AP4483-2014(43888)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado Ponente  

AP4483-2014  

Radicación n° 43888  

(Aprobado Acta No. 243)  

          Bogotá,   D.C.,   treinta   (30)   de  Julio  de  dos  mil  catorce  (2014).   

V I S T O S  

          Decide  la  Sala  sobre  la admisibilidad de la demanda de casación  presentada  por el defensor de Cristian Andrés Olarte Yepes contra la sentencia  dictada  por la Sala Penal de Descongestión del Tribunal Superior de Antioquia,  por  cuyo medio se confirmó integralmente la proferida por el Juzgado Penal del  Circuito  de  Marinilla  (Antioquia), que lo condenó por el delito de homicidio  en persona protegida, cometido en concurso homogéneo.    

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

                                      

          1.  Los  primeros fueron sintetizados por  el a quo de la siguiente manera:   

En la zona urbana del municipio de San Carlos  (Ant.),  los  días  26 y 27 de febrero de 2005, fueron retenidos y llevados por  miembros  de  una agrupación paramilitar, el Sr. Pedro Pablo Miranda Restrepo y  la  Sra.  Millerlay Guzmán; sujetos aquellos que los entregaron el día primero  (1º)  de  marzo  siguiente,  en  horas  de la mañana, en la vereda Pradera del  municipio  de  San Rafael (Ant.), a miembros de una patrulla militar adscrita al  Ejército  Nacional  perteneciente  al  Batallón Plan Especial Energético Vial  No.  4  “BG  JAIME  POLANÍA PUYO”, compañía Espada, la cual era comandada  por  el  entonces  capitán  Fredy  Alberto Alfonso Martínez y la integraban el  aquí  acusado  teniente  CRISTIAN  ANDRÉS  OLARTE  YEPES y los soldados Yeison  Escorcia  Celsa,  Jefersson  Escobar  Pérez,  Eduardo  Vanegas Mosquera y Eduar  Enrique  Correa  Jiménez.  El  Sr.  Pedro  Pablo  Miranda  Restrepo  y  la Sra.  Millerlay      Guzmán,      resultaron      muertos     allí,     en     aquel  lugar.        

El capitán Alfonso Martínez, en su informe  de  patrullaje  –misión  táctica     fachada     del     02     de     marzo     de     2005–,  reportó  que  los  occisos  eran  miembros  del  IX  frente  de las FARC y que según información que previamente  habían  recibido  pretendían  abastecerse  de víveres, por lo cual realizaron  una  maniobra  de  emboscada,  avistándose  por ellos tres bandidos, quienes al  escuchar  su  proclama como miembros del Ejercito (sic), dispararon en contra de  ellos,  por  lo que tuvieron que reaccionar en defensa de sus vidas haciendo uso  de  sus armas oficiales, con el resultado, de que se dieron de baja a dos de los  bandidos  y  la  consecuente incautación de armamento, explosivos, municiones y  prendas de uso privativo de las fuerzas militares; (…).   

          2.    Adelantada    inicialmente    la  investigación  por  los Juzgados 22 y 32 de Instrucción Penal Militar con sede  en  Medellín,  mediante  proveído  adiado  6  de  febrero de 2008 este último  despacho  dispuso  remitir  el  proceso por competencia a la justicia ordinaria,  correspondiéndole  continuar  el trámite a la Fiscalía Seccional de Marinilla  (Antioquia).    

          3.  Vinculados  a  la  investigación  el  capitán   Fredy   Alberto   Alfonso   Martínez,   el   teniente   Cristian   Andrés   Olarte   Yepes   y  los  soldados  Jefersson   Escobar   Pérez,  Yeison  Escorcia  Celsa,  Eduardo Vanegas Mosquera y Eduar Enrique  Correa  Jiménez mediante sendas indagatorias, en resolución adiada 24 de junio  de  2011,  salvo  el  último de los militares en mención, fueron afectados con  medida   de   aseguramiento   de   detención   preventiva   sin   beneficio  de  excarcelación  como  presuntos  coautores  del  delito  de homicidio en persona  protegida,  cometido  en  concurso  homogéneo,  librándose  en  su  contra las  respectivas  órdenes  de captura; decisión confirmada por la Fiscalía Tercera  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Antioquia  al  desatar el recurso de  apelación  interpuesto  por  la  defensa  de  los  procesados  Escorcia Celsa y  Vanegas Mosquera.   

          Cabe  anotar, que la privación de la libertad de los implicados se  materializó,  en su orden, el 26 de julio, el 21 de septiembre, el 5 de julio y  el  19  de  julio  de 2011, extendiéndose en relación con los soldados Escobar  Pérez  y Vanegas Mosquera hasta la calificación del mérito sumarial, mientras  que  el  soldado  Escorcia  Celsa estuvo en libertad durante toda la actuación,  ante  la  imposibilidad  de  hacer  efectiva  la  orden de captura librada en su  contra.   

          4.  Cerrada la instrucción, a través de  resolución  calendada  30  de  diciembre  de 2011 la Fiscalía 111 Seccional de  Marinilla  (Antioquia)  calificó el mérito del sumario, profiriendo acusación  en  contra  de  los  sindicados  Fredy  Alberto Alfonso Martínez y Cristian   Andrés   Olarte   Yepes  como  coautores  del  concurso homogéneo de delitos de homicidio en persona protegida  (art.  135  C.P.), decisión que cobró firmeza el 9 de  marzo   de   2012;   en   tanto   que   precluyó  la  investigación  a  favor  de  los procesados Jefersson  Escobar  Pérez,  Yeison  Escorcia  Celsa, Eduardo   Vanegas   Mosquera   y  Eduar  Enrique  Correa  Jiménez.   

         

          5.   Posteriormente,   antes  de  quedar  ejecutoria  la  resolución  acusatoria,  el  incriminado  Fredy Alberto Alfonso  Martínez  se  acogió a sentencia anticipada y aceptó los cargos formulados en  la  acusación,  por  lo  que  se  rompió la unidad procesal, continuándose la  presente  actuación  en  contra del procesado Cristian  Andrés    Olarte    Yepes.       

          6. Celebradas la audiencia preparatoria y  la  vista  pública de juzgamiento, el 17 de agosto de 2012 el Juzgado Penal del  Circuito  de  Marinilla  (Antioquia), dictó sentencia  en  la cual condenó al acusado Cristian Andrés Olarte  Yepes   a   las   penas  principales  de  40 años de prisión, multa de 2.666,66 SMLMV e inhabilitación  para  el ejercicio de derechos  y funciones públicas por el término de 20  años,  como coautor responsable del concurso de delitos de homicidio en persona  protegida.   

          De  igual  forma,  se  abstuvo  de  condenar  al pago de perjuicios  materiales  y morales al precitado, a quien negó los mecanismos sustitutivos de  la   suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena  y  la  prisión  domiciliaria.   

          7.  Apelado  el fallo por el procesado y  sustentado  oportunamente  por  su defensor, la Sala Penal de Descongestión del  Tribunal  Superior de Antioquia, mediante decisión fechada 28 de enero de 2014,  lo confirmó integralmente.   

          8.  Contra la  anterior  decisión,  el  abogado  que  representa  los  intereses  del  acusado  Olarte   Yepes  interpuso  recurso de casación.   

SÍNTESIS DE LA DEMANDA  

          De  la  confusa formulación y desarrollo de los cargos que hace el  censor en la demanda, se extracta lo siguiente:   

          En  el  libelo  se  advierte  que el demandante anuncia formular un  solo  cargo  contra  la  sentencia de segundo grado, el cual dice «se  agrupa en dos segmentos, uno principal y otro subsidiario a ese  principal»,  y en el que denomina reproche principal  acusa  al Tribunal de incurrir en la violación directa de la ley sustancial por  «falta  de aplicación» y  «aplicación           indebida».   

          Más  adelante,  en  un  capítulo  que  nomina como «subsidiario   al   grupo   principal»,  invocando  la causal primera, cuerpo primero, del artículo 207 de la Ley 600 de  2000,  de  nuevo denuncia que el juez colegiado infringió directamente la norma  «en  dos  de sus modalidades: falta de aplicación y  aplicación   indebida»,   y  a  continuación,  de  «manera    subsidiaria,    dentro    del    grupo  principal»,  al amparo del cuerpo segundo de la  causal   primera  de  casación  consagrada  en  la  norma  citada  ut  supra, propone un cargo de violación  indirecta    de   la   ley   sustancial   por   error   de   hecho   por   falso  raciocinio.                

          En         el         denominado        cargo        «principal»,    bajo    el   epígrafe  «en    el    grupo    principal    y   de   manera  principal»,   manifiesta   que  los  falladores  de  instancia  incurrieron  en  la violación directa de la ley sustancial por falta  de  aplicación  del  inciso  2º  del  artículo  7  de la Ley 600 de 2000, que  consagra   los   principios   de   presunción   de   inocencia  e  in  dubio  pro  reo,  y  del  literal b,  «inciso    28»,   del  artículo  6  del  Protocolo  II  adicional  a los Convenios de Ginebra de 1949,  conforme  al cual «nadie podrá ser condenado por una  infracción   si   no   es   sobre   la   base   de   su  responsabilidad  penal  individual»,  aprobado  por Colombia mediante la Ley  171  del  16  de  diciembre  de  1994.          

          Menciona  que  los juzgadores de primer y segundo grado no obstante  advertir         «inconsistencias»  en  la  prueba  de  cargo, que califica de escasa, las obviaron  «tras   una   serie   de   presunciones»,  que los llevaron a declarar penalmente responsable al teniente  del  Ejército  Nacional  Olarte Yepes por el simple hecho de acompañar el día  de  los  hechos  al también procesado Fredy Alberto Alfonso Martínez, capitán  de  la  misma  fuerza, de quien dice «si (sic) tenía  el     conocimiento,     intención     y    dominio    del    hecho».   

          Acto  seguido  se  refiere  al  yerro en que afirma incurrieron los  falladores  de  instancia  al  aplicar indebidamente los artículos 29 y 135 del  Código  Penal, el cual sustenta en que se condenó a su representado a pesar de  las   contradicciones  evidenciadas  en  la  prueba  de  cargo,  cuya  capacidad  demostrativa  no  permitía afirmar con certeza, la participación de aquel como  coautor  de  los homicidios, pues los soldados que presuntamente fueron testigos  del  suceso  no  se  encontraban en el sitio donde estaban los oficiales Alfonso  Martínez  y  Olarte  Yepes y, por tanto, «no podían  ver  lo  que sucedió en el lugar exacto de ocurrencia de los hechos»,  además,  dice,  este  último desconocía la intención de su  superior   de   dar   muerte   a   los   civiles,   siendo  sorprendido  con  su  accionar.             

          Luego  prosigue  haciendo un detallado análisis del relato vertido  por  su  defendido en la injurada, y lo confronta con las manifestaciones hechas  por  los  soldados  Eduardo  Vanegas Mosquera y Eduar Enrique Correa Jiménez al  rendir  sendas  ampliaciones  de indagatoria, quienes al unísono señalan a los  oficiales  como  los  autores  del  homicidio  de Pedro Pablo Miranda Restrepo y  Millerlay   Guzmán,   de  donde  concluye  que  «la  inferencia  del  despacho  no es razonable y se hace en contra de los principios  de  interpretación  favorable  al  procesado», amén  que  asevera,  resulta  «contrario  a la lógica que  Vanegas  [Mosquera]  y [Correa] Jiménez pudiesen observar lo que ocurría en el  lugar  intermedio  de  la  patrulla  donde  estaban  los  oficiales  y  las  dos  víctimas,  dentro  de la mata de monte», por lo cual  estima que sus relatos no son dignos de credibilidad.   

          Agrega  el  recurrente  que  en  la  intervención  en el juicio su  defendido  aseguró que no conocía la operación militar que se iba a realizar,  así  mismo  que  al  respecto  tampoco  fue  informado  por el capitán Alfonso  Martínez,  sino  hasta  momentos  antes  del  hecho,  cuando le dijo que iban a  recoger       unos       «capturados»,  luego señala, fue este último quien coordinó y organizó el  desplazamiento  de  los  militares y, por tanto, la conducta del teniente Olarte  Yepes   en   el  homicidio  de  los  civiles  «está  desprovista  de  acción  alguna, no se presenta enervación de algún músculo;  fue  simplemente  un  pasmoso  testigo».     

          Después  de  trascribir  la  norma  que  consagra  las  formas  de  autoría  en el delito y de citar jurisprudencia de la Sala sobre el tema, y con  fundamento  en el relato vertido en juicio por su patrocinado, quien negó haber  accionado  su  arma  de  dotación  sobre las víctimas, endilgando tal proceder  solo  al  capitán  Alfonso Martínez, concluye que no se le puede considerar ni  autor  ni  coautor  impropio,  máxime  que  no  fue  él  quien acordó con los  paramilitares  la entrega de los civiles, ni los recibió el día de los hechos,  como  tampoco  recibió  armas  ni  uniformes  de dicho grupo ilegal, ni le puso  tales  elementos  a  las  víctimas como, según afirma, lo dicen en sus relatos  los  soldados  que  el  día  de  los hechos lo acompañaban, quienes declararon  «en  un  solo  sentido,  quien  planeó, coordinó y  dirigió  la  acción  militar  fue  el capitán Alfonso [Martínez]».   

          En  punto de la trascendencia, señala que los errores atribuidos a  los  jueces  de instancia determinaron el fallo condenatorio proferido en contra  de  su  representado,  y  que  «si  tales pruebas se  hubiesen   apreciado   conforme   a   las   reglas   de   la   ley,   de  manera  correcta»,  no se habría llegado a la certeza de la  responsabilidad   penal   del   acusado   Olarte  Yepes.       

          Seguidamente,  bajo  el  título  «en el  grupo  principal  y  de manera subsidiaria», y no sin  antes  anunciar  que  «no pretende…controvertir la  materialidad   de   los   hechos  investigados»,  el  libelista  hace  algunas  consideraciones  acerca  de  la tipicidad objetiva del  delito  de  homicidio  en persona protegida, particularmente en relación con el  elemento  normativo  contenido  en la expresión «con  ocasión  y en desarrollo del conflicto armado», para  señalar  que  en el caso concreto, no obstante ser las víctimas civiles ajenos  al  conflicto  armado,  su  muerte no se produjo por razón ni en desarrollo del  mismo,  puesto  que  no  ocurrió  en medio de una operación castrense regular,  sino  a  consecuencia  de  una  actividad  ilegal  consistente  en la alianza de  algunos  militares  con grupos al margen de la ley, acciones que asevera, no son  propias  de  la  confrontación  interna que vive el país, luego se trata de un  homicidio agravado.      

          Continúa  indicando  que en la sentencia confutada se incurrió en  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por  error  de  hecho  por falso  raciocinio,  debido  a  que se desconocieron «A.1 las  reglas  de  la  ciencia jurídica  y la experiencia sobre la manera como se  debe  razonar  para  valorar  el silencio inicial sobre los acontecimientos y su  posterior  narración  de  verdad;  [y]  A.2 las reglas de la hermenéutica para  determinar  la  coautoría»,  lo  que  llevó  a los  juzgadores  de  primer  y  segundo  grado  a  condenar al teniente del Ejército  Nacional   Cristian  Andrés  Olarte  Yepes.         

          En      un      capítulo      que      denomina     «subsidiario  al grupo principal» propone  dos  reproches,  el  primero  bajo  el  epígrafe «de  manera  principal»  y  de  nuevo  hace alusión a la  violación  directa  de  la ley por falta de aplicación y aplicación indebida,  que  sustenta  en  idénticos  términos que el formulado inicialmente, y con el  título  «de  manera  subsidiaria  dentro  del grupo  principal»  se  refiere a la violación indirecta de  la  norma  sustancial por error de hecho por falso raciocinio, en el cual afirma  que  los  falladores  de  instancia infringieron «las  reglas   de   la   ciencia   jurídica    y   la  experiencia»     y     «las    reglas    de    la  hermenéutica», al valorar la prueba y determinar la  coautoría,                                 en                                su  orden.             

          En  la  demostración de esta última censura, el impugnante expone  que   el   ad  quem  incurrió  en  «interpretación  errónea  o de sentido» de los artículos 22, 25 y 29  del  Código  Penal,  que lo llevó a considerar coautor del concurso de delitos  al  incriminado  Olarte  Yepes,  cuando  los elementos que le son propios a esta  forma  de  autoría no se dan en el caso particular, puesto que el mencionado no  se  concertó  con  el capitán Alfonso Martínez para su realización, luego no  existió  reparto  de  funciones,  ni  mucho  menos  hizo  aporte  alguno  en la  ejecución de los homicidios.       

          Bajo  el  rótulo  de  «demostración de  los  cargos  formulados  a las sentencias demandadas y trascendencia»,  finaliza  manifestando  que  a  pesar de que los juzgadores de  instancia  (i) no determinaron la participación concreta de su defendido en los  homicidios;  y,  (ii)  reconocieron  que  los  soldados  rindieron dos versiones  distintas   sobre   los   hechos,  la  primera  donde  afirmaron  «no  ver»  la ocurrencia del hecho, y la  segunda    donde    «con   certeza   lo   observan  todo»;  terminan  por  excluir  la  aplicación  del  artículo  7º  del  Código  Penal  que consagra el principio de presunción de  inocencia  y,  en apoyo de su tesis, trascribe algunos apartes de a sentencia de  segundo grado, donde dice, se reconoce la duda.      

          De  otra  parte, señala que los falladores aplicaron indebidamente  los  artículos 29 y 135 del estatuto Punitivo, por cuanto si no tenían certeza  sobre  el  grado  de  participación  de  su  patrocinado en el doble homicidio,  «no podían aplicar dichos tipos penales, puesto que  es   requisito,   de   la   esencia,   tener  autor  individualizado»,  a  lo  que  agrega,  que  en las sentencias recurridas solo se  atendió  a  la  calidad de civiles de las víctimas para tipificar el delito de  homicidio  en  persona  protegida,  sin  detenerse  en analizar si tales muertes  ocurrieron  con ocasión o en desarrollo del conflicto armado.      

          Por   último,   reitera   que   los   errores  denunciados  fueron  determinantes  en  la  decisión  de  condena  que  recayó  en su defendido. En  consecuencia,  pide  a  la  Corte  que en aplicación del principio in  dubio  pro  reo  case  la  sentencia  impugnada  y,  en  su  lugar,  absuelva  al  acusado  Olarte Yepes de los cargos  formulados en la acusación.    

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          1.   Conviene   recordar   que  dado  el  carácter   extraordinario  del  recurso  de  casación,  al  libelista  compete  elaborar  la  demanda  bajo  los  estrictos parámetros contemplados en la ley y  decantados por la jurisprudencia de la Corte.   

          Por   tanto,  no  basta  con  afirmar  que  se  cometió  un  error  in iudicando o in  procedendo,  ya que debe demostrarse  la   existencia   del   vicio   y  su  trascendencia  frente  al  contenido  del  fallo.   

          De  acuerdo con la jurisprudencia de la Sala, es bien sabido que el  recurso  de  casación constituye el medio por el cual se revisa la legalidad de  la  sentencia. De ahí que el libelo deba cumplir las formalidades estatuidas en  el  artículo  212  de  la  Ley 600 de 2000, principalmente enunciar la causal y  formular  el  cargo  con el cual se pretende la infirmación del fallo; señalar  de  manera  clara  y  precisa  sus  fundamentos y las normas infringidas; y, por  último,    evidenciar    cómo    el    vicio    in  iudicando     o    in  procedendo     conduce     a    resquebrajar    la  providencia.   

          Ahora  bien,  sin  desconocer  la  facultad  legal de la Corte para  casar  la sentencia cuando sea ostensible que la misma transgrede las garantías  fundamentales  de  las  partes  (art.  216  Ley  600  de  2000), la impugnación  extraordinaria  no  es  un  mecanismo  carente de rigor.       

          Por  ende,  el  recurso  de  casación no puede entenderse como una  instancia  adicional para debatir aspectos que ya fueron materia de controversia  o  como  facultad  ilimitada  para  revisar  el  proceso,  ni  la  demanda puede  elaborarse  utilizando un discurso de libre composición; por el contrario, dado  el  carácter  extraordinario  y  rogado  del  recurso,  está ligado a causales  taxativas  que  tienen  contenidos  propios,  referidas  a vicios sustanciales o  procesales.   

          Además,  en el desarrollo de cada uno de los reparos formulados se  deben  cumplir  unos  requisitos mínimos de lógica y adecuada fundamentación,  cuyo  desconocimiento conlleva a la inadmisión de la demanda, como lo establece  el artículo 213 del Código de Procedimiento Penal de 2000.   

          Así,  no resulta atinado solo denunciar la presencia del error que  se  invoca,  sino  que  al impugnante incumbe demostrar su existencia y cómo el  mismo  tiene  la  trascendencia  suficiente para romper la doble presunción que  cobija  a  la sentencia de segundo grado y, por lo mismo, la necesidad de que la  Corte  intervenga  como  Tribunal  de  Casación en procura de hacer efectivo el  derecho   material  y  las  garantías  debidas  a  quienes  intervienen  en  la  actuación  penal,  reparar  los  agravios  ocasionados  a  las  partes  con  la  decisión confutada o unificar la jurisprudencia.   

          2.  En relación con el asunto examinado,  la   Corte   de   entrada   anuncia   que  la  demanda  se  inadmitirá,  habida  consideración  de  que  no reúne los requisitos mínimos de lógica y adecuada  fundamentación  que  exige  el  recurso de casación, puesto que, de una parte,  adolece  de  claridad y precisión en la enunciación de las causales alegadas y  en  la  formulación  de  los  cargos,  lo cual evidencia el desconocimiento del  demandante  de  los  principios que gobiernan la impugnación extraordinaria; y,  de  otra,  tampoco  acierta  en  la  postulación y desarrollo de los reproches,  constituyéndose   en  un  mero  alegato  de  instancia  en  el  que  de  manera  desordenada  y si rigor dialéctico, se abordan un sinnúmero de aspectos de los  fallos  confutados,  frente  a  los cuales el actor se limita a lanzar críticas  personales.          

          En  relación con los principios que rigen el recurso de casación,  conviene recordar lo que la Corte tiene dicho al respecto:   

De  otra  parte,  la  naturaleza  rogada del  recurso  impone  al  interesado  el  deber  de  elaborar  un  libelo  en  el que  demuestre,  con  argumentos  lógicos y coherentes, que los errores invocados se  adecuan  a  las  causales  taxativamente previstas en la ley y que su manifiesta  incidencia  en  la  declaración  de  justicia,  impone  a  la Corte efectuar el  correspondiente control constitucional y legal.   

Con  ese  propósito, deberá atender a los  principios     que     gobiernan    el    instituto:    el    de    sustentación  suficiente, determina que  la  demanda debe bastarse a sí misma para propiciar la invalidación del fallo;  el    de    limitación,  presupone  que  la  Corte  no puede entrar a suplir los vacíos, ni corregir las  deficiencias   de   la   demanda;   el   de  crítica  vinculante,  implica que la alegación se debe fundar  en  las  causales taxativamente previstas en la ley, atendiendo a los requisitos  de   forma   y   contenido   de   cada   reproche,   y   los   de   autonomía,         coherencia      y      no    contradicción,   comportan   la  postulación  independiente  de cada censura en procura de mantener la identidad  temática    y    evitar    la    entremezcla   de   argumentos   y   propuestas  excluyentes. (Subraya fuera de texto) (CSJ AP, 2 Abr.  2014, Rad. 43408)    

          Es  precisamente  a tales postulados a los que se sustrae el actor,  pues  no  obstante  anunciar  en la demanda un solo cargo contra la sentencia de  segundo  grado,  alega  la  violación directa de la ley sustancial por falta de  aplicación  y  aplicación  indebida,  basado en razones divergentes, amén que  dentro  de  la  misma argumentación repite y entremezcla otros reproches, entre  los  cuales  propone  la violación indirecta de la norma por error de hecho por  falso  raciocinio, a pesar de que cada una de estas glosas debió plantearlas en  forma   independiente   y   sustentarlas   conforme  a  las  reglas  lógicas  y  argumentativas   que   de  antaño  tiene  decantada  la  jurisprudencia  de  la  Sala.   

          En  tal  sentido,  cabe  anotar  que al desarrollar el que denomina  cargo   «principal»  por  violación  directa  de la ley sustancial, sustentada en la falta de aplicación  del  artículo  7  de  la  Ley  600  de  2000,  que  consagra  los principios de  presunción    de   inocencia   e   in   dubio   pro  reo,  el  demandante  hace disquisiciones probatorias  que  son  refractarias  al  reproche propuesto, las cuales tienen que ver con el  mérito   demostrativo  que  los  juzgadores  de  instancia  atribuyeron  a  las  ampliaciones  de  indagatoria  de  los  soldados  Eduar Enrique Correa Jiménez,  Jefersson  Escobar Pérez y Eduardo Vanegas Mosquera, integrantes de la patrulla  militar   de   la   compañía   «Espada»,  adscrita  al  Batallón  Plan Especial Energético Vial No. 4,  donde  los  mencionados  señalan sin ambages al capitán del Ejército Nacional  Fredy  Alberto Alfonso Martínez y al acusado Cristian Andrés Olarte Yepes como  los  autores  de  la  ejecución  de  Millerlay  Guzmán  y  Pedro Pablo Miranda  Restrepo,  a  quienes  luego presentaron como miembros del IX frente de las FARC  dados                       de                      baja                      en  combate.              

          Desconoce  el  censor  que cuando se alega la violación directa de  la  ley  sustancial,  en  el libelo casacional se deben aceptar los hechos tal y  como  fueron  declarados  en  el  fallo  recurrido y abstenerse de cuestionar la  valoración  probatoria  realizada por los juzgadores de primer y segundo grado,  porque   el   debate   se  circunscribe  a  la  aplicación  del  derecho,  como  reiteradamente  lo  ha  sostenido  esta  Corporación (CSJ AP, 9 May. 2012, Rad.  37987;  CSJ  AP,  10  Jul.  2013,  Rad. 41411 y CSJ AP, 11 Dic. 2013, Rad 42737;  entre otras).   

          En  esa  medida,  la labor de demostración del vicio deberá estar  orientada  a  evidenciar  que  el  juzgador  seleccionó una norma que no era la  llamada  a  gobernar  el  asunto  (aplicación  indebida),  omitió otra que sí  resolvía  los extremos de la relación jurídico procesal (falta de aplicación  o  exclusión evidente) o, habiéndola escogido correctamente, le dio un alcance  interpretativo  que  no se deriva del texto de la ley, es decir, le atribuyó un  sentido  jurídico  que  no  tiene  o  le  asignó  efectos contrarios a su real  contenido (interpretación errónea).   

          Cuando  se  trata  de  demostrar  la  falta  de aplicación, primer  reproche  propuesto  en el libelo casacional, corresponde demostrar cuál fue la  situación  fáctica reconocida por el fallador y cómo a pesar de ello dejó de  aplicarle  la  consecuencia  en el derecho, valga decir, cómo omitió el empleo  del  precepto  que  regula  el asunto específico, acreditando por qué la norma  echada  de  menos era la llamada a resolver el caso y, por ende, debía guiar el  examen  jurídico (CSJ AP, 29 May. 2013, Rad. 39542 y CSJ SP, 16 Oct. 2013, Rad.  42258).   

          En   el   asunto   de   la   especie,   como   lo  tiene  dicho  la  Sala1,  para  desarrollar la censura formulada por violación directa de  la  norma  que  derivó  en  el  desconocimiento del principio de presunción de  inocencia,  el  recurrente  debió citar textualmente los respectivos apartes de  los  fallos de instancia, en los cuales los sentenciadores reconocieron: (i) que  no  se desvirtuó dicho postulado o (ii) la existencia de duda probatoria acerca  de  la materialidad del delito o la responsabilidad del acusado, labor que no es  asumida   en   el   libelo   casacional,   quedando   el  reproche  en  la  mera  enunciación.   

          Al  margen  de lo anterior, cabe anotar que al recurrente no le era  posible  cumplir  con dicha carga sin desconocer el principio de objetividad que  rige  el  recurso  extraordinario, por la potísima razón de que los juzgadores  de  instancia  llegaron a conclusión diametralmente opuesta luego de valorar el  haz  probatorio,  valga  decir,  a  la  certeza  de la existencia de la conducta  punible  y  el  compromiso  penal  del procesado Olarte Yepes.      

          Es  más, las citas que al respecto se hacen en la demanda en orden  a   sostener  que  el Tribunal reconoció la existencia de duda probatoria,  apuntan  precisamente  a  todo  lo  contrario, esto es, que tal incertidumbre no  aflora  en  las  motivaciones  de  los  fallos  confutados.  Al  respecto,  para  responder  al casacionista, vale la pena trascribir lo que el ad quem dijo sobre  el punto en cuestión:   

No  cabe  sino (sic) confirmar la sentencia  [de  primer grado], si se tiene en cuenta que las contradicciones que señala la  defensa,  solo  son  aspectos que no contradicen los cargos formulados, pues las  declaraciones  son  claras  en afirmar que las personas que causaron la muerte a  las  víctimas  son  el capitán ALFONSO y el subteniente OLARTE, como se afirma  en   la   declaración   del   soldado   EDUAR  ENRIQUE  CORREA  JIMÉNEZ.    

          Y más adelante agregó:   

Que se constituya alguna “imprecisión”  interna  del  dicho  de  los declarantes y procesados también, es apenas normal  porque  el transcurso del tiempo afecte (sic) la retención de los recuerdos, en  especial  de  los  pequeños  detalles  de  una  narración, de suerte que de la  seguridad  inicial  se  puede fácilmente, por el transcurso del tiempo, pasar a  la  duda  e  incluso  al  olvido,  sin que tal circunstancia comporte entidad de  restarle toda credibilidad a la prueba testimonial.   

Por  lo tanto, son claros estos testimonios  en  señalar  al procesado como autor de los homicidios (…).      

          En  esa  medida,  surge patente que el motivo de casación escogido  por  el  actor  no  fue adecuadamente desarrollado, ni mucho menos lo demostró.   

          Ahora,  si  lo pretendido era acreditar la infracción al principio  de   presunción   de  inocencia  a  consecuencia  de  errores  de  apreciación  probatoria,  debió  postularse el cargo por la senda de la violación indirecta  de  la  norma, puntualizando si el yerro fue de hecho o de derecho, así como el  falso  juicio  que  lo  determinó,  valga  decir, si de identidad, existencia o  raciocinio  en el primer caso, o de legalidad o convicción en el segundo evento  (CSJ            AP,            3            Jul.            2013,           Rad.  41602).            

          Sin  embargo,  ninguno de dichos derroteros es acatado en el libelo  casacional,  por  lo  cual  la  glosa intentada no constituye más que un simple  alegato  de instancia en el que el demandante plantea su personal discernimiento  sobre  la  valoración  de  las  indagatorias  de  los  soldados que el día del  luctuoso  suceso  acompañaban  a  los  oficiales del Ejército Nacional Alfonso  Martínez  y Olarte Yepes, con la pretensión de entronizarlo frente al expuesto  por  los  sentenciadores  de primer y segundo grado, disparidad de criterios que  no  es  demandable  en sede de casación y adolece de la capacidad de derruir la  dual    presunción   de   legalidad   y   acierto   que   ampara   los   fallos  confutados.             

          Esa  forma  de  argumentar propia de las instancias, se mantiene de  principio  a  fin  en  la  demanda.  Así se advierte cuando el censor ensaya el  reproche  por aplicación indebida de los artículos 29 y 135 del Código Penal,  pues  no  obstante  anunciar  que  éste  se  manifiesta  a  consecuencia  de la  violación  directa  de  la  norma  sustancial  en  que incurrió el ad quem, la  sustenta  en  que  la  prueba  de  cargo,  valga decir, las declaraciones de los  soldados  Correa  Jiménez, Escobar Pérez y Vanegas Mosquera, integrantes de la  patrulla        militar        de       la       compañía       «Espada»,  que  protagonizó el supuesto  combate  en  el  que  murieron Millerlay Guzmán y Pedro Pablo Miranda Restrepo,  adolecen  de credibilidad por las contradicciones en que incurren y debido a que  no  estaban  en  posibilidad  de percibir el momento exacto en que se produjo el  deceso  de  las  víctimas, luego afirma, la sindicación que hacen en contra de  su                   defendido                  es                  abiertamente  infundada.                  

          Un  error  de  ese  jaez  debió  postularse  por  la  senda  de la  violación  indirecta  de  la  ley,  por  error  de hecho por falso raciocinio   en  la  valoración  de  los  referidos  elementos  de  persuasión,  que  se  configura cuando existiendo legalmente la prueba y pese a  ser  valorada  en  su  integridad,  se  le  asigna  un  poder de convicción que  desconoce  los  postulados  de  la  sana  crítica, vale decir, las reglas de la  lógica,  las  máximas de la experiencia o las leyes de la ciencia.     

         Sin  embargo,  el  recurrente  se  queda  en  meros enunciados y en  afirmaciones  carentes  de  sustento,  pues  si  bien  identifica  los medios de  conocimiento  sobre los cuales asevera recae el yerro y hace alusión al mérito  demostrativo  que les asignó el juzgador en el fallo atacado, no menciona cuál  o  cuáles fueron las reglas de la lógica, las máximas de la experiencia o las  leyes  de  la  ciencia  desconocidas  por el fallador en su apreciación y cómo  debieron  ser  correctamente aplicadas, limitándose en este punto a señalar de  manera  general que «la inferencia del despacho no es  razonable»    y    que    resulta   «contrario   a   la   lógica»  que  los  soldados  Vanegas Mosquera y Correa Jiménez hubiesen podido observar el momento  preciso  en  que  se  dio  muerte  a  las  víctimas,  pero  no  dice  por qué;  incumpliendo  así  con la carga argumentativa que de antaño tiene señalada la  jurisprudencia  de  la Sala cuando se acude a este motivo casacional (CSJ SP, 23  Nov.  2000,  Rad.  10479; CSJ AP, 18 Ago. 2010, Rad. 33919; CSJ AP, 6 Ago. 2013,  Rad. 41368 y CSJ AP, 20 Nov. 2013, Rad. 42344; entre otros).   

          Y  la  confusión se advierte mayúscula cuando, posteriormente, en  el  libelo  se  denuncia  precisamente  la  violación indirecta de la norma por  error  de  hecho  por  falso  raciocinio,  sustentada  en  que los juzgadores de  instancia  desconocieron  «las  reglas de la ciencia  jurídica  y la experiencia» al determinar el mérito  suasorio  de  las  indagatorias  rendidas  por  los  soldados  que integraban la  patrulla  militar  al  mando  del  acusado y del capitán del Ejército Nacional  Alfonso   Martínez;   y,  además,  que  aquellos  quebrantaron  «las    reglas    de    la    hermenéutica   para   determinar   la  coautoría»,   postulados   que  el  impugnante  no  identifica  y  que,  por  obvias  razones,  tampoco  se  ocupa  de mostrar cómo  debieron   ser   correctamente  aplicados,  luego  las  protuberantes  falencias  argumentativas  mencionadas  conducen  al  fracaso  de  la glosa ensayada.    

          Pero  ahí  no terminan los desatinos lógicos y argumentales de la  demanda,  pues  al  desarrollar  este último reproche se afirma que el Tribunal  incurrió   en   «interpretación   errónea  o  de  sentido»  de  algunas  normas del Estatuto Punitivo,  entre  ellas,  del artículo 29 que establece las diferentes formas de autoría;  yerro  incompatible con la violación indirecta de la ley sustancial alegada por  el  defensor  del acusado, el cual tampoco desarrolla de manera adecuada, puesto  que  lo  soporta  en que la prueba recaudada no demuestra la concurrencia de los  elementos  propios de la coautoría impropia o dominio funcional del hecho en la  conducta  de  su representado, a quien presenta como un espectador impotente del  doble homicidio.            

          Al  margen  de las evidentes falencias de orden formal y sustancial  en  la  presentación y demostración de los cargos, tampoco le asiste razón al  libelista,  ya que los soldados Eduar Enrique Correa Jiménez, Jefersson Escobar  Pérez  y  Eduardo  Vanegas  Mosquera,  integrantes  de  la patrulla militar que  participó  en  el supuesto combate que terminó con la muerte de las víctimas,  si  bien  en  un  principio  sostuvieron  ante  la  fiscalía  la  versión  del  enfrentamiento  armado  con integrantes de una célula del frente IX de las FARC  como   causa   del   fatal   desenlace,   poco   tiempo   después  motu   proprio  decidieron  ampliar  sus  indagatorias y relatar la verdad de lo acontecido.   

          En   su   segunda   salida   procesal,  los  mencionados  militares  expusieron,  en  términos  generales,  que  el  día  de los hechos el capitán  Alfonso  Martínez  les  ordenó acompañarlo a él y al teniente Olarte Yepes a  un  sector  rural  del  municipio de San Rafael (Antioquia), donde el primero de  los  citados  se  entrevistó con dos sujetos que vestían prendas privativas de  las  Fuerzas  Militares  y  portaban  armas  de  fuego,  que  identificaron como  miembros  de  las  AUC  por  los  emblemas  que lucían, quienes entregaron a su  superior  dos personas, un hombre y una mujer, y un bolso con armas, luego de lo  cual  se fueron del lugar; seguidamente, el capitán les informó que se trataba  de  dos auxiliadores de la guerrilla que habían sido capturados, y emprendieron  la   marcha,  recibiendo  la  orden  de  ubicarse  dos  soldados  como  punteros  –Escorcia      y  Escobar–   y  los  dos  restantes    en   la   retaguardia   –Correa     y    Vanegas–,  mientras  que en el medio del grupo iban los retenidos y los dos  oficiales a una distancia aproximada de cinco metros.   

          Sobre  el  momento en que se produjo la muerte de las víctimas, el  soldado  Eduar  Enrique Correa Jiménez narra que «el  teniente  y  el  capitán se pasaron al alambrado y nos dijeron que no fuéramos  tan  cerca  de  los capturados…ahí fue cuando se escucharon los disparos, los  que  dispararon  fueron  el  teniente  y  el  capitán,  o sea ALFONSO y OLARTE,  dispararon  del  otro  lado  de  la  cerca…con  las  armas  de  dotación  del  ejército…ya  yo  vi  que  los  dos  retenidos  cayeron al piso…»2;  por  su  parte,  el  soldado Jefersson Escobar Pérez relata que  «antes de yo llegar al portillo fue que escuché los  disparos  y  ya  cuando volteé ya estas dos personas habían caído muertas, ya  cuando   salimos   el   capitán  ALFONSO  nos  dijo  que  eso  había  sido  un  combate…cuando  yo  me  volteé  a  mirar  estaba el capitán y el teniente al  frente     de     los     cuerpos…»3; mientras que  el    soldado    Eduardo    Vanegas   Mosquera   menciona   que   «cuando  empezamos  la  marcha  de  la  mata monte (sic) empezaron a  sonar  unos  disparos…en  ese  momento  no sabía quién estaba disparando, ya  cuando  termino (sic) de disparar nos levantamos a ver y vimos a los dos civiles  tirados  en  el suelo…en ese instante salieron de la mata monte (sic) el mayor  ALFONSO  y  el  otro  señor  capitán  OLARTE…cuando  salieron el capitán se  acercó  y  le  dijo  al civil que estaba aún vivo, muy duro de morir hijueputa  (sic)   y   lo   remató   en  el  piso»4                                

          Es  precisamente  con  fundamento  en  tales medios de convicción,  corroborados  por la versión libre de Edwin Fabián García Cardona5,  postulado  del  extinto  Bloque  Héroes  de  Granada  de  las  Autodefensas  Campesinas de  Córdoba       y      Urabá      –ACCU–, quien  reconoció  haber  entregado  las  víctimas  y un armamento a los oficiales que  comandaban  la  unidad  militar  para  que  fueran ejecutadas y presentadas como  bajas  en  combate,  y  por  el  testimonio  del también desmovilizado Luberney  Marín  Cardona6,  encargado  del  secuestro  de  uno  de  los interfectos, que los  juzgadores  de  instancia encontraron acreditados los requisitos necesarios para  proferir  condena  en  contra  del  incriminado  Olarte  Yepes, como coautor del  delito    homicidio    de    Millerlay    Guzmán    y   Pedro   Pablo   Miranda  Restrepo.         

          Al  respecto  vale  la pena citar lo que sobre el punto expuso el a  quo  en  la  sentencia  de primer grado, que junto al fallo de segunda instancia  integran  en  sede  del  recurso  extraordinario una unidad inescindible cuando,  como  ocurre  en  este  caso,  éste  último  confirma integralmente la primera  decisión:   

Diremos  que  finalmente,  quedó  sin piso  probatorio  alguno, la versión inicial que presentaran los militares vinculados  a  este  proceso,  sobre  las  circunstancias  en que se dio muerte al Sr. Pedro  Pablo  Miranda  Restrepo  y  [a]  la  Sra. Millerlay Guzmán, ello por cuanto al  compilarse  otras pruebas, entre ellas la versión del desmovilizado y postulado  ante  Justicia y Paz, Sr. Edwin Fabián García Cardona conocido con el alias de  Felipe  (…),  éste  dio  cuenta  que  la  Sra.  Miller y el Sr. Pedro, fueron  llevados  desde  San Carlos, por miembros de su agrupación y entregados por él  y  otros  en  la vereda Fronteritas al Batallón Plan Especial del Ejército, en  San  Rafael,  específicamente  a  dos  militares,  uno  de  ellos conocido como  Alfonso,  entregándole además un fusil y un chaleco, quienes les dieron muerte  ahí  mismo  en  esa  vereda y luego los hicieron aparecer como falsos positivos  (…).        

          Y más adelante el juzgador de primer grado agregó:   

Cómo puede pensarse, que el acusado [Olarte  Yepes]  no  tuvo  ningún conocimiento, ni acuerdo previo, en los homicidios, si  como  lo  señaló  el  Sl.  Escobar,  el  (sic)  fue  con el capitán Alfonso a  recibir,  de  manos  de  los  paramilitares a Pedro Pablo y a Millerlay, y luego  como   dijeron  los  tres  Sls.  [Correa  Jiménez,  Escobar  Pérez  y  Vanegas  Mosquera],  él  se salió del camino, se pasó una alambrada detrás de Alfonso  y  se metió en el monte o maraña y les dijeron a los Sls. que “no fueran tan  cerca  de  los  retenidos”  y desde allí salieron los disparos contra las dos  víctimas;  cómo  puede  alegarse,  haber  sido  un  espectador  pasivo  de  lo  ocurrido,  si una vez fueron muertos [los retenidos], él y Alfonso, les dijeron  a  los  Sls. que dispararan al aire y que igualmente OLARTE accionó el fusil en  manos  del  ya  occiso  Pedro Pablo e igualmente sacó unas minas antipersonales  (sic)  hechizas,  para  hacerlas aparecer como material incautado (…); y cómo  podemos   explicar   su   conducta  posterior,  si  él  OLARTE,  posteriormente  contactara  a  los  Sls.  para  decirles que (sic) y como (sic) debían declarar  sobre      los     hechos.            

          Sin  embargo, frente a tales conclusiones el impugnante se limita a  expresar   su   inconformidad,   lanzando   críticas   infundadas   al  mérito  demostrativo  que los juzgadores de instancia le asignaron a la segunda versión  de  los  soldados  que  conformaban la unidad militar que perpetró el execrable  crimen  de  los  dos  civiles,  pero de nuevo se queda corto en la medida que ni  siquiera  enuncia,  mucho  menos  demuestra, cómo en dicha labor de valoración  probatoria  aquellos quebrantaron los postulados de la sana crítica, ni la Sala  lo advierte.   

          En  efecto,  si  bien  en  una  primera  declaración  injurada los  soldados  Correa  Jiménez,  Escobar  Pérez  y  Vanegas Mosquera sostuvieron la  existencia  de  un combate con miembros del IX Frente de las FARC cuyo saldo fue  la  muerte  de  las  dos  víctimas,  ello  se  debió,  como  posteriormente lo  explicaron  al  unísono, a que así fueron aleccionados para testificar por los  oficiales  Alfonso  Martínez  y  Olarte  Yepes,  lo que aunado al temor que les  infundían  los  mencionados en razón de sus vínculos con grupos paramilitares  de  la  zona  y  a  que durante algún tiempo después de los hechos continuaron  prestando  servicio  bajo  sus  órdenes,  constituye  una  poderosa  razón que  determinó  su  mendaz versión inicial, pero que desaparecida o menguada por el  paso  del  tiempo,  sumado a la privación de la libertad de sus superiores y el  cargo  de  conciencia, los llevó a retractarse de ella y contar la verdad de lo  acaecido,  valga  decir,  que  se  trató de una ejecución extrajudicial de dos  civiles  que  luego  fueron  presentados  como  miembros de un grupo guerrillero  dados                       de                      baja                      en  combate.                

          Agréguese  que  la  segunda versión de los soldados en cuestión,  fue  corroborada  por  el  testimonio  de  paramilitares  desmovilizados, que al  rendir  versión  ante la justicia transicional reconocieron, entre muchos otros  crímenes,  haber  participado  en la desaparición de Millerlay Guzmán y Pedro  Pablo  Miranda  Restrepo,  a  quienes  retuvieron  en el municipio de San Carlos  (Antioquia)  y  posteriormente,  en  sector  rural  del  municipio de San Rafael  (Antioquia),  entregaron  a  una  patrulla  militar  adscrita  al Batallón Plan  Especial  Energético  Vial No. 4 del Ejército Nacional, al mando de un oficial  de  apellido  Alfonso, para que fueran ejecutados y luego presentados como bajas  en  combate  con  grupos  ilegales,  como en efecto sucedió en lo que se conoce  como        «falsos       positivos».        

          Cabe  destacar,  como  lo  tiene  decantado la jurisprudencia de la  Corte,  que la sola retractación del testigo respecto de su inicial versión no  conlleva  per  se, como al  parecer  equivocadamente  lo  entiende  el  demandante, a descartar de plano sus  primeras  manifestaciones,  ni conduce a aceptar como incontrovertibles aquellas  realizadas  con posterioridad, o a desecharlas ambas, pues una regla de ese jaez  desconoce  el  sistema  de  la  libre apreciación probatoria fundado en la sana  crítica  (CSJ  SP,  5 Jun. 2013, Rad. 34134 y CSJ SP, 19 Mar. 2014, Rad. 37942;  entre otras).   

          En  esa  medida,  siguiendo  las reglas interpretativas fijadas con  criterio  de autoridad en las referidas decisiones, corresponde al juez realizar  un  análisis  crítico  de  confrontación con base en el mencionado postulado,  labor  que comporta examinar qué tan plausible es el motivo de la retractación  y  si  las  exposiciones  del declarante encuentran corroboración en las demás  pruebas  obrantes  en  el  proceso,  en orden a determinar cuál de sus opuestas  versiones es merecedora de credibilidad.   

          Tal  valoración  probatoria  fue  cumplida  a  cabalidad  por  los  juzgadores  de instancia, que los llevó a otorgarle eficacia demostrativa a las  ampliaciones  de  indagatoria  de los soldados Correa Jiménez, Escobar Pérez y  Vanegas  Mosquera  donde  sindican  al  procesado Olarte Yepes y al capitán del  Ejército  Nacional  Alfonso Martínez como los autores del doble homicidio, por  considerar   admisible   el   motivo   de  la  retractación,  valga  decir,  el  «sentimiento  de  culpa»  que  los  afligía por haber presenciado el crimen de los dos civiles, según lo  señaló  el  a  quo,  además  que  sus  relatos  fueron  corroborados  por  el  testimonio  de  dos  paramilitares desmovilizados, quienes fueron los encargados  de   retener  a  las  víctimas  y  posteriormente  entregarlas  a  la  patrulla  militar.        

          Finalmente,  en relación con la glosa por aplicación indebida del  artículo  135  del Código Penal que consagra el delito de homicidio en persona  protegida,  sustentada  por  el  casacionista  en  que  los  sentenciadores solo  atendieron  a  la  calidad de civiles de las víctimas, sin detenerse a analizar  si  su  muerte ocurrió con ocasión y en desarrollo del conflicto armado, y que  dicho  elemento  normativo  del  tipo  en  mención no concurre en el caso de la  especie  debido a que el homicidio de los dos civiles no ocurrió a consecuencia  de  una  operación  castrense  regular,  sino de la actividad ilegal de algunos  militares  que se aliaron con paramilitares para asesinar a ciudadanos inocentes  y  presentarlos  como  resultados  operacionales; cabe anotar que, además de no  demostrar  el  vicio denunciado, de conformidad con la jurisprudencia de la Sala  tampoco  le  asiste  razón  en  cuanto  al  error  de selección alegado.    

         

         Lo  primero  que  debe  resaltarse  es que el recurrente no hace se  ocupa  en  evidenciar la aplicación indebida de la disposición citada, pues su  esfuerzo  no  se  orienta  a  constatar  la  defectuosa adecuación del supuesto  fáctico  probado,  respecto  de  la  hipótesis  contemplada  en  el respectivo  precepto7,  sino  que se concentra en exponer el sentido y alcance que desde  su  personal y parcializada óptica debe dársele al referido elemento normativo  del  tipo  de homicidio en persona protegida, para concluir que se está ante un  delito contra la vida pero sin dicha connotación.   

          De  otra  parte, en plurales decisiones8  la Corte ha establecido como  regla  interpretativa  que  en  los  casos  de  los  denominados  «falsos  positivos»,  ominosa  práctica  desarrollada  por  efectivos  de  las  Fuerzas  Armadas que consiste en ejecutar  civiles   inermes   bajo   el   ropaje   de  operaciones  militares  legítimas,  haciéndolos   aparecer  luego  como  bajas  ocurridas  en  combate  con  grupos  ilegales,  situación  que  fue acreditada en grado de certeza en el sub judice,  eventos  en  los  cuales «el perpetrador [ha actuado]  en  desarrollo  o  bajo  la  apariencia del conflicto  armado»9  y  dicha  situación  ha  tenido  incidencia «sustancial  en la capacidad del perpetrador para cometerlo, en su  decisión  de  cometerlo, en la manera en que fue cometido o en el objetivo para  el   que  se  cometió»10    (subrayas    fuera   de  texto),  permite  concluir  que  en este asunto es claro que la conducta del procesado se adecua al supuesto  previsto en el artículo 135 de la Ley 599 de 2000.   

          3.  En conclusión, el desconocimiento de  los  principios  que  gobiernan  la  casación  y las protuberantes falencias de  lógica  y adecuada fundamentación en la postulación y desarrollo de la única  censura  que,  valga destacar, tampoco se demostró en ninguno de los motivos de  violación  de  la ley sustancial confusamente planteados por el actor, que deja  incólume  la  dual  presunción  de legalidad y acierto que cobija la sentencia  confutada, conducen a la inadmisión de la demanda de casación.   

          4. Resta señalar que no se vislumbra que  con  ocasión  del  fallo  impugnado  o  dentro  de  la actuación se vulneraran  derechos  o  garantías  de  los  sujetos  procesales,  que impongan superar los  defectos  de  la  demanda,  en orden a intervenir oficiosamente para asegurar su  protección,  conforme  lo  prevé el artículo 216 del Código de Procedimiento  Penal de 2000.   

          En  mérito  de  lo  expuesto,  LA  CORTE  SUPREMA   DE   JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,   

RESUELVE  

          INADMITIR   la  demanda de casación  presentada    por    el   defensor   del   acusado   Cristian   Andrés   Olarte  Yepes.   

          Contra esta decisión no procede ningún recurso.   

          Cópiese,  notifíquese  y  cúmplase.  Devuélvase  al Tribunal de  origen.   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA     DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1 CSJ  AP, 3 Jul. 2013, Rad. 41602   

2 Folio  498 del cuaderno original No.1   

3 Folio  857 del cuaderno original No. 2   

4  Folios 889 y 890 ídem   

5  Folios 909 a 914 del cuaderno original No. 2   

6  Audiencia pública de juzgamiento, sesión del 12 de julio de 2012   

7 CSJ  AP, 13 Nov. 2013, Rad. 41683   

8 CSJ  SP,  28  Ago.  2013,  Rad.  36460  y  CSJ  AP,  30  Abr. 2014, Rad. 43248; entre  otras.   

9  Tribunal  Penal  para  la  Antigua  Yugoslavia,  caso  del  Fiscal vs. Dragoljub  Kunarac  y  otros,  sentencia  de  la  sala  de  apelaciones  del 12 de junio de  2002.   

10  Tribunal   Penal   para   la   Antigua   Yugoslavia,   casos   de   Fiscal   vs.   Enver   Hadzihasanovic   y  Amir  Kubura,   sentencia   del   15   de   marzo   de   2006,  y  Fiscal  vs.  Sefer  Halilovic, sentencia  del 16 de noviembre de 2005.     

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