34609(09-03-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso n.º 34609  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  078  

Bogotá, D.C., nueve (9) de marzo de dos mil  once (2011)   

V I S T O S  

La  Sala se pronuncia sobre los presupuestos  de  lógica  y  debida fundamentación de la demanda de casación presentada por  el  defensor  del  procesado  SERGIO TULIO     PEREA     BUENAVENTURA  contra  la  sentencia  del  10  de  marzo  de  2010 emitida por el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Buga,  la cual negó la nulidad  solicitada     por    el    apelante    y,    en    su    lugar,    confirmó la decisión de primer grado del  19  de marzo de 2009 proferida por la Juez Tercera Penal del Circuito de Cartago  (Valle)  que condenó al precitado como autor de la conducta punible de omisión  de agente retenedor o recaudador.   

H E C H O S  

El sentenciador de primer grado los resumió  así:   

“El señor SERGIO  TULIO  PEREA  BUENAVENTURA   presentó  y  firmó  las  declaraciones   36278020016004,   322780200215577   y  0636744072835-9   por  concepto  del  impuesto  al valor agregado (IVA) correspondiente a los períodos 4º, 5º y 6º  del  año  2001, por valor de $4.449.000, $3.133.000 y $3.283.000, para un total  de $10.865.000.   

Las  declaraciones fueron presentadas por el  señor   SERGIO   TULIO   PEREA   BUENAVENTURA   con   identificación   número  16’201.180,     como  representante  legal  del  Hotel  Mariscal  Robledo  u Hoteles Cartago, el 12 de  septiembre  de   2001, el 15 de noviembre de 2001 y el 16 de enero de 2002,  sin  que  transcurrido  el  término  para  el pago de impuesto se haya cubierto  junto  con  sus  intereses generados, a excepción de un pago que realizó el 23  de  abril  de  2008  por  valor  de  $2’520.000  como  abono  al  impuesto  de  ventas  del  período 4º de  2001.”   

A N T E C E D E N T E S  

1. Por los hechos anteriormente referidos, el  9  de  agosto  de  2006  el  Fiscal  16 Seccional de Buga profirió resolución  de  acusación  en  contra de  SERGIO    TULIO    PEREA    BUENAVENTURA  como  autor  del  comportamiento  punible  de  omisión  de agente  retenedor    o   recaudador   (artículo   402   del   Código   Penal).   Dicha  determinación   no fue recurrida y cobró ejecutoria el 26 del mismo mes y  año.    

La  causa  fue tramitada por la Juez Tercera  Penal  del  Circuito  de  Cartago,  la cual, tras admitir la vinculación de los  representantes  legales  de  los  Hoteles Cartago, antes Hotel Mariscal Robledo,  como  terceros  civilmente  responsables, corrió el traslado del artículo  400  de  la  Ley  600 de 2000 y llevó a cabo la audiencia preparatoria el 12 de  febrero de 2007.   

En  dicha  diligencia, el despacho, luego de  advertir  que ninguno de los sujetos procesales se pronunció sobre nulidades ni  formuló   petición   probatoria   alguna,   dispuso  de  oficio:  i)  obtener  de  la  Cámara  de Comercio  información  sobre  la  representación legal para los años 1999 a 2002 de las  entidades  Hotel  Mariscal Robledo, Checho’s   Tour  Representaciones   Turísticas   y   Hoteleras,   y  Cootrapromar;  ii) oficiar a la DIAN-Tuluá para conocer  lo  referente  a  la  existencia  y estado de los acuerdos de pago suscritos con  SERGIO  TULIO  PEREA  BUENAVENTURA,  si la empresa Hoteles Cartago, SERGIO TULIO  PEREA       BUENAVENTURA,      Checho’s   Tour  Representaciones   Turísticas   y  Hoteleras  y  Cootrapromar  tienen  procesos  administrativos    o    fiscales    por    razones   tributarias;   iii)  comisionar  al CTI para revisar los  libros  contables  de  la  firma  Hotel  Mariscal  y  Cootrapromar con el fin de  determinar  las mercancías vendidas para los años 2001 y 2002, a quién se les  vendió    y   con   qué   plazo;   iv)  escuchar  los testimonios de Fabio Ernesto Quintero Cardona, Oscar  Julián  Campuzano  Aguirre,  Mauricio  Sierra  García,  Carlos  Alberto  Misas  Hurtado,       Henry       Alonso       Ortiz       Lugo       y      Franceneth  Rodríguez.       

La vista pública tuvo lugar en sesiones del  24  de  abril  de 2008, 19 de noviembre siguiente y 25 de febrero de 2009. Así,  el  19  de  marzo  siguiente,  la  Juez  Tercera  Penal  del Circuito de Cartago  profirió  sentencia  de  primera  instancia  a  través de la cual condenó a SERGIO  TULIO  PEREA BUENAVENTURA a las penas principales de 36  meses    de    prisión    y    multa    por    cuantía    de   $19’742.000,  así  como a la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  término  igual  al  de  la  pena  privativa  de  la  libertad  como  autor  del  comportamiento  punible  de omisión de agente retenedor o recaudador (artículo  402  del  Código  Penal).  Así  mismo,  lo  condenó al pago de los perjuicios  derivados   de   la   ejecución   del   delito  por  monto  de  $28’630.000 y le concedió el subrogado de  la suspensión condicional de la ejecución de la pena.    

La decisión de primer grado fue apelada por  el  defensor  del  procesado  y confirmada por  la Sala Penal del Tribunal Superior de Buga, a través de fallo  de  segunda  instancia del 10  de marzo de 2010.   

Inconforme con la anterior determinación, el  apoderado  judicial  del  procesado  PEREA BUENAVENTURA  interpuso   y   sustentó  oportunamente  el  recurso  extraordinario de casación.   

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

Cargo  único:  nulidad  por  violación  al  principio de investigación integral.   

A  través  de  la  causal  de casación que  describe  el  numeral  3 del artículo 207 del Código de Procedimiento Penal de  2000,  “violación directa  de     la     ley     sustancial     (error     de    procedimiento)”,  el  casacionista  denuncia  que  el  fallo  fue  dictado  en  un  juicio  viciado  de  nulidad  debido  a la omisión  probatoria  por parte del Fiscal 18 Seccional de Cartago y el Juez 3º Penal del  Circuito  de  la  misma  ciudad,  lo  cual  determinó  la  violación al debido  proceso,  según  lo  dispuesto  en  el  artículo  306-2  del estatuto procesal  mencionado.   

Así,  pregona  violados los artículos 29 y  228  de  la  Constitución  Política,  6,  8,  9,  16,  20  y 23 del Código de  Procedimiento  Penal,  10  de  la  Declaración de Derechos Humanos, artículo 9  numeral  3,  artículos  4  y  14  numeral 1 del Pacto Internacional de Derechos  Civiles  y  Políticos, y artículos 18 y 26 de la Declaración Americana de los  Derechos y Deberes del Hombre.   

En apoyo de su reproche, el censor alega que  los     servidores     judiciales     antes     señalados     “no practicaron pruebas que de haberse  practicado  hubiesen  llevado  al  señor  juez de primera instancia a tomar una  decisión  totalmente  contraria  a  la  que  finalmente  tomó de condenar a mi  defendido   a   la   pena   principal   de   36  meses  de  prisión”.   

De esta manera, el impugnante menciona que el  debido  proceso  es un conjunto de garantías dentro de las cuales se incluye la  de  ser  escuchado,  pedir  pruebas,  controvertir  las existentes, así como la  presunción  de inocencia  a favor del procesado; señala que el proceso es  un  método dialéctico, concebido científicamente para resguardar los derechos  fundamentales   de   quienes  en  él  participan;  enuncia  que  el  Estado  ha  establecido  una  serie  de  principios  no  absolutos  como  fórmulas  para la  convivencia  y  la pluralidad social, como también la función de la judicatura  de  garantizar  los  intereses  particulares,  los  derechos  colectivos  y  los  difusos,  con  el  fin  de  proteger  los  derechos ciudadanos, limitar el poder  político y asegurar la soberanía popular.   

Indica,  además, que al poder de los jueces  se  opone  un  contrapeso  cual  es  su  responsabilidad  personal,  social,  su  compromiso  con  lo  ético, lo político y con los derechos fundamentales, así  como  su  deber  de  imparcialidad,  el  cual se plasma en el debido proceso, en  particular  por  la  conexidad  esencial  que  se presenta entre la prueba y los  derechos  fundamentales  de la libertad y la dignidad humana, propios del Estado  de Derecho.   

Y,  tras  repasar  la  jurisprudencia  de la  Corporación  sobre  la  obligación  de  investigar  tanto lo favorable como lo  desfavorable,  manifiesta  que en su indagatoria el procesado PEREA BUENAVENTURA  expresó  que  en  verdad  firmó ante los funcionario de la DIAN, Jorge Alberto  Colonia  y  María  Victoria  Torres,  unos acuerdos de pago de las obligaciones  tributarias,  pero lo hizo en el entendido de que el responsable no era él sino  los  dueños  del  Hotel Mariscal, y así mismo que autorizó el descuento de la  suma  debida de su propio salario.  Fue así como PEREA BUENAVENTURA pidió  a  la  fiscalía  que  practicara la declaración de los funcionarios de la DIAN  Jorge  Alberto  Colonia  y María Victoria Torres, pero el despacho investigador  ni siquiera remitió las citaciones respectivas.   

Estos testimonios permitirían demostrar que  la  aludida reunión y los acuerdos de pago en verdad tuvieron lugar, pero en el  entendido  de que el responsable del pago del impuesto no era PEREA BUENAVENTURA  sino  el  Hotel  Mariscal.  De  suerte  que  su  omisión cercenó el derecho de  defensa  del  procesado, sin que existiera excusa razonable para dicha omisión,  toda   vez   que   “la  investigación  integral   tiene que ver con la actividad que se espera del  operador   jurídico   en   la   búsqueda   de   la   verdad   real”.      

Por  otra parte, critica que se decretara en  la  audiencia  preparatoria  pero  no  se  practicara  la  declaración de Fabio  Ernesto  Quintero  Cardona,  pues –según  dice-  su  ubicación  era conocida. Con dicho testimonio se  habría  podido  determinar  si  la  deuda  para  con  la  DIAN  era  suya, como  propietario  del  hotel,  o  del  gerente  PEREA  BUENAVENTURA.  Aduce que si se  hubiera  escuchado  a  Quintero Cardona en declaración éste habría reconocido  la  deuda  impositiva  como  propia  aún  cuando  el acuerdo de pago lo hubiera  firmado  el  procesado  y, por lo tanto, el resultado del juicio habría sido el  opuesto.    

Así  mismo,  afirma  que fue decretada y no  practicada  la  declaración de Mauricio Sierra García, una de las personas que  compró  el  hotel  a  Fabio  Ernesto Quintero Cardona. De haber comparecido, se  habría   conocido  “los  intríngulis”   de   la  negociación,   en   particular   quién   corrió   con  las  obligaciones  del  establecimiento para con la DIAN.   

De  igual  forma, de haber sido escuchado el  testimonio  decretado  de  Carlos  Alberto Misas Hurtado, presidente de la firma  que  se encargó de la administración del Hotel Mariscal Robledo, habría hecho  claridad  sobre  el  papel  de  PEREA  BUENAVENTURA  en  el manejo del Hotel, en  especial de las obligaciones contraídas con la DIAN.   

Asegura  que  Henry  Alonso Ortiz Lugo, cuyo  testimonio  fue también decretado y no practicado, fue designado por los nuevos  propietarios  del  hotel  como su nuevo gerente, y estuvo en la reunión con los  servidores    de    la    DIAN;    por    lo    tanto,   asegura,   “esta  posición  lo hace conocedor de  todo  el  asunto que dio  origen a este proceso penal, e igualmente habría  aclarado    la  situación  del  enjuiciado  en  este  proceso.”   

A  su turno, la contadora del Hotel Mariscal  Robledo        Fraceneth       Rodríguez       Herrera        –asegura  el casacionista- “habría  podido aclarar la situación  personal   de   SERGIO  TULIO  PEREA  BUENAVENTURA  frente  a  las  obligaciones  tributarias   contraídas   con   la   DIAN,   llevándonos   a   establecer  su  responsabilidad  o no en el incumplimiento que se dio de las mismas.”   

Por  otra  parte,  reprocha  que,  una  vez  decretada  la revisión a los libros de contabilidad del hotel, los funcionarios  del     CTI     comisionados     hubieran     informado     que     “se  recibió una respuesta escrita de  parte  de  la administración actual de Hoteles Cartago E.U., donde informan que  no  pueden  ponerse a disposición los libros de contabilidad del Hotel Mariscal  Robledo  pues  desconocen  su paradero o loa forma de obtenerlos. Con base en lo  anterior,  no  puede  darse  cabal  respuesta  a  lo  comisionado en el despacho  comisorio   No.  03  toda  vez  que  no  se  obtuvo  elementos  de  juicio  para  ellos”.   

Frente  a la situación reseñada, el censor  critica       que       los       funcionarios      judiciales      “se  quedaran  tranquilos”  y  no  hicieran  ninguna indagación  para     conocer     el     paradero     de     los     libros,     “prueba  que  hubiera podido llevar al  juez  a  tomar una decisión diferentes”,   pues   dichos   documentos   tienen   por   objeto  “fundamentar   la  determinación  de  cargas  tributarias,  precios y tarifas”,  según  el Decreto 2649 de 1993. Así, sostiene el demandante, el  análisis  de  la contabilidad del hotel, en particular lo referente al impuesto  sobre  las  ventas  por  pagar, hubiese permitido determinar que se trata de una  obligación  en  cabeza  del Hotel Robledo y de Cootrapromar, y no de su gerente  SERGIO TULIO PEREA BUENAVENTURA.   

Por  último,  reprocha  que  el  proceso no  indagara  sobre  la  falsedad  en la declaración de impuestos a las ventas  del  período  6,  tal como lo refirió PEREA BUENAVENTURA en su indagatoria, al  precisar  que él no había firmado ese documento. Critica que el despacho no le  tomara  juramento  por la denuncia formulada, como era su obligación según los  artículos  250  de  la  Constitución Política y 114 de la Ley 600 de 2000, ni  hubiera  desplegado otras actuaciones, tales como exigir a la DIAN la entrega de  los  documentos  originales  de las declaraciones de los períodos 1, 2 y 3 para  ordenar      un      dictamen      ‘dactilográfico’  y  de  esta forma excluir del proceso el documento aludido por ser  una  prueba  nula  de  pleno  derecho,  y  compulsar  las  copias  para  que  se  investigara ese comportamiento.   

Reclama que, al contrario de lo anterior, el  fiscal   acogió   la   ley   del   menor   esfuerzo  y  prefirió  ‘escurrirle   el   bulto’  a  sus obligaciones, en tanto que el  Tribunal  apreció  que  la falsedad mencionada fue convalidada por el procesado  al  suscribir  los  acuerdos  de  pago. Así, señala que la posible falsedad en  documento  público  no  tuvo importancia para ninguno de los intervinientes, en  contravención al deber de investigación integral.   

Sostiene, entonces, que si se hubiese probado  la  falsedad  denunciada  la  resolución  de  acusación  hubiese  quedado  sin  fundamento,  debido  a  la  nulidad  de  pleno  derecho que se configuró por la  obtención   de   la   prueba  documental  con  violación  al  debido  proceso.   

De  haber  valorado  en conjunto las pruebas  omitidas  según las reglas de la sana crítica el sentenciador hubiera inferido  que  PEREA  BUENAVENTURA,  a pesar de haber firmado los acuerdos de pago, no era  el  titular  de  la obligación tributaria y, por lo tanto, habría concluido en  su  absolución.  A  la  misma conclusión habría arribado de haber considerado  “la posible prueba falsa  arrimada        al       plenario”.   

Cuestiona  la afirmación del Tribunal en el  sentido   de  que  el  que  firma  responde  penalmente,  independientemente  de  cualquier  otro  requisito,  y reprocha que la inactividad de la justicia afecta  la  estructura  de  la  actuación  seguida  contra  PEREA  BUENAVENTURA;  de no  admitirse     así,     se     daría     a     entender     que    “toda  esa  entelequia  llamada debido  proceso     no     deja     de     ser     un     mero    formalismo”.   

Por último, tras reseñar las posturas de la  Sala  sobre  el  carácter contradictorio del proceso y de la doctrina nacional,  el  casacionista le pide a la Corporación que case la sentencia impugnada y, en  consecuencia,  decrete  la  nulidad  de  todo lo actuado desde la resolución de  acusación del 9 de agosto de 2006.   

CONSIDERACIONES    DE   LA   CORTE   

Competencia.  

1. Ante todo, es preciso señalar que la Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia es competente para emprender  el  estudio  formal  de la demanda de casación, pues el numeral 1 del artículo  75  del  Código  de  Procedimiento  Penal de 2000, en asocio con el 205, inciso  tercero y 213 del mismo estatuto, le asigna dicha función.   

Presupuestos  de  la  casación  por  vía  discrecional     y     carga     argumentativa    que    le    corresponde    al  demandante.   

2. Vale destacar, además, que en el presente  asunto    solamente    procede    la   casación  discrecional, en los términos  del   inciso   3º   del  artículo  205  de  la  Ley  600  de  2000,  toda  vez  que  no  se cumple el presupuesto de la cuantía de la  pena  correspondiente  al  delito  por  el que fue condenado el procesado.    

Así,  aún  cuando  es  cierto que el fallo  impugnado  fue  proferido  por  la  Sala Penal del Tribunal Superior de Buga, de  todos  modos  el  comportamiento  punible  de  omisión  de  agente  retenedor o  recaudador  (artículo  402  del Código Penal) tiene legalmente fijada una pena  máxima  de  prisión  de 6 años, guarismo inferior al que se requiere para que  proceda    el    recurso    extraordinario    de    casación    por   la   vía  ordinaria.   

Por  lo  tanto, el  apoderado  judicial  del  procesado SERGIO TULIO PEREA  BUENAVENTURA,  demandante  en  casación,  ha  debido  advertir  que  solamente  podía  recurrir  por  la  vía  excepcional según lo  previsto  en  el inciso 3° del artículo 205 del Código de Procedimiento Penal  (Ley  600  de  2000),  expresando  la  necesidad de la  admisión  del  escrito con el fin de obtener el desarrollo de la jurisprudencia  o  la  protección de los derechos fundamentales que hubieren sido transgredidos  en  el  trámite  ordinario  del  proceso, únicos motivos por los que puede ser  acogida  su  demanda,  correspondiéndole a la Corte decidir, en ejercicio de la  discrecionalidad  que la ley le otorga –y,  en  todo  caso, antes de abordar el estudio de los requisitos de  admisibilidad del cargo- si la acepta o rechaza.   

Lo  anterior  significa  que  las  razones  que han de justificar la admisión discrecional de la  demandas  no  siempre  pueden  confundirse  con  el  desarrollo  de  los  cargos  concretos  que  se  formulen  por  alguna de las causales de casación contra el  fallo  de  segundo  grado,  pues  si  se  refundiera en uno solo el razonamiento  encaminado  a  admitir  la  demanda  con aquel que sustenta el cargo propiamente  dicho,  no  existiría  ninguna  diferencia entre la casación discrecional y la  casación ordinaria.   

En otras palabras, no basta la postulación y  desarrollo  de  la  causal de casación para enseñar a la Corporación por qué  debe  admitir  el  escrito,  sino  que  esto  último  debe  abordarse  antes de  emprender  la  fundamentación  de  la  equivocación que configura la causal de  casación  seleccionada.  En  este  sentido,  téngase  en cuenta que la nulidad  originada  en  la  violación  al  deber  de  investigación integral (motivo de  casación  que en este caso ensaya el apoderado del procesado) es  también  una  causal  que  cabe invocar por la vía ordinaria; pero cuando se orienta por  la  modalidad  excepcional  su  sustento  ha de ir precedido por un razonamiento  encaminado  a  enseñar  a  la  Colegiatura  las  razones  por  las  cuales debe  discrecionalmente admitir el escrito.   

Ello  implica  que  el  estudio  acerca del  aspecto   formal   de  la  demanda  se  efectuará  a  posteriori,  siempre  y  cuando  previamente la Corte  haya  arribado  –con apoyo  en  el  discurso del impugnante- a la conclusión que es necesario tramitar, por  excepción,  el  recurso  extraordinario  para  la protección de las garantías  fundamentales   o   con   miras   a  desarrollar  la  jurisprudencia.   

Si se tratare de lo primero, el demandante en  casación  está  obligado  a desarrollar una argumentación lógica, dirigida a  evidenciar  el  desacierto, siendo necesario, por una parte, que identifique con  precisión   la   garantía   que   estima   vulnerada   e  indique  las  normas  constitucionales  que  la  contienen y, por la otra, que demuestre su violación  en  la  sentencia,  a  través  del quebrantamiento de la estructura básica del  proceso o la violación de un derecho fundamental.   

Y  si  la  casación discrecional se intenta  para  desarrollar  la  jurisprudencia,  al censor le es exigible mencionar en la  demanda  si  con  la  impugnación de la sentencia de segunda instancia persigue  que  la  Corte unifique posturas conceptuales, actualice la doctrina o aborde un  tópico  aún  no  desarrollado,  precisando  en  todo  caso la manera en que la  decisión  solicitada  tiene  la  utilidad  simultánea  de brindar solución al  asunto y, al mismo tiempo, servir de guía a la actividad judicial.   

El caso concreto.  

3.  Desde  ya  la  Corporación anticipa su  conclusión   en   el   sentido   de  que  inadmitirá  el   cargo   único   formulado,   toda  vez  que  su  postulación  se  aparta  de  los  lineamientos  reseñados en precedencia, y su  desarrollo  incumple el presupuesto de trascendencia que opera tanto respecto de  los  motivos  de  nulidad,  como  de  los  reproches  que  se  traen a esta sede  extraordinaria.   

4.   Así,   como   ya  se  advirtió,  el  casacionista  pasa  por alto que la única vía para acceder a sede de casación  lo  es  la  modalidad extraordinaria; y es así que omite el deber de enseñar a  la  Corte  las  razones  por  las  cuales debe admitir de manera discrecional el  libelo.  Y  aún  cuando  es  cierto  que  el  recurrente  insiste  en hacer alusión a diferentes aristas del  debido  proceso,  entre  ellas el deber de investigación integral, el carácter  controversial  de la práctica probatoria, así como al Estado de Derecho,   también  lo  es  que  con  tan  genéricas aseveraciones no logra enseñar a la  Corporación  los  motivos  para  emprender  el  estudio  del  fallo  recurrido.   

5. Bastaría, entonces, este grave yerro de  postulación  para  inadmitir el libelo. No obstante, para ahondar la Sala en el  convencimiento  que  le  asiste  sobre  la  determinación  que  adopta  en esta  providencia,  encuentra  que  aún  cuando  le fuera permitido pasar por alto la  inconsistencia  referida,  de  todos  modos  los  razonamientos que sustentan el  cargo  adolecen de yerros igualmente importantes, en la medida en que se apartan  de  la  vía  de censura seleccionada y no demuestran la trascendencia del vicio  pregonado.    

Recuérdese  que  el  motivo de nulidad que  alega  el  casacionista  se  contrae  a  que la omisión probatoria que denuncia  condujo     al     sentenciador     a     no     advertir    que    i)  la  obligación tributaria recaía en  los  dueños del establecimiento de comercio y no en su gerente, el hoy acusado;  ii)  que  éste firmó unos  acuerdos  de  pago  con la DIAN en el entendido de que él no era el responsable  de  la  obligación,  y  iii)  que  la  decisión  se  apoyó en prueba obtenida  con violación al debido  proceso.   

Ahora  bien, teniendo en cuenta la clase de  irregularidad    que    pregona    el   casacionista   a   través   del   cargo  único   (violación   al  principio  de  investigación  integral),  la Sala estima necesario recordar que  cuando  se trata de invocar una nulidad con fundamento en ese particular motivo,  al   libelista  le  corresponde  señalar  en  forma  concreta  el  elemento  de  persuasión  dejado  de  allegar a la investigación; dar alcance a su idoneidad  legal  y  fáctica,  es  decir,  su  particular  relevancia  dentro del proceso,  supuesto  que exige definir cuál es su conducencia y verdadera utilidad, única  manera  de  observar  su  trascendencia  por traer al expediente un conocimiento  más  real  sobre los hechos. Es así que de no acreditarse la trascendencia del  vicio,  el argumento casacional se quedaría a mitad de camino, en razón de que  no  pasa  de  denunciar  una mera irritualidad incapaz de afectar la validez del  proceso.   

Vistos  los  derroteros  que  orientan  las  exigencias  de  lógica  y  debida  argumentación  exigibles  a  la  demanda de  casación  en orden a que sea admitida, así como aquellos propios del motivo de  nulidad  invocado,  la  Sala  advierte  que  los  razonamientos  que  ofrece  el  demandante  no  cumplen con los presupuestos aludidos, toda vez que se limitan a  formular  hipótesis inciertas sobre los beneficios que, en criterio del censor,  traería   al   estado   probatorio  de  la  actuación  la  práctica  de  unas  declaraciones,  una  inspección  judicial  y  la determinación de una falsedad  documental,  con  el  fin de reabrir discusiones probatorias ya resueltas en las  instancias.   

El  planteamiento  así  ofrecido  por  el  demandante  no  es  idóneo para los efectos que se propone porque, como la Sala  ya  lo  ha  decantado, lo relevante para predicar la violación del principio de  investigación  integral  no  es  la  omisión  probatoria en sí misma, sino la  eventualidad  de que, aquello que la prueba pueda traer  al  proceso,  tenga  la  capacidad  de  modificar  el  estado  probatorio  de la  actuación,   y   de   allí   la  de  mutar  el  sentido  de  la  decisión  de  fondo;  en  otras palabras, como la Corte lo ha dicho,  la   trascendencia  de  la  omisión  “deviene  de  su oposición a la lógica del fallo, pues sólo si lo  desquicia  imponiendo  una orientación distinta de la que el mismo contiene, el  cargo       puede       prosperar”.   

Así,  en el caso que ocupa la atención de  la  Sala,  se  tiene  que  el  casacionista,  aún  cuando  en verdad acierta al  identificar  cuáles  fueron  las  pruebas  omitidas, de todos modos se limita a  proponer  hipótesis  inciertas  de  aquello que -según cree- podrían traer al  proceso  y que, en todo caso, solamente buscan dar lugar a una nueva oportunidad  de  emprender  la  apreciación  probatoria  para  sustentar  las  mismas  tesis  defensivas que el juzgador desestimó en el fallo.   

a.  En efecto, el  casacionista  considera  que  a  través de la práctica de las declaraciones de  Fabio  Ernesto  Quintero  Cardona, Mauricio Sierra García, Carlos Alberto Misas  Hurtado,  Henry  Alonso  Ortiz Lugo, Fraceneth Rodríguez Herrera, las cuales en  verdad  no  fueron  practicadas, se demostraría que la obligación del pago del  impuesta  no  recaía  en  el  entonces gerente SERGIO TULIO PEREA BUENAVENTURA,  sino en los dueños del Hotel Mariscal Robledo.   

Y que la misma conclusión habría arrojado  la  inspección  a  los  libros  de contabilidad del mencionado establecimiento,  como   también   la   determinación  de  una  falsedad  ideológica  sobre  la  declaración  del  impuesto al valor agregado para uno de los períodos del año  2001.   

Pues  bien,  además  de  que  el libelista  solamente      ofrece     como     una     mera     expectativa     –bien  discutible,  por demás- que los  declarantes  y  la  inspección  de los libros contables en verdad dirán lo que  conviene  a  los  intereses  defensivos,  de  todos  modos  lo  cierto es que el  sentenciador  descartó  cualquier  posibilidad de que la obligación impositiva  recayera  en  los  dueños  del  hotel  y no en su entonces gerente SERGIO TULIO  PEREA BUENAVENTURA.   

Véase cómo el a  quo,  a  fin  de demostrar que el responsable del pago  del  IVA  para  el  año  de 2001 era el entonces gerente PEREA BUENAVENTURA, se  apoyó  en  la  denuncia  realizada por el Director de la DIAN de Tuluá; en las  declaraciones  de impuesto a las ventas correspondientes a los períodos cuarto,  quinto  y  sexto de 2001; en el informe del grupo de ejecutores en el que consta  que  la  obligación  impositiva  aparece  a  nombre  del hoy procesado, y en el  certificado  de  Cámara  de  Comercio  en donde consta la condición de persona  natural del gerente PEREA BUENAVENTURA.   

Y     apreció    que    “si  bien  es  cierto  hubo  cambio de  gerente,  no  lo  es  menos el hecho que por la condición de gerente que operó  hasta  finales  del año 2001, él suscribió dichas declaraciones ante la DIAN,  y  como  liquidador  de  las  aludidas  no  era  ajeno al compromiso”.   En el mismo sentido, explicó  que  por ser el gerente el hoy acusado tenía la condición de agente recaudador  y la consiguiente obligación de hacer el pago omitido.   

A su turno, el Tribunal encontró igualmente  que  el  responsable  del  pago  del impuesto no era otro que SERGIO TULIO PEREA  BUENAVENTURA,  pues  él fungió como gerente del Hotel Mariscal Robledo para el  año  2001;  para  ello,  se  sustentó  en  el numeral 9 del artículo 95 de la  Constitución  Política  y  en los artículos 1, 2, 3, 420 y 429-A del Estatuto  Tributario  (Decreto  624  de  1989).  Además  de  lo  anterior, recurrió a la  Sentencia  de  Constitucionalidad  C-009  del  23 de enero de 2003 en la cual se  precisa,  entre  otros  aspectos,  que “el  agente  retenedor  no puede confundirse con el sujeto pasivo de  la         relación        tributaria        o        contribuyente”.   

Así   las   cosas,  si  el  sentenciador  argumentó  que  el  sujeto  activo  del  artículo 402 del Código Penal era el  gerente  del  establecimiento  de  comercio  y  no sus dueños, entonces ninguna  trascendencia   tendría   ahora   -para   demostrar  con  suficiencia  que  las  declaraciones  omitidas  son  idóneas para mutar el sentido del fallo- el hecho  de   que   todos  los  deponentes  enunciados  declararan  como  lo  señala  el  censor.    

Lo que deja entrever la tesis del impugnante  es  que  en  esta  sede  se debe entender que la condición de agente recaudador  –al  contrario  de lo que  concluyó  el  juzgador-  se  predica  del  propietario  del  establecimiento de  comercio,  alegato  que  ha  debido  orientar  como  una  violación  directa  o  indirecta  de  la  ley  sustancial,  por  vía  de  su interpretación errónea.   

b. Por otra parte,  el  censor pretende que con los testimonios de los funcionarios de la DIAN Jorge  Alberto  Colonia  y  María  Victoria  Torres  se  acredite que el gerente PEREA  BUENAVENTURA  firmó  los  acuerdos de pago con dicha entidad en el entendido de  que él no era el responsable del pago.   

Pero,  en lugar de acreditar de qué manera  los  testimonios  omitidos habrían de traer al proceso una nueva situación que  hubiera  permitido  mutar  el sentido del fallo, no logra más que oponerse a la  apreciación  del juzgador, para quien no resultó creíble que un individuo con  las  calidades  y la experiencia del aquí procesado pudiera suscribir de manera  inadvertida  un  compromiso de pago, sin conocer sus reales implicaciones; menos  aún,  que  ya  avanzados  el  proceso  y  las  conversaciones  con  la  entidad  denunciante  aquel  no hubiera objetado el compromiso suscrito, apreciación que  remató    con    esta    máxima    de    la    sana   crítica:   “escapando  a  toda  lógica  que  se  acepte  la  cancelación  de  una  obligación,  si  no  se considera idóneo el  documento  contentivo de la obligación”.   

Una vez más, debe decirse, entonces, que la  prueba  que  el  censor  estima  indebidamente omitida solamente logra apoyar su  discrepancia  con  la regla de la lógica últimamente citada, para así reabrir  una  discusión  probatoria  sobre  una  tesis  defensiva  que  el  fallador  no  compartió;    dicho   de   otra   manera,   la  prueba  no  practicada  es  intrascendente   para   el   resultado   del   proceso  porque  el  sentenciador  efectivamente  se  ocupó  de  aquello  que con el elemento de juicio omitido el  sujeto  procesal  ahora  aspira  a  demostrar. De modo que de haber obrado en la  actuación,   no   tendría   la   capacidad  para  desquiciar  la  apreciación  judicial.   

El razonamiento del libelista así concebido  se  dirige  a  apoyar su discrepancia con la apreciación judicial de la prueba,  pues  en  últimas  lo  que  pregona  es  que  se  le  debe  otorgar  una  mejor  credibilidad  al  dicho  del  indagado,  en cuanto expresó que al suscribir los  acuerdos    de    pago    no    se    entendía    como    responsable   de   la  obligación.   

c.    Por  último,  el  demandante  aduce  que  uno  de  los  documentos  donde  consta la  declaración  del IVA, más precisamente el correspondiente al sexto periodo del  año  2001,  fue  el  producto  de  una  falsedad que el proceso no se ocupó de  demostrar.  De  haber tenido en cuenta esta situación, dice el casacionista, el  sentido del fallo habría sido el opuesto.   

Un  aserto  como  el  que  así  ofrece  el  impugnante  carece  de  relevancia para los efectos que se propone. Lo anterior,  por  cuanto  surge  nítido que la actuación no desplegada por los funcionarios  judiciales     a     cargo    de    la    actuación    procesal    –que  ha  debido orientarse a acreditar  la  materialidad  de  la  falsedad  que  alega el recurrente- ninguna relevancia  tiene  para  modificar  el sentido de la sentencia, debido a que aún cuando, en  gracia  de  discusión,  se admitiera que uno de los documentos sobre los que se  sustentó  la obligación (la declaración del impuesto correspondiente al sexto  periodo  del  año  2001)  es  el  producto  de  una falsedad, de todos modos la  acusación  aún  se  sustenta  sobre  los demás documentos firmados por el hoy  procesado, según él mismo lo reconoció.   

Por  otra parte, el argumento del libelista  pierde  de  vista  que –una  vez  más-  aún  cuando  se hubiere demostrado que el documento estaba afectado  por  la  irregularidad  que pregona, en todo caso el Tribunal señaló que PEREA  BUENAVENTURA  era  aún  el  gerente  del  hotel para el sexto período de 2001,  motivo  por  el  cual  la  obligación de pago del impuesto aún recaía en él,  independientemente  de las inconsistencias en su firma. He aquí otra razón que  demuestra    la    intrascendencia    del    razonamiento    que    propone   el  impugnante.   

Además de todo lo anterior, con su denuncia  el  censor  busca  que en esta sede se tenga como una falsedad una circunstancia  que  para  el sentenciador no tuvo esa connotación.  En efecto, véase que  el  funcionario  judicial  de  instancia  apreció  que PEREA BUENAVENTURA nunca  tachó  de falso el documento, pues sobre él realizó un compromiso de pago por  la  totalidad  de  la  obligación  insoluta  que  se le atribuía, sin negar la  acreencia.  Por  el  contrario, el casacionista pide que la inconsistencia en la  firma  del  documento  –al  contrario   de  lo  que  apreció  el  juzgador-  se  tenga  como  una  falsedad  ideológica y de ella se deriven consecuencias procesales.   

Es así como el censor insiste en faltar al  deber  de  demostrar la trascendencia de la omisión denunciada (la prueba de la  materialidad  de  una  falsedad),  al  tiempo  que  pasa  por alto que la prueba  faltante,  aún cuando obrara en el proceso y fuera tomada en consideración, en  verdad  carecería  de  toda  incidencia  para desestimar los razonamientos y el  resultado del proceso.   

En  conclusión,  por  faltar,  además, al  principio  de  trascendencia,  la  demanda  de  casación  será inadmitida a esta sede extraordinaria.   

6. Por último, se advierte que del estudio  del  proceso  no  se vislumbra violación de derechos fundamentales o garantías  de  los  sujetos  procesales que amerite el ejercicio de la facultad oficiosa de  índole   legal   que  al  respecto  le  asiste  a  la  Sala  para  asegurar  su  protección.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

         R E S U E L V E   

INADMITIR la demanda  de   casación   presentada   por   el   apoderado  del  procesado  SERGIO    TULIO    PEREA    BUENAVENTURA.   

Contra  esta  decisión  no  procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

JAVIER  ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                           FERNANDO   ALBERTO   CASTRO  CABALLERO   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                                            ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO                         

MARIA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS               AUGUSTO  J. IBAÑEZ GUZMÁN            

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                          JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                                                                                                                                   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria    

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