10524 (12-08-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No. 10524  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 119  

Santafé de Bogotá, D. C., doce de agosto de  mil novecientos noventa y ocho.   

VISTOS:  

          La  Sala  va  a  definir  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto  por  la  defensa  del  procesado  JOSÉ  MIGUEL  ROJAS  LADINO,  en  relación  con  la sentencia de segundo grado fechada el 7 de diciembre de 1994,  producida  por el Tribunal Superior de Santafé de Bogotá, por medio de la cual  se  condena  al  acusado  por  el delito de homicidio consumado en la persona de  ARISTÓBULO CÁRDENAS MANRIQUE.   

          Para  adoptar  la  decisión  anunciada,  la  Corte  cuenta  con  el  concepto previo del Ministerio Público.   

         

HECHOS    ESTABLECIDOS    Y    RELACIÓN  PROCESAL:   

          Revelan  los fallos de instancia que la noche del 6 de abril de 1994  coincidieron  JOSÉ  MIGUEL  ROJAS LADINO, el sindicado, y ARISTÓBULO CÁRDENAS  MANRIQUE,  agente de la policía nacional, en un expendio de abarrotes y licores  conocido    con    el    nombre    de    “Matambre  Express”,  de  propiedad  del  señor  Carlos  Alirio  Pava  Araque,  atendido en  aquel  entonces  por  el  dueño  y  su  sobrino  José  Orlando  Caro Pava, situado en la calle 163 N° 28D-20,  barrio   Babilonia   de  esta  ciudad,  establecimiento  en  el  cual  aquéllos  escanciaban  bebidas  embriagantes  en compañía de otras personas.  Ya en  la  madrugada  del  día siguiente, los dos protagonistas se acercaron a través  del  ofrecimiento  de  licor  y compartieron aproximadamente hasta las dos de la  mañana,  hora  en  la  cual  se  retiraron  juntos  y también de inmediato fue  cerrado el local.   

          Apenas  habían transcurrido algunos minutos después del cierre del  establecimiento,  cuando  los tenderos escucharon varias detonaciones de arma de  fuego,  abrieron de inmediato la reja y notaron el cuerpo herido de Aristóbulo  Cárdenas  Manrique  sobre el  antejardín  que  da  acceso  al  local  comercial, mas ya no estaba presente su  acompañante ni tampoco habían otras personas alrededor.   

          Poco  tiempo  después,  el  señor  José  Miguel  Rojas  Ladino  se  presentó por los lados del  Centro  de  Atención Inmediata, CAI, N° 4, situado en la avenida 9ª con calle  163,  disparó  un  arma  de  fuego  y  gritó  que  le  había dado muerte a un  hombre.   Los  agentes  de turno procedieron a desarmarlo, se dirigieron al  lugar    de   los   episodios   y   allí   corroboraron   la   existencia   del  cadáver.   

          El  retenido  llevaba consigo un revólver marca smith & wesson,  calibre  32  largo,  número  549088,  que  albergaba  cinco  (5) vainillas y un  cartucho,  arma  que  fue  decomisada  en  el  instante  por  la policía y cuyo  salvoconducto   había   sido  expedido  en  favor  del  ciudadano  Eusebio Valdés.   

          Practicada  la  diligencia  de  identificación  del cadáver por la  Unidad  Primera de Investigación Previa y Permanente de la Fiscalía General de  la  Nación,  se  avocó  la instrucción después por la Fiscal Noventa y Cinco  Delegada  ante  los  Jueces Penales del Circuito, funcionaria que recepcionó la  indagatoria   del   imputado   y   posteriormente   lo  afectó  con  medida  de  aseguramiento    consistente   en   detención   preventiva,   sin   derecho   a  excarcelación,  como  presunto autor de un delito de homicidio (fs. 1, 25, 39 y  55).   

          Para  los  fines  evidenciados  en  la demanda de casación, importa  destacar  de  la  instrucción  que  el  fiscal  ordenó la prueba de absorción  atómica  o,  en  su defecto, el guantelete de parafina en ambas manos, tanto en  relación con la víctima como el victimario (fs. 4 y 7).   

          Cerrada  la  investigación, la fiscal calificó el mérito sumarial  el  1°  de agosto de 1994, por medio de resolución que contiene acusación por  el  delito  de  homicidio,  de acuerdo con las previsiones del artículo 323 del  Código  Penal,  modificado  por el artículo 29 de la Ley 40 de 1993 (fs. 114 y  130).   

          El  26  de  septiembre  de 1994, dos días antes del vencimiento del  término  legal  para preparar la audiencia, solicitar nulidades y pedir pruebas  en  el  juzgamiento  (art.  446  C.  P.  P.),  el procesado decidió acogerse al  procedimiento  de  sentencia  anticipada, de conformidad con el artículo 37 del  C. de P. P. (fs. 152 y 153).   

          Le  correspondió dirigir el trámite especial al Juez Catorce Penal  del  Circuito  y,  según  acta  del  29  de  septiembre  de 1994, el procesado,  debidamente   asistido  por  su  defensora,  aceptó  integralmente  los  cargos  formulados  en  la  resolución  de acusación.  El primero solicita que al  momento  de  medir  la  pena  se  tenga  en cuenta la ausencia de antecedentes y  además  que  se  entregó  voluntariamente  a  las autoridades; mientras que la  segunda  pide  que para dicha operación se haga valer no sólo la presentación  voluntaria  del  acusado  sino también el hecho de que condujo a la policía al  lugar  donde  había  quedado  el cuerpo de la víctima, amén de que existe una  confesión judicial (fs. 158).   

          El  juzgado profirió sentencia de condena el 11 de octubre de 1994,  por  cuyo  medio declaró la responsabilidad penal del acusado, conforme con los  artículos  37  y  247  del  C.  de  P. P., y consecuentemente le impuso la pena  principal  de  veinte  (20)  años  y  diez  (10)  meses  de prisión; le dedujo  también  la  sanción  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  por  igual  término;  le impuso la obligación civil de resarcir los  daños  y  perjuicios  por valor de un mil (1000) gramos oro; negó el subrogado  de  la  condena  de  ejecución condicional y ordenó la compulsación de copias  para  investigar por separado la infracción de porte ilegal de arma de fuego en  que pudo haber incurrido el mismo acusado (fs. 162).   

          El  procesado  y su defensora interponen el recurso de apelación en  contra  del  fallo  de primer grado.  El primer impugnante arguye que iba a  ser  despojado  por  la  víctima,  quien lo persiguió con un arma de fuego, se  trenzaron  entonces  en  una  riña,  y  fue  cuando  los disparos se produjeron  fortuitamente,  circunstancia  que lo pone dentro de la causal de inculpabilidad  prevista  en  el  numeral 1° del artículo 40 del Código Penal.  De igual  manera,  argumenta  que  como actuó en legítima defensa y se hallaba en estado  de  embriaguez,  la  conducta  atribuible  es  el  homicidio  culposo, según lo  previsto  en el artículo 329 del mismo ordenamiento.  Finalmente, solicita  que  para  la  solución  del  recurso  se  tenga  en  cuenta  su confesión, la  presentación  voluntaria  ante las autoridades y la entrega del elemento con el  cual cometió el delito.   

          La  defensa,  por  su  parte,  echa de menos el reconocimiento de la  rebaja  de pena por confesión, habida cuenta que se dan todos los requisitos de  procedibilidad  de  la atenuante, además de que en la legislación de hoy no es  indispensable  que  dicho  acto  sea  el  fundamento de la sentencia; tampoco es  necesario  que  la  sola confesión conduzca a la certeza porque siempre deberá  corroborarse  por el funcionario judicial; y así mismo, no se exige que el acto  sea simple sino que basta la manifestación del hecho cometido.   

          En  memorial  separado,  aunque también referido a la sustentación  del   recurso,   se   ocupa  la  defensora  del  hecho  de  haberse  incorporado  tardíamente  al  proceso  el  resultado  de  la  prueba  de absorción atómica  practicada  al  occiso,  cuyo resultado fue positivo para ambas manos (fs. 195),  omisión  que  constituye  una irregularidad sustancial sobre el debido proceso,  concretamente  porque  dificultó  el ejercicio del derecho de defensa.  El  resultado  de  esta  prueba,  sostiene  la  impugnante, permitía disuadir dudas  sobre  las  explicaciones  brindadas  por el acusado, en el sentido de que iba a  ser  atracado por la víctima, y así entonces tendría eco la legítima defensa  enarbolada  por aquél.  Como la investigación no debió cerrarse sin este  medio  de  convicción, la apelante propone que se anule la actuación procesal,  a  partir  de  dicha decisión, y así poder continuarla hasta obtener todas las  pruebas ordenadas.   

          El  Tribunal  desató  el recurso en la sentencia del 7 de diciembre  de  1994,  en  virtud  de  la  cual  confirma  la  decisión impugnada, salvo lo  atinente   a  la  pena  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas,  cuya duración, por mandato legal, no puede ser superior a diez (10)  años (cuaderno 2ª instancia, fs. 4).   

LA DEMANDA DE CASACIÓN:  

          El  actor  presenta  como  único  cargo  el  vicio  constitutivo de  nulidad  que contiene la sentencia, merced a la tardía e injustificada anexión  de  la prueba de absorción atómica practicada al finado, hecho que generó una  desorientación  en  el  ejercicio  del  derecho  de  defensa y, por dicha vía,  precipitó  la  aceptación  de  responsabilidad  para  el  adelantamiento de la  sentencia  condenatoria,  anticipación  que  era  de imposible ocurrencia si se  conocen  oportunamente  los  resultados benignos, pues éstos respaldan su dicho  sobre   tan  neurálgica  cuestión.   La  anomalía  cabe  dentro  de  las  previsiones  del  numeral  3°  del  artículo  304 del Código de Procedimiento  Penal.   

          Para  demostrar el cargo, el censor señala el marco constitucional,  legal  y  conceptual  del ejercicio de los derechos de contradicción y defensa,  prerrogativas  que  se  lastiman  sensiblemente  cuando no se atiende la palabra  exculpativa  del  acusado;  o no se le garantiza la oportunidad de réplica y no  se  practican  con  igual  celo  las  pruebas  que  lo  favorecen.   Trae a  colación  las sentencias de casación fechadas el 19 de septiembre de 1990 y 22  de  abril  de  1991,  de acuerdo con las cuales el derecho de defensa es anejo a  todos  y  cada  uno de los momentos procesales y hacen énfasis en la entrega de  oportunidades  plenas  y  permanentes  para  que  el  procesado pueda exhibir su  inocencia  o  su  responsabilidad  en  determinado  grado;  de  tal  manera  que  cualquier  interferencia en este sentido vicia de nulidad la respectiva porción  procesal.   

          Aduce  el  actor  que  la prueba que se echa de menos fue practicada  por  el  laboratorio  el  29  de julio de 1994, recibida en la Unidad Primera de  Vida  el  8  de  agosto siguiente y remitida el 21 de septiembre a la oficina de  información  y  reparto de la administración judicial, célula esta que apenas  el  19  de  octubre se la envía al Juzgado Catorce Penal del Circuito.  Es  decir,  tan  trascendental  medio  de  convicción  no  sólo  se  incorpora  al  expediente  73  días después de producido, sino que llega al proceso cuando ya  se  había  emitido  la  sentencia  de  primer  grado,  a pesar de que se había  ordenado desde la misma diligencia de levantamiento del cadáver.   

          Advierte  el  demandante  un  protuberante  yerro  en  la  actividad  judicial  de  secretaría,  por  cuya  ocurrencia  se  privó  a  la defensa del  conocimiento  de  un  importante elemento probatorio a su favor y se impidió el  ejercicio   pleno   de  la  contradicción,  hasta  el  punto  de  producir  una  desorientación  grave  sobre  la materia, pues, en aras de una rebaja punitiva,  se     “patrocinó     y     permitió”     una    sentencia    condenatoria  anticipada.   

          No  satisfizo  al  recurrente  la respuesta del Tribunal en torno al  mismo  planteamiento  de  nulidad  que se hizo en la instancia, en el sentido de  que  la  defensa  carecía  de  interés  jurídico  en  el asunto, basado en el  numeral  4° del artículo 37B del C. P. P., pues, si entiende que la nulidad es  un  control  difuso de constitucionalidad y legalidad, habrá de decretarse aún  de  oficio,  máxime  que  el  mismo  artículo 37 de la obra citada supedita la  aplicación  de  la  sentencia  anticipada a que “no haya habido violación de  garantías   fundamentales”,   entre   las   que  se  destaca  el  derecho  de  defensa.   

          Sobre  la  incidencia  de  la prueba omitida, el demandante advierte  que  a  nadie  le  consta  lo  que  ocurrió esa noche entre sindicado y occiso,  razón   por   la   cual   cobran  especial  relevancia  las  explicaciones  del  primero.   Y  si  aparece una prueba material que secunda sus asertos, esto  es,  que  hubo  un  forcejeo  con  el  difunto en procura del arma, ello permite  solidificar  la justificante o, por lo menos, abrirle paso a una duda razonable,  cuya  falta de contemplación afecta los intereses defensivos del acusado.   En  la  práctica,  sin  responsabilidad  ni participación del procesado, se le  privó  injustificadamente de un elocuente medio de persuasión en su beneficio,  hecho   que  entonces  generó  una  equivocada  valoración  de  la  estrategia  defensiva,  pues  la  profesional  encargada  de  ella  permitió y recibió una  sentencia    condenatoria    anticipada,    solo    en    pos    de   descuentos  punitivos.   

          Frente  al  resto  del acopio probatorio, el demandante sostiene, en  primer  lugar,  que  los  dos  impactos  de bala registrados en el teatro de los  acontecimientos  (uno  en  un parasol que permanece afuera del establecimiento y  otro  en  la  puerta  contigua),  coadyuvan de manera importante la versión del  imputado  acerca  de  la  ocurrencia  de  un  forcejeo con el imputado.  En  segundo  lugar,  tampoco  le  parecen  muy  contundentes  los  hallazgos  de  la  necropsia  para  desvirtuar  las explicaciones de legítima defensa introducidas  por  el acusado, pues, en cuanto a la situación opuesta de los dos disparos, si  se  considera  que  hubo  uno  cercano  y  otro  lejano, ello no termina por ser  incompatible  con  la  disputa  pregonada;  de  otra parte, no es inequívoca la  deducción  del plano superior desde el cual disparó el victimario, atendida la  estatura  de  ambos  protagonistas,  porque  ello  equivale  a  situarlos en una  “inmodificable  postura  vertical”  que  no se aviene con aquella situación  que conlleva una riña o forcejeo.   

          A  pesar  del “falso positivo” que se advierte en el reverso del  documento  contentivo  de  la prueba de absorción atómica, bien porque pudo la  persona  haber  manipulado  armas  de fuego o elementos relacionados con éstas,  ora  con  motivo de “posibles forcejeos o proximidad en el momento del disparo  a  la  persona que acciona el arma”, lo cierto es que la palabra del sindicado  resulta  fortalecida.   No importa que se aduzca la calidad de agente de la  policía  que  ostentaba  la  víctima,  pues  se  trata es de establecer si las  huellas  obedecen  a  tal calidad o se deben exclusivamente a los hechos, porque  bien  pudo  ocurrir  que  el  policial  no  estuviese  de servicio para la fecha  indicada  o  que  comprobadamente  no haya manejado armas de fuego en esa fecha,  vacíos que no pueden colmarse en contra del procesado.   

          El  recurrente  dice finalmente que en este caso se ha infringido el  artículo  29  de la Constitución Política y  que también se han violado  los  artículos  1°,  7°,  18  y  20  del  Código de Procedimiento Penal, que  consagran  los  principios  de  derecho universal conocidos como debido proceso,  contradicción,    lealtad   e   igualdad.    Remata   con   la   siguiente  apostilla:   

          “…   teniéndose  el  Derecho  de  Defensa  como  una  garantía  fundamental,  cara  al  esquema del debido proceso, es por lo que se le califica  de   INVIOLABLE,   INALIENABLE,   no   susceptible   de   ser   renunciable,   o  “expropiada”  -si  se  nos licencia la expresión- así el imputado, como en  el  presente  asunto,  haya  precipitado  su  sentencia  condenatoria, pues ella  trasciende  la  mera  conveniencia  que  es  cuanto inspira una solicitud de tal  jaez,  y va a enclavarse en el mismo orden público inherente al debido proceso,  de ahí su perseverante y delicado cuidado procesal”.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO:  

          El  Procurador  Primero  Delegado  en  lo  Penal considera que no se  puede   aceptar   el   reproche   del   demandante   y   exhibe  las  siguientes  razones:   

          En  la  diligencia  de  sentencia anticipada, el procesado, asistido  por  su defensora, aceptó los cargos que le fueron formulados en la resolución  acusatoria,  decisión  judicial  en  la cual se valoró íntegramente la prueba  practicada  y  allegada  durante  la instrucción.  Algo más:  aunque  para  la fase del juzgamiento no es necesario extender un acta especial, como si  ocurre  en  la instrucción, de todas maneras se hizo “precisamente para fijar  y  poner  de  presente  al  procesado  las consecuencias de la aceptación de su  responsabilidad,     con     el     fin     de     proteger     sus     derechos  fundamentales”.   

          No  puede  pregonarse  una  violación  al derecho de defensa por el  hecho  de  no haberse allegado oportunamente una prueba, supuesto que en el acto  de  sentencia anticipada el procesado reconoce su responsabilidad con fundamento  en  las  pruebas que para ese momento procesal aceptó voluntariamente.  El  allegamiento  posterior  de  un  medio  de convicción no puede generar nulidad,  pues  tales  son  eventualidades  o riesgos que asume tanto el procesado como la  administración   de   justicia,   lo   que   a   la   postre   puede   resultar  perjudicial  tanto para uno como para otra.   

          Aunque  el  actor  considera  que la prueba allegada tardíamente es  favorable  al acusado, de todas maneras ya se había producido la manifestación  expresa  de  acogerse  a dicha institución, y fue con fundamento en ello que se  dictó   sentencia   anticipada,  decisión  ésta  que  “no  se  puede  dejar  condicionada  a  las  resultas  de  las  pruebas  pedidas,  no  allegadas  o  no  practicadas,  o  que resultaren favorables con posterioridad al procesado o a la  administración  de  justicia, máxime cuando la diligencia de Acta de sentencia  anticipada  asistió tanto el procesado como su defensora y firmaron como señal  de aceptación de su contenido…”.   

LA SALA CONSIDERA:  

          El  demandante  estima  que se ha violado de manera grave el derecho  de  defensa, dado que una prueba de emisión atómica, supuestamente favorable a  los  intereses  del  procesado,  se  allegó  tardíamente  y ello precipitó el  acogimiento a la sentencia anticipada.   

          Aunque  el  actor  se refiere a la forma especial de terminación de  este  proceso, por medio de la sentencia anticipada que consagra el artículo 37  del  Código  de Procedimiento Penal, la mención que hace es marginal y como si  fuera  un  error o engaño (algo sugiere) que padeció la defensa, sin inmutarse  por  el  aporte de voluntad y decisión que en tal acto hizo el procesado con el  apoyo  técnico  de  su  defensora de entonces.  En efecto, la solicitud de  finalización  prematura la hizo libremente el propio procesado y, al momento de  la   respectiva   diligencia,  expresó  claramente  y  sin  presiones,  por  el  contrario,  animado  por  la  confianza  que infunde la presencia de un defensor  técnico,  que  aceptaba  los cargos de la resolución acusatoria que fue leída  en  su  integridad.   De  modo  que  tanto  el  acusado  como  su defensora  compartieron   sin  objeciones  la  acusación  claramente  exteriorizada,  pues  solamente  se  limitaron  a  pedir  atenuación  de  la  pena  con  motivo de la  confesión  y de la presentación voluntaria del primero ante las autoridades de  policía.   Es  más, como para abundar en garantías, el representante del  Ministerio  Público  intervino  a  la  sazón  para  indicar  que  se le había  explicado   al   procesado   “la  trascendencia  de  aceptación  del  pliego  de  cargos,  dándole tiempo necesario y dejándolo en  absoluta  libertad para que voluntariamente aceptara o no los cargos…” (fs. 153 y 158.  Se ha destacado).   

          Es  verdad, como lo ordena el precepto citado, que el juez admitirá  esta  forma  conclusiva  del proceso “siempre que no haya habido violación de  garantías   fundamentales”,  una  de  las  cuales  es  obviamente  la  de  la  defensa.   Sin  embargo,  establecido  que  el  procesado  ha  dispuesto de  defensa  técnica  sin interrupciones, resulta inaudito que aspire a una nulidad  cuando  él  y  su defensora optaron por la sentencia anticipada, a sabiendas de  que  faltaba  el  resultado  de  la  prueba  de  absorción  atómica.   La  diligencia  de  sentencia  anticipada  no  se hizo por convocatoria ex   officio  de  la  Fiscalía  sino  por  petición  y asentimiento posterior tanto del procesado como del defensor.   Así  entonces,  de  llegarse  a  considerar  la  falta  de  esa prueba como una  afectación  del  derecho  de  defensa en sentido material, no podría ignorarse  que  el  principio rector de la protección  indica  que  no  podrán  decretarse  nulidades a instancias de un  sujeto  procesal  que  con su conducta ha contribuido a la realización del acto  irregular (C. P. P., art. 308-3 C. P. P.).   

          Para  prevenir  esta  clase  de reclamaciones, valga la advertencia,  los  fiscales  deben permanecer neutrales en cuanto al origen auténtico y claro  de  la  petición,  pues,  si  bien  podrían  ilustrar  al  procesado  sobre la  naturaleza  y fines del instituto, por más abrumadora que les parezca la prueba  de  cargo,  en manera alguna pueden inducir o presionar la sentencia anticipada,  como  tampoco  prometer subrogados u otros beneficios punitivos que escapan a su  competencia,  porque  el  control  jurisdiccional  se  orienta  a  verificar  la  voluntariedad  del consentimiento; de tal manera que el juez sólo podrá dictar  sentencia  cuando  tenga la convicción de que no hubo presiones indebidas sobre  el  sindicado,  de que éste se dio plena cuenta de las consecuencias jurídicas  del   rito  especial,  o  de  que  no  mediaron  vicios  de  ambigüedad  en  su  consentimiento.   

          El  recurrente  alega  que  no debió cerrarse la investigación sin  contar   con   la   mencionada   prueba,   pero   la   defensa  nada  hizo  para  impedirlo.   Así,  resulta  patente que en este caso la defensa material y  técnica  se  ejerció  sin  cortapisa  durante  la  fase de la instrucción, se  produjo  una  resolución  acusatoria  que  fue  puesta  de  presente en toda su  extensión  durante  el  acto de terminación especial del proceso y, sin mediar  objeciones  por  la  falta  de  alguna  prueba o alegato de inocencia alguno, se  aceptó  la  responsabilidad  por  el  delito de homicidio en las circunstancias  planteadas en la acusación.   

          De  modo  que no puede hacerse eco de una prueba que llegó después  de  haberse  dictado  la  sentencia  anticipada en primera instancia, prueba que  presuntamente  habría  influido  en  la  naturaleza  de la decisión, sin parar  mientes  en  la  trascendencia  de  la  aceptación de responsabilidad.  Es  decir,   si   bien   en   el  curso  de  la  instrucción  el  procesado  alegó  persistentemente  una  legítima  defensa, como que iba a ser “atracado” por  la  víctima,  lo  cierto  es  que  su  actitud  defensiva  a  ultranza  cambió  notoriamente  a  partir  de  la  resolución  de  acusación, acto en el cual se  argumentó  jurídica  y  probatoriamente  la  inexistencia  de  dicha causal de  justificación,  razón por la cual en la fase del juicio solicitó la sentencia  anticipada  y,  en  lugar  de  empecinarse  en  la  ausencia de antijuridicidad,  aceptó la responsabilidad penal.   

         

          Así  entonces,  resulta  un  sofisma  decir  que el resultado de la  prueba  de  absorción  atómica  confirma  lo  dicho  por  el  acusado sobre la  existencia  de  un  forcejeo  por el arma de fuego, como consecuencia del ataque  inicial  de la víctima, pues estas palabras ya habían sido desvirtuadas por la  última  expresión  fundamental  del  procesado,  según  la  cual  él  acepta  responsabilidad  penal  y,  por  ende,  asiente  que mató injustificadamente al  señor   Aristóbulo  Cárdenas  Manrique.   

         

         Por  lo  demás, como lo ha reiterado la Sala, la dicha asunción de  responsabilidad   que  ocurre  en  la  sentencia  anticipada  significa  que  el  procesado  renuncia a refutar la acusación, a controvertir la prueba de cargo y  a  la  práctica  de  otros  medios  de  persuasión,  pues,  de  acuerdo con la  estructura  legal  de  la  institución,  a  “los  cargos  formulados  por  el  fiscal”  sólo  puede  seguir  “su  aceptación  por parte del procesado”,  máxime  si  la  diligencia  se  realiza  en  la fase del juzgamiento, cuando ya  existe  una  resolución  acusatoria.   Por  ello  se  exige  el máximo de  escrúpulo y transparencia en la formación de la voluntad.   

         

         Sobre  el tema estudiado, la sentencia del 8 de agosto de 1996, cuya  ponencia   correspondió  al  magistrado  Juan  Manuel  Torres Fresneda, dijo lo siguiente:   

“Del texto del  artículo  37  del  Código  de Procedimiento Penal, modificado por la Ley 81 de  1993,  se  infiere  que  su  aplicación  no supone negociación alguna, que los  cargos  tienen  como  único  sustento  las pruebas hasta ese momento legalmente  incorporadas  al  expediente,  y  que  la  aceptación  formal de éstos ante el  fiscal   por   parte   del   sindicado,  sitúa  ipso  facto  el  proceso en el momento de dictar sentencia;  sin  que  por  ese  hecho los actos procesales legalmente omitidos o las pruebas  dejadas  de  practicar  constituyan violación del debido proceso…”.   

         

         También  ha  dicho  la  Sala  que volver en sede de apelación o de  casación  sobre  los  cargos  que  han  sido  aceptados de manera tan abierta y  voluntaria  por  el  procesado,  con  la  garantía  de  la presencia activa del  defensor    técnico,    significaría    propiciar    una   retractación   que  implícitamente  está  prohibida por la limitación del objeto del recurso que,  según  el texto entonces vigente del numeral 4° del artículo 37B del C. de P.  P.  (art. 5°, Ley 81 de 1993), apenas podía referirse a la dosificación de la  pena,  el  subrogado  de  la  condena  de  ejecución  condicional,  el  pago de  perjuicios  y  la  extinción  del  dominio sobre bienes.  Si la apelación  está  circunscrita  a  estos aspectos, según lo dice la norma citada, entonces  obviamente  el recurso de casación no puede pronunciarse sobre temas vedados al  tribunal  de segunda instancia, pues, como lo dice el artículo 218 del C. de P.  P.,  dicha  impugnación  extraordinaria  recae  sobre  la  sentencia de segundo  grado.   

         

         Aquí  no  se viola el principio constitucional de la presunción de  inocencia  ni  su  correlativo de la carga de la prueba como misión del Estado,  simplemente  el  primero  se desvirtúa por parámetros legales diferentes, como  son  la  renuncia  del  procesado  a  refutar la acusación y al acopio de otras  pruebas,  la  explícita  aceptación de los cargos y la constatación de que no  existen  los  presupuestos  para  la  preclusión o la cesación.  En otras  palabras,  para  efectos  de  estas  formas  de  terminación  anticipada, basta  verificar  y  controlar  la aceptación de responsabilidad y la seguridad de que  no  está  plenamente comprobado que el hecho no ha existido, o que el sindicado  no  lo  ha  cometido, o que la conducta es atípica, o que no es antijurídica o  que  el  sujeto  no  es  culpable,  o que la actuación no podía iniciarse o no  puede  proseguirse.   En  presencia  de  una  cualquiera  de  estas  causas  negativas  de un juicio de responsabilidad penal, a la vez suficiente fundamento  para  precluir  la  investigación o cesar el procedimiento, el juez que examine  la  aceptación  de  responsabilidad  por  vía de sentencia anticipada no tiene  alternativa  diferente a anularla para regresar al procedimiento ordinario, pues  sólo así se respeta el debido proceso.   

         Así  pues,  el  sustento  de  la  condena  en el juicio especial de  sentencia  anticipada  radica, de un lado, en la posición directa y genuina del  procesado  de  aceptar  la  acusación  y,  de  otra parte, en la valoración de  mérito  negativo  sobre  los  requisitos  de la preclusión de investigación o  cesación  de  procedimiento.   Estas  cautelas  se  asumieron  en  el caso  examinado,  cuando  el  juez de primera instancia, en reflexiones que por unidad  de  fallo  hacen  parte  del  de  segundo  grado,  dice  que  los testimonios de  José    Orlando   Caro   Pava   y   Carlos   Alirio  Pava,  lo  mismo  que  los  hallazgos de la necropsia,  desvirtúan  la  pretensión  de que el procesado haya sido atacado inicialmente  por  la  víctima,  pues  los testigos no escucharon ninguna discusión previa a  las  detonaciones  de arma de fuego, a pesar de que el occiso cayó en el andén  del  establecimiento  atendido  por  ellos,  y  el  dictamen de autopsia enseña  lesiones de agresión antes que de defensa.   

         En  efecto,  sobre las indicaciones de la necropsia dice el fallo lo  siguiente:   

“Ahora  bien,  no  es  fácil  para este  juzgado  admitir  o  rechazar  que  entre  el occiso y el sindicado, antes de la  muerte  de Aristóbulo se hubiese presentado una riña, porque según lo asegura  el encartado, aquél intentó atracarlo.   

“Sobre  este  concreto  tópico,  todo  conduce  a señalar que la versión del procesado es mentirosa.  Véase que  éste  informa  que  los  mortales disparos que hicieron impacto en el cuerpo de  Cárdenas  Manrique,  lo fueron:  ‘…   entre   medio   de   la  cintura  y  el  pecho…’  lo  cual, comparado con las heridas  que  presentaba  el  cadáver  al  momento  de  practicársele  la  necropsia es  inexacto,  pues  allí  se da cuenta de dos heridas en la cabeza, exactamente en  la región temporal izquierda, y en la región parietal derecha.   

“Veamos   lo   que  se  anotó  en  la  descripción     de     las     heridas     (fl.     114):     ‘1.1   Orificio de entrada de 0.6  x  0.6  cms  situado  en región temporal izquierda… presenta tatuaje…   1.2   Orificio  de  salida,  no  hay…   1.4  Trayectoria:   Antero-posterior.     Izquierda   Derecha.    Supero-inferior…   Orificio  de entrada de 0.7 x 0.7 cms situado en región parietal derecha.   2.2   Orificio  de  salida  no  hay…   2.4   Trayectoria:   Postero-anterior.  Supero-inferior.   Derecha-izquierda…”   

“Observando   la  trayectoria  de  los  mortales  tiros,  fácilmente  se  llega a la conclusión de que los impactos no  obedecieron  a  disparos  accionados  en  actitud  defensiva o que los mismos se  produjeron  dentro de un forcejeo.  Los ángulos que formaron los orificios  de  entrada  y  sus  trayectorias  están  señaladas  de  arriba  hacia  abajo,  antecedentes  que indican que el sujeto que recibió los impactos necesariamente  tenía  que   estar  en un plano inferior de aquel que accionaba el arma de  fuego,  o  el  victimario  tenía que ser mucho más alto que la víctima.   Estas  dos  hipótesis  no  tienen respaldo procesal.  Amén de lo anterior  uno  de  los  fatales  disparos,  en  este  caso  el  segundo, tiene trayectoria  ‘postero-anterior,  supero-inferior,    derecha-izauierda’,  con  alojamiento  del  proyectil  en el hueso frontal izquierdo,  demostrativo  de  que  Aristóbulo  Cárdenas  se encontraba dando la espalda al  procesado  e  igualmente  en un plano inferior al mismo, circunstancia ésta que  desmiente  la  versión de Rojas Ladino en el sentido de que los disparos fueron  hechos  durante  el  forcejeo,  porque es imposible y  riñe  contra  toda  lógica  y  la misma naturaleza, que la víctima llevara el  brazo  hacia  atrás de su cabeza, en condiciones tales que el revólver quedara  en  posición de producir el disparo de atrás hacia adelante con la trayectoria  postero-anterior  y  de  arriba  abajo;  otra circunstancia que refuerza nuestra  tesis  es  la evidencia de la falta de tatuaje alrededor del orificio de entrada  de  este proyectil, indicativo ello de que entre Aristóbulo Cárdenas y el arma  homicida  que  empuñaba  Rojas Ladino había una distancia mayor de un metro al  momento  de  producirse  la  deflagración, lógicamente tenemos que llegar a la  conclusión  de  que  Rojas Ladino miente en cuanto a las circunstancias modales  del  hecho  delicuencial,  y  que  lo  por  él  expuesto  en  su  diligencia de  descargos,  tan  solo  se encuentra en su imaginación, es un castillo de naipes  que   se   derrumba   ante   la   fuerza   incriminatoria   de   la   prueba  de  balística”    (fs.    172-174.     Se    ha  subrayado).   

         Estas  argumentaciones  revelan  que  el  a  quo,  al momento de dictar la sentencia anticipada, no  tuvo  dudas  sobre la antijuridicidad de la conducta (que fue lo discutido antes  de  la  diligencia), actitud explícita que pone a buen seguro la presunción de  inocencia   y,   en   razón   de  ello,  le  dio  curso  a  la  aceptación  de  responsabilidad  que  expresa y directamente hizo el procesado para obtener así  la certeza que fundamenta el fallo de condena.   

         Por  último,  todo  cuanto el actor alega sobre la socorrida prueba  de  absorción  atómica,  demanda  un  doble  beneficio de inventario:  el  primero,  porque  dicho  medio de convicción, cuya determinación de resultados  no  deja  de  ser  potencial,  apareció  después  de haber dictado el fallo de  primer  grado  y,  por  ende,  es inoportuna; y el segundo, porque el mencionado  elemento   se   quiere  hacer  valer  precisamente  después  de  una  sentencia  anticipada,  instituto  este  que  compromete  la  voluntad  del  procesado  (no  discrepante  de  la de su defensa técnica) para renunciar o repudiar, según el  caso,   eventuales   actividades   o   resultados  probatorios  de  beneficio  o  inculpación.   

         

         De  lo  antes  dicho,  se  concluye  que el actor carece de interés  jurídico  para  recurrir, dado que so pretexto de una nulidad por violación al  derecho  de  defensa  del procesado, lo que plantea es una rediscusión sobre la  responsabilidad  del mismo, elemento que ya había sido reconocido en el acto de  sentencia  anticipada,  y establecido como se encuentra, además, que la defensa  técnica se ha garantizado en todo momento.   

         Es  la  doctrina  sostenida  por la Sala en las decisiones del 16 de  septiembre  de  1993  (auto),  4  de  marzo  y  16  de  octubre  de  1996, entre  otras.   En razón de ellas, y por lo considerado para el caso concreto, no  se casará el fallo impugnado.   

         En  mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la Ley,   

RESUELVE:  

         No  casar  la sentencia de fecha, origen y  naturaleza indicados en la motivación.   

         Cópiese y cúmplase.   

JORGE ENRIQUE CÓRDOBA POVEDA  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL               RICARDO CALVETE RANGEL   

CARLOS  AUGUSTO  GÁLVEZ  ARGOTE    JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO   

EDGAR    LOMBANA    TRUJILLO                                CARLOS    E.   MEJÍA  ESCOBAR                    

DÍDIMO    PAEZ    VELANDIA                                          NILSON                  PINILLA  PINILLA                          

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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