SP12019-2015(45898)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  Ponente   

SP12019-2015  

Radicación     n°     45898   

(Aprobado Acta No.  314)   

         Bogotá, D.C.,  nueve   (09)   de   septiembre  de  dos  mil  quince  (2015).   

V   I   S   T   O  S   

Decide la Sala sobre la admisibilidad de la  demanda  de  casación  presentada  por  el defensor de Javier Milciades Guevara  Garay  contra  la  sentencia  dictada por la Sala Penal del Tribunal Superior de  Cundinamarca,  por  cuyo  medio  se  confirmó integralmente la proferida por el  Juzgado  Penal  del  Circuito  de Fusagasugá, que lo condenó como autor de los  delitos  de  contrato  sin  cumplimiento  de  requisitos  legales y peculado por  apropiación,  conducta  esta  última  por  la que también declaró penalmente  responsable            a            MARIO           ENRIQUE           HERNÁNDEZ  ORTIZ.               

HECHOS  

                                      

          Fueron   sintetizados   por   el   juez   a  quo  de  la  siguiente  manera:   

El 15 de diciembre del año 2001, el señor  Javier  Milciades  Guevara Garay, en su calidad de Alcalde Municipal de Arbelaez  (sic)  (Cundinamarca),  celebró  con  el señor Mario Enrique Hernández Ortiz,  contrato   de   obra   pública   por  la  suma  de  quince  millones  de  pesos  ($15.000.000,oo),  mediante  el  cual,  el  último  [de  los mencionados], como  contratista,  se  comprometió  en  un término no mayor a noventa (90) días, a  ejecutar  las  obras de construcción [del] Centro de Educación no Formal en el  sector  del Triunfo del municipio de Arbeláez, recibiendo como anticipo la suma  de  siete millones quinientos mil pesos ($7.500.000), correspondiente al 50% del  valor del contrato.   

No   obstante  el  plazo  estipulado,  el  contratista,   en   principio,   no   ejecutó  la  obra  dentro  del  mismo  y,  contrariamente,  el  11  de  febrero del año 2002, las partes suscribieron acta  mediante  la  cual  suspendieron  dicha  ejecución,  en  razón a que el señor  Agustín  Cangrejo,  donante  del  lote  de  terreno en donde se adelantaría la  obra,  no  había  otorgado la respectiva escritura pública que perfeccionaría  la  misma, por lo que una vez esto [ocurriera], se reanudaría la ejecución del  contrato,  debiendo  el  contratista  reconocer al municipio, por ventanilla, el  valor  de  los  rendimientos financieros percibidos sobre el anticipo durante el  lapso de suspensión del contrato.   

El 22 de diciembre del año 2003 se otorgó  en  la  Notaría  Primera  de  Fusagasugá,  la  escritura  pública [No.] 2254,  mediante  la  cual  se  protocolizó  la  referida  donación.  Sin  embargo, el  contratista  no  ejecutó  la  obra  ni restituyó al municipio la suma recibida  como        anticipo,        ni        los        rendimientos       financieros  respectivos.          

ACTUACIÓN PROCESAL  

1.  Iniciada  la  investigación  formal  y  vinculados  a  ella  mediante sendas indagatorias los  procesados  Javier  Milciades  Guevara Garay y MARIO ENRIQUE HERNÁNDEZ ORTIZ, a  través  de  resolución  adiada  20  de  noviembre de 2009 el delegado del ente  acusador  les  resolvió  la  situación  jurídica absteniéndose de imponerles  medida de aseguramiento.    

2.  Clausurado el  ciclo  instructivo,  mediante  decisión  de  27  de  enero de 2010 la Fiscalía  calificó  el  mérito  del sumario con acusación en contra de Javier Milciades  Guevara  Garay y MARIO ENRIQUE HERNÁNDEZ ORTIZ, por los delitos de contrato sin  cumplimiento  de requisitos legales y abuso de confianza calificado, el primero,  como  autor  de  ambas conductas y, el segundo, en la misma calidad respecto del  ilícito  contra el patrimonio económico e interviniente frente al reato contra  la administración pública.    

3.  Impugnada tal  resolución  por  el  defensor  del  último  de  los  procesados  en  cita,  el  funcionario  instructor  al resolver el recurso de reposición mantuvo incólume  la  decisión  y «aclaró»  que  la  acusación  por  el  delito  contra el patrimonio económico, realmente  correspondía  al  de  peculado  por  apropiación a título de autor para ambos  acusados.   

Al  desatar  el  recurso  subsidiario  de  apelación,  a  través  de  proveído  calendado 5 de  septiembre  de  2011, la Fiscalía Trece Delegada ante  el  Tribunal  Superior de Cundinamarca confirmó parcialmente dicha resolución,  en  tanto  precluyó la investigación a favor de MARIO ENRIQUE HERNÁNDEZ ORTIZ  por  el ilícito de contrato sin cumplimiento de requisitos legales y mantuvo en  su  contra la acusación por el delito de peculado por apropiación a título de  autor.    

4.  Celebradas la  audiencia  preparatoria, donde se admitió la demanda de parte civil formulada a  través  de  apoderado  por la representante legal del municipio de Arbeláez, y  la  vista pública de juzgamiento, el Juzgado Penal del Circuito de Fusagasugá,  el  3  de  marzo de 2014, dictó sentencia en la cual condenó a los acusados de  la siguiente manera:   

A Javier Milciades Guevara Garay a las penas  principales  de  78  meses de prisión, multa de 90 SMLMV e inhabilitación para  el  ejercicio  de  derechos   y  funciones  públicas por el término de 88  meses,  como  autor  responsable  de los delitos de contrato sin cumplimiento de  requisitos legales y peculado por apropiación.   

A MARIO ENRIQUE HERNÁNDEZ ORTIZ a las penas  principales  de  61  meses  y  15  días  de  prisión,  multa  de 26.22 SMLMV e  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  lapso  de  la  pena  privativa de la libertad, como autor responsable del  ilícito de peculado por apropiación.     

         De  igual  forma,  condenó a los mencionados al pago de perjuicios  materiales   equivalentes  a  26.22  SMLMV  y,  de  otra  parte,  les  negó  el  reconocimiento  de  la  suspensión condicional de la ejecución de la pena y la  prisión  domiciliaria,  disponiendo  que  en firme la sentencia se libraran las  correspondientes  órdenes  de  captura  para  el  cumplimiento  de  la sanción  impuesta.   

5.  Apelada  tal  decisión  por  el  procesado  Guevara  Garay,  quien  directamente sustentó la  impugnación,  la  Sala  Penal  del  Tribunal Superior de Cundinamarca, mediante  fallo     calendado     8     de     octubre     de     2014,    lo    confirmó  integralmente.               

          6.  Frente  a  lo  anterior, el implicado  Javier  Milciades  Guevara  Garay interpuso recurso de casación y la respectiva  demanda fue oportunamente presentada por su nuevo apoderado.   

SÍNTESIS DE LA DEMANDA  

         

         Con  fundamento  en la causal tercera, prevista en el artículo 207  de  la  Ley  600 de 2000, el demandante formula un cargo contra la sentencia del  Tribunal, que se sintetiza de la siguiente manera:   

         Señala  que  el  fallo impugnado se profirió en un juicio viciado  de  nulidad por afectación del derecho de defensa, habida cuenta que si bien el  acusado   Guevara   Garay,   desde  el  inicio  de  la  actuación  y  hasta  el  proferimiento  de  las  sentencias de primer y segundo grado, siempre contó con  un  abogado que lo representara, bien de oficio o de confianza, ninguno de tales  profesionales,  salvo  quien  lo  asistió  en  la  diligencia  de  indagatoria,  ejerció  actividad  alguna  tendiente  a  demostrar  que no era responsable del  concurso  de  delitos  por  el  que  se le acusó o, al menos, para morigerar su  compromiso penal.      

         Luego  de relacionar uno a uno los varios profesionales del derecho  que,  contractual  u  oficiosamente, asumieron la defensa del procesado, destaca  que  solo  aquel  que  lo  acompañó  desde  la injurada y hasta poco antes del  cierre  de  la  investigación,  realizó actuaciones en pro de los intereses de  aquel,  entre  ellas,  presentar  un  escrito  previo  a  la  definición  de la  situación  jurídica, donde expuso algunas razones con fundamento en las cuales  solicitó  a  la  fiscalía  abstenerse  de afectar a su prohijado con medida de  aseguramiento,  mientras  que  los  demás  togados  ninguna actividad defensiva  desplegaron.    

         En  ese  orden,  el  censor  considera  que  la  referida  falta de  diligencia  de  los  abogados  que lo antecedieron en la defensa del incriminado  Guevara  Gary,  dejó  a  éste  «desprovisto  de la  posibilidad  de  haber  controvertido las decisiones adoptadas, haber aportado o  solicitado   pruebas…   haber   presentado   escrito   precalificatorio  y  de  alegaciones,  etc.», de donde concluye acreditada la  trasgresión  del derecho de defensa y, por contera, del debido proceso, máxime  cuando  el  citado,  quien  se  vio  obligado  a asumir su propia defensa, no es  abogado,    sino    administrador   de   empresas.        

         Después  de  trascribir  las  normas  constitucionales1,  legales2   y  las  previstas  en  instrumentos  internacionales3 que consagran  la   aludida   garantía,   así  como  de  citar  in  extenso la jurisprudencia4 de esta Corporación sobre la  materia  y  los  eventos en que se vulnera tal derecho fundamental, concluye que  ello   es   «argumento  más  que  suficiente  para  considerar   que…   [el   acusado]   no   contó   con  una  efectiva  defensa  técnica»,   pues   de   haber   contado  con  ella  «los  resultados de la investigación podrían haber  sido diferentes».   

         En  consecuencia,  solicita a la Corte casar la sentencia confutada  y,    en    su    lugar,    invalidar    «todo   lo  actuado».       

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.   Conviene  recordar  que  dado  el  carácter  extraordinario  del recurso de casación, al  recurrente   compete   elaborar   la  demanda  bajo  los  estrictos  parámetros  contemplados   en   la   ley   y   decantados   por   la  jurisprudencia  de  la  Corte.   

Por  tanto,  no  basta  con  afirmar que se  cometió    un    error   in   iudicando     o    in    procedendo,  pues debe demostrarse la existencia del vicio y su trascendencia  frente al contenido del fallo.   

De acuerdo con la jurisprudencia de la Sala,  es  bien  sabido  que el recurso de casación constituye el medio por el cual se  revisa  la  legalidad  de  la  sentencia. De ahí que el libelo deba cumplir las  formalidades   estatuidas   en   el  artículo  212  de  la  Ley  600  de  2000,  principalmente  enunciar  la  causal y formular el cargo con el cual se pretende  la  infirmación del fallo, señalando de manera clara y precisa sus fundamentos  y  las  normas infringidas, igualmente, evidenciando cómo el vicio in     iudicando    o    in  procedendo conduce a resquebrajar la  providencia.   

Ahora bien, sin desconocer la facultad legal  de  la  Corte  para  casar  la  sentencia  cuando  sea  ostensible  que la misma  transgrede   las   garantías   fundamentales   de   las   partes   –art.   216   de   la   Ley   600  de  2000–,  la  impugnación  extraordinaria  no  es  un  mecanismo  carente de rigor.       

Por  ende, el recurso de casación no puede  entenderse  como  una  instancia  adicional  para debatir aspectos que ya fueron  materia  de  controversia, o como facultad ilimitada para revisar el proceso, ni  la  demanda  puede  elaborarse utilizando un discurso de libre composición; por  el  contrario,  dado  el  carácter  extraordinario  y rogado del recurso, está  ligado  a  causales  taxativas que tienen contenidos propios, referidas a vicios  sustanciales o procesales.   

Además, en el desarrollo de cada uno de los  reparos  formulados  se  deben  cumplir  unos  requisitos  mínimos de lógica y  adecuada  fundamentación,  cuyo desconocimiento conlleva a la inadmisión de la  demanda,  como  lo establece el artículo 213 del Código de Procedimiento Penal  de 2000.   

Así,  no  resulta  atinado  limitarse  a  denunciar  la  presencia del error que se invoca, sino que al impugnante incumbe  demostrar  su existencia y cómo el mismo tiene la trascendencia suficiente para  romper  la  doble  presunción que cobija a la sentencia de segundo grado y, por  lo  mismo, la necesidad de que la Corte intervenga como Tribunal de Casación en  procura  de  hacer  efectivo  el  derecho  material  y  las garantías debidas a  quienes  intervienen  en la actuación penal, reparar los agravios ocasionados a  las partes con la decisión confutada o unificar la jurisprudencia.   

2.  La  Corte  de  entrada   anuncia  que  la  demanda  se  inadmitirá  porque  el  impugnante  no  desarrolla  adecuadamente  el  único  cargo  formulado  contra  la sentencia de  segundo grado, según pasa a explicarse.   

         2.1 Sostiene el libelista que el vicio de  garantía  que  denuncia  se  origina  en  la  inactividad  de  los abogados que  ejercieron  la  defensa  del  acusado  Guevara Garay, toda vez que, salvo uno de  tales  profesionales,  ningún  otro realizó actuaciones tendientes a demostrar  su  inocencia frente al concurso de delitos por el que se le acusó o, al menos,  para hacer menos gravosa su situación jurídica.   

         Previo  a asumir el estudio del reparo propuesto, conviene señalar  que  si  bien  la  doctrina  de  esta  Sala  de  la Corte tiene definido que las  exigencias  argumentativas  en torno a la demostración de la nulidad en sede de  casación,  son  menores  que  las de otras causales, no por ello se trata de un  discurso   carente  de  rigor,  pues  como  mínimo  impone  a  quien  la  alega  identificar  con claridad y precisión la irregularidad sustancial que determina  la  invalidación  de  la  actuación;  señalar  si  se  trata  de  un vicio de  estructura   o  garantía;  plantear  sus  fundamentos  fácticos;  indicar  los  preceptos  que  considera  conculcados;  expresar  la razón de su quebranto; y,  especificar  el  momento  de  la  actuación  a  partir de la cual se produjo el  vicio.   

         Asimismo,  compete  al casacionista evidenciar que procesalmente no  existe  manera  diversa  de restablecer el derecho afectado y, por último, pero  no  menos  importante,  comprobar  que  la  anomalía denunciada tuvo injerencia  perjudicial  y  decisiva  en  la  declaración de justicia contenida en el fallo  impugnado  –principio de  trascendencia–, dado que  el  recurso  extraordinario  no  puede  fundarse  en especulaciones, conjeturas,  afirmaciones   carentes   de   demostración   o   en  situaciones  ausentes  de  quebranto.   

         También  exige  tener  en  cuenta  los  principios  que  rigen esa  materia,  por  lo  cual debe quedar claro que: i) se trate de uno de los motivos  expresamente  contemplados  en  la ley –taxatividad–;  ii)  afecte de manera real y cierta las garantías fundamentales  o    altere    las    bases    esenciales    de   la   actuación   –trascendencia–;  iii)  el acto tachado de irregular  no   haya   cumplido  su  propósito  –instrumentalidad–;   vi)  quien  la  solicite  no  haya  dado  lugar  al  motivo  de  invalidación              –protección–;   v)   la  irregularidad  no  haya  sido  convalidada  expresa  o  tácitamente   por  el  perjudicado,  siempre  que  no  vulnere  sus  garantías  fundamentales              –convalidación–;  y,  vi)  no haya otra manera de enmendar el agravio –residualidad–.   

         En  el  caso  concreto  cabe  destacar  que  desde el momento de su  vinculación  al proceso y hasta el proferimiento de los fallos de instancia, el  procesado  Javier  Milciades Guevara Garay siempre contó con un profesional del  derecho  que  ejerciera  su  defensa  técnica,  tal  como lo reconoce el propio  demandante,  unas  veces en razón de mandato conferido por el mencionado, otras  por  designación oficiosa que hicieran los funcionarios judiciales que tuvieron  a   su   cargo   la   actuación,   en   orden   a   garantizarle   tal  derecho  fundamental.     

         Revisado  el  proceso,  encuentra  la  Sala que el primero de tales  togados5,  quien  lo  asistió  en  diligencia  de  indagatoria6, previo a la  definición  de  la  situación  jurídica  allegó  escrito  planteando algunas  consideraciones   probatorias  y  jurídicas tendientes a demostrar, de una  parte,  la  atipicidad de las conductas enrostradas a su representado y, de otro  lado,  la  existencia  de  circunstancias  que  tornarían inculpable su actuar,  tales  como  la  fuerza  mayor  y  el  caso  fortuito;  amén que aportó prueba  documental  relacionada  con  la  promesa  de  donación  del  inmueble donde se  habría  de construir la obra contratada, la escritura pública mediante la cual  se  protocolizó  tal acto a favor del municipio de Arbeláez, el certificado de  tradición  y  libertad  donde consta la misma y la resolución mediante la cual  se  declaró  la  caducidad del contrato cuestionado7.   

         Antes  del  cierre  de  la  investigación  el acusado Guevara Gary  optó  por  designar  un nuevo defensor de confianza8,  que a partir de ese momento  desplazó  al  profesional  del  derecho  que venía cumpliendo esa labor, quien  impugnó  la  resolución  acusatoria proferida en contra del supranombrado, aun  cuando  no  sustentó  el  recurso,  que  por tal razón fue declarado desierto.   

         Debido  a  la  renuencia  del  referido togado para notificarse del  proveído  que negó la reposición y concedió la apelación interpuesta contra  la  resolución  acusatoria  por el abogado del también procesado MARIO ENRIQUE  HERNÁNDEZ   ORTIZ,   la   fiscalía   le  designó9 abogado de oficio10 al implicado  Guevara  Gary,  que  cumplió  con  dicho  encargo durante un breve lapso, hasta  cuando  el  proceso arribó al Juzgado Penal del Circuito de Fusagasugá para la  fase  del  juzgamiento,  donde  presentó  renuncia  ante  la  imposibilidad  de  desplazarse   a  esa  ciudad  por  razones  de  índole  profesional11.          

         Frente   a  lo  anterior,  el juez de conocimiento, en orden a  garantizar   el   derecho   de   defensa   del   procesado   Guevara   Gary,  le  nombró12     nuevo     defensor     oficioso13,  no  obstante éste quedó  relevado  cuando  el  supracitado  otorgó  mandato14   a   un   apoderado   de  confianza15,  quien  fungió  como  tal  hasta  una  vez cumplida la audiencia  preparatoria,  luego  de  lo  cual  renunció, por lo que, de conformidad con lo  ordenado  por  el juez a quo, el anterior abogado de oficio retomó su encargo e  intervino   en   la  vista  pública,  donde  solicitó  la  absolución  de  su  representado  aduciendo, de una lado, la atipicidad de la conducta juzgada y, de  otra  parte, la existencia de un error de prohibición de naturaleza invencible,  actividad  que  ejerció  hasta  el proferimiento de las sentencias de primera y  segunda instancia.    

         De  la  anterior  reconstrucción,  surge  patente  que el supuesto  fáctico  sobre  el  que  el censor edifica la presunta irregularidad sustancial  que  da pábulo a la nulidad, valga decir, la afectación del derecho de defensa  originada  en  la inactividad de los profesionales del derecho que asistieron al  acusado   Guevara   Garay   durante   el   proceso,   no  consulta  la  realidad  procesal.   

         En  efecto,  el primer togado que asumió la defensa del mencionado  no  fue  el  único  que  intervino  activamente  en  pro  de  los intereses del  incriminado,  como  lo  afirma el libelista, quien soslaya que quien lo sucedió  impugnó  la  resolución  acusatoria, y aun cuando no la sustentó, lo que bien  pudo  ocurrir  por  razones  distintas a la incuria en el ejercicio del mandato,  tal  actuación  cuando  menos evidencia que estuvo vigilante del desarrollo del  proceso.             

         Asimismo,  de  manera  conveniente  el  demandante desconoce que el  defensor  de  oficio  que el juzgado de conocimiento le designó al procesado no  fue  un  convidado  de  piedra  en la actuación, habida cuenta que cumplió con  decoro  el  encargo  conferido,  según  se  advierte de que al intervenir en la  audiencia  pública  solicitara la absolución de su prohijado con fundamento en  consideraciones   probatorias   y  jurídicas  relativas  a  la  atipicidad  del  comportamiento  del  implicado  Guevara  Garay y a la existencia de la causal de  ausencia   de  responsabilidad  prevista  en  el  artículo  32-11  del  Código  Penal.       

         Ahora,  que  algunos  de tales profesionales del derecho dejaran de  realizar  determinadas  actividades  defensivas que en opinión del casacionista  eran  de  trascendental  importancia para probar la inocencia del acusado, tales  como,               presentar               escrito               «precalificatorio»,    impugnar    la  acusación  y  la  sentencia  de  primer  grado,  así  como aportar y solicitar  pruebas,  no  es  razón suficiente para concluir demostrada la vulneración del  derecho   de   defensa,  puesto  que  ese  tipo  de  afirmaciones  genéricas  y  abstractas,  formuladas  al  margen  de  las  incidencias  del  caso particular,  resultan  inanes  en orden a acreditar el perjuicio concreto que tal inactividad  eventualmente   le  irrogó  a  la  garantía  fundamental  en  cuestión.    

         En  efecto,  en  punto  de  los  requisitos  de  lógica y adecuada  fundamentación  exigidos  para acreditar la trasgresión del derecho de defensa  originado  en  la falta de diligencia del defensor, la doctrina de la Sala tiene  dicho:     

“A   propósito   de  los  deberes  del  demandante,  cuando su pretensión se vincula con el desconocimiento del derecho  de  defensa técnica, la Sala señaló que en la demanda se debe determinar “con  precisión  la  manera  como  tal  violación incidió desfavorablemente” en las  garantías  del  procesado.  Y,  tiene  que  ser  así, la demostración no es a  partir  de  lo  abstractamente  considerado  sino  de  lo  realmente  ocurrido y  derivado  de  la  omisión  en  la  actuación,  haciéndose  menester  en  esas  eventualidades  comprobar,  lo  que  no se estableció en este asunto, que no se  trató  de  una  simple  irritualidad  sino  de  una  irregularidad de carácter  sustancial  que  amerita  invalidar  las  decisiones  tomadas en la sentencia en  contra           del          inculpado.”16   

         Por  tanto,  en  el  asunto  de  la  especie  le  correspondía  al  demandante  indicar,  en  concreto,  qué  tesis  defensiva dejó de plantear el  abogado  del  incriminado  en el traslado previsto en el artículo 393 de la Ley  600  de  2000,  sobre  la  calificación  del  sumario que debía adoptarse, que  acorde  con las pruebas recaudadas hubiera determinado una decisión favorable a  los    intereses    de    su    prohijado,    verbi  gratia,  la  preclusión  de  la investigación; o de  cuáles  argumentos  probatorios  y  jurídicos  se  pudo  haber  valido  en  la  impugnación  de  la  resolución  acusatoria  y  de la sentencia, y cómo ellos  habrían  conducido a la revocatoria de tales decisiones; asimismo, qué pruebas  dejó  de  pedir  o aportar, cuál su pertinencia y utilidad, y cómo de haberse  practicado  tendrían el poder suasorio de controvertir las de cargo allegadas a  la  actuación,  al  punto que la declaración de justicia contenida en el fallo  confutado habría sido de absolución.   

         Sin  embargo,  nada de ello se asume en el libelo, quedando ausente  de  demostración  la  glosa  ensayada, máxime cuando, según quedó visto, los  abogados  que  ejercieron  como  defensores del acusado Guevara Garay cumplieron  con  responsabilidad  el  mandato conferido o el encargo asignado, dentro de las  posibilidades     defensivas     que     las     particularidades    del    caso  ofrecía.   

         Con  todo,  dígase  que  el  procesado  ejerció  prolijamente  su  derecho a la defensa material, habida cuenta que:   

         (i)  presentó  alegatos  previo  a la definición de su situación  jurídica  y  con  ellos  aportó  pruebas documentales relativas a las amenazas  recibidas  de  un grupo subversivo que lo obligaron a cumplir sus funciones como  alcalde   fuera   del  municipio  de  Arbeláez,  así  como  la  solicitud  del  contratista  de  que  se  aplazara  la  iniciación  de la obra en razón de los  problemas    de   orden   público   presentados   en   la   región17;   

         (ii)  allegó  medios  de  convicción en el traslado del artículo  400  del C.P.P., entre ellos, el «acta de suspensión  de  la  iniciación  del contrato de obra pública» y  el  estudio  de  conveniencia  para  la  realización  de  la  misma18;  y,   

         (iii)  impugnó  la  sentencia  de primer grado que lo condenó, en  cuya  sustentación  expuso argumentos sustanciales sobre el cumplimiento de las  exigencias  legales  para  celebrar  el contrato cuestionado, tales como, que la  menor  cuantía  lo  autorizaba  a  contratar  directamente, se hizo invitación  pública  para  la  presentación  de  propuestas,  se  realizaron  los estudios  previos  y  contó  con  disponibilidad  presupuestal,  así como las razones de  orden  público que impidieron al contratista ejecutar la obra; todo lo cual fue  minuciosamente analizado y respondido por el Tribunal.   

         En  síntesis,  el  censor  no  demuestra  ni  la  Corte avizora el  supuesto   abandono  de  la  actividad  profesional  de  quienes  actuaron  como  defensores  del  procesado  Guevara  Garay,  tampoco  que la no realización por  parte  de  los  abogados  de  determinadas  actuaciones al interior del proceso,  entre  ellas,  interponer  recursos,  solicitar  o  aportar  pruebas y presentar  alegatos        «precalificatorios»,  configuren  una  irregularidad  sustancial  con  la  capacidad  invalidante  que  infundadamente  le  atribuye  el  recurrente, frente a lo cual  conviene recordar el criterio de esta Corporación, según el cual:   

Desde luego que también de manera reiterada  y  pacífica  ha  dejado  sentado  la  Sala  cómo  el sólo silencio o falta de  actividad  no  representa vulneración al derecho de defensa, en tanto, el mismo  puede  corresponder  a  una  estrategia  válida,  o es posible definir, por las  características  particulares  del  caso,  que  bien  poco  podía hacerse para  mejorar la condición particular del vinculado penalmente.   

Se trata de despejar, entonces, conforme las  particularidades  del  caso  concreto,  si  ese silencio o comportamiento pasivo  puede  determinarse  objetivamente propio de la discrecionalidad profesional del  defensor,  o  si  se  trata  de un verdadero abandono de la tarea, en cuyo caso,  huelga  resaltar, ostensible asomaría la vulneración del derecho en cuestión,  dentro  de  esos  componentes  de permanencia, materialidad e intangibilidad que  arriba            se           destacaron.19   

         Por  tanto,  en  el  asunto  de  la especie se advierte que, de una  parte,  los  defensores  cumplieron  a  cabalidad su tarea, máxime cuando no se  acreditó  qué actuaciones concretas y trascendentales dejaron de realizar, que  de  haberse  cumplido  habrían conducido a la absolución del incriminado y, de  otro  lado,  que si bien algunos de tales togados en determinados momentos de la  actuación  se  mostraron  pasivos  frente  a la interposición de recursos o la  presentación  de  alegatos,  ello  en  manera  alguna  fue  consecuencia  de la  desidia,  descuido  o  abandono  de  su labor, sino de la discrecionalidad en el  ejercicio  de  su  profesión,  según  se vislumbra de las particularidades del  caso,  donde sin ambages la fiscalía probó la existencia de los delitos objeto  de  acusación  y  la responsabilidad del procesado Guevara Garay, así como del  particular                   que                   actuó                   como  contratista.           

         Así las cosas, se rechazara el cargo.   

          5.   Casación  oficiosa.   

No obstante la inadmisión de la demanda, la  Corte  observa  que  se  han violado garantías fundamentales al procesado MARIO  ENRIQUE  HERNÁNDEZ  ORTIZ,  por tanto, entrará a casar oficiosa y parcialmente  la  sentencia,  tal  como  lo  autoriza  el  artículo  216  de  la  Ley  600 de  2000.   

         Un  primer aspecto que se impone destacar es que tanto la fiscalía  en  la  acusación, como los juzgadores en los fallos de instancia, consideraron  que  el grado de participación de HERNÁNDEZ ORTIZ en el delito de peculado por  apropiación   era  a  título  de  autor,  habida  cuenta que hallaron demostrado que actuó en connivencia  con  el  exalcalde  Javier  Milciades Guevara Garay para defraudar el patrimonio  del  municipio  de Arbeláez, y aun cuando no expusieron las razones fácticas y  jurídicas  por  las  cuales  siendo un particular se le asimilaba a un servidor  público,  es  dable  inferir que tal calidad le fue deducida en razón a que en  la convención cuestionada fungió como contratista.   

         Al  respecto cabe anotar que, para efectos penales, el artículo 56  de  la  Ley  80 de 1993 asigna por extensión la calidad de servidor público al  particular  que  como contratista, interventor, consultor o asesor intervenga en  la  celebración,  ejecución  y  liquidación  de contratos que se celebren con  entidades estatales.   

         Sin  embargo,  de tiempo atrás la Corte Constitucional20   

y esta Corporación han sido del criterio  que  aquellos solo adquieren tal calidad cuando en razón del contrato celebrado  con  el Estado se les trasfiere una función pública, como ocurre, verbi  gratia, en los casos en que asumen  el   carácter   de   concesionarios,  o  administradores  delegados  o  se  les  encomienda   la  prestación  de un servicio público a cargo del Estado, o  el  recaudo  de  caudales  o el manejo de bienes públicos, etc.; pero no cuando  ejecutan  una  labor  simplemente  material,  como  sucede, generalmente, en los  contratos  de  obra  pública  y  suministro  de  bienes  y servicios, por citar  algunos  ejemplos.                     

         Así,  en  CSJ  SP, 13 mar. 2006, rad. 24833, sobre dicha temática  dijo la Sala:   

Tradicionalmente  ha  venido sosteniendo la  jurisprudencia  de  la  Sala  de  Casación  Penal que a partir de la entrada en  vigencia  de  la  ley  80  de  1993,  para  efectos  penales, el contratista, el  interventor,  el  consultor  y  el  asesor  en  un  proceso   de   contratación   estatal,   cumplen  funciones públicas  en  lo  concerniente  a  la  celebración,  ejecución  y  liquidación  de  los  contratos   que   celebren   con   entidades   estatales,  y  les  atribuyó  la  responsabilidad  que  en  esa  materia  le  señala  la  ley  a  los  servidores  públicos.    

No   obstante,   también   la   jurisprudencia   ha   comenzado  a  decantar   el  punto,  es  decir,   si   los  contratistas,  como   sujetos    particulares,    pierden  su   calidad   de   tal     por    razón    de    su    vinculación   jurídica  contractual  con la entidad estatal.   

Frente a ello es indispensable destacar que  para  llegar  a dicha conclusión, se hace necesario establecer, en cada evento,  si  las  funciones que debe prestar el particular por razón del acuerdo o de la  contratación,  consiste  en  desarrollar  funciones  públicas o simplemente se  limita  a  realizar  un  acto  material  en  el cual no se involucra la función  pública  propia  del  Estado, pues esa situación define su calidad de servidor  público a partir del momento que suscriba el convenio.   

Por  ello,  si  el  objeto  del  contrato  administrativo  no  tiene  como  finalidad  transferir  funciones  públicas  al  contratista,   sino   la   de  conseguir  la  ejecución  práctica  del  objeto  contractual,  con  el  fin  de  realizar materialmente los cometidos propios del  contrato,  necesario  es  concluir  que  la  investidura de servidor público no  cobija al particular.   

En  otras  palabras,  en  este  evento,  se  repite,  el  contratista  se  constituye en un colaborador de la entidad estatal  con   la  que  celebra  el  contrato  administrativo  para  la  realización  de  actividades  que  propenden  por  la  utilidad  pública,  pero no en calidad de  delegatario  o  depositario de sus funciones. Contrario sería cuando por virtud  del   contrato,   el   particular   adquiere   el  carácter  de  concesionario,  administrador  delegado  o  se  le  encomienda  la  prestación  de  un servicio  público  a  cargo  del  Estado,  el  recaudo  de caudales o el manejo de bienes  públicos,  actividades  éstas  que  necesariamente  llevan  al  traslado de la  función  pública  y,  por  lo  mismo,  el  particular  adquiere, transitoria o  permanentemente, según el caso, la calidad de servidor público.   

Ello tiene su razón de ser jurídica, en la  medida  en  que  la  función pública radica en cabeza del Estado. Sin embargo,  como  la  Constitución  y la ley prevén que es posible delegar dicha función,  lógico  es  concluir  que el particular, adquirente de la función pública, se  convierta en servidor público.   

En  síntesis,  cuando  el  particular, con  motivo  de  la  contratación  pública,  asume  funciones públicas propias del  Estado,  se  encuentra  cobijado con la investidura de servidor público. Por el  contrario,  cuando  dicho particular presta sus servicios para ejecutar obras de  utilidad  pública  u  objetos similares, no pierde esa calidad, en la medida en  que   su  labor  constituye  una  utilidad  pública  por  razón  del  servicio  contratado y no una función pública.   

Sobre    este    puntual   tema,   la  Jurisprudencia  de  la  Sala  ha   dicho   “el  particular  que  contrata con la administración pública se  compromete  a  ejecutar  una  labor  o  una  prestación  conforme al objeto del  contrato   y,   en  virtud   de   ese   convenio,   de   conformidad    con    los    artículos   123,   inciso  3°,    y    210,    inciso   2°,   de   la   Carta   Política,   en  armonía  con  el  inciso  2°    del   artículo   20   del    Código   Penal   de   2000,   -63   del  estatuto represor   anterior-    puede  ejercer  funciones  públicas   temporalmente    o   en   forma   permanente,   siendo     la     naturaleza    de    esa   función   la   que  permite  determinar si  puede  por  extensión  asimilarse  a un servidor público para efectos penales;  ejemplo   de  tales  eventualidades  son  las  concesiones,  la  administración  delegada  o  el  manejo  de  bienes  o  recursos”  (se  subrayó).21          

En consecuencia,  cuando  el   particular    es   titular   de   funciones   públicas  adquiridas   a   través  del  vínculo  contractual  público,  éste  adquiere  automáticamente    la    investidura    de   servidor   público    y,    por    lo   mismo,  asume   las   consecuencias    que   ella   conlleva   en   los   aspectos   civiles,  penales   y  disciplinarios.  Por   su    parte,   cuando   la   naturaleza  del  contrato   no    conlleva    el   transferimiento   de   una   función    pública    al   contratista,   el   mismo   continúa   manteniendo   la   calidad  de  particular.   

         En  el caso particular, el procesado HERNÁNDEZ ORTIZ suscribió un  contrato  de  obra  con  el  municipio  de Arbeláez para la construcción de un  centro  educativo, de donde se sigue que mediante dicho acuerdo de voluntades no  se   le   trasfirió   función   pública,  habida  cuenta  que  su  objeto  se  circunscribió  a  la  realización  de la labor material contratada y, además,  porque  dentro de las funciones del ente territorial contratante no estaba la de  ejecutar   ese  tipo  de  obra  pública,  luego  al  contratista  no  procedía  asimilárselo a un servidor público.    

         Por  tanto,  se equivocaron los falladores de instancia al dejar de  aplicar  la  figura  del interviniente –inciso       final      del      art.      30      C.P.– y el consecuente descuento punitivo,  toda  vez  que  el  delito  de  peculado por apropiación exige un sujeto activo  cualificado,  esto  es,  un servidor público, calidad que, según quedó visto,  no  reúne  el  acusado HERNÁNDEZ ORTIZ que, reitérese, actuó como particular  al  suscribir  el contrato de obra cuestionado, y quien dadas las circunstancias  del hecho juzgado fue acusado y condenado a título de autor.   

         Sobre  los  eventos  en que procede reconocer el descuento previsto  para  el  interviniente,  esta  Corporación  ha sostenido de manera reiterada y  pacífica que:   

[E]l descuento previsto en el inciso último  del   artículo   30   del  Código  Penal  sólo  es  aplicable  al  coautor  o  coejecutor   de la conducta típica que no cumple las calidades exigidas en  el   tipo  penal,  y   que  los  determinadores  y  los  cómplices  quedan  excluidos, por tanto, de este descuento. Sobre el punto, ha dicho:   

“[…]  cuando  dicha  norma  utiliza  el  término  interviniente  no  lo  hace  como  un símil de partícipes ni como un  concepto  que  congloba  a  todo  aquel  que  de una u otra forma concurre en la  realización   de  la  conducta  punible,  valga  decir  instigadores,  autores,  coautores  y  cómplices,  sino lo hace en un sentido restrictivo de coautor del  delito  especial  sin  cualificación,  pues  el  supuesto  necesario  es que el  punible  propio  sólo  lo  puede  ejecutar  el  sujeto que reúna la condición  prevista  en  el  tipo penal, pero como puede suceder que sujetos que no reúnan  dicha  condición,  también  concurran  a  la  realización  del  verbo rector,  ejecutando  la  conducta como suya, es decir como autor, es allí donde opera la  acepción  legal  de  intervinientes  para  que así se entiendan realizados los  propósitos  del  legislador en la medida en que, principalmente, se conserva la  unidad  de  imputación,  pero además se hace práctica la distinción punitiva  que   frente   a   ciertos   deberes   jurídicos   estableció   el  legislador  relacionándolos  al  interior de una misma figura y no respecto de otras en que  esa  condición  no comporta trascendencia de ninguna clase”. (C.S.J., Segunda  instancia  20704.  Sentencia de 8 de julio de 2003).22   

         Así  las  cosas,  le correspondería a la Sala redosificar la pena  impuesta  al  incriminado  MARIO ENRIQUE HERNÁNDEZ ORTIZ, en orden a aplicar la  rebaja  de  una  cuarta  parte prevista para el interviniente en el inciso final  del  artículo  30  de  la  Ley 599 de 2000, sino fuera porque se advierte que a  consecuencia  de  modificar  el  grado  de  participación  del mencionado en el  delito  de  peculado  por apropiación por el cual fue condenado, frente a éste  operó  el  fenómeno jurídico de la prescripción de la acción penal, el cual  se    materializó    antes   de   que   quedara   en   firme   la   resolución  acusatoria.      

         En   efecto,   el  referido  ilícito  objeto  de  condena  en  las  instancias  está  previsto  en  el  artículo  397, inciso tercero, del Código  Penal,  teniendo  en  cuenta  que  lo apropiado no superó el valor de cincuenta  (50)  SMLMV para la época en que se consumó la conducta peculadora23,  la  cual  ocurrió  el 31 de diciembre de 2001, fecha en la que el contratista recibió el  anticipo    de    $7.500.000.oo,    equivalente    al    50%   del   valor   del  contrato24.   

         De  otra parte, el delito en cuestión, sin el incremento señalado  por  el  canon  14  de  la  Ley 890 de 2004, prevé una sanción privativa de la  libertad  de  cuatro (4) a diez (10) años, marco punitivo que luego de aplicar,  por  razón  del grado de participación de interviniente, la regla contenida en  el  artículo 60-1 del Código Penal, según la cual cuando la pena se disminuye  en  una  proporción  determinada,  como  ocurre  en  este caso, esto es, en una  cuarta  (1/4)  parte,  ésta se aplica al mínimo y al máximo de la infracción  básica,  queda  determinado  entre  treinta y seis (36) y noventa (90) meses de  prisión,  así  que esta pena será el referente obligado para determinar si la  acción penal está prescrita.   

         El  artículo  83  de  la  citada  codificación  establece  que la  acción   penal  prescribe  en  un  tiempo  igual  al  máximo  de  la  sanción  establecida  en  la  ley  si  fuere  privativa de la libertad, sin que pueda ser  inferior  a  5  años  ni  superior  a  20,  salvo si se trata de los delitos de  genocidio,  desaparición  forzada,  tortura  y  desplazamiento forzado, en cuyo  caso  el máximo será de 30 años, de donde se sigue que en el caso concreto el  término   prescriptivo   para   la   infracción   penal   citada  ut   supra  es  de  noventa  (90)  meses  –7.5  años–  en  la etapa de la investigación y  de 5 años en la fase del juzgamiento.   

         Ahora,  según  quedó visto, el hecho juzgado se consumó el 31 de  diciembre  de  2001, mientras que la resolución acusatoria cobró ejecutoria el  5 de septiembre de 2011, de  donde  surge  evidente  que  para  esta  última  fecha ya había trascurrido el  término  prescriptivo  de 7 años y 6 meses, que se cumplió el 1º de julio de  2009,  luego  en  este caso la prescripción operó antes de proferirse el fallo  de primer grado, e incluso con antelación al llamamiento a juicio.   

         Sobre  la solución que debe adoptarse frente a la prescripción de  la  acción penal, dependiendo del momento procesal en el cual se presente dicho  fenómeno extintivo, la Sala tiene dicho:   

1. Cuando la prescripción opera después de  la  sentencia  de  segunda  instancia,  se  debe  decretar  directamente y cesar  procedimiento  con  independencia  del contenido de la demanda (se prescinde del  juicio  de  admisibilidad),  por  haberse  dictado el fallo en forma válida, en  cuanto se hallaba vigente la facultad sancionadora del Estado.   

2.  Cuando la prescripción ocurre antes de  la  sentencia  de  segunda  instancia,  es  necesario distinguir dos hipótesis:   

a)  Si  el  error  ha sido planteado en la  demanda,  se  debe  admitir  el  libelo  y  definir  el  cargo mediante fallo de  casación,   con   prescindencia   de   los   restantes   ataques  si  han  sido  planteados.   

b)  Si  el  recurrente  no  formuló  el  reproche,  le  corresponde  a  la  Corte  analizar  la  ocurrencia del fenómeno  extintivo,  casar  de  oficio para anular el fallo y, como consecuencia de ello,  inadmitir  la  demanda  por  ausencia  de  objeto,  sin  que  resulte, entonces,  procedente,  por  innecesario  y  en virtud del principio de economía procesal,  agotar  el  juicio de admisibilidad de los cargos contenidos en el libelo. Desde  luego,  añádase ahora, en caso de haberse admitido la demanda, no habrá lugar  a emitir pronunciamiento sobre los cargos allí formulados.   

3. Cuando  la  prescripción  se  produce  con  ocasión  del fallo de  casación  (tal situación puede presentarse, por ejemplo, si la Corte varía la  calificación   jurídica  para  degradar  la  imputación):  En  ese  caso,  la  decisión  de  la  Sala  dependerá  del  momento  en  el  cual  haya operado la  prescripción.  Si  ocurrió antes de la sentencia de segunda instancia, deberá  casarla.  Si  ocurrió  después,  decretará  directamente  la  prescripción y  cesará,   en   consecuencia,   el   procedimiento25.26   

         En   ese   orden,   de   acuerdo  con  las  reglas  interpretativas  trascritas,  la  Corte  procederá a casar parcialmente y de oficio la sentencia  recurrida  respecto  del  procesado  MARIO  ENRIQUE HERNÁNDEZ ORTIZ, por lo que  decretará      la      nulidad      parcial  de  lo  actuado  por  falta  de  competencia   a   partir   del   1º   de  julio  de  2009   y   declarará  la  extinción  de  la  acción  penal  por razón de la  prescripción,   así  que  ordenará  cesar  todo  procedimiento  a  favor  del  prenombrado por el delito de peculado por apropiación.   

         Asimismo,  como  quiera  que  dentro  de  la presente actuación se  ejercitó  la  acción  civil,  se  decretará  su  extinción exclusivamente en  relación  con el implicado HERNÁNDEZ ORTIZ respecto del delito de peculado por  apropiación.   

Finalmente, conviene precisar que salvo lo  aquí   decidido,   las   demás   determinaciones   del   fallo   se  mantienen  incólumes.   

         En  mérito  de  lo  expuesto,  LA  CORTE  SUPREMA   DE   JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  ley,   

RESUELVE  

         1.  INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada   por   el   defensor   del   procesado   Javier   Milciades  Guevara  Garay.   

2.   CASAR   de   oficio  y  parcialmente  la  sentencia  adiada  8 de octubre de 2014 proferida  por  el  Tribunal Superior de Cundinamarca, en consecuencia, decretar la nulidad  parcial  de  lo actuado respecto del procesado MARIO ENRIQUE HERNÁNDEZ ORTIZ, a  partir del 1º de julio de 2009.   

3.  DECLARAR  la  extinción  de  las  acciones  penal  y civil por prescripción a favor de MARIO  ENRIQUE  HERNÁNDEZ  ORTIZ  respecto  del  delito  de peculado por apropiación,  quien obró en calidad de interviniente.   

         4.  DISPONER,  como  consecuencia  de  lo  anterior,  la  cesación  del  procedimiento a favor de MARIO ENRIQUE HERNÁNDEZ  ORTIZ.     

5.  ORDENAR  que  por  conducto  del  juez de  primera  instancia  se  cancele  todo  requerimiento y  pendiente  que  el  mencionado  ciudadano  tenga  por  razón  exclusiva de este  proceso penal.   

          6.  PRECISAR  que en lo demás el fallo se  mantiene incólume.   

         Contra esta decisión no procede ningún recurso.   

         Cópiese,  comuníquese  y  cúmplase.  Devuélvase  al Tribunal de  origen.   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1 Art.  29 de la Carta.   

2 Art.  8º de la Ley 600 de 2000.   

3  Artículo  14  del  Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos y  artículo  8º  de  la  Convención  Interamericana  de  Derechos Humanos.    

4 CSJ  SP, 1º ago. 2007, rad. 27283 y CSJ SP, 7 abr. 2010, rad. 32992.   

5 Dr.  Flavio Amador Cortés Delgado.   

6  Folios 41 a 46 del C.O. No. 1.   

7  Folios 71 a 83 ídem.   

8 Dr.  Rafael Francisco Vera Romero.   

9  Folios 138 y 139 del C.O. No. 2.   

10 Dr.  Darío Guillermo Sabogal Barbosa.   

11  Folio 2 del C.O. No. 3.   

12  Folio 5 ídem.   

13 Dr.  Boris Román Rodríguez Villalba.   

14  Folio 51 ídem.   

15 Dr.  José Gerney Jiménez González.   

16 CSJ  AP, 25 feb. 2004, rad. 21619.   

17  Folios 117 a 131 del C. O. No. 1.   

18  Folios 20 a 24 del C.O. No. 3.   

19 CSJ  SP, 7 abr. 2010, rad. 32992.   

20 SCC  C-563 563 de 1998.   

21 Ver  casación 19695 del 13 de julio de 2005.   

22 CSJ  SP, 22 ago. 2008, rad. 26483.   

23 En  el  año  2001 el SMLMV era de $286.000 que multiplicado por 50, arroja un total  de $14.300.000.oo.   

24  Folio 180 del C.O. No. 1.   

25  «Cfr.  Auto  del  21  de agosto de 2013, radicación  40587».   

26 CSJ  SP, 5 nov. 2013, rad. 40034.     

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