15539e

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No. 15539  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 56 (abril-20-99)  

          Santafé  de  Bogotá,  D.  C.,  veintitrés  (23)  de  abril de mil  novecientos noventa y nueve (1999).   

VISTOS:  

          Se  ha  planteado  una  colisión  negativa de competencias entre el  Juez  Primero Penal del Circuito de Yarumal (Antioquia) y un Juez Regional de la  ciudad  de  Medellín, pues el primer funcionario estima que en este proceso hay  prueba  sobre  la  existencia  del  delito  de  homicidio con fines terroristas;  mientras  que  el  segundo aprecia que no existe suficiente convicción sobre la  finalidad   terrorista,   y  tampoco  es  posible  desconocer  la  calificación  jurídica  de  la resolución acusatoria, que lo hizo por homicidio agravado por  la  indefensión,  pero  sin  tal  ingrediente  especial  que  eventualmente  le  otorgaría el conocimiento.   

          De  acuerdo  con la parte final del numeral 5° del artículo 68 del  Código  de  Procedimiento Penal, le corresponde a la Sala dirimir esta clase de  controversias.   

HECHOS Y ANTECEDENTES:  

          El  10 de marzo de 1998, aproximadamente a las 11 de la mañana, los  jóvenes  JORGE  ALEJANDRO  CADAVID,  AQUILINO  DE  JESÚS  LEAL BEDOYA y REIBER  ANTONIO  COSSIO, residentes en el barrio El Jardín del municipio antioqueño de  Puerto  Berrío,  salieron  de  paseo  en  bicicleta  por  la  vía que de dicha  población  conduce a la ciudad de Medellín.  Ya aproximadamente a las 3 y  30  minutos  de la tarde, cuando estaban de regreso a la cabecera municipal, los  ciclistas  fueron  interrumpidos  por  la  abrupta frenada de una volqueta, a la  altura   del   sitio   conocido   como  la  “Quesera”,  vehículo  del  cual  descendieron  con  armas  de  fuego  el  conductor y dos ocupantes más, quienes  tomaron  en  rehenes  a  los  dos  primeros  paseantes, porque el tercero logró  escaparse  por  las mangas y hondonadas aledañas a la carretera, a pesar de los  disparos que le descerrajaron.   

          Aproximadamente  a  las  7  y  40  minutos  de la noche de esa misma  fecha,  la Inspección de Policía y Tránsito Municipal de la vecina población  de  Maceo  realizaba  el  levantamiento  de  los  cadáveres de las dos personas  ilegalmente  retenidas,  los  cuales  aparecieron a inmediaciones de la finca La  Primavera,  situada  sobre  la  vía  que  del  mencionado  municipio conduce al  corregimiento  de San José del Nus, maniatados y con sendos impactos de bala en  la cabeza.   

          Gracias     a    la    supervivencia    del    joven    Reiber  Antonio  Cossio,  se  supo  que el  automotor  pertenecía a la conocida compañía de “Los Pastusos”, conducido  antes  y  en  la  ocasión  por  el  procesado  DEMETRIO  DE  JESÚS CASTRILLÓN  VELÁSQUEZ,  vecino del mismo barrio de residencia de las víctimas, quien antes  había amenazado con “limpiarlo de todos los pelados”.   

          El   Fiscal   Delegado   con  sede  en  Puerto  Berrío  inició  la  correspondiente  investigación,  vinculó  por medio de indagatoria al imputado  Castrillón   Velásquez  y  posteriormente  le  dictó medida de aseguramiento de detención preventiva, sin  beneficio    de    excarcelación,    por    los    delitos    de   homicidio  agravado  y secuestro simple (19  de marzo de 1998).   

          La  Fiscalía  calificó  el  mérito  del  sumario el 9 de julio de  1998,  acto  en el cual dictó resolución acusatoria por un concurso de delitos  de  homicidios agravados por la puesta en indefensión  de  la  víctima, de conformidad con los artículos 323  y  324,  numeral  7°  del Código Penal (fs. 108-120).  Esta decisión fue  confirmada  por  la  Unidad de Fiscalía ante el Tribunal Superior de Antioquia,  según providencia fechada el 19 de agosto siguiente (fs. 129-146).   

          Adelantaba  el  juicio el Juez Penal del Circuito de Puerto Berrío,  competente  por  razón del hecho y el territorio, pero el 29 de octubre de 1998  recibió  una  nota  reivindicada  por  las “Autodefensas Unidas del Magdalena  Medio”,  por  medio  de  la cual le hacen saber que el procesado es inocente y  “que   Dios  lo  ilumine  en  tomar  una  decisión  con  Justicia,  y  no  en  Derecho”.   En  la  misma  fecha,  el  funcionario  judicial solicitó el  cambio  de  radicación  del  proceso,  petición a la cual accedió el Tribunal  Superior  de  Antioquia,  corporación que dispuso el traslado del expediente al  Juez  Penal  del  Circuito de Yarumal y la expedición de copias para investigar  la  presunta  conformación  o  participación  del  grupo armado irregular y la  posible   intervención  de  otras  personas  en  los  homicidios  (cuaderno  de  incidente, fs. 1 a 3 y 6 a 11).   

          A  pesar  de  los  inconvenientes  que suscitó la comunicación, el  Juez  de  Puerto Berrío realizó la audiencia pública el 4 de noviembre, antes  de que se decidiera el cambio de radicación (fs. 152-161).   

POSICIONES EN EL CONFLICTO:  

          El  Juez  Primero  Penal  del  Circuito  de Yarumal (Antioquia), por  medio  de  auto  fechado  el  1°  de  febrero  del  año  en curso, se declaró  incompetente  para  decidir  el  proceso adelantado por dos delitos de homicidio  agravado   que   se  atribuyen  al  procesado  DEMETRIO  DE  JESÚS  CASTRILLÓN  VELÁSQUEZ,  dada  la existencia de prueba sobre la intervención de un “grupo  de  autodefensa”   en los hechos, “que por entonces estaba sembrando el  terror  en  la  región”,  razón por la cual el conocimiento de la acusación  corresponde  a  los  Jueces  Regionales,  de  acuerdo  con  lo  dispuesto  en el  artículo 71 del Código de Procedimiento Penal.   

          Sostiene  que desde los inicios de la investigación, la denunciante  Angela     María    Cadavid    Morales,  madre  de  uno  de  los  desaparecidos,  dice que los desdichados  jóvenes   fueron   eliminados  por  un  “grupo  de  limpieza”;  el  testigo  Ramón  Emilio  Gómez Correa  asevera  que  el  procesado  pertenecía  al  “grupo paramilitar” que le dio  muerte  a  las  víctimas;  y  el  sobreviviente Reiber  Antonio  Cossio  cuenta  que  el acusado públicamente  decía  que  “tenía que limpiar el barrio”; y todo ello se refuerza con las  manifestaciones  del  mismo  sindicado,  quien  admite  que  fue  amenazado  por  personas  armadas que lo obligaron a sorprender a las víctimas y transportarlas  en  el  vehículo  que  él  conducía;  pero igualmente con el pasquín que dio  lugar  al cambio de radicación, escrito que es dirigido por las “Autodefensas  Unidas del Magdalena Medio”.   

          El  Juez  Regional  de Medellín acepta la colisión de competencias  propuesta  por  el  Juez de Circuito, porque, según lo motiva en la providencia  del  15  de  febrero pasado, no tiene asidero probatorio el fin terrorista en el  homicidio,  como  única  circunstancia  que  habilitaría  su  conocimiento,  y  tampoco  es  posible  desconocer  la  calificación  jurídica  impartida  en la  resolución  de  la acusación, ya que esta pieza procesal es vinculante para el  juez,  en la medida que delimita la competencia y fija los parámetros dentro de  los  cuales debe desenvolverse el ejercicio del derecho de defensa en el juicio,  según  lo  definió  la  Corte  Suprema de Justicia en la providencia del 18 de  diciembre  de  1996,  cuya  ponencia  correspondió  al  magistrado Fernando Arboleda Ripoll.   

          Explica  el Juez Regional que durante la etapa de la instrucción no  hubo  pronunciamiento de los funcionarios competentes sobre el mencionado “fin  terrorista”  y,  como  quiera que el dato sobrevino por una prueba allegada en  el  juicio  (el anónimo),  solamente quedaba la expedición de copias para  que  otro  instructor  investigara  las  nuevas conductas, como acertadamente lo  dispuso  el  Tribunal  Superior  de  Antioquia.  De otro lado, dentro de la  estructura   del  proceso  penal  en  Colombia,  las  partes  deben  contar  con  oportunidades  definidas  y  preclusivas de contradecir la prueba, de tal manera  que se asegure su conocimiento y no se les sorprenda.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

          En  relación  con  el  tema  de  las  discusiones de competencia, a  partir  del  dato  de que existe una resolución acusatoria en firme, y sobre la  importancia  de  la  misma  en  la  estructura  procesal  penal  colombiana,  la  jurisprudencia   de   esta  Corporación  se  ha  decantado  en  los  siguientes  términos:   

“La Sala ha reiterado la fuerza vinculante  que  tiene  la  resolución  de  acusación  ejecutoriada en un sistema procesal  penal  con tendencia acusatoria como el colombiano, en  la  medida  en  que  no  puede  ser  desconocida  por el juzgador con argumentos  apriorísticos,  y al concretar los hechos por los que  se  llama a juicio delimita la competencia y fija el marco de referencia para el  ejercicio  del  derecho  de  defensa  y  la  terminación anticipada del proceso  (arts.  37 inc. Final, 38 y 39 del C. de P. P., modificados por los arts. 3, 6 y  7 de la Ley 81/93).   

“De ahí que la incompetencia del Juez para  conocer  de  un  determinado  proceso  debe  estar referida a los hechos por los  cuales  se profirió resolución de acusación, pues le está vedado -por virtud  del  principio  de  congruencia  entre  acusación  y  sentencia-,  extender  el  juzgamiento  a  hipótesis  delictivas  derivadas de hechos que no fueron objeto de imputación en el pliego  de cargos.   

“De conformidad  con  la  precisión  anterior, resulta admisible la controversia planteada en el  presente  caso, por cuanto la incompetencia aducida por el Juez está referida a  la   denominación   jurídica   de   los  hechos  objeto  de  acusación,  cuya  verificación  debe  ser  efectuada por el Juez de la causa como máximo garante  de    la    legalidad    del   proceso”   (auto   28   de   julio   de   1998.    M.  P.  Fernando  Arboleda  Ripoll.  Subrayas  añadidas).   

          Para  las  trazas  del caso examinado, la expresión jurisprudencial  había  sido más clara aún en el auto del 28 de agosto de 1995, por cuyo medio  se dijo:   

“Ahora  bien,  no  por  disentir  de  la  resolución  de  acusación  puede  el  juez  de  la causa negarse a conocer del  proceso    pretextando   incompetencia.    Esto  solamente  puede  hacerlo  cuando  la  discrepancia recae sobre la calificación  jurídica  de  los  hechos  y  la  que  habría  de  darse  determina  cambio de  competencia,  verbigracia,  si  la  acusación  contiene cargos por un delito de  conocimiento  de  la justicia ordinaria y el juez considera que la calificación  debió  hacerse por uno de competencia de la justicia especial regional, caso en  el  cual  está  obligado  a proponer colisión negativa sin festinar decisiones  sobre la validez de la actuación (C. P. P., art. 101).   

“Por fuera de esta hipótesis, el juez debe  asumir  el  conocimiento  del  proceso, sea cual fuere la inconformidad suya con  el,  para,  en  el  curso  del  juicio,  tomar  la decisión que corresponda con  arreglo  a  las  soluciones  que  la ley procesal le ofrece, siempre y cuando no  desconozca,    al   menos   no   antes   de   la   sentencia,   la   valoración  jurídico-probatoria   que   la   acusación   contiene   en  relación  con  la  materialidad  del  hecho  y  la responsabilidad del procesado, pues, de hacerlo,  suplantaría  al  fiscal  en  el ejercicio de la función acusadora que, como es  bien  sabido,  le  pertenece”  (M.  P.  Fernando   Arboleda  Ripoll.   Se  ha  subrayado).   

          De   modo  que,  sin  desconocer  los  hechos  probados  durante  la  instrucción,  es  posible  que  el  juez  advierta  una  errónea  o deficiente  calificación  de  los  mismos  en  la  resolución  de acusación, yerro que si  llegare  a  trascender a un cambio de competencia, habilitaría al juzgador para  plantear  la  respectiva  colisión.   En  este  caso,  el juez de circuito  estimó  que  el  fiscal  no tuvo en cuenta en la calificación la circunstancia  agravante  del  homicidio  por  el  “fin  terrorista”, a pesar de que había  prueba  y manifestación de tal elemento desde el acopio de la investigación (y  no  apenas  como  dato  sobreviniente  en  el  juicio), y así entonces, como el  funcionario  propone  el  conflicto  en tales condiciones, no se podría afirmar  que  con  su  actitud  desconoce  a priori la resolución acusatoria.   

          De  otra  parte,  aunque  ya  se  investiga por separado la presunta  participación  en  la conformación de grupos armados irregulares, conforme con  las  copias  oportunamente  ordenadas por el Tribunal Superior de Antioquia, tal  actitud   colma   el   vacío  respecto  de  otro  hecho  punible  supuestamente  concurrente  y  dejado  de  investigar  en este proceso, pero, de todas maneras,  seguiría   por   fuera   la   circunstancia   de   agravación  por  el  “fin  terrorista”,  que  se predica del homicidio, ingrediente subjetivo este que de  verdad  puede  configurarse  independientemente de que los autores o partícipes  actúen   dentro   o   fuera  de  agrupaciones  ilícitamente  armadas  (Decreto  Legislativo  1194  de  1989, arts. 1 a 4, adoptado por el Decreto Extraordinario  2266 de 1991, art. 6°).   

          El  juez  de  circuito  se  ha ceñido a todas las pautas procesales  para  la  proposición  de  la  controversia.   Sin  embargo, a pesar de la  prueba  que  relieva,  supuestamente  demostrativa de que el procesado integraba  una  asociación  paramilitar,  sustancialmente  ha  ignorado que no basta dicho  origen  del  autor  del  hecho  de  homicidio  para pregonar la existencia de la  circunstancia constitutiva del “fin terrorista”.   

          En  efecto,  el  artículo 30 de la Ley 40 de 1993, que modificó el  artículo  324  del Código Penal, prevé como circunstancias de agravación del  delito  de  homicidio,  entre  otras  hipótesis,  cuando  el  hecho  se  comete  “con   fines   terroristas,   en   desarrollo   de  actividades  terroristas,  o  en  persona  que  sea  o  hubiere  sido  servidor  público,  periodista,  candidato  a cargo de elección  popular,  dirigente  comunitario, sindical, político o religioso; miembro de la  fuerza  pública,  profesor  universitario,  agente  diplomático  o consular al  servicio  de  la  Nación  o acreditado ante ella, por  causa  o por motivo de sus cargos o dignidades o por razón del ejercicio de sus  funciones,  en  cualquier  habitante  del  territorio  nacional    por    sus    creencias   u   opiniones  políticas; o en sus parientes dentro del cuarto grado  de  consanguinidad,  segundo  de afinidad o primero civil” (numeral 8°.   Se ha destacado).   

          Se  notará  que la técnica regulativa de la Ley 40 de 1993 difiere  de  la  utilizada en el Decreto 180 de 1988, en la medida que aquella primero se  refiere  al  homicidio  realizado con fines terroristas o cometido dentro de una  actividad  de  esa  índole,  como  una  de las formas de agravación del delito  contra  la  vida,  pero a continuación introduce otra modalidad intensificadora  de  la  pena  por  la  muerte  infligida a servidores públicos o ciudadanos que  ostentan  otras dignidades, o están socialmente comprometidos en tareas loables  o  profesan  ciertas  ideologías,  siempre que el hecho se produzca por causa o  razón  de  lo que las víctimas han sido, hacen funcionalmente o adhieren a sus  consciencias,  sin  que  sea  típicamente  necesario en estos últimos casos la  demostración  de  “fines o actividades terroristas” más allá del vínculo  motivacional  destacado.   En  el  artículo  29 del decreto mencionado, en  cambio,   se   configuraba   el   homicidio   especial   cuando,   “con  fines  terroristas”,  se  le ocasionaba la muerte a los personajes o ciudadanos allí  enlistados,  sin  que  el  tipo  de antes (tampoco el de ahora) haya definido el  significado de dicha expresión.   

          Pues  bien,  como  es  un  deber  de  los  jueces el actuar desde la  perspectiva  de  los  principios  de  legalidad  y tipicidad inequívoca (C. P.,  arts.  1°  y  3°),  la  expresión  legal  “fines terroristas” sólo puede  entenderse  a partir de una estructura de referencia que conforma la definición  del  delito  de terrorismo en el artículo 187 del Estatuto Punitivo (modificado  por  los artículos 1° del decreto 180 de 1988 y 4° del decreto 2266 de 1991),  sin  perder  de  vista que en la adecuación de la circunstancia de agravación,  por  obedecer  solamente  a  un ánimo especial, basta que el sujeto mate con la  intención  adicional  de  producir  terrorismo, aunque a la postre no alcance a  tipificarse concurrentemente este último delito.   

          De   otra  parte,  tomar  la  descripción  típica  del  delito  de  “terrorismo”  como  fuente  de  información  del  contenido jurídico de la  “finalidad  terrorista” a la que atañe el numeral 8° del artículo 324 del  Código  Penal,  es  algo  que  se  compadece  con la equiparación para efectos  punitivos,   por   lo   menos  antes  de  aplicar  el  artículo  61  del  mismo  ordenamiento,  que  aquel  precepto  hizo  entre  la  conducta de matar con sola  disposición  anímica  (“fines  terroristas”) y el hacerlo “en desarrollo  de  actividades terroristas”, pues definitivamente estas últimas sólo pueden  tener  el  sentido  normativo  que les da el artículo 187 de la obra citada, en  sus  dos  incisos,  desde luego sin desconocer que ontológica y valorativamente  son  distintos  la  tendencia  interna  trascendente  al  terrorismo  y el hecho  terrorista cumplido como tal.   

          Así   pues,   el   citado   artículo   187   del   Estatuto  Penal  dice:   

“Terrorismo.    El  que  provoque  o  mantenga  en  estado  de zozobra o terror a la población o a un sector de ella,  mediante  actos  que  pongan  en  peligro  la  vida,  la integridad física o la  libertad  de  las  personas  o  las  edificaciones  o  medios  de comunicación,  transporte,   procesamiento   o   conducción  de  fluidos  o  fuerzas  motrices  valiéndose  de medios capaces de causar estragos incurrirá en prisión de diez  (10)  a  veinte  (20)  años y multa de diez (10) a cien (100) salarios mínimos  mensuales,  sin  perjuicio  de la pena que le corresponda por los demás delitos  que se ocasionaren con este hecho.   

“Si  el  estado  de  zozobra  o  terror es  provocado  mediante  llamada  telefónica, cinta magnetofónica, video, casete o  escrito  anónimo,  la  pena  será  de  dos (2) a cinco (5) años y la multa de  cinco   (5)   a   cincuenta   (50)  salarios  mínimos  mensuales”.   

          De  acuerdo  con  la  norma  transcrita,  el  delito  de  terrorismo  legalmente   se   individualiza  por  la  conjunción  de  conductas,  medios  y  resultados.   De  modo  que  no basta la sola obtención de un resultado   consistente  en  provocar  o  mantener  en  estado  de  zozobra  o terror a la población o una parte de ella,  sino   que   es   necesario   que  ello  se  logre  a  través  de  conductas  “que  pongan  en  peligro la  vida,  la integridad física o la libertad de las personas o las edificaciones o  medios  de  comunicación,  transporte, procesamiento o conducción de fluidos o  fuerzas       motrices”,       y       valiéndose       de       medios  aptos para ocasionar estragos  o de la idoneidad que comportan  los del inciso 2° del artículo 187.   

          Así  las  cosas,  la identificación de los “fines terroristas”  en  el  homicidio no se logra por el solo miedo intenso que siente la población  o  un  sector  de  ella,  a  raíz  de  las  aisladas  o  frecuentes acciones de  individuos,  bandas  o grupos armados irregulares, sino que es necesario que ese  anhelado  resultado  se  consiga,  por  ejemplo, en razón de conductas y medios  idóneos  para causar estragos, distintos, en principio, de los previstos en los  capítulos  II  y  III  del  título  V,  libro  segundo  del Código Penal (que  corresponden  a  la causal 3ª de agravación del homicidio), tales como los que  impliquen   la  utilización  de  bombas,  granadas,  cohetes,  armas  de  fuego  automáticas  o  por  medio de paquetes o cartas con explosivos ocultos, siempre  que  dicho uso represente un peligro común o general para las personas, porque,  además  de  la  ofensa  a  la  vida,  se  trata de amenazar otro bien jurídico  tutelado  como  es  el  de la seguridad y tranquilidad  públicas.  Desde  luego  que si el sujeto homicida se  vale   de   incendio,   explosión,   descarrilamiento,  derrumbes,  naufragios,  liberación  de  energía  nuclear  o  de  gases  tóxicos, medios usados con el  querer  directo   y  simultáneo  (a  la muerte) de generar pánico o miedo  extremo  en  la  población,  la  causal 3ª de agravación sería desplazada en  dicho caso por la que es objeto de estudio (causal 8ª).   

          Ahora  bien, a pesar de que originalmente el lenguaje le otorga a la  palabra  “estragos”  un  sentido  materialmente  destructor de cosas, otros usos que se compadecen con el  que  jurídicamente  le  da  la norma en cuestión, atañen a la probabilidad de  abundancia  de  víctimas  que pueden ser afectadas, en el momento de la acción  juzgada  (no  después),  en  sus  vidas  e  integridad  física,  y por ello se  considera  terrorista, verbigracia, la actividad y el objetivo de darle muerte a  una  sola  persona  por  medio de la explosión de una bomba o de una granada en  circunstancias  de  tiempo  o  lugar  que  evidentemente  expongan  otros bienes  jurídicos   de   un   número   indeterminado   de   personas   (vida,   salud,  patrimonio).    Para   efectos   del   dolo,  vale  tanto  el  resultado  propuesto  de una acción como  sus  consecuencias, entendido  el  primero  como  algo querido por el sujeto y las segundas como lo que, aunque  puede  no  ser  querido, de todas maneras está en conexión de necesidad con la  actividad  realizada,  razón por la cual la doctrina califica este segundo caso  como dolo directo de segundo grado y no meramente eventual.   

          Hay  que  hacer  énfasis  en  que  el  homicidio,  por la modalidad  comportamental  y  los  medios  utilizados,  debe  poner en peligro otros bienes  jurídico  protegidos,  la seguridad y tranquilidad públicas, por cuyo conducto  se   busca   preservar   las  condiciones  objetivas  generales  que  sirven  de  presupuesto  a la comunicación intersubjetiva y las actividades normales de los  individuos  en la sociedad.  Además, si bien el “fin terrorista” es un  elemento  subjetivo  especial  del  tipo de homicidio agravado, de todas maneras  debe  reflejarse  o involucrarse en conductas y medios que así lo exterioricen,  dado  que  también  en  materia de agravantes el derecho penal colombiano es de  acto  y  no  de  autor,  pues  con razón el encabezamiento del artículo 324 se  refiere  a que “si el hecho  descrito en el artículo anterior se cometiere…”.   

          Por  último,  la  interpretación  del  ingrediente de los “fines  terroristas”  en  el  tipo circunstanciado de homicidio agravado, de cara a la  estructura  legal del delito de terrorismo, sólo es completa si se entiende que  también  aquel  elemento  subjetivo, presente al momento de la realización del  hecho  contra  la vida, apenas puede revelarse por conducta posterior que indica  cómo   la   muerte  se  produjo  precisamente  “para  preparar,  facilitar  o  consumar”  el  hecho  punible  de  terrorismo,  aunque la conducta homicida no  hubiese  estado  rodeada de modalidades y medios que evidenciaran por sí mismos  el  propósito  terrorista.   En  la  dramática y exacerbada situación de  conflicto  que vive el país, cuyos actores han ensayado los medios más crueles  y  bárbaros  para  sojuzgar  al  Estado  de Derecho y la sociedad, es lo que ha  ocurrido,  por  ejemplo,  cuando se le da muerte a una persona en circunstancias  objetivas  distintas  a  las antes indicadas, pero se hace con el fin de exhibir  posteriormente  el cadáver como escarnio público o de rellenarlo de explosivos  para provocar terror o más daños y muertes.   

          Cuando   se   dice  que  el  homicidio  también  contiene  “fines  terroristas”    en    el    momento   en   que   se   comete   “para preparar, facilitar o consumar” el  delito   de  terrorismo,  se  debe  a  que  el  significado  fundamental  de  la  preposición  “para”  es  el  de finalidad, destino o utilidad, sin que haya  lugar  a  confusión  con la causal 2ª de agravación, porque si bien coinciden  las  conductas  conformadoras  de la circunstancia, el principio de especialidad  impone  la  aplicación  de la causal 8ª por referirse a una tendencia anímica  (finalidad)  que  apunta  al  hecho punible de terrorismo y no a otro cualquiera  que sí admite la causal 2ª.   

          Así  entonces,  a  pesar  de  la  prueba  que reivindica el juez de  circuito  trabado  en  el  conflicto,  es necesario declarar que no bastaría la  pertenencia  del  procesado  a  un  grupo  armado irregular para que la conducta  homicida   contenga   finalidad  terrorista,  pues,  si  bien  el  hecho  genera  intranquilidad  en un sector de la población, él no se ha realizado por formas  comportamentales  y  medios que apunten a ese resultado, pues inclusive la clase  de  arma  utilizada, el lugar donde se realizó (alejado de los núcleos urbanos  o  de concentración poblacional) y el deseo de actuar a la sombra, son factores  que,  sin  ser  los  únicos,  en lugar de construir la finalidad terrorista, la  desdibujan.    De   igual   manera,   para   efectos  de  la  calificación  “terrorista”  tampoco  importaría  si  el homicidio fue cometido con un fin  político,  social,  filosófico,  ideológico  o  religioso,  pues todos pueden  alcanzar dicha connotación.   

          Con  base en estas reflexiones, como el homicidio examinado no puede  agravarse  por la circunstancia prevista en el numeral 8° del artículo 324 del  Código  Penal,  se  adjudicará el conocimiento de este proceso al Juez Primero  Penal  del Circuito de Yarumal, conforme con lo dispuesto en los artículos 71-5  y  72  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  pero  se  enviará  copia  de la  providencia al Juez Regional de Medellín.   

          Por  lo  expuesto,  LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,   

RESUELVE:  

         Asignar  el  conocimiento  de este proceso al Juez Primero Penal del  Circuito  de Yarumal (Antioquia).  En consecuencia, remítase la actuación  original del expediente al despacho señalado.   

         Envíese  copia  de  esta decisión al Juez Regional de la ciudad de  Medellín  y  adviértasele  que  debe  remitir  el  resto  de  la actuación al  funcionario antes indicado.   

         Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

FERNANDO           ARBOLEDA  RIPOLL               RICARDO CALVETE RANGEL   

JORGE  ENRIQUE  CÓRDOBA  POVEDA    CARLOS A. GALVEZ ARGOTE   

EDGAR    LOMBANA    TRUJILLO                           CARLOS   E.   MEJÍA  ESCOBAR                    

DÍDIMO PAEZ VELANDIA                                                                 NILSON                        PINILLA  PINILLA                          

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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