31146(09-05-12)

2012

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso nº 31146  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                                     Magistrado Ponente:   

                    JAVIER  ZAPATA  ORTIZ   

                                     Aprobado Acta # 176   

Bogotá D.C., mayo nueve (9) de dos mil doce  (2012).   

VISTOS:  

Resuelve  la  Sala  el  recurso de casación  interpuesto  por  el defensor de los procesados ROBINSON ROJAS GONZÁLEZ, CARLOS  BUELVAS  RAMOS,  YAHAIR  RODRÍGUEZ BURGOS y ALFONSO YESID MEJÍA MOJICA, contra  la   sentencia   condenatoria  proferida  por  el  Juzgado  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Montería  y  confirmada por el Tribunal Superior de la misma  ciudad.   

HECHOS:  

1.  Pasadas las  6  de  la  tarde  del  7  de  julio  de 2005 los investigadores judiciales antes  relacionados,  adscritos  unos al DAS y otros al CTI de la Fiscalía, llegaron a  la  parcela  Los  Agámez,  vereda Carrizola de Tierralta (Córdoba), en un taxi  del  DAS  identificado  con  placas  YHM 571 y un vehículo Mazda particular, de  propiedad  de  CARLOS ARTURO BUELVAS RAMOS e identificado con placas que no eran  las  suyas.  Arribaron  al  sitio,  guiados  por  los informantes Pedro Agustín  Mercado  Contreras  y  Eduardo  Segundo  Sierra  Calle,  con  la  intención  de  apropiarse  de  base  de  cocaína  perteneciente a unos narcotraficantes, entre  quienes  se  encontraba  RIGOBERTO  SUAZA MEDINA, y a los que hicieron creer que  eran  compradores.  Se apoderaron de 23.854 gramos de esa sustancia y en su  huida  se  hicieron acompañar de JAIRO MARTÍNEZ ROSALES y JAIRO ENRIQUE MEJÍA  RESTREPO.   

Fueron  aprehendidos  por  la policía en el  sector  La  Apartada de Valencia. En el taxi, al servicio del DAS, iban adelante  JAHAIR  RODRÍGUEZ  BURGOS  y ROBINSON ROJAS GONZÁLEZ. Atrás lo hacía ALFONSO  YESID  MEJÍA  MOJICA,  detective,  y  esposados JAIRO MARTÍNEZ ROSALES y   JAIRO  ENRIQUE  MEJÍA  RESTREPO.  El Mazda lo conducía su dueño CARLOS ARTURO  BUELVAS  RAMOS,  acompañado de los informantes, ubicados en la silla de atrás.  En  este  último  vehículo,  en  el  asiento del copiloto, había un bolso con  fajos de billetes falsos en su interior.   

ANTECEDENTES PROCESALES:  

1.  Al proceso, que  se  inició  mediante  resolución  del  8  de  julio de 2005, fueron vinculados  mediante  indagatoria  ROBINSON  ROJAS  GONZÁLEZ,  CARLOS ARTURO BUELVAS RAMOS,  YAHAIR  RODRÍGUEZ BURGOS, ALFONSO YESID MEJÍA MOJICA, JAIRO MARTÍNEZ ROSALES,  JAIRO  ENRIQUE  MEJÍA  RESTREPO,  PEDRO  AGUSTÍN  MERCADO  CONTRERAS y EDUARDO  SEGUNDO            SIERRA            CALLE1.   

Por  auto de julio 28 siguiente la Fiscalía  3ª  Especializada  de  Montería,  salvo a PEDRO AGUSTÍN MERCADO CONTRERAS y a  EDUARDO  SEGUNDO  SIERRA  CALLE,   le profirió detención preventiva a los  demás                   procesados2  por  la conducta de tráfico,  fabricación  o  porte  de  estupefacientes  descrita  en  el  artículo 376 del  Código  Penal.  Decidió el mismo despacho adversamente, a través de proveído  del      18      de      agosto      de      20053,  el  recurso  de  reposición  interpuesto  contra  esa  determinación  y  el  9  de  septiembre de 2005 se le  impartió  confirmación  en  segunda  instancia  por  parte  de  la  Unidad  de  Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de Montería.   

En relación con ROBERTO SUAZA MEDINA, quien  rindió   indagatoria   el   20   de   diciembre   del   mismo  año4, la instructora  se    abstuvo    el   18   de   enero   de   2006   de   imponerle   medida   de  aseguramiento5.    

2. El 15 de febrero  de  2006  los procesados JAIRO MARTÍNEZ ROSALES y JAIRO ENRIQUE MEJÍA RESTREPO  aceptaron  la  conducta  imputada  en  la  resolución  de situación jurídica,  agravada  con  fundamento en lo prescrito en el inciso 3º del artículo 384 del  Código   Penal6.   

3.  Respecto de los  demás   implicados   se   cerró   la   instrucción   el   27  de  febrero  de  20067   y   el   8   de   mayo   siguiente   se   calificó   el  mérito  sumarial8, así:   

    

* Se  dispuso  acusar a ROBINSON ROJAS GONZÁLEZ, CARLOS ARTURO BUELVAS RAMOS, ALFONSO  YESID  MEJÍA,  YAHAIR  RODRÍGUEZ  BURGOS  y  a  RIGOBERTO  SUAZA  MEDINA, como  coautores  del  delito  de  tráfico,  fabricación  o  porte de estupefacientes  previsto  en  el  artículo  376  del  Código  Penal,  agravado  en  virtud del  artículo 384, inciso 3º, ibídem.  Y,     

    

* Se  precluyó  la  instrucción  a  EDUARDO  SEGUNDO SIERRA CALLE y a PEDRO AGUSTÍN  MERCADO CONTRERAS.     

El 24 de julio de 2006, como consecuencia de  los  recursos  de  apelación  interpuestos  por el representante del Ministerio  Público,  uno  de  los  defensores  y  uno  de los procesados, se determinó en  segunda  instancia confirmar las decisiones de acusación adoptadas y revocar la  preclusión  dispuesta a favor de SIERRA CALLE y MERCADO CONTRERAS, a los cuales  se  les  formuló pliego de cargos en igualdad de condiciones a los primeros. El  28  de  julio  siguiente,  sustentado  el funcionario de segunda instancia en la  circunstancia  de  que  la preclusión dictada a favor de esos dos procesados no  fue  materia  de  impugnación  revocó  la  resolución acusatoria que el mismo  Fiscal ante el Tribunal había dictado.   

4.  Tramitado  el  juicio,  el 18 de septiembre de 2007 el Juzgado Penal del Circuito Especializado  de    Montería    condenó    a    los    acusados9   ROBINSON  ROJAS  GONZÁLEZ,  CARLOS  ARTURO  BUELVAS  RAMOS,  ALFONSO  YESID MEJÍA MOJICA, YAHAIR RODRÍGUEZ  BURGOS  y  RIGOBERTO  SUAZA MEDINA, a 17 años de prisión, multa de 50 salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes,  inhabilitación de derechos y funciones  públicas  por  el  término  de  20  años  y  a la privación del derecho a la  tenencia  y  porte  de  armas  durante  10  años.  En  relación con los cuatro  primeros,  a  la  vez, se dispuso la pérdida del cargo público. Se les negó a  todos,  por  último,  la  condena  condicional  y  la prisión domiciliaria. Y,   

5.  El  procesado  ROBINSON  ROJAS  GONZÁLEZ,  los defensores y el Agente del Ministerio Público,  éste  último  con  la  pretensión  de  que  se ratificara la condena de SUAZA  MEDINA  y  se  profiriera  absolución  a  los  demás  inculpados, apelaron ese  pronunciamiento  y  el  Tribunal  Superior  de  Montería,  a  través del fallo  recurrido  en  casación,  expedido  el  1º  de  abril  de  2008,  le impartió  confirmación.   

LA DEMANDA:  

Primer  cargo.  Violación directa de la ley  sustancial.   

El   juzgador  aplicó  indebidamente  los  artículos  376  y 384-3 del Código Penal y dejó de aplicar los artículos 6 y  9 ibídem.   

ROBINSON  ROJAS  GONZÁLEZ,  CARLOS  BUELVAS  RAMOS,  JAHAIR RODRÍGUEZ BURGOS y ALFONSO YESID MEJÍA MOJICA, en condición de  miembros  de  Policía Judicial,  adelantaron por iniciativa propia labores  de  verificación de cierta información suministrada por Segundo Sierra Calle y  Pedro  Agustín  Mercado Contreras, relacionada con actividades de narcotráfico  llevadas  a  cabo  en el municipio de Tierralta (Córdoba). En desarrollo de esa  comprobación  “se  dieron  sorpresivamente de cara  con   una   inesperada  situación  de  flagrancia”,  capturaron  a  los  traficantes  JAIRO  MARTÍNEZ ROSALES y JAIRO ENRIQUE MEJÍA  RESTREPO  e  incautaron  23854  gramos  de base de cocaína. Se dirigieron, acto  seguido,  a  Montería  “para  la  judicialización  correspondiente”.  En  el desplazamiento tenían que  pasar  por  un  retén  de  la policía al mando del Mayor Carlos Alberto Jaimes  Villamizar.  Los  policías, sin embargo, no los dejaron seguir. No les creyeron  y    sí   a   RIGOBERTO   SUAZA   MEDINA   “quien  habilidosamente  y  acudiendo  a  la  infamia  y  a la calumnia hizo creer a los  uniformados  de  aquel  sitio  que  se trataba de personas que momentos antes le  habían     hurtado    una    mercancía    a    un    amigo    suyo”.   Que SUAZA MEDINA “engañó a  las  autoridades” se deriva de las tres declaraciones  contradictorias que rindió.   

El  delito de tráfico de estupefacientes no  era  imputable  a  los  acusados,  quienes  como  miembros  de policía judicial  podían  de  oficio,  sin  autorización de sus jefes, entrevistar informantes y  llevar  a  cabo  labores  de verificación en relación con los datos obtenidos,  según  el  manual  de  funciones  de la Fiscalía (resolución 1102/2002) y del  Decreto  regulador  de  la  estructura  del  DAS (643 de 2004). Eso precisamente  hicieron  los  procesados  y,  por ende, actuaron en estricto cumplimiento de su  deber.  De  encontrarse  dedicados  a  actividades ilícitas relacionadas con el  narcotráfico   no   habrían   capturado  a  nadie  ni  transportado  esposados  “a quienes se dicen ser los propietarios de la base  de  coca decomisada”. Así las cosas, lo correcto era  investigar  disciplinariamente  a  esos  funcionarios  de  policía judicial por  adelantar,  sin  aprobación  de sus superiores, actividades de inteligencia por  fuera del territorio que tenían asignado.   

Afirmó  el censor, acto seguido, que debió  otorgarse  credibilidad  a  los sindicados JAIRO ENRIQUE MEJÍA RESTREPO y JAIRO  MARTÍNEZ  ROSALES,  como igual “a uno de los dichos  jurados  de  RIGOBERTO  SUAZA  MEDINA alias el mono”.  Agregó  el  análisis probatorio que a su juicio permite esa conclusión, buena  parte  del  cual  son críticas a los testimonios de los miembros de la Policía  Nacional  que  conocieron  del caso y participaron en las pesquisas iniciales, a  quienes  les  atribuye  la  pretensión  de  “ganar  felicitaciones  y  medallas”  a  costa                 de  sus  defendidos.  Si  dentro  del expediente no existe prueba de que penetraron a una  finca  y  sustrajeron  la  sustancia  estupefaciente mal se hizo en condenarlos.  Debían  absolverse, por el contrario, pues se demostró que actuaron de acuerdo  a  la  ley.  Sorprendieron  en  flagrancia  a  JAIRO MARTÍNEZ ROSALES y a JAIRO  MEJÍA  RESTREPO, los capturaron e incautaron la droga en su poder. De inmediato  se   dirigieron   con   ellos   a   las  oficinas  del  CTI  en   Montería  “para  judicializarlos”  pero   ello   no   fue   posible  debido  a  la  interferencia,  “a      todas     luces     arbitraria     e     injusta”,  de la Policía Nacional.   

“El  supuesto  hurto  de  la  droga”, amañadamente aludido por los  agentes  de  la  Policía  Nacional,  se  declaró  acreditado  en  la sentencia  “con  fundamento  en  partes  selectivas de algunos  medios  de prueba de los recaudados en el proceso, mas no en la totalidad de sus  contenidos   que  pudiera  comprometer  penalmente  la  responsabilidad  de  los  procesados,  pues  el  supuesto  hurto  de  la droga lo anuncian los uniformados  porque    supuestamente    así   se   los   comentó,   refirió   e   informó  malintencionadamente  el  implicado  RIGOBERTO  SUAZA  MEDINA, aun cuando en sus  declaraciones  contradictorias  lo  haya  negado,  referencia  esta  mentirosa y  amañada  puesto que RIGOBERTO SUAZA MEDINA jamás les ha dicho a los policiales  que  los  miembros  del  DAS  y  CTI  hayan  hurtado  esa  droga”,   expresó  el  casacionista,  para  quien  sus  defendidos  fueron  víctimas     de     un     “montaje”.   

El  error  que  condujo al juzgador a violar  directamente  la  ley  sustancial  se produjo por no valorar en su integridad el  contenido  del  informe  de  policía  del  7  de  julio  de  2005  –suscrito  por  el Mayor Carlos Alberto  Jaimes  Villamizar— y dejar  de  confrontarlo  con  los testimonios de los uniformados Atilio Óscar Zabala y  Óscar Luis López Osorio.   

Se deduce de esos elementos de juicio que los  miembros  de  la Policía habían sido informados por RIGOBERTO SUAZA MEDINA que  los  implicados se habían apoderado de estupefacientes. ¿Si ello fue así, por  qué    se    dejó    libre    al   mencionado?   Simplemente   “porque  de  lo  que  se  trataba era de desviar la investigación y  enrumbarla    contra    los    sabuesos    de    DAS   y   del   CTI”.   

Si, según López Osorio, SUAZA les comunicó  que  había  recibido la llamada de un amigo en la que le decía que le hurtaron  “una  mercancía”,  no  tenía  por  qué  saber  por  dónde  venían  los responsables, ni los hubiera  podido  reconocer  o  a  los automotores en los que se desplazaban. Pero si esto  sucedió     de     acuerdo     con     el     testigo    López    –SUAZA   dijo   otra  cosa—  es  porque  los había visto antes y  bajo   esa   circunstancia   los   miembros   de   la  Policía  “debieron   sospechar   que  se  trataba  de  un  copropietario  del  alcaloide”.   Antes,   en  efecto,  “los    había    visto”   pues  se  trató  de  “una  de  las dos personas que escapó a la  acción  de  aprehensión  de  los  funcionarios  del  DAS  y  del  CTI y fue el  individuo  a  quien  se  le  cayó  el  bolso con los billetes falsos, cuando se  dispuso  a  la  fuga  para  eludir  la  acción  de  las autoridades”.   

SUAZA  MEDINA  no  dijo en su testimonio que  hubiese  comunicado  a la policía que el amigo que lo llamó le haya mencionado  acerca    del   hurto   de   “una   mercancía   o  droga”.  Les  informó  solamente de “dos  carros  sospechosos” donde traían  dos   personas   capturadas.   De   dónde   extrajo   la   policía,  entonces,  “que  RIGOBERTO  SUAZA MEDINA les dijo que su amigo  le  había  dicho  que  los  señores  de  los dos carros le habían hurtado una  droga?  Por  qué y para qué se inventaron esta calumnia? Qué interés tenían  en  desviar  el  verdadero  cauce de la investigación? Inventar lo del supuesto  hurto de la droga no es un montaje?”.   

          Así  las  cosas,  “la  imputación del  supuesto   hurto   de  la  droga”  realizada  a  los  implicados  “por  parte  de la policía”  es  temeraria  y  calumniosa  “pues  RIGOBERTO  SUAZA  MEDINA, a quien se le atribuye su paternidad, la ha desmentido  por  completo  desde  cuando  rindió  su  declaración  el  día 21 de julio de  2005”.  En realidad, se reitera, el procedimiento de  los  acusados  correspondió a uno legítimo de policía judicial, tal y como se  deriva  de  las  ampliaciones  de indagatoria de JAIRO MARTÍNEZ ROSALES y JAIRO  ENRIQUE  MEJÍA RESTREPO, quienes en esas diligencias afirmaron en lo sustancial  que  los  procesados se identificaron como miembros de la Policía Judicial, los  capturaron  y les dijeron que los iban a conducir a las instalaciones del CTI en  Montería.  Adicionalmente, que los desconocidos que tenían los costales con la  droga  huyeron  y uno de ellos dejó caer un bolso con plata, de la cual se supo  luego que era falsa.   

          El  declarante  Jorge  Luis  Alean Martínez, a su turno, afirmó en  otro  proceso que RIGOBERTO SUAZA MEDINA fue el que hizo capturar a los acusados  debido    a    que    éstos   “le   quitaron   la  mercancía”.   

Se  opuso el casacionista, por último, a la  afirmación   de  la  existencia  de  los  indicios  de  mala  justificación  y  presencia.  E  igualmente  a que en el proceso se cuente con pruebas directas de  responsabilidad  penal  en  contra  de  sus  defendidos,  a  favor de los cuales  demanda  la  absolución,  la  misma  decisión  con  la  cual  se  resolvió la  situación  de  las personas que les sirvieron de informantes, es decir, Eduardo  Sierra Calle y Pedro Mercado Contreras.   

Segundo cargo. Inconsonancia entre acusación  y sentencia.   

          La  violación  del  principio  de  congruencia  fue  en  el aspecto  fáctico.  En  el  pliego  de cargos se imputó a los procesados “únicamente   el   hecho  de  que  luego  de  haber  adelantado  el  procedimiento  de  incautación del alcaloide y la aprehensión en flagrancia de  los  señores  JAIRO  MARTÍNEZ  ROSALES y JAIRO ENRIQUE MEJÍA RESTREPO deciden  subsiguientemente  no  legalizarlo  ante la Fiscalía Local 22 de Tierralta para  traficar  con  dicho  alucinógeno”. En los fallos de  instancia  se cambió el hecho “en el sentido de que  no  se  trató  de  un  procedimiento  de incautación del narcótico para luego  traficar  con  él, sino de un hurto o robo del mismo, previo plagio o secuestro  de  los capturados JAIRO MARTÍNEZ ROSALES y JAIRO ENRIQUE MEJÍA RESTREPO, para  su  posterior  tráfico e incrementar de manera fraudulenta su patrimonio con la  venta,   argumentando   que   para   esa  ilícita  apropiación  de  esa  droga  estupefaciente   utilizaron  la  misma  forma  como  venía  operando  la  banda  emergente de las autodefensas denominada los traquetos”.   

La   conclusión   de  la  resolución  de  acusación,  deducida  del  testimonio trasladado de Jorge Luis Alean Martínez,  conforme  a  la  cual  los  funcionarios  del  DAS  y  del  CTI  “penetraron  y  quitaron una mercancía en forma irregular, esto es,  sin  orden de autoridad competente y sin previo lleno de los requisitos legales,  abusando   de   sus   funciones”,   difiere  de  la  afirmación   realizada   en   la   sentencia  relativa  a  que  “se    hurtaron    la    droga    y    secuestraron    a   los   dos  procesados”. Procede, por ende, casar la sentencia y  “dictar   el   fallo   de   reemplazo”.   

Tercer cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial    derivada    de    error    de    hecho   por   falso   juicio   de  identidad.   

Se  tergiversó en la sentencia el contenido  material  de  los  testimonios  de Ana Bertilde Aldana Tordecilla, Erdulo Manuel  Agámez  Petro,  Jorge  Luis  Alean  Martínez,  José Alberto Agámez Padilla y  Rigoberto   Suaza   Medina,   con  los  cuales  se  acreditaba,  “en   grado   de   certeza”,   que  los  investigadores  del  CTI,  compañeros  de trabajo y abogados, fueron a reunirse  con  un  informante  para  “enterarse  de probables  maniobras  delictuosas  que  en  inmediaciones del casco urbano del municipio de  Tierralta  preparaba  la  delincuencia  organizada”.  Así  lo  expresaron  ROBINSON  ROJAS  GONZÁLEZ,  CARLOS  ARTURO BUELVAS RAMOS,  respaldados   por   Eduardo  Segundo  Sierra  Calle  y  Pedro  Agustín  Mercado  Contreras,  con  sustento en los cuales “resultaría  nítido  e  incontrovertible  que  los citados detectives, conjuntamente con los  del  DAS” capturaron en flagrancia a JAIRO MARTÍNEZ  ROSALES  y  a  JAIRO  MEJÍA  RESTREPO,  hecho  este  indicativo de que actuaban  conforme  a  la  ley,  en  estricto cumplimiento de un deber constitucional, sin  olvidar  que  desconocieron reglas internas de las instituciones para las cuales  laboraban,    como    salir    de    la    sede   sin   autorización   de   sus  superiores.   

A  continuación  el  censor reprodujo buena  parte  de  cada  uno de los testimonios en los que según su criterio recayó el  error  de  juicio,  lo  que  se  dijo  de  los mismos en la sentencia de primera  instancia y señaló las siguientes tergiversaciones del juzgador:   

1. Las afirmaciones  atribuidas  al  inicio  del folio 51 de ese fallo a Ana Aldana Tordecilla no las  efectuó  ella sino su esposo Erdulo Manuel Agámez Petro. Se puso a la testigo,  en  consecuencia, a expresar lo que jamás dijo. En un párrafo posterior de ese  mismo   folio,   el  a  quo  “acomodó”   como  le  convenía,      para      justificar      la      sentencia,     “partecitas” del dicho de la declarante,  dejando  al  margen lo que en realidad manifestó. Es decir, que vio al llegar a  su  casa  el  día  de  los hechos hacia las 4 y media de la tarde a un grupo de  hombres   “regados  por  la  platanera”,  notó  sus motocicletas, se asustó, no les preguntó nada, no  se  acuerda de cómo eran y su esposo llegó una hora después. Se hizo de noche  y  seguían  allí.  Luego oyó decir la testigo “se  la  llevaron,  se  la  llevaron”, sin saber a qué se  referían  “porque ella no vio nada y sólo escuchó  que    arrancaron   las   motos   y   se   fueron”.  “No  sintió  carros ni nada, sólo el ruido de las  motos     cuando     se    fueron”,    adujo    el  censor.   

2. Le hizo decir el  juzgador  al   testimonio de Erdulo Manuel Agámez Petro expresiones que no  se    desprenden    de    su    contexto.    Se    acudió   a   “editar”  su  dicho,  como  en  el  caso  anterior,  “dejando  por fuera detalles importantes  como  el  anunciado  por él, de que los visitantes de las motos, dejaron éstas  debajo  del  palo  de  mango,  él  se  fue  a  trabajar,  regresó a las doce a  almorzar,  y  estaban los tipos ahí todavía”. A las  6  de  la  tarde salió a bañarse a la quebrada y a su regreso, más o menos 40  minutos    después,    “ya   no   había   nadie  ahí”.  La conclusión que seguía a lo anterior era  que  el  testigo  no  vio  carros y menos a sus ocupantes porque no estaba en el  lugar   de   los   hechos.   Sólo   le   comentaron   de   dos  “que  habían  llegado”, pequeños y con  vidrios  oscuros.  No  se percató de ningún operativo del DAS y del CTI, ni de  la  captura  de  dos  personas  por  agentes de tales instituciones, lo cual era  suficiente  para  deducir  que  la  aprehensión en flagrancia realizada por los  procesados   no   ocurrió   en   la  finca  de  Agámez  Petro  “sino  en  el  sitio  donde afirman los procesados y los informantes  que tuvo lugar”.   

No es cierta la afirmación de la judicatura,  de  otro  lado,  relativa  a  que  los  motociclistas  le  dijeron al declarante  “que  iban  a estar debajo del palo de mango porque  iban  a  realizar  un  negocio y que ese negocio, era entregar el alucinógeno a  cambio  de  dinero  y  que  esas  personas  no  contaban  con  que  los acusados  aprovechando  la  oscuridad  de  la noche y la poca visibilidad, exhibieron como  parte  de  la  transacción  un  paquete  chileno y una vez descubierto su plan,  procedieron  a  plagiar  a  dos  de los traficantes del alucinógeno”.   

Algo así no manifestó el testigo y tampoco  que  los  compradores  de  la  cocaína  fueran  los informantes Pedro Mercado Y  Eduardo  Sierra,  ni  que  los miembros de policía judicial aquí procesados se  hayan  encargado  de  “simular el atraco” y emprender la huida en sus automotores.   

Otra “afirmación  gratuita”  del juzgador, nunca respaldada por Erdulo  Agámez  ni  por  ningún  otro  testigo,  es  que  los acusados “formaban  parte  del  grupo  de  los  traquetos  que militaba en el  municipio  de  Tierralta”. No dijo el declarante, por  último,  que  los  implicados  hayan  ocultado  su pertenencia al CTI y al DAS,  presentándose    ante    los    vendedores    de   la   droga   “como    ciudadanos    del   común   dedicados   al   negocio   del  narcotráfico”,     pertenecientes    al    grupo  delincuencial  denominado “los traquetos”.   

El declarante ni ningún otro testigo dijeron  que  los  procesados  fuesen  parte  de  esa  banda o de las autodefensas. No se  entiende  de  dónde  infiere  la judicatura, entonces, que ocultaron sus cargos  para apropiarse de la sustancia estupefaciente.   

Sin  la tergiversación del medio de prueba  comentado la sentencia habría sido absolutoria.   

3.  También  en  relación  con  el  testimonio  de  José  Alberto  Agámez Padilla, el juzgador  incurrió  en  falso  juicio de identidad. Se expresó en el informe de la SIJIN  algo  que él jamás dijo en su testimonio. Esto es, que a las 7 de la noche del  día  de los hechos, encontrándose en su residencia, vio entrar a la parcela de  su  primo  Erdulo  Agámez  dos  carros  con  las  luces apagadas, los cuales se  marcharon,  en dirección a Tierralta, como a los 15 minutos. En la declaración  jurada  señaló,  por  el  contrario,  que no vio los vehículos ingresar. Solo  salir,  mientras  veía  la  televisión  en  la puerta de su casa. El juzgador,  entonces,  con  fundamento  en  un informe de policía, que no es prueba, puso a  decir al testigo algo que nunca manifestó.   

Del  medio de prueba, adicionalmente, no se  deduce  la  afirmación de que los vehículos observados fuesen el taxi amarillo  del  DAS  y el Mazda 323 Neptuno de CARLOS ARTURO BUELVAS TORRES. Tampoco que en  ellos  se  transportaran los procesados y los informantes. Ese dicho, por tanto,  no es prueba de cargo directa e inequívoca contra los acusados.   

4.  Conforme a la  declaración  de  Jorge  Luis  Alean  Martínez,  fue  informante  de la SIJIN y  laboró     al     servicio    de    varios    paramilitares,    “quitando  la  base  de coca de la que bajaban al pueblo”.  Para  hacer  esto  último,  simulaban  comprarla  y cuando el  propietario     extraía     la    droga    “para  probarla”  hacían  su  aparición  varios  hombres  armados y, tras intimidar a los negociantes, se la llevaban.   

Eso es lo que hacía el declarante en época  distinta  a  la  de  los hechos. Y de su dicho no surge que haya enseñado a los  procesados,  a  quienes ni siquiera conocía, “aquel  procedimiento de robo de droga”.   

De tal declaración, entonces, no se podía  extraer  que  los  miembros  de la policía judicial recibieron instrucciones de  Alean Martínez y las pusieron en práctica en el presente caso.   

5.    La  tergiversación  del testimonio de RIGOBERTO SUAZA MEDINA consistió en que solo  se  tuvo  en  cuenta  lo  que declaró el 7 de julio de 2005 en el comando de la  Policía  de Tierralta, tras la captura de los acusados. Esa versión, según el  casacionista,  no  corresponde  exactamente  a  lo  dicho por SUAZA MEDINA si se  tiene     en     cuenta     que     cuando     habló     de     “mercancía”  se  escribió “(base  de  coca)”, deduciéndose que  la   expresión   entre  paréntesis  la  agregó  el  policía  “que  recepcionó  esa indagatoria”, pues  carece   de   sentido   que  se  hayan  anotado  de  esa  forma  “si  hubiesen  provenido  de labio y boca del declarante”.   

En la intervención del declarante realizada  el  21  de  julio  de  2005  aclaró  “el verdadero  sentido  y  alcance” de la información que entregó  en  la  Estación  de  Policía  de  Tierralta,  con  sustento en la cual fueron  aprehendidos  momentos  después  los funcionarios de policía judicial. Dijo en  esa  oportunidad,  en  efecto,  “que lo que siempre  dijo  fue,  de  que  a través de la llamada se le había dicho de unas personas  que  se  hallaban  en  peligro  y que no sabía si era robo o atraco o problemas  personales,  afirmación  ésta  distante  a decir que se trató del robo de una  mercancía   o   droga   a   base   de   coca,  pues  esto  jamás  lo  dijo  el  declarante”.   

Expresó   en  dicha  diligencia  jurada,  además,  que  se  cruzó  en  la  vía  Fresquillo  con  el  taxi  y  el  Mazda  “y    observó    que    venían   dos   personas  capturadas”.  Esto significa que para ese momento ya  los  agentes del DAS y del CTI habían capturado en flagrancia a los traficantes  de   droga   e   incautado   la   sustancia,   desplazándose   hacia  Montería  “para  la  respectiva  judicialización”.  No  le  constaba  al  testigo “que  antes    de    ese    retorno    los    agentes   hubieran   robado   la   droga  decomisada”.   

Del Comandante de Guardia de la policía en  Tierralta,  por tanto, provino “el invento del hurto  de  la  droga”.  El  mismo  fue  el  responsable  de  tergiversar  la información ofrecida por RIGOBERTO SUAZA MEDINA “y   de   ahí   para  acá  todos,  influenciados  por  esa  errada  interpretación  vinieron  sosteniendo  que  los  señores del DAS y del CTI, no  habían  realizado ningún tipo de operativo legal sino un hurto o robo de droga  con  fines de comercialización ilícita, tergiversación que sumada al hecho de  que   los   detectives   carecían   de   misión   de  trabajo  ha  traído  al  convencimiento,  equivocado,  de  que  estaban  traficando  ilícitamente con el  alucinógeno,  cuando  la realidad es otra, vale decir, la narrada tanto por los  condenados      como      por      los     informantes     absueltos”.   

No  le  era posible al juzgador afirmar, en  fin,  que  el  dicho  de  SUAZA  MEDINA  comprueba  el  hurto  de  la  sustancia  estupefaciente y el plagio o secuestro de dos personas.   

Así  las  cosas,  finalizó  el  censor,  “la  justicia  especializada  ha  puesto  a decir a  estos  declarantes, lo que ellos nunca han dicho, y por lo tanto al distorsionar  su  testimonio,  se  ha  incurrido  en  error  de hecho debido a falso juicio de  identidad.  Pues fue de tal magnitud y trascendencia la deformación del alcance  de  dicho  medio  probatorio,  que de no haberse cometido tal falencia, el fallo  necesariamente  hubiera  sido  absolutorio”.  Es  la  decisión que anhela dicte la Sala.   

CONCEPTO DE LA PROCURADORA 3ª DELEGADA PARA  LA CASACIÓN PENAL:   

         Primer cargo.   

         Precisó  la  representante  del Ministerio Público, tras enfatizar  que  son  evidentes  los  errores  en  la  formulación  de  la censura, que las  conclusiones   del  demandante,  de  un  lado,  “no  encuentran   respaldo   en   el   material   probatorio  que  se  aportó  a  la  investigación  y  se  trata  de especulaciones con fines defensivos, que no son  propias   de   la   sustentación   de   un   recurso  de  casación”.  De otro, basa el cargo en su lectura personal de las pruebas o  en  su percepción personal de los hechos, lo cual no es fundamento admisible en  el debate pertinente ante la Corte.   

         Adicionalmente,  distinto  a  como  lo planteó, las ampliaciones de  indagatoria  rendidas  por  JAIRO  MARTÍNEZ  ROSALES  y  JAIRO  ENRIQUE  MEJÍA  RESTREPO   fueron   tenidas   en  cuenta  por  el  ad  quem,  aunque se les otorgó una valoración diferente  a la por él esperada.   

         La  prueba  de  indicios,  finalmente,  no  se atacó conforme a los  requerimientos   que   al   respecto  ha  delineado  la  jurisprudencia  y,  por  consiguiente, el reproche no puede prosperar.   

         Segundo cargo.   

         Aparte  de dirigir  el  casacionista  sus reparos en contra de la sentencia de primera instancia, en  la  cual  se  hicieron  una  serie de consideraciones equivocadas, oportunamente  corregidas  por  el  Tribunal,  es  notable  que no logró acreditar la falta de  congruencia fáctica entre la acusación y la sentencia.   

         Se  señala,  de  todas  formas,  que  instructores  como juzgadores  aludieron   a   “la   apropiación   de  la  droga  incautada”    por   parte   de   los   procesados,  “con    el    fin    de    traficarla”,  independientemente de si se trató al comienzo “de  un  operativo  de  incautación”  o  “de  una  acción deliberadamente dirigida a lograr  la sustracción de la base de coca”.   

Los  implicados, esto es lo cierto, tenían  en  su  poder  los  costales  con  la  droga  “y no  supieron  explicar  por qué se encontraban fuera de su jurisdicción, sin orden  para   la   diligencia   y  sin  haber  informado  a  sus  superiores  sobre  su  desplazamiento”.  Tales  aspectos  fueron tenidos en  cuenta  para  atribuirles  responsabilidad  penal, debiendo agregarse que en los  fallos   de  las  instancias  no  se  hicieron  consideraciones  acerca  de  las  hipótesis delictivas de hurto o de secuestro.    

         Incumplió  el  censor,  además,  con  probar  la trascendencia del  error  en  la  situación  jurídica  final  de  los  acusados. Es decir, que la  situación  denunciada  como  irregular  les  generó  un  perjuicio derivado de  agravarles  la  sanción  impuesta o de imputarles delitos no contemplados en el  auto calificatorio.   

         La censura, por tanto, no tiene vocación de éxito.   

        Tercer cargo.   

El  testimonio  de  Ana  Aldana Tordecilla,  citado  textualmente en la sentencia, no fue objeto de tergiversación. Y acerca  del  dicho de los declarantes Erdulo Manuel Agámez Petro, José Alberto Agámez  Padilla,  Jorge Alean Martínez y Rigoberto Suaza Medina, expresó el recurrente  su  opinión  personal y la contrapuso al examen de los mismos efectuado por los  sentenciadores.   

Así  las  cosas,  ante  la  ausencia  de  comprobación de los errores denunciados es improcedente el ataque.   

   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

1.   Los   ex  servidores  de  policía  judicial aquí procesados, ¿verificaron en desarrollo  de  sus  funciones  información relacionada con actividades de narcotráfico y,  como  consecuencia,  capturaron  en flagrancia a varios traficantes e incautaron  23584  gramos  de base de cocaína que se dirigían a dejar a disposición de la  Fiscalía  cuando  los  capturó  la  policía?  O, aprovechándose de los datos  aportados  por delatores y fingiendo que eran compradores, ¿se apropiaron de la  droga?   

Se trató de las hipótesis de lo ocurrido,  respecto  de  las cuales se polemizó en el presente caso. Los acusados ROBINSON  ROJAS  GONZÁLEZ, CARLOS BUELVAS RAMOS, YAHAIR RODRÍGUEZ BURGOS y ALFONSO YESID  MEJÍA  MOJICA,  desde luego, expresaron que su conducta se ciñó a la primera.  Los  juzgadores,  tras  la  evaluación probatoria correspondiente, consideraron  demostrada  la  segunda. Esta conclusión, en la sentencia de primera instancia,  se  fundamentó  en  los  siguientes  argumentos,  casi todos respaldados por el  fallo    de    confirmación    proferido    por   el   Tribunal   Superior   de  Montería:   

1.1. Según Carlos  Alberto  Jaimes  Villamizar, comandante del escuadrón móvil de Carabineros que  realizó  la  captura,  los  miembros  de la policía judicial le explicaron que  estaban  en  un  procedimiento de incautación de estupefacientes y que llevaban  retenidos  a  dos  traficantes  de  cocaína.  Sin  embargo,  no  exhibieron  la  autorización  pertinente  para efectuar el operativo, ni ningún otro documento  relacionado  con  el decomiso de la droga. Le pareció extraño, además, porque  no  obedecía a los estándares previstos en procedimientos policiales como ese,  que   los  aprehendidos  fuesen  custodiados  únicamente  por  un  detective  y  esposados de una sola mano.   

El   oficial  se  comunicó  –vía      telefónica—  con  los  superiores jerárquicos de  los  investigadores  y  constató que los mismos carecían de autorización para  actuar  legalmente  en la zona rural de Tierralta (Córdoba). Tampoco informaron  de  las  supuestas labores de verificación emprendidas por iniciativa propia en  ese  lugar  con  problemas de orden público, respecto del cual la directora del  CTI  Rosalba  Negrete  Flórez  señaló  que sería un acto irresponsable de su  parte  enviar  allí  funcionarios  a  su cargo, sin la debida coordinación con  otros organismos del Estado.   

1.2. Se deduce que  los  implicados  operaban  al  margen  de la ley, por el hecho de utilizar en el  supuesto  operativo  un  vehículo  de  propiedad  de  uno  de ellos, al cual le  habían  sido acondicionadas placas que no le correspondían, desde luego sin la  debida autorización.   

1.3.  En armonía  con  el  testigo  Carlos Alberto Jaimes Villamizar, el patrullero de la policía  José  Luis  Arroyo  Mercado señaló que tras ser informados de la presencia en  la  zona  de  dos  vehículos sospechosos, instalaron un puesto de control en la  Apartada  de  Valencia. Le pidieron detenerse a un taxi y luego a un carro gris,  en  los  cuales  se  transportaban  los  procesados.  En  el  segundo automotor,  conducido  por  un  detective  del  CTI,  en la silla del lado del conductor, se  encontraba una bolsa llena de fajos de billetes falsos.   

1.4.  RIGOBERTO  SUAZA  MEDINA  le  comentó  al  patrullero  de  la  policía Óscar Luis López  Osorio,  que  “un amigo”  le    contó    que   “unas   personas”  que se movilizaban en dos vehículos le robaron “una   mercancía”.  Se  procedió,  en  consecuencia,  en  compañía  de  SUAZA  y  de otros uniformados a buscarlos en  Tierralta.  No  los  encontraron  y,  entonces,  se  dirigieron a la Apartada de  Valencia.    Allí,    en    un    puesto    de    control,   ya   los   tenían  inmovilizados.   

Las  personas  esposadas  en  uno  de  los  vehículos   señalaron   que   sus  aprehensores  los  habían  instruido  para  explicar,   en  caso  de  encontrarse  con  un  retén de control, que iban  retenidos  por  violar  a  “una chinita”.  Les  preguntaron  a  los  miembros de policía judicial por la  bolsa     negra     que     contenía    dinero    falso    y    “manifestaron    no    tener    conocimiento    acerca    de    esos  billetes”.   

1.5.  De  forma  similar  a  como  lo  hicieron  los anteriores, declararon los uniformados Dairo  Javit  Cabrera  Arteaga,  Alfredo  Alfonso  Ramos  Pérez y Atilio Óscar Zabala  Padilla.  El  último, en particular, en relación con SUAZA MEDINA, dijo que le  suministró  la  siguiente  información:  “…  que  había  recibido la llamada de un amigo, que la droga estaba en una finca en las  afueras  de Tierralta, que habían llegado unos hombres armados y que le habían  robado  la  mercancía al amigo, y cuando salimos los interceptamos en el puesto  de  control que queda a la entrada a Valencia…”. En  este  lugar, según aseguró más adelante el declarante, SUAZA expresó que los  acusados  “habían  sido los que habían hurtado la  droga”.  Y las personas que ellos llevaban esposadas  “…decían  que  les  habíamos  salvado  la  vida  porque     ellos     pensaban     que     los     iban    a    matar”.   

1.6.  A todos los  testigos  relacionados  se les otorgó credibilidad, deduciéndose de sus dichos  la  conducta  criminal  imputada  a los implicados. Así razonó el a quo:   

“Su presencia en  la  zona  sin  dar  aviso  a las autoridades del orden; la nocturnidad en que se  movilizaban  en  una  zona  de alto riesgo militar, en la cual hacían presencia  grupos  paramilitares  y  delincuencia  común;  sin  una  orden  de trabajo, ni  autorización  de  sus superiores; el hecho de no indicar con exactitud el lugar  donde  incautaron  el  alijo;  no saber a quién pertenecía el bolso negro, con  dinero   espurio;   la   versión   que   suministraran   los  dos  ‘supuestos    retenidos’:  que  si  los  paraban  dijeran que  habían  violado  una  chinita  o  que  si  no  se  los  llevaban  para  Planeta  Rica’;  como también la  versión  que suministró el denunciante RIGOBERTO SUAZA MEDINA, en el entendido  que  un  amigo,  lo  había  llamado  y  le dijo que unos sujetos armados que se  movilizaban  en  dos  automotores,  se habían robado una mercancía, con creces  esas     pruebas     indirectas     –indicios—,  nos   confirma   esta   hipótesis   delictiva   como   lo  que  realmente   sucedió”.   

1.7.,   Carlos  Enrique  Cardona  Duque,  Director  del  DAS  en  Córdoba, y José Norbey Duque  Giraldo,  Coordinador  Operativo,  expusieron que no autorizaron ni sabían  que  YAHAIR  RODRÍGUEZ  BURGOS  y  ALFONSO  YESID  MEJÍA  MOJICA realizaran en  Tierralta un procedimiento de policía judicial.   

Cardona Duque aseguró, además, que el día  de  los  hechos,  entre  7  y  8  de  la  noche,  YAHAIR  RODRÍGUEZ  le  pidió  “avalarle” un operativo  que  había realizado con YESID MEJÍA, en el cual habían incautado una droga y  capturado  a  dos  personas. Se negó a hacerlo. Llamó enseguida al Coordinador  Operativo  y  éste  le  comunicó  que  no tenía conocimiento acerca de alguna  misión  de esos funcionarios en la zona de Tierralta. Eso mismo le comunicó el  Director  al  Coronel  González de la Policía y a la directora del CTI, cuando  le preguntaron telefónicamente si sabía del procedimiento.   

Surge  inequívoco de tales relatos que los  acusados  pretendieron que sus superiores respaldaran su actuación ilegal, cuya  finalidad era apropiarse del cargamento de cocaína.   

1.8. Otra evidencia  de  que  la  actividad  de  los  miembros de la policía judicial era ilícita y  obedeció  a un plan, se deriva igualmente del testimonio del Director Seccional  del  DAS. Dijo que YAHAIR RODRÍGUEZ, hacia las 4 de la tarde de la fecha de los  sucesos,  le pidió permiso por teléfono para realizar una diligencia personal.  De  acuerdo  al  testigo  “de  la  misma manera que  solicitó  un permiso si tenía una información o alguna actividad para salir a  hacer   verificaciones  debía  haberme  informado”.  Agregó,  de  otro  lado,  que durante su tiempo en el cargo nunca se llevaron a  cabo trabajos conjuntos con el CTI.   

1.9. La Directora  Seccional  del  CTI, doctora Rosalba Rebeca Negrete, señaló en su declaración  jurada  que CARLOS BUELVAS y ROBINSON ROJAS estuvieron el día de los hechos, en  la  tarde  y  hasta  aproximadamente  las  6:30 de la tarde, en una reunión con  ella.  Por  tanto, no dijo la verdad el primero cuando expresó que en esa fecha  lo   llamó   “su  supuesto  informante”  hacia  las  4:30  de la tarde e inmediatamente se comunicó por  celular  con  el  segundo,  dirigiéndose enseguida al coliseo de la ciudad para  entrevistarse con el delator.   

Esa  misma  funcionaria  aseguró  que  los  investigadores  de  la entidad a su cargo carecían de autorización para actuar  en  la  zona  rural  de  Tierralta,  indicó  que misiones de esa naturaleza las  manejaban  a  través  de la oficina seccional de información y análisis, para  así    evitar   que   el   personal   de   la   entidad    “tenga  como  excusa” historias parecidas  a las de los implicados.   

Agregó la declarante que ninguna misión se  cumplía  en carros que no fueran de la Fiscalía, que no era costumbre enviar a  una  zona  de  orden  público  tan  delicada  como aquella donde sucedieron los  hechos  a  funcionarios de la institución sin apoyo del Ejército o la Policía  y  que  un cambio de placas entre vehículos de la entidad requería visto bueno  del jefe inmediato y autorización de la Dirección.   

1.10. Diego Antonio  Vargas,  Coordinador  del  Área de Protección del DAS, adujo que ALFONSO YESID  MEJÍA   MOJICA   estaba  asignado  como  escolta  del  Secretario  de  Gobierno  Departamental  de  Córdoba y es la labor que debería encontrarse cumpliendo en  la noche de su captura.   

1.11.  Luis Carlos  Yáñez  Bula,  Coordinador  de  Seguridad  del  CTI, afirmó que las placas que  portaba  el  vehículo particular de CARLOS BUELVAS RAMOS no eran del grupo a su  cargo y no lo había autorizado para utilizarlas.   

1.12.    Se  estableció   a   través   de   información  suministrada  por  la  Dirección  Administrativa  de la Fiscalía en Montería, que las placas puestas al carro de  CARLOS  ARTURO  BUELVAS,  sin  permiso,  le  pertenecían  a  un vehículo de la  Fiscalía General de la Nación.   

1.13.  Según  el  relato  que  RIGOBERTO  SUAZA MEDINA brindó a los policías que aprehendieron a  los  acusados, una vez el amigo suyo le comentó del hurto de la droga por parte  de  unos “sujetos” que no  se  identificaron,  se  trasladó  a  la  Estación  de  Policía de Tierralta y  transmitió  esa  información.  Después  de  ello se produjo la captura de los  miembros del DAS y del CTI aquí procesados.   

Aunque  en  su  indagatoria  modificó  esa  versión,  suprimiendo de ella la alusión a la base de cocaína, cuidándose de  no   auto   incriminarse,   no  se  creyó  que  fuese  ajeno  al  tráfico  del  estupefaciente.  Por  el  contrario, era “uno de los  personajes   motorizados  que  estuvo  en  la  finca  de  la  vereda  Carrizola,  negociando  el  narcótico”, concluyó el juzgador de  primer grado.   

“Sin   la  imprescindible        colaboración        de       RIGOBERTO       (SUAZA)            –se       agregó      en      esa  instancia—,    los  investigadores  hubiesen  cruzado  el  retén policial, sin requisa alguna en la  Apartada  de  Valencia,  pues  sólo  les  bastaba  exhibir  el  carné  que los  acreditaba  como  pertenecientes  al  DAS  y CTI, logrando hacerles creer que se  trataba  de  un  operativo  legal y que estaban ejerciendo funciones de policía  judicial,  ante  un acto de flagrancia; pero lo que en realidad pretendían, era  apoderarse  del  alcaloide  para  su posterior tráfico, e incrementar de manera  fraudulenta   su  patrimonio  con  la  venta;  de  otro  lado,  posiblemente  no  sabríamos  qué hubiese sucedido con los otros retenidos, que en el momento del  retén  policial,  adujeron  al  unísono,  que les salvaron la vida”.   

1.14. Se deduce del  testimonio  de  Erdulo  Manuel  Agámez  Petro  y  del de su esposa Ana Bertilde  Aldana  Tordecilla, que varios motociclistas que llegaron a su predio y pidieron  permiso  para  permanecer  debajo  de  un  palo  de  mango donde iban a realizar  “un     negocio”,  pretendían  la  venta  de  un cargamento de base de cocaína. Sus clientes, sin  embargo,  aprovechándose  de  la  oscuridad, los engañaron con “el   paquete   chileno”.   Y  una  vez  descubiertos plagiaron a dos traficantes.   

El   rol  de  compradores  lo  cumplieron  “los      presuntos     informantes”   y   los  agentes  del  CTI  y  del  DAS  eran  “los  encargados  de  simular el atraco”,  de  la  forma  como  por  entonces solía operar en el municipio de Tierralta el  grupo      delincuencial     denominado     “los  traquetos”.  El método del proceder criminal de esa  banda    de   malhechores,   “emergente   de   las  autodefensas”,   lo  relató  Jorge Luis Aleán  Martínez,  en  declaración que rindió en otro expediente y que se trasladó a  ésta actuación.   

1.15.    La  experiencia  enseña que una información como la que los procesados dicen haber  recibido,   si  su  actuación  fuese  legal,  la  habrían  transmitido  a  sus  superiores  para  someterla  al  análisis y verificación pertinentes. Enseña,  igualmente,  que  el  operativo, de haberse decidido su realización, se habría  llevado  a  cabo con las medidas de seguridad correspondientes, de ser necesario  con el concurso de personal de la Fuerza Pública.   

1.16.  Según  la  versión  de los acusados, no informaron a sus superiores acerca del decomiso de  la  droga  y  la  captura  de  dos  traficantes, por falta de señal. El estudio  pen-link   allegado   al  expediente,  relacionado  con la utilización de los teléfonos celulares de los  involucrados  durante  la  ocurrencia  de  los hechos, desvirtúa esa excusa. Se  estableció  con  ese  examen  que  en  la mayoría de sus comunicaciones usaron  celdas que operaban en la zona rural de Tierralta.   

1.17. Del análisis  pen-link,  a  la  vez,  se  deduce  que  existió  relación  directa  o  indirecta entre los acusados y los  traficantes  de  la  cocaína,  inclusive con algunos no identificados todavía.   

Para  la  primera  instancia,  en  fin, los  procesados   perpetraron  el  atentado  contra  la  fe  pública  objeto  de  la  acusación.   

2.  El  Tribunal  Superior  de  Montería  compartió esa conclusión, con apoyo en los siguientes  argumentos:   

2.1. Se probó que  los  funcionarios  de policía judicial procesados carecían de autorización de  sus  superiores  para  desplazarse  al  municipio  de  Tierralta,  que omitieron  informar  acerca  de  las  supuestas  labores  de  verificación  que decidieron  realizar  por  iniciativa  propia  en  una  zona  donde  el  orden  público  se  encontraba  alterado  y  que utilizaron en el desplazamiento el carro particular  de uno de los agentes.   

No   fueron   las   anteriores,   simples  irregularidades   de   tipo   administrativo.   Contradice   el  “sentido   común”   y  “la  praxis” que de cara a una operación  relacionada    con    “narcotráfico    en   gran  escala”,  no  solicitaran el apoyo de la policía de  Tierralta.  De  regreso,  inclusive,  evitaron  pasar por el frente del comando,  utilizando en el recorrido la calle de atrás.   

2.2.  No se trató  de  una  casualidad que los dos miembros del CTI se hayan encontrado con los dos  pertenecientes  al  DAS,  en  el kilómetro 15 de la vía Montería – Planeta Rica.  Justo en el punto  donde   deriva   la   carretera   a   Tierralta.   El   encuentro   –todo     lo     indica—   obedeció   a   un   plan  y,  por  consiguiente,  no  fueron conjeturas los argumentos de la primera instancia. Las  “múltiples        coincidencias”  anteriores  a la reunión y el comportamiento siguiente de  los     procesados,     hasta    cuando    los    capturaron,    “denota  una acción conjunta” a espaldas  de las instituciones para las cuales laboraban.   

2.3.  Se equivocó  el  Juzgado del conocimiento al “inferir”  que  a  las personas que llevaban esposadas los investigadores,  “probablemente”   las  matarían   con   la   pistola   no   oficial   que   portaban,  “hábilmente    sustraída”   en   las  pesquisas  iniciales.  Podrían también ser puestas en libertad antes de llegar  a  Montería.  Lo  claro es, en todo caso, que no serían dejadas a disposición  de la Fiscalía.   

2.4.    La  aprehensión  de  los  agentes de la policía judicial ocurrió en situación de  flagrancia.  Se  les  sorprendió  con  24  kilos  de base de coca, no indicaron  satisfactoriamente  dónde  los  incautaron,  las dos personas que transportaban  “esposadas” comunicaron  que   se   les   instruyó   para   decir   que  su  retención  “era  por  la  violación de una china” y  un   particular   que  hizo  presencia  en  el  lugar  informó  que  esos  eran  “los   traquetos   que   se   habían   robado  la  droga”.   

2.5.  Es evidente  que   los   acusados,   al   “incautar”  la  cocaína,  “no  actuaron  como  funcionarios  judiciales” sino como civiles al margen  de  la  ley.  “Ello explica el motivo por el cual el  señor  RIGOBERTO  SUAZA  MEDINA,  propietario  o  al  menos comercializador del  alcaloide  se atrevió a informar a la estación de policía de Tierralta acerca  del  robo  de la mercancía, acompañando, inclusive, a un agente de la policía  para  perseguir  a los dos vehículos, los cuales alcanzaron en el retén que el  escuadrón  de carabineros tenía montado en la Apartada de Valencia. Era tal la  creencia  de  SUAZA  MEDINA  en  ese  sentido  que  al  llegar al lugar donde se  inmovilizaron  los  automotores  se  atrevió  a  gritar,  según  el  procesado  ROBINSON     ROJAS    GONZÁLEZ,    ‘mayor  esos  son  los traquetos que me robaron la droga’. Por ese hecho la Fiscalía Delegada  ante  el  Tribunal  compulsó  copias  para  que  se investigara al Mayor Carlos  Alberto   Jaimes   Villamizar,   ya   que   no  procedió  a  capturar  a  SUAZA  MEDINA”.   

2.6.  El  testigo  Eduardo  Manuel  Agámez  Petro, según su declaración, supo de la presencia de  dos  carros  en  la parcela “Los Agámez”,  por comentarios que le hicieron. Ese hecho se demostró con el  dicho  de  José  Alberto  Agámez  Padilla, quien afirmó que hacia las 7 de la  noche  vio  llegar  los  vehículos,  notó  el ingreso de varias motocicletas y  pensó que se trataba de una parranda.   

2.7.  Ana  Aldana  Tordecilla,  habló  de varias motos que llegaron a la parcela hacia las 4 de la  tarde.   Y   aunque  sostuvo  que  no  vio  ningún  automóvil  e  intentó  no  comprometerse  como testigo de cargo, “la traicionó  el  subconsciente”  al expresar que escuchó decir a  los   motociclistas   “se  la  llevaron”  y  que,  tras ello, salieron “todas  las motos detrás de los carros”.   

2.8.    Los  testimonios  de  los  policías  que  participaron  en  la  captura  y los de la  Estación  de  Tierralta,  no son de referencia. Relataron aquello percibido por  ellos,   desde   cuando   se   informó   de   la   existencia   “de  dos  vehículos  sospechosos  hasta la inmovilización de estos  con  sus  ocupantes”. Manifestaron lo mismo que obra  en  el  informe de policía mediante el cual los investigadores fueron puestos a  disposición de la Fiscalía. El mismo no fue tenido como prueba.   

2.9. De conformidad  con   el   testimonio   de   Jorge  Luis  Alean  Martínez,  recaudado  en  otra  investigación  y  trasladado  a este expediente, a RIGOBERTO SUAZA MEDINA   –quien  “hizo    que    cogieran   a   los   del   CTI   y   DAS”—  “le     quitaron    la    mercancía”,     “dio     parte     a     la  policía”   del   hecho  y  a  los  ocho  días  lo  retuvieron, junto a su hermano Hernán.   

Aunque   la   expresión  “se  la  quitaron” puede traducir que le  hurtaron  la  cocaína  o  que se la incautaron, el análisis de la prueba en su  conjunto  confirma  que  el  declarante  se  refería a lo primero. Al respecto,  recuérdese  que  SUAZA  MEDINA,  al llegar al retén donde tenían capturados a  los   procesados,   le  dijo  a  la  policía  que  ellos  eran  “los  traquetos”  que le “robaron”  la  droga. Ana Aldana, por su  parte,  escuchó  a  los  motociclistas que salieron detrás de los carros decir  “se  la  llevaron”. Y la  experiencia   enseña   que   frente   a   la   incautación  de  una  sustancia  estupefaciente  “con  plena  identificación  de la  autoridad    que    la    realiza”,   sus   dueños  “no  salen  en  persecución de quienes hicieron el  operativo”   y  “mucho  menos  informan  a  la  autoridad  del  hurto” de la  mercancía.   

2.10. El conjunto  probatorio,  en  fin,  señala  con certeza que los acusados, aprovechándose de  información   obtenida   en   relación   con   sus   cargos,   se  desplazaron  “a  título  personal” a  la  parcela Los Agámez, con el propósito de apropiarse de varios kilos de base  de  coca.  En  consecuencia,  cometieron  el  delito de tráfico, fabricación o  porte  de  estupefacientes, cuando los sorprendió la policía nacional en poder  de la sustancia.   

3. Con la claridad  aportada  por  la  síntesis  de  las  sentencias,  las cuales forman una unidad  jurídica  inescindible  al encontrarse construidas con idéntica orientación y  similares  fundamentos  probatorios,  para la Sala es notable que ninguno de los  cargos formulados en la demanda tiene vocación de éxito.   

3.1.   En   el  primero,  dejando de lado la  equivocación  consistente  en  desarrollar una censura de naturaleza probatoria  invocando  como  causal de casación la violación directa de la ley sustancial,  no  consiguió  el  recurrente acreditar ningún error trascendente del juzgador  –de    hecho   o   de  derecho—, en el análisis  de los medios de convicción.   

Aunque  es  cierto  que  no  se  valoró el  informe  de  policía  del  7  de  julio  de  2005, como lo advirtió el censor,  claramente  era improcedente hacerlo porque no se trataba de un medio de prueba,  sino  apenas  de  un  elemento guía de la investigación.   Aparte de  relacionar  en el mismo las identidades de los capturados, los bienes incautados  y  las  características  de la sustancia estupefaciente hallada en poder de los  agentes  de  la  policía  judicial  aquí  procesados, expresó el Mayor Carlos  Alberto  Jaimes  Villamizar,  quien  lo  suscribió en calidad de Comandante del  Escuadrón  Móvil  de Carabineros del Departamento de Policía de Córdoba, que  “de    acuerdo    a    lo   informado”  por  RIGOBERTO  SUAZA  MEDINA  a  la Estación de Tierralta, un  amigo   suyo   le   dijo   que   “alertara   a  la  policía”  pues  “varios  sujetos  que  se  desplazaban en dos vehículos”, uno  amarillo     y     otro    gris    oscuro,    “al  parecer”        armados,       “minutos   antes   le  habían  hurtado  una  mercancía”.  Fue  la  razón del operativo que culminó con la aprehensión  de los acusados y de otras cuatro personas.   

En ese informe son mencionados Atilio Óscar  Zabala  y  Óscar  Luis  López  dentro  de  los  uniformados  que realizaron el  procedimiento.  Ellos  declararon  bajo juramento en el proceso y confirmaron lo  dicho  en  el  documento.  En  lo que interesa, para la respuesta del cargo, que  RIGOBERTO  SUAZA  MEDINA  les  contó  que  un  amigo  le  pidió denunciar a la  policía  el  hurto  de  “una mercancía”  del  que  acababa  de ser objeto por parte de unos desconocidos  armados,  quienes  se  desplazaban  en  dos  carros,  de  los cuales transmitió  algunos detalles.   

Es claro que SUAZA, según esos elementos de  juicio,   le   dijo  al  policía  Zabala  que  “la  mercancía” sustraída correspondía a droga ilegal.  Así lo precisó el servidor público en su testimonio:   

“él me informó  del  caso,  que  había  recibido la llamada de un amigo, que la droga estaba en  una  finca en las afueras de Tierralta, que habían llegado unos hombres armados  y  que  le  habían  robado  la  mercancía  al  amigo,  y  cuando  salimos  los  interceptamos   en   el   puesto   de   control   que  queda  en  la  entrada  a  Valencia”10.   

Cuando  capturaron  a  los  miembros  de la  policía  judicial  en  poder  de  los  casi  24  kilos  de base de cocaína, de  conformidad  con  Zabala,  el  informante  “dijo que  ellos  habían sido los que habían hurtado la droga, los dueños de los carros,  ya  que  según  la  información que recibió los vehículos tenían las mismas  características   descritas   por   el   amigo   que   le   había   hecho   la  llamada”11.   

Las  instancias,  con respeto del contenido  material  del medio de prueba, le otorgaron credibilidad al testimonio y en ello  no  advierte  la Sala ninguna transgresión de la sana crítica, que desde luego  el recurrente tampoco acreditó.   

Ahora  bien:  si de la información inicial  con  la  cual contó la policía nacional, podía deducirse que SUAZA MEDINA era  uno  de  los  traficantes  de droga que tras la simulación de una compra con un  “paquete  chileno”  fue  despojado  del  cargamento  de  cocaína  por  varios  hombres  armados,  su  no  aprehensión  en  el  acto  en manera alguna traduce que los acusados hayan sido  víctimas de un complot.   

SUAZA,  según  el informe de la policía y  los   testigos   antes   mencionados,  fundó  la  denuncia  en  lo  sucedido  a  “un  amigo” y señaló a  los  dueños  de  los carros  inmovilizados en el retén como los causantes  del   robo  de  la  droga,  no  porque  los  hubiera  visto  antes  –como  sugirió  el  censor—,  sino  en  consideración  a que las  características  de  los  vehículos  correspondían  a  las  señaladas por su  fuente de conocimiento.   

ROBINSON   ROJAS  GONZÁLEZ,  es  cierto,  manifestó   en   su   indagatoria   –bajo   juramento   por   hacer  cargos  contra  terceros—que   al   ser   capturado   con  sus  compañeros  llegó  al  lugar  en  una  motocicleta  sin placas “una  persona  de  civil  y un policía de la estación de Tierralta  uniformado,  el  de  civil  se  bajó  de  la  moto  se dirigió al Mayor JAIMES  VILLAMIZAR     y     de     forma    enfurecida    le    gritó:    ‘Mayor  esos  son los traquetos que me  robaron  la  droga’,  al  escuchar  nosotros  esto  le  dijimos al Mayor que esa persona quedaba capturado  por  nosotros  porque está aseverando que la droga que acabamos de incautar era  suya,  y  el Mayor no permitió que nos acercáramos a ese sujeto y lo protegió  con  sus  policías,  sin  permitir  ni  siquiera  saber sus nombres”12.   

En  razón  de  lo  anterior,  conforme  lo  recordó  el  ad  quem,  en  segunda  instancia  la  Fiscalía  expidió  copias  para  investigar al oficial  Jaimes                   Villamizar13  por  la  hipótesis  de  no  haber capturado a RIGOBERTO SUAZA MEDINA.   

En  conclusión, aún en el supuesto de que  el  Mayor  de la Policía Nacional haya incumplido con su deber de aprehender al  informante,  se  trata  de una circunstancia que por sí misma no resquebraja el  sustento  probatorio  de  la  sentencia.  Mucho  menos  cuando  el impugnante la  complementa   en   reivindicar  como  verdad  el  dicho  de  sus  representados.   

La  censura,  en  fin,  no  está llamada a  prosperar.   

3.2. La suerte del  segundo  cargo  es la misma.  Quedó  claro  en la resolución acusatoria de primera instancia, proferida el 8  de  mayo  de 2006 y obrante en el expediente a partir del folio 162 del cuaderno  4,  que  los  ex  funcionarios  de  policía  judicial  procesados  –a  favor  de  los  cuales  su defensor  presentó   la  demanda  de  casación—,  tras  la  elaboración  y  ejecución de un plan criminal y desde  luego  sin  ninguna  intención  de  poner  a  disposición  de  las autoridades  jurisdiccionales  la  sustancia  estupefaciente,  se  apoderaron  de los casi 24  kilos  de  base  de  cocaína  que  llevaban  consigo  cuando  la  policía  los  interceptó y capturó.   

Esa conclusión la respaldó la Fiscalía en  segunda  instancia  el  24 de julio de 2006 y en ambas determinaciones, al igual  que  pasó  en  la  sentencia condenatoria, se dedujo el supuesto de hecho de la  imputación de consideraciones probatorias similares.   

Así  las  cosas, no existió incongruencia  fáctica  en  el  caso  sometido  a  consideración  de  la  Sala  y,  bajo  tal  circunstancia,  como  también lo concluyó la Procuraduría, el cargo examinado  no tiene vocación de éxito.    

3.3.  Es evidente,  por  último,  que  no  se  presentaron los errores de hecho por falso juicio de  identidad  denunciados en el tercer cargo. Ninguna  de  las  pruebas  en  las  que  se  hicieron  recaer,  como  enseguida se verá, fue objeto de tergiversación por el juzgador.   

3.3.1.   Testimonio   de   Ana   Aldana  Tordecilla.   

A   esta   declarante   se   refirió  el  a  quo al evocar el informe  de  la  policía  judicial  de la Sijin obrante a folio 44 del cuaderno 2, en el  cual  se alude a una entrevista que se le hizo, presentada en el documento no de  forma  textual  sino  a   través  de  una síntesis de los investigadores.  Según  ese  resumen, la señora Aldana Tordecilla afirmó que hacia las 3 de la  tarde   del  día  de  los  hechos  arribaron  al  lugar  donde  sucedieron,  en  motocicletas,  aproximadamente  10 hombres. Pidieron permiso para quedarse en el  sitio,  debajo de los árboles. Más tarde, hacia las 7:30 de la noche, llegaron  dos  carros, sin las luces puestas. Bajaron de ellos 5 personas, se dirigieron a  donde  estaban  los  motociclistas,  después  de  5  minutos  regresaron  a los  vehículos  “y  salieron del lugar a gran velocidad  al igual que las motos”.   

En  la  sentencia se transcribió el aparte  pertinente  del  informe,  no incurriéndose respecto de éste, en consecuencia,  en  alteración  de  su  contenido  de ningún tipo. Y por el hecho de que en la  declaración  jurada  suministrada  por la mujer en el proceso no haya sostenido  exactamente  lo  mismo  que  le dijo a los detectives, conforme a la percepción  del  censor,  no  está bien su afirmación de que se hizo expresar a la testigo  lo que jamás dijo.   

La  primera  instancia,  con  relación  al  testimonio            en           concreto14,  reprodujo  en  un párrafo  afirmaciones   de   la  declarante  realizadas  en  diferentes  momentos  de  la  diligencia,    conectadas    a   través   de   puntos   suspensivos15. Esa forma de  registrar  el  relato,  sin  embargo,  en  manera  alguna  representó  acomodar  “partecitas”   de  la  narración  para modificarla y así fundamentar, artificiosamente, la condena de  los acusados.   

No se dejaron de lado en el pronunciamiento  recurrido,  entonces,  las  manifestaciones  de  la  testigo, quien –como   dice   el   fallo—  escuchó hacia las 7 de la noche que  los  motociclistas  decían  “se la llevaron, se la  llevaron”     y     enseguida     “todas   las   motos  salieron  detrás  de  los  carros”.  La  existencia  de  éstos  fue mencionada en la casa de José  Alberto  Agámez,  donde  “vieron salir dos carros,  que   eran  carros  pequeños,  ellos  dicen  que  eran  dos  carros”, precisó la deponente.   

         3.3.2. Testimonio de Erdulo Manuel Agámez Petro.   

         En  ningún  momento el Juez del conocimiento puso en labios de este  declarante expresiones no dichas por él.   

Como en el caso anterior, se transcribieron  en  el  fallo  apartes  de su dicho. Específicamente,  que “cuando  llegaron  esos  vehículos”  al  predio   donde   tiene   su   casa,   no  estaba  en  ella.  Y  cuando  volvió,  “ya     ahí    no    había    nada”.   Su  esposa  Ana  Aldana  Tordecilla,  relató  más  adelante  Agámez,  le  contó “que ahí llegaron dos carros y  se  fueron  con las motos”. En la mañana de ese día  los  primeros  motociclistas  que llegaron al sitio, ya ubicados “debajo  del  palo  de mango” sembrado al  lado  de  la  residencia  del  testigo, le pidieron permiso para “pasar  un  rato  ahí  porque  iban  a hacer un negocio”.   

         Si  como  contempló  el  medio de prueba el juzgador es exactamente  como  declaró  el  testigo,  resulta  evidente  que el contenido material de la  prueba  no  fue  objeto  de  distorsión. En ningún momento, por tanto, se hizo  decir  a  Agámez  Petro que vio carros o presenció los hechos. Le contaron que  dos  automóviles  hicieron  presencia  en  el  lugar  y,  cuando  regresó a su  morada,   “ya  ahí no había nada”,  ya  todo había sucedido. Así las cosas, está fuera de lugar  deducir,  con  apoyo en su dicho, que las supuestas capturas llevadas a cabo por  los  acusados  se  verificaron  en  cierto lugar, cuando lo manifiesto es que se  encontraba  ausente  de donde se produjo el encuentro entre los ocupantes de los  carros con los motociclistas cuando el mismo tuvo lugar.   

         No   se  hizo  decir  al  declarante,  de  otra  parte,  las  demás  expresiones   relacionadas   en  el  cargo.  Vale  decir,  que  los  hombres  en  motocicleta     le     manifestaran    que    “el  negocio”  que  iban a hacer era vender cocaína, que  les  hayan  hecho  a  los  traficantes  “el paquete  chileno”, que los compradores fuesen Pedro Mercado y  Eduardo  Sierra, que los investigadores de la policía judicial procesados hayan  simulado  un atraco y que al verse descubiertos se llevaran contra su voluntad a  dos  traficantes. Tampoco que los implicados ocultaran su condición de miembros  del  DAS  y  del  CTI,  ni que formaran parte del grupo criminal “los traquetos”.   

         En    la    sentencia    se    dedujo    que    el   “negocio”   al   cual  se  refirió  el  declarante       “era      entregar”  la  base  de  cocaína “a cambio de  dinero”.   Así   finalmente  lo  revelaron  muchas  circunstancias   comprobadas  con  otros  medios  probatorios  e  igual  que  la  actividad  desplegada  por  los  detectives  de  policía judicial se encontraba  orientada a apoderarse de la sustancia estupefaciente.   

Adicionalmente,   todos   los  argumentos  planteados  por el juzgador para concluir que los acusados actuaron al margen de  la  ley  y  no  en  ejercicio  legítimo de sus cargos, cuya razonabilidad no se  desvirtuó  y  de  la  que  la  Corte  carece  de  motivo para dudar, llevaron a  entender  que  los  gritos de “se la llevaron, se la  llevaron” escuchados por Ana Aldana Tordecilla a los  motociclistas,   significaban   que   “les  habían  tumbado la mercancía”.   

         No  es  cierto,  por  último, que en la sentencia se haya expresado  que   los   implicados   fuesen   parte   del   grupo  criminal  “los  traquetos”  o  se hayan presentado  así  ante  los narcotraficantes. No podía ser distinto en tanto ninguna prueba  señala  una  situación así. Se dijo en el pronunciamiento, en consonancia con  el  testimonio  trasladado  de Jorge Luis Aleán Martínez, en el cual contó el  modo   de   operar  de  “los  traquetos”,  de  los  que él hizo parte, que el procedimiento empleado por  los  aquí  procesados  se  le  parecía. Sólo eso. Nunca se advirtió, de otra  parte,  que  los  miembros  de  la  policía  judicial  acusados  hayan recibido  instrucciones en el actuar criminal de Aleán Martínez.   

         3.3.3. Testimonio de José Alberto Agámez Padilla.   

         El  falso  juicio de identidad que el recurrente hizo recaer en este  medio de convicción tampoco se configuró.   

Si  bien  es cierto que en el informe de la  Sijin  del 23 de julio de 2005 (folio 44/2) se consignó que el antes mencionado  vio  ingresar  al  predio  de  su  primo  Erdulo  Agámez  Petro “dos  vehículos  con las luces apagadas”  y   que   en  su  declaración  ante  el  instructor  afirmó  que  no  los  vio  entrar16,   ello   por   sí   mismo   no   constituye  el  error  de  hecho  mencionado.   

Si  el  testigo  vio  salir los carros, uno  “amarillo  como taxi de servicio público y el otro  …  un  carro  pequeño”, eso significa que habían  ingresado  al  lugar de los hechos y aunque el juzgador, sin ser cierto, hubiese  expresado  que Agámez Padilla aseguró en su declaración jurada que vio entrar  los  dos  vehículos  con  las  luces  apagadas,  sería  una  circunstancia por  completo carente de trascendencia.   

3.3.4.   Testimonio  de  Rigoberto  Suaza  Medina.   

No es deducible en relación con el relato  bajo  juramento  que  rindió SUAZA MEDINA el 7 de julio de 2005 ante el comando  de  la  Estación  de Policía de Tierralta, que la expresión entre paréntesis  “base  de coca”, escrita  después   de  la  palabra  “mercancía”,   dicha   por   el   testigo   al  contar  de  la  llamada  del  “amigo”  víctima  del  hurto  que  supuestamente  le  pidió solicitar la intervención de la policía,  haya  sido  escrita  por  el  entrevistador.  SUAZA  firmó la diligencia en los  términos  indicados, la leyó antes según se hizo constar al final de la misma  y,  en  esa  medida,  carece  de fundamento la crítica del censor, que de todas  formas  no acredita el error de juicio denunciado en la demanda de casación, ni  ninguno otro con capacidad de resquebrajar la sentencia.   

Ahora  bien:  si  el  mencionado  en  sus  posteriores  intervenciones  procesales,  incluida  su indagatoria, modificó la  versión  sobre  lo  acontecido,  se  entiende que fue para no auto incriminarse  “o   señalar   de   manera   directa   a  persona  alguna”, como con sensatez lo concluyó el fallador.  Ese  cambio  en  la  versión,  entonces,  no  alteró  la  convicción judicial  consistente  en  que  los  miembros  de  la  policía  judicial  aquí juzgados,  valiéndose  de la treta referida en el pronunciamiento objeto de la casación y  con  el  propósito  de  obtener  beneficio  personal, despojaron de los casi 24  kilos  de base de coca a varios traficantes de droga, entre los que precisamente  se encontraba RIGOBERTO SUAZA MEDINA.   

Cabe advertir, para finalizar, que la tesis  del  censor relativa a que el comandante de la policía de Tierralta se inventó  lo    del    “hurto   de   la   droga”,  tiene  como  sustento exclusivo su particular análisis de los  medios       probatorios.       No       la      acreditación      –es          claro—de   ningún   error  de  juicio  del  fallador. El cargo, en consecuencia, no tiene vocación de éxito.   

4. Todo indica que  el  posible  secuestro  de  que  habrían  sido objeto JAIRO MARTÍNEZ ROSALES y  JAIRO  ENRIQUE  MEJÍA  RESTREPO,  no  fue  objeto  de  investigación. Para esa  averiguación,  en  consecuencia,  si  en  realidad  no se ha adelantado una, se  ordena  que la segunda instancia expida copias de lo pertinente con destino a la  Fiscalía en Montería.   

En  virtud  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

1.  NO  CASAR  la  sentencia  recurrida,  proferida por el Tribunal Superior de Montería el 1º de  abril de 2008.   

         2.  Expedir  las  copias  a  que  se  hizo  referencia al final de las consideraciones.   

Contra  la  presente  decisión no proceden  recursos.   

NOTIFÍQUESE    Y  CÚMPLASE.   

JOSÉ       LEONIDAS      BUSTOS  MARTÍNEZ               

JOSÉ       LUIS       BARCELÓ  CAMACHO                 FERNANDO CASTRO  CABALLERO                            

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ              MARÍA                   DEL                  ROSARIO                  GONZÁLEZ  MUÑOZ                 

Excusa justificada  

AUGUSTO       J.       IBAÑEZ  GUZMÁN                       LUIS                              GUILLERMO                              SALAZAR  OTERO              

JULIO       ENRIQUE       SOCHA  SALAMANCA                                 JAVIER ZAPATA  ORTIZ                      

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1  .  Folios  65,  88,  104,  118,  132,  141,  152  y 163  del cuaderno 1. JAIRO  MARTÍNEZ  ROSALES  y  JAIRO  ENRIQUE MEJÍA RESTREPO ampliaron injurada el 7 de  diciembre de 2005 (Fl. 205 y ss., cuaderno #3).   

2  .  Folio 121/2.   

3  .  Folio 286/2.   

4  .  Folio 240/3.   

5  .  Folio 7/4.   

6  .  Folio 73/4.   

7  .  Folio 107/4.   

8  .  Folio 162/4.   

9  .  Folio 92/6.   

10  .  Folio 242/1.   

11  .  Folio 243/1.   

12  .  Folio 70/1.   

13 . En  su  testimonio el Mayor Jaimes Villamizar negó que los sucesos relatados por el  procesado    ROJAS    GONZÁLEZ    hubieran    ocurrido   en   realidad   (Folio  227/1)..   

14  .  Aparece a partir del folio 47/4.   

15  .  Página 51 de la providencia (Folio 142/6).   

16  .  Folio 46/4.     

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