9853 (21-04-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    DEBIDO PROCESO/ ERROR DE HECHO  

La violación del debido proceso o del derecho  de  defensa  por  desconocimiento  del  principio  de  investigación  integral,  aspecto  al  cual  se  reduce esta primera censura, no se presenta por la simple  circunstancia  de  haber  dejado  el  juzgador  de  recepcionar  una determinada  prueba,  o  negado  su práctica. Es necesario que existan fundadas razones para  concluir  que  su  aportación  al  proceso habría brindado a los falladores de  instancia  una visión distinta y opuesta de los hechos, capaz de desquiciar las  conclusiones del fallo.   

Los errores de hecho pueden presentarse cuando  el  juzgador  ignora  una  prueba que obra materialmente en el proceso, o supone  una  que  no  ha  sido aportada, o cuando al apreciarla distorsiona su contenido  fáctico,   o   en   su   valoración  se  aparta  de  las  reglas  de  la  sana  crítica.      

Invocar, por tanto, la existencia de un error  de  hecho  con el argumento de que los fallos dedujeron una agravante de la cual  no  obra  prueba en el proceso, es planteamiento que de suyo nada dice, y que ni  siquiera  puede  catalogarse  de  enunciado,  pues  para  que el ataque adquiera  sentido  es  necesario  precisar  la  naturaleza del desacierto y las pruebas en  relación    con    las    cuales    se   habría   presentado   el   error   de  apreciación.     

Proceso No. 9853  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                 Aprobado acta No.55   

                                                                 Magistrado Ponente:   

                                                                 Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa  Fe de Bogotá, D. C., veintiuno (21)  de abril de mil novecientos noventa y ocho.   

                   Resuelve la  Corte  el  recurso  extraordinario  de   casación  interpuesto  contra  la  sentencia  de  8  de  abril  de  1994, mediante la cual el Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de  Santa  Fe  de Bogotá condenó al procesado JOSE  MANUEL  VILLARRAGA  PAEZ, Agente de  la  Policía  Nacional,  a  la pena principal de 40 años de prisión como autor  responsable del delito de homicidio agravado.   

                     Hechos y  actuación procesal.-   

                     El 14 de  marzo  de  1993,  en  la transversal 82 con calle 40C sur de esta ciudad, siendo  aproximadamente  las seis de la mañana, José Manuel Villarraga Páez, quien se  movilizaba  en  un  taxi  en  compañía de los esposos Wilson Tavera Jiménez y  Liliana  Esperanza  Alonso  Soto,  descendió   del vehículo y disparó su  arma  de  fuego  contra  Nelson  Rios  Villanueva,  causándole una herida en la  región  torácica  que  determinó  mas  tarde  su  muerte. La víctima, en ese  momento,   se  hallaba  acompañada  de dos personas, cuya identidad no fue  establecida.   

                   Iniciada la  investigación  por  estos  hechos,  la  Fiscalía  vinculó al proceso mediante  injurada  a  Villarraga  Páez,  quien explicó que ese día, al regresar de una  fiesta  ofrecida por su compañero de trabajo Ricardo Rodríguez Villamizar, con  ocasión  de  su  matrimonio,  encontró  cerca de su casa un grupo de muchachos  sospechosos,  a  quienes,  por seguridad y en su condición de policía, ordenó  una  requisa.   Desafortunadamente  al desenfundar el revólver o descender  del  taxi,  no puede recordarlo con precisión debido a su estado de embriaguez,  el  disparador  se accionó, sin saber el rumbo que tomó el proyectil. De allí  se  dirigió,  en  el  mismo  vehículo,  al  apartamento  de los esposos Tavera  Alonso,  quienes  lo  acompañaban,  desde  donde  Liliana regresó al lugar del  incidente  para  informarse  de  lo  ocurrido.  Luego  se iría a dormir (fls.28  ss-1).   

                   Los esposos  Wilson  Tavera Jiménez y Liliana Esperanza Alonso Soto cuentan que esa mañana,  después  de  haber  descendido  del  taxi  frente a la casa de Villarraga   Páez,  éste, quien permanecía dentro del vehículo cancelando el servicio, le  ordenó  al  conductor  que retrocediera hasta donde se hallaban tres muchachos.  Allí,  les  anunció  una  requisa,  en  los  siguientes términos: “Hijueputas  contra  la  pared,  saquen todo lo que tengan dentro de los bolsillos y bótenlo  al  suelo”.  Cuando éstos se hallaban de espaldas, José Manuel sacó el arma y  en  ese momento se escuchó el disparo. Uno de los muchachos cayó. José Manuel  le  dijo  “hijueputa  se asustó”, y al ver que no respondía les ordenó que se  subieran  al  taxi. Primero lo hizo Wilson y más adelante recogieron a Liliana.  De  allí  se  dirigieron  a  su apartamento, donde Villarraga Páez permaneció  hasta  aproximadamente  las  7:30  de  la  mañana. Durante este tiempo, Liliana  regresó  al  lugar  de  los hechos con el fin de enterarse de lo sucedido, pero  solo  encontró  huellas de sangre. José Manuel se hallaba bastante tomado y en  ningún  momento  entró  en confrontación con los muchachos, ni éstos con él  (fls.39 y 92-1).   

                     Aparte de  estas  dos  personas,  solo  Esperanza  Mora  y  Nubia del Carmen Serna Restrepo  afirman  haber presenciado  los hechos. Esta última sostiene que ese día,  siendo  las seis de la mañana aproximadamente, vio cuando un vehículo amarillo  le  cerraba  el  paso  a  tres  muchachos.  En seguida descendió un señor, les  pidió  los  papeles,  los  puso  contra la pared, los obligó a bajarse la ropa  para  ver si tenían basuco, y los trataba mal. El señor hablaba bastante duro.  Uno  de  los  muchachos  entró  en  discusión  con  él y esto provocó que lo  golpeara  y  lo  pateara  con  la  ayuda de Wilson Tavera, quien estaba ahí. El  muchacho  se  le arrodilló y le suplicó que no lo matara, pero el procesado lo  levantó  del  cuello  (parte  posterior)  y le pegó el tiro. La víctima cayó  prácticamente  a  los pies de ellos, y Villarraga, bastante asustado, le dijo a  sus  compañeros  “volémonos  que  yo  maté ese tipo”, y se alejaron. Desde el  carro  conminaron a los otros dos muchachos para que abandonaran el sitio en dos  minutos.  Ella auxilió al herido, llamó varias veces a la patrulla para que lo  recogieran,  y por boca suya se enteró que se llamaba Nelson Rios, residente en  el barrio Timiza (fls.5 y 110-1).   

                   Coincidente  con  esta  versión  es  la de Esperanza Mora, pero dicha prueba fue desestimada  por  los juzgadores de instancia por haber sido recepcionada sin el lleno de los  requisitos legales (fls.5-1, 86-3 y 16-4).   

                   La restante  prueba  testimonial  viene  dada  por  las  declaraciones de María Amparo Díaz  Parra  (f.115-1),  Ernesto Luna González (f.117-1), José Fideligno Mateus Siza  (f.141-1),   Carlos   Enrique  Chaves  (fl.143-1),  Dagoberto  Montoya  Castaño  (fl.147-1),  residentes del barrio, José Elbert Sánchez Villanueva (fl.148 cd.  copias  2),  hermano  de  la  víctima,  y  los  Agentes de la Policía Nacional  Ricardo  Rodríguez  Villamizar  (fl.183-1),  Víctor  Esmert  López  González  (fl.24-1) y Jorge Enrique Guzmán Cabezas (fl.75-1).   

                     Los  dos  últimos,  visitaron  en  las  horas  de  la mañana la residencia de Villarraga  Páez  y  procedieron  a  su  conducción  y al decomiso del arma de fuego de su  propiedad,  un  revólver  calibre  38  largo,  marca  Llama,  provisto de cinco  cartuchos  y una vainilla. Guzmán Cabezas realizó además algunas indagaciones  con  los  vecinos, pero las respuestas eran evasivas por temor a represalias. La  única  información  que logró recoger la obtuvo de una señora que dijo haber  presenciado,  desde  la  ventana  de  su  casa, cuando Villarraga Páez y Wilson  Tavera  requisaban  y  golpeaban a tres muchachos que se hallaban en la esquina,  la  discusión  que  se  presentó  entre  ellos y luego escuchar la detonación  (fl.80-1).   

                    De acuerdo  con  el  protocolo de necropsia y los datos consignados en la historia clínica,  el  proyectil  ingresó  por  el  lado  derecho  de  la horquilla esternal de la  víctima,  en  dirección  izquierda-derecha,  antero-posterior, supero-inferior  (fls.176-1).   

                          Se  practicaron  peritaciones  de  alcoholemia  y  neurosiquiatría  por  parte  del  Instituto   de  Medicina  Legal  al  procesado,  con  resultados  positivo  para  embriaguez  de  primer  grado  al  momento  de  efectuarse  la  toma de muestras  (fls.34,81  y 151-1), y ausencia de trastorno mental o inmadurez sicológica que  le  impidieran  comprender  el hecho o determinarse (fls.168-1 y cuadernos 1 y 2  del incidente de objeción).   

                                                

                  El Instituto  de  Medicina  Legal  realizó  también  análisis  de balística, sobre los que  concluyó  que  el  proyectil extraído del cuerpo de Nelson Rios Villanueva fue  disparado     por     el     revólver    decomisado    a    Villarraga    Páez  (fls.124-1).   

                   El 23 de  marzo  de  1993  la  Fiscalía definió la situación jurídica del indagado con  medida  de  aseguramiento de detención preventiva por el delito de homicidio, y  por  auto  de  9  de  julio  siguiente  calificó  el  mérito  del  sumario con  resolución  acusatoria  por  el  referido  ilícito,  agravado  conforme  a  la  circunstancia  prevista  en  el  numeral 7º del artículo 324 del Código Penal  (indefensión  de  la  víctima),  hoy  30 de la ley 40 de 1993. Adicionalmente,  dispuso  expedir  copias  de la actuación para investigar penalmente la posible  participación  en  los  hechos  de  Wilson Tavera Jiménez (fls.44 y 216-1). Al  revisar   la   Fiscalía   Delegada  ante  el  Tribunal,  por  apelación,  este  pronunciamiento,  lo  confirmó con aclaraciones en relación con la expedición  de copias (fls.15 cuaderno segunda instancia Fiscalía).    

                  Dentro de  la  oportunidad  para  pedir  pruebas  en  el  juicio,  el  defensor del acusado  solicitó  los  testimonios  de  Virgilio  Villamil, Reinaldo Mendoza, Jesús M.  Villarraga  y  Patricia  Monroy Serna, hija de la testigo Nubia del Carmen Serna  Restrepo;  la  ampliación  de indagatoria del procesado;  la comparecencia  de  la perito psiquiatra forense doctora   Nancy de la Hoz Matamoros a  la  audiencia;  la  práctica  de  una  inspección al lugar del insuceso con la  asistencia  de  la  testigo  Nubia  del Carmen Serna Restrepo; un nuevo dictamen  neurosiquiátrico  a  su  defendido;  y,  el  testimonio  del  médico cirujano,  siquiatra  y  sicólogo  particular  doctor  Pedro Nel Córdoba, respecto de sus  tesis  y  discrepancias  con  el  dictamen  neurosiquiátrico  de medicina legal  (fls.311 y 317-1).   

                   Por auto  de  28  de  octubre  de 1993, confirmado por el Tribunal Superior de Bogotá, el  Juzgado  Trece  Penal  del  Circuito  accedió  a la práctica del testimonio de  Patricia  Monroy  Serna,  la  ampliación  de  indagatoria  del  procesado  y la  comparecencia  a  la  audiencia  de la perito forense, y negó por improcedentes  las restantes, con los siguientes argumentos:   

                  “En lo que  tiene  que  ver  con  la  recepción  de  versión  jurada  a VIRGILIO VILLAMIL,  REINALDO  MENDOZA  y  JESUS  MARIA  VILLARRAGA,  observa este despacho que tales  personas  en  manera  alguna  han  sido  mencionadas siquiera en el proceso como  sujetos  a  quienes  les  conste el hecho aquí investigado, no se tiene indicio  alguno  de la razón de su conocimiento del hecho y por ello mismo se consideran  improcedentes,    por    lo    que    en    consecuencia    se    denegará   su  práctica.   

                                 

                                           “Igualmente  resulta  improcedente  la  práctica  de  inspección  judicial  al  sitio  de  los  hechos  con  intervención de la testigo NUBIA DEL  CARMEN  SERNA  RESTREPO  tal  como lo requiere el defensor, pues debe precisarse  que  con fundamento en la prueba testimonial que se ha vertido al plenario no se  asoma  duda  alguna  respecto  de las circunstancias en que se desarrollaron los  hechos  aquí  investigados,  poniéndose  de  presente  de  otra  parte que los  testigos  presenciales  del  insuceso  lo han relatado detallada y detenidamente  sin  que  den  lugar a duda alguna en relación con las condiciones y razones de  su  conocimiento.  Se  deniega entonces la práctica de la prueba de inspección  solicitada.   

                       “Con  tosudez  el  doctor  SAAVEDRA, en ejercicio de la loable misión de defensor del  procesado  VILLARRAGA PAEZ insiste nuevamente en la designación de un perito no  oficial  que  frente  a lo determinado por el Instituto de Medicina Legal, tenga  la  oportunidad  de  debatir  las  consideraciones  y  conclusiones  del forense  respecto  de  la imputabilidad atribuible a su defendido. Pues bien, con base en  el  ya  dilatado  debate que a este aspecto se ha dado en el plenario, estima el  despacho  que no resulta pertinente acudir a un nuevo peritazgo, este de índole  no  oficial,  ya  que  lo  atinente  a  la  imputabilidad  o no del procesado se  encuentra  plenamente  esclarecido,  al  punto  que  el proveído que denegó la  reposición  en  torno  al  dictamen  de medicina legal se encuentra para surtir  recurso  de  apelación.  No prospera entonces lo pedido en torno a la práctica  del testimonio de PEDRO NEL CORDOBA.   

                  ” Por las  mismas  razones,  y  además porque es una prueba absolutamente inconducente, se  desestima  lo  solicitado  por el defensor en el sentido de que se practique una  prueba  psiquiátrica  a  VILLARRAGA PAEZ colocándolo en las mismas condiciones  de  alcoholemia en que se encontraba para el momento de los hechos, toda vez que  la  pericia  oficial  tuvo la oportunidad de determinar su análisis científico  con  fundamento  en las circunstancias de que da cuenta el procesado” (fls.1 del  cuaderno No.2 y 3 del cuaderno No.4).   

                  Celebrada  la  audiencia  pública, el Juzgado de conocimiento, mediante sentencia de 14 de  febrero  de 1994, condenó a Villarraga Páez a la pena principal de 40 años de  prisión  y  la accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas por  10  años,  como  autor responsable del delito de homicidio agravado, conforme a  los cargos imputados en la resolución acusatoria (fls.81-3).   

                    Apelado  este  fallo  por  la  defensa, el Tribunal Superior de Bogotá, mediante el suyo  que  ahora es objeto de impugnación extraordinaria, lo confirmó integralmente,  con  salvamento  parcial  de voto de uno de sus integrantes, quien propugnó por  la desestimación de la agravante (fls. 43 y ss-4).   

                        La  demanda.-   

                       Con  fundamento  en  las  causales  tercera  y  primera  de  casación, el demandante  presenta tres cargos contra la sentencia impugnada.   

                    Causal  tercera:   

                     Cargo  único:   

                 Violación  del  derecho  de  defensa por haber sido negadas en el período probatorio de la  causa  pruebas  que  eran  fundamentales  para determinar la responsabilidad del  procesado.   

                   Sostiene  que  la  defensa,  en  este estadio del proceso, solicitó varias pruebas con el  propósito  de  poder  ejercer  el  derecho  de contradicción del testimonio de  Nubia  del  Carmen Serna Restrepo; establecer las circunstancias de modo, tiempo  y  lugar en que sucedieron los hechos; y, saber a ciencia cierta los motivos que  determinaron    la   muerte   de   Nelson   Rios,   siendo   negadas   por   los  falladores.   

                    En  la  misma  providencia  se  aceptó  ampliar  la  indagatoria del procesado, pero se  ordenó  hacerlo  en la audiencia pública, con violación de los artículos 361  del  Código  de  Procedimiento  Penal  y 228 de la Constitución Nacional, pues  impidió,  con su retraso, que el sindicado pudiera contradecir el testimonio de  Nubia  del  Carmen  Serna Restrepo, en quien concurren motivos de animadversión  hacia  él,  y  demostrar la importancia de la declaración de los vecinos. Para  el  momento  de la audiencia, ya no existía posibilidad de citación, ni tenía  oportunidad de contradicción.   

                        La  determinación  de  no  practicar  la  diligencia de inspección judicial violó  también  el derecho de defensa, porque privó al sindicado de la posibilidad de  precisar  la  ubicación  de  las personas que presenciaron los hechos, el lugar  donde  ocurrieron,  y  los  rastros  y  efectos  materiales  que “favorecieran o  desfavorecieran al sindicado”.   

                     Igual  ocurrió  con  la  decisión  de  no  recepcionar  los  testimonios  de Virgilio  Villamil,  Reynaldo  Mendoza  y Jesús María Villarraga, porque estas personas,  como  se  dijo  en el memorial petitorio, son residentes del sector, siendo esto  un  indicio del conocimiento de los hechos, y porque la legislación procesal no  exige  que  los  testigos hayan sido citados en el proceso para poder ordenar su  declaración.   

                   Pide, en  consecuencia,  que  se case la sentencia recurrida y se decrete la nulidad de lo  actuado  a  partir  del  auto  de  28  de octubre de 1993, por inobservancia del  principio  de  investigación  integral  (artículos  333  y  334 del Código de  Procedimiento   Penal)  y  el  derecho  del  procesado  a  solicitar  pruebas  y  controvertir las que lo incriminan.   

                                                                                                  

                    Causal  primera.-   

                     Cargo  primero:   

                 Violación  de  la  ley  sustancial por indebida aplicación del artículo 324.7 del Código  Penal  y  falta  de  aplicación de los artículos 329 y 330 ejusdem, que tratan  del homicidio culposo.   

                   Dice que  el  Tribunal  incurrió  en  este  desacierto  al  haber  dejado  de valorar los  testimonios  de  Víctor  Esmert López González, Wilson Tavera Jiménez, Jorge  Enrique  Guzmán  Cabezas,  Liliana  Esperanza  Alonso Soto y Ricardo Rodríguez  Villamizar,  y  los dictámenes de alcoholemia practicados al procesado, pruebas  todas  de  las  que se infiere con claridad que para el día de los hechos éste  se  encontraba  bajo  los efectos de una intoxicación etílica, no fuera de sus  cabales,   pero   tampoco   en   su   sanidad   mental   cien   por   ciento.  Y  agrega:   

                     “Esta  afirmación  resiste  el  siguiente  análisis.  El  sindicado,  libre  de  todo  apremio,  se  dispone  a  disfrutar  la fiesta de matrimonio de su compañero, y  como  es  su  costumbre ingiere licor en abundancia, y de varias clases, lo cual  termina  en  una  borrachera  o  técnicamente en un estado de intoxicación por  alcohol,  debidamente probado en el proceso. Al disponerse a trasladarse para su  casa,  como  no  tiene  razones  de  pelea  con  nadie,  simplemente  aborda  su  transporte  y  en  compañía  de sus amigos se dispone a viajar hacia allí. De  camino,  ya  muy  próximo  a  su  destino,  sin  precisar él, por su estado de  alicoramiento,  si es antes o después de su casa observa a tres personas N.N. a  quienes  antes  no recuerda haber visto, ni conocer, ni contra quienes lo muevan  sentimientos  inobles  (sic),  o dañinos. Simplemente tres personas, que por su  actitud,  le  llevan  a  creer  que  tienen  o portan bazuco (sic), y movido por  razones  de seguridad y con el temor del recuerdo que le traen circunstancias en  las  que peligró su vida, se dispone a requisarlos, no sin desenfundar su arma.  Hasta   este   momento   el  único  motivo  de  su  actuación,    es    obtener   la   requisa   de   sus   sospechosos.  Por  parte alguna aparece que su intención haya sido la de dar  muerte   ni   al   hoy   occiso,   ni   a   sus   compañeros.  Es  una   desgraciada   circunstancia,  de  imprudencia,  originada  en  su mismo estado de intoxicación, que evidentemente  hubiese  podido evitar, pero en la que nunca pensó el sindicado, la que origina  el  desenlace  fatal.  El temor a su recuerdo y el mismo estado de alicoramiento  juntos  no  le permiten coordinar sus movimientos y reacciones, y le llevan a un  resultado  nunca  querido  ni  siquiera previsto en su comportamiento. De suerte  que,  evidentemente  hubo una pérdida humana, no se discute, pero las probanzas  allegadas  no  informan  jamás  de  un propósito de matar, de una preparación  para   hacerlo   y   evitar   que   el   occiso   pudiera  defenderse”  (fls.154  cd.4).   

                    No  es  cierto,  como  lo  sostiene  el  ad  quem,  que el sindicado haya disparado para  acallar  a  quien podía traerle problemas más adelante. Si esta suposición se  acepta,  debe  hacerse  extensiva a los otros compañeros ¿en sana lógica para  qué  matar a uno y dejar a los otros dos vivos?. Lo evidente es, en cambio, que  el  sindicado,  en  un  acto imprudente, sin medir los efectos del alcohol en su  organismo,  sacó  el  arma, en un momento indebido, con las consecuencias de su  imprevisión.   

                    Ante la  ausencia  de  animus  nocendi, mal puede aceptarse que Villarraga Páez es autor  de  un  delito  de  homicidio doloso y agravado. Y el Juzgador no puede dejar de  reconocer  la culpa aduciendo, como lo hizo, que su condición de policía no le  permitía imprudencias con el arma.   

                  De llegar  a  prosperar  este  cargo,  solicita  a la Corte casar parcialmente la sentencia  impugnada  y  condenar a su representado a la pena principal de dos (2) años de  prisión,  por homicidio culposo, más los incrementos por las circunstancias de  agravación punitiva concurrentes.    

                     Cargo  segundo:   

                            

                                          Subsidiario  del  anterior.  Indebida  aplicación  del  artículo  324.7 del Código Penal.   

                 Afirma que  los  juzgadores  incurrieron  en  error de hecho al condenar al procesado por un  delito  de  homicidio agravado, puesto que, de no ser admitida la culpa, solo es  posible  predicar  uno  simple. Se dio por establecido un hecho que no surge del  proceso,    y    una    agravante    sin    existir    prueba   alguna   de   su  concurrencia.      

                 Hace suyas  las  consideraciones plasmadas sobre el punto en el salvamento de voto, y pide a  la  Corte  casar  la  sentencia  impugnada  para  que, en su lugar, se condene a  Villarraga  Páez  a  la  pena  principal de 25 años de prisión, por homicidio  simple (fls.140 y ss-4).   

                   Concepto  del Ministerio Público.-   

                    1.  En  relación  con  el cargo planteado al amparo de la causal tercera, el Procurador  Primero  Delegado  sostiene que la omisión en la práctica de prueba solo puede  llegar  a  constituir  una  nulidad cuando es de tal naturaleza que conduce a la  afectación del derecho de defensa.   

                       Los  juzgadores  de instancia negaron las pruebas referenciadas por el demandante con  apoyo  en  los  artículos  477  (sic)  del  Código de Procedimiento Penal, que  autoriza  al  Juez  decretar  las  que considere procedentes, y 250 ejusdem, que  permite  admitir solo las que conduzcan a establecer la verdad sobre los hechos,  dando  razones  válidas  para  ello.  Además,  es  principio probatorio que se  acepten  y practiquen las conducentes, las pertinentes, y las útiles, según el  sano criterio judicial.   

                  Por esto,  correspondía   al  impugnante  demostrar  que  las  pruebas  denegadas  tenían  capacidad  para  cambiar  el sentido del fallo, si pretendía hacerle producir a  este  hecho  efectos invalidantes en el proceso, ya que la sola hipótesis de un  resultado  favorable,  no  es  en  modo alguno suficiente para considerar que el  medio       probatorio       puede       afectar      el      desenlace      del  juicio.                                  

                    De otra  parte,  la  inconformidad  derivada  del  momento  en  el  cual  se  recibió la  ampliación  de  indagatoria  al  procesado,  resulta un argumento excesivamente  formal,  pues  “el  menor  término  posible”  a  que alude el artículo 361 del  estatuto  procesal,  constituye  una regla de estimación prudencial del tiempo,  que  además  no  se  conculcó  y  no  tiene  que  ver  con  la  substancia del  proceso.   

                 Considera,  en  síntesis,  que  el  cargo  no  puede   prosperar,  porque el juicio se  cumplió  con  el  lleno  de las formalidades legales y el respeto al derecho de  defensa.                                     

                   2. En el  análisis  del  segundo  cargo, relativo a la forma de culpabilidad, la Delegada  sostiene  que  el  actor no precisa la naturaleza de la violación, si directa o  indirecta,  ni  la  clase  de error cometido, y aún cuando desarrolla el ataque  como  violación  indirecta  de  la ley, por error de hecho, termina consignando  sus  propias  conclusiones sobre lo acaecido, teniendo en cuenta la versión del  procesado  y realizando una estimación crítica de la prueba en sentido diverso  al  de  las sentencias, planteamiento que no constituye sino la expresión de su  personal  valoración,  incapaz  de  demostrar  el  error  que acusa, el cual ni  siquiera concreta.   

                        Su  enfoque,  resulta  inadmisible  en  casación  por  la  presunción de acierto y  legalidad  que  ampara  el  fallo, y porque las divergencias conceptuales que se  presentan  como  singular  manera  de  pensar,  con  desconocimiento  de  medios  probatorios  analizados  por  los  juzgadores,  no  pueden  llegar  a remover el  fallo.   

                  Por estas  razones, solicita desestimar el cargo.   

                    3.  El  ataque  subsidiario,  en  criterio  de  la  Delegada,  tampoco  está  llamado a  prosperar,  puesto  que  el  impugnante no lo desarrolla. No identifica el error  cometido  por  el juzgador, ni se ocupa de señalar su nexo con la decisión que  recurre,  sino  que se limita a disentir de la estimación judicial de elementos  fácticos  comprobados  en  el  proceso, quedando así la demanda reducida a una  simple   alegación   de   valoración  probatoria,  que  no  permite  casar  la  sentencia.   

                  Pasó por  alto  el  censor que el Tribunal, al impartir confirmación a la sentencia, hizo  una  razonable  valoración  de  la  prueba  al  referirse a la deducción de la  agravante,  respaldándose  en el testimonio de Nubia del Carmen Serna Restrepo,  quien  sostiene  que la víctima se arrodilló y le suplicó al procesado que no  lo  matara, siendo en ese momento cuando recibió el impacto. Pero, al margen de  esto,  es  también  evidente  la situación de inferioridad de la víctima, que  por igual hace válida la agravación del fallo.    

                        SE  CONSIDERA:   

                    Causal  tercera:   

                        La  violación  del  debido proceso o del derecho de defensa por desconocimiento del  principio  de  investigación  integral,  aspecto al cual se reduce esta primera  censura,  no se presenta por la simple circunstancia de haber dejado el juzgador  de  recepcionar  una determinada prueba, o negado su práctica. Es necesario que  existan  fundadas  razones  para  concluir que su aportación al proceso habría  brindado  a  los  falladores  de instancia una visión distinta y opuesta de los  hechos, capaz de desquiciar las conclusiones del fallo.   

                    En  el  presente  caso,  la  transgresión de esta garantía fundamental se finca por el  impugnante  en  la  circunstancia  de  haber  sido rechazados dentro de la etapa  probatoria  del  juicio,  sin  fundamentos válidos, los testimonios de Virgilio  Villamil,  Reynaldo  Mendoza  y  Jesús  María  Villarraga; la práctica de una  inspección  judicial  en  el  lugar de los hechos; y diferido para la audiencia  pública la ampliación de la indagatoria de Villarraga Páez.   

                    Si  se  estudian  las  providencias  correspondientes  a  estas  decisiones,  no  cuesta  trabajo   advertir   que   la  declaración  de  improcedencia  de  las  pruebas  inicialmente   señaladas,  y  su  consiguiente  denegación,  respondió  a  la  aplicación  de  normas legales que autorizan hacerlo (arts. 250 y 446 y 447 del  C.  P. P.), y de criterios enmarcados dentro de las facultades discrecionales de  que  goza  el funcionario judicial para determinar la conducencia, pertinencia o  utilidad  de  un  determinado  medio  probatorio.               

                 Cierto es,  como  se  sostiene en la demanda, que en el procedimiento no existe norma alguna  que  condicione  la  recepción  de  un  testimonio  a  que la persona haya sido  mencionada  dentro  del proceso como tal, pero esto en modo alguno significa que  la  negación  de  las  declaraciones  de  Virgilio Villamil, Reynaldo Mendoza y  Jesús  M.  Villarraga  haya  sido  ilegal,  pues si la actuación no suministra  datos  que  permitan  relacionar  al  pretendido declarante con los hechos, y el  peticionario  de  la  prueba tampoco los aporta, señalando los puntos sobre los  cuales  versará  su  relato,  y  la  forma  como llegaron a su conocimiento, la  decisión  no  puede  ser  distinta  de  la adoptada en el presente caso por los  juzgadores de instancia.   

                    Afirmar  que  la  condición  de  testigos  de  las  mencionadas  personas  surgía de la  circunstancia  de ser residentes del sector donde ocurrieron los hechos, además  de  ser  un planteamiento deleznable, revela la poca seriedad de las alegaciones  del  censor,  principalmente  si  se  da  en considerar que uno de ellos (Jesús  María  Villarraga),  la  mañana  del  insuceso, manifestó a los agentes de la  policía  que visitaron su residencia ignorar lo sucedido (fls. 75 y ss-1); y la  tardanza  de  los otros en proclamar su condición de testigos presenciales, sin  tener   motivo   real   ni   aparente   para   guardar   silencio,  los  tornaba  sospechosos.       

                   No menos  inconsistentes  resultan  las razones que el recurrente presentó y ahora exhibe  en  orden  a  demostrar  la  importancia  de  haberse practicado una inspección  judicial  en el lugar de los hechos, y los efectos adversos de su denegación en  el   ejercicio   del  derecho  de  defensa,  pues  si  con  este  medio  buscaba  básicamente  interrogar a Nubia del Carmen Serna Restrepo, es de precisarse que  quien  ahora  recurre  lo  hizo  de  manera  amplia cuando la mencionada testigo  rindió  versión  de  los  hechos, no siendo cierto, por tanto, que debido a la  negación  de  la  citada  diligencia se le hubiera privado de la posibilidad de  controvertir su dicho (fls.110 y ss).   

                       Por  último,  ninguna  consecuencia  desfavorable para la defensa puede derivarse de  una   decisión  judicial  tomada  con  sujeción  a  la  normatividad  procesal  positiva,  como  ocurrió  en  el  presente  caso con la orden impartida por los  juzgadores  de  instancia  de  practicar  en  la  audiencia pública las pruebas  decretadas  en  el  juicio,  incluida  la ampliación de indagatoria, lo cual se  ajusta    a    lo    dispuesto    en    el    artículo    448    del   estatuto  procesal.                                                                                                                                                                                                                                                                           

                        En  síntesis,  el  casacionista  no  entra en la tarea de demostrar que las pruebas  dejadas  de  practicar  tenían aptitud suficiente para derruir las conclusiones  del  fallo o atenuar sus efectos, sino que se dedica a cuestionar las decisiones  judiciales  en  ese  punto,  a  partir  de posturas eminentemente personales que  enfrenta al criterio de los juzgadores.    

                 La censura  no     prospera.                                                                                                                         

                    Causal  primera.-   

                     Cargo  primero:   

                                          Aplicación   indebida  del  artículo  324.7  del  Código  Penal  (modificado  por  el  30  de  la  ley  40 de 1993) y falta de aplicación de los  artículos  329  y 330 ejusdem, debido a que los juzgadores de instancia dejaron  de  valorar  los  testimonios  de Víctor Esmert López González, Wilson Tavera  Jiménez,  Jorge Enrique Guzmán Cabezas, Liliana Esperanza Alonso Soto, Ricardo  Rodríguez   Villamizar,   y   los  dictámenes  de  alcoholemia  realizados  al  procesado,  conjunto  de pruebas que demuestran que éste, al momento de ocurrir  los  hechos, se encontraba bajo los efectos de una intoxicación etílica,   no  “por  fuera  de  sus  cabales”,  pero  tampoco  en  estado de sanidad mental  normal.   

                    Varias  serían  las  observaciones  que cabría hacer a este reparo, pero en aras de la  concreción,  basta  destacar,  para  su  desestimación,  que  el  enunciado no  corresponde  a su desarrollo, ni su contenido apunta a cuestionar los argumentos  del fallo.        

                   A juzgar  por  los  términos en los cuales ha sido planteada la censura, pareciera que se  orienta  hacia  la  demostración  de  un  error  de  hecho  por falso juicio de  existencia;  sin  embargo,  lo  que  en  estricta  técnica  casacional  termina  proponiéndose,  es  uno  de identidad. Esta es, al menos, la conclusión que se  obtiene  de  su  desarrollo,  en  donde  los  cuestionamientos a la apreciación  probatoria  están  referidos,  no  a  la  falta de estimación de los medios de  prueba  en su integridad material, sino de segmentos de éstos, específicamente  de  los  que  informan  el  estado  de  alicoramiento del procesado.     

                        De  cualquier  forma,  no  es  cierto  que  los juzgadores hayan omitido apreciar, o  tergiversado      el      contenido      fáctico     de     las     mencionadas  probanzas.       

                  Al margen  de  estas falencias de orden técnico, el ataque aparece totalmente desconectado  de  los fundamentos del fallo recurrido, en cuanto que el mayor o menor grado de  intoxicación  etílica  de  Villarraga Páez, aspecto que la censura se empeña  en   precisar,   para  nada  incidió  en  la  determinación  de  la  forma  de  culpabilidad,  como puede verse en los siguientes apartes de la sentencia del ad  quem,   donde   se   consignan   las   distintas  razones  que  soportaron  esta  decisión:        

                  “… desde  el  primer  momento  el procesado planteó la ocurrencia de un homicidio culposo  indicando  que al bajarse del taxi o al desenfundar el arma o al abrir la puerta  se  le  accionó.  En  primer  lugar  debe  decirse  que el revólver es un arma  bastante  segura,  como  para  argumentar  que  al  sacarlo  de la funda o de la  pretina  se  pueda  disparar accidentalmente, mucho menos al abrir la puerta del  vehículo  en  que  se  movilizaba. Además, no puede pasar desapercibido que el  procesado  para cuando ocurrieron los hechos era Agente de la Policía Nacional,  habiendo  recibido curso de entrenamiento para desempeñarse como tal, así como  que  como  él  mismo  lo  dijo estuvo en el escuadrón móvil contra-guerrilla,  llamado  ahora  cuerpo  élite,  tal  como lo asevera el imputado. La salida del  disparo  accidentalmente  ya  se  cae  de  su  peso  por las propias condiciones  personales  del  procesado,  pues no puede negarse que era un sujeto hábil para  el  manejo  de  las  armas  y  que la utilizada, un revólver, no es susceptible  producir  (sic)  deflagración  de la carga en la forma como lo pretendió hacer  creer el acusado.   

                  “Aparte de  esas  condiciones  especiales que tenía el imputado y por lo cual no es posible  creer  en  la  posibilidad de un disparo accidental, por falta de previsión del  resultado  previsible  o cuando habiéndolo previsto, confió en poder evitarlo,  la  prueba  testimonial indica que ello no ocurrió como lo expuso el procesado:  Su  propio  amigo WILSON TAVERA expresó: ´había tres muchachos y JOSÉ salió  del  carro  y les dijo qué pasaba ahí hijueputa JOSÉ les dijo a los muchachos  contra  la  pared,  todo lo que tienen dentro de los bolsillos lo botan al suelo  entonces  cuando  los  muchachos estaban de espaldas contra la pared JOSÉ sacó  el  revólver  y ahí fue cuando se escuchó el disparo´. LILIA (sic) ESPERANZA  ALONSO,  la  esposa del anterior declarante, dijo: ´JOSÉ los hizo poner contra  la  pared,  les  dijo  que  era una requisa y JOSÉ en un momento sacó el arma,  hizo  un  disparo  no se a qué dirección, como a los cinco segundos uno de los  señores  que  estaba  ahí,  cayó el piso´. A su turno NUBIA DEL CARMEN SERNA  RESTREPO  manifestó en su declaración: ´vi cuando venían tres muchachos y en  ese  momento  un carro amarillo se interceptó de lado en la esquina y le cerró  el  paso  a  los  muchachos  y  el  señor se bajó del carro, en ese momento no  sabía  cómo  se  llamaba  el  señor  del  carro y le pidió los papeles a los  muchachos,  los  puso  contra la pared, y les preguntó que si llevaban basuco y  los  puso  ahí contra la pared y empezó a pedirles papeles y a tratarlos mal y  inclusive  (sic)  les  dijo  que  si  tenían  plata, el muchacho que se llamaba  NELSON  RIOS  le  dijo  a  él  que  quién  era  él para pedir todo eso que le  mostrara  la  tarjeta  que  lo  acreditara como policía y el señor le dijo que  quién  putas era él para decirle eso y ahí fue cuando le empezó a patear y a  golpear  y  él  le  pedía  que  no  lo  aporriara  ni nada pedía clemencia el  muchacho  NELSON  RIOS  porque él pidió auxilio y gritaba muy duro, él decía  socorro,  socorro  y  él  le  decía  que si gritaba más duro le daba, pues yo  escuché  todo  eso  porque yo me alcancé a esconder a un montón de tierra que  estaba  hacia  la parte del lado de allá, el señor venía con un señor WILSON  TAVERA  y  él ayudaba a patear al señor y JOSÉ VILLARRAGA, sacó el revólver  y  lo  golpeó  en  la  parte  de  acá (se deja constancia que señala la parte  posterior  del cuello). El se le arrodilló y le suplicó que no lo matara y él  volvió  y lo levantó de acá (indica el cuello nuevamente la parte posterior),  y  ahí  fue  donde le pegó el tiro, fue a las seis y cinco o seis y ocho mas o  menos  esa  era la hora. Ya el muchacho cayó tambaleándose a los pies de ellos  ahí…”.   

                   “Ninguno  de  los  deponentes  citados  en precedencia admite la posibilidad de un disparo  accidental   por  falta  de  previsión  del  resultado  previsible,  menos  que  habiéndose  previsto,  confió  en poder evitarlo. Se deduce de tales versiones  que  cuando  el  procesado  accionó  el  arma,  lo  hizo con la intención y la  voluntad  de  hacer blanco en la humanidad de quien de rodillas le pedía que no  lo  fuera  a  matar.  Por  manera que no existe en el proceso ninguna prueba que  respalde  la  coartada  presentada en primer término por el imputado, antes por  el  contrario,  su  dicho está totalmente desvirtuado, por lo que no es posible  acceder  a  la  modificación  de  la  responsabilidad  que  impetra  el  señor  defensor,  en  el  sentido de que en vez de tratarse de un homicidio agravado se  convierta el mismo en un homicidio culposo” (fls.47,48 y 49-4).   

                 Además de  este  divorcio  entre  los  argumentos del fallo y el contenido del cargo, no se  oculta,  como  lo  destaca la Delegada, la marcada tendencia del censor de hacer  prevalecer  una  muy  particular visión de los hechos sobre las conclusiones de  la  sentencia,  con  absoluto  desprecio  por  la  verdad  procesal.     

                      Este  reparo    tampoco   prospera.                                    

                              

                     Cargo  subsidiario:   

                 Violación  de  la  ley  sustancial por aplicación indebida del artículo 324.7 del Código  Penal,  modificado  por  el 30 de la ley 40 de 1993, con ocasión en un error de  hecho,  consistente  en  haber  deducido  el  fallo  la  agravante del estado de  indefensión, sin existir prueba de ella en el proceso.   

                        La  imprecisión,  falta  de  claridad  y ausencia de fundamentación de este reparo  impiden  a  la  Corte intentar una respuesta a los planteamientos del libelista,  no  solo  porque  implicaría entrar a especular sobre el contenido y alcance de  la  censura, sino porque traduciría violación del principio de limitación que  preside el recurso.   

                     Basta  decir,  para  destacar  las  inconsistencias técnicas de este reproche, que los  errores  de  hecho  pueden  presentarse cuando el juzgador ignora una prueba que  obra  materialmente  en  el  proceso,  o  supone  una que no ha sido aportada, o  cuando  al  apreciarla distorsiona su contenido fáctico, o en su valoración se  aparta de las reglas de la sana crítica.      

                   Invocar,  por  tanto,  la  existencia  de  un  error  de hecho con el argumento de que los  fallos  dedujeron  una  agravante  de  la  cual no obra prueba en el proceso, es  planteamiento  que  de  suyo  nada  dice, y que ni siquiera puede catalogarse de  enunciado,  pues  para  que  el ataque adquiera sentido es necesario precisar la  naturaleza  del  desacierto y las pruebas en relación con las cuales se habría  presentado el error de apreciación.     

                  Con todo,  ha   de   señalarse  que  los  falladores  de  instancia  fueron  generosamente  explícitos  al  consignar  las  razones por las cuales se deducía la agravante  del  estado  de  indefensión, y sumamente claros al señalar las pruebas en las  cuales  soportaban  su  decisión,  de  manera que si el casacionista pretendía  desquiciar  sus  conclusiones  en  este  punto,  ha  debido  demostrar  un error  trascendente  en la apreciación material de la prueba, las inferencias lógicas  o  la  conceptualización  jurídica,  pero  no  pretender  que la Corte entre a  sustituir  la  decisión  de la Sala mayoritaria del Tribunal por la postura del  Magistrado    disidente,    como   si   se   tratara   de   una   revisión   de  instancia.       

                   

                       Los  siguientes  apartes  de  los  fallos,  condensan claramente los motivos de orden  fáctico  y  jurídico  que los juzgadores tuvieron para deducir la agravante en  mención:   

                       “Es  también  el  caso  analizar  la  situación de indefensión en que el encausado  tuvo  a  la  víctima  la mañana de los hechos, pues creó una situación en la  cual  le quitó a NELSON RIOS las oportunidades de rechazar la acción homicida,  ya  que  lo imposibilitó para defenderse. Obsérvese que indefensión significa  eliminación  de  las posibilidades de defensa, o disminución ostensible de las  oportunidades  de  rechazar  la  agresión  y  defender la vida; y fue así como  ocurrió  en  el  caso  de autos porque no solamente VILLARRAGA PAEZ, puso a los  tres  muchachos  contra  la  pared  y  les hizo sacar todo lo que tenían en sus  bolsillos,  sino  que concretamente al hoy occiso lo golpeó a raíz de que este  solicitara  identificación  como  policía,  al tiempo que era también pateado  por  su  ahijado  WILSON  TAVERA,  procediendo posteriormente a dispararle en el  tórax  pese  a  las súplicas que de rodillas le hacía la víctima. Muestra lo  anterior,  no  solo  el  estado  de  indefensión  en  que  se encontraba el hoy  obitado,  sino  el  conocimiento  pleno que el enjuiciado tenía de sus actos la  mañana de los hechos…” (Sentencia del ad quo. fls.91-3).   

                   “Véase,  volviendo  nuevamente  sobre  la  versión  de la testigo NUBIA DEL CARMEN SERNA  RESTREPO,  cómo después de haberle dicho el hoy occiso al procesado que quién  era  él,  que  se  identificara,  cómo  el  imputado  procedió  a golpearlo a  puntapiés  y  con  el  cañón  del  arma en el cuello, llegando a tal punto la  intimidación   que   NELSON   RIOS   VILLANUEVA,   el  obitado,  ´se  le  arrodilló  y le suplicó que no lo matara y él volvió y  lo  levantó de acá (indica el cuello nuevamente la parte posterior) y ahí fue  donde  le  pegó el tiro…´, narrativa que no está  desvirtuada  por  ningún  medio  probatorio  y  que  en  cambio encuentra pleno  respaldo  si  se tienen (sic) en cuenta que la estatura del señor VILLARRAGA es  de  160 cms tal como se dejó consignado en su injurada a folio 28, mientras que  conforme  a la autopsia NELSON RIOS VILLANUEVA tenía una talla de 174 cms. y lo  que  es  más  importante  aún, la trayectoria del proyectil fue ´izquierda           a          derecha,          antero-posterior,  supero-inferior´,   lo   que  significa  con  toda  claridad  que  siendo  RIOS  VILLANUEVA 14 cms. más alto que VILLARRAGA, aquél  estaba  arrodillado, suplicándole que no lo matara en el momento preciso en que  decidió  dispararle, explicándose que cuando la testigo indica ´y lo levantó  de  acá (indica el cuello nuevamente la parte posterior)´, no es que realmente  lo  hubiera  puesto  en  pie,  sino  que lo haló de la ropa, sin que en ningún  momento  perdiera  la  posición  de  rodillas  en que lo ha descrito, porque el  disparo,  no  cabe  duda,  fue  de  arriba hacia abajo” (Sentencia del Tribunal.  fls.60-4).   

                   El cargo  no prospera.   

                 En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Primero Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                  R E S U E  L V E:   

                        NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                          Devuélvase al tribunal de origen. CUMPLASE.   

                                       JORGE   CORDOBA  POVEDA                                      

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

CARLOS        A.        GALVEZ  ARGOTE             JORGE     ANIBAL     GOMEZ  GALLEGO   

CARLOS   E.   MEJIA  ESCOBAR                            DIDIMO   PAEZ   VELANDIA   

                        

NILSON   PINILLA   PINILLA                              JUAN   MANUEL   TORRES  FRESNEDA   

                                      Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                SECRETARIA       

     

                                                     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *