29184(22-05-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 29184  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrados Ponentes:  

MARÍA    DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

AUGUSTO JOSÉ IBAÑEZ GUZMÁN  

Aprobado Acta No. 128  

     Bogotá, D.C., mayo  veintidós (22) de dos mil ocho (2008).   

VISTOS  

Procede  la Sala a examinar si el libelo de  casación   presentado   por   el   defensor   de   la   procesada  LUZ  HELENA  TARQUINO  GALLEGO, contra el  fallo  de  segundo  grado  proferido,  el 11 de octubre de 2007, por el Tribunal  Superior  de  Bogotá,  confirmatorio  del  dictado el 5 de julio inmediatamente  anterior  por  el  Juzgado  Trece Penal del Circuito de Conocimiento de la misma  ciudad,  por  el  cual  se  la  condenó  como autora penalmente responsable del  delito   de  hurto  agravado por la confianza y la cuantía, satisface o no  los  requisitos  de lógica y adecuada argumentación establecidos para proceder  a su admisión.   

HECHOS  

El Juez Colegiado, al desatar la apelación  contra  la  sentencia,  reiteró  los  narrados en pretérita oportunidad, así:   

“Según  denuncia  penal presentada el 16  de  mayo  de  2006  por  el Representante Legal de la  empresa            Bogotá           (sic)1   Ltda.,   la   imputada   Luz  Helena  Tarquino  Gallego  aprovechó  la  facultad  que  ostentaba  de  recibir  pagos  de  los clientes,  efectuar  pagos  facultativos  y  tener  acceso  a la  información    de   la   empresa,   para   realizar  apropiaciones  parciales  de  dinero  desde el mes de  abril  de  2004, el cual era cobrado a los clientes y,  que    sumados    sus    valores   arrojaron   la   cantidad   de   $103.115.267.   

El faltante del dinero fue advertido por las  directivas  de la compañía  afectada,  al  ejecutar un arqueo de caja en el mes de  febrero  del  cursante  año  (2006),  por  lo  que enviaron cartas de   cobro   a   los   clientes   supuestamente  en  situación  de  morosidad,  quienes  comunicaron  haber realizado los  pagos por conducto de la imputada.   

Al       ser     requerida   Luz   Helena   Tarquino   Gallego,  pretendió  justificar  su  actuar  alegando ser  objeto  de  extorsión  desde  el mes de diciembre de  2004,   pero   no   supo   explicarlo   para   cuado   (sic)   rindió  descargos  ante  la  compañía, el 29 de marzo de 2006”.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

En razón de lo anterior, el 13 de junio de  2006,  ante  el  Juzgado  Cuarenta  Penal Municipal de Bogotá, con funciones de  control  de  garantías,  a  solicitud  de la Fiscalía Local 314, se llevaron a  cabo  sendas  audiencias  preliminares  en  las  cuales  se formuló imputación  contra  la  procesada  por  el  delito  de  hurto agravado por la confianza y la  cuantía,  en concurso homogéneo y sucesivo e impuso medida de aseguramiento no  privativa de la libertad.   

El  13  de  julio  de 2006 la Fiscalía 117  Seccional  presentó  el  correspondiente  escrito  de  acusación  por el mismo  delito    y    cuantía    que    diera    sustento   a   la   formulación   de  imputación.   

En  audiencia  del  28  de julio de 2006 el  Juzgado  Trece  Penal  del Circuito de Conocimiento de Bogotá, una vez escuchó  los  reparos  de  la defensa sobre el escrito de acusación, se pronunció sobre  los  mismos  luego  de conocer el contenido de aquella, por lo cual, enterado de  su  alcance,  manifestó  su  incompetencia por razón de la cuantía al estarse  frente   a   un  concurso  homogéneo  y  sucesivo  de  delitos,  donde  ninguno  satisfacía   el   monto   para   conservarla;  en  consecuencia,  remitió  las  diligencias  al Tribunal, con fundamento en lo previsto en el artículo 54 de la  Ley  906  de  2004, el cual, con proveído del 5 de septiembre de 2006, decidió  mantenérsela por tratarse de “un delito unitario de hurto”.   

En  diligencia del 29 de septiembre de 2006  la  Fiscalía  aclaró  el  escrito de acusación y expresó estarse frente a un  delito  unitario  de hurto agravado por la confianza y la cuantía, tras lo cual  se declaró formalmente formulada la acusación.   

Agotadas  las  audiencias preparatoria y de  juicio  oral,  así  como el incidente de reparación integral, el Juzgado Trece  Penal   del  Circuito  de  Conocimiento  de  Bogotá,  condenó  a  LUZ  HELENA  TARQUINO GALLEGO como autora  responsable  de la infracción atrás señalada, a la pena principal de cuarenta  y  ocho  (48)  meses  de  prisión,  a  la  accesoria de inhabilitación para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas por el mismo término y, al pago  solidario  de perjuicios por $58.649.004,67, junto con la Cooperativa de Trabajo  Asociado  Coopfuturo 3000 C.T.A., vinculada como tercero civilmente responsable.  Finalmente,  le  sustituyó  la  pena  privativa  de  la  libertad  por prisión  domiciliaria.   

         Impugnada  esa  decisión  por  la  defensa y el tercero civilmente  responsable  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  mediante  sentencia del 11 de  octubre  de  2007,  la  confirmó  en  su  totalidad,  en  contra  de la cual se  interpuso  recurso  extraordinario  de casación por el apoderado judicial de la  procesada, a través de libelo allegado oportunamente.   

LA  DEMANDA   

         El   defensor  de  LUZ  HELENA  TARQUINO  GALLEGO  formula  tres  censuras, dos al amparo de la  causal segunda de casación y uno con fundamento en la primera.   

         El     primer    cargo    denuncia  el  desconocimiento  de las formas propias del juicio por  cuanto  se  juzgó  a  la procesada con fundamento en la Ley 906 de 2004 la cual  sólo  entró  a  regir  a  partir  del  1º  de  enero  de 2005 de acuerdo a lo  dispuesto  en  su  artículo  533, a pesar de haber sido acusada por un concurso  homogéneo  y  sucesivo  de  conductas punibles contra el patrimonio económico,  ejecutadas  entre  los  años  2004  y  2006;  por  lo tanto, asegura, ha debido  aplicarse  la  Ley 600 de 2000. Además, como ninguna de las infracciones supera  150  salarios  mínimos legales mensuales, estima que la competencia corresponde  a  las  fiscalías  locales  durante  la etapa de la instrucción y a los jueces  penales municipales la del juicio.   

         A  la  par  discute  la  violación  del debido proceso, por cuanto  precluida  la  oportunidad  para  aclarar,  adicionar  o  corregir el escrito de  acusación,  con  posterioridad,  el  29 de septiembre de 2006, a pesar de estar  legalmente  formulada  la  misma, se permitió su aclaración en orden a ajustar  la  imputación  jurídica a la adecuación típica dispuesta por el Tribunal en  auto  del  5  de  septiembre de 2006, no obstante la inexistencia de norma en la  Ley   906   de  2004  bajo  cuyo  amparo  pudiera  procederse  así.     

         Adicionalmente,  reprocha  al Tribunal por haberse inmiscuido en la  adecuación  típica al definir la competencia, por cuanto esa facultad es de la  fiscalía  conforme  se  desprende de lo consagrado en los artículos 336, 337 y  339 de la Ley 906 de 2004.   

         En  suma, solicita casar la sentencia y en consecuencia declarar la  nulidad  de  lo  actuado  desde  la audiencia de formulación de imputación o a  partir   del   auto   del   5   de   septiembre   de   2006   proferido  por  el  Tribunal.   

         El     segundo    cargo    alega  haberse  dictado  el  fallo en un juicio viciado de nulidad,  por  cuanto  dos de los integrantes de la Sala del Tribunal que dictaron el auto  del  5  de  septiembre de 2006, por medio del cual se definió la competencia en  el  caso  particular,  donde  se insinuó la adecuación típica, en concreto la  existencia  de  un delito unitario de hurto, encuadramiento luego acogido por la  Fiscalía,  a  su  vez conocieron del recurso de apelación contra la sentencia,  siendo   precisamente   la  tipicidad  uno  de  los  puntos  discutidos  por  el  impugnante,  frente  al cual la segunda instancia decidió estarse a lo resuelto  al  fijar  dicha  competencia; por lo tanto estima que tales magistrados estaban  impedidos  para desatar la alzada, de conformidad con lo dispuesto en el numeral  6º  del  artículo  56 de la Ley 906 de 2004, en consecuencia, solicita se case  la sentencia y declare la nulidad del fallo del Juzgador Colegiado.   

         El     tercer    cargo    acusa  la sentencia por haber incurrido en la violación directa de  la  ley  sustancial,  por interpretación errónea del artículo 6º del Código  Penal,  donde  se  consagra  el  principio  de  favorabilidad,  por cuanto en la  audiencia  de  formulación de acusación se aceptó que el primer apoderamiento  ocurrió  en  abril de 2004, época para la cual no estaba vigente la Ley 890 de  ese  año.  En  consecuencia,  por lo tanto, en el caso particular no es posible  aplicar el incremento punitivo previsto en su artículo 14.   

         Rechaza  el  argumento  del  Tribunal según el cual, como  la  Ley  890  de  2004  está  ligada  a  la Ley 906 del mismo año, deben aplicarse  conjuntamente  porque  forman  parte del nuevo sistema acusatorio, ignorando por  esta  causa  la  obligación  de  aplicar  la norma de carácter sustancial más  favorable,  por  ende,  en  su  sentir,  no  hay lugar a aplicar los efectos del  artículo  14  de la Ley 890, pues el referido delito único se inició en abril  de 2004.   

Reclama, entonces, la reducción de la pena  de  prisión  en doce (12) meses, observando cómo de esta manera frente al caso  particular,  se  cumplen  los  presupuestos  del artículo 63 del Código Penal,  tanto  de orden objetivo como subjetivo, si se atiende a la prueba recaudada, en  consecuencia,  pide  se case parcialmente la sentencia y redosifique la sanción  según  lo  anotado,  así  mismo,  se  conceda la suspensión condicional de la  ejecución de la pena privativa de la libertad a la procesada.   

         

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Con ocasión de la entrada en vigencia de la  Ley  906  de  2004, la Corte ha señalado que si bien al regular el instituto de  la  casación  no  distingue  entre  la modalidad ordinaria y la excepcional, en  cuanto  fue  eliminada la exigencia del quantum de pena del delito por el que se  procede  para  acceder  a  tal  impugnación, en todo caso, corresponde al actor  acreditar  la  afectación  de  derechos  o garantías fundamentales, lo cual le  impone  contar  con  interés para demandar, señalar la causal, desarrollar los  cargos  en sustentación del recurso y demostrar la necesidad del fallo en orden  a  cumplir  alguno  de  los fines establecidos por el legislador en el artículo  180,  valga  decir,  la  efectividad  del  derecho  material,  el respeto de las  garantías  de  los  intervinientes, la reparación de los agravios sufridos por  éstos y la unificación de la jurisprudencia.   

         El  artículo  184  de  la  ley  en cita dispone la inadmisión del  libelo  casacional  cuando  el  demandante  carezca  de  interés, no señale la  causal,  no  desarrolle  adecuadamente los cargos de sustentación o en aquellos  casos  en  que  se advierta que no es necesario el fallo para cumplir algunas de  las finalidades del recurso.   

De  otra  parte,  en  el  estudio sobre las  exigencias  de admisibilidad de las demandas de casación, corresponde a la Sala  constatar  si  los  recurrentes  han  formulado  sus  reproches  observando  los  requisitos  de  lógica  y adecuada argumentación definidos por el legislador y  desarrollados   por   la   jurisprudencia,   para   impedir   que  este  recurso  extraordinario  se  convierta  en  una  instancia  adicional  a  las ordinarias.   

Tales  exigencias pretenden de los censores  el  desarrollo de libelos dentro de unos mínimos lógicos y de coherencia en la  postulación  y  demostración  de los cargos propuestos, de manera que resulten  inteligibles,  en  cuanto  precisos  y  claros,  por  cuanto no corresponde a la  Corte,  en  su  función  reglada  de  orden  constitucional  y legal, develar o  desentrañar  el sentido de confusas, ambivalentes o contradictorias alegaciones  de los impugnantes en casación.   

Efectuadas  las  anteriores  precisiones,  advierte  la  Sala  como  en  el  caso  particular  no se cumplen las exigencias  anotadas.   

Como  el  primer  cargo  se enfocó por la causal tercera de casación,  es  necesario  advertir  que en este caso el demandante debe precisar la especie  de  irregularidad  sustantiva  generadora  de  la invalidación, los fundamentos  fácticos   y  las  normas  vulneradas,  con  indicación  de  los  motivos  del  quebranto.   

Igualmente,  le  corresponde  determinar el  tramo  de  la  actuación  a  partir  del  cual  surte  efectos  el defecto y su  cobertura  exacta, pero también ha de indicar cómo procesalmente no hay manera  distinta  de restaurar el derecho afectado, e ineludiblemente debe acreditar que  la  irregularidad  denunciada  produce  una  secuela  negativa  y esencial en la  declaración  de  justicia  contenida  en  el  fallo  impugnado, pues el recurso  extraordinario  no puede sustentarse en especulaciones, conjeturas, afirmaciones  carentes  de  demostración  o en aspectos incapaces de originar el quebranto de  derechos,   pautas  que  el  libelista  no  siguió  en  rigor  al  formular  la  censura.   

En  efecto,  de  entrada  se  observa  como  incurre   en   mayúsculo  defecto  casacional,  pues  discute  dos  situaciones  excluyentes  entre sí, por cuanto alega la violación de las formas propias del  juicio  por  carecer  el  juez  de  competencia  y,  a  la  par, predica haberse  incurrido  en irregularidades en relación con la formulación de la acusación,  yendo así en contravía del principio de autonomía.   

La incompatibilidad es evidente, por cuanto  la   falta  de competencia del juzgador supone la carencia de validez de lo  actuado  por él, conforme se desprende de lo preceptuado en el artículo 456 de  la  Ley  906  de 2004, mientras que la denuncia de una irregularidad donde sólo  se  alude  al trámite de la formulación de acusación, envuelve la aceptación  de aquella.   

Además, uno es el desarrollo necesario para  demostrar  la  ausencia  de  competencia del juez y otro bien diverso el exigido  para     evidenciar     las    irregularidades    en    la    formulación    de  acusación.   

En  este  sentido, incumbe señalar como el  impugnante,  en  ambos  casos,  simplemente  deja  planteados  sus  reparos, sin  ofrecer  una  adecuada  argumentación  orientada  a  exponer  de  forma  clara,  coherente  y completa la real existencia e incidencia de ellos, por ende, faltó  al  principio  de razón suficiente, según el cual, el contenido del cargo debe  poseer  la  capacidad  de  explicarse  a sí mismo, en todo cuanto toque con sus  efectos  trascendentes  de  cara  al  aspecto  de  la  declaración  de justicia  contenido   en   la  sentencia  que  se  pretende  remover  con  el  recurso  de  casación.   

Para mayor abundamiento, conviene evidenciar  que  el  sector  del  cargo donde discute la incompetencia confirma este aserto,  por  cuanto nada se explica acerca de la adecuación típica que en concepto del  censor   sería   la  acertada,  por  lo  tanto,  si  esa  era  su  pretensión,  indudablemente  ha  debido desarrollar este aspecto de la censura con predicados  propios  de la causal tercera, en orden a mostrar como era correcta la tipicidad  propuesta   por   él   y  correlativamente  equivocada  la  señalada  por  las  instancias.   

En  todo  caso,  de  haber  sido  ese  el  propósito  del demandante, debió entrar a exponer que el criterio de autoridad  al  cual acudió el Tribunal en sustento de su decisión debía corregirse, pues  como   se   sabe,   la   Corte  reconoce  de  antaño  la  doctrina  del  delito  unitario2  que  ahora  se  encuentra  recogida  bajo el instituto del delito  continuado3,  el  cual  para  su  existencia  exige  la  presencia  de un plan  preconcebido   del   autor   identificable   por  la  finalidad;  pluralidad  de  comportamientos,  identidad  en  el tipo penal, prolongación de los actos en el  tiempo   y   tanto   el   autor  como  la  víctima  sean  los  mismos  en  cada  caso4.   

Lo  anterior,  entonces, pone de manifiesto  que  la defensa guardó absoluto silencio sobre el punto del que se sirvió para  discutir  la incompetencia, apartándose de esta manera del principio casacional  de razón suficiente.   

Ahora,  la irregularidad predicada respecto  de    la   formulación   de   acusación   prolonga  los       serios      defectos      de  presentación  y  demostración, por  cuanto  omite  señalar  con precisión, cuál habría sido el trámite a seguir  en  el  caso  particular  por  razón  de  la decisión del Tribunal   y,  a  la  par,    deja    de    enseñar    la  trascendencia  por  haberse  procedido de la manera como lo hizo la Fiscalía.   

En este caso, no era suficiente con recordar  las  normas  a través de las cuales se regula el trámite de la formulación de  la  acusación, sino que era menester entrar a indicar  detalladamente,  con  estricto  apego  a la realidad procesal, dónde surgía la  violación  de  las  formas  propias  del  juicio y a renglón seguido agotar el  esfuerzo  de  enseñar  cómo  sólo por conducto de la nulidad de lo actuado se  restablecía la legalidad del proceso.   

En fin, como esta tarea siquiera se inicia,  las  razones  recién expresadas y las consignadas en torno de la incompetencia    resultan    suficientes  para inadmitir la censura.   

El  segundo            cargo     también     promueve  la nulidad de lo actuado, por lo  cual       los      requisitos      exigidos   inicialmente   respecto   del   ataque   anterior   se  extienden  al  presente,  en consecuencia,   se   observa   como  omite  señalar  la  naturaleza  del  vicio  denunciado,      relacionar     con     absoluta     precisión     cuál  de las  alternativas   de  impedimento  contenidas  en el numeral 6º del artículo 56 de  la   Ley   906   de   2004  se  aplica  al  caso  concreto  y por esta vía también se sustrae de concretar  la incidencia  de la irregularidad denunciada.   

El    censor,   en   contra      de      los      principios  de  autonomía  y razón  suficiente,   en   punto  del  motivo  de  nulidad,  no   precisa   qué   derecho   o   garantía   se  comprometió  en  razón  del  presunto  impedimento de dos de los magistrados de la Sala del Tribunal que  dictaron la sentencia, pues se limita a relatar el episodio.   

En     este     sentido,   es  claro  que  le  correspondía  revelar  a  la Corte, como  con fundamento en la causal de impedimento invocada,  en  el  caso particular se  concretaba una de las alternativas allí dispuestas,  pero      además,      era      de      su     resorte     expresar,        con        absoluta     precisión, la incidencia negativa y esencial de  la  misma  de  cara  a  los derechos y garantías de la procesada, sólo     subsanable    mediante la declaratoria de nulidad de  lo actuado.    

Si   como   lo   advierte,   su   queja  radicó   en   haberse  resuelto   por   el   Tribunal    el    tema    de    la    competencia  propuesto por el defensor  en  la apelación contra la sentencia, con fundamento  en    un    pronunciamiento   anterior   de   dicho  Juzgador  dentro  de la misma actuación,  suscrito por dos de los magistrados  que    luego    desataron   la   alzada    contra    el   Fallo,   ineludiblemente  debió  señalar  el  perjuicio prodigado con  la decisión.   

La  simple referencia de haberse resuelto  el  asunto de  manera semejante en ambas oportunidades es insuficiente, por  cuanto  de  lo que se trataba, atendido el sentido de  la  censura,  era  de poner de presente cómo dos de  los  magistrados  que  dictaron  la  sentencia de segunda instancia carecían de  imparcialidad  y  por  esta  razón  adoptaron  una  decisión  en contra de las  garantías debidas a la procesada.   

A  pesar  de  la  ausencia  de requisitos  formales  evidenciados  por  el cargo, no sobra mencionar que la Corte, en punto  de  la  posible  generación  de  nulidad  en  virtud  de  la  verificación  de  impedimentos  por  parte  de  los  juzgadores, de manera inveterada ha   señalado   como   su    simple    existencia    objetiva    carece    de     la     entidad    suficiente    para    invalidar   lo  actuado,      pues      se      requiere     de     la     demostración   concreta   y  trascendente  de  sus  efectos     en    la  declaración    de   justicia   para   reconocer  su  capacidad  anulatoria5.    

Así las cosas, la falta de requisitos de  lógica   y   adecuada  argumentación  evidenciados  por    el    cargo,  imponen        su       inadmisión.   

El   tercer  cargo  fue  propuesto         al       amparo       de       la      causal      primera   de   casación   y   alegó   como   concepto   de  violación  la  interpretación  errónea  del  artículo  6º  del Código Penal, el  cual          también          exhibe  un  conjunto de defectos en su  formulación  y comprobación, por cuanto  a  pesar  de  estar pacíficamente aceptada la imposibilidad, es  este  evento, de discutir  los  hechos  declarados  en  la  sentencia, así como el alcance concedido a los  distintos  medios  de  conocimiento por el Juzgador, el impugnante discute uno y  otro   aspectos   con   lo   cual  falta  al  principio  de  autonomía  de  los  cargos.   

Conviene    señalar    desde ahora  en   punto   del  sentido  de  violación  elegido,  interpretación    errónea,    que   éste parte  del     supuesto     de    haberse    aplicado efectivamente la norma     al     caso     concreto,  pero  el  Juzgador por un  error      de      hermenéutica     falla  al determinar su alcance, por lo  tanto,  es tarea del libelista identificar el defecto  de    exégesis,    asunto   desde   luego  totalmente     ausente     en     el     caso     particular,     amén   de   no   haberse   reconocido  por   el   Tribunal  el  principio  de  favorabilidad recogido en el artículo  6º de la ley anotada.     

Incluso  dejando  de  lado  lo  anterior,  también  se  observa que si el censor perseguía la  inaplicación    del  incremento  punitivo  contenido en el artículo 14 de la Ley 890 de 2004  y  para   ello  acudió  al  argumento  de  haber  ocurrido  el  primer  apoderamiento en el año de 2004, le  correspondía  adentrarse  en  el  análisis  de  la  figura  del  delito unitario, fundamento del Juzgador  para  negar esa pretensión, no obstante, tampoco en  esta  oportunidad  el impugnante expresa los fundamentos necesarios.   

Adicionalmente,   el  principio  de  autonomía   también   se  ve  comprometido  porque  si  el  demandante acepta  la   tesis   del   Tribunal   de   estarse   frente  a  un  delito  unitario  de  hurto,    no   podía  discutir   el   supuesto   de   hecho  de    su    sustento,    según   el  cual, la procesada actuó  con  una sola finalidad que se proyectó hasta ser descubierta en el año 2006 y  por     lo    tanto,    exclusivamente   a   la  culminación   de   esa  finalidad   era   posible   predicar  el  referido  delito  unitario,  época  para la cual indudablemente estaba vigente el artículo  14    de    la    Ley    890    de    2004,    en    virtud   del   que  se  le  incrementó  la pena a la  procesada.   

También se aprecia como, en contra de las  exigencias   propias  de  la  causal  de  violación  directa,  se  ocupa  de los aspectos probatorios para señalar la procedencia de  la  suspensión  condicional de la pena privativa de la libertad negada desde la  sentencia de primera instancia.   

A         esta             inconsistencia   le  sigue  otra,  por  cuanto al alegar el reconocimiento de la suspensión  condicional    de    la    pena    privativa    de    la    libertad,      recogida      en  el  artículo 63 del Código Penal,  no   atina   a   identificar   cuál  es  el sentido de violación en este caso y por lo tanto,  en  modo  alguno  exhibe predicados  dirigidos a demostrar la pertinencia de su reclamo.   

A  pesar  de los profundos defectos en la  presentación  y demostración del cargo, por lo cual  se  impone  su  inadmisión,  conviene  recordar   que   de   acuerdo   a  la  doctrina  constante  de  la  Sala,  para  efectos de  aplicar  la  favorabilidad  de la ley penal en relación con el delito unitario,  es  preciso  tener en cuenta la época del último acto de consumación dirigido  a  alcanzar  la finalidad originalmente fijada por el  sujeto  agente6.   

De otra parte, no escapa a la Sala que en  el   proceso  de  individualización  de  la  pena  se  cometieron  varios        yerros  que  ahora  no  es  posible  remediar  por  la  limitación  del  principio          de          non   reformatio  in  pejus,   por  cuanto  a  pesar  de  reconocerse  la  existencia  de  un  delito  unitario de hurto  agravado  por  la confianza y la cuantía, recogido en los artículos   31,  239,   241  —numeral  2º— y 267 —numeral       1º—  del  Código  Penal,   una   vez   se   tomó   la  pena  mínima  básica   original   (24  meses),  se  la  incrementó en la  tercera  parte (8 meses)   en   virtud  de  la  Ley  890  de  2004,  pero el aumento por razón de la agravante de  la confianza, se hizo sobre la cifra original (24 meses).   

A  su  vez,  si  bien el incremento de la  agravante  derivada  de la cuantía se hizo sobre toda la pena hasta ese momento  individualizada    conforme    criterio    fijado    por   la   Sala7, se omitió  deducir   el   aumento  punitivo  por  razón  del  delito  unitario,  consagrado en el artículo 31 del  Código  Penal y, de allí  que   la   pena   definitiva   sólo   fuera   de   cuarenta   y   ocho  (48)  meses.   

        Finalmente,   es   oportuno   destacar   que   examinado   el   diligenciamiento  y  la providencia impugnada, la Sala no advierte violación de  derechos  o garantías de la acusada, como para que tal circunstancia imponga el  ejercicio  de  la  facultad  oficiosa  conferida  por  el legislador en punto de  asegurar su protección.   

        Cuestión final   

Teniendo en cuenta que contra la decisión  de  inadmitir  la  demanda  de  casación  presentada  por la defensa procede el  mecanismo  de insistencia, de conformidad con lo establecido en el artículo 184  de  la Ley 906 de 2004, impera precisar que, dado el silencio en dicha normativa  sobre  la  regulación  del trámite a seguir para aplicar el referido instituto  procesal,  la  Sala  ha  definido  las  reglas  para  su aplicación8,  como  se  expresa en adelante:   

        i)                      La  insistencia  es  un  mecanismo especial que  sólo  puede  ser  promovido  por  el  demandante, dentro de los cinco (5) días  siguientes  a  la  notificación de la providencia por cuyo medio la Sala decida  inadmitir  la demanda de casación, con el fin de provocar que ésta reconsidere  lo  decido.  También  podrá  ser  propuesto  oficiosamente  dentro  del  mismo  término  por  alguno de los Delegados del Ministerio Público para la Casación  Penal  —siempre  que el  recurso    de   casación   no   se   haya   interpuesto   por   un   Procurador  Judicial—, el Magistrado  disidente  o  aquel  que  no haya participado en los  debates o suscrito la providencia inadmisoria.   

       ii)                     La  solicitud  de insistencia puede presentarse  al  Ministerio  Público  por  medio  de  uno de sus Delegados para la Casación  Penal,  o  ante  uno  de  los  Magistrados  que haya salvado voto en cuanto a la  decisión  mayoritaria  de  inadmitir  la  demanda,  o  ante  cualquiera  de los  miembros de la Sala que no participó en la discusión.   

         

iii)            Es  potestativo  del Magistrado  disidente,  del  que  no  intervino en los debates o del Delegado del Ministerio  Público  ante  quien  se  formula la insistencia, optar por someter el asunto a  consideración  de la Sala o no presentarlo para su revisión, evento último en  que   informará   de   ello   al  peticionario  en  un  plazo  de  quince  (15)  días.   

       iv)                    El  auto  a  través  del  cual se inadmite la  demanda  de  casación  trae  como  consecuencia  la  firmeza de la sentencia de  segunda  instancia  contra  la  cual  se  presentó,  salvo  que  la insistencia  prospere y conlleve a la admisión de la demanda.   

        En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

         

INADMITIR  la  demanda   de  casación presentada por el defensor  de LUZ HELENA TARQUINO GALLEGO.   

        De  conformidad con lo dispuesto en el inciso segundo del artículo  184  de  la  Ley  906 de  2004 y, en los términos referidos en el acápite  final   de  esta  determinación,  contra  la  misma  procede  el  mecanismo  de  insistencia.   

Notifíquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Salvamento parcial de voto  

JOSÉ      LEONIDAS      BUSTOS  MARTÍNEZ                        ALFREDO GÓMEZ  QUINTERO                             

            

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS                 AUGUSTO JOSÉ IBAÑEZ GUZMÁN   

        Salvamento parcial de voto   

JORGE  LUÍS  QUINTERO             MILANÉS                                                        YESID     RAMÍREZ  BASTIDAS   

Salvamento  parcial  de  voto                                        Salvamento parcial de voto   

JULIO ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                              JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria   

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

Respetuosamente  discrepo de la decisión  de  mayoría  que  a pesar de reconocer que la pena impuesta en las instancias a  la  procesada  Luz  Helena  Tarquino  Gallego  fue fijada por debajo del mínimo  legal,  es  desacierto  que  “no  es  posible  remediar por la limitación del  principio  de  non  reformatio  in pejus”.   Al  respecto digo:   

1.    La  categoría  de  fundamental  de  un  derecho  se  otorga  por  su  consagración  constitucional,  norma  que  a  la  vez  se  erige  en  fuente  jurídica de sus  limitaciones.  Ella  es  una unidad, un sistema armónico y coherente, en el que  todas  sus normas son útiles para determinar los límites de los derechos y sus  posibles  restricciones  porque  no  pueden  anular  otros  derechos  de similar  estirpe  ni  la salvaguardia de éstos debe contradecir o agotar el contenido de  aquellas  prerrogativas  pues  la  interpretación correcta es la que lleve a la  máxima   efectividad  de  toda  la  Constitución9,  porque  como  con  razón  apunta Habermas   

Las normas concernientes a principios, que  ahora  embeben  todo el orden jurídico, exigen una interpretación constructiva  del  caso  particular, referida al sistema de reglas en conjunto, y muy sensible  al  contexto10.   

2.  Un  llano  test   de  ponderación  señala     que     se     deben     ponderar   las   garantías   a   la  no  reforma  peyorativa  establecida  en  el  inciso 2 del artículo 31 constitucional: “El superior no  podrá   agravar  la  pena  impuesta  (la  situación  jurídica) cuando el  condenado  sea  apelante único”, y la de legalidad  previamente fijada en los artículos 6 y 29 inciso 2  de la Constitución Política:   

Nadie  podrá ser juzgado sino conforme a  las  leyes  preexistentes  al  acto  que  se  imputa,  ante  el  juez  o tribunal competente  y con la  observancia de la plenitud de las formas propias de cada juicio”.   

3.   Para  establecer  cuál  garantía  esencial  debe primar por ostentar el núcleo más  fuerte,  hay  que decir que cuando los derechos humanos apenas hacían parte del  catálogo  de  aspiraciones  que  los  Iluministas  reclamaban  a  favor  de los  asociados,    a    partir    de    posturas    ius  naturalistas  se  les  confirió un valor absoluto e  inherente  a  la  persona, pero, una vez fueron positivados, se empezó a ver la  necesidad de relativizarlos, limitarlos o delimitarlos, pues   

el  hecho  de  vivir  en sociedad permite  atisbar  la existencia de conflictos entre diferentes titulares de derechos, por  lo  que  resulta  necesario conjugarlos armónicamente y por lo tanto limitarlos  externamente11.   

3.1.   La  jurisprudencia  del Tribunal Constitucional indica que como quiera que no existe  una  jerarquía  normativa  entre  los  diferentes  derechos  fundamentales  que  consagra   la   Carta   Política   y   los   mismos   deben   ser  garantizados   en   la  mayor  medida  posible12,  surge  un  problema  hermenéutico  cuando  estos  concurren  o  coexisten  o entran en conflicto o se enfrentan a postulados que constituyen los  pilares  que fundamentan nuestro Estado social democrático de Derecho, de donde  surge    la   necesidad   de   su   armonización13.   

3.2.  Y  la  doctrina dice que   

“Como lo muestra la problemática   de  la  colisión  de  los  derechos  fundamentales,  el  contenido  del derecho  fundamental  está  condicionado porque los derechos fundamentales pueden entrar  en  la  práctica   en  colisión   con otros derechos fundamentales y  porque  necesariamente   deben ponerse en concordancia con otras normas del  sistema  jurídico  (entendido  como  sistema  coherente).  Por  eso,  todos los  derechos  fundamentales,  respecto  de su estructura, son derechos fundamentales  condicionados.  La  razón  de ello es que pueden ser limitados según  las  circunstancias.  La  ponderación   entre  argumentos  para  normas de  derechos   fundamentales   en   colisión   es  indispensable  en  el  caso  concreto”14.   

4.    El  principio  de legalidad15  se  traduce  en  materia  penal  en  la  necesidad  imperiosa  e  insoslayable de que el legislador defina  previamente  el  delito  y  la  pena, el juez competente y las formas propias de  cada  juicio16,   con   lo   que  se  delimita  el  ejercicio  del  ius  puniendi y se ata al legislador a  los contenidos supremos, pues éste debe responder   

a  la  realización de los fines sociales  del  Estado,  entre  ellos,  los de garantizar la efectividad de los principios,  derechos  y deberes consagrados en la Constitución y de asegurar la vigencia de  un              orden             justo17.   

Y,   más   adelante,  el  debido     proceso     público  aparece  consagrado  en  el  texto   constitucional  de  manera  conglobante  pues  inmersos  en  él  pueden  observarse  los  principios  de  legalidad  y  favorabilidad,  la presunción de  inocencia,  el  derecho  a  la defensa material y técnica, el debido proceso en  sentido  estricto,  el  non bis in ídem    y    la    no    reformatio   in  pejus.   

La  supremacía  de  la  estricta   legalidad  dice  desde  luego  relación  a  los principios formales del Derecho  penal  –que limitan la  competencia  de  los  órganos  estatales  en materia de persecuciones penales-.  Desde  el punto de vista material es indudable que la prioridad corresponde a la  dignidad  humana  y,  por  tanto,  no  hay  ley que valga contra ésta, tal como  acertadamente  lo  destaca  el  artículo 1° del nuevo Código Penal Colombiano  (Ley  599  de  2000),  en armonía con el artículo 1° de la Constitución  Política  de  1991  que  reconoce a este principio el  carácter de primer  fundamento    de    todas    las    instituciones18.   

5.  Cuando un  proceso  penal  llega  al conocimiento de una autoridad superior en virtud de un  recurso  propuesto  exclusivamente  por  el  procesado, se impone la aplicación  respetuosa  del  precepto  superior  consagrado en el artículo 31 de la Carta y  desarrollado  por los artículos 204 de la Ley 600 de 2000 y 20 de la Ley 906 de  2004.  Tal  principio  tiene  cobertura  absoluta  en  la  medida en que la pena  impuesta  por  las  instancias  haya  sido  respetuosa  de la legalidad y de los  límites  punitivos  impuestos  por  el  legislador19.   

Lo antes dicho significa que en todos los  casos  en  que las decisiones judiciales se mantengan dentro de los límites que  establecen  los  preceptos  y la consecuencia jurídica que contienen las normas  penales,  al  apelante  único  no se le puede hacer más gravosa su situación,  vr.  gr.,  si  una  persona  fue  condenada  a  la  pena  de 13 años como autor  responsable  de  un  delito de homicidio agravado (art. 106 del CP), a quien por  razones  funcionales  le  corresponda  resolver la impugnación que interpuso el  acusado,  por  expreso  mandato de la prohibición consagrada en el artículo 31  de  la  Carta,  le está negado agravar su situación porque está dentro de los  límites legales.   

6.  Pero   ya  se  vio  que  en  el  Estado  Social  de  Derecho, la garantía esencial que  prohíbe  la  reforma peyorativa tanto para victimario como para víctima cuando  son  recurrentes  (tanto  en  reposición  como  en  apelación)  únicos,   no es absoluta y, en caso  de  concurrencia  o  conflicto  con  otros  derechos, se debe proceder a dar una  solución  al  asunto  por  vía  de  las  reglas de  ponderación, armonizando los límites del principio  de   legalidad   de   la   pena  con  los  de  la  prohibición  de  la  reforma  peyorativa:   

La  Ley  Fundamental, como el conjunto de  principios  básicos  que adoptan y describen el modelo de sociedad dentro de un  marco  conceptual  general,  no  es  una  codificación  cerrada  ni  un  modelo  descriptivo  completo  y  exhaustivo,  sino  que  sus  previsiones establecen el  contenido  esencial  o  los  esquemas  que engloban los valores esenciales de la  comunidad,  la  forma  de  Estado,  los  límites  de los poderes públicos, sus  funciones  y  responsabilidades, la forma de organización política, económica  y  social;  pero al lado de esa concepción estructural del modelo de Estado, se  levanta  como  razón  y  esencia misma del  Pacto  Constitucional el reconocimiento del valor superior de  la  persona humana, la supremacía de los derechos  humanos  como  metas  y fines esenciales del Estado20.   

Las penas establecidas en la legislación  penal  han  superado los exámenes de constitucionalidad y por lo tanto resultan  ajustadas        al        principio        de  proporcionalidad  para  sancionar  al  amparo de sus  extremos  punitivos  los  ataques  que  puedan  recibir  los  bienes  jurídicos  protegidos,  de  donde  se tiene que la imposición de una sanción que desborde  el  tope máximo, se tace por debajo del límite mínimo o por vía de alguna de  las  instituciones del derecho premial conlleve una rebaja de pena más allá de  la     autorizada     legalmente,     debe    ser  corregida,   sin  importar  que  el  condenado  sea  apelante  único, pues desde la Constitución se reclama imperativamente que los  poderes  públicos  en general, y la rama judicial en particular, desplieguen su  actividad  de  manera  encaminada  a  conseguir “la efectividad de los valores  superiores  de  la  justicia material y de la seguridad jurídica”21.   

En  la  vida  en comunidad y de cara a la  organización  estatal,  a  la  par  de  los derechos esenciales de vida-libertad-igualdad, cobra especial  relieve  para  hacer  real  y  efectivo  el  valor  de dignidad, el derecho   a  la  seguridad,  y dentro de este el de seguridad    jurídica…   Así   es   como  el  derecho  a  la seguridad viene a cobrar  especial  relevancia  en  el  orden a la protección de la dignidad, la vida, la  libertad  y  la  igualdad.  Sin  seguridad material y  jurídica de nada sirve la formulación abstracta de  derechos,  el  establecimiento  de  un  Estado  de  Derecho se tornaría inane e  insignificante,  pues  la  incertidumbre, la inseguridad, la variabilidad de las  situaciones  y por tanto la injusticia, cundirían, anegándose la vida social y  la  justicia  en un subjetivismo peligroso que propiciaría la inconformidad, la  violencia y la guerra civil.   

7. La pena que  legalmente  se  consagra  como  consecuencia  de un comportamiento punible está  ajustada  dentro de unos límites que le permiten caracterizarla como necesaria,  proporcional  y  razonable  (CP,  art.  3°)  y  en tal medida con ella se busca  obtener  como  fines  la  prevención  general,  retribución justa, prevención  especial,   reinserción   social   y   protección   al   condenado  (CP,  art.  4°).   

8. Algunos de  los  valores  constitucionales  que  pueden  colisionar  con  el  principio  que  proscribe  la reforma en peor, además de la legalidad (desarrollo y aplicación  del  valor  y  principio  dignidad humana),  son los derechos de las víctimas  (también titulares de  la  dignidad humana y del  derecho de defensa de sus  garantías  fundamentales)  y el deber correlativo del Estado de investigar  y  sancionar  los  delitos  con el fin de realizar la justicia y lograr un orden  justo,  amén  de la igualdad, de donde se tiene que tales derechos autorizan, e  inclusive  exigen, una limitación de esa garantía constitucional establecida a  favor            del            condenado22.   

El    principio    de    legalidad     del     delito     y     de     la     pena, es en  el    campo    penal,   un   desarrollo      y     aplicación       del       principio      esencial      de      dignidad          humana,  pues  en  este  ámbito sólo  mediante  él  se  garantiza  al  individuo  ser  tratado  como persona e innato  titular  de  derechos  y  garantías.  Es así, visto como corolario lógico del  principio    de    dignidad   humana,   que   el   principio   de   legalidad    penal   cobra   especial  jerarquía     y     prevalencia     en    el    ámbito    de    los    valores  constitucionales.   

Es   que   una   manifestación  de  la  administración  de  justicia  resolviendo  un  asunto con desconocimiento de la  legalidad  vigente  no  puede generar derechos; permitir tal dislate, ni más ni  menos,  constituye  un  asentimiento  para  que  el  infractor de la ley obtenga  beneficios  por  cuenta  del  delito o del error judicial, incurriéndose en una  insostenible  política  de  tolerancia  que arremete contra los derechos de las  víctimas  y  deja  a  la sociedad burlada: a las primeras porque no se les hace  justicia y a la segunda por la impunidad que se deriva del hecho.   

La  equivocada jurisprudencia que concede  prevalencia  absoluta  al  principio de no reformatio  in  pejus sobre el derecho a la legalidad de la pena,  deja  el  camino  abierto para que los más graves atentados contra los derechos  humanos  y  el  derecho  internacional humanitario puedan quedar en la impunidad  total,  pues bastará que por medio del delito o el error, o que bajo el influjo  de  los  diferentes  poderes  fácticos que inciden en la sociedad, y que pueden  llegar  a  sofocar  la  libertad  e  independencia  de  los  administradores  de  justicia,  se  profiera  una  decisión  en  la  que  se deje de imponer la pena  privativa  de la libertad que aparejan tales ataques a los más preciados bienes  jurídicos,  para  que  las  víctimas  queden  inermes,  sin justicia, verdad y  reparación,  la  sociedad deplore la impunidad (a la  que   también   se   llega   con   la   concesión  de  aminorantes  o  rebajas  improcedentes)   y  la  comunidad internacional  nos considere como paraíso del delito necesitado de intervención.   

9.          Adicionalmente,  tal  criterio contraría el derecho fundamental a  la  igualdad,  que  también es valor superior y principio fundamental, pues por  medio  del delito, el error o la fuerza se obtiene un trato desigual beneficioso  para  un sujeto que no lo merece y respecto de quien la Constitución no reclama  trato preferente.   

10.  Del mismo  modo,  si  la  pena  en los términos del Código Penal cumple unos fines, no se  puede  aceptar  como  lícito  que  los  mismos  se  verifican  cuando  la  pena  efectivamente  impuesta  no  alcanza  el extremo punitivo mínimo previsto en la  ley,  pues  el  respeto del mismo (así como del tope máximo) está vinculado a  la  capacidad  que  tiene  la  pena de responder ante la gravedad de los delitos  como   estrategia   de  prevención  general,  retribución  justa,  prevención  especial, reinserción social y protección al condenado.   

11.  En  este  caso  no  cabe  duda  que  el  asunto ha sido resuelto de manera insatisfactoria  porque  a  pesar  de  que  la intervención penal tiene un fin legítimo, siendo  además  el  medio  idóneo  y  necesario  para  alcanzarlo,  bienes  jurídicos  lesionados  con  el proceder antijurídico de la procesada no obtienen respuesta  estatal  en  busca  de su protección mediante la consecuencia punible adecuada,  necesaria y proporcional.   

12. Un alcance  equivocado  del derecho fundamental que prohíbe la reforma peyorativa conduce a  generar  nuevos  derechos  fundamentales  contrarios  a los valores y principios  inspiradores  de  nuestro  Contrato  Social,  pues  ante  la legitimación de la  ilegalidad  no faltará ni quien reclame un trato igual ni el juez que considere  la   necesidad   de   proteger   en  esas  condiciones  un  derecho  fundamental  inexistente,  con  lo  que  finalmente  se  obtiene  la  perversión  del  orden  normativo,  se  desconoce  la  seguridad  jurídica  y se atacan las condiciones  básicas de convivencia social.   

Las anteriores hipótesis permiten falsear  la  teoría  que  da  fuerza  prevalente al principio que prohíbe la reforma en  peor  frente  al  de  legalidad,  pues  resulta  inadmisible que en una sociedad  democrática  encaminada a la consecución de un orden justo la ilegalidad pueda  cobrar  legitimidad  aún por encima de los derechos de las víctimas y la lucha  global contra la impunidad. Ha de recordarse que   

La  intervención  de las víctimas en el  proceso  penal  y su interés porque la justicia resuelva un asunto, pasó de la  mera  expectativa  por  la obtención de una reparación económica –como  simple  derecho subjetivo que  permitía  que  el  delito como fuente de obligaciones tuviera una vía judicial  para     el     ejercicio     de    la    pretensión    patrimonial–   a   convertirse   en   derecho  constitucional   fundamental   que   además   de  garantizar  (i)  la  efectiva  reparación   por   el  agravio  sufrido,  asegura  (ii) la obligación estatal de buscar que se conozca  la   verdad  sobre  lo  ocurrido,     y     (iii)    un    acceso    expedito    a    la    justicia,  pues  así se prevé por la  propia   Constitución   Política,   la   ley  penal  vigente  y  los  tratados  internacionales  que  hacen  parte  del bloque de constitucionalidad23.   

De donde se hace imperativo considerar, en  defensa  de  la independencia y autonomía de la administración de justicia, el  respeto  de  los  compromisos  internacionales del Estado en materia de derechos  humanos  y  la efectividad de los derechos fundamentales, en defensa de los más  caros  bienes  jurídicos  y  de  la  humanidad en general, que en el proceso de  ponderación  que  se  debe  hacer  entre  el  principio que prohíbe la reforma  peyorativa  y  el  de legalidad, el primero tiene que ceder ante el segundo para  permitir   que   el   orden   justo  –Estado   de   justicia– permanezca como un anhelo realizable.   

13.  En  un  supuesto  como  el  que aquí nos ocupa, los principios de legalidad, igualdad y  los  derechos  de  las víctimas preceden     al     otro     pues    tienen    un    mayor    peso  que obliga a que el conflicto se  resuelva  a  su  favor,  porque  al  Estado le compete el irrenunciable deber de  investigar  con  seriedad  y  eficiencia  los  hechos  punibles  e  imponer  las  sanciones  autorizadas por el legislador, obligación que para la jurisprudencia  es  más  intensa  cuanto  más  daño  social  ha  ocasionado el comportamiento  delictivo24.   

En    estos   términos   se   cumple  satisfactoriamente      el      test   que   antecede   al   proceso   de  ponderación:  (i)        es       adecuado  sacrificar  el principio que  prohíbe  la  reforma  peyorativa  porque  su  oblación  permite  preservar  la  legalidad  y  con  ello  el derecho de las víctimas y la sociedad a que se haga  justicia;    (ii)   es  necesario tal sacrificio  porque  no existe otro medio menos lesivo disponible para preservar la legalidad  penal   y   la  igualdad  reclamada  desde  la  Constitución;  y,  (iii)  se  afecta  el derecho de la no  reformatio in pejus en el  menor  grado  posible  compatible  con la mayor satisfacción en el ejercicio de  los  derechos  fundamentales de legalidad e igualdad en la aplicación de la ley  (proporcionalidad   propiamente   dicha)25.   

Lo  dicho  permite conseguir no sólo dar  cumplimiento   a  la  exigencia  lógica,  referida  a  la  coherencia del ordenamiento jurídico, sino al  acuciante      imperativo      político     del  presente  de dar respuesta adecuada a la protección  estatal de los derechos fundamentales.   

En        resumen:   

       1.  Partidario soy de la  no  reforma  peyorativa  siempre y cuando se haya respetado por la jurisdicción  el  principio  y derecho fundamental del debido proceso (art. 29 Const. Pol.) en  la variante de la aplicación de la legalidad.   

       2.   Quiere  decir  lo  anterior  que  al  recurrente  único  no  se  le puede desmejorar la situación  siempre  y  cuando  la  condena  se  ajuste  a  lo  que  disponen las reglas que  gobiernan el Estado de Derecho.   

       3. El olvido, el error o  el  delito  judicial  no  pueden  servir  para  crear  derechos, como tampoco la  negligencia  de  la  Fiscalía o de la Procuraduría para recurrir, que a menudo  se  trae  como pretexto de convalidación de esos fraudes a la Constitución y a  la  ley  válida,  razón  para  que  se  haya  creado  legislativamente,  y  en  concordancia  con  el  bloque  de  constitucionalidad (artículos 93 y 94 Const.  Pol.),  una  causal de revisión (artículos. 21 y 192-4 cpp- 2004), desfalco al  Estado  de  Derecho  que,  si  desde el comienzo o en el trámite procesal surge  evidente,  el  juez  no  puede  convalidar, además que se lo impone la función  nomofiláctica de la casación.   

4.    En    recientísima   ocasión   por   unanimidad   la   Sala  sentenció:   

“El principio  de  legalidad  de  la pena es una garantía para el procesado y también para la  sociedad,  en el sentido de que el Estado impondrá las que haya sido estatuidas  previamente  a  la  realización  de la conducta punible, dentro de los límites  cuantitativos  y  cualitativos consagrados en el ordenamiento jurídico, sin que  se  pueda  imponer  penas  por arbitrio o imaginación del juez, que no respeten  los  parámetros  legales,  con  quebranto  de  la  igualdad  y  de la seguridad  jurídica”26.   

         

Cordialmente,  

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Magistrado  

Fecha:   ut  supra.   

    

1  En  realidad   la   compañía  se  denomina  “Bogotire  Ltda.”   

2 Cfr.  Sentencia de Casación del 17 de marzo de 1999, Radicado No. 12187.   

3 Cfr.  Sentencias  de  Casación  del  26  de septiembre de 2002 y del 29 de octubre de  2003, Radicados No. 12530 y No. 15768, respectivamente.   

4    En  sentido semejante, Sentencias de Casación del 20  y 28 de febrero de 2008, Radicados No. 28880 y 28987.   

5 Cfr.  Por  todas, Sentencia de Casación del 19 de enero de 2006, Radicado No. 20.769,  criterio  reiterado  en  el  Fallo  del  25  de  abril  de  2007,  Radicado  No.  26672.   

6 Cfr.  Sentencia  de  Casación  del  26  de  abril  de  2006, Radicado No. 22027. Este  criterio  se  reiteró  en  Fallo  del  7  de  septiembre  de 2006, Radicado No.  23790.   

7 Cfr.  Sentencias  de  Casación  del 18 de diciembre de 2003, Radicado No. ; del 22 de  septiembre  de  2004,  Radicado No. 21145; del 30 de marzo de 2005, Radicado No.  21477 y del 13 de julio de 2005, Radicado No. 23735.    

8 Auto del 12 de diciembre de 2005, Radicado No. 24322.   

9  «La  justeza  lógica  de esta proposición está determinada por el ya aludido  carácter  no  absoluto  ni  aislado  de  los  derechos  fundamentales  y por su  pertenencia   a   un   sistema   de   valores,  principios,  derechos  y  bienes  constitucionales  de  igual  importancia en términos materiales y axiológicos;  lo  anterior,  no  es  óbice  para examinar los distintos modos como las normas  constitucionales  participan  en  la  configuración  de  los  derechos  y en la  determinación  de  sus  limitaciones».  Magdalena  Correa  Henao, La   limitación   de   los   derechos   fundamentales, Bogotá, Uni-Ext., 2003, p. 40.   

10  Jürgen  Habermas,  Facticidad y validez, Madrid, Editorial Trotta, 2001, p. 319.   

11  Jesús  González Amuchástegui, «Los límites de los derechos fundamentales»,  en        Constitución       y       derechos  fundamentales, Madrid, Centro de Estudios Políticos  y Constitucionales, 2004, p. 442.   

12  Corte  Constitucional,  sentencia  C-475/97,  aunque «no podemos suponer que la  Constitución  sea  siempre  lo  que el Tribunal (Constitucional) dice que es».  Rónald  Dworkin,  Los derechos en serio, Barcelona. Editorial Ariel, 1984, p. 311.   

13  La  Corte  Constitucional frecuentemente utiliza el criterio de la armonización  o  ponderación  de derechos, principios y valores para resolver problemas entre  derechos  fundamentales.  Véase  las  sentencias  T-575/95, T-332/96, C-475/97,  C-507/04,   T-701/04,   T-962/04,   C-818/05,   T-013/06,   T-023/06,  T-171/06,  T-1027/06, entre otras.   

14  Arango     Rodolfo,    El  concepto  de  derechos  sociales fundamentales, Bogotá,  Editorial Legis, 2005, p. 135.   

15  «El     principio    de    legalidad  de  la  pena es una garantía para el procesado, y también para  la   sociedad,  en el sentido de que el Estado impondrá las que hayan sido  estatuidas  previamente  a la realización de la conducta punible, dentro de los  límites  cuantitativos y cualitativos consagrados en el ordenamiento jurídico,  sin  que se puedan imponer penas por arbitrio o imaginación  del juez, que  no  respeten  los  parámetros  legales,  con  quebranto  de la igualdad y de la  seguridad  jurídica». Cfr. Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal,  casación  de  7  de  marzo  de  2007, radicación 25.385, M. P., Dr. Álvaro O.  Pérez  Pinzón. Agréguese que el olvido,  el  error  o  el  delito judicial no  pueden      crear      derechos,      como      tampoco      la     negligencia        de  la Fiscalía o de la Procuraduría para recurrir, que a menudo  se  trae  como criterio de convalidación de esos fraudes a la Constitución y a  la Ley válida.   

16  Corte     Constitucional,    sentencia SU-1722/00.   

17  Corte     Constitucional,    sentencia C-070/96.   

18  Juan    Fernández    Carrasquilla,   Derecho  Penal liberal de hoy, Bogotá,  Edit.     Ibáñez,    2002,    p.123.    “Solo   la   ley   –con  el  carácter de ley estricta-  puede  crear  o agravar penas o medidas de seguridad (nulla poena, nulla mensura  sine  lege),  y por cierto no ha de contentarse con un señalamiento genérico y  abstracto  del  tipo  de  reacción punitiva, sino que ha de  determinar la  naturaleza   de   la   pena   correspondiente   y   el   marco   para   su   individualización  judicial  en  cada  caso,  proveyendo a la vez los criterios  fundamentales  para  que  el  juez  se  mueva  dentro de los límites mínimos y  máximos   de   este   marco”.   Juan  Fernández  Carrasquilla,  Principios   y   normas  rectoras  del  derecho  penal,  Bogotá,  Edit.  Léyer, 1998, p. 147.              

19  La  fijación  de los límites mínimo y máximo de la escala de penas se conoce  en   la   doctrina  como  proporcionalidad  cardinal  o  absoluta.  Cfr.  Adrew  von  Hirsch, Censurar y  castigar,  Madrid, Editorial Trotta, 1998, p.45 s.s.  “Estatuir   que  nadie  puede  ser  juzgado  sino  conforme  a  las leyes  preexistentes  al  acto  que se le imputa, implica que  para condenar a una  persona  se  requiere que su conducta esté previamente definida como delito; de  la   misma  manera  que  sólo   puede  imponérsele  la  pena  previamente  establecida  en  la  ley.  Se  trata  del  apotegma universalmente conocido como  “nullum  crimen,  nulla poena sine lege”. El principio de legalidad opera en  un  doble  sentido, (i) como límite al ejercicio del poder punitivo del Estado,  en   la   medida  en  que  le  impone  definir  previamente  qué  acciones  son  constitutivas   de   delitos   y  cuál  la  sanción  a  aplicar  por  su   realización;  y  (ii)  como  garantía  para el procesado y la  comunidad,  atendida  la  certidumbre que genera el saber de antemano que sólo será objeto  de  sanción penal la conducta erigida en delito por la ley y que únicamente se  impondrá  la  pena dentro  de  los  límites  cuantitativos  y  cualitativos  establecidos por la misma”.  Corte    Suprema   De   Justicia,   Cas.  Rad.28.059 , M. P., Dra. María del Rosario González de Lemos.  “En  efecto,   los  ciudadanos  deben  conocer  los comportamientos   prohibidos  y  por  lo mismo elevados por el legislador a la categoría  de  delitos  así  como la correspondiente sanción previamente establecida a fin de  contar  con  la  certeza de que sólo podrán ser  sancionados en razón de  la       comisión      de      una      conducta      punible      dentro de los límites cuantitativos y  cualitativos  consagrados  con  antelación en la ley, sin que tales marcos  puedan  desbordarse  a discreción o capricho de los funcionarios judiciales”.  Corte    Suprema   de   Justicia,   Cas.    Rad.    24.030,    M.    P.,    Dr.   Julio   Enrique   Socha  Salamanca.   

20  “El reconociendo constitucional del valor superior  de  la  persona  humana,  nos  ubica  en el entorno de un modelo de Estado  antropocéntrico,  esto es, de  una  forma  de  organización  política  y  jurídica  que  tiene como su valor  central,  como el objeto de toda su actividad, como responsabilidad de todas las  autoridades,  el  compromiso  indeclinable de garantizar las condiciones para la  dignificación del hombre  y  para  procurarle  el  desenvolvimiento  de  sus  potencialidades,  así  como  establecer  condiciones  individuales  y sociales de vida que posibiliten que su  existencia   discurra   de   la  manera  más  feliz  posible.  El  hombre  se  destaca  no  solo sobre la  naturaleza  como un ser superior dotado de facultades para transformar el mundo,  sino   que   también   es   reconocido  por  la  organización  política  como  “el  ser  en  sí  en  esencia valioso”,  para  el  cual  y alrededor del cual se crean la estructuras  estatales,  las  construcciones  jurídicas, políticas, económicas y sociales,  hasta  llegar a la ideal del Estado de servicio, y a la indeclinable conclusión  de   que  todo  debe  servir  al  fin  central  de  dignificar  al  hombre.  Estado,  leyes,  órganos del  poder,  vida  económica, vida política, justicia, actividad estatal, todo debe  funcionar  y  girar  alrededor del hombre,  como instrumentos y medios para el fin superior de facilitar el  desenvolvimiento  de  los destinos humanos. A diferencia de las cosas que tienen  su   fin   fuera   de   sí,  el  hombre   se  concibe  como  el  fin  en  sí  mismo,  posee  innatamente  el  derecho y la misión  inherente  de  concebirse y realizarse tal como él se piensa y se sueña, y por  eso  se  le  garantiza  el  libre  ejercicio  de  su  voluntad; no es una simple existencia biológica, un  dato  más  en la realidad de las interacciones sociales, sino que la existencia  siendo       enteramente      suya20,  es  además libre para darse los rumbos que su razón le dicte,  para  imprimir  a su días y a sus años de tránsito en la tierra las formas de  vida  que  mejor  lo  realicen  y  le  permitan  un  superior  desarrollo de sus  potencialidades”.       Yesid       Ramírez       Bastidas,      Aclaración  de  voto  a  Cas. 22.027.  Así  mismo,  Jesús  Orlando  Gómez López, Teoría  del  Delito,  Bogotá, Ediciones Doctrina y Ley,  2003, p. 17.   

21  Corte    Constitucional,    sentencias    C-004/03    y    C-871/03,   refiriéndose   al   non  bis  in ídem y declarando que tal  principio  no  es  absoluto.  “En  el ámbito internacional se ha llegado a un  consenso  general  en la necesidad de considerar a las víctimas del delito como  parte   principal,    junto   al   victimario    y   en   igualdad   de   condiciones,   de  la  política   criminal  de los Estados. Se trata “de una exigencia social y  humana:  hoy,  el  llegar a ser víctima no se considera un incidente individual  sino  un problema de política social, un problema de derechos fundamentales”.  Alfonso  Daza  González,  Víctimas  en  el Sistema  Procesal   Penal  Acusatorio,  Bogotá,  Universidad  Libre, 2006, p. 56.   

22  Se  sigue  lo dicho por la Corte Constitucional (sentencias C-004/03 y C-871/03)  cuando  resolvió  la  tensión  entre  el non bis in  ídem  y  los  derechos  de  las víctimas. La Corte  Suprema   de   Justicia   al   ponderar   en  el  Estado  Social   y  Democrático  de  Derecho  vigente  en  Colombia  (art. 1 Const. Pol.) los derechos a la favorabilidad y al  debido     proceso     público    –en  su  vertiente  de  procedimentalismo-,  estimó   como de  núcleo  más  fuerte el  derecho  de  las víctimas a la verdad, la justicia y la  reparación. Cfr.  Provs.   de   Segunda  Instancia  de  11  de  julio  de 2007 y 23 de agosto de 2007, Mags. Ptes., Dres.  Yesid   Ramírez   Bastidas   y   María   del   Rosario   González  de  Lemos,  respectivamente.    

23  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, auto de segunda instancia  de  11  de  julio  de  2007,  radicación  26945.  El  derecho a la justicia  proscribe  la  impunidad   así   sea   parcial.  El  Tratado  de  Roma,  que  fuera  ratificado   por  la  Ley  742  de  2002  y  declarado exequible por  sentencia  C-578  del  mismo año, tuvo como bloque de constitucionalidad amplio  reflejo  en  la  legislación  interna  en el nuevo contexto del “derecho   penal  de  las  víctimas”  (art.  75). En el Acto Legislativo 3 de 2002 y la Ley 906 de 2004,que impusieron  el    sistema   acusatorio   colombiano,  se  hacen  3  y  89 referencias estelares a los derechos de las  víctimas.  Y recordemos  que  las  sentencias de la  CPI  serán  ius  cogens,  fuente  de la jurisprudencia  nacional (art. 230 Const. Pol.) y hasta norma  supralegal (arts. 93 Const. Pol. y  3 cpp).   

24  Véase  Corte  Constitucional,  sentencia C-871/03.   

25  Robert    Alexis,    Teoría   de   los   derechos  fundamentales,    Madrid,   Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993.   

26  CORTE   SUPREMA   DE   JUSTICIA,   Sala   de   Casación   Penal,   Sent. Radicación 25.385.     

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