25936(28-05-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 25936  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                                                 Magistrado  Ponente   

                                               JAVIER ZAPATA  ORTIZ   

                                               Aprobado Acta  No. 133   

Bogotá  D.C., veintiocho (28) de mayo de dos  mil ocho (2008).   

VISTOS  

Con  el  fin  de  verificar  si  reúne  los  requisitos  formales  que condicionan su admisión, examina la Sala las demandas  de  casación  presentadas  por  el  defensor de los procesados MILTON ÁNDERSON  MONTOYA  y  JAISSON  ANDRÉS  LEZCANO  VÉLEZ, contra el fallo de 31 de enero de  2006,  mediante  el  cual  el  Tribunal  Superior  de  Antioquia,  confirmó  la  sentencia  anticipada de primera instancia, dictada el 10 de octubre de 2005 por  el  Juzgado  Primero  Penal  del  Circuito  Especializado  de Antioquia, que los  condenó  a   la  pena  principal  de  doscientos  ochenta  (280)  meses de  prisión;  multa  de  mil  trescientos treinta y cuatro (1334) salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes,  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y  funciones  públicas   por  un  periodo  de  diez  (10) años, les negó el  subrogado  de  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de la pena y la  prisión   domiciliaria,   como   autores   de   los   delitos  de  homicidio   agravado,   concierto   para   delinquir,  fabricación,  tráfico  y  porte  de armas de fuego  y municiones de uso privativo de las  fuerzas  armadas  y fabricación, tráfico, porte de armas de fuego o municiones  de defensa personal.   

HECHOS  

Fueron relatados de la siguiente manera en la  sentencia de segundo grado:   

“El   domingo  cinco  de diciembre de  2004,  a  eso  de  las  ocho y treinta de la mañana, en el corregimiento de San  José  del  Nus,  municipio  de  Maceo  (Antioquia), LUIS ALBERTO VILLEGAS URIBE  conversaba  con  uno  de  los  empleados de la estación de servicio Puerto Nus,  cuando  fue  agredido  por  dos sujetos que le propinaron varios disparos que al  recibirlos  su  cuerpo  le  generaron  el  deceso  instantáneo. Los victimarios  inmediatamente  después  de  realizar  su  acto  criminal huyeron hacia la zona  boscosa  siendo  perseguidos  por  miembros  de  la  policía nacional quien los  capturó  encontrándoles  en  su  poder  una pistola calibre 9 mm, marca GLOCK,  modelo  19,  la  cual  fue  disparada,  número  externo DFH 294 de fabricación  australiana,  1  proveedor  marca  GLOCK con capacidad para 32 cartuchos 9 mm, 1  proveedor  marca  GLOCK  con  capacidad  para 10 cartuchos con 10 cartuchos y 17  cartuchos  9  mm,  a  parte en una bolsa negra (portados por MONTOYA GÓMEZ), un  proveedor  metálico marca PIETRO BERETA con capacidad para 15 cartuchos, con 15  cartuchos  9 mm, un proveedor metálico marca MEC-GAR con 10 cartuchos 9 mm; dos  granadas de fragmentación marca IMI 16A2.   

En  el  lugar de los hechos se recuperaron 9  vainillas  metálicas,  8 ojivas deformadas de plomo recubiertas con un material  metálico de color cobre.   

Según  el  informe  de  captura,  obrante a  folios  25  a  26,  la pistola PIETRO BERETA portada por JAISSON ANDRÉS LEZCANO  VÉLEZ se extravió siendo infructuosa su búsqueda.   

Los  capturados  fueron  identificados  como  MILTON  ÁNDERSON  MONTOYA  GÓMEZ  y  JAISSON  ANDRÉS  LEZCANO VÉLEZ, quienes  expresaron  que  el  señor  GUSTAVO  BIANCHI  los  contrató  para perpetrar el  homicidio.  A  uno  de  ellos  se  le  decomisó  un  celular marca Nokia modelo  1100.”.   

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

1.  Con  base  en  el informe de la Policía  Judicial  de la Dijin y las diligencias practicadas a prevención, el  5 de  diciembre  de 2004, la Fiscalía dispuso la apertura de instrucción1  y  ordenó la  vinculación  mediante  diligencia  de indagatoria de MILTON ÁNDERSON MONTOYA y  JAISSON ANDRÉS LEZCANO VÉLEZ.   

2. El 6 del mismo mes y año, se escuchó en  indagatoria   a   MILTON   ÁNDERSON   MONTOYA   y   JAISSON   ANDRÉS   LEZCANO  VÉLEZ2,  diligencia  en   la  cual  manifestaron  que  se sometían a  sentencia anticipada.   

3.  En  interlocutorio de 10 de diciembre de  20043,  se les definió la situación Jurídica con imposición de medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  sin beneficio de excarcelación,  como  coautores  de  los delitos de homicidio agravado,  concierto   para   delinquir,   fabricación,  tráfico  y  porte  de  armas  de  fuego    y   municiones   de   uso  privativo  de  las  fuerzas  armadas  y  fabricación,  tráfico,  porte  de  armas  de  fuego  o  municiones  de defensa  personal.   

          4.   El   10   de   febrero   de   20054,  se  llevó a cabo diligencia  de  formulación  de  cargos con fines de sentencia anticipada, en la cual   MÍLTON  ÁNDERSON  MONTOYA  y  JAISSON ANDRÉS LEZCANO VÉLEZ, aceptaron cargos  como  coautores  de  los delitos de homicidio agravado,  concierto   para   delinquir,   fabricación,  tráfico  y  porte  de  armas  de  fuego    y   municiones   de   uso  privativo  de  las  fuerzas  armadas  y  fabricación,  tráfico,  porte  de  armas  de  fuego  o  municiones  de defensa  personal  y  estuvieron  asistidos  por el abogado que  ahora recurre en casación   

5. Remitido el expediente el Juzgado Primero  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Antioquia,  el  10  de  octubre de 2005  profirió  sentencia  en  la  que  condenó a MILTON ÁNDERSON MONTOYA y JAISSON  ANDRÉS  LEZCANO VÉLEZ a la pena principal de doscientos ochenta (280) meses de  prisión;  multa  de  mil  trescientos treinta y cuatro (1334) salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes,  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y  funciones  públicas   por  un  periodo  de  diez  (10) años, les negó el  subrogado  de  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de la pena y la  prisión   domiciliaria,   como   autores   de   los   delitos  de  homicidio   agravado,   concierto   para   delinquir,  fabricación,  tráfico  y  porte  de armas de fuego  y municiones de uso privativo de las  fuerzas  armadas  y fabricación, tráfico, porte de armas de fuego o municiones  de defensa personal.   

6.  Inconforme  con la decisión, el abogado  defensor  de  los dos sentenciados, interpuso el recurso de apelación, con base  en  el  cual el 31 de enero de 2006 el Tribunal Superior de Antioquia, confirmó  la sentencia de primera instancia.   

7.  Por disentir de la decisión, el abogado  defensor  de  los  procesados MILTON ÁNDERSON MONTOYA y JAISSON ANDRÉS LEZCANO  VÉLEZ  recurrió  en  casación  y  en  esta  oportunidad,  la Sala califica el  aspecto formal de las demandas por él presentadas.   

LAS DEMANDAS  

El  defensor  común  de  MÍLTON  ÁNDERSON  MONTOYA  y  JAISSON  ANDRÉS  LEZCANO  VÉLEZ  presentó  demandas separadas que  coinciden  en el cargo que formula y en su fundamentación, llegando inclusive a  transcribir  buena  parte  de su texto y sólo de manera excepcional, en algunos  puntos, introduce comentarios o explicaciones adicionales.   

Por  tanto, el resumen de las demandas no se  realizará  en  forma repetida,  se hará de manera conjunta, con las citas  de los apartes adicionales que correspondan a cada procesado.   

Un  cargo  propone  el  apoderado de MÍLTON  ÁNDERSON  MONTOYA  y  JAISSON  ANDRÉS  LEZCANO  VÉLEZ contra la sentencia del  Tribunal  Superior  de  Antioquia,  por  haber dictado la sentencia en un juicio  viciado  de  nulidad  con base en la causal tercera prevista en el artículo 207  del  Código  de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000).   

Señala como violados, el derecho  a la  defensa  y  al  debido  proceso,  “SENTIDO DESCONOCIMIENTO DE LA INVESTIGACION  INTEGRAL   ACCESO   A   LA  SEGUNDA  INSTANCIA  A  LA  PRACTICA  DE  PRUEBAS  DE  DESCARGO”.   

Destaca como normas violadas, los artículos  29  (debido  proceso),  250  (funciones   de   la   Fiscalía   General   de   la  Nación) de la Constitución Nacional y anuncia normas  del  Código de Procedimiento Penal, pero no mencionan ninguna, en su lugar cita  la Ley 975 de 2005.   

Dice que la causal se demuestra “…debido   a  que  ,  las  pruebas  que  favorecían  a  MONTOYA  GÓMEZ…”  LEZCANO  VÉLEZ  “…fueron  objeto de una sistemática negativa  que  impidieron  su  realización sin justa causa, además como puede claramente  observarse  en  el  mismo  sentido el principio fundamental de la investigación  integral  por  la  omisión  a  la  práctica  de las pruebas termina igualmente  siendo  quebrantado  por el criterio erróneo por cierto y equivocado del señor  fiscal   especializado,   quien  en  contravía  del  artículo  40  del  C.P.P,  consideró  que en el trámite de la sentencia anticipada no podían practicarse  pruebas…”.   

Alega que es generador de nulidad, el que no  se  le  haya permitido controvertir la decisión que negó las pruebas; también  el  actuar  del  juzgado  de  no decidir oportunamente la inquietud para que los  procesados  accedieran  por el principio de igualdad a la reducción del 50% que  otorga  el  artículo 351 de la Ley 906 de 2004 y en aplicación extensiva de la  Ley 975 de 2005.   

Anuncia como hechos procesales que generan la  nulidad,  (i) “La omisión en la práctica de pruebas  de   descargos”,  que  no  permitió  demostrar  que  actuaron  obligados  a  delinquir, para así poder alegar la estructuración del  miedo  por insuperable coacción ajena, se violó el principio de investigación  integral,  al  sólo  ordenar  pruebas  que  los perjudicaban; (ii) “La  negativa de permitir  la controversia de los testigos de  cargo”  al  impedir  plantear  interrogantes  a  los  declarantes,   cuando   los   testigos   presenciales  pudieron  ser  objeto  de  cuestionamientos    en   torno   a   cómo   se   produjeron   los  hechos,  específicamente  a  los  momentos antes a la producción de los disparos; (iii)  “La  negativa  de  permitir  de acceder a la segunda  instancia  quebranta el debido proceso y el derecho a la defensa.”,  cuando  al  apelar  la  resolución que negó la práctica de las  pruebas  a  que  se refieren los dos punto anteriores, no se dijo nada por parte  del  fiscal  a  cargo  de  la actuación; y, (iv) “La  negativa  a  reconocer el 50% de rebaja de la pena.”,  en  aplicación del artículo 351 de la Ley 906 de 2004, inquietud que plateó y  en  decisión  de  30  de  marzo  de 2006 la Sala Penal del Tribunal Superior de  Antioquia,  se  abstuvo  de  reconocer,  afectando  el  derecho  sustancia de la  libertad,  con lo cual considera se vulneró el derecho a la defensa  al no  aplicarse los principios de favorabilidad e igualdad.   

Solicita  que  al  encontrar  demostrada  la  causal de nulidad se case la sentencia.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Las  demandas  presentadas  por  el defensor  común  de  los  procesados  MILTON  ÁNDERSON MONTOYA y JAISSON ANDRÉS LEZCANO  VÉLEZ  no  satisfacen  los requisitos formales establecidos en el artículo 212  de la Ley 600 de 2000. Debido a ello, serán inadmitidas.   

1.  Dado  que  el  recurso extraordinario de  casación  se  rige por el principio dispositivo, las pretensiones de la demanda  delimitan  la  competencia  de  la Sala de Casación Penal, con excepción de la  nulidad  que  puede ser decretada oficiosamente en aras de la protección de las  garantías fundamentales.   

Por  tanto,  no  constituye  una  especie de  tercera  instancia;  no  consiste en someter a un nuevo juicio a los procesados,  ni  en  sede  de  casación puede postularse un debate probatorio generalizado y  sin  acatamiento  de la lógica argumentativa que le es inherente, puesto que el  recurso  extraordinario  no  fue  concebido como un medio adicional para litigar  libremente,  sino  como  una  excepcional  manera  de  llevar a conocimiento del  máximo  tribunal  de  la  jurisdicción  ordinaria  el  fallo  proferido por el  Ad-quem,  por  las  causales  taxativamente   señaladas   en  la  ley,  que  hubiesen  sido  seleccionadas  y  desarrolladas en la demanda.   

De  ahí  que,  el  recurso  de casación se  concibe  como  un  instituto  procesal extraordinario que busca remediar o poner  fin   a   la   violación   de  la  Constitución  Política,  del  bloque   de   constitucionalidad   en  lo  pertinente  y  de  la  ley,  que  hubiese  ocurrido  en  la sentencia de segunda  instancia,  por  errores  de  juicio  o  de  actividad,  y  como tal comporta la  elaboración  de un juicio lógico jurídico sobre la sentencia misma, siguiendo  el derrotero trazado en las causales invocadas.   

No  se  trata  de  exigir  que  el libelista  estructure  fórmulas únicas o sacramentales para postular sus reproches, ni se  precisa  siquiera  que  utilice  la  terminología acuñada por la doctrina y la  jurisprudencia   para   designar   las  distintas  especies  de  errores  en  la  estimación  probatoria.  Sin embargo, el casacionista debe discurrir de un modo  claro,  lógico,  y  profundo,  hasta  demostrar  que el fallo presenta defectos  protuberantes  en  su  estructura  jurídica,  de  tal suerte que no es factible  mantener su vigencia.   

2.  Uno  de  los requisitos esenciales de la  impugnación  consiste en la acreditación del interés jurídico para recurrir,  que  para  el procesado y su defensor, en tratándose de la sentencia anticipada  está  restringido a los casos que contempla el inciso 10° del artículo 40 del  Código  de  Procedimiento  Penal  (Ley 600 de 2000),  así:  (i)  respecto  de  la dosificación de la pena;  (ii)  los  mecanismos sustitutivos de la pena privativa de la libertad; y, (iii)  de  la  extinción  de  dominio  sobre  bienes;  además,  por la defensa de las  garantías fundamentales.   

3. Como lo ha reiterado la jurisprudencia de  esta  Sala,  la  sentencia  anticipada participa de la naturaleza de la justicia  consensuada  y  a  su vez forma parte del denominado derecho premial, puesto que  previa   solicitud   a   la   Fiscalía,  el  implicado  manifiesta  consciente,  espontánea  y libremente su voluntad de aceptar los cargos que el instructor le  formule;  y  a cambio de ello, en compensación al “ahorro de instancia” que  el  sometimiento  a  la  justicia  genera,  recibe como beneficio una sustancial  rebaja de la pena que correspondiere.   

4.  De  manera  reiterada       ha      dicho      la      Sala5     que     una  de  las  consecuencias  de  aquel  sometimiento  premiado es la  irretractabilidad.   

En  efecto,  la  aceptación  consciente  y  voluntaria    de   la   responsabilidad   penal   se   rige   por   este  principio,  en  virtud  del  cual,  proferida  la  sentencia  anticipada,  el  procesado  y  su defensor renuncian a  controvertir la prueba y el contenido de la acusación.   

Ello  implica  que, descartados los motivos  que    eventualmente    darían    lugar    a   la   impugnación   (dosificación  de  la  pena,  mecanismos  sustitutivos  de la pena  privativa  de  la  liberta y  extinción  de  dominio  sobre bienes), dichos sujetos  procesales  carecen  de  interés  jurídico para interponer los recursos de ley  contra el fallo.   

5.   Exceptúa   la  anterior  regla,  la  postulación  de algún motivo de nulidad, por afectación sustancial del debido  proceso  o  de  las  garantías  fundamentales.  Así  que, cuando de nulidad se  trate, es factible recurrir  la  sentencia  anticipada,  y  en  particular,  podría  interponerse el recurso  extraordinario,  debido  a  que   la   casación   “debe  tener  por  fines  la  efectividad  del  derecho  material  y  de  las  garantías  de las personas que  intervienen  en  la  actuación  penal,  la  unificación  de  la jurisprudencia  nacional  y además la reparación de los agravios inferidos a las partes con la  sentencia      demandada”,      conforme     lo  dispone      el  artículo      207  del   Código   de  Procedimiento  Penal,  (Ley 600 de  2000).   

6. Lo que no es admisible es que so pretexto  de  la  vulneración  de  las  garantías  fundamentales se utilice la  causal  de nulidad para obviar el principio de irretractabilidad  que gobierna en materia de sentencia anticipada.   

7.    Tal  circunstancia,  es  la  que acontece en el caso que se  examina,   donde   el   abogado   de   MILTON     ÁNDERSON    MONTOYA    y    JAISSON    ANDRÉS    LEZCANO  VÉLEZ aspira a que en sede  extraordinaria  se  case  la  sentencia  anticipada  aduciendo  vulneración del  derecho  a  la  defensa,  con  base  en  circunstancias que formaron parte de la  aceptación    de    cargos    voluntaria,    consciente    y   profesionalmente  asistida,  aunado  a un debate probatorio preclusivo,  propio  del  instituto  de  la  aceptación de cargos para sentencia anticipada,  pretende  revivir,  luego de no sentirse satisfecho por los fallos producidos en  las instancias.   

El      libelista      asegura       que      los      implicados     MONTOYA      GÓMEZ     y     LEZCANO  VÉLEZ  tenían  la  oportunidad de demostrar que su intervención en el homicidio  iba   más   allá   de   la   simple   actividad   de   grupo   y  conforme    a   sus   dichos        en        las         indagatorias,  fueron obligados         a         delinquir  o de lo contrario,             iban    a    ser    ejecutados     junto     con    sus          familias;          aportes        probatorios   de   los   cuales   destaca,   se  realizaron  desde  antes  que decidieran acogerse a  sentencia       anticipada,       con       lo      cual      tenían el derecho de defenderse, aún en el  trámite  probatorio  de  la  sentencia anticipada y  así  demostrar  que  fueron  compelidos  a  cometer los hechos punibles que se  les reprochan.   

Estos   argumentos,   no   se   enmarcan   en  ninguno  de  los casos que contempla el inciso 10° del artículo 40 del  estatuto    instrumental,    como    susceptibles    para    que    procedan de los recursos de ley contra  la          sentencia          anticipada,          motivo          suficiente,      para   que  en  el trámite del recurso extraordinario de casación,  los     impugnantes    carezcan    de  legitimidad para recurrir.   

En  ese  mismo  sentido,       una       controversia       con  perspectivas probatorias,  como     de    manera    idéntica    se   dirigen   los   dos  libelos  que  contienen  las  demandas  de  casación, contravienen   el  principio  de  irretractabilidad,  al  pretender  controvertir  los  medios  de  convicción  que  de  manera   consciente   y   voluntaria   ya    habían   admitido,   cuando   aceptaron   su   responsabilidad penal    con   fines   de   sentencia  anticipada,     allanamiento     que    conlleva,  la  renuncia a   controvertir   la   prueba   y  el  contenido de la acusación.   

Así,    deviene    la    ilegitimidad   para   recurrir,   que  conlleva la inadmisión de la demanda.   

8. La aplicación, por favorabilidad, del  artículo 351 de la Ley 906 de 2004.   

El          demandante  sostiene  lacónicamente y  sin  fundamentación  adicional,  que  si bien el proceso culminó con sentencia  anticipada  en los términos del artículo 40 de la Ley 600 de 2000, el Tribunal  Superior  de  Antioquia  tenía  el  deber  de  aplicar,  por  favorabilidad e  igualdad,   el   artículo   351   del  Código  de  Procedimiento  Penal, (Ley  906   de   2004),  que  autoriza   una   rebaja   de   hasta   la   mitad   de  la  pena,  con  lo cual se ha violado el derecho a la defensa y se generó una  nulidad.   

El reproche así  planteado,   como  un  simple  postulado,  no  será  admitido,  por  falta de  fundamentación.  Sin  embargo,  esta Sala de la Corte casará parcialmente y de  oficio     el     fallo     del     Tribunal     Superior     de    Antioquia, para redosificar la pena en  cuanto  hubiere  lugar,  por  las  razones  que  en  el  siguiente  acápite  se  ofrecen.   

El censor omitió aludir a la razonabilidad  de     las     vertientes     opuestas     que     nutren     la    esmerada discusión jurisprudencial en  torno  del  tema  de  la  favorabilidad  en  ese evento específico; y nada dijo  acerca  de  la  posición  mayoritaria de la Sala de Casación Penal, vigente al  tiempo  del  fallo -31 de  enero  de  2006-, que no admitía la similitud entre  la  sentencia  anticipada  (artículo  40 Ley 600 de  2000)  y  el  allanamiento  a  cargos  (artículo  351 Ley 906 de 2004), y que  se   mantuvo   en   tal   sentido,   desde   que   inició   la    controversia   jurídica,   hasta  cuando  se  profirió  la  sentencia de 8   de   abril  de  2008  (radicación  25036),   en   la  que  se  produjo  un  cambio  en  la  doctrina de la Sala  mayoritaria,      para     ahora     admitir   la   aplicación   de   la   ley  procesal  con  efectos  sustanciales más favorables.   

Esto  es,  el  recurrente  no  explicó  por   qué  considera  necesario  variar   la  postura   de  la  vertiente jurisprudencial mayoritaria vigente al tiempo en que  el  fallo  fue  emitido;  y  en modo alguno consultó el estado de la discusión  jurídica que circundaba esa precisa temática.   

Por  similares  defectos,  con  auto  de  30  de  noviembre  de 2006  (radicación  26306), la  Sala  de  Casación  Penal  inadmitió  la  demanda  del recurso extraordinario,  oportunidad en la que explicó:   

“Siendo lo anterior así, la ausencia de  una  tesis  que  ofrezca adecuado sustento a la alegada violación directa de la  ley  sustancial,  sobre la cual versa el único cargo propuesto contra el fallo,  incide  con  notoriedad  en su ineptitud para franquear el acceso a este recurso  extraordinario,  máxime  si  se  tiene  en  cuenta  que  la  Sala mayoritaria y  reiteradamente  se  ha pronunciado sobre dicha temática, negando la posibilidad  de  que  se aplique la rebaja prevista para el allanamiento a la imputación que  regula  el  artículo  351  de  la  ley  906  de  2004,  a  eventos de sentencia  anticipada  contemplados  en  la Ley 600 de 2000, por considerar que se trata de  formas  de  terminación  anormal del proceso que por su diferente naturaleza no  pueden      ser     asimiladas     ­-Cfr.  Sentencias  de  Casación  del  23 de agosto de 2005 y 1 de  junio de 2006, radicado 21954 y 22980-.   

Por  manera  que,  en  la medida en que el  demandante  no  acompaña  su  denuncia  específica  contra el fallo de segundo  grado  de  razones  suficientes que permitan a la Sala visualizar, al menos como  probable,  la  posible  incursión del fallador en la alegada violación directa  de  la  ley  sustancial,  apenas  insinuada  en  el libelo pero sin apoyatura en  argumentos  dotados  de  material  contenido,  como  tampoco la variación de la  jurisprudencia  mayoritariamente consolidada en esta materia, se impone de plano  la  inadmisión,  conforme  a  las  previsiones  del  artículo 213 del estatuto  procesal penal.”   

Sin   una   labor   metodológica  de  esa  naturaleza,  la  sola  utilización  de  palabras  o  frases  conclusivas por el  libelista,  que  podrían  tener  eco  en  su  visión particular del asunto, no  alcanzan  la  entidad de un cargo casacional, donde es esencial demostrar que el  fallo  fue edificado sobre bases erróneas; y por ello, el sólo enunciado no es  admisible como un cargo autónomo.   

De  otra parte, el tema objeto del recurso,  no  ocupó  la  atención  ni  fue  materia de consideración y decisión de los  fallos  de  instancia,  pues  como tal, no fue propuesto por la defensa, tampoco  estudiado  por  el Tribunal, menos aún, objeto del recurso de apelación que el  defensor  interpuso contra la sentencia de segunda instancia, con lo que deviene  carente  de  legitimidad  para recurrir, pues la casación no puede versar sobre  cuestiones  no debatidas en las instancias o analizadas sólo en la sentencia de  primer   grado,   y   sobre  las  cuales  el  Tribual  Superior  no  se  hubiere  pronunciado.   

Frente  a  este  aspecto,  no legitima al  impugnante  en  casación,  su  reacción  tardía  de  defensa, cuando luego de  producidas  las  sentencias  de  instancias  y en el momento en que se decide la  concesión  del  recurso  extraordinario  que  ahora  ocupa  la atención, eleva  solicitud    en    tal   sentido,   que   por   obvias   razones   -falta   de   competencia;  carácter  inmodificable de las providencias por el juez que las  emite;   y,  no corresponder el tema propuesto a  los   que  se  debatieron  en  las  instancias-,  el  Tribunal   decidió  de  manera  adversa.   

Las   impropiedades   advertidas   con  antelación   conllevan   a  inadmitir  la  demanda,  máxime  que  -con        la        excepción  siguiente-  en  la  revisión  del  expediente no se  observa  la  vulneración  de  alguna  garantía  fundamental,  que  amerite  el  ejercicio  de  las  facultades  oficiosas  de  la Sala de Casación Penal en los  términos  del  artículo  216  del  Código  de Procedimiento Penal, Ley 600 de  2000.   

9. CASACIÓN OFICIOSA.  

Como    ya   lo   ha   precisado   esta  Colegiatura6,  pese  a que se inadmitirá la demanda, es factible redosificar la  pena,  en  reconocimiento de las garantías fundamentales del implicado, a quien  la  norma  Superior  otorga  el  derecho  a  la  favorabilidad, sin necesidad de  disponer   el   traslado   al   Ministerio   Público  para  que  conceptúe  al  respecto.   

9.1.  Aún  cuando  el  tema  relativo  a  posibilidad  de conceder la rebaja de hasta la mitad de la pena por allanamiento  a cargos, permitido en el  artículo    351    del    Código    de    Procedimiento   Penal   (Ley  906  de 2004), por favorabilidad,  respecto   de  quienes  se  sometieren  a  sentencia  anticipada  según  el artículo 40 de la Ley 600 de  2000,  era  descartado  por  la  Sala  mayoritaria  de  Casación  Penal,  en la  actualidad, tal asunto se  observa   desde   una   óptica   diferente,   porque   operó   un   cambio  de  jurisprudencia7,  en  el  sentido  de  reconocer  ahora,  mayoritariamente, dicha  posibilidad.   

En  la  nueva  postura  jurisprudencial, la  mayoría   de   integrantes   de   la   Sala   de   Casación  Penal8,   luego  de  estudiar  las  diferentes  opciones,  se  inclinó  por  el reconocimiento de la  favorabilidad, entre otras, por las siguientes razones:   

“Ante  la  coexistencia de dos sistemas  jurídico-procesales  distintos  se  presentan  varias  inquietudes:  en  primer  lugar,  si  es  procedente  la  favorabilidad  en  la  simultaneidad  de  normas  procesales;  y,  en  segundo  lugar,  si  es  procedente  aplicar,  por  vía de  benignidad,  disposiciones de la ley 906 del 2004 a casos regidos por la ley 600  del 2000, siendo sus instituciones de tan diversa naturaleza.   

(…)  

En   conclusión,  como  lo  expuso  el  Ministerio  Público,  las  normas  que  regulan la reducción de la pena tienen  efectos  sustantivos,  pues  disciplinan la libertad personal del procesado. Por  lo  tanto,  el  inciso  primero  del  artículo  351  de la ley 906 del 2004, ab  initio,  puede ser aplicado retroactivamente a situaciones gobernadas por la ley  600 del 2000, en virtud del postulado de la favorabilidad.   

(…)  

Según  los  artículos 206 de la ley 600  del  2000 y 180 de la ley 906 del 2004, la casación penal tiene como una de sus  finalidades  la unificación de la jurisprudencia nacional, entre otras razones,  para  garantizar  principios  como  los  de  igualdad y de previsibilidad de los  ciudadanos  frente  a  la  ley,  propósito  que  se erige en baluarte desde los  albores del recurso en Colombia.   

(…)  

En  el  caso que ocupa la atención de la  Sala,  resulta  más  cara  al  ser  humano  la  interpretación  que permite la  aplicación  retroactiva, por vía de favorabilidad, del artículo 351 del nuevo  Estatuto procesal.   

Reconoce  esta  decisión  que  en  esta  modalidad  de  Estado, pueden coexistir interpretaciones diversas sobre un mismo  punto  de  derecho,  en  cuyo caso para garantizar el principio de igualdad y la  efectividad  misma  del  principio  de favorabilidad, debe primar la opción que  más  identifique  los  postulados del sistema jurídico vigente, que en nuestro  caso   y según los artículos 1,6, 7, 93 de la Constitución Política, es  el  reconocimiento de la dignidad humana, a partir de la libertad y la igualdad.   

(…)  

Lo  anterior  para  indicar que es con la  figura  del  allanamiento a cargos que la sentencia anticipada guarda similitud,  en  donde  entre  el  imputado  y  la  fiscalía  no  ha  mediado consenso y las  consecuencias  de  ese  acto  unilateral libre y voluntario no dependen sino del  juez   dentro   del   marco   de   movilidad   que  la  ley  confiere  hasta  la  mitad-.   

Desde esta observación sí parece que la  invocación  al  principio  de  favorabilidad es correcta, porque el supuesto de  hecho  es idéntico: se trata de un ciudadano que admite su culpabilidad en unos  hechos  y  releva  al  Estado  del  esfuerzo  de  la demostración probatoria en  juicio;  en  las  dos  situaciones la pena no se acuerda, literalmente hablando,  porque  aquella  se  dosifica  por  el  juez,  conforme  a los criterios para su  fijación  y  dentro  del  marco  de  movilidad que le confiere el artículo 351  ejusdem,  en  ninguno  de los dos eventos se pactan situaciones procesales sobre  la  libertad,  como  subrogados  penales;  es decir, el fiscal no acuerda con el  imputado,  la  alegación  de culpabilidad de aquél, previo conocimiento de los  cargos  formulados  por  la fiscalía,  lo pone en directa relación con el  juez,  no  con el fiscal, con quien no se estima ni pena, ni subrogados, esto es  lo que ocurre también con la sentencia anticipada.   

Tampoco  es  correcto  afirmar  que  el  allanamiento  a  cargos  esté  condicionado  a  la  reparación integral de los  perjuicios  ocasionados,  lo  que  se ha destacado como nota diferenciadora para  imposibilidad  la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad.   Lo que  ocurre  es  que esta situación condiciona la relación jurídica entre fiscal e  imputado  para  acordar,  pero  cuando  el  ciudadano se allana a los cargos sin  mediar  acuerdos  ni  pactos  con  su  acusador,  es  el juez el que decide, por  ejemplo  que  no  es  acreedor  a una rebaja de la mitad de la pena, sino de una  significativamente  menor,  según  se  satisfagan los presupuestos axiológicos  que se persiguen con la terminación anticipada del proceso.”   

Por consiguiente, se casará parcialmente y  de  oficio  el  fallo, para redosificar la pena, en cuanto a ello hubiere lugar,  en  beneficio  de  MILTON  ÁNDERSON  MONTOYA  y JAISSON ANDRÉS LEZCANO VÉLEZ,  quienes  se  encuentran  en  las  condiciones  que  permiten la aplicación, por  favorabilidad  del  artículo  351 de la Ley 906 de 2004, en los términos de la  nueva jurisprudencia.   

9.2.  El  Juez  Primero  Penal del Circuito  Especializado  de  Antioquia,  luego  de  dosificar  en  modo  correcto  la pena  imponible  para  los  delitos  de  homicidio agravado,  concierto   para   delinquir,   fabricación,  tráfico  y  porte  de  armas  de  fuego    y   municiones   de   uso  privativo  de  las  fuerzas  armadas  y  fabricación,  tráfico,  porte  de  armas  de  fuego  o  municiones  de defensa  personal,  tasó la pena en cuatrocientos veinte (420)  meses  de prisión y multa de dos mil (2000) salarios mínimos legales mensuales  vigentes  e  inhabilidad para el ejercicio de derechos y funciones públicas por  un período igual al de la pena privativa de la libertad.   

Por  tratarse  de  sentencia  anticipada,  conforme  a  lo  dispuesto  en  el  numeral  4° del artículo 40 del Código de  Procedimiento  Penal  (Ley 600 de 2000), a  ese  guarismo  restó  la  tercera  parte  (1/3), es decir, ciento  cuarenta  (140)  meses  a la pena de prisión y seiscientos sesenta y seis (666)  salarios mínimos legales mensuales vigentes a la pena de multa.   

De  ese  modo,  MILTON  ÁNDERSON MONTOYA y  JAISSON  ANDRÉS  LEZCANO  VÉLEZ  fueron  condenados a doscientos ochenta (280)  meses  de  prisión,  equivalentes a veintitrés (23) años, cuatro (4) meses; y  multa  de  mil  trescientos  treinta  y  cuatro (1334) salarios mínimos legales  mensuales                   vigentes9.   

Como  los  procesados admitieron los hechos  desde  la  diligencia  de  indagatoria  y  aceptaron  los cargos tan pronto como  quedó  en  firme  la  resolución  que  les  impuso medida de aseguramiento, es  evidente  que  con  el sometimiento a la justicia permitieron el mayor ahorro de  instancia  posible  y,  por  ende  es  factible  concederles, en aplicación del  principio  de  favorabilidad,  la  rebaja de hasta la mitad de la pena, a que se  refiere  el  artículo  351  de  la  Ley  906  de  2004,  acorde con la reciente  innovación jurisprudencial.   

En  ese  orden  de ideas, los cuatrocientos  veinte  (420)  meses  de  prisión  y  multa de dos mil (2000) salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes,  se  reducen  en  la  mitad  (1/2), con lo cual se  obtienen  doscientos  diez (210) meses, equivalentes diecisiete (17) años, seis  (6)  meses  de  prisión  y  mil  (1000)  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes.   

En consecuencia, MILTON ÁNDERSON MONTOYA y  JAISSON   ANDRÉS  LEZCANO  VÉLEZ  quedarán  condenados  a  la  pena   de  diecisiete  (17)  años seis (6) meses de prisión, multa de mil (1000) salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes  y  a  inhabilitación en el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  por igual lapso, sentido en el que se casará  parcialmente  y  de  oficio  el fallo del Tribunal Superior de Antioquia, que en  todos los demás aspectos permanecerá incólume.   

Cabe  precisar  y  respecto  de  la  pena  accesoria   de   inhabilidad   para   el   ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas,   que no obstante el Juzgado al declararla en el numeral segundo  de  la parte resolutiva del fallo, expresó que correspondía a un periodo de 10  años,     advierte     la     Sala,     que     esa    mención    -la       de       la       parte  resolutiva-,   corresponde   a   un   lapsus,      pues     su    estimación    en   la   parte  motiva  de la sentencia, correspondió a un período  igual   al   de   la  pena  principal,  parámetro  que  por ajustarse al   mandato  del  artículo 51 del Código Penal (Ley 599  de  2000)  que dispone su  equivalencia  a  un  tiempo  igual  al  de  la  pena  principal,  en  un lapso  comprendido   entre   5   y   20  años,   será   la   que   se   imponga   en   este   caso,  sin  que  con  relación  a  la  referencia aludida       -10      años-,      constituya     una    reforma    en   perjuicio   en  casación,   pues  -se  repite-,      la  disparidad  obedece  a un error de transcripción en  la   parte   dispositiva  de  la  sentencia  de  primera  instancia.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

1.  INADMITIR  las  demandas  de  casación  presentadas  por el defensor común de los procesados MILTON ÁNDERSON MONTOYA y  JAISSON   ANDRÉS   LEZCANO   VÉLEZ,   conforme  a  lo  expuesto  en  la  parte  motiva.   

2. Casar parcialmente y de oficio el fallo  del   treinta  y  uno  (31)  de  enero  de    dos    mil    seis   (2006),  proferido      por      el      Tribunal      Superior      de      Antioquia,  en  el sentido de declarar  que   MÍLTON  ÁNDERSON  MONTOYA  y  JAISSON  ANDRÉS  LEZCANO        VÉLEZ        quedan         condenados   por  los      delitos  de   homicidio  agravado,  concierto   para   delinquir,   fabricación,  tráfico  y  porte  de  armas  de  fuego    y   municiones   de   uso  privativo  de  las  fuerzas  armadas  y  fabricación,  tráfico,  porte  de  armas  de  fuego  o  municiones  de defensa  personal,   en   concurso  heterogéneo,  a la pena de diecisiete (17) años  seis   (6)   meses   de  prisión,  multa  de mil (1000) salarios mínimos  legales    mensuales    vigentes   y  a inhabilitación de derechos y funciones públicas por igual  lapso.   

3.  En  todos  los  demás  aspectos  la  sentencia        del        Tribunal        Superior       de       Antioquia           permanece  incólume.   

4. Contra lo decidido en el presente fallo  no procede recurso alguno.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Salvamento  parcial de voto   

JOSÉ LEONIDAS  BUSTOS  MARTÍNEZ                            ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS                         AUGUSTO IBÁÑEZ GUZMÁN   

                           Permiso   

JORGE  LUIS QUINTERO MILANÉS                                        YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

Salvamento  parcial    de    voto                                                                      Salvamento parcial  de voto   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                        JAVIER ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

SALVAMENTO    PARCIAL   DE   VOTO   

Con el respeto que siempre he profesado por  las  decisiones  de  la  Sala,  estimo  necesario  salvar el voto respecto de lo  decidido  en  el  presente  asunto,  como  quiera  que  sigo convencido, como se  analizó  en  muchas decisiones anteriores en las cuales la tesis primó, de que  no  es posible aplicar por favorabilidad el porcentaje de atemperación punitiva  que  para  el  allanamiento  a cargos consagra el artículo 351 de la Ley 906 de  2004,  a  hechos  tramitados dentro de los presupuestos procesales de la Ley 600  de 2000.   

Para  mejor comprensión de las razones que  facultan  persistir  en  los  motivos que antaño justificaron decidir de manera  contraria   a como se hace hoy, estimo necesario abordar en este salvamento  tres puntos concretos:   

    

1. Naturaleza   y   efectos   de  los  principios  de  favorabilidad  e  igualdad.   

2. Disimilitud   entre   los  institutos  de  la  sentencia  anticipada  (artículo  40 de la Ley 600 de 2000) y los acuerdos y preacuerdos que contempla  el Capítulo único del Título ll de la Ley 906 de 2004.   

3. Vulneración  del principio de igualdad a través de la aplicación,  por favorabilidad, del artículo 351 de la Ley 906 de 2004.     

1.  Ya  en  aclaración  de  voto anterior,  cuando  apenas  se  comenzaba  a  discernir  sobre  la  aplicación  de la nueva  sistemática  acusatoria,  estimé  pertinente  glosar la afirmación de la Sala  mayoritaria,  referida  a la posibilidad de aplicar algunas normas de la Ley 906  de  2004,  a asuntos tramitados en seguimiento de lo dispuesto por la Ley 600 de  2000,   en   aplicación   del  principio  de  favorabilidad,  de  la  siguiente  manera10:   

“1.2.  El  principio de favorabilidad y  sus alcances constitucionales.   

La  favorabilidad  es un principio rector  del   derecho   punitivo   que   aparece   consagrado  en el artículo 29 de la Constitución Nacional como  parte esencial del debido proceso, en los siguientes términos:   

“Nadie podrá ser juzgado sino conforme  a  leyes preexistentes al acto que se le imputa, ante juez o tribunal competente  y   con   observancia   de   la   plenitud   de   las  formas  propias  de  cada  juicio.   

“En  materia  penal,  la ley permisiva o favorable, aún cuando sea posterior, se aplicará de  preferencia  a  la  restrictiva  o  desfavorable”.   

Corresponde por tanto, por su pertinencia,  establecer   cuáles  son  los  alcances  que  la  Constitución  le  asigna  al  mismo.   

Pero antes, es necesario aclarar que aunque  el  concepto  “derecho penal”, en sentido amplio, es comprensivo del sistema  penal  y,  por  tanto, abarca al derecho penal sustantivo o material, al derecho  penal  procesal  y al derecho penal de ejecución, sin embargo, de ello no puede  seguirse  que  el  legislador  constituyente  hubiera  querido  cobijar  bajo el  alcance  del  principio  de  favorabilidad a todas las normas del sistema penal;  empero,  tampoco  de  ello  puede  concluirse  en el sentido de que el principio  sólo  alcanzaría  a  los  preceptos  contenidos  en  el derecho penal material  (Código  Penal  y  leyes  penales  especiales), por lo que conviene precisar lo  siguiente:     

* El principio nace de  la  idea  de  que ley penal expresa la política de defensa social que adopta el  Estado   en   un   determinado   momento  histórico,  en  su  lucha  contra  la  delincuencia.   

* Que   toda  modificación  de  las  normas  penales  expresa  un  cambio  en  la valoración  ético-social  de  la conducta delictiva, en el cómo y en la forma en que ha de  ejecutarse  la  acción  represora del Estado frente a la realización del hecho  delictivo  y  en  las  reglas  de  ejecución  de  la consecuencia jurídica del  delito, esto es, la sanción penal.   

* Consiguientemente,  como  lo  ha  admitido  pacíficamente  doctrina  y  jurisprudencia nacional, la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad  no  puede estar limitado sólo a  supuestos  en  los que la nueva norma penal descriminaliza la conducta típica o  disminuye  el  quantum de su pena, sino también, cuando la nueva ley (ley penal  material,  procesal o de ejecución) beneficie al procesado, en el ámbito de su  esfera  de libertad; siendo comprensiva de tal ámbito, entre otras, las medidas  cautelares   personales  y  los  parámetros  de  prescripción  de  la  acción  penal.     

         Por   lo   tanto,   el  baremo  o  medida  de  valoración  para  la  determinación  de la aplicación retroactiva de la ley penal favorable no está  en  que el precepto invocado forme parte del derecho penal material, sino en que  el  mismo  afecte  esferas  de  libertad  del individuo, por lo que es frecuente  encontrar  en  los  códigos  de  procedimiento  penal  normas  de  indiscutible  naturaleza sustantiva.   

Del  análisis  que  precede se extraen las  siguientes conclusiones:     

* La prohibición de  aplicación  retroactiva  de  la ley penal se extiende a las normas de contenido  sustantivo  que  se  encuentren  en  leyes tanto materiales como procesales y de  ejecución.   

* Una norma tendrá  carácter  sustantivo,  cuando  afecte  las  esferas  de libertad del imputado o  condenado,  entendiéndose  a  la  libertad  aquí  aludida, como la facultad de  autodeterminarse  que tienen los hombres, sin sujeción a una fuerza o coacción  proveniente  del  exterior,  en  este  caso, del sistema penal. Conforme a ello,  aquellas  normas  contenidas  en leyes penales que afecten, restrinjan o limiten  los    derechos    fundamentales    de    las   personas,   tendrán   carácter  sustantivo.     

Ahora   bien,   los   principios   de  favorabilidad  y retroactividad benigna de las normas penales y en particular de  las  penas,  han sido positivizados como expresión de la tutela de los derechos  básicos  y  fundamentales  de  las  personas  en  los  Estados  que se reclaman  democráticos  de  derecho,  por lo que además  hallan sustento en algunos  tratados    internacionales    de    protección   a   los   derechos   humanos,  así:   

     

A. El Pacto  Internacional  de Derechos Civiles y Políticos, cuyo artículo 15.1 en su parte  final  indica que si la ley posterior dispone una pena mas leve, el penado será  beneficiado con los alcances de  dicha norma.   

B. El Pacto  de  San José de Costa Rica, cuyo artículo 9º en su última parte expresamente  declara  que  debe  aplicarse la pena más leve si la nueva ley así lo dispone.     

Y siendo que de acuerdo con el artículo 93  de  la  Carta Política, los tratados y convenios internacionales sobre derechos  humanos,   prevalecen   en  el  orden  interno,  es  decir,  que  se  encuentran  incorporados  a  nuestra  legislación  a  través  de  la  teoría francesa del  “bloque  de constitucionalidad”, es claro que tanto la Convención Americana  sobre  Derechos  Humanos  o  Pacto  de  San  José  de  Costa Rica como el Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos11, imponen como obligación el  respeto  del  principio  de  favorabilidad  en  la  aplicación de la ley penal.   

(….)  

1.3.  Materialización  del  principio de  igualdad en la aplicación de la ley penal favorable.   

La  igualdad  se  halla  instalada  en el  ordenamiento  jurídico  supremo  como  principio  y  regla  y  a  partir de tal  recepción configura un derecho y una garantía.   

En  su condición de principio irradia al  resto  del  ordenamiento,  constituye  una  guía  de  apreciación  y, al mismo  tiempo,  se  define  como  un  mandato  de  optimización.  Mandato  que  no  es  disponible  para  los  poderes  constituidos,  y  que  por  tanto  conforma  una  directriz fuerte en la aplicación de la Ley a un caso concreto.   

El principio de igualdad constitucional se  integra  con el concepto de ser mirado como igual y con el de igual tratamiento.  En  su  condición  de  derecho  habilita a los individuos dentro del sistema la  facultad  de  formular  oposición  frente a normas o actos violatorios de aquel  principio  en  términos  generales  o  francamente  discriminatorios  desde  lo  específico,  estatus negativo, o de exigir algún comportamiento determinado de  los poderes públicos, estatus positivo.   

Y,  finalmente,  en  su  condición  de  garantía,  aunque  sustantiva  y  no meramente procesal, en tanto constituye un  presupuesto   para  la  efectividad  de  las  diversas  libertades  o  derechos.   

Por lo tanto, la igualdad como principio y  garantía  tiende a condicionar a los poderes públicos en cuanto al grado de su  consideración  a  la  hora de reglar, omitir o actuar. La igualdad como derecho  interrelaciona  con el resto de los derechos fundamentales, es presupuesto de su  ejercicio  y  está  alcanzado por el principio constitucional que establece que  no hay derechos en su ejercicio absoluto.   

En  el  campo  específico  del  derecho  procesal,  la  jurisprudencia constitucional tiene establecido que “El someter  las  controversias a procedimientos preestablecidos e iguales no sólo garantiza  el  derecho  de defensa: realiza, en primer lugar y principalmente, el principio  de  igualdad  ante  la  ley,  en  el  campo de la administración de justicia. Y  asegura  eficazmente la imparcialidad de los encargados de administrar justicia,  mediante   la  neutralidad  del  procedimiento”.12   

Pero  el  texto  de la ley no es, por sí  mismo,  susceptible  de  aplicarse  mecánicamente  a  todos  los  casos, y ello  justifica  la  necesidad de que el juez lo interprete y aplique, integrándolo y  dándole  coherencia,  de  tal  forma  que  se  pueda realizar la igualdad en su  sentido constitucional más completo.    

A  este respecto, la Corte Constitucional  ha  resaltado,  que  el  contenido del derecho de acceso a la administración de  justicia  implica  también  el  derecho  a  recibir un tratamiento igualitario.  Dijo:   

“El  artículo 229 de la Carta debe ser  concordado  con  el  artículo 13 idem, de tal manera que el derecho a “acceder”  igualitariamente  ante  los  jueces implica no sólo la idéntica oportunidad de  ingresar  a  los  estrados judiciales sino también el idéntico tratamiento que  tiene  derecho  a  recibirse  por  parte de jueces y tribunales ante situaciones  similares.  Ya no basta que las personas gocen de iguales derechos en las normas  positivas  ni  que sean juzgadas por los mismos órganos. Ahora se exige además  que   en   la  aplicación  de  la  ley  las  personas  reciban  un  tratamiento  igualitario.  La  igualdad  en la aplicación de la ley impone pues que un mismo  órgano  no  pueda  modificar  arbitrariamente  el  sentido de sus decisiones en  casos        sustancialmente       iguales”13.   

         Finalmente,  no  puede  desconocerse  que la aplicación de la ley  penal  favorable  materializa  el  principio de igualdad en la aplicación de la  ley,  en  la  medida  en que es posible que a situaciones fácticas similares se  les  de  tratamientos  normativos  diferentes  en  el  transcurso del tiempo por  fuerza  de  la  cambiante  política  criminal  del  Estado,  los  cuales pueden  resultar  más  o  menos  gravosos  para sus destinatarios, quienes estarían en  ciernes  de  invocar  a  su  favor aquellos preceptos creados en otros contextos  para   regular  de  manera  benévola  situaciones  semejantes,  a  fin  de  ser  receptores  de  igual  merced.  Véase cómo en tales eventos el trato favorable  realiza     el     concepto    de    igualdad    en    los    términos    aquí  analizados.”   

    

1. No se discute ya, y en el proyecto  aprobado   por   la   mayoría   se  detalla  suficientemente  el  tópico,  que  precisamente  en  seguimiento  de las pautas atrás trazadas, es posible aplicar  por  favorabilidad  algunas normas de la Ley 906 de 2004, a procesos adelantados  en seguimiento de lo dispuesto por la Ley 600 de 2000.     

No es ello algo que hoy pueda ser objeto de  discusión.  Sin  embargo, así lo acepta también la decisión de la cual ahora  discrepo,  en  tratándose  de  dos sistemáticas completamente diferentes, como  quiera  que  la  Ley  906  de  2004  busca  implementar  en  el  país el modelo  acusatorio,   en   contraposición  a  los  dispositivos  anteriores,  de  corte  inquisitivo   o  mixto,  esa  aplicación  favorable  sólo  opera  respecto  de  institutos  similares,  de manera que aquellos propios del tipo de procedimiento  novedoso,    resultan    de    imposible    entronización    en   el   régimen  anterior.   

Y  ello  es  lo que sucede con esa forma de  terminación  anticipada  que  con el rótulo de allanamiento a cargos regula la  Ley  906  de  2004,  pues,  como se había sostenido invariablemente por la Sala  mayoritaria  hasta  ahora,  sin  que  existan  nuevos desarrollos legislativos o  argumentos  distintos  a  los  que  para  esa  época  soportaban  la  posición  disidente,  que  obliguen  cambiar  lo  dicho,  no  se  trata  de  un  mecanismo  independiente  que  por  sí  mismo se entienda compartir las aristas básicas o  presupuestos  fundamentales de la sentencia anticipada regulada en la Ley 600 de  2000,  a  la  manera  de  entender  ambas  figuras hermanadas en su naturaleza y  efectos.   

Se dijo antes, y ahora debo reiterarlo, que  el  allanamiento  a cargos no opera en calidad de figura aislada o refractaria a  las  características  específicas  del sistema acusatorio, sino como instituto  connatural  al  mismo  y,  en  especial,  a  esa forma de justicia consensuada o  premial  que se busca hacer valer, en el entendido, desde luego eficientista, de  que  por  su  naturaleza  resulta imposible tabular a través del juicio oral un  porcentaje muy alto de procesos.   

Por  ello  precisamente  la Ley 906 de 2004  consagra  institutos claramente dirigidos a buscar esa terminación anticipada o  extraordinaria  de las investigaciones penales, dentro de los cuales destacan el  principio  de oportunidad y lo que en el Título ll se reseña bajo el epígrafe  de   “PREACUERDOS   Y  NEGOCIACIONES  ENTRE  LA  FISCALÍA  Y  EL  IMPUTADO  O  ACUSADO”.   

Bajo  ese  rótulo  genérico  del  Título  segundo  en  cita, cabe relevar, se insertan tanto las negociaciones propiamente  dichas,  como  el  allanamiento  a  cargos,  no sólo porque la simple revisión  exegética  de  la  normatividad  así lo informa, sino en atención a que no se  entienden  ambas  como  figuras disonantes o siquiera alternativas, sino propias  de esa teleología premial arriba destacada.   

No en vano, el inciso primero del artículo  351  de  la  Ley  906  de 2004, expresamente se refiere al allanamiento a cargos  operado  en  la audiencia de formulación de imputación, para significar que en  ese  momento procesal puede aspirar la persona a una rebaja de “hasta la mitad  de   la  pena  imponible”,  para,  a  renglón  seguido,  determinar  como  el  consecuente  escrito  de  acusación  que  por congruencia servirá de base a la  necesaria  sentencia  de  condena, ha de consignar el acuerdo, no otro distinto,  debe  señalarse,  a  aquel en el cual se definió entre las partes –fiscalía  y  defensa-,  cual, dentro  del  ámbito  de  atemperación  regulado  por  la  norma,  será  el porcentaje  concreto a aplicar a favor del procesado.     

Ahora bien, en el fallo del cual discrepo se  pretende  controvertir  el  argumento  exegético,  significándose (párrafo 2,  página  49),  que  el allanamiento a cargos se encuentra regulado, dentro de la  Ley  906 de 2004, en capítulo distinto o independiente al único del Titulo ll,  en  el  cual se detalla lo concerniente al campo de preacuerdos y negociaciones,  agregándose  que  lo  contemplado  en  el  inciso  primero del artículo 351 se  establece apenas para “trazar” los efectos de ese allanamiento.   

No  parece  que  sea  así, pues, en primer  lugar,  si  el  tema apenas remitiese a un aspecto instrumental, nada obsta para  que  allí mismo, cuando se regula la audiencia de formulación de imputación y  su  trámite,  se  dejara  sentado  ese  porcentaje  de  reducción, en lugar de  deferirlo  a  un  Título  y  Capítulo  que  contempla un aspecto eminentemente  sustancial,  propio,  como se viene anotando, de la teleología consignada en la  Ley 906 de 2004.   

La  evaluación, entonces, es la contraria,  si  se  trata  de  respetar los valores y diferencias entre lo sustancial y  lo simplemente procedimental consagrado por la nueva normatividad.   

Vale  decir, si el allanamiento a cargos se  relacionó  expresamente  en el Título referido al instituto de los preacuerdos  y  negociaciones,  no  apenas,  como  se  señala en el proyecto aprobado por la  mayoría,   para   “trazar”  el  porcentaje  de  reducción  de  pena,  sino  entendiéndolo   mecanismo   propio   de   la  justicia  premial  y  consensuada  desarrollada   en   su  único  capítulo,  lo  lógico  es  comprender  que  la  reiteración  accesoria  instituida en otros capítulos, busca apenas establecer  procedimentalmente  la  forma  (momento  y modalidad) como ese mecanismo se hace  efectivo  en el estado procesal en el cual se hace la manifestación de voluntad  del  procesado, sin que ello pueda llevar a concluir de la forma como lo hace el  fallo del que me aparto.   

Es  que,  se  olvida  en  la  providencia  aprobada,  que  ese allanamiento a cargos no tiene apenas un momento procesal de  materialización:  la  audiencia  de formulación de imputación -quizás porque  se  tuvo en mente la aplicación por favorabilidad del máximo del 50% permitido  para  esta  forma  extraordinaria de terminación del proceso-, obrando también  posible  que  ello  suceda  en la audiencia preparatoria (artículo 356, numeral  5°),  permitiendo  la  reducción de pena de “hasta en la tercera parte”, y  al  comienzo  de la audiencia de juicio oral (artículo 367), aquí con una sola  opción de atemperación punitiva de una sexta parte.   

Esa auscultación normativa permite apreciar  que  no se trata de que el legislador buscase ubicar el allanamiento a cargos en  un  apartado  diferente del Título destinado a los preacuerdos y negociaciones,  sino  apenas  de  establecer  cómo  opera procesalmente la figura dentro de los  tres estadios o momentos que la permiten.   

No  es posible, tampoco, examinar aislada y  descontextualizadamente  el  allanamiento a cargos, como si se tratase apenas de  una  reiteración  de  lo  que  bajo  la  denominación  de sentencia anticipada  consagraba  el  artículo  40  de  la Ley 600 de 2000, dado que además de hacer  parte  de  esa  teleología propia del sistema acusatorio, encaminada a facultar  soluciones  anticipadas  del  conflicto,  irradia  los motivos que impelieron la  expedición  de  la  Ley  890 de 2004, en el entendido que las generosas rebajas  establecidas  en  la  novísima  sistemática,  obligaban,  para hacer valer los  principios  de  legalidad  de  la pena y retribución justa inserta en la misma,  incrementar  los  montos  sancionatorios  definidos  para  la generalidad de los  delitos en el Código Penal vigente, Ley 599 de 2000.   

Entonces,  para equilibrar los conceptos en  pugna,  como  fiel  de la balanza, a la par con el alto porcentaje de reducción  producto  de  los  acuerdos,  sea  por  la  vía  de  la  negociación  o  de la  aceptación  de  cargos,  se estableció el incremento generalizado de penas, en  una  proporción  de  la  tercera  parte  para su mínimo y la mitad del máximo  (artículo 14 Ley 890 de 2004).   

Por manera que, inescindiblemente, cuando se  trata  de  aplicar  la  atemperación  punitiva  posibilitada  de  entregar  por  ocasión  del  allanamiento a cargos ocurrido en la audiencia de formulación de  imputación,  para  hacerlo  valer  en  la  tramitación  seguida  dentro de los  derroteros  de  la  Ley 600 de 2000,  que es el caso analizado por la Sala,  ello  se encuentra atado a la pena legal establecida respecto del delito, que no  es  otra  diferente  a la consignada en el Código Penal, incluido el incremento  ordenado  por  el artículo 14 de la ley 890 de 2004, pues, solo así se respeta  la  filosofía  del mecanismo, junto con los principios de legalidad de la pena,  retribución  justa  e  igualdad,  aunque este último aspecto lo abordaremos en  líneas posteriores, de manera más detenida.   

Desde  otra  perspectiva argumental, aunque  parezca  simplemente  instrumental,  no  puede  soslayarse cómo respecto de las  figuras  en contrastación, sentencia anticipada y allanamiento a cargos, existe  una  postulación diferente en la forma de aplicar la reducción punitiva, pues,  mientras  en  el  primer  caso  esa  atemperación  opera  automática,  con  un  porcentaje  fijo  de la tercera parte, el segundo establece una progresión (que  ya  la Corte significó comienza en una tercera parte y un día, y culmina en el  cincuenta por ciento).   

De  ello  se sigue que no necesariamente la  proporción  a  reducir  es la máxima establecida en el artículo 351 de la Ley  906   de   2004,  corriendo  de  cargo  del  funcionario  judicial  –o de las partes a través del acuerdo  que  regula  el  artículo  en  cita-  señalar  cuál  en  concreto  será  esa  atemperación.   

Ello  no ocurre con la sentencia anticipada  que  estatuye el artículo 40 de la Ley 600 de 2000, en la cual ningún arbitrio  del   funcionario  judicial  o  negociación  entre  las  partes  faculta  hacer  reducción diferente a la única que permite la ley.   

De allí que ninguna similitud consustancial  pueda  pregonarse  de  institutos disímiles en su naturaleza, objeto y, para lo  que se debate, consecuencias y forma de aplicarlas.   

Porque,  si se trata de que, en seguimiento  del  principio  de   favorabilidad,  se aplique a casos rituados por la Ley  600  de  2000,  la forma de atenuación punitiva establecida en el artículo 351  de  la  Ley  906  de  2004,  ya  de  entrada  se está exigiendo del funcionario  judicial  un  arbitrio  o injerencia que de ninguna manera permite la primera de  las  normatividades  citadas  y  que,  además, implica hacer apreciaciones, ora  objetivas,  ya  subjetivas,  que  por  ninguna  parte  consagra esa tramitación  penal.   

Y,  basta apreciar la forma en que la Corte  Constitucional   trata   de  solucionar  el  problema,  ofreciendo  al  Juez  de  Ejecución  de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad,  alternativas  que le permitan  determinar  el  porcentaje a reducir en el caso concreto, para advertir cómo el  asunto     comporta     bastantes     dificultades14,    que    radican,   debe  repetirse,  en  la  diversa  naturaleza  y  efectos de las figuras que pretenden  homogeneizarse.   

Ahora,  han  tratado la que hasta hace poco  era  posición  minoritaria  de  la  Sala,  así  como  las decisiones de tutela  citadas  en  el  fallo del cual me aparto, de significar similar la figura de la  sentencia  anticipada, con el mecanismo de allanamiento a cargos, a partir de la  elaboración  más  o  menos detallada de un listado de factores comunes a ambos  institutos.   

Empero,  pienso  que no es esa una adecuada  forma  de  abordar  el  punto, simplemente porque siempre habrá posibilidad, no  importa  cuán  disímiles  sean las figuras en confrontación, de hallar muchos  factores   comunes,   sin  que  ello,  desde  luego,  signifique  igualación  o  similitud.   

Lo  importante no es, al respecto, cuántas  circunstancias  afines  se  hallen,  sino  definir  en concreto una naturaleza y  efectos    que    por    su    trascendencia    delimiten    equiparables    los  institutos.   

Asunto  que,  estimamos,  dista  mucho  de  ocurrir  en  lo  que  respecta  al  parangón intentado realizar entre la figura  consagrada  en el artículo 40 de la Ley 600 de 2000, y el mecanismo establecido  en  el artículo 351 de la Ley 906 de 2004, dado que, si bien comportan muchas o  pocas  características  comunes,  es lo cierto que ellas son insuficientes para  desvirtuar  un  hecho cierto, referido a que se insertan dentro de sistemáticas  diferentes,  verifican  una  teleología  también  distinta  y producen efectos  prácticos incompatibles.   

Al efecto, apenas para referir a título de  ejemplo  cómo  asoman  deleznables  algunos  de los factores comunes destacados  para  concluir  en  la  simbiosis  supuestamente  existente  entre  la sentencia  anticipada  y  el  allanamiento  a  cargos,  resulta  cuando menos controversial  sostener,  como  se  hace  en  la  sentencia de tutela traída a colación en el  fallo  del  que  discrepo,  que  ambos institutos  se hermanan porque en la  sentencia  anticipada  antes  de aceptarse esa postulación del procesado, éste  ya  ha  tenido  la  oportunidad  de  haber  sido  oído  dentro  del proceso, en  diligencia   de  indagatoria,  y  de  ejercer  los  derechos  de  defensa  y  de  contradicción,  algo  que  supuestamente  también ocurre con el allanamiento a  cargos, dado que ya existe formulación de imputación.   

Una  tal  afirmación  olvida  que  en  su  naturaleza  ese  acto  de  formulación  de  imputación es de comunicación por  parte  de  la  fiscalía,  pero, en estricto sentido, no implica que el imputado  haya  sido  oído  (por la razón obvia de que no existe indagatoria), ni que se  ejerza  amplia  y materialmente el derecho de contradicción, entre otras cosas,  porque  allí,  como lo han sostenido de consuno la Corte constitucional y ésta  Corporación,  no  existe  obligación para la fiscalía de que haga algún tipo  de descubrimiento probatorio.   

Así,  no puede ser lo mismo, por mucho que  se  pretenda  ejercitar  la dialéctica, que el procesado, en la sistemática de  la  ley  600  de  2000,  pueda  conocer todas las pruebas (plenamente vigente el  principio  de permanencia de las mismas) y además exponga su particular visión  de  lo  ocurrido,  remitida a contradecir esas pruebas, a que, cual ocurre en la  sistemática  de  la  Ley  906 de 2004, se le cite a una audiencia en la que, en  términos  estrictos,  el  fiscal simplemente le comunica cuáles son los hechos  por  los  que se le investiga, y su significación jurídica, sin posibilidad de  pronunciarse  respecto  de  ellos  en  aras  de pregonar inocencia o ausencia de  participación  (para ejercer la inexistente defensa que pregona la sentencia de  tutela),  ni  mucho  menos ejercer el derecho de contradicción respecto de unos  elementos  materiales  probatorios, evidencia física o informes que no conoce o  puede exigir conocer.   

Algo  similar  ocurre con la manifestación  efectuada  en  la  sentencia de revisión de tutela, atinente a que la sentencia  anticipada  comporta  la  confesión  simple  del  procesado,  y otro tanto debe  entenderse ocurre con el allanamiento a cargos.   

Para  quienes  conocen  la  naturaleza  del  sistema  acusatorio  consagrado  en la Ley 906 de 2004, no puede significar más  que  un  despropósito la afirmación de que el allanamiento a cargos traduce la  confesión  simple  del procesado, por la potísima razón que esta normatividad  no  consagra como prueba, o siquiera evidencia, esa manifestación unilateral de  responsabilidad penal.   

Se   busca,  sí,  superar  esa  evidente  dificultad,  señalándose  que “se trata de una idea de confesión en sentido  natural”.   

¿Qué  es  una confesión, si nos hallamos  dentro  de  un procedimiento penal, en “sentido natural”?, vaya uno a saber,  pero   asoma  claro  que  si  esa  confesión  no  tiene  efectos  jurídicos  o  procesales,  pues,  sencillamente,  de  nada sirve para fundamentar la posición  encaminada  a  definir  equiparables los institutos de la sentencia anticipada y  allanamiento  a cargos, bajo el argumento de que ambos comportan una confesión,  que  finalmente  asoma  completamente  disímil en su naturaleza y efectos, como  así  se  acepta  en la providencia que sirve de soporte al fallo del cual ahora  me aparto.   

Por  último,  en  lo que a la crítica del  método   de  equiparación  compete,  no  puede  ser  argumento  válido,  para  parangonar  como  similares  ambos  institutos  de  terminación  anticipada del  proceso,  acudir  a  los  principios  que  informan  el proceso penal en general  (lealtad,  publicidad,  eficiencia,  presunción  de inocencia), como quiera que  ellos,  por  su naturaleza general permean todas cuantas instituciones consagran  ambos  sistemas  (dado que son soporte  de los dos) y, en consecuencia, una  inferencia  lógica  obtenible  a  partir  de  allí,  perfectamente llevaría a  conclusiones  tales  como  que  el  principio  de  oportunidad  es  similar a la  sentencia anticipada, y todas las demás que quieran hacerse.   

En  suma,  no  se  ha ofrecido un argumento  contundente  que signifique efectivamente similares o asimilables los institutos  de  la  sentencia  anticipada,  disciplinado en el artículo 40 de la Ley 600 de  2000,  y  el  allanamiento  a  cargos  que  consagra  la  Ley 906 de 2004. Y, en  contrario,  sigue siendo válido sostener que el segundo de los mecanismos opera  consustancial  a  la teleología propia de la sistemática acusatoria pretendida  implementar  en  el  país,  con  una  naturaleza,  efectos   y aplicación  material que en mucho se apartan de la sentencia anticipada.   

3.   Se  anotó  en  el primero de los  puntos  tratados,  que  el  principio  de favorabilidad constituye desarrollo, o  mejor,  efectivización  del principio de igualdad, dado que, finalmente, lo que  se  busca  con  la  aplicación  ultractiva o retroactiva de la norma no vigente  para  el momento de los hechos, es equiparar la condición del procesado a la de  aquellos otros a quienes se aplica esta en toda su extensión.   

          En  este  sentido,  a  lo  largo de la providencia de la cual hoy me  aparto,  expresa  y  reiteradamente  se  sostiene  que la decisión de aplicar a  favor  del  procesado,  para  el  caso  concreto, el porcentaje de atemperación  punitiva  dispuesto  en  el  artículo  351  de  la Ley 906 de 2004, no obstante  ocurrir  los  hechos  y verificarse su tramitación en vigencia de la Ley 600 de  2000,   obedece   a   la  necesidad  de  dar  aplicación  a  ese  principio  de  igualdad.   

          Al  respecto,  en  uno  de  los  párrafos  se  afirma  (página 48,  párrafo  3):  “Reconoce  esta decisión que en esta  modalidad  de  Estado, pueden coexistir interpretaciones diversas sobre un mismo  punto  de  derecho,  en  cuyo caso para garantizar el principio de igualdad y la  efectividad  misma  del  principio  de favorabilidad, debe primar la opción que  mas  identifique  los  postulados  del sistema jurídico vigente, que en nuestro  caso  y  según  los artículos 1, 6, 7, 93 de la Constitución Política, es el  reconocimiento   de   la   dignidad  humana,  a  partir  de  la  libertad  y  la  igualdad.”    

          Supone  el  argumento,  para  trasladarlo al campo práctico, que se  advierte  en  las  personas sometidas al procedimiento establecido en la Ley 600  de  2000,  quienes, acogiéndose al instituto de la sentencia anticipada durante  el  período  de  la  instrucción,  solo recibieron un descuento punitivo de la  tercera  parte,  una  especie  de  trato desfavorable o desigual frente a lo que  sucede  con  aquellos  que  al  día  de  hoy  se allanan a cargos en sede de lo  dispuesto  por  el  artículo  351  de la Ley 906 de 2004, razón que amerita la  intervención  de  la judicatura, en seguimiento del principio de favorabilidad,  para    otorgarles    un    trato    que    equipare    esas   dos   condiciones  disímiles.   

          Sucede,  sin  embargo,  como paradoja fundamental en ningún momento  resuelta   por   el   fallo,  que  la  decisión  de  aplicar  el  principio  de  favorabilidad   lejos  de   respetar  o  hacer  material  el  principio  de  igualdad,  instituye  una  desigualdad  odiosa  que  termina por deslegitimar el  argumento de fondo en el cual se soporta lo fallado.   

          Es   que,   cuando  menos  contradictorio  debe  asumirse  que  para  favorecer  a  la  persona juzgada bajo los parámetros de la Ley 600 de 2000, se  termine  inclinando  tanto  el  fiel  de  la balanza, que en lugar de igualar su  condición  a  la de los imputados sometidos al imperio de la nueva sistemática  acusatoria,  termina  ella  obteniendo beneficios mayores a los que se otorgan a  quienes  se  allanan  a  cargos  en  curso  de  la  audiencia de formulación de  imputación  regulada por la Ley 906 de 2004.   

          En  efecto,  para  objetivarlo  con un ejemplo elemental, si para el  delito  por  el cual se juzga a la persona, se establece en el Código Penal una  pena  mínima  de  2  años, y esa persona se acoge al mecanismo de la sentencia  anticipada  establecido  en  el  artículo  40 de la Ley 600 de 2000, durante la  fase  de  investigación,  el  porcentaje  de  rebaja de pena (suponiendo que se  parta  del  mínimo  de  la  sanción)  de  la  tercera parte, implicará que la  sanción derive en 16 meses de prisión.   

          Pero,  si  se  le  aplica  por  favorabilidad  lo  dispuesto  por el  artículo  351  de  la  Ley 906 de 2004, en su mayor cantidad de reducción, esa  pena se ve disminuida a 12 meses de prisión.   

          Cosa  distinta  ocurre  con la persona juzgada bajo la férula de la  Ley  906 de 2004, pues, en el mismo ejemplo, el delito debe incrementarse en una  tercera  parte  por ocasión de lo dispuesto en el artículo 14 de la Ley 890 de  2004,  hasta  delimitar  su  mínimo  en 32 meses, los cuales, disminuidos en el  mayor   porcentaje  de  rebaja  por  allanamiento  a  cargos,  descienden  a  16  meses.   

Evidente  surge, entonces, que la aplicación  retroactiva  del  principio de favorabilidad, no iguala a las personas, sino que  establece  una ventaja caprichosa e incluso ilegal (en términos de la pena y su  función retributiva).   

          Nótese  que,  en  el ejemplo propuesto, la pena a la cual accede el  procesado  que  se  acoge a sentencia anticipada en la sistemática derogada (16  meses),  resulta  igual a los 16 meses que debe purgar el imputado que recibe el  máximo  beneficio  por  allanarse  a  cargos,  por manera que, huelga anotarlo,  ningún  provecho,  en  términos  reales, puede aspirar a recibir el primero de  los  mencionados,  simplemente  porque, examinada en todo su contexto la figura,  no  resulta  más  conveniente  para  él  acceder   a lo establecido en la  novísima normatividad.   

          Es  que,  precisamente,  la  imposibilidad ostensible de igualar las  condiciones  de  los  procesados en ambos sistemas, obedece a que necesariamente  debe   examinarse   el   tópico   de   la   favorabilidad   desde  una  óptica  contextualizada  que tome en consideración no solo la teleología del instituto  de  allanamiento a cargos establecido en la Ley 906 de 2004, sino su inescapable  vinculación con lo dispuesto por la Ley 890 de 2004.   

          En  estas  condiciones,  si  de  verdad se tratase de hacer valer el  principio  de  favorabilidad  desde  una  postura  que en lugar de sacrificar el  principio  de  igualdad  que  es  su  norte y finalidad,  lo haga válido y  operativo,  indispensablemente  habría  que  incrementar  la  pena  de la forma  prevista  por  el  artículo  14  de  la  Ley  890  de 2004, para luego hacer la  reducción  permitida  por  el artículo 351 de la Ley 906 de 2004, en los casos  en  los  cuales  la  persona cuyo proceso se tramitó por lo dispuesto en la Ley  600  de  2000,  aspire  a  que  se  aplique  en  su  beneficio  el  principio en  cuestión.   

          Pero  ello,  como se habrá advertido, no representa en la práctica  ninguna  diferencia (en ambos casos, dentro del ejemplo ideal propuesto, la pena  será  de 16 meses), sencillamente porque no es necesario igualar, a través del  fenómeno  de  la  favorabilidad,  lo  que  el  legislador ya ha igualado. Mucho  menos,  si  bajo ese prurito se termina discriminando de manera odiosa a quienes  vienen siendo juzgados dentro de la órbita del sistema acusatorio.   

          De los señores Magistrados,   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Magistrado  

Fecha    ut  supra.   

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

Respetuosamente  manifiesto mi discrepancia  frontal  con  la  decisión  que por mínima mayoría se ha impuesto ahora en la  Sala,  al  entender  que  no  es  posible  aplicar  a hechos que se rigen por el  artículo  40  de  la  Ley 600 de 2000 el inciso 1° del artículo 351 de la Ley  906  de  2004,  de  donde  resulta  imperativo  para  los  servidores judiciales  incluido  el  juez de casación, corregir los -en mi sentir- desvíos que en tal  sentido   se   lleguen  a  producir  sin  que  con  ello  se  vulnere  principio  constitucional  alguno  pues  semejantes  decisiones  no  pueden  ser  fuente de  derechos,   y   la   providencia   que  en  instancias  los  avale  no  se  puede tolerar y, menos, dejar que  produzca efecto alguno.   

El     principio     nullum  crimen,  nulla  poena sine lege  representa  no  solo  un  límite  formal  al  poder  punitivo  del Estado, sino  también  uno  material que… se ciñe a castigar las perturbaciones más   graves   de  la  vida  en  sociedad…  el  de  legalidad  es  un  principio  de  racionalización  del  castigo  que…  al  orden de las infracciones, según la  seriedad  del mal que  causan, ha de comprender el de las sanciones, según  su  gravedad15.   

Las razones que me acolitan se expondrán de  acuerdo con la secuencia que sigue:   

     

I. Legitimación de las providencias judiciales.   

II. Interpretación en Derecho Penal.   

III. La pena, sus fines y la culpabilidad.   

IV. Sistema acusatorio: axiología y literalidad.   

V. Conclusiones. Y,   

VI. Refrendación de un criterio.     

                    

El principio de  legalidad  de  la  pena  es  una  garantía  para el  procesado  y  también  para  la   sociedad, en el sentido de que el Estado  impondrá  las  que  hayan  sido  estatuidas previamente a la realización de la  conducta   punible,   dentro   de  los  límites  cuantitativos  y  cualitativos  consagrados  en  el  ordenamiento jurídico, sin que se puedan imponer penas por  arbitrio  o  imaginación   del  juez,  que  no  respeten  los  parámetros  legales,  con  quebranto  de  la  igualdad y de la seguridad jurídica”. Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, casación de 7 de marzo de 2007,  radicación  25.385,  M.  P.,  Dr.  Álvaro O. Pérez Pinzón. Agréguese que el  olvido,  el error o el delito judicial no pueden crear derechos, como tampoco la  negligencia de  la Fiscalía o de la Procuraduría para recurrir, que a menudo  se  trae  como pretexto de convalidación de esos fraudes a la Constitución y a  la              Ley             válida16.   

I  

Legitimación   de   las   providencias  judiciales   

1.  La  mejor manera de legitimar un criterio jurídico es a través del  soporte  argumental  que  lo  acompañe.  Así  lo  reclama  además  el derecho  fundamental  de partes e intervinientes procesales a la  motivación de las  providencias,  el  garantismo  penal  dispuesto hoy no aberrantemente a favor de  una  sola  de  las  partes  sino  de todas17   y   una  judicatura democrática, igualitaria e imparcial.   

Y  significa  la  fuente  de  seriedad  y  fortaleza  de  los planteamientos afincados en la axiología de la racionalidad,  de  la razonabilidad, de la proporcionalidad y de la ponderación, principios de  la  más  alta alcurnia  en cualquier variable del Estado de Derecho,   que   tiene   como   sus   valores   más  caros  la  dignidad  de  todos  los  seres  humanos  (para el caso  involucrados  en  el proceso penal), la justicia, el orden justo, y, si se trata  del  Estado  Social  de  Derecho  (artículo  1 Const. Pol.), la igualdad, y que  tiene  entre  sus  fines,  el  de  facilitar  la  participación de todos   en   las   decisiones   que  los  afectan   (artículo  2  Const.  Pol.)  y,  si  es Estado Constitucional de  Derecho,  con  un  Poder  Judicial  rectorizado  por  una  “jurisprudencia  de  principios”  que  ha   llevado  en  Colombia  a que sus más altos jueces  penales    por    unanimidad    ponderen  (artículo 27 cpp-04):   

Hay  que  resaltar la necesidad de que la  judicatura  comprenda  el  papel  que  juegan  sus decisiones en el contexto del  sistema  penal  y  del  modelo  estatal  del  que  hace  parte  por  cuanto  las  democracias  constitucionales  son  fundamentalmente  Estados  de  Justicia;  es  decir,  Estados que en el contexto de una democracia participativa y pluralista,  llevan  a  una  nueva dimensión los contenidos de libertad política del Estado  Liberal  y  de  igualdad  del  Estado Social. Por ello, cada acto de los poderes  constituidos,   incluido   el   Poder   Judicial,  se  halla  vinculado  por  la  Justicia   como  valor  superior   del  ordenamiento  jurídico,  como  principio  constitucional,  como  derecho  y  aún  como deber estatal, de donde resulta imperioso que los jueces,  al  emitir  sus  pronunciamientos,  no  se  preocupen  solo  por  la corrección  jurídica  de  sus  decisiones sino también por la  necesidad de armonizar  esa  corrección  con  contenidos  materiales  de  Justicia  porque  de lo   contrario,  la  judicatura  colombiana  no  habría  dado un solo paso desde las  épocas     del      más    rígido    formalismo    jurídico18.   

2.  La  práctica  del  Derecho consiste en  argumentar  porque,  como  dice Atienza, esta cualidad es la que mejor define lo  que  se entiende por buen jurista: capacidad para idear y manejar argumentos con  habilidad19.   

En  procesos  judiciales  en  los  que  se  resuelven   problemas  jurídicos  simples  o  rutinarios es  común  que el esfuerzo argumentativo del juez se reduzca a hacer una inferencia  entre  el  supuesto  fáctico  y  la norma; pero en los denominados casos  difíciles, en los que la relación  entre  la  premisa  fáctica y la premisa normativa exige nuevas argumentaciones  que  pueden o no ser deductivas, la validación de la decisión requiere además  de    una    justificación    interna   (corrección   desde   la   perspectiva  lógica-deductiva),  de  una  justificación externa que impone ir más allá de  la      lógica      en      sentido     estricto20.   

3.  A  partir  de  los  desarrollos  teóricos de mitad del siglo pasado  (Viehweg,  Perelman  y  Toulmin)  y de las propuestas de autores contemporáneos  (MacCormick  y  Alexy),  se  ha  consolidado  lo  que  se  denomina teorías  de  la  argumentación jurídica,  las que sirven, entre otras cosas, para señalar que   

Una  decisión  judicial  se  considera  justificada  cuando  el argumento cuya conclusión expresa el contenido de dicha  decisión  es  un  buen argumento o un argumento sólido. El argumento contenido  en  una sentencia judicial es sólido cuando el conjunto de sus premisas (normas  jurídicas   más   enunciados  fácticos)  es  aceptable  y  su  estructura  es  lógicamente                correcta21.   

4.  Modernamente  las  decisiones  judiciales  se  profieren teniendo en  cuenta  criterios  de  razonabilidad y proporcionalidad que se edifican a partir  de  un  «test»,  entendido  como  una guía metodológica que se desarrolla en  tres   etapas  que  intentan  determinar:  (i)  La  existencia  de  un  objetivo  perseguido  a  través  de la norma. (ii) La validez de ese objetivo a la luz de  la  Constitución. Y, (iii) La razonabilidad de la relación de proporcionalidad  entre ese trato y el fin perseguido.   

5.  El  concepto  de razonabilidad puede ser aplicado satisfactoriamente  sólo  si  se concreta en otro más específico, el de «proporcionalidad», que  se     integra     con     tres     subcategorías22:  (i)  La adecuación de los  medios  escogidos  para la consecución del fin perseguido. (ii) La necesidad de  la  utilización  de  esos  medios para el logro del fin (esto es, que no exista  otro  medio  que  pueda  conducir  al  fin  y que sacrifique en menor medida los  principios  constitucionales  afectados  por el uso de esos medios). Y, (iii) La  proporcionalidad  en  sentido  estricto  entre  medios  y  fin, es decir, que el  principio  satisfecho  por  el  logro  de  este  fin  no  sacrifique  principios  constitucionalmente más importantes.   

La  proporcionalidad  sirve  como  punto de  apoyo   de   la   ponderación   (artículo   27   cpp-2004)   entre  principios  constitucionales:   cuando   dos  principios  entran  en  colisión,  porque  la  aplicación  de  uno  implica  la  reducción  del campo de aplicación de otro,  corresponde  al  juez determinar si esa reducción es proporcionada, a la luz de  la  importancia del principio afectado, y entonces se sopesan (ponderan) los dos  principios  que entran en colisión en el caso concreto para determinar cuál de  ellos  tiene  un  peso  mayor  en las circunstancias específicas, y, por tanto,  cuál de ellos prima la solución del caso.   

En  esta  variante  (de  prohibición  de  protección  deficiente),  el  principio  de  proporcionalidad  supone  también  interpretar  los derechos fundamentales de protección como principios y aceptar  que   de   ellos  se  deriva  la  pretensión  prima  facie de que el legislador los garantice en la mayor  medida    posible,   habida   cuenta   de   las   posibilidades   jurídicas   y  fácticas23.   

Estas  premisas teóricas de argumentación  han  permitido  monolíticamente  a  la  Sala  de  Casación  Penal,  al  buscar  proporcionalidad  entre  los derechos de los victimarios, afincados regularmente  en   el   carácter   absoluto  de  los  derechos  de  primera  generación  del  decimonónico  Estado  Liberal  de  Derecho,  y  los  derechos  de las víctimas  (Estado  Social  y  Democrático  de  Derecho,  y  del  Estado Constitucional de  Derecho  –garantismo  de  los derechos de todos-), a ponderar que los últimos priman:   

No  se debe desconocer que en situaciones  de  sucesión o coexistencia de leyes ha de ser tenido en cuenta el principio de  favorabilidad,  sin  olvidar  que  en supuestos límite dicho postulado debe ser  ponderado  frente  a otros fines, valores y derechos fundamentales que lo pueden  hacer   ceder   y   producir   su   inaplicación24.    

II  

Interpretación en Derecho Penal  

Garantismo   designa   una   filosofía  política  que impone al Derecho y al Estado  la carga de la justificación  externa  conforme  a  los  bienes  y  a  los  intereses  cuya tutela y garantía  constituye  precisamente la  finalidad de ambos. En este último sentido el  garantismo  presupone  la  doctrina  laica de superación entre Derecho y Moral,  entre  validez y justicia,  entre   punto   de   vista   interno   (jurídico)  y  punto  de  vista  externo  (ético-político)  en  la valoración del ordenamiento,  es  decir,  entre  “ser”  y “deber ser” del  derecho25.   

1.  Es  la  operación  mediante la cual se  trata  de  asignar  sentido a los enunciados jurídicos, determinar su contenido  de  significado  y,  con  ello, su alcance normativo, proceso interpretativo que  parte  del  tenor  literal de los enunciados jurídicos que constituyen su   objeto,  criterio  gramatical-normativo  básico  en  derecho  penal  asociado a  consideraciones de seguridad jurídica y legitimidad democrática.   

La intención del legislador se consigna en  consideraciones  gramaticales  que  cuentan  mucho en la adscripción de sentido  del   enunciado  jurídico  porque  la  interpretación  es  principalmente  esa  asignación  en  el  marco  del  campo de sentido literal posible del mismo, que  además  tiene  que  ver  con  la integración del enunciado legal en un esquema  racional ordenado a la realización de una idea de Derecho.   

2.   La   doctrina  y  la  jurisprudencia  dominantes  señalan  que una interpretación constitucionalmente legítima debe  ser   respetuosa  del  tenor  literal  del  enunciado  y  mostrar  razonabilidad  axiológica;  adecuarse  a  la   orientación  material  de  la norma y ser  coherente  con  el  acervo  axial (plano político-jurídico), aspecto éste que  prima   en  aquellos  casos  de  fricción  con  la  literalidad  del  enunciado  jurídico-penal.  Vale  decir: no puede existir en la hermenéutica una absoluta  disolución  de  la  legalidad  positiva  pero  se  debe  buscar la racionalidad  teleológica,  cuál  es  el fin de la norma tanto como método para interpretar  su enunciado como resultado de la interpretación.   

3.  La  interpretación teleológica de los  enunciados   jurídico-penales   señala   que   ellos  tienen  un  telos,  que  se  puede  llamar  “fin  de  regulación”,  “idea  fundamental”,  “razón  justificante”,  y que no  siempre  aparece  expreso  en el enunciado jurídico pero puede ser descubierto,  logrado lo cual,   

cabe reconstruir el sentido del enunciado  jurídico   en    términos   de   racionalidad   teleológica,  es  decir,  configurarlo   como   medio   para  el  cumplimiento  de  dicho  fin26.   

4.       Ese       telos  puede  referirse a los fines que el  legislador  histórico  pretendía obtener con la promulgación del enunciado en  cuestión,  como también a fines independientes de esas pretensiones que pueden  aparecer  por  falta  de  coherencia  entre  el  dispositivo legal y los valores  superiores,   y   por   la   evolución   social.   Los  primeros  se  descubren  empíricamente   a  través  de  materiales  legislativos  y  del  contexto  histórico  en el que se promulgó el enunciado,  mientras que los segundos  (salidos   de   una   interpretación   teleológico-objetiva)  resultan  de  la  interacción   del   legislador,    que  inserta  el  texto  del  enunciado  jurídico-penal  en  un  contexto  comunicativo,  y  el  intérprete,  quien  se  aproxima  al  referido  enunciado  desde un punto de vista externo a éste (pero  “interno” al Derecho).   

Los          telos  de los enunciados jurídico-penales  son  consideraciones  acerca  de las consecuencias fácticas que debe obtener el  Derecho  Penal,  así  como a los principios axiológicos por los que éste debe  regirse.     Vendrían     dados     por     la     específica     racionalidad  teleológico-valorativa  del  Derecho  Penal.  Y los elementos configuradores de  una  determinada  racionalidad  jurídica  se  manifiestan  en  la teoría de la  política  criminal  y, más en concreto, en la dogmática de la parte general y  de  la parte especial, como segmentos de la política criminal racionalizados de  modo          singularmente         intenso27.   

5. Así, pues, en la interpretación hay un  camino  progresivo  que  avanza  de la descripción legal al criterio valorativo  rector,  coincidiendo  la  mayoría  de  veces  la  interpretación  del sentido  literal  con  la  interpretación de sentido total, como adelante lo demostraré  en  el  asunto  de  la especie, aunque invirtiendo el orden de los factores para  una  mejor  pedagogía  de  la tesis que con fundamento toral en el Estado  de  Justicia, proclamo y defiendo:   

Evidenciaré  enseguida el estelar papel en  las  civilizaciones  de  hoy  del  Derecho Penal y uno de sus productos, la pena  legal  y  justa (iii), qué quiso el Constituyente (Acto Legislativo 03 de 2002)  y   el   Legislador  (Leyes  906  y  890  de  2004)  al  obedecer  el  estándar  internacional  (Reglas  de  Palma  y  Estatuto  de  Roma) de implantar una   sistemática  acusatoria  y cuál  fue la política criminal que se adoptó  (artículo  251-4 Const. Pol.) reflejada en las partes dogmática o procesalista  y procedimentalista del nuevo código (iv).      

III  

La    pena,    sus    fines    y    la  culpabilidad   

La pena y sus fines:  

1.   El  periplo  humano  dice  que  una  de  sus  mayores  preocupaciones  tiene  que  ver  con  la  determinación de los fines de la pena  porque  las  diferentes  posturas han debido enfrentar dos paradigmas: (i) el de  sancionar  porque  se  cometió un delito frente al de (ii) penar para que no se  cometa un nuevo delito.   

2.  La  teoría  ha  permitido  delimitar la existencia de unas teorías  absolutas  de la pena que corren en paralelo a las teorías relativas. Entre las  primeras  se  destaca  la  llamada teoría de la retribución, también conocida  como  teoría  de  la  justicia,  perspectiva  desde  la cual se entiende que el  delito  personifica  la  ejecución  de  un  mal  que debe ser compensado con la  realización  de  la justicia que se produce con la imposición de una pena. Dos  grandes  filósofos  desarrollaron  lo  que  se  ha  dado en llamar retribucionismo  ético  (Kant: la pena es  un  imperativo  para  la  realización de la justicia28)    y    el   retribucionismo   dialéctico  (Hegel:  la  pena   constituye   la   negación   del   delito:   se   trata   de  injusto  y  justicia).   

Las  teorías  relativas  se  desarrollan  teniendo  en  cuenta el fin preventivo de la pena. La prevención especial, cuyo  centro  de  atención  es el delincuente, a través de la pena busca mejorarlo o  resocializarlo  -también  se  ha  dicho  disuadirlo o inoculizarlo- para que no  cometa delitos en el futuro.   

La  prevención  general,  que concentra su  mensaje  en  el  conglomerado  social,  busca  que la imposición de una pena se  convierta  en  medio  de comunicación o advertencia para que los miembros de la  sociedad  eviten  la comisión de delitos. La tendencia preventiva negativa hace  de  la  pena  un  mecanismo  de  coacción  psicológica  o  intimidatorio. Y la  prevención  positiva,  o  integradora,  se  construye a partir de relaciones de  confianza  y  fidelidad  al  derecho  que  conducen  a  la  aceptación  de  las  consecuencias cuando se comete un delito.   

3.  Sin  embargo,  y  dado  el  cúmulo  de críticas que no superan las  mencionadas    teorías,    muchos   autores   han   desarrollado   teorías   de   la   unión,  mixtas,            unificadoras,   en   la   pretensión  de  fundamentar  sólidamente  una  teoría  de  los fines de la pena a partir de un  sincretismo epistemológico.   

4.  Adoptando  un criterio moderno y acorde con lo desarrollos teóricos  contemporáneos,  el  legislador colombiano de 2000 determinó que la pena tiene  fines   

de  prevención  general,  retribución    justa,   prevención  especial,   reinserción   social   y   protección   al   condenado29,   

pero aclaró que  

La prevención especial y la reinserción  social   operan   en   el   momento   de   la   ejecución   de   la   pena   de  prisión.   

Esta  fórmula  legal  introduce  entre los  fines  de  la  pena  todos  los criterios que han sido desarrollados, procurando  responder  la  pregunta  de  si  se  pena  porque se delinquió o para que no se  delinca.   

La Constitución Política…establece una  verdadera  política  y  filosofía  del  derecho  penal  y  de  las  penas  que  condiciona  los  fines,  objetivos y clases de penas que pueden imponerse por el  legislador  penal:  las  penas  deben  ser  humanas,  dignificantes,  limitadas,  posibles          de          cumplir,         edificantes,         determinadas   y   conocidas,   deben  rehabilitar    y    socializar    al    condenado30.   

5.  Hoy  en  día  no es posible administrar con criterios absolutos los  fines  de  la  pena  porque  a  la  luz  de  los principios signados en la Carta  Política    y    los    tratados   internacionales   sería   inconstitucional,  pues   

la  pena  es  una  forma de intervención  estatal  radical  y  como  tal  necesita  un fundamento legitimador que no puede  consistir  en ideas metafísicas, sino sólo en la necesidad y conveniencia para  la  realización  de  tareas  estatales  (en  el caso concreto: el control de la  criminalidad)31.   

Si bien modernamente se ha pretendido por un  sector  mayoritario  de  la  doctrina dar respuesta a los fines de la pena desde  una  perspectiva  preventivo  general,  no se puede perder de vista que la pena,  por contener un reproche personal al autor del delito,   

No puede justificarse frente a éste sólo  con  su  necesidad  preventiva,  sino que también tiene que poder ser entendida  por    él    como   merecida   (lo   que)   sucede   cuando   es   justa, esto es, cuando se vincula a la  culpabilidad  del  autor  y se limita por el grado de la misma… Dicho en forma  simple:  la  pena  debe  permanecer  bajo  la  medida de la culpabilidad incluso  aunque   tenga   sentido   desde   un   punto  de  vista  preventivo32.   

Culpabilidad y pena:  

1.  En  la  medida  en  que  se  ha  propugnado por un derecho penal que  permita  hacer  responsable  a aquellos individuos por lo que han hecho y no por  lo  que  son,  porque  la  culpabilidad  dejó  de  ser un rasgo intrínseco del  sujeto,  se  ha  permitido entender la culpabilidad como cualidad que se predica  jurídicamente   de   una   persona   en  relación  con  la  conducta  ilícita  ejecutada.   

2.   El   «grado»   o  «cantidad»  de  culpabilidad  es  la  medida  de  la pena en tanto aquella determina el monto de  esta.  Al  quedar fijada la culpabilidad del autor se está predicando del mismo  su     responsabilidad,     de    donde    se    desprende    el    quantum  de  pena  a  imponer  al  sujeto  particular   y   concreto   por  su  calidad  de  responsable  de  una  conducta  delictiva.   

3.  Si     la     culpabilidad    se    entiende    como    capacidad    normal    y    suficiente   de   motivación   por   la  norma no hay lugar a discutir que, en la medida en que  el  llamado  de  la  norma es  recibido  por  el sujeto, dicho mensaje lo motivará a proceder en los términos  dispuestos por el ordenamiento jurídico.   

4.  De  lo  expuesto  se  sigue  que  solamente  podrá  ser tenida como  pena   justa  aquella  que  ponderada  a  partir  de  la  gravedad  del  hecho  frente a la culpabilidad del  responsable  de  la  acción,  está  en  capacidad  de  vigorizar  la confianza  colectiva  en  sus  instituciones  y la conciencia jurídica de la comunidad. La  pena  justa  no  puede  pasar  por alto que al Estado33,   

además de garantizarles la protección de  los  derechos  humanos  mediante  el ejercicio de un recurso en los términos de  los  artículos  8  y  25  de  la  Convención  Americana  de  Derechos  Humanos  (le)   

[4.5.3.]  …  corresponde el correlativo  deber    de    juzgar    y    sancionar  las  violaciones de tales derechos. Este deber puede ser llamado  obligación    de    procesamiento    y    sanción  judicial  de los responsables de atentados en contra  de los derechos humanos internacionalmente protegidos.   

(…)  

4.5.5.  El  deber  estatal de investigar,  procesar   y   sancionar  judicialmente   a   los   autores   de   graves  atropellos  contra  el  Derecho  Internacional  de  los  Derechos Humanos no queda cumplido por el sólo hecho de  adelantar  el  proceso  respectivo,  sino  que  exige  que  este  se surta en un  “plazo  razonable”. De otra manera no se satisface el derecho de la víctima  o  sus  familiares  a  saber  la  verdad  de lo sucedido y a que se sancione     a    los    eventuales  responsables.   

(…)  

4.5.10. El derecho a la verdad implica que  en  cabeza  de  las  víctimas  existe un derecho a conocer lo sucedido, a saber  quiénes  fueron  los  agentes  del  daño,  a  que  los  hechos  se investiguen  seriamente  y  se  sancionen  por el Estado, y a que se prevenga la impunidad.   

(…) la Corte aprecia que, dentro de las  principales  conclusiones  que  se extraen del “Conjunto de Principios para la  protección  y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra la  impunidad”   en   su  última  actualización,  cabe  mencionar las siguientes, de especial relevancia  para  el estudio de constitucionalidad que adelanta: (i) durante los procesos de  transición  hacia  la  paz,  como el que adelanta Colombia, a las víctimas les  asisten  tres categorías de derechos: a) el derecho a saber, b) el derecho a la  justicia  y  c)  el  derecho  a  la reparación… (iv) el derecho a la justicia  implica  que  toda  víctima  tenga  la  posibilidad de hacer valer sus derechos  beneficiándose  de un recurso justo y eficaz, principalmente para conseguir que  su  agresor sea juzgado, obteniendo su reparación; (v) al derecho a la justicia  corresponde  el  deber  estatal  de  investigar las violaciones, perseguir a sus  autores    y,    si   su   culpabilidad     es     establecida,     de     asegurar    su    sanción.   

5.  Pero  la  pena  no  solamente  tiene que ser justa sino que debe ser  respetuosa  de  la  legalidad  existente;  se  debe  soportar  en los axiomas de  efectividad34  («facticidad»)  y  normatividad  («validez»)  del  derecho, de  donde  su  legitimidad  dependerá  del  respeto  a los límites que disponga el  orden   jurídico   en  tanto  expresión  de  una  razonable  determinación  y  concreción    de    los   derechos   fundamentales35,  que en el proceso penal se  predican        con        igual       énfasis36  tanto a favor del procesado  como         de         las         víctimas37 y la sociedad.   

6.  Las  penas  establecidas  en  la legislación penal han superado los  exámenes         de        constitucionalidad38  y  por  lo  tanto  resultan  ajustadas         al        principio        de  proporcionalidad  para  sancionar  al  amparo  de  sus  extremos  punitivos  los  ataques  que  puedan  recibir  los  bienes  jurídicos  protegidos,  de  donde  se tiene que la imposición de una sanción que desborde  el  tope máximo, se tace por debajo del límite mínimo o por vía de alguna de  las  instituciones del derecho premial conlleve una rebaja de pena más allá de  la     autorizada     legalmente,     debe     ser  corregida,  pues  desde  la  Constitución  se reclama  imperativamente  que  los  poderes  públicos  en general, y la rama judicial en  particular,  desplieguen  su  actividad  de  manera encaminada a conseguir “la  efectividad  de los valores superiores de la justicia material y de la seguridad  jurídica”39:   

En  la  vida  en comunidad y de cara a la  organización  estatal,  a  la  par  de  los derechos esenciales de vida-libertad-igualdad, cobra especial  relieve  para  hacer  real  y  efectivo  el  valor  de dignidad, el derecho   a  la  seguridad,  y dentro de este el de seguridad  jurídica… Así es como el  derecho  a  la  seguridad  viene  a cobrar especial relevancia en el orden a la protección de la dignidad,  la  vida,  la  libertad  y la igualdad. Sin seguridad  material  y  jurídica de nada sirve la formulación  abstracta  de  derechos, el establecimiento de un Estado de Derecho se tornaría  inane  e  insignificante, pues la incertidumbre, la inseguridad, la variabilidad  de  las  situaciones  y por tanto la injusticia, cundirían, anegándose la vida  social   y  la  justicia  en  un  subjetivismo  peligroso  que  propiciaría  la  inconformidad, la violencia y la guerra civil.   

7.  La   pena  que  legalmente  se  consagra  como  consecuencia  de  un  comportamiento  punible  está  ajustada dentro de unos límites que le permiten  caracterizarla  como necesaria, proporcional y razonable (artículo 3° cp) y en  tal  medida  con  ella  se  busca  obtener  como  fines  la prevención general,  retribución  justa,  prevención especial, reinserción social y protección al  condenado (artículo 4° cp).   

La clásica pauta “a cada uno lo que le  corresponde”  se  interpreta  comúnmente  como  una  apelación  al mérito o  demérito   personal.  Quien  la hace, la paga. A cada uno lo que ha ganado  limpiamente.  La   justicia  reparte  premios  y  castigos  atendiendo a la  relación  entre  la  causa  y su agente. El individuo se responsabiliza de  sí  mismo ante sí mismo y, sobre todo, ante los demás. El sistema judicial se  basa,      desde     siempre,     en     dicha     concepción     de    la  responsabilidad.40   

8.  La  pena  es  un  mal  necesario  que,  parodiando  a  Radbruch,  se  debe utilizar racionalmente hasta que la humanidad  encuentre  algo  mejor  para afrontar las conductas desviadas. La reparación no  tiene  el  poder  de  extinguirla  sino  en  contados  casos.  Pervive   la  retribución  justa  (artículo  4  cpp).  Y  el  monto  de  la  pena  debe  ser  proporcional   a   la   culpabilidad   del  autor,  cómplice  o  interviniente,  constituyéndose  en  referente  indiscutible  para la reparación de perjuicios  así  sea  en  sede  de  preacuerdos y negociaciones (artículos 34841,  34942      y      351     inc.     último43  cpp),  a  considerar  en el  “arbitrio    ponderado”    que    otorga    el   normativo   “hasta”  (artículos  288.3 y 351 inc. 1  cpp),   “acuerdo  que  se  consignará   en  el  escrito  de acusación”, conforme a texto literal y  axiológicamente  limpio  ubicado  en  el  extremo  posterior  del  juicio  de  identidad que se realiza entre  la  antigua  sentencia  anticipada y la primera “modalidad” de preacuerdos y  negociaciones  que  tifipica   el  artículo  351  con  el   nombre de  “aceptación de los cargos”.   

Después  de  que las extensiones legales  del   principio   de  oportunidad  y  las  distintas  medidas  aceleratorias  no  resultaran   suficientes,  la  práctica judicial alemana ha encontrado una  solución  radical  propia,  que se  mantuvo durante muchos años encerrada  en  torres de silencio y que recientemente en los últimos años ha surgido a la  luz  de  la  opinión  pública.  Justo  aquí  es donde entran a jugar un papel  decisivo  los acuerdos informales en el proceso penal, que van a reducir el alto  número  de  causas,  los problemas de la práctica de la prueba en los procesos  muy  voluminosos  y  el  cuello  de  botella  de  la  acumulación  de  la vista  pública44.   

Y  no  creo que imponiendo penas no legales  ni   justas  (artículos 3 y 4 cp) se construya tejido social, antes por el  contrario,     la     impunidad    –así   sea  parcial-  es  de  los  principales  combustibles  de  la  criminalidad,  además  que  está fuera de lugar el argumento económico de los  costos  carcelarios por manutención de presos como pretexto serio para prohijar  exenciones,  aunque  sean  fragmentarias, de pena concediendo rebajas que no van  para  generar  verdaderos  jubileos criminales en un país acosado por felonías  de toda laya.   

   

La  condena  condicional degeneró en una  especie  de  ius  primae  crimine  o derecho a delinquir por primera vez, con lo  cual  se  incrementó  la  criminalidad  y  se  llegó  a  un  verdadero jubileo  criminal,  a  modo  de  indulto  o de perdón predeterminado, siendo una latente  invitación     legal    a    la    delincuencia45.   

IV  

Sistema    acusatorio:   axiología   y  literalidad   

1.  El  marco  constitucional  –Acto  Legislativo  03  de 2002- y sus  desarrollos  legislativos  -especialmente las leyes 906 y 890 de 2004- dicen que  con   la   colosal   empresa  de  la  implantación  del  “sistema  acusatorio  colombiano”,  se  buscó modernizar la vida jurídica del país, luchar contra  la  criminalidad  y  beneficiar  a  la  sociedad con justicia pronta y cumplida;  ejercer   la  justicia  penal  con  el  convergente  respeto  por  los  derechos  fundamentales  de  imputados,  comunidad y víctima; activar una sistemática de  partes  en  juicio  oral  y  público, que propicia control social, de cara a un  juez  independiente, autónomo e imparcial; y, en fin, trazar las líneas de una  política  criminal, que se adoptó como política de Estado, de lucha contra la  impunidad      con  fortalecimiento  del marco de derechos y garantías de procesados y víctimas, y  justicia                 restaurativa46.   

          Bien  se  ha  dicho  que  esta reforma tan solo incidió en la parte  orgánica  de  la  Carta toda vez que su parte dogmática permaneció inalterada  (preámbulo  y  artículos  1,  2,  6,  15, 28, 29, 30, 31 y 32) aunque, para la  temática  que nos ocupa, se ha de resaltar que el derecho fundamental al debido  proceso  público  (artículo  29  Const.  Pol.) está atravesado  más que  nunca  por  el  tipo de Estado  que profesa Colombia (Social y Democrático  de  Derecho,  artículo  1  Const.  Pol.) y sus fines (artículo 2 Const. Pol.),  cuyo  principal  valor  es el de la igualdad (artículo 13 Const. Pol.), además  que  los  derechos  de  las  víctimas,  protegidos  de antaño por el bloque de  constitucionalidad  (artículos  93  y  94  Const. Pol.), ganaron un refuerzo de  protección  por  la  múltiple  referencia  que  de ellos se hace en los nuevos  artículos  250  y  251  de  la  Carta,  y en las 89 citas que de ellas ocupa el  cpp-04.       

            2.    La   Corte  Constitucional  al  hacer una especie de balance de las “modificaciones” que  introdujo  el  Acto  Legislativo  03  de  2002  en  el  sistema  procesal penal,  encontró  : (i) la aplicación del principio “nemo iudex sine actore”; (ii)  se  mantuvo  el  carácter  judicial del órgano de investigación y acusación;  (iii)  se  creó  la figura del juez de control de garantías; (iv) se consagró  el  principio  de  oportunidad;  (v)  se dispuso el carácter excepcional de las  capturas  realizadas por la Fiscalía General de la Nación, autoridad que, a su  vez,  preservó  la  competencia para imponer medidas restrictivas del derecho a  la  intimidad,  pero  bajo control judicial posterior47;  y, (vi) se acogieron en el  sistema   acusatorio   colombiano   fórmulas   mixtas  que  combinan  elementos  estructurales    de    las   subespecies   anglonorteamericano   y   continental  europeo48,  alentadas  por  igual por la política criminal del acuerdo o del  consenso, o justicia consensuada.    

El  procedimiento  de  la plea bargaining  constituye,   utilizando   palabras   de   Amodio,  “una  verdadera  y  propia  exaltación  de  la  autonomía  de  las  partes”.  La  negociación  entre el  prosecutor   y  el imputado se ha convertido, estadísticamente, en el modo  más  habitual  de  definir los procesos penales como alternativa al sofisticado  mecanismo    impuesto    por    el   jury   trial49.   

3. La Corte Suprema de Justicia pioneramente  sentenció que:   

las normas que  se    dictaron    para   la   dinámica  del sistema acusatorio colombiano, son susceptibles de aplicarse  por  favorabilidad a casos  que  se  encuentren  gobernados  por  el Código de Procedimiento Penal de 2000,  a   condición  de  que  no   se   refieran   a  instituciones propias del  nuevo  modelo  procesal  y  de  que los referentes de  hecho  en  los  dos procedimientos sean idénticos.   

No  se  puede  eludir  la  aplicación  del principio, por ejemplo, a situaciones en las cuales  la  ley  906  de  2004  no  contempla  privación  de la libertad en cierto caso  mientras  que la ley 600 sí, o en eventualidades en las que la primera consagra  bajo  determinadas  condiciones  la  libertad  provisional y en presencia de las  mismas la segunda la niega.   

En  el  caso  que  resuelve  la Corte, al  establecerse  que  la conducta punible de prevaricato por acción imputada tiene  prevista  pena  de  prisión  de  3  a  8  años y que el artículo 313-2   de   la   ley   906  de  2004  fijó como requisito de  procedencia  de  la detención preventiva en los delitos investigables de oficio  que  el  mínimo  de la pena prevista en la respectiva disposición sea o exceda  de  4  años,  es  claro  que ésta norma resulta aplicable al caso examinado en  virtud  del  principio  de  favorabilidad  penal  y  que,  por  lo  tanto,  debe  accederse  a  la petición inicial de la defensa”50.   

4.   El  Tribunal  Constitucional  en  la  sentencia  C-592/05,  luego  de  hacer varios reenvíos y acoger el contenido de  algunas  providencias  de  la Sala de Casación Penal51,    señaló    que    la  favorabilidad  era  aplicable a supuestos de hecho de  esa estirpe   

en  uno -el de la Ley 600 de 2000- y otro  -el  sistema  de la Ley 906 de 2004- pero que reciben  en  cada  uno  soluciones  de derecho diferentes. Mal  podría  en efecto pretenderse por ejemplo que se dé aplicación, en virtud del  principio  de  favorabilidad, a las normas que sobre principio de oportunidad se  establecen  en  la  Ley  906  de  2004  a hechos acaecidos con anterioridad a la  entrada  en  vigencia  de  dicha ley, pues ese es un elemento esencial del nuevo  sistema  que  no encuentra su equivalente en el sistema anterior regulado por la  Ley  600  de  2000  y  por  tanto  no  se  dan en relación con este último los  presupuestos  lógicos  para  la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad  (Negrillas agregadas).   

Agregó que  

la  interpretación  que se hace por esas  instituciones  (la  Fiscalía  General de la Nación y Ministerio del Interior y  de  Justicia)  tanto  del artículo 5° del Acto Legislativo 03 de 2002 como del  artículo  6°  de  la  Ley  906  de  2004 excluye en cualquier circunstancia la  aplicación  de  las  normas  de  la  Ley  906  de 2004 a hechos anteriores a su  entrada  en  vigencia  de  acuerdo  con  la  gradualidad   que  en ellas se  establece.   Aún si como lo hace el Vicefiscal General de la Nación no se  descarte   que  el  principio  de  favorabilidad  como  principio  rector  pueda  aplicarse  en  casos  concretos  que  puedan  llegar  a  presentarse  durante la  vigencia de la Ley 906 de 2004.   

Y concluyó:  

Así  las  cosas, dado que no queda   duda  sobre  la aplicabilidad del principio de favorabilidad penal, la  Corte -además de acoger, por ser claramente respetuosa de las  garantías  constitucionales,  la  interpretación adoptada por la Sala Penal de  la  Corte  Suprema  de Justicia como máximo tribunal  de  la  Jurisdicción  ordinaria  en este tema-, declarará la exequibilidad del  tercer  inciso  del  artículo 6° de la Ley 906 de 2004 por el cargo formulado,  pues  se  reitera  la única interpretación posible del mismo en el marco de la  Constitución  es  la  que   se  desprende   de la conjugación de los  principios  de legalidad, irretroactividad de la ley y favorabilidad penal a que  se  ha  hecho  extensa  referencia, lo que pone presente que en manera alguna se  pueda    desconocer   la   aplicación   del  principio  de  favorabilidad,  contrariamente a lo que afirma el actor.   

Es  la  llamada  “teoría  del  derecho  viviente”,  que  la Corte Constitucional aplica apenas esporádicamente.   Pero  ese Alto Tribunal, no obstante el artículo 243 Const. Pol., referido a la  “cosa  juzgada  constitucional”,  varió a través de numerosas providencias  dictadas  en sede de revisión de tutelas,  como sonora pero acríticamente  se  relaciona  en  la  providencia  triunfante, ese inicial criterio al reclamar  para  la  procedencia  de la favorabilidad  en esa sucesión y coexistencia  de  procedimientos  y  de  leyes,  no  ya que las figuras fueran idénticas sino  similares,   cambiando   las   reglas   del   juego52.   

Rónald Dworkin analiza cómo a través de  frases  y  giros  de  lenguaje  se  fuerza  la  interpretación  jurídica hasta  límites  insospechados;  y  Beccaría escribió que “la arbitrariedad se  instala  cuando  el castigo no depende de la voz constante y fija de la ley sino  de  la errabunda inestabilidad de las interpretaciones”, que Ferrajoli señala  como  característica de los modelos autoritarios y de derecho penal máximo que  pretenden liberar al juez del principio de estricta legalidad.   

5. El artículo 4° del Acto Legislativo 03  de  2002  ordenó  crear una Comisión para que “presente a consideración del  Congreso  de  la  República… los proyectos de la ley pertinentes para adoptar  el  nuevo  sistema…”,  entre  los  cuales se incluyó una reforma al Código  Penal para aumento de penas con esta motivación:   

“Atendiendo   los   fundamentos   del  sistema  acusatorio, que  prevé  los  mecanismos  de  negociación      y     preacuerdos,  en  claro  beneficio  para la administración de justicia y los  acusados,  se  modificaron  las penas…”.   

En  la  Ponencia para primer debate se dijo  que   

“La   razón   que   sustenta   tales  incrementos    está    ligada    con    la   adopción   de   un   sistema  de  rebaja  de  penas (materia  regulada  en  el  Código de Procedimiento Penal) que surge como resultado de la  implementación  de  mecanismos  de  ‘colaboración’  con  la  justicia  que  permitan  el  desarrollo  eficaz  de las  investigaciones  en  contra  de  grupos  de  delincuencia organizada y, al mismo  tiempo,   aseguren   la   imposición  de  sanciones  proporcionales  a la naturaleza de los delitos que se  castigan”.   

El Senador Rojas dijo:  

Yo  tenía  la  misma  preocupación  del  Senador  Martínez  en  relación con las penas… pero aquí lo que habría que  decir  es  que  en el Código de Procedimiento Penal seguramente tiene que ir un  sistema  de  graduación  de  las  penas  por  lo que sustancialmente cambió la  función  de  la  Fiscalía  que  ahora no practica pruebas, que ahora no cumple  funciones  judiciales  y  que  en  consecuencia  va a significar que haya muchas  posibilidades     de     negociación,      de      acuerdos  entre  los  sujetos  procesales con miras a obtener un resultado  aceptable.   

El     Senador     Rivera     Salazar  expresó:   

El  sistema  acusatorio  es  un  sistema  básicamente   de  rebaja  de  penas  y  de  otorgamiento  de  beneficios  y  de  negociación   y   de  acuerdos   entre   la  Fiscalía  y  la  defensa…  el  sistema  está  concebido de esa manera, es un  sistema     de     rebaja    de    penas,    un    sistema    de    preacuerdos,     de    negociación   entre   Fiscalía   y  defensa.   

6.  Aciertan  en  sus  apreciaciones  los  Legisladores  porque  la  Comisión Constitucional Redactora había acogido como  criterio  rector  básico  de  la  nueva sistemática, la política criminal del  consenso    o    justicia   consensuada  que  superaba  con   creces  la  filosofía  del sometimiento  recogida en el artículo 40  Ley  600  de  2000  con  descuento fijo, y que encuentra respaldo en los valores  justicia  y  orden  justo,  en  los   principios  de  la  dignidad humana y  democracia  participativa y pluralista, y en el fin del Estado Social de Derecho  de  facilitar  la  participación  de  todos  en las decisiones que los afectan,  consultando       la       doctrina       globalizada      del      pattegiamiento  italiano,  el asprach    alemán,    el   plea    bargaining   anglosajón   y   la  conformidad  española53.   Y   se   estableció  un  descuento  a  ponderar  (“hasta”),  con   

Una relación  de política criminal  global  (sistémica) entre el descuento punitivo y el incremento generalizado de  penas  (leyes  906 y 890/04): “Un ordenamiento jurídico es un sistema en cuyo  seno  las  normas carecen de existencia singular pues sólo adquieren sentido en  función            del           todo”54.   

7.    La    Corte   Suprema55 insistió en  el  criterio  que  el  allanamiento  o  aceptación  de  cargos no es igual a la  sentencia   anticipada,   pues  en  aquél  instituto  se  presenta  una  activa  participación   del  fiscal  y  del  imputado  que  incluye  las  consecuencias  punitivas  derivadas  de  lo  aceptado,  al  punto  que  la ley obliga al juez a  respetar  los  acuerdos,  aspectos  que  no eran contemplados en la legislación  anterior   toda   vez   que   en   ella   no   se   previó   ningún   tipo  de  negociación56. Se agregó que   

la  comparación institucional de las dos  figuras  en  estudio,  es  decir,  la  sentencia anticipada del sistema procesal  anterior  y  la aceptación de cargos o de imputación actualmente reglada en la  Ley  906  de  2004 no son iguales, toda vez que pertenecen a sistemas procesales  de   enjuiciamiento   contrapuestos,   conclusión   lógica   y  jurídica  que  necesariamente  conlleva  a  excluir  la pretendida aplicación del principio de  favorabilidad  que reclama la Procuraduría Delegada, pues si bien es cierto que  la   Sala   ha   admitido   la   operancia  de  la  favorabilidad  frente  a  la  “coexistencia”  de legislaciones, también  lo  es  que   ella   se  verifica  siempre  y  cuando  los   institutos  partan  de los mismos supuestos de hecho, evento que en este caso no  ocurre.   

Y se puntualizó que  

aducir que los dos institutos son iguales  por  cuanto  inciden en el campo de la punibilidad, es una afirmación sesgada y  genérica  que  no consulta tanto la estructura de cada sistema como los motivos  por  los cuales fueron incorporados a cada legislación, resaltándose que en la  Ley  906  de  2004  impera  como  principio la justicia consensual propia de los  sistemas de corte acusatorio.   

En   otra   providencia   se   recalcó  que   

la   aplicación  de  la  favorabilidad  respecto  de  determinadas normas contenidas en la Ley 906 a casos regulados por  la  Ley  600, depende de la equivalencia de los respectivos institutos, la cual,  desde  ya  se  advierte,  no  se  consolida en los casos de la aceptación de la  imputación  en la audiencia de su formulación prevista en los artículos 293 y  351  de  la  primera  normatividad,  y  la  sentencia  anticipada regulada en el  artículo  40  de la segunda, pues además de que fueron moldeados con arreglo a  esquemas   constitucionales   diferentes,   configuran   institutos   procesales  sostenidos   en  bases  filosóficas  distintas:  aquél  en  el  paradigma  del  consenso,    ésta    en    el   del   sometimiento57.   

V  

Conclusiones  

          1.  Las dos Cortes  nacionales  en  ejercicio  puro de sus funciones constitucionales de unificar la  jurisprudencia  nacional  al  hilo  de  los mandatos superiores y de definir los  alcances  de  los  derechos  fundamentales  en sentencias de constitucionalidad,  dijeron  que  en  el  tránsito  y coexistencia de los códigos de procedimiento  penal    de    2000    y    2004    era   viable   el   principio   –derecho de favorabilidad a condición  de:  (i)  no ser la figura correspondiente estructural de la nueva sistemática,  vr.  gr.,  el  principio de oportunidad, no obstante los vestigios que existían  en  la  antigua  codificación;  y  (ii)  ser  idénticas  las  dos figuras, por  ejemplo:   la   definición   de  situación  jurídica.  De  suerte  que:    

         

2.  La  doctrina  comparada,  de  donde  el  legislador   nacional  tomó  la figura, puntualiza: (i) El instituto de la  conformidad  o de los acuerdos, es claro exponente del principio de oportunidad;  y    (ii)    la    conformidad    es    un   instituto   típico   del   sistema  acusatorio58.   

         3.  La política criminal del consenso que alentó al Constituyente y Legislador  históricos  de  2002  y  2004,  es distinta a la del sometimiento que rigió la  sentencia      anticipada      antigua      (2000),     aquella     –la del  acuerdo- recogida en los  artículos  8-d  y 10- de Principios y Garantías- y 354 -reglas comunes-, entre  otros.   

4.  Este  acervo  axial  y  de  política  criminal  distinto,  llevaron  a  que  el  texto  de  las normas positivas fuera  claramente diferente (artículo 27 ccc):   

i) “Sentencia  Anticipada. A partir de la diligencia de indagatoria  y  hasta  antes  de  que  quede  ejecutoriada  la  resolución  de  cierre de la  investigación,  el  procesado  podrá solicitar, por una sola vez, que se dicte  sentencia  anticipada…  El juez dosificará la pena que corresponda y sobre el  monto  que  determine  hará una disminución de una tercera (1/3) parte de ella  por  razón  de  haber  aceptado  el procesado su responsabilidad…59.   

ii)  La  aceptación   de los cargos  determinados  en  la  audiencia  de formulación de la imputación, comporta una  rebaja  hasta de la mitad de la pena imponible, acuerdo que se consignará en el  escrito           de           acusación60.   

5.  Por  esas  razones,  la  aparente mayor  rebaja  que  contempla  la  última  preceptiva  no  se  puede aplicar por   favorabilidad  porque  es  “ilegal” de acuerdo con la propia interpretación  de  la  Corte  Constitucional en decisión  que hizo tránsito a  cosa  juzgada  (sentencia C-592/05), toda vez que la especie justicia consensuada y el  género  principio  de  oportunidad, son características del sistema acusatorio  global   y  colombiano  que   histórica  y   axiológicamente  marcan  diferencias     radicales     con     el     Ancien  Regimen  del  procesalismo  penal  nacional.  Y no son  instituciones  idénticas,  talvez  lejanamente parecidas como dos primas de una  misma familia.   

Y  si se hace un acertado uso del factor de  ponderación  “hasta” y no se aplica automática e irracionalmente el 50% de  rebaja,  no  siempre  la  rebaja  fija  de  la  tercera  parte  consagrada en el  artículo  40 Ley 600/00 sería inferior a aquella, además qué tal si se acoge  el  criterio  “garantista” según el cual la Ley 890/04, que en su artículo  14  sólo aumenta penas, rige desde siempre y en todo el país, que –concedo-  tiene  su  lógica desde el  seno  de la legislación que fijó posibilidades (“hasta”) de topes altos de  descuentos  para alentar al procesado a  buscar acuerdos que agilizaran los  procedimientos,  pero  con el simultáneo incremento punitivo de todos los tipos  penales  para que no hubiera impunidad, criterio rector de la política criminal  adoptada  para  la creación de la nueva sistemática procesal penal,  como  se resaltó atrás por repetida vez.   

VI  

Refrendación de un criterio  

1.      Mirando      procedimentalmente  la figura se encuentra  fácilmente  que al detallarse el trámite de la audiencia de la formulación de  la  imputación,  se  le  señala  al  fiscal  entre  sus deberes el de expresar  oralmente  (art.  288.3)  la “posibilidad del investigado de allanarse  a  la  imputación y a obtener rebaja de pena  de conformidad con el artículo  351”,  que  puede  suceder  por  iniciativa   propia o por acuerdo con la  fiscalía   (art.   293)   pero   que   siempre   requerirá   de   acuerdo  respecto  del  “hasta”  de la  aminoración  de  pena pues no siempre será el 50%, como sin fundamentación se  viene  aplicando  en  algunas  instancias  tal  vez  para  aligerar presupuestos  carcelarios  y   de  congestión  judicial.  Es  que  la  aceptación de la  imputación   a  que  se  refieren  los artículos 288.3 y 293 –se reitera-,   

comporta   una   rebaja   hasta   de   la   mitad  de  la  pena  imposible,  acuerdo que se  consignará en el escrito de acusación.   

   

    

2.  Desde          el          ámbito          del         procesalismo,    se    pregunta:    (i)  ¿Será   que  cuando  el  imputado  acepta  los  cargos   pero no por  acuerdo    sino    por    allanamiento,   sí   puede  retractarse –art.  293  inc. 2 cpp-?. (ii) ¿Será que si  la aceptación de  cargos    sucede    por    allanamiento   y   no   por   acuerdo,   serán   existentes   las   realizadas   sin   la   existencia   del  defensor  -art. 354 cpp-?. (iii)) ¿Será que sí  es   posible   utilizar   en   contra   del    imputado   las  conversaciones  tendientes  a  lograr  un  allanamiento  como  no  es posible hacerlo con los que buscan “un acuerdo para  la  declaración  de  responsabilidad  en  cualquiera de sus formas”, art. 8-d  cpp?.  Y,  (iv)  d)  ¿Será que puede el juez autorizar los acuerdos  pero  no   los   allanamientos  –arts.  10  inc. 4 y 293  inc. 2 cpp?.   

Las    respuestas    dicen    que    la  “aceptación   de la imputación”,  bien por iniciativa propia del  imputado  o  por  acuerdo  con  la  fiscalía,  es  figura  global  –política    criminal-    de    la  justicia  consensuada  que,  como   primera  modalidad,  registra   el   art.   351  inciso  inicial  en  texto  claro   que   reclama  “acuerdo”  para  fijar  el  “hasta” de la disminución punitiva.   

3.  Así, siguiendo las pautas del Tribunal  Constitucional:  (i)  el  nuevo  código  de  procedimiento  penal  adoptó como  vertebral    de    su    sistemática,    la    filosofía    del   acuerdo      y     la     negociación  consagrando       en      el      art.      351     sus     “modalidades”,   en  cambio  de  la  del  sometimiento  del  anterior  con   su   figura   estelar  de  la   sentencia  anticipada  (art.  40  ley  600/00).   Y,  (ii)  si  bien  es cierto que la primera “modalidad”, en  comienzo  tiene  perfiles  parecidos  a  ésta  -sometimiento o aceptación  unilateral  de  la  imputación-,   al requerirse de acuerdo o negociación  para   fijar  el  “hasta” de la pena imponible, presenta una mixtura de  las  antiguas  sentencia anticipada y audiencia especial, que hace exótico  el     predicado    de    identidad    entre esas figuras.   

4.  Recuérdese  que  el cpp-91 acuñó por  primera  vez en Colombia la terminación anticipada del  proceso creando las figuras de la sentencia anticipada  (art.   37)   y   la   audiencia  especial  (art.  37B),  la   primera    de   las   cuales   implicaba  sometimiento  con descuento  fijo    y    la    segunda  negociación,   que   por  supuesto   las   hacía   bien   diferentes.   El  Código   de  2000  (Ley  600/00)   sólo  consagró la primera especie y no la segunda, mientras que  el  estatuto  de 2004 estableció todas las modalidades bajo el rubro general de  “Preacuerdos   y   Negociaciones”   en   el   título   II  del  Libro  III,  “justicia  negociada”,  que  refleja,  además, la  influencia de figuras globalizadas, universales  y   trasnacionales   como  la  conformidad  española,  el pattegiamiento    italiano,    el   asprach  alemán  y el plea bargaining  anglosajón. Y,   

5. En fin: al respetar lo que originalmente  dijeron  las  Cortes colombianas sobre la viabilidad del principio-derecho de la  favorabilidad  en  el tránsito y/o coexistencia de estatutos procesales penales  (Leyes  600-2000  y  906-2004),  la  figura  del acuerdo y de la negociación es  propia,  característica,  típica  y  medular  del  sistema acusatorio, y no es  idéntica  a  la  sentencia  anticipada  del viejo código porque tanto la   axiología  contenida  en  la  política  criminal  respectiva  como  los textos  positivos  que  elaboraron  los  legisladores  históricos correspondientes, los  hacen  diferentes.  Por eso estimo que la interpretación en contrario es ilegal  y   sobre   un   tal  predicado  no  se  pueden   edificar  derechos.    

Cordialmente,  

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Magistrado  

Fecha    ut  supra.   

    

1  Cuaderno original No. 1, folio 44.   

2  Cuaderno original No. 1, folios 48 (57) y 58 (68).   

3  Cuaderno original No. 1, folio 87.   

4  Cuaderno original No. 1, folio 155   

5 Auto  de  17  de  mayo  de  2000,  radicación  10250;  auto  de  9  de junio de 2000,  radicación  14860;  sentencias  de 5 de junio de 2000, radicación 15058, de 12  de   diciembre  de  2002,  radicación  16099,  de  4  de  septiembre  de  2003,  radicación 12768.   

6  Sentencia   de   casación   de   12   de   septiembre   de  2007,  radicación 26967.   

7 Auto  de 15 de mayo de 2008, radicación No. 29010.   

8  Sentencia   de   casación  de  8  de  abril  de  2008,  radicación 25306.   

9  Cuaderno original No. 2, folio 26.   

10  Sentencia de segunda instancia, radicado 23.567   

11  Incorporados  a  nuestra legislación interna, por virtud de la Ley 16 de 1972 y  de la Ley 74 de 1968, respectivamente,   

12  Sentencias   de   la   Corte   Constitucional   C-409   de   1999   y  C-040  de  2002.   

13  Sentencia C-104/93, M.P. Alejandro Martínez Caballero   

14  Sentencia T-098 de 1996, páginas 27 y 28.   

15  “Y,  así,  debiendo  la  ley,  en virtud de tales exigencias concebir la pena  como  un  mal  necesario  y proporcionado  a  la   gravedad  del  delito,  en  el  corazón  mismo del  principio  de  legalidad   se  halló  inscrito,  naturalmente, otro, el de  intervención  mínima o proporcionalidad   en   sentido   amplio”.  Tomás  Vives  Antón,  Principio  de  legalidad,  interpretación  de  la ley   y   dogmática  penal,  en Estudios de filosofía del derecho  penal, Bogotá, Uni-Ext., 2006, p. 298. El principio  de  legalidad  aparece,  además  de  antitético  del  principio de oportunidad  (artículos  250  Const. Pol. y 321-330 cpp-2004), en el estatuto procesal penal  último  como  principio  rector  y  garantía  procesal  (artículo  6), y como  criterio  modulador  de la  actividad procesal (artículo 27). Para mí una  pena  es legal cuando se tasa dentro de los parámetros que establece la ley. El  valor  justicia  implica  que  no  haya impunidad. Y no hay pena justa cuando se  reconocen   atenuantes  ilegales,  es  decir,  que no contempla la ley  como    “fin   de   regulación”,   “idea   fundamental”   o   “razón  justificante”,  o  porque  no  haya  razonabilidad  axiológica  que  entre en  fricción   con   el   tenor   literal   del   enunciado,   como   adelante   lo  demuestro.   

16  Yesid    Ramírez    Bastidas,    Aclaración   de  voto,  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación  Penal,  sentencia  de  casación  de 16 de mayo de 2007, radicación 23934, M.P.  Álvaro  Orlando Pérez Pinzón. El principio de legalidad se traduce en materia  penal  en  la  necesidad  imperiosa  e  insoslayable de que el legislador defina  previamente  el delito y la pena, el juez competente, las formas propias de cada  juicio  y  las  condiciones de ejecución de la sanción, con lo que se delimita  el    ejercicio    del   ius   puniendi  y  se  ata  al  parlamento a los contenidos supremos, pues éste  debe  responder  “a  la  realización  de los fines sociales del Estado, entre  ellos,  los  de  garantizar la efectividad de los principios, derechos y deberes  consagrados  en la Constitución y de asegurar la vigencia de un orden justo”.  Corte Constitucional, Sentencias SU-1722/00 y C-070/96.   

17  “La     garantía     de     la    defensa    corresponde    a    todas  las  partes…  De  hecho,  en  muchos  casos  es  una   afirmación  casi  automática,  aquella de que la  defensa   corresponde   a   la  parte  pasiva  del  juicio…  Sin  embargo,  no  consideramos  acertada esta reducción subjetiva de la garantía de la defensa a  una  sola parte, sino que, por el contrario, entendemos que se dirige y ampara a  todas   las   partes  del  proceso,  en  lo  que  constituye,  por  cierto,  una  característica  esencial  a  tener  en  cuenta  para  la elaboración  del  concepto  de esta garantía constitucional”. Alex Carroca Pérez, Garantía   constitucional   de  la  defensa  procesal,  Barcelona,  Bosch,  1998, p. 86-87. Y además resulta elemental  que  la parte sea parcial por y para sus intereses; que el litigante también lo  sea  según  los  intereses  de  la   parte  que  asiste,  sea  victimario,  víctima,    tercero    civilmente   responsable   o   asegurador   –sistema  de  partes-;  pero el juez  tiene  que  ser imparcial,  independiente  y  autónomo,  el fiel de la balanza a través de la ponderación  de  derechos.  María  Inmaculada  Ramos  Tapia,  Los  deberes   de  imparcialidad  y  vinculación  exclusiva  al  Derecho,      en      El     delito     de  prevaricación,   Valencia,   Editorial  Tirant  lo  blanch, 2000, p. 146.   

18  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala de Casación Penal, providencias 11 julio de  2007 y 10 abril 2008.   

19  Manuel  Atienza,  Las razones del derecho, México, UNAM, 2003, p. 1.   

20  Manuel   Atienza,   Las   razones…,  ob. cit., p. 25-26.   

21  Pablo    Raúl    Bonorino    y    Jairo   Iván   Peña   Ayazo,   Argumentación   judicial,   Bogotá,  Consejo Superior de la Judicatura, 2003, p. 23.   

22  Robert    Alexis,    Teoría   de   los   derechos  fundamentales,    Madrid,   Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993.   

23  “En  razón  de esta función, la ponderación se ha convertido en un criterio  metodológico  indispensable  para el ejercicio de la función jurisdiccional…  que   se   encarga   de   la  aplicación  de  normas  que,  como  los  derechos  fundamentales,  tienen  la   estructura  de  principios”.  Carlos  Bernal  Pulido,  El  derecho  de  los  derechos, Bogotá, Uni-Ext., 2005, p. 139 y 97.   

24  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal, providencias de julio 11 de  2007  y  abril  10 de 2006. Corte Constitucional, Sentencias C-580/02, C-004/03,  C-979/05,  C-1154/05,  C-370/06,  C-454/06  y  C-209/07.  Por  supuesto  que las  víctimas  son  titulares  de  un  amplio  elenco  de derechos fundamentales que  ganaron  espacio en la conciencia de los Pueblos, en su  axiología y en la  normatividad   positiva,  especialmente  después   de  la  Segunda  Guerra  Mundial  (1945),  cuando el Estado Social y Democrático surge para proteger los  derechos  de  tercera  generación,  en  particular  la Paz (artículo 22 Const.  Pol.).  La  Carta  Política les hace un amplio registro en los artículos 1, 2,  15,  21, 29, 229, 250 y 251, además del bloque de Constitucionalidad (artículo  93  Const.  Pol.),  que  se  han  materializado en derechos a la verdad sobre lo  ocurrido   (para  la  memoria  individual  y  colectiva,  y  para  que  no  haya  repetición),  para  que haya justicia (se evite la impunidad, así sea parcial)  y   efectiva   reparación   (que  en  sus  distintas  vertientes,  requiere  de  verdad  completa y   penas   “legales”  y  “justas”).   

25  Luigi   Ferrajoli, Derecho y Razón. Teoría del  garantismo  penal, Madrid, Editorial Trotta, 1995, p.  853.        “Son         ‘derechos  fundamentales’    todos    aquellos   derechos   subjetivos   que   corresponden  universalmente  a  todos  los  seres humanos en cuanto dotados del status  de personas, de ciudadanos  o  personas  con  capacidad  de  obrar;  entendiendo  por derecho subjetivo  cualquier  expectativa  positiva  (de  prestaciones)  o  negativas (de no sufrir  lesiones)  adscritas  a  un  sujeto  por  una  norma  jurídica; y por status la  condición  de  un  sujeto,  prevista asimismo por una norma jurídica positiva,  como  presupuesto de su idoneidad para ser titular de situaciones jurídicas y/o  autor  de  los  actos  que  son  ejercicio  de éstas”. Luigi  Ferrajoli,  Los      fundamentos     de     los     derechos  fundamentales,  Madrid,  Editorial  Trotta, 2001, p.  19.   

26  Jesús-María    Silva    Sánchez,    Sobre    la  “interpretación”  teleológica en Derecho Penal,  en  Estudios de filosofía  del   Derecho   Penal,  Bogotá, Uni-Ext., 2006, p. 373.   

27  Jesús-María   Silva   Sánchez,  Sobre…, ob. cit., p. 376.   

28  Kant  señala  que  “cuando se infringe la justicia no tiene ningún valor que  los hombres vivan sobre la tierra”.   

29  Código Penal de 2000, artículo 4°.   

30  Jesús  Orlando  Gómez López, La teoría del delito  desde  la perspectiva de la Constitución venezolana,  Barquisimeto, Judec, 2008, p. 38.   

31  Claus   Roxin,   Conclusiones   finales  en  Crítica  y  justificación  del  derecho  en  el  cambio de siglo, Cuenca, Universidad  Castilla-La  Mancha,  2003, p. 319. “Un adecuado sistema de política criminal  debe  orientar  la  función  preventiva  de  la  pena  con  arreglo a los   principios  de  protección  de  bienes  jurídicos,  de  proporcionalidad  y de  culpabilidad,  Síguese de ello, que la Constitución conduce a un derecho penal  llamado  a desempeñar, dados unos presupuestos de garantía de los derechos del  procesado  y  del  sindicado, una función de prevención general, sin perjuicio  de  la  función  de  prevención especial”. Corte Constitucional, Sentencia 7  dic. 1993.   

32  Claus       Roxin,      Conclusiones… ob. cit., p. 319.   

33  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, auto de segunda instancia  de 11 de julio de 2007, radicación 26945.   

34  Mientras  que  para  Kelsen la efectividad aparece vinculada a la existencia del  Estado  y  a  la  capacidad  de imposición política, para Hart el principio de  efectividad se plasma en términos de regla o práctica social.   

35  Joseph  Aguiló  Regla,  Sobre  la Constitución del  Estado  Constitucional, Doxa, 24, Alicante, 2001, p.  455.   

36  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, autos de segunda instancia  de  11  de  julio  de  2007,  radicación  26945,  y  de  10  de  abril de 2008,  radicación 29472.   

37  Véanse:   Gerardo   Landrove   Díaz,   La  moderna  victimología, Valencia, Editorial Tirant lo Blanch,  1998;  M. Carmen Alastuey Dobón, La reparación a la  víctima  en  el  marco  de  las  sanciones  penales,  Valencia,  Editorial  Tirant  lo Blanch, 2000; Alberto Alonso Rimo, Víctima  y  sistema  penal:  las  infracciones no perseguibles de  oficio   y   el   perdón  del  ofendido,  Valencia,  Editorial   Tirant   lo   Blanch,   2002;   Julio   Jorge  Urbina,  Protección  de  las  víctimas  de  conflictos  armados, Naciones  Unidas   y   Derecho   Internacional   Humanitario,  Valencia,  Editorial Tirant lo Blanch, 2000; y, Comisión Colombiana de Juristas  (ed.),  Principios internacionales sobre impunidad y  reparaciones,  Bogotá,  Opciones Gráficas Editores  Ltda., 2007.   

38  La  fijación  de los límites mínimo y máximo de la escala de penas se conoce  en   la   doctrina  como  proporcionalidad  cardinal  o  absoluta.   Adrew   von   Hirsch,  Censurar  y  castigar,  Madrid, Editorial Trotta, 1998, p.45 s.s.  “Estatuir   que  nadie  puede  ser  juzgado  sino  conforme  a  las leyes  preexistentes  al  acto  que se le imputa, implica que  para condenar a una  persona  se  requiere que su conducta esté previamente definida como delito; de  la     misma    manera    que    sólo    puede  imponérsele  la  pena  previamente  establecida  en  la  ley.  Se trata del  apotegma  universalmente  conocido  como  “nullum  crimen,  nulla  poena  sine  lege”.  El  principio de legalidad opera en un doble sentido, (i) como límite  al  ejercicio  del  poder  punitivo  del  Estado,  en la medida en que le impone  definir  previamente  qué  acciones  son  constitutivas  de  delitos y cuál la  sanción  a  aplicar  por  su   realización; y (ii) como garantía para el  procesado  y  la  comunidad, atendida la certidumbre que genera el saber de  antemano  que sólo será objeto de sanción penal la conducta erigida en delito  por   la   ley   y   que   únicamente   se   impondrá   la  pena  dentro de los límites cuantitativos y  cualitativos  establecidos  por  la misma”. Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación      Penal,      Casación,  radicación  28059, M. P., Dra. María del Rosario González de  Lemos.    “En    efecto,     los    ciudadanos    deben    conocer    los  comportamientos   prohibidos y por lo mismo elevados por el legislador a la  categoría   de  delitos  así como la correspondiente sanción previamente  establecida  a  fin  de  contar  con  la  certeza de que sólo podrán ser   sancionados  en  razón  de  la  comisión  de una conducta punible dentro de los límites cuantitativos y  cualitativos  consagrados  con  antelación en la ley, sin que tales marcos  puedan  desbordarse  a discreción o capricho de los funcionarios judiciales”.  Corte   Suprema   de   Justicia,   Sala   de   Casación   Penal,   Casación,  radicación 24.030, M. P.,  Dr. Julio Enrique Socha Salamanca..   

39  Corte    Constitucional,    sentencias    C-004/03    y    C-871/03,   refiriéndose   al   non  bis  in ídem y declarando que tal  principio  no  es  absoluto.  “En  el ámbito internacional se ha llegado a un  consenso  general  en la necesidad de considerar a las víctimas del delito como  parte   principal,    junto   al   victimario    y   en   igualdad   de   condiciones,   de  la  política   criminal  de  los  Estados.  Se trata de una exigencia social y  humana:  hoy,  el  llegar a ser víctima no se considera un incidente individual  sino  un problema de política social, un problema de derechos fundamentales”.  Alfonso  Daza  González,  Víctimas  en  el Sistema  Procesal   Penal  Acusatorio,  Bogotá,  Universidad  Libre, 2006, p. 56.   

40  Ángel  Puyol, El discurso de la igualdad, Barcelona, Editorial Crítica, 2001, p. 203.   

41  “Con  el  fin  de humanizar la actuación procesal y la pena; obtener pronta y  cumplida  justicia;  activar  la solución de los conflictos sociales que genera  el   delito;   propiciar   la   reparación  integral  de  los   perjuicios  ocasionados  con  el injusto y lograr la participación del imputado en la   definición  de  su  caso, la Fiscalía y el imputado o acusado podrán llegar a  preacuerdos que impliquen la terminación del proceso”.   

42  “En   los  delitos  en los cuales el sujeto activo de la conducta punible  hubiese  obtenido  incremento patrimonial fruto del mismo, no se podrá celebrar  el  acuerdo  con  la  Fiscalía  hasta  tanto  se  reintegre,  por  lo menos, el  cincuenta  por   ciento del valor  equivalente al incremento percibido  y se asegure el recaudo del remanente”.   

43  “Las  reparaciones  efectivas  a  la  víctima  que  puedan  resultar  de  los  preacuerdos   entre fiscal e imputado o acusado,  pueden aceptarse por  la  víctima.   En  caso  de  rehusarlos,  ésta  podrá acudir a las vías  judiciales  pertinentes”.   

44  Silvia  Barona  Vilar,  La conformidad en el proceso  penal,  Valencia,  Editorial Tirant lo blanch, 1994,  p. 31.   

45  Luis     Enrique    Romero    Soto,    Derecho  Penal, Parte General, Editorial Temis, 1969, p. 553.  “…a  la  cabeza  de sus grandes problemas y mayores desgracias, la impunidad  en  Colombia,  junto  con la violencia, la  corrupción y el narcotráfico,  se  erigen  como  una  de  las peores culturas de lastre que tanto contribuyen a  mantenerla   sumida   en   su   profunda   crisis”.  Germán  Puyana  García,  ¿Cómo    somos    los   colombianos?,  Bogotá, Editorial Panamericana, 2005, p. 275. El examen diario  de  expedientes  ha  señalado la práctica judicial discutible de reconocer sin  más,  a un allanado el máximo del descuento, que no puede suceder, vr. gr., en  casos  de  flagrancia  o  de  prueba  de cargo contundentes. Y si  ese  descuento  es  razonado,  más  el incremento  generalizado de penas por el  que  aboga  el  Magistrado  Gómez  Quintero, del artículo 14 de la Ley 890/04,  vigente   –según  él  desde  los  albores  del  sistema  acusatorio  colombiano-,  por supuesto que la  rebaja  fija de 1/3 de pena consagrada en el mentado artículo 40, será siempre  mayor.    

46  Luis  Camilo  Osorio  y  otros,  Prólogo,       Presentación  y SPA: una política criminal para la  lucha  contra  la  impunidad en un marco reforzado de derechos, en Nuevo código  de  procedimiento  penal,  Bogotá,  CEJ,  2004,  p.  21-40.   

47  “En  Colombia,  la  adopción  mediante  reforma constitucional, de este nuevo  sistema   procesal   penal,  perseguía  en  líneas  generales  las  siguientes  finalidades:   (i)  fortalecer  la  función  investigativa de la Fiscalía  General  de la  Nación, en el sentido de concentrar los esfuerzos de ésta  en  el  recaudo  de la prueba; (ii) establecimiento de un juicio público, oral,  contradictorio  y  concentrado; (iii) instituir una clara distinción entre  los  funcionarios  encargados  de investigar, acusar y juzgar, con el propósito  de  que  el sistema procesal penal se ajustase a los estándares internacionales  en  materia  de  imparcialidad  de los jueces, en especial, el artículo  8  del  Pacto  de  San  José  de  Costa  Rica;  (iv) descongestionar los despachos  judiciales  mediante la supresión de un sistema procesal basado en la escritura  para  pasar  a la oralidad, y de esta forma, garantizar el derecho a ser juzgado  sin  dilaciones  injustificadas; (v) modificar el principio de permanencia de la  prueba  por  aquel  de  la  producción de la misma durante el juicio oral; (vi)  introducir  el  principio de oportunidad; (vii) crear la figura del juez de  control  de  garantías;  e  (viii)  implementar  gradualmente  el nuevo sistema  acusatorio”.  Corte Constitucional, Sentencia C-591/05.   

48  Corte  Constitucional,  Sentencia  C-591/05.  Además,  repárese Exposición de  Motivos  del  Proyecto  de Acto Legislativo No. 237 de 2002 Cámara, por el cual  se  modifican los  artículos 234, 235, 250 y 251 de la Constitución   Política,  y  Juan-Luis  Gómez Colomer, El Tribunal  Penal  Internacional:  investigación  y  acusación,  Valencia, Editorial Tirant lo blanch, 2003, p. 55.   

49  Luis  Alfredo  de  Diego  Díez,  Justicia  criminal  consensuada,  Valencia,  Editorial  Tirant  lo   blanch,  1999,  p.  75.  “Estos acuerdos informales (en Alemania) funcionan de  forma   similar   al   plea  bargaining   de  los  EU  (y)  lo  que  en Alemania fue producto de una  práctica  judicial  ha  sido introducida en España y en Italia por los propios  legisladores”.    Silvia    Barona    Vilar,   La  conformidad…, ob. cit., p. 32.   

50  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal, Sentencia Única Inst.  agosto   3   de   2005,   radicación   19094,   M.   P.,   Dr.  Yesid  Ramírez  Bastidas.   

51  La  Corte  Constitucional  hizo  expresa referencia a los autos del 4 de mayo de  2005,  radicaciones  19094  (reiterado  en  el  auto  de  7  de  abril  de 2005,  radicación 23312) y 23567.   

52  “La  definición, como la  palabra lo sugiere, es primariamente una   cuestión   de  trazar límites o discriminar entre un tipo de cosa y otro,  que  el  lenguaje  distingue mediante una palabra  separada”. H.L.A.  Hart,    El    concepto   de   Derecho,   Buenos   Aires,   Editorial   Abeledo-Perrot,   1977,  p.  13.  «Parecido»  significa  tener determinada apariencia o aspecto que le asemeja  a            algo;           «similar»  es  lo  que  tiene semejanza o analogía con algo. Son expresiones sinónimas de  «semejante»   que  significa  que  las  partes  guardan  todas  respectivamente  la  misma proporción en relación con otra. Es  parecido   a   lo   que   ocurre  con  los  vocablos   “equiparable”  y  “analogía”.     «Idéntico»     significa  lo  mismo  que  otra  cosa (institución) con que se  compara. Véase Diccionario de la Lengua Española, 22 edición.   

53  El  Comisionado  encargado del tema, escribió: “No debe perderse de vista que  los    preacuerdos   y  negociaciones,   bien  entendidos  y  acertadamente ejecutados, procuran imprimirle rapidez al trámite  de   juzgamiento,  sobre  la  base  de  un  consenso  justo, pudiéndose decir que si bien el procesado es  el  creador  del  conflicto  también  debe  intervenir  como  parte decisiva”  Gustavo  Gómez  Velásquez, Aproximación al tema de  los       preacuerdos       y      negociaciones  en  el  cpp –arts.   348   a    354-,   en  Sistema penal acusatorio,  Bogotá, Fiscalía General de la Nación, 2005, p. 69 ss.   

54  Camino  Vidal Fueyo, El principio de proporcionalidad  como   parámetro,   en  Anuario  de  derecho  constitucional latinoamericano,  11°  año,  T.II.,  Montevideo,  Fundación  Honrad  Adenauer  Stiftung,  2005,  p.430.   

55  Que  acaba  de  decir:  “En  realidad,  no  parece razonable que en el sistema  procesal   anterior   la  víctima  pudiera  disponer  de  su   pretensión  indemnizatoria,   pero   en   el   nuevo,   cruzado   transversalmente   por  el  instituto    de   las  negociaciones,   preacuerdos  y  acuerdos,  esa  capacidad  dispositiva  quede  limitada”.  Corte  Suprema de Justicia, Sala de  Casación Penal, Sentencia abril 9 de 2008, radicación 28161.   

56  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia de casación, 23  de agosto de 2005.   

57  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia de casación, 23  de  mayo  de  2006,  radicación  25300,  con  reiteración  en  la sentencia de  casación de 3 de mayo de 2007, radicación 23486.   

58Silvia     Barona     Vilar,     La  conformidad…, ob. cit., p. 31 y 33.   

59  Artículo 40 Ley 600 de 2000.   

60  Artículo 351 inc. 1° Ley 906 de 2004.     

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