                    ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

         

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  L.                AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

                                                                                                                                             

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                             YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE  SOCHA  SALAMANCA                JAVIER  DE  JESÚS  ZAPATA  ORTIZ   

              

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Cf.  el  numeral 11 de la Observación No. 13 del CCPR de la ONU  al    artículo   14   del   Pacto   Internacional   de   Derechos   Civiles   y  Políticos.   

2  Comité  de Derechos Humanos, comunicación 240/87, 1º de noviembre de 1991, §  8.3.   

3  Comité  de  Derechos  Humanos, comunicación 237/87, 5 de noviembre de 1992, §  6.2.   

4    Sentencia    de   21   de   febrero   de   2001,   radicación  10424   

5  Sentencia de 4 de septiembre de 2003, radicación 16146   

6    Sentencia    de   27   de   octubre   de   2004,   radicación  22305.   

7  Ibídem.   

8  Folio 135 del cuaderno I de la actuación principal.   

9  La Sala se abstiene de dar el nombre completo de estas personas,  en  atención  a lo dispuesto en el numeral 8 del artículo 47 de la ley 1098 de  2006, Código de la Infancia y la Adolescencia.   

10  Folio 13 del cuaderno I de la actuación principal.   

11 Folio 9 ibídem.   

12  Folio 24 ibídem.   

13  Folio 47 ibídem.   

14  Folio 37 ibídem.   

15 Folios 59 y 60 ibídem.   

16  Folio 57 ibídem.   

17  Folios 65-74 ibídem.   

18 Sentencia de 20 de marzo de 2003, radicación 17130.   

19  Ibídem.   

20  Sentencia  de  16 de octubre de 2003, radicación 18084, citando  al auto de 12 de marzo de 2001, radicación 16463.   

21  Folios 21-22 del cuaderno I de la actuación principal.   

22  Folios 79-80 ibídem.   

23  Folios 81-84 ibídem.   

24  Folios 123-126 ibídem.   

25  Folio 127 ibídem.   

26 Folios 143-145 ibídem.   

27 Sentencia SU-087 de 1999.   

28    Folios    48-49    del    cuaderno    I   de   la   actuación  principal.   

29  Auto  de  25  de agosto de 1998, radicación 13808, citada en la  sentencia de 30 de enero de 2003, radicación 13644.   

30 Sentencia de 31 de enero de 2002, radicación 11142.   

31  Folio 16 del cuaderno II de la actuación principal.   

32  Folio 60 ibídem.   

33    Folio   9   y   10   del   cuaderno   I   de   la   actuación  principal.   

34 Folio 26 ibídem.   

35  Cf.  folios  33 del cuaderno III de la actuación principal y 31  del cuaderno del Tribunal.     

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