AP7409-2015(42784)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Magistrada ponente  

AP  – 7409 – 2015   

Radicación 42784  

(Aprobado Acta No. 446)  

Bogotá  D.C.,  diciembre dieciséis (16) de  dos mil quince (2015).         

VISTOS:  

          Resuelve  la  Sala si admite o no la demanda de casación presentada  por la apoderada de las víctimas.   

ANTECEDENTES:  

          1.  Hacia  las  6:20 de la noche del 15 de  octubre  de  2010,  en  la  esquina  de  la  calle  160 A con la carrera 68 A de  Bogotá,  la  señora Gladys Mercedes Cárdenas de Ferreira fue derribada por la  buseta  del servicio público identificada con las placas SGU 438, afiliada a la  Cooperativa  de  Transportadores  Buses  Verdes  Ltda  y  conducida por FRANKLIN  ALEXÁNDER  CÁRDENAS.  Este hacía el recorrido San Pablo (Fontibón) – Lijacá  y  para  eludir un trancón abandonó la ruta que debía transitar e ingresó al  sector  residencial  donde  sucedieron  los  hechos,  incurriendo  así  en  una  infracción a las normas de tránsito.   

          No  quedó claro tras la investigación cómo se produjo exactamente  el  golpe  a  la  víctima  ni  la  parte  de la buseta con la que se ocasionó.  Tampoco  si  el  chofer se dio cuenta o no del percance. Él dijo que no y no se  hallaron    huellas    de    frenado.    Lo    cierto    es   que   –al    parecer    a    una   velocidad  baja— el vehículo impactó  a  la  transeúnte,  la arrojó hacia atrás, la aplastó y la arrastró durante  casi  70  metros,  enganchada  atrás  en  la  parte  de  abajo  del  automotor.   

          Gracias  a un video obtenido en desarrollo de las primeras pesquisas  en  el  cual  aparece  grabada  la  parte final del suceso, se establecieron las  características  del  automotor  y  la  Policía  lo  encontró.  Su  conductor  admitió,  sin  discutir,  que  transitó  el  día  anterior por el lugar de la  tragedia.  Negó  haberse dado cuenta de la ocurrencia de algún accidente en su  desplazamiento.  Y  no se opuso al registro del vehículo, en cuyo desarrollo se  hallaron,  por  debajo de la buseta (no en las llantas), algunos tejidos humanos  compatibles con la genética de la señora Cárdenas de Ferreira.   

         2.   El  2  de  noviembre  de  2010,  tras  legalizarse  la  captura  de  FRANKLIN  ALEXÁNDER  CÁRDENAS ante un Juzgado de  Garantías  de  Bogotá,  la  Fiscalía le imputó el cargo de homicidio culposo  agravado  (Arts. 109 y 110-2 del Código Penal). No lo aceptó el implicado y se  negó  la  petición  de  la  Fiscalía  de  proferir  en  su  contra  medida de  aseguramiento.   

3. Una vez surtido  el  trámite  de  rigor, el Juzgado 31 Penal del Circuito de Bogotá condenó al  acusado  el  26  de  julio  de 2013, por homicidio culposo simple, a 36 meses de  prisión,  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones públicas  por  el  mismo  término,  multa  de  26.66  salarios mínimos legales mensuales  vigentes   y   privación  del  derecho  a  conducir  vehículos  automotores  y  motocicletas  durante  48  meses.  Se  le  concedió  la  condena  de ejecución  condicional.   

         4.   El   Fiscal,  el  apoderado  de  las  víctimas,  el  Agente  del  Ministerio  Público  y  el  defensor del procesado  apelaron ese pronunciamiento.  Los  tres  primeros  con  la  pretensión  de  que  se  dedujera la agravante de  abandonar  sin justa causa el lugar de la comisión de la conducta y último con  la  finalidad  de  lograr  la absolución del procesado. El Tribunal Superior de  Bogotá,  a  través  del  fallo  recurrido  en  casación,  expedido  el  27 de  septiembre  de  2013,  considerando  “la ausencia de  medios  probatorios  seguros  y  confiables” con los  cuales  reconstruir lo sucedido, le dio aplicación al principio de in  dubio  pro reo, revocó el fallo de la  primera instancia y absolvió al procesado.   

LA DEMANDA:  

Primer        cargo.  Vulneración  del  debido proceso por motivación “anfibológica o  ambigua” de la sentencia.   

         Advirtió    la    recurrente   que   conforme   a   “los      hechos”      del     fallo  impugnado,  el conductor de  la  buseta “varió su ruta autorizada y se aventuró  por  un  lugar  por el que no estaba autorizado para transitar, desatendiendo el  cuidado  que  le  imponía  el  desarrollo  de  una  actividad peligrosa como la  conducción  de  automotores,  a  tal  punto  que  ni siquiera se percató de la  colisión  y  continuó  su  marcha  como  si  nada  hubiera  pasado”.   

         Se   entiende   que  esas  fueron  “las  circunstancias  fácticas”  que la segunda instancia  “encontró demostradas conforme a su estimación de  las   pruebas  allegadas  en  el  juicio”.  Esto  en  consideración   a  que  “cuando  en  su  documento  jurídico  el  juzgador  plasma  los  hechos,  significa  que  esos  fueron  los  acreditados   y,  por  ende,  que  con  base  en  ellos  habrá  de  adoptar  su  determinación”.   

          Ahora  bien,  si  el  Tribunal  fijó  los hechos como quedó visto,  “dio por probado que el acusado infringió el deber  objetivo  de  cuidado,  que utilizó una ruta desautorizada y, como consecuencia  de   ello,   atropelló  a  la  transeúnte,  causó  su  deceso  y  siguió  la  marcha”.  Para  la  apoderada  de  las víctimas, en  consecuencia,  la  Corporación  judicial  señaló  con certeza “la    comisión    del    delito    y    la   responsabilidad   del  conductor”,      resultando      “totalmente  ambiguo,  anfibológico,  contradictorio,  que páginas  más  adelante  el  fallo  del  Tribunal  refiera  que al respecto solamente hay  hipótesis  o  probabilidades  que  admiten interpretaciones disímiles, que esa  fijación  parte  de supuestos un tanto conjeturales, intuitivos o especulativos  que  apuntan  al  in  dubio  pro  reo,  porque las pruebas practicadas no tienen  aptitud  para  llevar  a la convicción de que al sindicado le es jurídicamente  imputable     la    muerte    causada”.   

         La    segunda   instancia,   en   suma,   ofreció   “dos  posibles  interpretaciones”  de lo  sucedido  (una  en  los  hechos y la otra en las consideraciones del fallo) y en  ello consiste la irregularidad denunciada.   

         

Le  solicitó la casacionista a la Sala, por  último,  casar  la sentencia recurrida para que, en su lugar, la dicte la Corte  “en  consonancia  con  los  hechos  fijados  en las  instancias”.   

Segundo cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial originada en errores de hecho.   

         1.  Incurrió  el juzgador en falso  juicio de identidad, al cercenar una  parte  del contenido del informe del 17 de octubre de 2010, el cual da cuenta de  la  inspección  realizada al vehículo de servicio público SGU 438.   

         De  acuerdo  con él, según lo destacó el Tribunal, por debajo del  vehículo      se      encontraron      “tejidos  biológicos”    y   un   cabello.   Los   primeros  “en  la  cara  anterior  y en la cara interna de la  bodega”    e    igualmente    en   “la  cara  interna y cara exterior de la cámara de aire”.   La   “fibra  pilosa”  se  halló  “en  el martillo de la  cara  derecha  trasera”.  De  la  presencia  de esos  residuos  en  el  automotor  (un  día  después del accidente), “compatibles  con  la  genética”  de la  víctima,  dedujo  el  juzgador que el conductor “no  se   preocupó”  por  lavar  o  limpiar  la  buseta  “para     eliminar    los    rastros”  y  que  “tal actitud consciente en  preservar  el  carro  en  las  mismas  condiciones”,  cuando  contó  con  “la oportunidad de limpiarlo o  lavarlo,  según  lo enseña la experiencia, no se compadece con la conducta que  por  lo  general  adopta  quien  ha  cometido un delito, es consciente de ello y  quiere  eludir  las  consecuencias  o  despistar  a  las autoridades”.   

         El  siguiente  fragmento  del  informe  fue omitido por el Tribunal:  “…se  hallaron  huellas  de  limpieza  en el paso  rueda  metálico  posterior derecho, en la manguera de la cámara de aire, en la  cara  inferior  de  la  llanta  de  repuesto  la  cual se encontraba en la parte  posterior  inferior  del  vehículo…”. Tergiversó,  por  ende,  el contenido objetivo de la prueba al colegir que el procesado no se  preocupó  por  lavar o limpiar el vehículo. El conductor, según el aparte del  informe   cercenado,   “limpió  las  huellas,  los  rastros  existentes  en  el  vehículo” y de ello se  infiere  “que  quiso  eliminar  rastros  porque era  consciente del delito cometido”.   

         Aunque   podría   argumentarse  que  el  hallazgo  de  los  tejidos  biológicos  a que se hizo mención “descartaría la  tarea  de limpieza”, lo cierto es que los expertos se  refirieron  a esa labor y que los rastros “fueron de  proporciones  pequeñísimas  que,  por  tanto, podían escapar fácilmente a la  observación   del   sindicado   en   su  tarea  de  borrar  huellas”.   

         Las  fotografías  39,  40,  41,  42,  43,  45  y 46 del informe del  fotógrafo  judicial Edwin Javier Santos Contreras, también fueron omitidas por  la  segunda  instancia. Dichas imágenes, “aunadas a  las  huellas  de  limpieza  encontradas  (que no fueron tenidas en cuenta por el  Tribunal)  demostraban  sin  vacilación alguna, que el sindicado realizó tarea  de  limpieza  de  las  huellas  de  su delito y que si a esa labor escaparon los  rastros  que  permitieron identificar el vehículo (y al acusado) ello obedeció  exclusivamente  a que se trataba de elementos microscópicos casi imperceptibles  que,    por    tanto,    escaparon    a    su    actividad   evasiva”.   

         2.  Agregó la casacionista que los Jueces  de  instancia  dieron por probado que el sindicado cambió indebidamente la ruta  autorizada,  contraviniendo  así  el  artículo  131  del  Código  Nacional de  Tránsito.  Y dedujeron “que desde tal circunstancia  no  era viable imputar jurídicamente el resultado, en tanto ella no incrementó  el riesgo para producir la muerte”.   

          Para  la  abogada, se trata de una conclusión que entraña un error  de   hecho   por  falso  raciocinio.  En  su  criterio,  es  un  “hecho     notorio”     la    llamada  “guerra  del centavo” en  el  servicio  público  de  transporte,  en  virtud  de  la cual los conductores  “viven  a  la  caza  de  robarle  pasajeros  a  su  competencia,  en  tanto  su  salario  depende  de  la  cantidad de pasajeros que  transporten,  a partir de lo cual acuden (también como hecho notorio) a cometer  un  sinnúmero  de  infracciones de tránsito que les permitan realizar la mayor  cantidad  de  viajes  posibles  para,  así,  hacerse a mayor dinero”.   

         A  juicio  de  la profesional,    “la    comisión   frecuente   de  infracciones  de  tránsito por parte de los conductores de buses y busetas, con  la  finalidad  pretendida  de  mejorar sus ingresos”,  incrementa  el  riesgo  de  la  labor.  Los  “hechos  notorios”      relacionados,     “en   tanto   son   de   común  ocurrencia  en  Bogotá”,   constituyen   una   “máxima  de  experiencia”.  Por ende, demostrado que el procesado  “se  salió  de  lo  permitido  socialmente,  para  conducir  por una ruta no autorizada, resulta indefectible concluir que aumentó  el         riesgo        admitido”.   

         La  aplicación  de  la  regla  de  experiencia  construida, más la  admisión   por   parte   del   ad  quem  de  que  el  acusado modificó la ruta con el propósito de evitar  “la   congestión   habitual   en   el   trayecto  original”,     hace    inferir    “su  afán  por  conducir de manera rápida, evadiendo los trancones  generados  en  las  rutas  autorizadas,  para ingresar a áreas residenciales de  poco  o  ningún  flujo  vehicular  que, evidentemente, le habilitaban transitar  más   rápido   para   poder   realizar   más   viajes   y   hacerse  a  mayor  dinero”.   

         Según  la  recurrente,  entonces,  “el  acusado  estaba  dentro  de  su  guerra  del centavo, para lo cual acudió a una  conducción  imprudente, rápida y sin las previsiones habituales, porque, de no  ser  así,  de no pretender mayor ganancia, de no tener afán, indefectiblemente  hubiese   respetado   la   trayectoria   asignada   para   seguir   dentro   del  trancón”.   

El    juicio    anterior    –precisó  la  casacionista— emerge “de  lo   que   objetivamente  demuestran  las  pruebas”.   

         3.  Se  acreditó  con  expertos según el  Tribunal  –y  lo admite la  censora—  que el sindicado  no  realizó  maniobras de aceleración o desaceleración para evitar el hecho y  que  se  desplazaba  a  una  velocidad  no  inferior  a  12.3 km/h. No obstante,  incurrió  en  error de raciocinio la Corporación judicial, por desconocimiento  del  principio  lógico de razón suficiente, al inferir de lo dicho que si bien  es  cierto  el  conductor  “incrementó  el  riesgo  permitido”  con  el cambio de ruta, lo disminuyó al  manejar   a   una   velocidad   inferior   a   la   permitida   (“acto de injerencia”).   

         Ese  argumento,  a  juicio  de  la  abogada,  desconoce el principio  lógico  de  razón  suficiente.  Pasó por alto la Corporación judicial que la  víctima  y  demás  ciudadanos  de  la  zona  residencial  donde sucedieron los  hechos,  “tenían  derecho  a confiar plenamente en  acudir  a  las  calles  sin  esperar  que  buses  y  busetas  públicas en forma  arbitraria   y   peligrosa   se   adentraran  en  esas  calles  prohibidas  para  ellos”.   

         Esa   “confianza  legítima”  no  se  puede  desvirtuar  “con el  argumento  sofístico  del Tribunal, conforme con el cual es válido inferir que  esas  vías residenciales podían ser ocupadas por vehículos grandes como buses  escolares,   camiones  de  abastecimiento  o  furgones  de  mudanzas”.     Es    “engañoso”  el  juicio  porque  es  un  “hecho  notorio”    que    en    Bogotá   “el  tráfico  realmente  pesado  y  abundante es de buses y busetas  públicas   y   que   en   zonas  residenciales  son  escasos  los  camiones  de  abastecimiento  y  los  furgones  de  mudanzas,  además  de  que por la hora de  ocurrencia  de  los hechos (6:30 p.m.) por lo general se prohíben las mudanzas,  ya  no  transitan  buses  escolares,  ni  se  hacen  abastecimientos”.   

          Con  lo  precedente,  en  fin,  se acredita el errado raciocinio del  Tribunal,  en  cuanto  la víctima “tenía confianza  legítima”  de  que  el  día  y  hora de los hechos  “no   transitaría   ninguno  de  esos  vehículos  riesgosos”.   

         4. El Juzgado de  primera   instancia   derivó   la  responsabilidad  penal  del  acusado  de  su  comportamiento  negligente.  Si  atropelló  a  una  persona  y no lo advirtió,  siguiendo   su   ruta   “como   si   nada  hubiese  pasado”,    es    claro    que    “no    actuó    con    el    debido    cuidado   que   demanda   la  conducción”,  expresó  el  funcionario  judicial,  quien  con  apoyo  en el mismo argumento excluyó de la imputación la agravante  de   abandonar   el   autor  sin  justa  causa  el  lugar  de  comisión  de  la  conducta.   

         La  segunda instancia estimó que la atribución del resultado fatal  a  la  conducción  descuidada  de  la  buseta por parte del acusado, partía de  supuestos  más  especulativos  que  afianzados  en  la  lógica aplicable a las  reconstrucciones  indiciarias.  Para  la  Corporación judicial, en vista de que  ninguno  de  los  pasajeros llamó la atención del conductor, es posible que ni  éste  ni los primeros sintieran que el carro “pasó  sobre  una especie de obstáculo”. Este razonamiento,  según  la  demandante, se originó en el cercenamiento de que fueron objeto los  apartados  de  los  estudios  técnicos que establecieron que la víctima era de  “complexión  robusta”,  que   fue   aplastada   por   la  buseta,  que  las  ruedas  traseras  de  ésta  “le  pasaron por encima”  y resultó arrastrada por más de 65 metros.   

         La  consideración  de los mismos (necropsia e informe pericial 0113  del  20 de octubre de 2010), sumado a la regla de la experiencia que enseña que  toda  persona  que  ha  estado  a bordo de “un bus o  buseta”    que    supera    un    “policía   acostado”,  “necesaria  e  indefectiblemente  se  percata  del momento en que se  traspasa  el  obstáculo,  pues  el  automotor  se  levanta  del  piso de manera  anormal”,  imponían concluir que si así sucede con  el  reductor  de  velocidad  resultaba  “mucho más  perceptible” en el presente caso para el conductor y  los  pasajeros  de una buseta “que sus llantas pasen  por  encima  de  un  cuerpo  de una persona robusta, pues significa elevarse del  suelo   de   manera   anormal  por  algo  más  de  50  centímetros”.   

         Sin  la omisión parcial de los medios de prueba relacionados (error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad),  no  se  habría concluido que el  sindicado  “no  se  percató  del hecho”  (atropellamiento,  arrastre  y  aplastamiento  de la víctima),  sino  que  se dio cuenta de él y, pese a ello, decidió seguir la marcha o huir  sin justa causa de la escena criminal.   

         5.  Otro  error de raciocinio que planteó  la  casacionista,  también  por desconocimiento del principio lógico de razón  suficiente,  lo  hizo  recaer  en  la circunstancia de que la segunda instancia,  tras  admitir  “la hipótesis de que la buseta pisó  a  la  señora  con  las  llantas  traseras derechas”  (sic), expresó:   

“Podría pensarse  que  si  de ese modo ocurrieron los hechos, entonces el conductor necesariamente  tenía  que sentir que el carro había encontrado un obstáculo. Empero, ninguno  de  los  pasajeros  se  dio  cuenta  del  accidente; esto es, tampoco vieron, ni  sintieron  variación alguna en la calidad de la marcha, pues, por el contrario,  es  obvio  pensar  que  hubieran  llamado la atención del conductor”.   

         Apelando  otra  vez  la libelista a la supuesta regla de experiencia  anunciada   en   el   punto  anterior  –la    relacionada    con    los    policías   acostados—,  arguyó que el Tribunal se equivocó  al  no concluir, tras admitir que “las llantas de la  buseta   pasaron   por   encima   del   cuerpo   de   la   occisa”—,   que   el  acusado  “se  percató  del  atropellamiento,  arrastre y aplastamiento de la  víctima”.   

          La  afirmación  de  que  los pasajeros no percibieron el suceso fue  para   la   abogada   una   “conjetura”   del   juzgador.   Los   argumentos  vistos,  en  consecuencia,  desconocen   “la   razón   suficiente”, al partirse  para     su     construcción     “de    simples  especulaciones”.  En  el  juicio,  de hecho, ningún  pasajero  resultó  identificado y mucho menos declaró acerca de lo acontecido.   

         6.  Otro error de hecho por falso juicio de  identidad   ocurrió,   a   juicio   de   la   recurrente,   al  “cercenar”  el juzgador de segundo grado  “apartes”  del  relato  presentado  por  el  agente  de  la Policía Orwel Doney Múnera González. Este  dedujo,  apoyado  en  su experiencia, “que el suceso  pudo  presentarse por cuanto el conductor de la buseta no respetó la prelación  de  los  peatones,  pues  de la inicial huella de arrastre surgía que la occisa  intentaba cruzar por la esquina”.   

        Dicha   “apreciación  del  experto  no  surge  como  un acto meramente especulativo” sino que  coincide  “con  lo  realmente  acaecido”,  según  se  ratifica  con el dibujo topográfico FPJ 17, en el  cual  se muestra una “huella de arrastre”   inicial   de   3.25   metros   que   empieza   “desde  la  curva  de  la  esquina” y los  estudios   de   los  especialistas  que  acudieron  al  juicio  y  uniformemente  declararon   “que   de  parte  del  conductor  del  automotor  no  se  realizaron  maniobras  de  desaceleración, ni para evitar el  hecho, ni de frenado”.   

        Se  habría concluido, sin el error, que la víctima “intentó  cruzar  la  calzada  por  el  sitio  reglamentado por las  autoridades  y que el conductor de la buseta, no solamente incrementó el riesgo  permitido   por   desconocer  la  ruta  autorizada  y  adentrarse  en  una  zona  residencial,  sino porque no respetó la prelación que tienen los peatones para  el cruce de vías”.   

        7.  Según  la apoderada de las víctimas,  por  último,  el  ad  quem  incurrió  en  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad,  al cercenar  “apartes  importantes”  del testimonio del Policía Alexánder Herrán Moreno.   

        Como  sucedió  en el evento del punto anterior, no se hizo alusión  explícita  a  dicho  medio de prueba en la sentencia. Pero al decir el juzgador  que  su  decisión  se fundamentaba en todos los medios de convicción allegados  en  el  juicio  oral,  se entiende que se refirió a la declaración de Moreno y  por   tal   razón   no   se   planteó   el   error   como   falso   juicio  de  existencia.   

        El  declarante  precisó  que  el  conductor acusado “ha  tenido  múltiples  accidentes y varios comparendos”.  Esto  significa que antes de los hechos había sido sancionado  “por     infringir     la     normatividad    de  tránsito”.  Era  una  información  “trascendente”  que la segunda instancia  dejó    de    considerar    y    de    la    cual    surgía    “incuestionable”  que el conductor aquí  procesado  “es  proclive a incrementar el riesgo en  la  actividad  riesgosa (sic)  de  conducir  vehículos,  que  ha  causado  muchos  hechos  traumáticos  en el  ejercicio  de esa actividad, lo cual no le ha importado pues ha sido reiterativo  en  esos  actos,  y  ha  sido  sancionado  varias  veces  por su imprudencia, su  negligencia,   su   olvido  de  los  reglamentos  al  conducir  la  buseta  (los  comparendos significan sanciones)”.   

        De  haberse  apreciado  esos  datos  aportados  por  el  testigo, la  conclusión    era,    “necesariamente”,  que  el sindicado “se percató del  hecho”,  incrementó  el  riesgo  permitido  como en  otras  oportunidades  lo  había  hecho  “y que las  múltiples  sanciones  impuestas  no  le  han importado, al extremo de que sigue  infringiendo  los  reglamentos y causando daños, habida cuenta de la manifiesta  y demostrada impunidad que se revela”.   

        8.  Para  la  demandante,  en  fin,  si la  apreciación    de    las   pruebas   se   hubiera   realizado   “de     manera    integral”    y    en  “su real dimensión”, la  conclusión  sería  “que existe convencimiento más  allá  de  cualquier  duda  de que el acusado incrementó el riesgo permitido al  salirse  de  la  ruta  autorizada, no respetar la prelación de los peatones, no  realizar  maniobra  de  desaceleración o de frenado y huir del sitio del hecho,  pues  necesariamente  se percató de lo acaecido”. Es  exactamente  la  declaración que la casacionista le pidió hacer a la Corte. Su  solicitud  es,  pues,  que se case la sentencia del Tribunal y se confirme la de  primera  instancia  con  la  modificación  consistente  en  estimar agravado el  homicidio  culposo  por huir el acusado del lugar de los hechos sin justa causa.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

1. En el capítulo  IX  de  la  Ley  906  de  2004  dedicado  a regular el recurso extraordinario de  casación,  exactamente  en  el  inciso  2º  del artículo 184, se contemplaron  cuatro  posibilidades  para  no  seleccionar o admitir una demanda de casación:  carencia  de  interés,  no  señalamiento  de la causal, falta de sustentación  debida  de los cargos y cuando de su contexto se advierta fundadamente que no se  precisa  del  fallo  de  la  Corte  para  cumplir  alguna de las finalidades del  recurso.   

2.  Aunque  es  innegable  que  en el presente caso la demandante, en su condición de apoderada  de  las  víctimas,  cuenta con interés para pretender en casación que se case  la  sentencia  absolutoria  y  se  profiera  condena  en  contra del acusado, no  consiguió sustentar debidamente los cargos propuestos.   

3.  A juicio de la  profesional,  según  la  primera  censura,  la  motivación  de  la  sentencia  es  anfibológica  porque  el  Tribunal,  en  el capítulo de los hechos, dio por demostrada la responsabilidad  penal  del  conductor  de la buseta y “páginas más  adelante”,  en  las  consideraciones,  concluyó que  existía  duda  al  respecto  y  aplicó  el  principio  rector del in dubio pro reo.   

Para   la   Corte  es  deseable  que  los  “hechos” que se reseñan  al  comienzo  de  las  sentencias  judiciales correspondan a los que finalmente,  tras  las valoraciones probatorias pertinentes, declara comprobados el juzgador.  Lamentablemente  esa  no ha sido una regla observada rigurosamente por todos los  funcionarios.  Algunos, que no han interiorizado la importancia de ese capítulo  de  la  providencia,  en  un  acto mecánico, fácil y rutinario, presentan como  hechos  una  síntesis  de la denuncia o del informe de policía que originó la  investigación  y  concluyen  en  la parte motiva de la decisión que ocurrieron  otros.  O  reproducen  unos  hechos  mal  construidos  por la Fiscalía o por la  instancia  inferior, o simplemente edificados para un fallo distinto, como pasó  en el presente caso.   

Aquí  la  segunda  instancia,  en  efecto,  siendo  que absolvió por duda al acusado, transcribió los hechos de la condena  de  primera  instancia,  donde se sugiere que la muerte de la víctima obedeció  al  actuar  imprudente  del procesado. Esa impropiedad, no obstante, que es a la  que  se limita el reproche, carece por completo de trascendencia. Se trata de la  materialización  de  una  mala práctica judicial sin repercusiones procesales.   

Si  bien es cierto los hechos plasmados por  la  primera  instancia  en  la sentencia condenatoria no eran los adecuados para  formar  parte del fallo absolutorio del Tribunal, claramente las motivaciones de  éste  no  plantean  ningún  tipo de confusión que haya dificultado comprender  las  razones  determinantes  de  la  decisión  y  el consiguiente ejercicio del  derecho  de  contradicción.  La  Sala  la  ha  revisado  y todos los argumentos  probatorios  allí  dichos  justifican  sin  equívocos la tesis con apoyo en la  cual se absolvió al procesado.   

Así  las  cosas,  ante  la  circunstancia  manifiesta  de  que la casacionista no acreditó en el reproche la ocurrencia de  una  irregularidad sustancial trascendente del juzgador, en razón de él no hay  lugar a la admisión de la demanda.   

4.  La suerte del  segundo  cargo es la misma al  no  acreditar  la  casacionista  ninguno  de  los  errores  hecho denunciados al  interior del mismo, como se pasa a ver.   

4.1. Falso  juicio de identidad vinculado al informe de Policía Judicial  del  17  de  octubre  de  2010  y falso juicio de existencia por omisión de las  fotografías  39,  40,  41,  42, 43, 45 y 46 del informe del fotógrafo judicial  Edwin Javier Santos Contreras.    

Esos dos errores están asociados. Según el  primero,  el  Tribunal  dejó  de lado la parte del informe referida al hallazgo  –en  la  inspección  a la  buseta—, de “huellas  de  limpieza en el paso rueda metálico posterior derecho,  en  la  manguera  de  la  cámara  de  aire, en la cara inferior de la llanta de  repuesto   la   cual   se   encontraba   en  la  parte  posterior  inferior  del  vehículo…”.  Conforme al segundo, la Corporación  judicial   omitió   considerar   las   fotografías   de   los  “tejidos   biológicos”  y  el  cabello  encontrados   por   los   investigadores   en  la  misma  diligencia.   

A partir del descubrimiento de esos residuos  el  juzgador  dedujo que el conductor, contando con la oportunidad para ello, no  lavó  el automotor en busca de eliminar las huellas del crimen y así eludir su  responsabilidad  o  despistar  a  las  autoridades.  Se  trató  de un argumento  favorable  al acusado, quien en su declaración expresó que no se dio cuenta de  lo ocurrido.   

Los  medios  de  prueba omitidos, según la  casacionista,   contradicen   la   inferencia.  Simplemente  porque  los  mismos  comprueban  que  el  implicado  “limpió”  el  vehículo  para  eliminar  “los  rastros”   presentes   en   él,   escapando  a  la  “limpieza  de  las huellas de su delito”,       por       ser      “casi  imperceptibles”        o       “microscópicos”  de  acuerdo  con  las  fotografías,  los  “tejidos biológicos”    y    el    “cabello” encontrados en la inspección.   

Esa  argumentación  de  la  recurrente,  a  primera  vista  consistente,  se  derrumba  fácilmente  cuando  se  busca en el  proceso  el significado de la expresión “huellas de  limpieza”  utilizada en el informe del 17 de octubre  de  2010  (suscrito  por  los  miembros  de  la policía judicial de la Policía  Nacional  William  Andrés  Santiago  Numpaque  y Edwin Javier Santos Contreras,  entre  otros),  así  como en el reporte fotográfico del último, fechado el 26  de octubre de 2010.   

Aunque  esos dos funcionarios declararon en  el  juicio,  sólo  al  último  se  le  preguntó sobre dicho particular. Dio a  entender  que  una  “huella de limpieza”  es  una  marca  que se produce en el vehículo tras el roce con  otra  superficie. En palabras del testigo, “algo que  deja  marcado  algo  que  pasó  por  esa parte”. Eso  significa,  frente  al caso concreto, advierte la Corte, que las “huellas  de  limpieza”  descritas en el  informe  de  la Policía Judicial y registradas en las imágenes 32, 33, 34, 35,  36,  38,  44,  47  y  48 del trabajo fotográfico, no señalan que la buseta del  servicio  público  comprometida  en los hechos haya sido lavada después de los  mismos,  tal  y  como  lo  planteó  la  libelista.  Santos Contreras, de hecho,  manifestó   al   finalizar   su   declaración   en   el   juicio  –sesión    del   17   de   abril   de  2012—,  que en su criterio  “no    fue   lavado   ese   vehículo”.   

Así  las  cosas,  aclarando  que  no  eran  “microscópicos”  sino  visibles      los     “restos     de     tejidos  biológicos” y la “fibra  pilosa”  hallados  en  la  inspección al vehículo,  según   se   comprueba  al  observar  las  fotografías  que  a  juicio  de  la  casacionista  omitió  el  juzgador  de  segunda  instancia,  es evidente que de  haberse  considerado  en la sentencia el pasaje del informe de Policía Judicial  relacionado      con     las     “huellas     de  limpieza”, la conclusión del Tribunal cuestionada a  través de la censura no habría sufrido modificación.   

Las  omisiones  probatorias denunciadas, en  consecuencia,  apoyadas en la deducción equivocada de que el procesado lavó la  buseta  para  eludir  su  responsabilidad en el homicidio, resultan por completo  intrascendentes.   

En  este  primer  esfuerzo,  en  fin,  la  demandante  no  consiguió acreditar ningún error asociado a los argumentos del  fallo  que  pretendía  remover.  Es  decir,  que  la  presencia en el automotor  –el  día  siguiente al de  los  hechos— de los tejidos  humanos  compatibles  con  la genética de la señora Gladys Mercedes Cárdenas,  “enseña  que  su  conductor  no  se  preocupó por  lavarla  o  limpiarla,  para  eliminar rastros” y que  tal  actitud,  de acuerdo con la experiencia, “no se  compadece  con  la  conducta  que  por  lo  general  adopta quien ha cometido un  delito,  es  consciente  de ello y quiere eludir las consecuencias o despistar a  las autoridades”.   

4.2. Error de hecho por falso raciocinio en  la  deducción  del  juzgador  relativa  a que la infracción de tránsito en la  cual  incurrió  el  conductor de la buseta al salirse de la ruta autorizada, no  es   fundamento  válido  de  la  imputación  jurídica  de  la  muerte  de  la  víctima.   

Las  instancias concluyeron, en efecto, que  dicha  transgresión  de  los  reglamentos  de tránsito, no podía considerarse  “como una infracción al deber objetivo de cuidado,  generadora    de    culpa”.    Así   se   sostuvo  específicamente  en  la  sentencia  de  primer grado, en la cual se condenó al  acusado  por  negligente,  al  conducir  de  forma  descuidada  el  vehículo de  servicio  público,  al  punto  de  ni  siquiera  notar  que  atropelló  a  una  persona.   

Más allá de que el Tribunal estimó que la  última    conclusión    del    a   quo    partió    de    supuestos   “más  conjeturales,   intuitivos   o  especulativos,  que  afianzados  en  la  lógica  aplicable  a  las  reconstrucciones  indiciarias”, la  pretensión  de  la  impugnante en este reproche está orientada a que la Corte,  tras  concluir  que  el  juzgador  se equivocó al desvincular la infracción de  tránsito  como  causa  para  la  imputación jurídica del resultado, la admita  como  factor  que  incrementó  el riesgo permitido en el lugar donde sucedieron  los  hechos,  sirviéndose  de ella para la atribución del delito imprudente al  acusado.   

En  el  sustento  de  dicha  propuesta, sin  embargo,  no  demostró  la  casacionista  el  razonamiento  contrario a la sana  crítica  en  el  que  habría incurrido el juzgador y a causa del cual declaró  que  el abandono de la ruta no constituyó desde el punto de vista jurídico una  circunstancia determinante del homicidio.   

Aunque puede ser verdad que en muchos casos  los  conductores  del  servicio  público se disputan los pasajeros y a causa de  ello   incurren   en   infracciones   de  tránsito  y  ocasionalmente  originan  accidentes,  no  es  posible  deducir  a partir de allí que en el presente caso  –y  por  ahí  derecho  en  todos   los   que   se   le   parezcan—  el  acusado  se  peleaba  con  alguien y por eso abandonó la ruta  asignada,  iba  rápido, conducía imprudentemente, aumentó el riesgo permitido  y,   por  tanto,  es  responsable  culposo  del  homicidio  por  el  que  se  le  enjuició.   

Es evidente, pues, que para la demostración  del  falso raciocinio denunciado la recurrente se inventó una realidad a partir  de   unos  supuestos  “hechos  notorios”  que  a su juicio son reglas de experiencia. Y más allá de que  no  se  pueden aceptar como tales, en cuanto no es cierto que todos o casi todos  los  conductores de buses del servicio público se comportan como se describe en  el  cargo, olvidó la profesional que en la sentencia se declaró probado que el  conductor  de  la  buseta  iba  despacio  y que en el fragmento de la grabación  lograda  en  las cámaras de uno de los edificios de la cuadra donde sucedió la  tragedia   aparece   únicamente   el  automotor  conducido  por  el  procesado,  descartándose  así  que  en  el momento de los hechos sostuviera una pelea con  “la    competencia”.   

4.3.  Error  de  hecho por falso raciocinio  derivado    de    la    transgresión    del   principio   lógico   de   razón  suficiente.   

De acuerdo con ese principio, planteado por  el  filósofo alemán Wilhelm Leibniz, no puede hallarse ningún hecho verdadero  o  existente,  ni  ninguna  enunciación  verdadera,  sin  que  haya  una razón  suficiente  para que sea así y no de otro modo. En otras palabras, todo obedece  a  una  razón  y  nada  es  porque  sí. Todo, en fin, tiene una razón de ser.   

Si  en el caso examinado, según se expresa  en  la  demanda, el Tribunal concluyó que el conductor de la buseta incrementó  el  riesgo  permitido  al cambiar la ruta e ingresar a una zona residencial y lo  disminuyó  al  manejar  a una velocidad inferior a la permitida, no entiende la  Sala  por  qué  ese  argumento quebrantó el mencionado principio supremo de la  lógica.  La  casacionista  dice  que  por pasarse por alto en el juicio, que la  víctima  y  demás  ciudadanos  tenían  derecho “a  confiar  plenamente  en  acudir  a  las  calles  sin esperar que buses y busetas  públicas  en  forma  arbitraria  y  peligrosa  se  adentraran  en  esas  calles  prohibidas para ellos”.   

Claramente, como se puede advertir, no es la  falta  de  motivos  en el argumento del Tribunal lo que reprocha la apoderada de  las     víctimas.     Para     la     Corporación     judicial    –eso      es      claro—  la  razón  del incremento del riesgo  permitido,  asociada  al  cambio de ruta de la buseta, fue su desplazamiento por  una  zona  residencial  donde  las  personas  no están habituadas a ese tipo de  vehículos  en  sus calles. Y la razón para estimar que el conductor, al tiempo  que  aumentó  el  riesgo  lo  disminuyó,  fue  su  conducción a una velocidad  moderada, inferior a la autorizada.   

De los dos hechos el juzgador no derivó la  ocurrencia  de un homicidio culposo. Si el conductor de la buseta ingresó a una  zona  residencial  no  prevista como vía de su recorrido y lo hizo despacio, se  descarta  en una situación así que haya omitido su deber objetivo de cuidado e  incurrido, en consecuencia, en la conducta que se le atribuyó.   

La  casacionista simplemente opuso su punto  de  vista  a esa conclusión del juzgador. Según ella, los ciudadanos confiaban  legítimamente  que  a  su barrio no entrarían buses y busetas. Ni –en   razón   de  la  hora—   camiones  de  abastecimiento  y  de  mudanzas.  El  planteamiento  tácito  de  la abogada, acorde con lo precedente,  inaceptable  como  es  obvio,  sería  que  las lesiones personales y homicidios  causados  en  un  lugar  como el de los hechos, en los cuales esté implicado un  bus,  una  buseta o un camión, son responsabilidad de los conductores de dichos  automotores,   con   independencia   de   las  circunstancias  en  que  tuvieron  ocurrencia.   

Tampoco  en  esta  censura,  entonces,  la  recurrente comprobó algún error probatorio del Tribunal.    

4.4.  Error  de  hecho  por falso juicio de  identidad  derivado  del  cercenamiento  de  la necropsia y del informe pericial  0113 del 20 de octubre de 2010.   

Esos      estudios     –especificó   la   censora—  señalan  que  la  víctima  era  de  “complexión  robusta” y  fue   arrastrada   71,22   metros   por  el  vehículo  que  causó  su  muerte.  Obligatoriamente,  en  esas circunstancias, el conductor debió darse cuenta del  accidente.   

De  acuerdo  con  el  informe  de  Javier  Castiblanco    Beltrán,    perito    de    las    víctimas,    “distorsionado” por el juzgador a juicio  de   la   recurrente,   las   lesiones  halladas  a  la  occisa  “indican”     que    se    produjeron  “por  aplastamiento”, al  “rodar libremente” sobre  ella  “las  llantas  traseras  derechas” del automotor.   

         Sin        esos        errores        probatorios       –precisó    la    abogada—  el  juzgador habría concluido que el  sindicado   “se   percató  del  hecho”,   en   razón   de   la   siguiente   reflexión:   si  el  conductor    y   los   pasajeros  de  un  vehículo  notan  “necesaria  e  indefectiblemente” el paso  sobre     un    “policía    acostado”   o  reductor  de  velocidad  cuyo  tamaño  no  supera  los  20  centímetros  de  altura,  como así lo enseña la experiencia, con mayor razón  lo  advirtieron  en  el  presente caso los ocupantes de la buseta si se tiene en  cuenta  que las llantas del vehículo pasaron por encima de una persona robusta,  debiendo  “elevarse del suelo de manera anormal por  algo más de 50 centímetros”.    

Las  deducciones  de la casacionista tienen  como  punto  de  partida  un  hecho que no declaró probado el Tribunal y que en  realidad,  sin prueba directa de lo sucedido, es sólo la hipótesis del experto  Castiblanco  Beltrán: que las llantas traseras del lado derecho “rodaron  libremente  sobre la víctima”,  lo   cual   significa   “que   no  se  aplicó  el  freno”.   

Esa  representación  de  lo  ocurrido  fue  materia  de  consideración  por  parte  de la segunda instancia. Y la descartó  como se colige del siguiente pasaje de la sentencia:   

“Podría    pensarse    –dijo        la       Corporación  judicial—  que  si de ese  modo  ocurrieron  los  hechos, el conductor necesariamente tenía que sentir que  el  carro  había  encontrado un obstáculo. Empero, ninguno de los pasajeros se  dio  cuenta  del  accidente;  esto  es,  tampoco vieron, ni sintieron variación  alguna  en  la  calidad  de la marcha; pues, de lo contrario, es obvio pensar en  que hubieran llamado la atención al conductor.   

(…)  

“No es claro, entonces, como se afirma en  la  sentencia apelada, que fue el manejo descuidado de la buseta lo que impidió  al  implicado  percatarse  de la ocurrencia del accidente; pues, como el posible  punto  de  impacto  no  se  localiza  en  la  parte  frontal del vehículo, sino  probablemente  en la parte lateral debajo del espejo, cabe la posibilidad de una  colisión  de lado, con una porción posterior, como lo explicó el perito de la  defensa   (en  verdad  de  las  víctimas),   Javier   Castiblanco   Beltrán,   tema   en   el  que  no  fue  controvertido;  de suerte que ni el conductor ni los pasajeros observaron lo que  estaba sucediendo.   

“Y sin datos disponibles para fundamentar  una  deducción  lógica, queda sin explicación razonable el hecho de que nadie  sintiera  que  el  carro  pasó sobre una especie de obstáculo; lo que pudo ser  imperceptible,  si  se  tiene  en cuenta que en la curva el pavimento no era del  todo  uniforme  y en las proximidades había huecos o desperfectos (fotografías  informe  de  la  Dirección  de Control y vigilancia de Tránsito, incorporado a  través  del  investigador  de  Policía  Judicial)”.   

El  Tribunal,  además,  al referirse a los  hallazgos  de  tejidos  humanos  debajo  de  la  buseta  de  servicio  público,  genéticamente  compatibles  con  el ADN de la señora Gladys Mercedes Cárdenas  de  Ferreira,  enfatizó  que  esas  huellas  no  se encontraron “en  las llantas”. Se trata, no hay duda,  de  una  circunstancia  que refuerza la duda existente para la segunda instancia  alrededor   de   cómo   se   produjo  –en        términos        de        la        necropsia—        el        “politraumatismo    contundente”   que  sufrió la víctima.    

Según  lo  ha podido verificar la Sala, en  conclusión,  no  es  cierto  que el fallador haya dejado de lado los apartes de  los  medios  probatorios  referidos  por  la  libelista  en  el  reproche, ni la  hipótesis  que  planteó  el  perito Javier Castiblanco Beltrán. Contempló la  posibilidad  de  las  llantas  del  automotor pasando por encima de la víctima,  juzgó     que     en     una     situación     así     se     “podría”  pensar  que  “necesariamente”     el     conductor  “tenía  que  sentir que el carro había encontrado  un   obstáculo”  y  concluyó  que  “pudo”  ser  imperceptible el evento, si  se  tiene  en  cuenta  el  estado del pavimento y el hecho de que ninguno de los  pasajeros  llamó  la atención del conductor, lo cual habría sucedido de haber  sido notorio el accidente.   

En suma, las omisiones probatorias parciales  denunciadas  no  tuvieron  ocurrencia  y  en  esa  medida,  en  relación con el  reproche examinado, no hay lugar a la admisión de la demanda.   

4.5.  Error  de  hecho por falso raciocinio  derivado    de    la    transgresión    del   principio   lógico   de   razón  suficiente.   

Tampoco  en  esta  censura  la  demandante  acreditó  la  equivocación  enunciada.  En  la  misma,  en  realidad, simple y  llanamente  cuestionó al Tribunal por no concluir, tras admitir “que  la  buseta  pisó  a  la  señora  con  las  llantas  traseras  derechas”,    que   el   acusado   “se    percató”    de   su    “atropellamiento,    arrastre   y   aplastamiento”.   

No  es  cierto,  según el aparte del fallo  impugnado  transcrito  en  el punto anterior, que la segunda instancia admitiera  que  las  llantas  del  lado  derecho del vehículo de servicio público pasaron  sobre   el  cuerpo  de  la  víctima.  La  Corporación  judicial  examinó  esa  hipótesis,  ya  se  dijo.  Y  sin  declararla  probada,  ni lo contrario (si se  considera  que en las llantas no se encontraron tejidos biológicos pudo suceder  que  el politraumatismo o “aplastamiento”  se  causara  con  alguna  de  las partes de abajo del automotor  donde   esas   evidencias   físicas   fueron   descubiertas),   concluyó   que  “pudo” ser imperceptible  el  paso del carro sobre la víctima. Lo hizo con fundamento en las motivaciones  relacionadas  en  el  punto  precedente y no “porque  sí”,  quedando de tal forma sin piso la censura, en  la  cual  se le imponía a la recurrente demostrar la vulneración del principio  lógico que en su criterio fue quebrantado.   

La  afirmación del Tribunal consistente en  que  “ninguno  de  los  pasajeros se dio cuenta del  accidente”,   o   que   no  vieron  “ni    sintieron   variación   alguna   en   la   calidad   de   la  marcha”,     calificada     de    “conjetura”  por  la  casacionista,  no  solamente  se produjo en el marco de la respuesta a una hipótesis planteada por  el  perito  de  las  víctimas  sino que se sustentó lógicamente en que, de lo  contrario,   los  pasajeros  “hubieran  llamado  la  atención del conductor”.   

Sólo destacando que ninguno de los usuarios  ocupantes  de  la  buseta declaró en el juicio, no desvirtúa la recurrente ese  juicio  del  fallador.  De  haber  ellos  percibido  el  accidente,  incluido el  arrastramiento  del cuerpo de la víctima durante un poco más de 70 metros, con  seguridad  habrían  reaccionado  llamando  la atención al conductor. Y como no  existe  evidencia  de  que algo así haya pasado, es posible que el conductor no  se  hubiera dado cuenta de lo acontecido, conforme lo expresó en su testimonio.  Es  como  el  Tribunal argumentó y la casacionista no acreditó, ni la Corte lo  advierte, que tal juicio sea contrario a la sana crítica.   

4.6. Falso juicio de identidad por omisión  de  algunos  apartes  de  las declaraciones de los policías Orwel Doney Múnera  González y Alexánder Herrán Moreno.   

El  segundo  de los mencionados declaró en  relación  con  los  comparendos  impuestos  al  procesado  en razón de algunas  infracciones  de  tránsito.  No  las  precisó  la  demandante  y  mucho  menos  acreditó  cómo  esas  informaciones  omitidas desvirtúan las conclusiones con  apoyo en las cuales se dictó la sentencia absolutoria impugnada.   

Tampoco   comprobó   la  profesional  la  trascendencia   derivada   de  no  estimarse  en  el  fallo  la  “apreciación”   del  Policía  Múnera  González   consistente  en  que  “pudo”  ocurrir que el acusado “no respetó  la  prelación de los peatones”. Se trató, sin duda,  de  una  de  las hipótesis consideradas por el Tribunal, entre varias posibles,  que  no declaró probada –ni  otra—  en vista de la duda  sobre  lo  ocurrido que quedó evidente tras el examen conjunto de los medios de  convicción.   

La  “debilidad  probatoria” –afirmó           la          segunda          instancia—  es  “la  falencia”  que  en  el presente caso “da  lugar  a  la  absolución  por  el  beneficio de la duda, en un  asunto  de  tanta  magnitud  y  trascendencia,  donde  no  logró dilucidarse lo  atinente  a  la  posible responsabilidad jurídica del implicado en la muerte de  la      señora      Gladys      Mercedes     Cárdenas     Ferreira”.   

“Todo  indica  –finalizó el Tribunal y se  comparte—   que  las  labores de vecindario, inmediatas, fueron precarias en el  lugar  de  los  hechos, pues, a pesar de que el cadáver se encontró en la vía  pública  de  una  zona  residencial,  los  organismos  de  Policía Judicial no  lograron  identificar  a  ningún  testigo;  tan  es  así,  que el señor Julio  Enrique  Ferreira  Cárdenas  (hijo  de  la  señora fallecida), por sus propios  medios   se  dio  a  la  tarea  de  localizar  a  alguien  que  le  suministrara  información;  pero  desafortunadamente  no tuvo éxito en ese bien intencionado  intento”.   

5. Es evidente, en  conclusión,  que  no  hay  lugar  a  seleccionar la demanda de casación.   Tampoco  procede  superar  sus  defectos  para hacer uso de la facultad oficiosa  contemplada  en  el  inciso  3º  del artículo 184 del Código de Procedimiento  Penal de 2004.   

Cabe  advertir,  finalmente,  que contra la  presente  decisión  procede  el  mecanismo de insistencia de conformidad con lo  establecido  en  la norma acabada de mencionar y con las reglas definidas por la  Sala de manera pacífica en pronunciamientos anteriores.   

         

        En  virtud  de  lo  expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema de Justicia,   

RESUELVE:  

INADMITIR   la  demanda de casación presentada por la apoderada de las víctimas.   

        Contra  esta  determinación procede el mecanismo de insistencia, en  los   términos   definidos   pacíficamente   por   la   jurisprudencia  de  la  Sala.   

NOTIFÍQUESE Y CÚMPLASE.  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

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