27836(19-08-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 27836  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  231  

Bogotá D.C., diecinueve (19) de agosto de dos  mil ocho (2008).   

V   I   S   T   O   S   

La  Sala  resuelve  sobre los presupuestos de  lógica  y  debida  argumentación  de la demanda de casación presentada por el  defensor   del   procesado   ÁLVARO  CASTELLANOS  MORENO.   

H E C H O S  

Así  los resumió el sentenciador de segundo  grado:   

“Tuvieron  ocurrencia  el  día  26  de  septiembre  de  2004,  en  el perímetro urbano de  Bábega,  jurisdicción  municipal  de  Silos (Norte de Santander), a eso de las  cuatro  y  treinta  de  la  tarde, en el establecimiento comercial de PEDRO ABEL  HERNÁNDEZ  SARMIENTO,  luego  que ÁLVARO CASTELLANOS  MORENO   y   PEDRO  ANTONIO VALENCIA RIVERA habían jugado dos chicos de billar y  se  presentó un alteracado entre éstos, llegando a la agresión física, donde  PEDRO  ANTONIO  agredió  con  el  taco a ÁLVARO y éste desenfundó un arma de  fuego  y  le  propinó  dos  disparos, causándole heridas en el tórax, y cara,  siendo  trasladado  al  Hospital  de  San  Juan  de  Dios de Pamplona y luego al  Hospital  Erasmo  Meoz de Cúcuta en donde falleció el 27 de septiembre de 2004  a las 6:30p.m.”   

A N T E C E D E N T E S  

1.   Por  los  anteriores  hechos,  el 12 de diciembre de 2005 (fl. 82-85, cuaderno principal),  ÁLVARO     CASTELLANOS     MORENO     fue  acusado   por las conductas punibles de  homicidio  y  porte  de  armas  de  defensa  personal  (artículos 103 y 365 del  Código     Penal     de    2000),    decisión    que    cobró    ejecutoria  el  29  de  diciembre  del  mismo mes y año.     

2.  La etapa del  juicio  la  tramitó  el  Juzgado  Penal  del  Circuito de Pamplona que, el 9 de  noviembre  de 2006, dictó sentencia (fl. 130-149, c. principal) por medio de la  cual  condenó a ÁLVARO CASTELLANOS MORENO  a  la pena principal de 13 años y 6 meses de prisión,  a la  accesoria  de  inhabilitación  de  derechos  y funciones públicas por el mismo  término  que la pena principal, así como al pago de los perjuicios ocasionados  con  su  conducta,  como  autor  del  delito  de homicidio en concurso con porte  ilegal   de  arma  de fuego de defensa personal (artículos 103 y 365 de la  ley 599 de 2000).    

3.  Apelada la  sentencia  por  el  defensor  de  ÁLVARO  CASTELLANOS  MORENO,  fue  confirmada  por  el Tribunal Superior de  Pamplona el 20 de febrero de 2007 (fl. 5-11, c. del Tribunal)   

L  A      D  E  M  A N D  A    D E   C A S A C I Ó N   

El  defensor  del  procesado  CASTELLANOS  MORENO  presenta  demanda  de  casación   (fl.  28-42,  c.  del  Tribunal)  cuyos  argumentos  se  sintetizan,  así:   

Primer  cargo:  violación  directa  de  ley  sustancial   

En   escrito  que  deja  ver  ostensibles  confusiones  conceptuales, el  demandante   apela  a  la  causal  primera  de  casación descrita en el artículo 207 de la Ley 600 de 2000 y  acusa  a  la  sentencia  de  incurrir  en “violación  directa  por  error de hecho”, toda vez que asignó a  la  prueba un alcance que no tiene que le negó el alcance que sí tiene, que se  apreció  de  manera  falsa  su  existencia,  sino  que  omitió  apreciarla  en  conjunto,  que  la  interpretó  de manera errónea se desfiguraron los hechos y  que  no  le  otorgó  a  ciertos  medios  de  convicción  el mismo valor que le  dio.    

Los  anteriores yerros -agrega- condujeron a  una  interpretación  errada, y fueron el soporte para condenar al procesado por  los  delitos  de  homicidio   y porte ilegal de arma de fuego, cuando   debió ser absuelto (fl. 31-32, c. del Tribunal).   

En desarrollo del cargo, el libelista critica  que   el   fallador   no   interpretó   de   manera   conjunta  “las   normas   sobre  las  pruebas”,  en  particular  los  testimonios,  inspección  judicial  y  la  prueba científica,  razón  por  la  cual  no  podía  obtener  certeza  de la norma a aplicar en la  sentencia.   

El  demandante  sostiene que el sentenciador  erró al no advertir que:   

i)    La  conducta  era  atípica  porque  el procesado no hizo cosa distinta a ejercer la  legítima  defensa,  en  la  medida  en que fue la víctima quien lo agredió en  primer  lugar,  al  golpearlo  con  un taco de billar; por lo tanto –agrega- “se  rompe  lo  que  llamamos  nexo causal y no hay lugar a hablar de homicidio   sino  de  legitimidad del actuar” (fl. 32, 36, c. del  Tribunal);   

ii) La muerte de la  víctima  ocurrió  por  un  caso  fortuito,  toda  vez  que,  con  ocasión del  forcejeo,  la  mala  suerte  determinó  que  el  arma de fuego del procesado se  disparara de manera accidental.    

Por  lo  anterior  -agrega  el  censor-  debe  descartarse  el testimonio de PEDRO ABEL HERNÁNDEZ SARMIENTO quien expresó que  los  disparos tuvieron lugar antes del forcejeo, para otorgar mejor credibilidad  al  dicho  de  HÉCTOR  VILLAMIZAR  VILLAMIZAR,  quien  expresó  lo contrario y  percibió  los  hechos  de  mejor  manera,  tal  como  lo corrobora el dicho del  procesado  y  la  inspección  judicial;  de  haber apreciado así la prueba, la  decisión hubiese sido absolutoria (fl. 32-35, c. del Tribunal).   

iii) Dicho evento  fortuito   se   generó   por   imprudencia   de  la  víctima,  “ya   que   su   causa   efecto   así   lo  determinaron”;  insiste  en  que  aquella  “fue el  artífice       de       su       propia       muerte”   y   que   “al   iniciar   la   agresión   ataque  en  este caso, PEDRO  ANTONIO   se ocasiona la muerte” (fl. 33, 36-37,  c. del Tribunal).   

iv)    El  comportamiento  del  procesado  constituyó un exceso en la legítima defensa, y  un estado de necesidad (fl. 32, c. del Tribunal);   

v)   El  resultado  que  finalmente  tuvo  lugar no podía ser previsto por CASTELLANOS  MORENO,  toda  vez   que   su   intención era la de repeler el ataque del que era víctima  y no ocasionar un daño (fl. 36, c. del Tribunal).   

El demandante critica que el sentenciador no  hubiera   apreciado  en  conjunto  los  testimonios  de  PEDRO  ABEL  HERNÁNDEZ  SARMIENTO  y  HÉCTOR  VILLAMIZAR  VILLAMIZAR,  pues,  de haberlo hecho, hubiese  concluido  que  la  del  primero  es contradictoria y no tiene respaldo en otros  medios de convicción (fl. 35, 36, c. del Tribunal).    

Así  mismo,  el  demandante reprocha que el  juzgador   no   tuvo   en   cuenta   la   declaración   de  HÉCTOR  VILLAMIZAR  VILLAMIZAR   toda  vez  que,  de  haberlo  hecho,  habría  concluido en la  absolución  del  procesado  (fl. 37, c. del Tribunal); critica, además, que no  se  haya  dispuesto  la  ampliación  de  su  testimonio,  ni la declaración de  quienes  atendieron  a  la  víctima, “lo que hubiera  podido  darle claridad  a la no responsabilidad de mi defendido, y por ende  haber  sido  absuelto”  (fl.  35,  c. del Tribunal).   

Como  consecuencia de los yerros enunciados,  estima  violados  los  artículos  29  de la Constitución Política y 6º, 232,  234,  237  y  238  de  la ley 600 de 2000  y solicita a la Sala que case el  fallo y absuelva al procesado (fl. 37, c. del Tribunal).   

Segundo  cargo,  subsidiario  del  anterior:  violación indirecta de ley sustancial.   

Con apoyo en la causal de casación descrita  en   el  artículo  207-1  del  Código  de  Procedimiento  Penal  de  2000,  el  casacionista  reprocha  que  el  sentenciador  infringió de manera indirecta el  artículo  7º  del  mismo  estatuto  al asignarle a las pruebas un alcance  que  no  tienen,  negarles  el alcance que sí tienen, crear falsos elementos de  convicción,  y  no  advertir  sus  contradicciones  insalvables  que  solamente  arrojaban   duda,   la   cual   debió   favorecer   al    procesado   (fl.  39-40).   

El  demandante aduce que el yerro tuvo lugar  cuando  el juzgador acogió, de manera apresurada, la petición de condena de la  fiscalía  y  del  Ministerio  Público,  sin advertir las dudas insalvables que  genera  la  prueba  de  cargo,  y  sin tener en cuenta que, como “no   se   puede   tener   prueba  única  para  condenar”,  al juzgador no le era dado hacerlo solamente con el testimonio  de  PEDRO  ABEL  HERNÁNDEZ  SARMIENTO,  menos aún si éste es contradictorio y  riñe con la verdad del proceso (fl. 39).   

Agrega que la prueba sobre las circunstancias  en  que  ocurrieron  los  hechos  es  escasa  y  que  el  testimonio  de HÉCTOR  VILLAMIZAR  VILLAMIZAR, que no fue valorado por el sentenciador y se le negó el  mismo  valor  que  se le concedió al de HERNÁNDEZ SARMIENTO  (fl. 40), es  concordante  con  la  versión  de  ÁLVARO CASTELLANOS  MORENO  en  lo  que  tiene que ver con el forcejeo que  precedió  a  los  disparos  y,  además,  encuentra  apoyo  en  la  inspección  judicial.    

Por  el  contrario,  la  prueba  de  cargo  –el  testimonio  de PEDRO  ABEL  HERNÁNDEZ  SARMIENTO-  no  deja  más  que  dudas  porque está basado en  supuestos  (razón  por  la cual el testigo se ocultó al escuchar los disparos,  no  vio  los  acontecimientos), así como en hechos inverosímiles (toda vez que  no  es  creíble  que  el forcejo hubiera ocurrido después de los disparos), lo  que     “no     se    le    puede    dar    plena  credibilidad” (fl. 41).   

El  libelista  critica  que  a  PEDRO  ABEL  HERNÁNDEZ  SARMIENTO  no  se  le  hubiese recibido ampliación de declaración,  toda  vez  que  de allí se hubieran despejado dudas, lo que habría conducido a  la  decisión  de  absolución  a  favor de CASTELLANOS  MORENO;  de manera correlativa, al no ser despejada la  duda, ésta debió favorecer al procesado.   

Como    consecuencia   del   yerro   acusado,   el   demandante  considera violados   los    artículos    7º    (duda  probatoria),   232,   234   y   238   del   Código  de   Procedimiento   Penal     y     29     de     la    Constitución   Política.    Así,    solicita   a    la   Sala    casar      el     fallo     y     disponer     la   absolución  del  procesado  (fl. 39, 41).   CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

En la medida en que el recurso extraordinario  de  casación  es de naturaleza rogada, compete al casacionista que construya el  reproche  con  base en una estricta lógica   y   debida  fundamentación,  en  tanto que de no cumplirse con este presupuesto necesariamente  el   escrito  tendrá  que  inadmitirse  por  falta  de  la  debida  claridad  y  precisión,  puesto  que  la  Corte,  en  virtud  del  principio de limitación,    no    puede   entrar   a  complementar y a corregir al demandante.   

Por tal motivo, el libelo es el medio idóneo  para  denunciar   en  esta  sede  los  errores  de  derecho  y de actividad  cometidos  en la sentencia y, en algunos eventos, al interior del proceso. Así,  el  artículo  212  de  la  Ley  600 de 2000 contempla los presupuestos que debe  contener  la  demanda,  encontrándose,  entre ellos, el de señalar la causal y  fundamentar  el  yerro, el de autonomía de las causales de casación, prioridad  de los cargos y no contradicción.   

2.  De entrada,  la  Sala  señala  que  inadmitirá  la  demanda  elevada  por  el  defensor  de  ÁLVARO       CASTELLANOS      MORENO,  por cuanto que  no  se  acoge  a  los  principios  que  orientan  la  impugnación  en esta sede  extraordinaria.   

3.   En primer  término,  las  ostensibles  falencias que exhibe el enfoque integral del libelo  –sin  necesidad de entrar  al  estudio de los cargos que propone- impiden su admisión, habida cuenta   que  la  notable  confusión  conceptual  que  trasluce  lo  hace  difícilmente  comprensible.   

En estas condiciones, lo primero que llama la  atención  es  la  presentación de sendos reproches por violación al principio  de  investigación integral al  interior  y en desarrollo de cada uno de los cargos orientados como infracción  a  la  ley  sustancial.    

Véase cómo, dentro del primer cargo aparece  una  crítica,  constitutiva  de  un  vicio  de  garantía,  fundada  en  que el  funcionario  judicial  no  dispuso  la  ampliación  del  testimonio  de HÉCTOR  VILLAMIZAR  VILLAMIZAR,  ni la declaración de quienes atendieron a la víctima,  “lo  que hubiera podido darle claridad  a la no  responsabilidad  de  mi  defendido,  y  por ende haber sido absuelto”  (fl.  35,  c.  del  Tribunal);  mientras que, en desarrollo del  segundo  cargo,  se  encuentra un reproche por no haberse ampliado el testimonio  de    HERNÁNDEZ    SARMIENTO,    lo    que   hubiera   conducido   –dice  el  censor- a la absolución del  procesado.   

Con  la  introducción  de dichos argumentos  dentro  de  sendos  cargos  por  infracción  a  ley  sustancial se desconoce el  principio    de    autonomía    de    los   cargos,  prioridad     y     no  contradicción,  toda  vez  que  la omisión de prueba  trascendente  constituye  un  motivo de nulidad por violación al debido proceso  con  trascendencia  al  derecho  de  defensa,  y,  por  las  consecuencias de su  reconocimiento  en esta sede, el censor debió proponerlo en un cargo separado y  principal,  así como desarrollarlo de la manera en que la Corte lo ha decantado  de  tiempo  atrás,  y  concluyendo  con  una  petición  de  invalidez  con  la  indicación clara del momento procesal desde donde operaría ésta.   

Al mismo tiempo, si el censor pretende negar  validez  al  proceso  por  el motivo de nulidad aludido, no puede invocar que el  fallo  violó  la ley sustancial, comoquiera que este último reproche presupone  reconocer  la validez de la actuación; tales censuras serían compatibles si la  de  nulidad  se hubiera propuesto en un cargo principal, y la de violación a la  ley  sustancial  en otro cargo subsidiario, fórmula lógica que el casacionista  no propone.   

Además de lo anterior, el escrito ofrece una  redacción  errática  y  confusa,  al  punto que se hace imposible para la Sala  determinar  cuál,  de todos los reproches que contiene en los cargos, es el que  en verdad constituye el fundamento del libelo.   

4.  Los cargos  que  el  censor  propone,  y los reproches que los conforman,  no escapan a  las falencias anotadas, veamos por qué:   

Primer  cargo:  violación  directa  de  ley  sustancial   

A través de éste, el demandante critica que  el  sentenciador  no  advirtió  que  el procesado se halla incurso en numerosas  circunstancias que lo exoneran de responsabilidad.   

Atendiendo a la modalidad de ataque que escoge  el   censor,   la   Corte   estima  necesario  recordarle  que  la  violación  directa  de  la  ley sustancial  tiene  que  ver  con la  equivocación en que incurre el juzgador de manera  inmediata   al   realizar  el  juicio  de  derecho,  es  decir,  al  aplicar  la  normatividad  que  corresponde  a  los  hechos  materia de juzgamiento.  El  yerro  aludido  se  manifiesta  a  través  de tres variaciones: la primera se presenta cuando no se aplica la  norma  que corresponde porque el juez yerra acerca de su existencia, se trata de  la  denominada  falta  de  aplicación o exclusión evidente; en la segunda,  el  sentenciador  efectúa  una  falsa  adecuación  de  los  hechos  probados  a  los supuestos que contempla la  disposición  y,  por  ello,  incurre  en  aplicación  indebida;  a  través de  la  última, los procesos de  selección   y  adecuación  al  caso  en  cuestión  son  correctos,  pero,  al  interpretar  el  precepto,  el  juez  le  atribuye  un sentido que no tiene o le  asigna  efectos  distintos  o contrarios a su contenido, configurándose así la  llamada interpretación errónea de la ley sustancial.   

Así mismo, ha señalado la jurisprudencia de  la  Corte  que  cuando  se  invoca  el  cuerpo  primero  de la causal primera de  casación,  esto  es,  violación  directa de la ley sustancial, el libelista no  puede  discutir  la  valoración  de  la prueba realizada por el sentenciador ni  cuestionar  la  declaración  de los hechos consignada en el fallo, pues toda su  actividad  debe  estar  dirigida  exclusivamente a demostrar la equivocación en  que  incurrió  el  Tribunal  al  aplicar o al inaplicar la normatividad al caso  concreto, así como el perjuicio irrogado por el yerro.   

Se   trata,   entonces,   de   un   estudio  estrictamente      jurídico,     toda     vez     que      “cualquiera  que sea la modalidad de violación directa de la ley, el  yerro  de  los  juzgadores  recae  indefectiblemente en forma inmediata sobre la  normatividad,  todo  lo  cual implica un cuestionamiento en un punto de derecho,  sea  porque  se  deja  de  lado  el precepto regulador de la situación concreta  demostrada,  porque  el hecho se adecua a un precepto estructurado con supuestos  distintos  a los establecidos, o porque se desborda la intelección propia de la  disposición         aplicable        al        caso        concreto…”.1   

Vistos  los  derroteros anteriores, surge con  claridad   que   el   censor   se  apartó  de  los  presupuestos de la vía de ataque seleccionada puesto que  no  precisó  cuál  fue  el  sentido  de  la violación de la ley sustancial, esto es, si fue la consecuencia  de  su  aplicación  indebida,  la  falta  de  aplicación  o su interpretación  errónea,  como tampoco demostró la equivocación que acusa, menos aún avanzó  hacia  la demostración de la trascendencia   del   yerro   enunciado  de  cara  al  sentido  del  fallo.    

En lugar de lo anterior, se asoma, sin éxito,  por  demás,  en  los  presupuestos  de  la  violación  indirecta  de  la  norma  sustancial, toda vez que, en  lugar  de  dirigir su razonamiento a demostrar que a aquello que el fallador dio  por  probado  no  se le puede aplicar una determinada norma sustancial, que debe  aplicarse  otra  o  que  el fallador erró en la interpretación de la norma que  sí  es  aplicable, se dedicó a cuestionar la apreciación probatoria.  Es  así  como,  de  entrada,  la  postulación  del  cargo resulta más que errada,  comoquiera     que     el     demandante    anuncia     una    “violación   directa   por  error  de  hecho”.   

Y  el desarrollo del cargo es consecuente con  la  equivocación  de  su  enfoque,  toda  vez  que  el  demandante  invoca  una  violación  directa de ley sustancial, pero enseguida precisa que el fallador le  asignó  a  la  prueba  un  alcance  que no tiene, desconoció el que sí tiene,  apreció  de  manera  falsa  su  existencia,  omitió apreciarla en conjunto, la  interpretó  erróneamente,  desfiguró  los  hechos  y  no le otorgó a ciertos  medios de convicción el mismo valor que le otorgó a otros.   

Dicho de otra manera, en lugar de demostrar de  manera   directa   la  inaplicación,  aplicación  indebida  o  interpretación  errónea  de  la  norma  sustancial por el sentenciador, el libelista condujo la  censura a través de los errores de apreciación probatoria.   

Pero, aún cuando la Sala en indebido auxilio  a  la  deficiente  argumentación  contenida en el escrito- intentara abordar el  primer  cargo  como  una violación indirecta de ley sustancial, tampoco así el  reproche   tendría   éxito   porque  es  ostensiblemente  errático,  confuso,  inmotivado  e  impreciso como para hacer claridad sobre cuál de las modalidades  de  error  de  hecho  –o de  derecho- es la que pretende demostrar.   

En  apoyo  a  dicho  aserto, véase cómo las  expresiones  que  cita  el  censor,  entre  ellas:  la  interpretación  errónea  del  alcance de las pruebas,  la   falsa  apreciación  y  la    desfiguración   de   los   hechos   son   críticas   que   bien   pueden   significar   falsos  juicios de identidad o de   raciocinio;   y   la   crítica  del  libelista,  según la cual, a dos testimonios no se les  otorgó  el  mismo valor,  puede corresponder a un  mal     orientado    falso    raciocinio,  o  bien,  a  un  ya  de  por  sí  exótico y escaso falso  juicio  de  convicción que, en todo  caso, no constituye un error de hecho sino de derecho.   

De  otra  parte,  la  Sala  encuentra  que la  argumentación  que  se  ocupa  de  las  causales de ausencia de responsabilidad  penal   es   del   todo   inconsistente  y contradictorio;  recuérdese  que  el  censor  alega  de  manera  errática  y simultánea que la  conducta  es  atípica; que, al tiempo que es atípica, se enmarca dentro de los  presupuestos  de  la  legítima  defensa;  que  el  resultado  se  produjo  como  consecuencia  de  un  hecho fortuito; que el resultado antijurídico se debió a  la  culpa  exclusiva  de  la  víctima;  que  en  realidad el comportamiento del  procesado  fue  un  exceso  en  la  legítima  defensa y que el resultado que se  produjo no era previsible.   

Sin   entrar   a  plantear  definiciones  y  desarrollos  conceptuales,  de  los cuales la Sala ha fijado en pronunciamientos  anteriores,   baste   decir,   para   los   fines  de  esta  decisión,  que  el  reconocimiento  de  la  causal  de  la  legítima  defensa  no  se traduce en la  atipicidad  de  la  conducta;  si  lo  que  existió,  según el censor, fue una  legítima  defensa,  no  cabe  lógicamente  predicar  al  mismo  tiempo  que el  resultado   tuvo   como   origen   un   hecho   fortuito;  tampoco  –como lo asegura el libelista- la culpa  exclusiva  de  la víctima, que hace parte de lo que se denomina “acciones  a  propio riesgo”, convierte en  atípica  la conducta, ni se puede asimilar, sin más, al caso fortuito; y si lo  que   existió    fue  un  exceso  en  la  legítima  defensa  –como    también   lo   predica   el  demandante-   la  conducta  no  es  atípica,  ni  tampoco  el  resultado  puede  atribuirse  a un caso fortuito; por último, resulta cuestionable la afirmación  del  censor,  según  la  cual,  del  empleo de un arma de fuego en una riña no  pueda precaverse un resultado letal.   

De manera que, aunque el casacionista hubiese  tenido  éxito  al  demostrar  que  lo  probado  en la actuación corresponde en  realidad  a una causal excluyente de responsabilidad, la Sala no podría saber a  cuál  de  todas  las  causales  invocadas  se  refiere, ni a cuál debería dar  aplicación,  como  tampoco  podría  entrar a definirlo por el casacionista sin  violar   el   principio   de  limitación.   

El  cargo,  como  puede verse, se queda en un  cuestionamiento  subjetivo  a  la apreciación probatoria del sentenciador, toda  vez  que  el  casacionista no demuestra cómo éste se equivocó en derecho o al  apreciar  la prueba, sino que se limita a oponerle su propia interpretación, lo  que  no  es  procedente  cuestionar en esta sede extraordinaria, como no sea que  venga  acompañado  de  la  demostración de la violación de las máximas de la  sana crítica.   

Segundo  cargo,  subsidiario  del  anterior:  violación indirecta de ley sustancial.   

Mediante  éste, el casacionista reprocha que  el  sentenciador  no  advirtió  que  la  prueba en realidad arroja duda,   la   cual   debió  favorecer  al  procesado.   

En  lo que tiene que ver con la demostración  de  la duda probatoria en sede  extraordinaria   de   casación,   la   Sala  insiste  en  que  “quien  mediante el recurso extraordinario pretenda la aplicación del  principio  de  in dubio pro reo por la vía de la violación indirecta de la ley  sustancial,  le corresponde precisar en primer lugar, en torno de qué asunto se  cierne  la  dubitación,  luego  por  qué  no  es  posible  eliminarla vista la  actuación  y,  finalmente,  qué consecuencias concretas reporta la hesitación  de   cara   a   las   conclusiones   del   fallo”2   

De manera deficiente el casacionista cumplió  con  los  anteriores  presupuestos,  toda vez que, aunque es cierto que atina al  circunscribir  el  asunto  en  duda  a  la  responsabilidad penal del procesado,  también   lo   es   que  no  demostró  de  qué  manera  fueron  ilegales  los  razonamientos  del  sentenciador  que  le  permitieron superar el estado de duda  para, en su lugar, predicar la certeza de responsabilidad.    

El  casacionista  ensaya la demostración del  yerro  que  acusa  a  través  del lugar común de oponer su propia apreciación  probatoria  -en  este  caso,  sobre el testimonio de VILLAMIZAR VILLAMIZAR- a la  del  sentenciador,  con  lo  que  no  demuestra más que una discrepancia con la  apreciación  judicial  y,  como  ya  lo  tiene  dicho la Corte: “la  simple  discrepancia de criterios en torno al mérito dado a los  elementos  de juicio no constituye error para ser demandado en casación, puesto  que  de  acuerdo  con el sistema de apreciación probatoria, el juzgador goza de  libertad  para  justipreciar las pruebas sólo limitado por los principios de la  ciencia,  los  postulados  de  la lógica y las máximas de la experiencia, cuya  trasgresión  sí  constituye  motivo  para  acudir  esta  sede  a través de la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por  error  de  hecho  por falso  raciocinio.”3   

No  es cierto, de otra parte, como lo pregona  el  casacionista,  que  el sentenciador no hubiese advertido las inconsistencias  en  el testimonio de PEDRO ABEL HERNÁNDEZ SARMIENTO; el fallador sí reconoció  que,  durante  la  inspección ocular, el testigo incurrió en contradicciones e  inconsistencias,  pero al apreciarlas no les otorgó el mérito que en esta sede  pide  la  defensa, lo que no significa omisión probatoria, sino el ejercicio de  la  facultad  razonada  del funcionario judicial de apreciar la prueba.  En  otras  palabras,  el  argumento  que  desarrolla  el  cargo  no va más allá de  mostrar  el desacuerdo del impugnante con la manera en que el juzgador resolvió  las  dudas  y  contradicciones  que advirtió en el dicho del testigo VILLAMIZAR  VILLAMIZAR.   

La Sala encuentra exótica por decir lo menos,  la  tesis  del  casacionista,  según la cual, “no se  puede  tener  prueba  única  para  condenar”; dicho  aserto  es  del  todo  equivocado  y,  lo  que  deja entrever es una crítica de  omisión  de  práctica  probatoria,  la cual se debió encausar a través de la  causal  tercera  de  casación  (artículo  207-3  de  la  ley 600 de 2000) como  violación    al    principio    de    investigación  integral,  bajo  los  presupuestos  que  ya la Sala ha  decantado.   

En  todo  caso,  el  libelista  olvida que la  sentencia  no  se  fundó  únicamente en el testimonio de PEDRO ABEL HERNÁNDEZ  SARMIENTO,  sino,  además,  en  la  apreciación  conjunta   de   todo   el  acervo probatorio, el cual incluyó el testimonio  de   HÉCTOR   VILLAMIZAR   VILLAMIZAR,  el  dicho  del  procesado  CASTELLANOS  MORENO, la inspección ocular  y la prueba científica.    

En particular, para el razonamiento probatorio  del   sentenciador,   resultó   de  especial  trascendencia,  para  efectos  de  desestimar  la  exculpación  del procesado y restar mérito al  testimonio  de  VILLAMIZAR  VILLAMIZAR,  la apreciación de la diligencia de necropsia, toda  vez  que  ésta  le  dio  certeza  en  cuanto  que el pretendido forcejeo que el  demandante insiste en alegar, en verdad no tuvo lugar.   

Lo   anterior   significa  que,  aunque  el  demandante  hubiese  tenido  éxito  en demostrar que a partir del testimonio de  VILLAMIZAR  VILLAMIZAR  surge  la  duda  probatoria  sobre la responsabilidad de  CASTELLANOS   MORENO,  tal  demostración  carecería  de  idoneidad  porque  no  resulta apta para derribar  todos  los razonamientos con  que  el  fallador  superó  la duda para obtener la certeza.  Dicho de otro  modo,  la  crítica  del  censor,  aún  de  haber  sido demostrada, resultaría  intrascendente.   

En           conclusión,  la demanda presentada por el  defensor       de       ÀLVARO       CASTELLANOS  MORENO     no    reúne   los   requisitos   de  admisibilidad   

4.   Para  terminar, se advierte que del  estudio  del  proceso  no  se  vislumbra  violación de derechos fundamentales o  garantías  de  los  sujetos  procesales que amerite el ejercicio de la facultad  oficiosa  de  índole legal que al respecto le asiste a la Sala para asegurar su  protección.   

En  mérito  de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

         

R E S U E L V E  

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  ÁLVARO CASTELLANOS MORENO.   

En  consecuencia,  se   DECLARA  DESIERTO  el  recurso.     

Contra  esta  decisión  no  procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese  y  cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO           

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS           

                    

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                                    

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

1 Rad.  14899,  sentencia  del  6  de  mayo  de 2003; rad. 18580, auto del 12 de mayo de  2004;  rad.  21821, sentencia del 2 de marzo de 2005; rad. 21206, auto del 29 de  junio de 2005, entre otros.   

2  Sentencia  de  casación  de  21  de  julio  de 2004,  radicación 18989   

3 Auto  de 13 de febrero de 2008, radicación 26017     

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