32606(24-10-12)

2012

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  32.606   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO  PONENTE   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

APROBADO ACTA No. 395-  

Bogotá,  D. C., veinticuatro (24) de octubre  de dos mil doce (2012)   

MOTIVO DE LA DECISIÓN  

La  Corte  decide  el  recurso  de  casación  interpuesto   por   el   defensor   de  Alfonso  Prada  Becerra  contra la sentencia dictada el 31 de marzo de  2009  por la Sala Penal del Tribunal Superior de San Gil, que confirmó el fallo  emitido  el  18 de diciembre de 2008 por el Juzgado Penal del Circuito de Puente  Nacional,  por  cuyo  medio  lo  condenó por el delito de homicidio culposo.   

HECHOS   Y   ACTUACIÓN    PROCESAL  RELEVANTE   

1. Los supuestos fácticos fueron sintetizados  por el Tribunal en los siguientes términos:   

“Consta  en  el  expediente  que  el  19  de julio de 2002, la señora MARIA YANETH ARIZA TÉLLEZ  quien  se  encontraba  con 28 semanas de gestación para la fecha de los hechos,  se  dirigió  al  Hospital San Antonio de Puente Nacional, en razón a que desde  tempranas  horas  de  la madrugada venía sintiendo un fuerte dolor de estómago  irradiado  a  la  espalda,  vómito y ausencia de movimientos fetales. Allí fue  atendida  en el servicio de urgencias a las 7 de la mañana por el médico rural  LEONARDO  JOSÉ JAIMES SEPÚLVEDA, quien diagnosticó hipertensión inducida por  el    embarazo,    en   razón   a   que   presentaba   tensión   arterial   de  140/90.   

Dada  esta  sintomatología,  el Dr. Jaimes  Sepúlveda  la  remite  al ginecólogo Dr. Alfonso Prada Becerra, quien luego de  valorarla  determinó  que  el  dolor  abdominal  agudo  severo  que la paciente  informaba,  era  secundario  a  una  úlcera  gástrica  y  es  así como indica  tratamiento  específico  para  esta  dolencia,  medicando igualmente ampicilina  intravenosa        cada        6        horas1.   Del   mismo  modo  ordena  exámenes  de  laboratorio  consistentes  en parcial de orina, cuadro hemático,  glicemia y plaquetas y dispone que permanezca hospitalizada.   

A  las  12  de  ese  día y en razón a que  María  Yaneth  continuaba  con  epigastralgia (dolor de estómago) y presentaba  cefalea,  el  Dr.  Jaimes  Sepúlveda  informa al especialista Dr. Prada Becerra  quien  visita  a  la paciente y ordena continuar con el tratamiento inicialmente  instaurado,  sin ninguna modificación, pese a que en ese momento se revisan los  resultados  de  los  exámenes  de  laboratorio que arrojaban hematuria, esto es  sangre  en  la  orina, y una cifra alta de albumina y de hematocrito. A esa hora  el   ginecólogo   solicita   pruebas   de   función   hepática  y  examen  de  trombocitopenia   para  descartar  hipertensión  inducida  por  el  embarazo  y  síndrome de Hellp, y seguimiento médico.   

A las 2 y 15 de ese 19 de julio de 2002, la  paciente  es  nuevamente  evaluada  por  el  Dr. Prada Becerra quien no obstante  reportársele  que la sintomatología persistía, vuelve a ordenar continuar con  el  procedimiento  indicado  inicialmente,  esto  es,  para  tratar  lo  que él  consideró  equivocadamente  era  una  dolencia ácido péptica, cuando desde el  primer  momento  en  que  arribó al hospital San Antonio de Puente Nacional, el  cuadro  clínico  de  la  hoy occisa era secundario a una hipertensión inducida  por el embarazo (H.I.E.).   

A  las 3 y 30 de la tarde la señora María  Yaneth  Ariza presenta una cifra tensional de 220/120 seguida de intensa cefalea  y  visión  borrosa,  motivo por el que el Dr. Jaimes consulta nuevamente con el  ginecólogo  quien  indica  tratar  con diazepan y continuar seguimiento. Por la  gravedad  del  cuadro clínico el médico Leonardo José Jaimes ordena remitirla  inmediatamente  a un centro asistencial de tercer o cuarto nivel, y a las cuatro  y  cuarto  de  esa tarde convulsiona, siendo ese el momento en que se le instala  sulfato de magnesio intravenoso a goteo lento.   

Con  ese  estado  de  eclampsia crítico la  paciente  arriba  al hospital del Socorro que revisa medicación y dispone, ante  la  inexistencia de cuidados intensivos pediátricos, su traslado a Bucaramanga,  siendo  recibida  inconsciente  y  en  mal  estado  general  en  la  sección de  urgencias   de   la  Clínica  Chicamocha,  donde  luego  de  ser  valorada  por  ginecología  se ordena cesárea inmediata. La paciente permaneció inconsciente  y  en  pésimo  estado hasta las 8 y 45 del 20 de julio en que fallece, víctima  del      síndrome      eclámptico.”2   

2.  Estos  hechos  fueron denunciados el 3 de  junio  de  2004 por José Alberto Mateus Escamilla (esposo de la occisa) ante el  Cuerpo  Técnico  de  Investigación  de  la  Fiscalía General de la Nación de  Puente  Nacional3,     actuación     que     inicialmente     fue     remitida     a  Bucaramanga.   

3.   El 20 de septiembre del mismo año,  el  Fiscal  21  Seccional  de  esa  ciudad dispuso la apertura de investigación  previa4.   

4.  Como  quiera  que se produjo un conflicto  negativo  de  competencia entre los funcionarios instructores de Puente Nacional  y  Bucaramanga,  el  caso  fue  asignado  al  Fiscal  Seccional del primer lugar  mencionado,   mediante   resolución   del   16   de  mayo  de  20055.   

5. En cumplimiento de dicha determinación, el  8  de junio de igual año se reiteró la decisión de apertura de investigación  preliminar6.   

6.  El  6  de  octubre  siguiente se declaró  formalmente  abierta  la  investigación  y  se dispuso la vinculación mediante  indagatoria  de  los  médicos  Leonardo  José Jaimes Sepúlveda, Jaime Eduardo  Ortiz7  y Alfonso Prada  Becerra8.   

7.  Por resolución del 22 de febrero de 2006  se    declaró    cerrada    la    investigación9  y  el 30 de marzo de ese año  se  calificó  el  mérito  del  sumario  con  resolución  de acusación contra  Alfonso  Prada Becerra por la  conducta  punible  de  homicidio  culposo  (artículo  109  de  la  Ley  599  de  2000).   Así mismo, se precluyó la instrucción a favor de Leonardo José  Jaimes    Sepúlveda   y   Jaime   Eduardo   Ortiz10.   

8.  Apelada  la  decisión  por la defensa de  Alfonso  Prada  Becerra, fue  confirmada  por  el Fiscal Tercero Delegado ante el Tribunal Superior de San Gil  en   resolución   del  16  de  noviembre  de  200711.   

9.  El  11 de enero de 2008, el Juzgado Penal  del  Circuito  de  Puente  Nacional  asumió  conocimiento  del asunto y dispuso  correr   el   traslado  de  que  trata  el  artículo  400  de  la  Ley  600  de  200012.   

10.  La audiencia preparatoria se celebró el  31     de     agosto     de     esa     anualidad13  y  la  de  juzgamiento  se  llevó  a cabo el 20 de noviembre del año siguiente14.   

11.  El  18  de  diciembre  de  2008  el Juez  profirió     fallo     contra     Alfonso    Prada  Becerra  en  calidad  de autor del delito de homicidio  culposo,  le  impuso  las penas principales de dos (2) años de prisión y multa  en  cuantía  de  veinte (20) salarios mínimos legales mensuales vigentes, así  como  las  accesorias  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas y “suspensión de la profesión  arte    u    oficio”15  por el mismo término de la  sanción  privativa  de la libertad. También lo sentenció al pago de cincuenta  (50)  salarios mínimos legales mensuales a favor de cada uno de los hijos y del  esposo  de  la  obitada,  por  concepto  de  perjuicios  morales. Finalmente, le  concedió  la  suspensión  condicional  de la ejecución de la pena16.   

12. Recurrida la decisión por la defensa, el  31  de  marzo de 2009 fue confirmada parcialmente por la Sala Penal del Tribunal  Superior  de San Gil, en el sentido de modificar la pena de inhabilitación para  el  ejercicio  de  la  profesión,  la  que  fijó en seis (6) meses17.   

13. Contra la providencia de segundo grado, un  nuevo      letrado     contractual     interpuso18 y sustentó oportunamente el  recurso      extraordinario     de     casación19.   

14.  El libelo de casación discrecional  se  admitió  por  auto  de  ponente  del  25  de septiembre de 200920  y  una vez  recibido  el  concepto  de  la  Procuraduría  General de la Nación21,  pasó  al  despacho para emitir el fallo de rigor.   

LA DEMANDA  

Por  la  ruta de la casación excepcional, la  que  el  demandante justifica ante la presunta ausencia de valoración de varios  medios  de  prueba (literatura médica aportada por el enjuiciado y otras partes  e  intervinientes  -no dice cuáles-) y la falta de defensa técnica sustancial,  formula  tres censuras, la primero, al amparo de la causal tercera del artículo  207  de  la  Ley  600  de  2000  y,  las restantes, conforme a la primera, en el  sentido   de  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  previa  minuciosa  recapitulación  de  los  hechos  materia  de  juzgamiento  y de la actuación e  identificación de los sujetos procesales y la sentencia impugnada.   

1. Primer cargo.  

A  voces  del motivo tercero de casación, el  jurista  acusa  la  sentencia  de  impugnada  de haber sido dictada en un juicio  viciado  de  nulidad  por  cuanto,  en su criterio, el juzgador de segundo nivel  incurrió   en   error   in   procedendo   de   garantía   por  inejecución  in  omitiendo,  al ignorar que la defensa de confianza que  desde  un  inicio  se  ejerció  a  favor  de  su  procurado  fue  de  carácter  eminentemente     formal     que     no    sustancial,    real,    integral    o  ininterrumpida.   

Refiere  que  el  anterior  profesional  del  derecho  que  asistió  a  su  representado  se  limitó  a  acompañarlo  en la  indagatoria  y  a recurrir la resolución de acusación, dejando de controvertir  el  dictamen  de  medicina  legal  -no  solicitó su aclaración, ampliación, o  adición,   ni   tampoco   lo   objetó-   lo   que  hubiera  permitido  conocer  “la  causa  del  vació  (sic)  que se presentó en  relación  con  el  tiempo  que  permaneció  la  occisa  en  SALA  DE  CUIDADOS  INTENSIVOS  de  la  CLINICA  CHICAMOCHA,  porque  nadie supo, qué pasó en esta  sala,  durante  4  horas,  desde  las  11:08 de la noche del 19 de julio de 2002  hasta   las   3:00   a.m,   del   20   de   julio   del  mismo  año”22.   

Explica  que  dicho  dictamen  adolecía  de  algunas    imprecisiones,   tales   como   i)   señalar   que   “de  entrada”  era  posible saber que se  trataba  de  una  preeclampsia,  ii) aludir a “dosis  sub-terapéuticas”  siendo  que la paciente recibió  igual  cantidad  de  medicamento  en  el Socorro y en Bucaramanga y, iii) emitir  juicio    de    responsabilidad   contra   los   médicos   del   Hospital   San  Antonio.   

Es       cierto       –asegura- que el abogado José Joaquín  Rojas  Ariza  se notificó de las providencias proferidas por la fiscalía, pero  los  alegatos  precalificatorios,  de  “protuberante  pobreza    jurídica”23  fueron  extemporáneos,  lo  que    es    demostrativo    de   una   actuación   defensiva   “inocua,        irresponsable        y       perjudicial”24  que  no  corresponde  a una  determinada    estrategia    defensiva    sino    al    abandono   del   encargo  encomendado.   

A  ello  suma  que  el  jurista  no solicitó  oportunamente  el  decreto  y  práctica  de  medios  de convicción, ni tampoco  efectuó  una  argumentación  jurídica  que  condujera  a la revocatoria de la  acusación.   

Además,  el defensor contractual que fungió  durante  la  audiencia  preparatoria  guardó silencio frente a la decisión del  juez   de   primera   instancia  que  denegó  por  extemporáneas  las  pruebas  solicitadas  durante  la  misma,  las  cuales  eran  pertinentes  y conducentes,  determinación  que  el  demandante encuentra lesiva del interés del acusado en  tanto  “rompió  el  equilibrio  entre acusación y  defensa,  por  cuanto  el  procesado quedó expósito, vale decir, no contó con  las      oportunidades      para      demostrar     su     inocencia”25 y quebrantó el postulado de  prevalencia  del  derecho  sustancial  sobre  el adjetivo, máxime cuando podía  hacer  uso  de  sus  facultades  oficiosas,  las  que  sólo empleó respecto de  algunas probanzas meramente formales.   

Para  el  libelista,  que  su  prohijado haya  actuado  diligentemente  en  pro  de  sus  intereses no relevaba a su mandatario  judicial de ejercer la defensa técnica.   

Cuestiona  que su predecesor no haya indagado  sobre  los  motivos  por los que no se practicó necropsia a la víctima, que no  reaccionara  frente  a  la  nota  remisoria de la historia clínica del Director  Médico  de  la  Clínica  Chicamocha  de  Bucaramanga en la que señaló que la  paciente  sufrió  un  cuadro  de eclampsia severa y síndrome de Hellp mientras  que  el  dictamen de medicina legal no alude a este último padecimiento, que no  solicitara  las  declaraciones del personal profesional que la atendió tanto en  dicho  centro hospitalario como en el del Socorro, que se limitara a entregar un  memorial  de  13  folios  en  la  audiencia pública de juzgamiento sin hacer la  exposición  oral  y  que  no  interpusiera  recurso  de  apelación  contra  la  sentencia de primera instancia, lo cual tuvo que hacer el acusado.   

Critica  a los juzgadores por no hacer uso de  la  facultad  oficiosa para decretar los testimonios de las enfermeras, médicos  y  personal  de  laboratorio que conocieron del caso de la señora Ariza Téllez  en todos los hospitales en que fue asistida.   

Acusa  a  la fiscalía, al juzgador de primer  nivel  y  al  defensor de no garantizar el principio de investigación integral,  en tanto, dice, ellos estimaron que bastaba con la prueba de cargo.   

Tras citar amplios apartes jurisprudenciales y  doctrinales  indica  que  el fallo confutado quebrantó los artículos 2, 5, 29,  93,  94,  228  y 250.4 de la Constitución Política, 8.2 del Pacto de San José  de  Costa  Rica,  14 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de  Nueva  York,  6.3  del  Convenio  Europeo  para  la  Protección de los Derechos  Humanos, y 8, 20, 306.3 y 401 del Código de Procedimiento Penal.   

Solicita  casar  la  sentencia  demandada  y  declarar    la    nulidad   de   la   actuación   desde   el   cierre   de   la  investigación.   

         

2. Segundo cargo  (subsidiario).   

Al tenor de la causal primera, cuerpo segundo,  del  artículo  207  de  la  Ley  600  de  2000, el demandante acusa el fallo de  segundo  grado  de  incurrir  en  violación  indirecta de la ley sustancial por  error   de   hecho   en   la   modalidad   de  falso  juicio  de  identidad  por  tergiversación.   

Para  demostrar  su  proposición resumió en  detalle  las  historias clínicas de la paciente, correspondientes a cada uno de  los  centros de atención médica en que fue valorada, y transcribió en extenso  el  dictamen médico legal y las indagatorias rendidas por Leonardo José Jaimes  Sepúlveda  y  el  procesado,  para  a continuación citar la valoración que al  respecto hizo el juez de primer nivel.   

Enseguida26,  aduce  que el doctor Prada  Becerra  le  hizo  seguimiento  a  la  enfermedad  que generó la consulta de la  paciente  (dolor  en epigastrio, vómito y pujo y tenesmo rectal), permaneció a  la  espera  de los resultados de los exámenes de laboratorio que le permitieran  confirmar  o  descartar el diagnóstico provisional y establecer el tratamiento,  lo  cual  se  demoró  alrededor  de cinco (5) horas, pues se trata de un centro  asistencial  de primer nivel. En ese orden, señala que contrario a lo aseverado  por  el  A  quo,  no  es  cierto  que  a  las  12:00  m. del 19 de julio de 2002  persistiera  la  sintomatología  de  epigastralgia  y  cefalea  y  que fuera el  momento  cuando  el implicado ordenara los exámenes de laboratorio específicos  para   descartar   la   enfermedad   hipertensiva   del   embarazo  –H.I.E.-.   

Resalta que a las 2:30 p.m. del mismo día, la  paciente  volvió  a tener náuseas y los pies dormidos, pero no tenía dolor en  epigastrio  ni  cefalea;  solo  a las 3:00 p.m. reveló una tensión arterial de  200/120  y  los síntomas típicos de la preeclampsia: dolor de cabeza, náuseas  y  visión  borrosa,  por  lo  que  los médicos tratantes emitieron la orden de  remisión a tercer o cuarto nivel, lo cual se ejecutó más tarde.   

El  libelista manifiesta que la inferencia de  autoría   en   cabeza  de  su  asistido  se  suscitó  por  examinar  de  forma  fragmentaria   la   historia   clínica  del  Hospital  San  Antonio  de  Puente  Nacional27 e ignorar la de la Clínica Chicamocha de Bucaramanga.   

Respecto a este último documento, dice que en  el  fallo  de primer grado únicamente se expresó que no se evidenciaba que los  médicos   de  esta  institución  “incurrieran  en  irregularidad   o   desconocimiento   alguno   de   la   lex   artis”28,  y  que  en  el  de segundo  nivel,   se   dijo  que  i)  no  existió  falla  médica  por  parte  de  estos  profesionales  porque  la  paciente llegó en grave estado de salud -lo cual fue  constante  durante  su  estadía  en  ese  lugar-  y, ii) pese a la atención de  cuidados  intensivos  no se logró salvar su vida, aunque sí la de su hijo de 7  meses.   

Tras referirse a los datos consignados en esta  última  historia,  cuestiona a los falladores por hacer agregaciones tales como  i)   aludir   a   un  estado  “comatoso”29,  no  registrado  en ninguna  parte  de  la  misma,  y  ii)  señalar  que  el  acusado  ordenó antibióticos  (ampicilina   1   gr.),   siendo   que  quien  lo  hizo  fue  el  doctor  Jaimes  Sepúlveda.   

También  reprueba  a  los sentenciadores por  “CERCENAMIENTOS         FACTICOS”30     respecto    de    las  circunstancias  de  tiempo,  modo  y lugar consistentes en inobservar que i) los  síntomas  iniciales  no eran los típicos de una preeclampsia, pues son comunes  a  otras  enfermedades, ii) se trataba de un centro asistencial de primer nivel,  con  las  limitaciones propias de un lugar así, iii) se requerían exámenes de  laboratorio  y  hospitalización que el acusado ordenó, iv) cuando se presentó  la  cifra  alta  de  tensión arterial (por encima de 200/120) prescribió junto  con  el  doctor  Jaimes  Sepúlveda  la remisión a tercer o cuarto nivel que el  Hospital  del  Socorro se demoró en aceptar y, v) la paciente tardó 7 horas en  el viaje terrestre hasta la Clínica Chicamocha.   

Recuerda  que la posición de garante la tuvo  el  procesado hasta cuando la gestante abandonó el Hospital de Puente Nacional,  ya  que  “sería ilógico, e injurídico, descargar  de  manera  indefinida,  dicha  garantía sobre hombros del acusado, menos aún,  riesgos  que  se  salen  del  ámbito  de  su  control  profesional  por haberse  desplazado   hacia   el   manejo  por  otro  profesional,  u  otra  institución  asistencial”31,  esto es, al médico que la  acompañó  durante el traslado, al que la atendió en el Socorro y a quienes la  asistieron en Bucaramanga.   

Según el recurrente, el fallo nada dijo sobre  la   inexistencia   de   cuidados  intensivos  postoperatorios  en  la  Clínica  Chicamocha  durante  las  primeras 4 horas, en tanto el primer reporte es de las  3:00  a.m.  del  20 de julio de 2002. Resalta en este punto que, el proveído de  segunda  instancia  aludió  a  que los procedimientos de cuidados intensivos no  lograron  salvar  la vida de la paciente pero el censor se pregunta: ¿a cuáles  procedimientos  se  refiere?,  por  lo  que  concluye  que  no  solo cercenó la  historia  clínica  respectiva  sino  que  no  la  estudió  en relación con la  indagatoria  del  incriminado, el dictamen médico legal y las circunstancias de  tiempo, modo y lugar.   

Concluye  que  si  se  hubiera valorado dicho  documento,    el    cual    enseña   un   “manejo  “irregular”  con  absoluto desconocimiento de la Lex Artis, especialmente el  Post    operatorio”32,  se  habría  adoptado  la  decisión de absolver a su prohijado.   

En  criterio  del  demandante,  las  normas  quebrantadas  son  los  artículos 2 inciso 2º, 13, 15 inciso primero, 25, 29 y  228  de  la  Carta Política, 9, 23, 25 y 109 del Código Penal, y 7, 8, 16, 20,  232, 234, 238, 242, 251 y 257 de la Ley 600 de 2000.   

Reclama  casar el fallo impugnado y dictar el  de sustitución de carácter absolutorio.   

Tercer cargo.  

El   recurrente   denuncia  la  infracción  indirecta  de  la  Ley 23 de 1981 y los artículos 9, inciso segundo, y 23 de la  Ley  599  de 2000, y 228 y 230 de la Constitución Política, por error de hecho  en   el   sentido   de  falso  raciocinio,  por  cuanto  el  Tribunal  llegó  a  “conclusiones  subjetivas  opuestas  a  la realidad  objetiva”33.   

Previa cita de la sentencia opugnada en cuanto  se  refiere  a la imputación culposa del resultado lesivo del bien jurídico de  la  vida,  realizada por el Tribunal en contra de su representado, indica que el  problema  jurídico  planteado  por  el  Ad  quem  consistió en “establecer  si  la  conducta  del  médico  acusado,  ALFONSO PRADA  BECERRA,  desde  una  perspectiva  ex  ante,  actuó  con  apego  de los deberes  técnicos  y científicos, consagrados en esta ley [se  refiere   a   la   Ley   23   de  1981]”34.   

Luego  de  citar el dictamen médico legal de  ginecología  y  de recordar que el juez plural se apoyó en él para condenar a  su  prohijado,  transcribe con resaltos los artículos 1 (numerales 1, 3 y 6), 2  (incisos  6º,  7º  y  11º), 10, 12, 23, 15, 16 de la Ley 23 de 1981, y 9 y 23  del  Código  Penal  para  enseguida  aludir  a  la  conducta  desplegada por el  acusado,  la  que a juicio del jurista estuvo dentro de las previsiones regladas  en la lex artis.   

Así,  describe que a las 7:30 a.m. del 19 de  julio   de   2002   el   ginecólogo   Alfonso  Prada  Becerra  valoró a María Yaneth Ariza Téllez, la que  manifestó  la  misma  sintomatología  antes  referida  al doctor Jaimes, salvo  porque  precisó que su dolor era tipo urente -ardor en la boca del estómago- y  no, piso en barra, como lo manifestó el juzgador.   

El  profesional  de  la  medicina le tomó la  presión  arterial  que  fue de 140/90 –igual  a  la  de  urgencias-,  y  advirtió que la frecuencia cardio  respiratoria  de  la  madre  era  normal,  la  ausencia  de  edema  en  miembros  inferiores;  la  frecuencia  cardiaca  fetal  era de 152 latidos por minuto y el  tamaño del feto correspondía a la de la última menstruación.   

Informa  el  demandante  que  el diagnóstico  provisional  fue: “1. que cursaba el cuarto embarazo  y  antes habia (sic) tenido 3 partos. 2. Embarazo de 28.5 semanas sin trabajo de  parto.  3.  Dolor  abdominal  agudo severo en estudio. 4. “PB” Posibilidad o  duda     de     úlcera     gástrica”35,  ordenando  conforme  a lo previsto en el artículo 10º de la Ley 23 de 1991 hospitalizar a  la  paciente  “con el propósito de someterla (sic)  seguimiento  médico,  de  evolución  en  signos  y  síntomas presentados y en  especial  para  practicarle  EXAMENES  DE  LABORATORIO,  que  permitieran  a los  médicos  establecer  con CERTEZA la génesis del dolor urente, localizado en la  boca   del   estómago   y   para   confirmar   con  certeza,  o  descartar  los  diagnósticos”36.  Los exámenes consistieron  en parcial de orina, cuadro hemático, glicemia y plaquetas.   

Según   el   libelista,   el  diagnóstico  provisional   del   doctor  Prada  Becerra  que coincidió con el del médico Jaimes Sepúlveda responde a que  no  contaba  con  los elementos científicos que le permitieran precisar otro de  naturaleza  certera.  Predica que sería irresponsable, imprudente y transgresor  del  artículo 10 de la Ley 23 de 1991, emitir un concepto definitivo sin contar  con los estudios de laboratorio correspondientes.   

Así  mismo,  dispuso administrar ranitidina,  antiácido  que  ya  había  sido  suministrado  en el servicio de urgencias por  disposición  de  Jaimes Sepúlveda, y metoclopramida para controlar el vómito.  No   ordenó   analgésicos.   Esta   conducta   se   ajusta   al  artículo  13  ejúsdem.   

Afirma que el proceder de su defendido no fue  negligente   pues   si  hubiera  sido  así,  le  habría  ordenado  tratamiento  ambulatorio  como  lo  ordenó  el cirujano Valero, quebrantando el artículo 15  ejúsdem.  Su  conducta tampoco fue descuidada; prueba de ello es que ordenó la  hospitalización  de  la  paciente,  esto visto desde una posición ex  ante y no ex  post  como  lo asumieran erradamente el perito médico  legal  y  el juzgador, vulnerando las leyes de la lógica como integrantes de la  sana crítica.   

Continuando con la descripción de los hechos,  señala  que  a las 9:00 a.m. la enfermería reportó que la paciente estaba mas  calmada  y  que  se  le  tomó  muestra  de  orina  y de sangre que se llevó al  laboratorio,  lo  que significa que se cumplieron las órdenes del galeno.    

Luego,  a  las  11:00 a.m. se reportó que la  señora  Ariza  Téllez  se  hallaba  tranquila,  que  la  fetocardia era de 143  latidos      por      minuto      –normal-  y  que  no  había  dolor  ni  náusea, implicando ello que  “el  tratamiento  paliativo  y de control del dolor  urente  que  presentó  la  paciente inicialmente y el vómito, estaba surtiendo  los  efectos  esperados  y  eso era lo que pretendía el especialista, sin tener  todavía  un  diagnóstico  definitivo,  sino en estudio (interrogado o “PB”  que      significa     probablemente”37.   

A las 11:30 a.m. se dejó constancia de que la  materna  ingirió  alimentos  y  los toleró, momento en que fue valorada por el  cirujano  Eduardo Valero quien consignó que el dolor severo en el epigastrio se  presentó      de     forma     súbita,     más     hematuria     –sangre  en la orina- encontrando dolor  en  el hipogastrio –a nivel  de vejiga- y ordenó egreso y tratamiento ambulatorio.   

Cuando la gestante volvió a presentar nauseas  y  los  pies dormidos, esto es, a las 2:30 p.m. fue examinada nuevamente por los  doctores   Prada  Becerra  y  Jaimes  Sepúlveda, pero no encontraron dolor en epigastrio ni de cabeza, por lo  que   fue  claro  que  el  tratamiento  para  paliarlo  había  surtido  efecto,  cumpliendo  con  el  deber  consignado  en  el  artículo  13  de  la  Ley 23 de  1981.   

La  preeclampsia  solo se desenmascaró a las  3:00  p.m.  porque María Yaneth presentó la primera cifra de tensión arterial  alta:  200/120,  cefalea,  nauseas  y  visión  borrosa;  entonces,  sin  contar  todavía  con  los  resultados de los exámenes se prescribió la remisión a un  centro  de  atención  de  tercer  o cuarto nivel para desembarazar y a las 3:30  p.m.  ante un llamado de enfermería se comenta el caso con el ginecólogo quien  indica diazepan e insiste en el traslado.   

A  las 4:00 p.m. se registró que la paciente  continuaba  igual  y  que  se consultó el asunto con el doctor Wilson Peña del  Hospital  del  Socorro.  El traslado se confirmó a las 4:30 p.m., instante para  el cual presentó bastante vómito.   

Como  ella  convulsionó a las 4:40 p.m. y se  puso  cianótica,  la  condujeron  a  la  sala de partos donde se le administró  oxígeno  húmedo  y cinco (5) ampollas de sulfato de magnesio a goteo lento, 10  gr+500DAD,  se  pasaron  6  gramos por 15 minutos, que se redujeron después a 2  grs. por hora, procediendo a enviarla al Socorro.   

Asevera  el  censor  que cuando se produjo la  primera  convulsión,  su  prohijado  procedió  de  acuerdo  con el tratamiento  específico  para  la enfermedad de preeclampsia-eclampsia o síndrome de Hellp,  esto  es,  a  proporcionar  sulfato  de  magnesio  a dosis terapéuticas, lo que  corresponde    a    la    obligación    consagrada    en    el   artículo   10  ejúsdem.   

Reprocha el dictamen de medicina legal porque  no  se sabe a qué síntomas o signos clínicos se refiere, si a los exhibidos a  su  entrada a urgencias o cuando evolucionó la enfermedad, hacia las 3:00 p.m.,  pero   si  es  a  los  primeros,  porque  dice  “de  entrada”,  se  pregunta  “¿a  cuáles exámenes de laboratorio se refiere?,  a  los  ordenados  a  las  7:30  a.m.  del  19  de  julio de 2002, que eran para  descartar  patologías  sospechadas  o a los ordenados al medio día de la misma  fecha,  que  ivan  (sic)  dirigidos  a descartar PREECLAMPSIA Y HELLP; tiene que  pensarse  que  eran  los presentados al evolucionar la enfermedad, es decir, los  síntomas  y  signos  clínicos  presentados  después  del medio día del 19 de  julio  de  2.002,  hora  para  la  cual  no  se conocían aún los resultados de  laboratorio,  ordenados  a  las  12:00  m. del 19 de julio de 2.002.”38   

El  togado  es del criterio que los jueces de  instancia   violaron   las   reglas   de   la   ciencia  médica  al  acoger  el  “contradictorio    y    anfibológico”39  dictamen  de medicina legal  que  i)  no  señaló  cuál  pudo ser el tratamiento adecuado de acuerdo con la  sintomatología  de  la  paciente  -no  presentaba  convulsiones, ni edema en el  cuerpo   y   solo   tenía   “T:A:,   normal  alta  (140/90)”40-,  ii)  utilizó expresiones  como:  “de entrada, dosis sub terapéuticas, aumento  de  dosis  de  sulfato  de  magnesio  en  el  Socorro (lo cual es falso) a rango  terapéutico    2    gr    por    hora”41  y, iii) no  determinó las circunstancias de tiempo, modo y lugar.   

En  este  punto,  insiste  en  reprobar a los  falladores  por  ignorar  que  i)  se  trata  de un hospital de primer nivel con  instrumentalización  escasa  que  carece de sala de cuidados intensivos y está  ubicado  en  un lugar apartado del Socorro y de Bucaramanga, ii) existió demora  en  la  expedición  de  los  resultados  de  laboratorio,  iii)  María  Yaneth  permaneció  en  la  institución  menos  de  10  horas,  iv)  la  organización  administrativa  en  seguridad  social  impidió  trasladar  a  la  señora Ariza  Téllez  a  la  ciudad  de  Tunja  porque  la  circunscripción  territorial  lo  impedía.   Concluye  al  respecto,  que  el  juez  colegiado  transgredió  las  “REGLAS  DE  LA EXPERIENCIA porque dejó de lado la  norma  que  obliga  a  apreciar  las  pruebas  en particular y en conjunto, o en  unidad”42.   

Igualmente, pese a que cuestiona a la Sala de  Decisión  Penal  por  desconocer  el  dictamen  de  medicina legal en el que se  sostiene  que  los exámenes de laboratorio específicos para el diagnóstico de  preeclampsia  se  deben hacer cada 12 a 24 horas y que ellos fueron prescritos a  la   1:55   p.m.,   solo   6  horas  después  de  que  el  doctor  Prada     Becerra    valorara    a    la  paciente.   

A  juicio  del  letrado,  el fallo de segundo  nivel  fue desacertado al inadvertir que el dictamen conceptuó la existencia de  una  preeclampsia  grave complicada, siendo que conforme al tratadista L. Dorine  Day  esta  patología  se define así: “En el tercer  trimestre:  presión  sanguínea sistólica > 140 mm Hg o Diastólica > 90  mm  Hg,  al  menos  en  dos  ocasiones  con 6 horas de diferencia como mínimo o  aumento  en  la  presión  sistólica > 30 mm Hg o > 15 en la diastólica:  proteinuria    >   300   mm/24   horas   y   edema   (hinchazón)”  y  los  hallazgos  de  la de naturaleza grave conforme al mismo  autor   son   “presión   sistólica  >  160  y  diastólica  >  110  mm  Hg  en  dos ocasiones con un intervalo de al menos 6  horas,   proteinuria   >   5   g/24  horas,  oliguria  <  500cc/24  horas,  alteraciones  cerebrales  o  visuales,  dolor epigástrico, edema pulmonar, bajo  recuento    plaquetario    y    alteración   de   las   pruebas   de   función  hepática”43.   

En   el   mismo   sentido,   cita  la  obra  “Obstetricia     y     Ginecología”44     en     los    apartes  correspondientes  a  los  signos  de la preeclampsia moderada y grave, y resalta  que  allí  se  alude a: “EXAMENES COMPLEMENTARIOS Y  ANATOMIA  PATOLÓGICA,  es  necesario  realizar algunos exámenes de laboratorio  incluyendo     el     estudio     anatomopatológico     para    confirmar    el  diagnóstico”45.   

Subraya   que  aunque  de  acuerdo  con  la  literatura  médica  el  perito señaló la necesidad de los referidos estudios,  los  juzgadores  no  observaron  que  erró i) al concluir que la enfermedad era  detectable  “de entrada”  -como  si  hubiera  contado  con aquellos desde las 7:30 a.m. del 19 de julio de  2001-,  y  ii)  guardar  silencio sobre la cesárea practicada a la paciente con  incisión  tipo Pfannenstiel  o  estética,  la  cual  no está indicada en casos de  preeclampsia.   

Previa  descripción  de  los  resultados de  las     ayudas    diagnósticas   -de  orina  y  sangre-,  enfatiza  que  se  quebrantaron  las  reglas  de  la  experiencia y la  lex  artis al pretender que  se  hiciera  una  segunda  evaluación mediante exámenes de laboratorio, siendo  que   la   materna  permaneció  en  el  Hospital  de  San  Antonio  escasas  10  horas.   

También  censura  a  la sentencia de segundo  grado   por   adverar   que   a   las  12:00  m.  el  procesado  “tuvo  a  su  alcance  un  significativo  y  abundante  conjunto  de  síntomas  de la preeclampsia (sic), y no de la leve, sino de la severa, incluso  algunas  propias de fases más avanzadas como del síndrome de HELLP”  ya  que “la paciente, a esa hora no  tenía  EDEMA  o Hinchazón ni en rostro, ni en extremidades, la Proteinuria, se  reportó  en  límites  BORDEN  LINE,  o  sea  entre lo normal y lo anormal; los  Glóbulos  Rojos  en la orina fueron reportados entre 4 a 7 por campo, cuando lo  normal  es  entre  4  a  5, por campo (dos glóbulos rojos de más), no reportó  cilindruria  que  significa  lesión  renal, plaquetas reportó 237.000 por mm3,  siendo  anormal  un  recuento  INFERIOR  a 150.000 plaquetas por mm3”46;  es  decir, la presencia de  preeclampsia   leve   en  los  términos  explicados  por  el  procesado  en  su  indagatoria  y en la audiencia pública de juzgamiento, e incluso en el dictamen  de  medicina  legal  y  en  la  literatura  médica  obrante  en  el  expediente  –que cita-.   

Explica que la colegiatura vulneró la lógica  dialéctica    cuando    bajo    una    visión   ex  post    que    no    ex  ante,  dio  por  sentado  que a las 12:00 m. del 19 de  julio  de  2002  los  síntomas  mostraban  preeclampsia  siendo  que los signos  observados  por el ginecólogo implicado “no pasaban  de  indicar  un  compromiso posiblemente gástrico o de úlcera gástrica y aún  para   esa   hora,   carecía   de   los   resultados   de   los   exámenes  de  laboratorio”47.   

Además,  culpa  al  Ad quem por confundir el  estado  de inconciencia con el de coma y, a su vez, éste con el post ictal, que  no  significan  lo  mismo (cita literatura científica al respecto). En el mismo  punto,  pone  de  relieve que la historia clínica no contempla la existencia de  un  estado  comatoso  a la entrada de María Yaneth a la Clínica Chicamocha, ya  que  esta  expresión  fue  tachada  y corregida por post ictal. Así las cosas,  para  el  censor  es  claro  que  el fallador de doble instancia tergiversó ese  medio de conocimiento.   

También erró la magistratura al indicar que  la  paciente salió del quirófano en estado de coma o inconciente en tanto así  lo  reportó  el  examen  neurológico, ya que no solo nada se dijo acerca de si  previamente  se  la  sometió  al  proceso  de  estabilización  hemodinámica y  neurológica  sino  que  en  dicha valoración no se advirtieron “reacciones  a ese nivel, calificándose por el galeno de “muy mal  estado  general”  QUISO  DECIR,  QUE LA PACIENTE LLEGÓ EN ESTADO DE COMA Y SE  OPERÓ  EN  ESTADO DE COMA (GRAVE ERROR)”48,  lo  cual  demostraría  la  negligencia  médica  de  quienes  la  atendieron en el centro  hospitalario  de  Bucaramanga,  máxime  cuando  se  realizó  una  cesárea con  incisiones  Pfannenstiel, que  no  está  recomendada en estos casos por el compromiso de los vasos sanguíneos  y del tejido muscular.   

Los  preceptos  que estima lesionados son los  artículos  2,  inciso  2º, 15, 21, 25, 29, incisos 1 y 4, 93, 94, 228 y 230 de  la  Constitución  Política,  8,  numeral 2º de la Convención Americana sobre  Derechos  Humanos, 9, 23 y 109 de la Ley 599 de 2000 y 2, 10, 12, 13, 15 y 16 de  la  Ley  23 de 1981, 232, 234, 238, 242, 251 y 257 de la Ley 600 del mismo año,  y 187 y 243 del Código de Procedimiento Civil.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

El  Procurador  Segundo  Delegado  para  la  Casación  Penal solicita no casar la sentencia impugnada, con fundamento en las  siguientes razones:   

1. Primer Cargo.  

Para  el  representante  de  la  sociedad, la  pretensión  en  orden  a  que  se  declare  la  nulidad de la actuación por la  presunta  violación  del  derecho a la defensa responde a una mera declaración  de   propósitos,   toda  vez  que  “parte  de  una  generalización  respecto  a  lo que en su sentir correspondía ejecutar a quien  lo  antecedió  en  la  labor  defensiva”49.  En  este  sentido,   estima   que  la  crítica  por la falta de impugnación de las decisiones y la falta de solicitud  de  práctica  de pruebas, enseña que lo único procurado es discrepar frente a  las consideraciones judiciales.   

En  sentir  del  Delegado,  no  corresponde a  alguna   irregularidad  sustancial  que  se  traduzca  en  la  invalidez  de  la  actuación  que  el  abogado que asistió al procesado no haya pedido pruebas ni  impugnado  las  determinaciones  judiciales,  o  se  abstuviera de verificar las  citas  que  surgían  de  la  indagatoria, pues el  profesional del derecho  goza  de  “absoluta discrecionalidad para adoptar la  estrategia   que   estime   adecuada  para  salvaguardar  los  intereses  de  su  asistido”50,  por  ende,  dependiendo de  las  alternativas  que  brinde la misma investigación y la finalidad perseguida  por  el  togado  es  viable  no  ejercer  la  controversia  probatoria o guardar  silencio como maniobra defensiva.   

En este caso, el jurista no fue negligente ni  actuó  en  contravía  de  los  intereses  encomendados porque su intervención  durante  el  proceso  fue  activa.  Según  el  Procurador,  distinto  es que el  casacionista  tenga  una visión contraria a la de quien lo precedió, lo que no  basta para anular la actuación por ausencia de defensa técnica.   

         

Tampoco  demostró  el  libelista que se haya  causado  una  real  afectación  de  la situación jurídica o de las garantías  fundamentales  de  su  representado,  ni  argumentó,  sin especulaciones, cómo  habría  favorecido  a  su  prohijado  que  otro abogado lo hubiera asistido. Es  decir,  no  se sometió a los principios de instrumentalidad y trascendencia que  rigen el instituto de las nulidades.   

Recalca que las pruebas que habría dejado de  solicitar  la  defensa  se  relacionan  con  aspectos  dilucidados por el perito  médico,  que  no  daban  lugar a conjeturas sobre las causas de la muerte de la  paciente.   

La  agencia  del Ministerio Público es de la  idea que este cargo está condenado al fracaso.   

Cargos segundo y tercero.  

Tras  precisar que el criterio fundamental de  imputación  del resultado, tratándose de la posición de garante, radica en el  fin  de  protección  de  la norma de cuidado, de manera que la realización del  riesgo  creado  se  refleje en el daño a través de la infracción del precepto  jurídico,  teniendo  como  base  los  peligros previsibles, que marcan la pauta  para   conocer  las  medidas  de  precaución  que  permitirían  no  llegar  al  resultado,  recaba que la actividad medico-quirúrgica es de aquellas que siendo  riesgosas son permitidas dada su necesidad.   

Enseguida,  indica  que  el  segundo y tercer  cargo  comportan una sola acusación porque denuncia que se ignoró la evidencia  de  que  el  procesado  actuó  de  acuerdo con la lex  artis  y  se  apegó al deber objetivo de cuidado como  elemento normativo de imputación.   

Previa  definición  del  procedimiento  de  necropsia  y  sus  fines  (a  voces  del  Decreto  786  del  16 de abril de 1990  —que    reglamentó  parcialmente   la   Ley  9ª  de  1979—)  señala  el  Delegado  que  es  inane  a la pretensión del actor  conferirle  a este medio de conocimiento un único valor demostrativo, pues ello  conspira contra el principio de libertad probatoria.   

Sostiene  que  en este caso se cuenta con las  conclusiones       de       la       necropsia51  y  la  información  de las  historias  clínicas  sobre  la  involución de la paciente y los procedimientos  médicos  y clínicos realizados y que fue con fundamento en el dictamen médico  legal  y  el  contenido  de dichas historias, pruebas no sobredimensionadas, que  atendiendo  la  idoneidad  profesional del legista y la literatura especializada  base  de  su  opinión  que  se concluyó que el comportamiento ejecutado por el  procesado  incrementó  el  riesgo  de  lesión  del  bien jurídico, lo cual se  tradujo en el resultado muerte.   

Dice  el  Delegado que no le asiste razón al  recurrente  porque “los hechos fueron aprehendidos y  valorados  por  los  falladores  de  instancia  adecuadamente,  pues  además de  sopesar  el  suministro  de los medicamentos que pretendían su estabilización,  se  valoraron  los  diversos  y bajos reportes de ella y se criticó el hecho de  haber  desatendido  el  diagnóstico  inicial de pre-eclapsia (sic) debido a las  cifras    que    presentaba    la    tensión    arterial    120/90.”52   

Descarta   el   denunciado   cercenamiento  probatorio  pues  lo  que  existió  fue la preferencia razonada de unas pruebas  frente  a  otras,  lo  cual permitió restarle credibilidad a la indagatoria. En  este  sentido,  considera  que las anotaciones de las historias clínicas fueron  analizadas   en   su   exacta   dimensión,   de   tal  forma  que  se  estudió  secuencialmente el desarrollo de la atención a la paciente.   

Aclara  asimismo  que las motivaciones de los  fallos  dejan  ver  que el procesado no atendió los síntomas de la paciente ni  el  diagnóstico  inicial  del  médico  general,  doctor Jaimes Sepúlveda, los  cuales   eran  indicativos  de  una  tensión  arterial  alta  inducida  por  el  embarazo.   

Afirma      que      “analizada  la  infracción  al  deber objetivo de cuidado dentro de  las   específicas   condiciones  en  que  se  dio  la  conducta,  los  factores  confluyentes  que ameritaban los juicios de previsibilidad del profesional de la  medicina,  eventos  que  debía tener en cuenta, lo que se traduce en que con su  actuar  al  elevar  el  riesgo  hace  que  el  resultado  dañoso  obedezca a la  infracción   a   tal   deber  de  cuidado  y  por  esa  vía  le  sea  imputado  jurídicamente     el     homicidio.”53   

Por último, concluye que el Tribunal estudió  los  disvalores  de acción y de resultado en punto del tipo objetivo, así como  el  conocimiento  y  la  representación  que  del daño pudo tener el acusado y  comprobó  que  éste  superó  el  riesgo  legalmente  admitido, ocasionando el  resultado  lesivo  fatal, de manera tal que son inexistentes los yerros alegados  por el censor.   

CONSIDERACIONES  

1. Primer cargo.  

1.1.  El demandante predica la concreción de  una  irregularidad  sustancial  derivada de un vicio de garantía producto de la  ausencia  de defensa técnica sustancial, en tanto, aduce que quienes asistieron  a  su  representado durante la investigación y juzgamiento la ejercieron apenas  de manera formal.   

Para  el efecto, se enfoca en destacar que la  actitud  silente  de  quienes  lo antecedieron en el cargo, no corresponde a una  estrategia  defensiva,  sino a la más clara negligencia, desidia o abandono del  sometido  al ejercicio punitivo del Estado, constituyendo una franca infracción  a la garantía básica de defensa.   

1.2.  Sin  embargo,  la  Corte  detecta  una  realidad  procesal  distinta,  empezando  porque  todos quienes se desempeñaron  como   representante   judiciales   de  Alfonso  Prada  Becerra  fueron  designados contractualmente por él y  ejercieron  actos idóneos de controversia probatoria y argumentativa tendientes  a desvirtuar el cargo del ente acusador.   

1.2.1.  Es  así  como  se  lee en el acta de  indagatoria  que  el sindicado le confirió poder al doctor José Joaquín Rojas  Ariza  para que lo asistiera en el curso del proceso54,  designación  que  una vez  aceptó  ejerció  acompañándolo  durante  dicha  diligencia,  lo cual de suyo  garantizó  la  vigencia  del derecho a la defensa material, en tanto supervisó  que  su  representado  diera  cuenta  detallada del que a juicio de éste fue un  comportamiento  prudente  en la atención médica prestada a María Yaneth Ariza  Téllez,  lo  que  respaldó  con  abundante literatura médica para soportar su  dicho.   

1.2.2.  Es  cierto  que  la  fiscalía no dio  traslado  del dictamen médico legal en los términos expresados en el artículo  254  de  la  Ley 600 de 2000; sin embargo, ello es comprensible en la medida que  para  el  momento  en  que  se rindió –fase   de   investigación   previa-   no   existía   un   imputado  conocido.   

Además,  si  una  vez  vinculado formalmente  Alfonso  Prada  Becerra a la  investigación,  él  o  su  defensor  de  confianza no pidieron la aclaración,  adición   u   objeción,   es   porque   consideraron  más  acertado  explicar  pormenorizadamente  con  apoyo  en abundante doctrina ginecológica la razón de  sus  exculpaciones  -actitud  que  asumió  el  primero  en la indagatoria y, el  segundo,  en  los  alegatos  previos a la calificación del mérito del sumario-  que  procurar  que se ahondara en una prueba pericial que ponía en evidencia la  negligencia  del  facultativo.  De  haber  tenido la intención de pedir mayores  explicaciones  al perito, así lo habrían deprecado durante la fase instructiva  que se extendió por varios meses.   

Con todo, la garantía aludida fue efectiva en  ambas  vías  –material y  técnica-;  otra  cosa es que no haya tenido eco procesal, lo cual no constituye  vicio extraordinario alguno.   

1.2.3. Apelando al principio de investigación  integral,  el  demandante  se duele de que no se haya solicitado el protocolo de  necropsia  ni  decretado  el  testimonio de los médicos que atendieron a María  Yaneth   Ariza   Téllez   en   los   centros   asistenciales   del   Socorro  y  Bucaramanga.   

Al  respecto,  no cabe duda que la autopsia y  dichas  declaraciones  podrían  haber  sido  pertinentes  a  los  fines  de  la  investigación.   Sin  embargo,  de  un  lado,  desatiende  el  recurrente  que,  contrario  a lo indicado por el Delegado del Ministerio Público, a la occisa no  se     le     practicó     necropsia     alguna55,  luego,  era  materialmente  imposible  el  decreto  de este medio de persuasión y, de otro, la tan aclamada  prueba  testimonial  bien  se  suplió  con  la  historia clínica de ese centro  médico,   la  cual  a  voces  del  artículo  34  de  la  Ley  83  de  1981  es  “el  registro  obligatorio  de  las  condiciones de  salud  del  paciente”, lo cual se corresponde con el  principio  de  libertad  probatoria  que  rige  en nuestro ordenamiento procesal  penal.   

Tampoco  el  demandante  demostró  que fuera  absolutamente  indispensable  contar con el relato de dichos galenos, siendo que  de  ninguna falla médica dio cuenta el dictamen médico legal y tampoco ella se  avizora a partir de la historia clínica correspondiente.   

1.2.4.  De  otra  parte,  el  profesional del  derecho   que  asistió  a  Prada  Becerra  durante  la instrucción presentó alegato precalificatorio, en el  que   adujo   la   inexistencia   de  prueba  fehaciente  que  comprometiera  la  responsabilidad  de  su  cliente  y  abogó  por  conferirle  la  razón  a  los  argumentos   esbozados   por   su   mandante   durante  la  injurada56.   

Aunque  este  memorial  no fue signado por el  togado  -a  pesar  de mencionarlo como su creador- y, en efecto, como lo expresa  el  demandante,  resultó ser extemporáneo en tanto se aportó un día después  de  vencido  el  término  de  traslado  respectivo57,  fue expresamente apreciado  por  el  Fiscal  Primero  Seccional  de  Puente  Nacional  en  la resolución de  acusación  del  30  de  marzo  de 2006, quien expresó en el acápite “DE LOS  ALEGATOS DE LA DEFENSA” sobre el particular:   

“Frente  a  los  presentados  por  el  Dr.  JOSÉ JOAQUÍN ROJAS ARIZA,  [se  refiere  a  los  alegatos]  quien no suscribe su  memorial,  pese  a  lo  cual  se  ha de manifestar este Despacho en razón de su  contenido,  afirmando  que  no  es  cierto  que  no exista prueba que indique la  responsabilidad  del Dr. PRADA BECERRA. Y ya que sus argumentos no son distintos  a  los  que  se han ido mencionado en esta providencia, a lo dicho anteriormente  debe     remitirse    la    respuesta”58.   

Evidentemente, al estudiar dichos alegatos, el  ente  acusador  hizo  prevalecer la sustancia sobre la forma en garantía de los  intereses  del  procesado.  En  ese  orden,  es  manifiesto que la irregularidad  deprecada  no satisface el principio de trascendencia que rige el decreto de las  nulidades.   

1.2.5.  A  continuación,  cuando  el aludido  defensor  concurrió a solicitar copia informal del expediente, se notificó por  conducta   concluyente   del   pliego   de   cargos59      y     oportunamente  interpuso60 el recurso de apelación.   

La  sustentación de la alzada estuvo a cargo  del  doctor Héctor Pinzón Ochoa a quien su homólogo Rojas Ariza designó como  “defensor           SUSTITUTO”61,  jurista  aquél que dentro  de  la  oportunidad  legal,  el 7 de abril de 2006, allegó sendo memorial en el  que  no  solo  solicitó  la  preclusión de la investigación y la cesación de  todo  procedimiento  sino  que sostuvo idénticos argumentos a los que según el  censor   no   fueron   alegados   a   favor   de   su   representado62.   

En  verdad,  auscultado  dicho  escrito,  se  observa  que  la  defensa  técnica  enfatizó  que  i)  el  doctor Prada   Becerra   creyó   de   buena  fe  –avalando el criterio del  doctor  Jaimes  Sepúlveda-  que la patología que le aquejaba a la paciente era  de  índole  ácido  péptica,  ii)  en  pocas  horas  no  era viable obtener un  diagnóstico   científico  inequívoco,  iii)  cuando  éste  se  confirmó  se  realizó  la remisión a otros centros asistenciales en los que se continuó con  el  mismo  tratamiento, iv) no es posible trasladar una culpa que le corresponde  al  personal médico de Bucaramanga, v) el Hospital de Puente Nacional no cuenta  con  herramientas ni apoyo logístico que permitiera establecer el procedimiento  a  seguir  frente  a  la  paciente,  luego, no era viable exigir lo imposible al  referido  galeno  y,  v)  la  preeclampsia  se  desarrolló  de manera súbita e  implacable pues la víctima no tenía antecedentes.   

Adicionalmente,  días  después,  el  mismo  jurista  adicionó  la  anterior sustentación con un nuevo memorial63  contentivo  de  varias  argumentaciones  más,  entre  ellas, que i) no existió necropsia y  esta  era indispensable para determinar a ciencia cierta la causa de muerte, ii)  no  existe  prueba de falla multisistémica, ni de descuido en el diagnóstico y  tratamiento  de  la enfermedad, contrario a lo dictaminado por el perito médico  iii)  la  demora  de dos horas en el municipio de Socorro no le es atribuible al  procesado,  iv)  hubo  mal  diagnóstico  pero una vez establecido se brindó el  tratamiento  adecuado,  v)  tratándose de un centro asistencial de primer nivel  no  se  contaba con sala de recuperación de neonatos ni con pediatra por lo que  la  remisión  a  uno  de  mayor  nivel  equivale al deber jurídico y moral del  médico  tratante, vi) no se escuchó a los galenos que atendieron a la paciente  en  Bucaramanga  para establecer si les cabía responsabilidad, vii) contrario a  lo  indicado  por  medicina legal las dosis de sulfato de magnesio y de diazepam  no   fueron   subterapéuticas   sino   las   indicadas   de   acuerdo  con  las  recomendaciones  científicas,  viii)  la  coordinación  para  la remisión por  parte   del   doctor   Prada  Becerra   demandó  tiempo  porque  la  paciente  pertenecía al régimen subsidiado y, ix) no había signos  de  edema  o sobrepeso al ingreso de la paciente a urgencias, solamente de dolor  abdominal que sugería una úlcera.   

Si el defensor de aquella época esgrimió con  vehemencia  similares  razones  a  las  que  en  criterio  del actual procurador  judicial  debieron  constituir  la  base  de  la defensa, la Corte no se explica  cuál  es  el  motivo de inconformidad. Así pues, hasta aquí es dable aseverar  que  tal  como lo manifestó el delegado del Ministerio Público, en últimas no  es  frente  a  la  actividad  defensiva  de quienes precedieron al recurrente en  igual   propósito  absolutorio  que  se  dirige  el  ataque,  sino  contra  las  decisiones  que en primera y segunda instancia durante la fase instructiva no le  fueron  favorables  al  procesado, circunstancia completamente ajena a cualquier  causal de anulación del proceso.   

1.2.6  Ante  una grave enfermedad, el letrado  que  hasta el inicio de la fase de juzgamiento asistió al encartado, se excusó  del  mandato  encomendado,  por  lo  que  hubo  necesidad  de requerir al doctor  Prada  Becerra  a fin de que  designara       abogado       de      confianza64; como no lo hiciera, el Juez  Penal  del  Circuito  de  Puente Nacional procuró la asignación de un defensor  público65,  lo  que  no  se logró porque la Defensoría del Pueblo advirtió  que  el  enjuiciado  contaba  con  medios  económicos  para  satisfacer  uno de  carácter                 contractual66.   

Toda vez que pese al requerimiento el acusado  guardo  silencio,  el  despacho  nombró como defensor de oficio al doctor Marco  Elver            Castañeda           Rozo67,   al   que   enseguida  el  procesado     le    confirió    poder    para    que    continuara    con    su  representación68, la que ejerció activamente  durante las audiencias públicas preparatoria y de juzgamiento.   

Ahora  bien,  arguye  el  demandante  que  se  quebrantó  el  derecho  a  la defensa de su prohijado ya que no obstante aquél  pidió   el   decreto   de   pruebas  –declaraciones  del  perito  médico legal y de otros especialistas-,  no  recurrió  la  decisión  que las negó, así como porque el juzgado tampoco  ejerció  la  facultad  oficiosa  para  decretarlas  y,  en  cambio, sí lo hizo  respecto  de  otros  medios  de  conocimiento  meramente  formales  –constancias      de      títulos  profesionales-.   

Al  respecto,  es  diáfano que ningún vicio  susceptible  de  invalidar la actuación comporta la determinación del juzgador  de  instancia  de  negar  la solicitud probatoria cuando la oportunidad procesal  para  pedir  su  decreto  había  precluido,  esto  es,  tras el vencimiento del  término  de  quince  (15)  días de que trata el artículo 400 de la Ley 600 de  2000.   

No cabe censura alguna al hecho de que el juez  se  haya  abstenido  de  decretarlas  oficiosamente pues esta facultad es apenas  potestativa  y discrecional que no imperativa, y el recurrente tampoco esclarece  cómo  la  ratificación  verbal  del  dictamen  pericial o el concepto de otros  especialistas  –no concreta  cuáles-  podría  haber  variado  favorablemente  la situación de su asistido,  máxime  cuando  se avizora que para ese instante existían abundantes medios de  convicción  incorporados  legalmente  al  proceso,  incluso  aportados  por  el  acriminado   –literatura  científica-,  que  permitían examinar con meridiana claridad el comportamiento  delictivo  investigado,  a la luz de los estándares de atención de urgencia de  pacientes con preeclampsia-eclampsia.   

Ahora, no porque el letrado de esa época haya  dejado  de  recurrir la negativa a decretar los elementos de persuasión por él  solicitados,  se  puede  aseverar  con  contundencia  que faltó gravemente a su  mandato,  o  que  abandonó  la  gestión que le compelía, pues como recién se  afirmó,  en  estricto  sentido  jurídico,  el motivo esgrimido por el fallador  para   oponerse  a  esa  pretensión  –extemporaneidad- gozaba de fundamento legal.   

La  falta  de  oposición  frente  a  dicha  determinación  muestra  la  conformidad  de  la  defensa  con las razones de la  decisión,  asentimiento  que  en modo alguno se traduce en apatía respecto del  mandato  defensivo,  sobre  todo  si  se  advierte  que  quien  ahora funge como  defensor  admite lo irrebatible de la conclusión del juzgador -en el sentido de  negar  las  pruebas  que  para esa altura devenían extemporáneas-, asegurando,  entonces,    que    correspondía    al    juez    de   la   causa   decretarlas  oficiosamente.   

Ninguna negligencia se percibe asimismo en la  gestión  desplegada  por  la  defensa de Alfredo Prada  Becerra  durante la audiencia pública de juzgamiento,  toda  vez  que, contrario a lo aseverado por el libelista, su labor no se redujo  a   aportar  un  memorial  contentivo  de  los  alegatos  de  cierre69 sino que tal  como  expresamente  quedó  consignado  en  el  acta correspondiente procedió a  verbalizarlos  a  manera  de  resumen  al  final  de  la  diligencia70,  pidiendo,  por  supuesto,  la  absolución  de  su  representado  y,  subsidiariamente,  la  concesión   de   la   condena   de  ejecución  condicional  sin  ninguna  otra  restricción   para   el   ejercicio   de   su   profesión  y  de  la  cátedra  docente.   

Nótese que en dichos alegatos el defensor se  esforzó   por   destacar  la  inexistencia  de  nexo  de  causalidad  entre  el  comportamiento  de  su representado y la muerte de la paciente, la imposibilidad  de  lograr  un  primer  diagnóstico concluyente frente a un cuadro sintomático  que  inicialmente  no  se acercaba al de la preeclampsia y los presuntos errores  del  dictamen  pericial  derivados de no confrontar la historia clínica con los  descargos de los indagados.   

Igualmente, proferida la sentencia de primera  instancia,  adversa  a  los  intereses  del médico juzgado, el abogado formuló  recurso  de  apelación  que  oportunamente  sustentó  el enjuiciado reiterando  similares  razones de hecho y de derecho a las que le sirvieron de fundamento al  ahora impugnante.   

La evaluación respecto a la labor desplegada  por  la  defensa  no se puede restringir al escrutinio de un solo acto procesal,  debe  ser  examinada  en  un  contexto  integral,  es  decir,  frente  a toda la  actividad  desarrollada por quienes integraron el bloque de defensa –acusado y defensores- a lo largo de la  investigación  y  juzgamiento  y teniendo como soporte las reales posibilidades  para el ejercicio de la contradicción.   

Mucho  menos, se puede calificar la idoneidad  de  la  gestión  del  mandatario  judicial a partir del número de peticiones y  actuaciones  realizadas  en  cumplimiento  de  su  función, o de la cantidad de  decisiones  favorables  a  las  pretensiones  del  procesado  obtenidas  tras la  intervención  del  abogado  o,  mejor  aún, bajo la estricta cualificación de  haber logrado la absolución para el acusado.   

En  esa dimensión, tal como lo destaca el Ad  quem,  no  únicamente  se  advierte que el procesado ejecutó con diligencia su  defensa  material,  explicando  desde  la  perspectiva  médica,  inmanente a su  especialidad,  la  base  de  sus  afirmaciones  y  aportando  abundante doctrina  ginecológica  sobre  el  diagnóstico  y  tratamiento  de  la  preeclampsia, la  eclampsia  y el síndrome de Hellp sino que en cada una de las fases procesales,  los   defensores   que   tuvieron   a  cargo  la  representación  judicial  del  incriminado,  atendieron  estándares  mínimos  de  controversia  probatoria  y  argumentativa,  que  descartan  la  aclamada  ausencia  o deficiencia de defensa  técnica sustancial.   

En verdad, incluso distinto a lo sugerido por  la  Procuraduría,  la  Corte  no  percibe  una estrategia defensiva que hubiera  optado  por  el  silencio  para  hacer  plena  la  vigencia  del principio de no  autoincriminación.  Todo  lo  contrario,  la  Sala  encuentra que, en conjunto,  procesado  y  defensa  hicieron  lo  posible  por  dotar  a la judicatura de los  elementos de juicio que le permitieran desvirtuar la acusación.   

Si  bien  no  confutaron el dictamen pericial  mediante  los  mecanismos normales de contradicción de que dota el ordenamiento  adjetivo  penal,  esto  es,  a  través  de  la  aclaración, complementación u  objeción,  lo  cierto  es que tanto la indagatoria del encartado, la literatura  científica  aportada  por  éste,  los  alegatos  precalificatorios y de cierre  durante  la  audiencia  pública de juzgamiento como el recurso de apelación de  la    sentencia,    se    dirigieron    enérgicamente   a   cumplir   con   tal  propósito.   

Distinto  es  que,  pese a dicha gestión, la  defensa  y  su representado no hubieren recibido de los operadores jurídicos la  respuesta pretendida, esto es, la absolución.   

Así las cosas, no hay lugar a casar el fallo  impugnado por razón de este reproche.   

2.  Segundo  y tercer cargo (subsidiarios).   

2.1. El modelo actual de imputación jurídica  del  resultado  de  los  injustos  imprudentes  superó el concepto clásico que  atendía  solamente al nexo de causalidad entre la acción y el resultado, para,  en  cambio,  hacer  esa inputación únicamente cuando existiendo dicho vínculo  secuencial71  -entre  acción  u omisión y daño antijurídico- se compruebe la  infracción  al  deber  objetivo  de  cuidado  por  parte  del sujeto activo del  comportamiento  delictivo  y  éste  se traduzca en la lesión efectiva del bien  jurídico tutelado por el ordenamiento jurídico penal.   

En   ese  horizonte,  únicamente  bajo  la  creación  o  extensión  de  un riesgo no permitido por el ordenamiento legal o  jurídicamente     desaprobado     –en  relación  con  las  normas de cuidado o reglas de conducta- que  finalmente  se  concrete en la producción del resultado típico, transgresor de  un  interés  jurídico  protegido,  habrá  lugar  a la imputación objetiva de  aquél.   

2.2. No en pocas ocasiones la Corte ha tenido  la  oportunidad  de  señalar  que  dada  la posición de garante asumida por el  profesional    de   la   medicina   respecto   de   su   paciente   –desde que lo valora hasta que lo da de  alta  (incluyendo  el  postoperatorio)  o  lo  remite  a  otro  facultativo o el  paciente  abandona  la  terapia-,  le  es exigible respetar el deber objetivo de  cuidado,  cuyo  estándar  está  reglado  en  los  preceptos  jurídicos  y los  protocolos  que  la lex artis  le impone.   

Sobre el deber de evitar la consumación de un  resultado  lesivo  de la integridad personal o la vida del paciente –disvalor   de  resultado-  cuando  el  médico  ha  asumido  el  riesgo  de  custodiar  la salud como fuente de riesgo,  respetando  para  el  efecto  los  baremos  esenciales que de manera consolidada  rijan  la lex artis, la Corte  ha precisado:   

“(…)   la  obligación  del  galeno  de actuar con el cuidado que el ordenamiento le impone  para   evitar   la   creación  o  intensificación  de  un  riesgo  innecesario  –fuera del admitido en la  praxis-  y  la consecuente realización de un daño relacionado con la fuente de  riesgo  que  debe  custodiar,  determina la asunción de la posición de garante  que  se  materializa  en  no ejecutar ninguna conducta que perturbe la idoneidad  del  tratamiento  médico  especializado  que la ciencia y las normas jurídicas  mandan  en  cada  evento  o,  en otras palabras, en adecuar su comportamiento al  cuidado  que  le  es  debido  de  acuerdo  con  las  fórmulas  generales  de la  actividad.   

De esta manera, si la conducta del médico,  no  obstante  crear  o  aumentar  un riesgo se manifiesta dentro del ámbito del  peligro  que  la  comunidad  normativa  ha edificado como límite a la práctica  médica  respectiva  y,  en  todo  caso,  se produce el resultado infausto o, si  consolidado      el      daño     –agravación  de  la  condición  clínica primaria, por ejemplo- el  galeno  respeta las pautas o protocolos tendiendo a aminorar los riesgos propios  de  la  intervención  corporal  o  psíquica  o,  si  pese  a  la  creación o,  incremento   del  peligro  permitido,  la  acción  comisiva  u  omisiva  no  se  representa  en  un  resultado  dañino  derivado  necesariamente  de  aquella  y  relevante  para  el  derecho penal o en todo caso, este se realiza por fuera del  espectro   de  protección  de  la  norma,  o  se  constata  que  no  había  un  comportamiento  alternativo  dentro del ámbito de guarda del bien jurídico que  hubiera  podido  impedir la consumación censurada, no habrá lugar a deducir el  delito    de    omisión   impropia,   también   llamado   de   comisión   por  omisión.   

Para  establecer si el facultativo violó o  no  el  deber  objetivo  de  cuidado  y,  con  ello, creó o amplió el radio de  acción  del  riesgo  porque  su  actuar  lo  situó  más  allá  del estándar  autorizado  o  relevante, es imprescindible determinar cuál es el parámetro de  precaución  –protocolo,  norma,  manual,  baremo o actividad concreta conforme a la lex artis72-  que  se  debía  aplicar  al  caso  específico  o  que  hipotéticamente  podría  haber  empleado  otro  profesional  prudente  -con la misma especialidad y experiencia-  en    similares   circunstancias,   para  enseguida,  confrontarlo  con  el  comportamiento   desplegado   por   el   sujeto   activo  del  reato.   

Y  es que si hay una actividad peligrosa en  la  que  se  debe  consentir  la  existencia  de  un riesgo permitido, esa es la  medicina.  En verdad, se admite cierto nivel de exposición al daño inherente a  su  ejercicio, en tanto se trata de una ciencia no exacta cuya práctica demanda  para  el  colectivo  social  la  necesidad  de aceptar como adecuada la eventual  frustración  de  expectativas  de  curación o recuperación, siempre que no se  trascienda  a  la  estructuración  de  una aproximación al daño evitable o no  tolerado.   

En esa medida, se debe ser muy cuidadoso al  establecer  si  una  conducta  superó  o  no  el  riesgo  permitido.  Sobre  el  particular,                   Roxin73  señala  que  este aspecto  marca  el  punto desde el que se avanza a la edificación de la imprudencia. Con  ese  propósito,  si  bien en algunos casos eficiente suele ser la revisión del  cumplimiento   de   las   reglamentaciones   sanitarias  que  rigen  determinada  práctica,  atendiendo el carácter dinámico de esta ciencia y la multiplicidad  de  actividades  terapéuticas  y  asistenciales que para el tratamiento de cada  patología  coexisten,  lo  indispensable es acudir a  los  parámetros  de  la  lex  artis  –objetivos,  consensuados, vigentes y verificables- y determinar, si  el  método o técnica científica aplicada por el galeno, así parezca ortodoxo  o   exótico   –que  no  experimental     o     improvisado    y              en              todo             caso             avalado           por             la              comunidad          científica-74,  satisfizo  la expectativa  de  recuperación,  curación  o aminoración de la aflicción, trazada desde un  inicio  y  si  por  consiguiente,  el  bien  jurídico  protegido  se  mantuvo a  salvo.   

Es de esta manera que en su artículo 16 de  la  Ley  23 de 1981 (por la cual se dictan normas en materia de ética médica),  dispone  que  “[l]a responsabilidad del médico por  reacciones   adversas,   inmediatas  o  tardías,  producidas  por  efectos  del  tratamiento,  no  irá  más allá del riesgo previsto. El médico advertirá de  él    al    paciente    o    a    sus   familiares   o   allegados.”   

Y de acuerdo con el artículo 13 del Decreto  3380  del  mismo  año, se prevé que “[t]eniendo en  cuenta  que  el  tratamiento  o  procedimiento  médico  puede comportar efectos  adversos  o  de  carácter  imprevisible,  el  médico  no será responsable por  riesgos,  reacciones  o  resultados  desfavorables,  inmediatos  o  tardíos  de  imposible  o  difícil  previsión  dentro  del campo de la práctica médica al  prescribir   o  efectuar  un  tratamiento  o  procedimiento  médico”.   

Una       lista      –no  exhaustiva,  por supuesto- de las  precauciones  que  con  carácter  general  debe  atender  el  profesional de la  medicina  se  podría integrar con las obligaciones de  i)  obtener  el  título profesional que lo habilita para ejercer como médico y  especialista  o subespecialista en determinada área, lo que no significa que la  posición  de  garante surja natural de la simple ostentación de aquel, pues se  demanda  la  asunción  voluntaria  del  riesgo,  o  sea de la protección de la  persona,  ii)  actualizar sus conocimientos con estudio y práctica constante en  el  ámbito  de  su competencia, iii) elaborar la historia clínica completa del  paciente,  conforme  a  un  interrogatorio  adecuado  y  metódico  iv) hacer la  remisión   al   especialista   correspondiente,   ante   la   carencia  de  los  conocimientos  que  le  permitan brindar una atención integral a un enfermo, v)  diagnosticar correctamente la patología y establecer  la          terapia         a         seguir75,    vi)    informar   con  precisión  al  sujeto,  los riesgos o complicaciones posibles del tratamiento o  intervención  y  obtener  el  consentimiento  informado  del  paciente  o de su  acudiente76,   vii)   ejecutar   el  procedimiento  –quirúrgico   o   no-  respetando  con  especial  diligencia  todas  las reglas que la técnica médica  demande  para  la  actividad  en  particular y, viii)  ejercer   un   completo   y   constante  control  durante  el  postoperatorio  o  postratamiento,  hasta  que  se agote la intervención del médico tratante o el  paciente abandone la terapia.   

Tal como se viene sosteniendo, no  basta  la  constatación de la infracción al deber objetivo de  cuidado,  para  atribuir  el  comportamiento  culposo;  tampoco  el incremento o  creación  del  riesgo  no  permitido.  Se  insiste,  la conducta negligente del  facultativo    debe    tener    repercusión   directa   en   el   disvalor   de  resultado,  pues  si  la  lesión  o  la muerte de la  persona  sobreviene  como  derivación  de situaciones al margen de la práctica  médica  o por alguna táctica distractora del tratamiento asumida por parte del  paciente  –autopuesta en  peligro  o  acción  a  propio  riesgo-,  no  habría  lugar a imputar el delito  imprudente  al  galeno,  pues sería a aquél y no a éste, entonces, a quien se  debería  atribuir  la  contribución  al  desenlace  transgresor  del  interés  jurídico   tutelado.”77         (Subrayas fuera del texto original).   

Conforme al anterior orden de ideas, a efecto  de  establecer  si  la  muerte  o las lesiones causadas a un paciente pueden ser  imputadas  objetivamente a título de culpa al médico (comisión u omisión) se  debe  verificar  si  el riesgo o el incremento se realizó en el resultado, para  lo  cual  corresponde  determinar  si  con  su  comportamiento  creó un peligro  superior  al  tolerado  por  el  compendio  normativo, teniendo por consecuencia  directa    el    incremento    de   la   probabilidad   de   causar   el   daño  antijurídico.   

Para este propósito es indispensable estudiar  las  circunstancias  cognoscibles  ex ante  así  como  las  conocidas luego de producido el resultado típico  para  de  esta  forma  elaborar un juicio en el que sea posible establecer si la  acción   –u  omisión-  efectivamente  desplegada  creó  o  elevó  un riesgo por encima de la conducta  alternativa,  adecuada  y  permitida  –sujeta   a   la   lex  artis-.   

2.3.  Descendiendo  estas  consideraciones al  caso  concreto  se  impone  revisar  el  estado  del  arte  médico en punto del  diagnóstico   y   tratamiento   de  la  preeclampsia  y  la  eclampsia  para  a  continuación  examinar si, como lo argumenta el demandante, el fallo de segunda  instancia  –que  conforma  una  unidad  inescindible  con  el  de  primer  nivel, en tanto exhiben el mismo  sentido  de  decisión-  incurrió  en  los errores de hecho denunciados (falsos  juicios de identidad y raciocinio).   

2.3.1.  Sea lo primero indicar que aunque con  certeza    no    se    conoce    la    fisiopatología    de   la   preeclampsia,      la      literatura  científica78  coincide  en  definir  que  es  una  enfermedad propia de la madre  gestante  caracterizada por desarrollar un síndrome hipertensivo del embarazo a  partir  de  la  semana  20,  esto es, un aumento de la presión arterial mayor o  igual  a  14079/9080,  o  una  elevación  de  30  mm/Hg  en  la  presión  sistólica  y 15 mm/Hg en la presión diastólica sobre  valores     de     una     persona     normotensa81, la cual debe ser controlada  periódicamente  a  efecto de evitar que desencadene una eclampsia (preeclampsia  más  convulsiones  tónico  clónicas  generalizadas)  o  un síndrome de Hellp  (hemólisis,  elevación  de  enzimas  hepáticas y plaquetopenia) acortando las  expectativas de vida de la madre y el nasciturus.   

Dependiendo de su clasificación –leve   o   moderada  y  severa-  esta  patología  muestra  diversos  signos,  los  cuales  han  de  ser  identificados  precozmente  a  través,  en  esencia,  de  la auscultación clínica de rigor y  exámenes      complementarios     –si  es indispensable-, para, a su turno, establecer el tratamiento a  seguir.   

El  diagnóstico  temprano  de la enfermedad,  sobre  todo  tratándose  de personas con cierta predisposición a la misma o de  alto  riesgo82,  permite  brindar  una  asistencia  prenatal  adecuada  y oportuna  tendiente  a evitar la evolución hacia etapas más avanzadas de la patología y  complicaciones mayores.   

Los síntomas más representativos en cada una  de   dichas   fases   conforme   a   la   doctrina   médica  aportada  por  los  procesados83  y  el  dictamen  médico  legal  rendido  por  un  especialista en  ginecología y obstetricia son los siguientes:   

Leve o moderada:  

–  Hipertensión de inicio reciente de 140/90  mm/Hg  con  la  paciente en reposo. Este nivel se debe repetir, por lo menos, en  dos   ocasiones   en   intervalos   de   6   horas84.   

–  Proteinuria85  mayor de 300 mg en 24 horas  o  2+  en  tirilla  de muestra obtenida del chorro medio sin infección de vías  urinarias.   

– Edema, en algunas ocasiones.  

–   Aumento   semanal   de   peso   de   2  kilos.   

Severa:  

–  Presión  arterial igual o mayor a 160/110  mm/Hg, en intervalos de por lo menos 6 horas.   

– Proteinuria mayor o igual a 5 mg en 24 horas  o 3 o 4+ en tiras reactivas.   

– Oliguria menor de 30 ml/horas o menor de 400  ml/24 horas.   

–  Trombocitopenia  menor  de  100.000  por  ml.   

–  Creatinina  sérica  igual  o mayor de 2.0  mg/dl.   

–  Síntomas  sugestivos  de  compromiso  de  órgano          blanco          (escotomas86,     fosfenos87,  diplopia,  amaurosis88,  fotofobia,  visión  borrosa, cefalea89   pulsátil  de  predominio  frontal,  mareo  o  vértigo,  náuseas,  vómito,  dolor epigástrico en barra,  dolor    en    hipocondrio    derecho,    irritabilidad,   acúfenos90, tinnitus y  somnolencia).   

– Edema pulmonar.  

–  Aumento  semanal  de  peso  mayor  de  2  kilos.   

– Ausencia de movimientos fetales o retraso en  su crecimiento.   

En     ambos     casos    se    sugiere  hospitalización91.  En  la  preeclampsia  leve  para  controlar el peso, la tensión arterial y los tonos cardiacos fetales cada  4    horas,    mejorar   la   perfusión   placentaria,   suministrar   sedantes  (fenobarbital),  prevenir  la eclampsia y preparar a la paciente para la posible  suspensión  del  embarazo, que constituye el único tratamiento definitivo para  conjurar esta enfermedad.   

En  la  preeclampsia  grave,  se  requiere la  hospitalización   en   un  centro  de  segundo  o  tercer  nivel  para  vigilar  minuciosamente  a  la  paciente  -quien  debe  permanecer  en  absoluto  reposo,  decúbito  lateral  izquierdo-,  tomar  su  presión cada 10 minutos92, practicarle  pruebas   de   laboratorio,   administrarle   sulfato   de  magnesio93,   otros  anticonvulsionantes  como diazepan y medicamentos antihipertensivos (clorhidrato  de  hidralacina  cuando  la presión diastólica es mayor o igual a 100 mm/Hg) a  dosis      terapéuticas,      hacerle      monitoreo     fetal     –frecuencia  cardiaca-  y  proceder  a  efectuar el parto.   

Si  los  síntomas  de esta enfermedad no son  controlados  farmacológicamente  puede evolucionar a una eclampsia cuyos signos  son:  presión  arterial  superior a 185/115 mm/Hg, proteinuria mayor a 10 gr en  24  horas,  estupor,  pérdida parcial o total de la visión, dolor epigástrico  en   barra,   hiperreflexia   generalizada   y   convulsiones   y/o   estado  de  coma94.   

La  paciente  con  eclampsia  también  puede  adquirir   el   síndrome   de   Hellp  (anemia  hemolítica  microangiopática,  elevación    de    bilirrubina    -mayor    de    1.2    mg/dl-,   elevación      de     deshidrogenasa     láctica     -mayor    de    600   U/dl-,     y  disfunción       hepatocelular      –transaminasas  más  de  dos veces por  encima  del  límite  superior normal-), hemorragia cerebral, falla renal aguda,  ceguera  cortical,  ruptura  hepática,  todos  juntos  o  algunos  y  hasta  la  muerte.   

2.3.2. El dictamen de medicina legal que tuvo  como  base  de  análisis  la  historia clínica de María Yaneth Ariza Téllez,  concluyó frente a las probables causas de muerte lo siguiente:   

“1. Se trata de  una  paciente  multigestante  con  embarazo de 28 semanas 5/7, que por el cuadro  clínico  descrito  en  la  historia clínica ingresa al Hospital San Antonio de  Puente  Nacional  Santander  con  un trastorno hipertensivo asociado al embarazo  HIE  que  de  entrada  se  puede  clasificar  por  la  clínica  y los síntomas  premonitorios   como   una  preeclampsia  grave  complicada  con  inminencia  de  eclampsia.   

2.  Que el cuadro clínico antes mencionado  es  deficientemente  diagnosticado  y  por lo tanto mal manejado por el personal  médico  en  el  Hospital  San Antonio de Puente Nacional Santander, permitiendo  que  evolucionase  a  una  Eclampsia, que en últimas determina su fallecimiento  por compromiso final del sistema nervioso central.   

3.  Que  la  causa  directa  de  (sic)  del  fallecimiento  de  MARIA  YANETH  ARIZA TÉLLEZ, fue muy posiblemente secundaria  a:   

    

* Hemorragia  intracraneal  y falla orgánica multisistémica, ya que  es  la  principal  causa  de  muerte  en  las  pacientes  con eclampsia, entidad  nosologica  (sic)  antes  analizada,  siendo  responsable  del  31%  de  muertes  maternas relacionadas con eclampsia.   

* Una  segunda  causa  probable  de  muerte  en  esta paciente es una  ruptura   hepática,   que  causa  un  10%  de  las  muertes  en  este  tipo  de  pacientes.   

* En  tercer  lugar  la muerte se pudo producir por una falla renal aguda con necrosis  tubular  renal  bilateral  que  causa  otro  10%  de  muertes  en  este  tipo de  pacientes”95.     

2.3.3.  Una  verificación  exhaustiva  de la  historia   clínica   de  María  Yaneth  Ariza  Téllez  permite  señalar  sin  dubitación  alguna  que los jueces de conocimiento, especialmente el colegiado,  hicieron  un  examen  pormenorizado,  riguroso  y  fidedigno  de  la misma, para  establecer  con exactitud cada una de las circunstancias de tiempo, modo y lugar  en  que  se desarrollaron las patologías de preeclampsia y eclampsia, así como  el  manejo terapéutico que recibió por el personal médico de los tres centros  asistenciales en que fue atendida.   

De  igual modo, se observa que los juzgadores  apreciaron  de  manera  razonada y en conjunto la referida historia clínica, el  dictamen  médico legal y las indagatorias de Leonardo José Jaimes Sepúlveda y  Alfonso   Prada   Becerra,  ejercicio  crítico  a  partir  del  cual  lograron  concluir que hubo un manejo  clínico  y  terapéutico  inadecuado  por  parte  del  médico  ginecólogo que  asistió     a     la     víctima     durante     el    episodio    fatal    de  preeclampsia-eclampsia.   

2.3.3.1. El libelista asegura que el Tribunal  examinó  de  manera  fragmentaria la historia clínica y a partir de ello, hizo  una  incorrecta  inferencia de autoría en cabeza de su representado.  Para  el  efecto,  recuerda  que los juzgadores ignoraron dicho documento en relación  con  la  Clínica Chicamocha y que, si acaso, se refirieron tangencialmente a la  supuesta  ausencia  de  responsabilidad de los médicos de esa institución, sin  ninguna consideración adicional.   

La revisión minuciosa de los fallos descarta  de plano esa hipótesis.   

Ciertamente,  aunque  en  la  providencia  de  primera   instancia,   únicamente   se   indicó   sobre   este   tópico   que  “no  se  evidencia  que los médicos de la Clínica  Chicamocha   de  la  ciudad  de  Bucaramanga,  incurrieran  en  irregularidad  o  desconocimiento  alguno  de  la lex artis que rompiera el nexo de determinación  entre  el  riesgo  provocado por el médico PRADA BECERRA y las lesiones al bien  jurídico  al  final producidas, teniendo en cuenta todas las circunstancias que  se  conocieron  ex  post”96,   esta   conclusión   se  corresponde  con  el  dictamen de medicina legal, según el cual, la deficiencia  en  el  diagnóstico  y  el  consecuente  mal  manejo  del  personal médico del  Hospital  San  Antonio de Puente Nacional fue lo que permitió que la patología  evolucionara  a  una  eclampsia  y  al posterior deceso de la paciente. Además,  tanto  la  terapia  desplegada por los galenos de la Clínica Chicamocha como el  estado  crítico  general  de  María Yaneth fueron examinados al detalle por la  colegiatura.   

En realidad, en la sentencia de segundo nivel  se  expresó  con  tino  que  una  vez  auscultada  con detenimiento la historia  clínica  del  centro  asistencial  de Bucaramanga, se constató que para cuando  María  Yaneth  llegó  a ese lugar su estado de gravedad era tal que ninguno de  los  procedimientos instaurados sirvió para evitar el desenlace fatal. En estos  términos, se pronunció la Sala de Decisión Penal:   

“Expuso   el  recurrente   que   la   paciente   llegó   a  la  clínica  Chicamocha  estable  hemodinámicamente  y  que  al examen neurológico no la reportaron somnolienta,  estuporosa,  ni  comatosa,  sólo en estado post-ictal, con presión de 140/100,  que  es  lo que se reporta por el médico al llegar a urgencias y que la señora  María  Yaneth  Ariza  salió  bien  después  de  la  cesárea  “en buen estado general”.   

De  cara  a esta argumentación con la cual  entiende  la  Sala  aspira  el  procesado a demostrar que la falla médica no es  suya  sino  de  terceros,  se responde que luego de revisada con detenimiento la  historia  clínica  del  centro  asistencial  de  Bucaramanga que le atendió se  observa  que  la  paciente  llegó en grave estado de salud y que esa condición  fue  una  constante a lo largo de su corta estadía en esa institución, sin que  los  procedimiento  de  cuidados  intensivos a que fue sometida hubiesen logrado  salvar su vida, aunque si (sic) la de su hijo de tan solo 7 meses.   

A  las 22 horas (10 de la noche) la señora  María  Yaneth  Ariza  es  recibida  en  urgencias y allí se anota en motivo de  consulta  que  fue  “remitida del Socorro cuadro de  eclampsia  de  12  horas  de  evolución,  con  cifra  tensional  de  190/130  y  convulsión          tónico          clónica          generalizada”97   

Seguidamente se le toman los signos vitales,  registrándose  una  tensión  arterial  de  140/100  y  un  estado neurológico  “comatoso”,  al que se  agrega   líneas   más   abajo   dentro   de   la   casilla  “examen  físico  neurológico” la palabra post ictal.   

El acusado omite ese estado de inconsciencia  deliberadamente,  esto  es,  que  no  iba  en coma sino post ictal, como si este  fuera  menos grave, pero lo cierto es que consultada la literatura médica sobre  el   tema  se  encuentra  sobre  el  particular  lo  siguiente:  “una  convulsión  es  cualquier  episodio  que  incluye  un periodo  generalizado  de  actividad  tónico clónica que se acompaña a una pérdida de  la  conciencia.  (..)  La  fase post ictal sigue a la  fase  convulsiva,  estado  de  depresión  profundo de la conciencia”98   

El  diagnóstico del galeno de urgencias es  “embarazo  28 semanas y eclampsia” y como procedimiento a seguir “cesárea  urgente”.   

La   Doctora   Amparo   Ledesma,  médica  ginecóloga,  la  valora  a  las  22:20  y  anota en la historia clínica que se  recibe  multigestante  remitida  de  Puente Nacional con 28 semanas de embarazo,  que     “se    recibe    inconciente”.  La  tensión  arterial  registrada  es  de  154/97  y dispone  “programar   para   cesárea   urgente”.   

Se  observa  en la misma hoja una nota post  quirúrgica  a  las  23:08 de la misma profesional quien diagnostica eclampsia y  ordena     unidad    de    cuidados    intensivos    para    adultos    y    UCI  pediátrica.   

Seguidamente  es  valorada  por  neurólogo  quien  en  hoja  titulada  de  “evolución  médica”  anota: “eclampsia   post   cesárea,   hipotensa  persistente  muy   mal   estado   general,   pupilas  isocraticas   (sic)   no  reactivas,  palidez  mucocutanea  (sic)  generalizada,  ictericia,  ausencia  de  xx  (sic)  óculo cefálico, no respuesta a estímulos  dolorosos,   muy   mal   pronóstico.   Se   ordena  manejo  en  UCI”99.   

La UCI de adultos reporta a las 3:00 que la  paciente  fue  operada  de  inmediato  de cesárea por eclampsia “quien         llega        al        quirófano        inconciente”…mal  pronóstico”100  A las 5:30 a.m. sigue sin  reflejos  y  se  anota  “pésimo  pronóstico”, a las 7:30 persiste en malas  condiciones  generales  y  a  las  8  y  45  presenta  paro cardiorespiratorio y  fallece.   

En  (sic)  anterior  recuento  no deja duda  alguna  que  la  señora María Yaneth Ariza Téllez no solo llegó en estado de  coma  o  inconsciente  a la clínica Chicamocha sino que en esa misma condición  sale  del  quirófano  y  así  lo reporta el examen neurológico que se le hace  inmediatamente  después  de  la cesárea en el que no se advierten reacciones a  ese  nivel, calificándose por el galeno de “muy mal  estado    general”101.   

Así  las  cosas,  la  aseveración del Dr.  Prada  consistente  en  que luego de la cesárea la paciente sale en buen estado  general    no   es   cierta,   desde   ningún   punto   de   vista.”102   

Sin dificultad alguna se observa la sin razón  del  letrado  al  afirmar  que  la historia clínica correspondiente a la unidad  hospitalaria  Chicamocha  no fue valorada. Por el contrario, fue apreciada en su  exacta  dimensión,  advirtiendo  que  para cuando María Yaneth fue atendida en  esa  institución  aquejaba un pésimo estado de salud, lo que era evidente dado  que   presentaba  un  cuadro  de  eclampsia,  estado  neurológico  post  ictal,  inconsciencia  y  cifras  tensionales  altas,  el  cual pese al procedimiento de  cesárea,  que  según la literatura médica y el mismo procesado, constituye el  único  tratamiento  curativo  definitivo, no mejoró y, en cambio, involucionó  hacia  un  estado  de  coma y a una falla orgánica multisistémica que terminó  por  causarle  la muerte, esto, no obstante, el manejo terapéutico en la unidad  de   cuidados  intensivos  dispuesto  tanto  por  la  ginecóloga  como  por  el  neurólogo   (suministro   de  sulfato  de  magnesio,  fenobarbital,  cefradina,  dopamina,  atropina,  adrenalina,  ubicación de catéter central y ventilación  mecánica).   

La  severidad de la enfermedad al ingresar al  servicio  de urgencias de la Clínica Chicamocha es indiscutible, no solo porque  objetivamente  así  lo  reporta  la historia clínica y el dictamen de medicina  legal  sino  porque  es el mismo acriminado quien desde su injurada admite saber  que  cuando María Yaneth llegó a Bucaramanga la patología era “irreversible”103.   

El  demandante procura sembrar algún tipo de  duda  sobre  la  responsabilidad  de  su asistido endilgándole, para el efecto,  culpa  al  personal  médico de la Clínica Chicamocha. Para ello, cuestiona que  la   cesárea   se   haya   practicado   con   la   técnica   de   Pfannenstiel         que  no  está  indicada en casos de preeclampsia y también se vale  de  la falta de reporte en la historia clínica sobre la atención prestada a la  paciente   en   la  unidad  de  cuidados  intensivos  por  un  lapso  de  cuatro  horas.   

En  cuanto  toca  con  el  primer aspecto, no  existe  reporte  en  la  historia  clínica que indique que por razón del corte  transversal  de  los  músculos  y  la  piel  del  abdomen se haya producido una  pérdida   sustancial   de   sangre  con  efectos  adversos  en  la  estabilidad  hemodinámica de la paciente.   

Frente al segundo asunto, basta señalar que a  partir  de  la  nota  postquirúrgica  dejada  por  el neurólogo en la historia  clínica  sobre  el  mal  estado  general  de  la  señora Ariza Téllez, que en  términos  equivalentes  fue  registrado  a  las 3:00 a.m. y 5:30 a.m. del 20 de  julio  de 2002 en las anotaciones de la UCI, es viable inferir razonadamente que  ninguna  variación  en la condición clínica existió entre las 11:08 p.m. del  19 de julio y las 3:00 a.m. del día siguiente.   

2.3.3.2.    Así   mismo,   la   reciente  transcripción   del   fallo  acusado,  confrontada  con  la  referida  historia  clínica,  igualmente  revela  que  contrario  a lo argüido por el censor no se  hizo  agregación  alguna que desfigurara la realidad consignada en ese medio de  conocimiento.   

En  efecto, indica el jurista que el Tribunal  aludió    a   un   estado   “comatoso”  que  no  aparecería  reflejado  en parte alguna de la historia  clínica.   

Sin  embargo,  desconoce  que  este documento  ciertamente  muestra  que,  al ingreso de la paciente a urgencias de la Clínica  Chicamocha,  el  médico que la recibió tachó en el acápite de examen físico  neurológico  con una “X”  en  la casilla: comatoso, letra que encerró en un círculo para una línea más  abajo  anotar  post ictal, tal como en exactos y objetivos términos lo refirió  el Tribunal.   

Además,  la  inidoneidad  del reparo refulge  nítida  si  se  advierte  que  ante idéntico reproche en la alzada, el Ad quem  precisó  que  así  no  hubiera  llegado  en  estado comatoso, en todo caso, el  estado  neurológico  post  ictal no era menos grave, pues comporta un estado de  inconciencia  crítico  que  es  en  últimas  a  lo  que quería llegar el juez  colegiado.   

Para  insistir  en  la  idea  de que es a los  médicos  de  la Clínica Chicamocha a quienes les asiste responsabilidad por el  deceso  de  María  Yaneth  Ariza  Téllez,  el  abogado  censura que se la haya  intervenido  quirúrgicamente  en estado de inconciencia, porque lo debido, a su  juicio,  habría  sido  operarla  solo  cuando ella estuviera hemodinámicamente  estable.   

Al  respecto, el artículo 14 de la Ley 23 de  1981  autoriza  practicar procedimientos médicos a personas inconcientes sin su  consentimiento  o  el  de  un  acudiente,  en  tratándose  de casos de urgencia  –y  este  lo  era-,  y el  único   tratamiento   definitivo   con   efecto  trascendente  en  la  eventual  recuperación  de la salud de una paciente con eclampsia es la interrupción del  embarazo,  operación  que  se  practicó  inmediatamente  dada la severidad del  cuadro  clínico  y que permitió por lo menos salvar una vida, antes que perder  dos con la tesis del defensor.   

2.3.3.3. Ahora bien, cierto es que el Ad quem  incurrió  en  falso  juicio  de identidad en la modalidad de tergiversación al  indicar  que, en su primera valoración, el doctor Alfonso Prada Becerra medicó  a  María  Yaneth Ariza Téllez con “ampicilina, que  es   un  antibiótico,  para  que  se  aplicara  por  vía  intravenosa  cada  6  horas”104,  pues  de  acuerdo con la  historia  clínica  quien  procedió en ese sentido fue el doctor José Leonardo  Jaimes                   Sepúlveda105.   

No   obstante,   dicha   imprecisión   es  irrelevante  en  la  medida  que lo censurado en este punto por la magistratura,  como   un  acto  ajeno  a  la  lex  artis  y al parámetro normativo según el cual el médico esta obligado  a  “considerar y estudiar al paciente, como persona  que  es, en relación con su entorno, con el fin de diagnosticar la enfermedad y  sus   características  individuales  y  ambientales,  y  adoptar  las  medidas,  curativas       y       de      rehabilitación      correspondiente”106,  es  que  el  procesado  hubiere   prescrito  un  tratamiento  específico  para  una  enfermedad  ácido  péptica      que      no      padecía      María      Yaneth     –con   ranitidina,   hidróxido   de  aluminio  y  metoclopramida-,  como producto de un diagnóstico errado pese a la  existencia  de  signos clínicos manifiestos de preeclampsia severa e inminencia  de   eclampsia,   esto   es,  por  violentar  la  lex  artis  y adecuar su conducta al injusto por el que se  lo condenó.   

2.3.3.4.   A  juicio  del  demandante,  los  sentenciadores   incurrieron   en   “CERCENAMIENTOS  FACTICOS”107    respecto    a    las  circunstancias  de  tiempo,  modo  y lugar consistentes en inobservar que i) los  síntomas  iniciales  no  eran  típicos  de  una preeclampsia, siendo comunes a  otras  enfermedades,  ii)  se  trataba de un centro asistencial de primer nivel,  con  las  limitaciones  propias  del  mismo,  iii)  se  requerían  exámenes de  laboratorio  y  hospitalización que el acusado ordenó, iv) cuando se presentó  la  cifra  alta  de  tensión arterial (por encima de 200/120) prescribió junto  con  el  doctor  Jaimes  Sepúlveda  la remisión a tercer o cuarto nivel que el  Hospital  del  Socorro se demoró en aceptar y, v) la paciente tardó 7 horas en  el viaje terrestre hasta la Clínica Chicamocha.   

Al respecto, debe precisarse que los aspectos  mencionados   por  el  libelista  fueron  sopesados  milimétricamente  por  los  falladores,   sólo   que   con   un   alcance   diferente   al  pretendido  por  él.   

Así, uno de los primeros juicios de reproche  elevado  contra  el acusado lo fue precisamente porque no obstante la nitidez de  la  sintomatología  referida  por  María  Yaneth Ariza Téllez a su ingreso al  servicio  de  urgencias  del  Hospital  San  Antonio  de  Puente  Nacional  y el  diagnóstico    provisional    emitido    por   el   médico   rural108  –Jaimes-  de  enfermedad  hipertensiva       del       embarazo       HIE109,     el     ginecólogo  Alfonso  Prada  Becerra optó  por   un   diagnóstico   de   probable   úlcera   gástrica,   procediendo   a  hospitalizarla,   medicarla  para  ese  específico  padecimiento  y  a  ordenar  exámenes  de  laboratorio  de  rutina  (cuadro  hemático,  parcial  de  orina,  glicemia            y            plaquetas110).   

Contra  toda  evidencia, el togado insiste en  que  i)  los  síntomas  referidos  por  María  Yaneth  eran  comunes  a varias  enfermedades,  ii)  el diagnóstico, por lo tanto, se tornó complejo y, iii) la  única  forma  de  confirmar  o  descartar  el  que  se  emitió  con  carácter  provisional,  era  a  través  de  pruebas de laboratorio, cuyos resultados solo  obtuvo  después  de  que  la  paciente  había  sido  remitida  al Hospital del  Socorro.   

Tales  premisas  adolecen  del presupuesto de  verdad  porque,  tal  como  se  anunció  desde  el  inicio,  si bien en algunas  ocasiones  el diagnóstico de la preeclampsia puede no resultar fácil, frente a  signos        específicos       –primarios y secundarios- éste es indiscutible.   

2.3.3.4.1.   En   realidad,  la  literatura  científica   coincide   de  manera  general  en  predicar  que  “la    preeclampsia    es   de   diagnóstico   clínico”111,  esto es, que a partir de  sus  síntomas  más  característicos  se  establece  su  ocurrencia.  Sobre el  particular se afirma:   

“La aparición  de hipertensión y proteinuria en cualquier paciente en  el    tercer    trimestre    de    embarazo   establece   el   diagnóstico   de  preeclampsia.  Generalmente,  también  se  encuentra  edema,  pero  si  la  aparición  es  aguda  y  fulminante,  puede  que  no haya  suficiente  tiempo para que se desarrolle el edema. La  presencia  adicional  de  las  siguientes  circunstancias  es  indicativa  de la  gravedad  del  proceso  y  de  que  la eclampsia puede ser inminente:     

1. Un aumento agudo en la presión sanguínea.   

2. Acusada  hiperreflexia  y,  especialmente, clono del pie pasajero o  sostenido.   

3. Dolor epigástrico.   

4. Escotoma y otras molestias visuales.   

5. Aumento cuantitativo de la proteinuria.   

6. Oliguria con diuresis de menos de 30 ml/hora.   

7. Mareo      o      dolor      de     cabeza     intenso.”112     

Así    mismo,   aunque   los   exámenes  complementarios  sirven  para  confirmar  el  diagnóstico,  no  se  discute que  “[l]os  estudios  de  laboratorio  son más útiles  para   enjuiciar  la  gravedad  de  la  preeclampsia  que  el  diagnóstico  del  síndrome”113.   

Ahora,  la  doctrina  médica  también  es  constante  en  señalar  que  cuando  se presenta la triada de síntomas: edema,  tensión  arterial  elevada  y  proteinuria,  el  diagnóstico  es relativamente  fácil  y  determinante  de  preeclampsia,  pero  se  reconoce igualmente que el  cuadro  clínico  no  es  igual  en  todas las mujeres, por lo que no siempre es  factible  su  diagnóstico;  es  por  eso  que  se  sugiere  acudir  a  factores  epidemiológicos,  clínicos y bioquímicos que de ser indiscutibles permitirán  acertar en aquel:   

“El diagnóstico  de  la preeclampsia ocasionalmente puede ser difícil o equivocado. Para aclarar  el diagnóstico de la entidad utilizamos tres parámetros:   

    

* Los  PARÁMETROS  EPIDEMIOLÓGICOS:  Equiparables a los factores de  riesgo predisponentes.   

* Los  PARÁMETROS  CLÍNICOS:  Son  positivos  cuando  se  presentan  mínimo dos criterios de la  tétrada  siguiente:  edemas patológicos, hipertensión arterial, proteinuria o  sintomatología        de        Inminencia       de       Eclampsia.   

* Los  PARÁMETROS  BIOQUÍMICOS:  Cuando  hay  hiperuricemia (ácido  úrico   >  4.5mg/dl),  o  hemoconcentración  >  40%)  o  depuración  de  creatinina    menor    de    80    C.C.    por    minuto   o   creatinina   >  0.7mg/dl.”114  (Subrayas y negrillas no  originales).     

Igualmente, para diagnosticar la inminencia de  la  eclampsia  se  debe  utilizar  un  criterio  mayor  (agitación psicomotora,  somnolencia,  visión  borrosa,  clonus patelares, epigastralgia y acrocianosis)  más  un  criterio  menor (cefalea, vértigo, fosfenos, hiperreflexia, tinnitus,  obstrucción    nasal,   fogajes   faciales,   vómitos),   o   tres   criterios  menores115.   

Significa  lo anterior, que ante la presencia  de  por  lo  menos  alguno  de  los  signos propios de la fase más severa de la  enfermedad  y  otro  correspondiente  a  las  etapas  antecedentes,  un  médico  especialista  en  ginecología  y  obstetricia  y  con  experiencia en ese campo  debería  estar  en  capacidad  de  conceptuar  certeramente  esta  patología y  adoptar las medidas pertinentes para controlarla.   

Incluso  con  apoyo  en literatura médica el  Tribunal  recordó que “para efectuar el tratamiento  de  la  HIE  no  se  necesitan  muchos equipos sofisticados, es indispensable un  excelente  criterio  clínico  y  unos exámenes de laboratorio cuyos resultados  obtenidos  rápidamente  permiten un manejo racional116”117.   

2.3.3.4.2.  Ubicados  estos  referentes en el  caso  que  ocupa la atención de la Corte, se tiene que, tal como lo aprehendió  la  colegiatura, desde un inicio (7:00 a.m.), María Yaneth Ariza Téllez, quien  para  el  19  de  julio  de  2002  transitaba por la semana 28 de embarazo y era  multigestante  (G4,  P3), refirió sentir un fuerte dolor (10/10) en la boca del  estómago  que  se  irradiaba  a  la  espalda,  émesis  (vómito),  ausencia de  movimientos  fetales  desde  3  días atrás y pujo y tenesmo rectal.  Así  mismo,   tanto   el   médico   rural  Jaimes  Sepúlveda  como  el  ginecólogo  Prada  Becerra, le tomaron la  presión  arterial reportando un resultado de 140/90118.   

Claramente,  la  víctima  no  solo  era  una  paciente  de  alto  riesgo, en la medida que cursaba su cuarto embarazo y había  superado  la  semana  20  de  gestación  sino  que exhibía para ese primigenio  momento  dos  signos característicos de la fase más severa de la preeclampsia:  epigastralgia  nivel  10  y  vómito,  y dos síntomas de la fase moderada de la  enfermedad:  presión arterial de 140/90 y ausencia de movimientos fetales por 3  días,  cuadro  clínico  conforme  al  cual  cualquier  médico especialista en  ginecología  y  obstetricia, no confundiría estos síntomas para enfocarlos en  otras  dolencias,  quedando impelido a descubrir la enfermedad en progreso hacia  una  eclampsia,  tal  como  incluso  lo  hizo  el  médico general que con menos  capacitación    y    experiencia    la    atendió    en    el    servicio   de  urgencias.   

No  se  equivocaron,  pues,  los  jueces  de  conocimiento  al  otorgarle  prudente  mérito  al  dictamen  médico  legal que  señaló  que  “de entrada  se  puede  clasificar  por  la  clínica  y los síntomas premonitorios como una  preeclampsia   grave   complicada   con   inminencia   de  eclampsia”119.        (Negrilla de la Sala).   

Partiendo de la presunción de competencia que  le  asistía  al  médico  Alfonso  Prada Becerra por contar con los títulos de  médico  y  especialista  en  el  área  de  ginecología y obstetricia y franca  experiencia  de  por  lo menos 4 años en este campo120,  es  diáfano  que  desde  este  primer momento faltó a la técnica médica, habida cuenta que erró en el  diagnóstico,  el  cual, dadas las exactas circunstancias del caso no daba lugar  a ninguna confusión.   

La  defensa excusa el proceder de su asistido  porque,  en  su sentir, en ese primer instante no estaban presentes todos y cada  uno  de  los signos tempranos de la preeclampsia, entre ellos, edema, escotomas,  fosfenos,      acúfenos     e     hiperreflexia121;  sin embargo, se sabe que  no  corresponde  a  una  constante  la  conjunción global de los síntomas. Por  ello,        la       literatura       médica122   

explica que basta con la presencia de por lo  menos  un  signo  mayor  y  otro  menor  o varios menores para emitir un certero  diagnóstico  de preeclampsia, cuestión que debió conocer de sobra el acusado,  atendiendo  sus altos estudios sobre la materia, su basta experiencia y el cargo  que ostentaba en el Hospital para el día de los acontecimientos.   

2.3.3.4.3. También sostiene el jurista que la  detección  de  dicho  mal  únicamente  es  posible  a  través  de  pruebas de  laboratorio  específicas,  cuyos  resultados  en  el  caso  examinado  solo  se  obtuvieron  con  posterioridad  a  que  la  paciente  hubiera sido remitida a un  centro asistencial de mayor nivel.   

Sin   embargo,  la  doctrina  ginecológica  aportada  por su representado enseña que no es categóricamente unívoco pensar  que  solo  a través de exámenes sensibles a dicha patología es posible lograr  un  diagnóstico  acertado,  en  la  medida  que si bien no se discute que ellos  pueden  ser útiles para confirmar este síndrome, la detección clínica precoz  realizada  por  un  médico  con  buen criterio se impone como mecanismo idóneo  para  lograrlo,  para  lo cual se puede servir de ayudas diagnósticas de rutina  que  tienen  la capacidad de fortalecer el concepto médico, ya que a través de  ellas  se pueden obtener datos importantes como la presencia o no de proteína y  sangre en la orina o el nivel plaquetario del paciente.   

Si  esto  es  así,  correspondía al acusado  identificar  los  signos  clínicos de la paciente, adecuarlos a un diagnóstico  certero  que  incluso  de  tenerse por provisional en un primer momento debería  haber  podido  ser  confirmado  rápidamente con los exámenes de laboratorio de  rutina,  a  fin  de  iniciar  el  tratamiento  indicado por la ciencia médica y  remitirla  oportunamente  a  un  centro  asistencial  de mayor nivel; no hacerlo  así,  entraña  una nula práctica médica, pues ante un mal mayor, prevenir no  es un método errado sino favorable a la salud de los pacientes.   

Contrario   a  este  protocolo,  el  doctor  Prada  Becerra  ubicó  los  síntomas  manifestados  por  María  Yaneth  dentro  de  un  cuadro  de úlcera  gástrica,  los cuales medicó de conformidad, así como ordenó unas pruebas de  laboratorio,  sin  siquiera  vigilar  que  las  muestras correspondientes fueran  tomadas  inmediatamente,  lo que sucedió sólo hasta las 9:00 a.m., para luego,  una   vez   en  sus  manos  los  resultados  (12:00  m.)  que  mostraban  claras  alteraciones  indicativas  de  preeclampsia,  insistir en la medicación para la  dolencia ácido péptica.   

Sobre  la importancia de distinguir el origen  de  los  dolores  abdominales  en  mujeres  gestantes,  la  Sala  Penal hizo las  siguientes reflexiones:   

“Y en relación  con  el  dolor  abdominal  en  una gestante en el estado de la víctima el saber  especializado  expresa:  “Es  importante  que no se  confunda  la  epigastralgia  con síntomas de gastritis, colecistitis, síndrome  de   intestino   irritable,   infección   de   vías   urinarias   o  cálculos  renales.   

La  presencia  de  epigastralgia, náusea y  vómito    son   indicadores   de   un   cuadro   de   alto   riesgo   para   la  preeclampsia”123 (subraya y negrilla fuera  del texto).   

En  uno  de los artículos que el procesado  adjuntó   a   la  investigación  se  hace  énfasis  en  unas  recomendaciones  especiales  para  tratar  adecuadamente  esta  enfermedad y evitar el riesgo que  genera,    diciendo    que    es    un    manejo   inapropiado   “omitir  la  epigastralgia  como  un  signo  grave y subtratarla con  antiácidos”124,  que  fue  justamente lo  que    hizo    el    aquí    acusado”125   

No  requería  el  enjuiciado  en  el  caso  concreto,  entonces,  esperar pacientemente los resultados del segundo bloque de  ayudas  diagnósticas  específicas  solicitadas  a  las  12:00  m. –cuyas  muestras  además  vinieron  a  tomarse  dos  horas y veinte minutos después- pues bastaban los anteriores para  tomar  medidas inmediatas y efectivas a fin de impedir las complicaciones que se  avecinaban,  esto  es,  remitirla  a  un  tercer  nivel de atención y medicarla  preventivamente   con   el  propósito  de  evitar  el   desarrollo  de  la  eclampsia.   

Tan cierto es que existiendo signos evidentes  de   la   preeclampsia   no   se   requerían   necesariamente   más  exámenes  especializados  para  dictaminarla,  que  es el mismo defensor quien destaca que  aún  sin contar con los resultados de las pruebas prescritas por su mandante al  medio  día,  además  de  disponer la remisión a un tercer o cuarto nivel para  desembarazar  –lo que no es  cierto,  porque,  en  verdad,  lo ordenó el doctor Jaimes Sepúlveda-, también  indicó  administrar  diazepán.  Este  comportamiento  indica  que  sí  podía  ordenar  tratamiento  para la preeclampsia sin tener confirmación específica a  través  de  las últimas ayudas diagnósticas, y lo que es más grave aún, que  sí  sabía  la  verdadera  enfermedad  de  la  gestante  por sus inconfundibles  síntomas,  los  que  fueron temerariamente ignorados por el mismo galeno con un  errático diagnóstico que generó la pérdida de una vida humana.   

En este sentido, advera igualmente el letrado  que   la   literatura   médica  indica  la  necesidad  de  practicar  exámenes  complementarios  a  efecto  de  realizar  el  diagnóstico.  Basta  atenerse  al  calificativo  referido  para  dichos  estudios: complementarios, para comprender  que   ellos   sirven   para   reforzar   el   concepto   médico,  pero  no  son  categóricamente indispensables.   

El   dictamen   pericial   recomienda   la  realización     de     pruebas     científicas     periódicas    –entre  12  y 24 horas-, parámetro que  le  sirve  al  demandante para señalar que ello no fue materialmente posible en  el  caso  concreto dado que  la paciente permaneció escasas 10 horas en el  Hospital.   

Obviamente  que  no  podría  enjuiciarse  al  doctor  Prada  Becerra por no  repetir  ayudas diagnósticas en el intervalo indicado por el perito médico, ya  que  la hospitalización de la señora Ariza Téllez duró mucho menos tiempo en  ese  lugar  e  igualmente  desde  que  se prescribieron las pruebas de carácter  específico  (12:00  m.)  hasta  que  ella  fue trasladada transcurrieron solo 5  horas y 5 minutos.   

Se  recaba,  la  negligencia  reprobada  al  procesado  lo  es  debido  a  que  teniendo suficientes elementos de juicio para  identificar  desde  muy  tempranas horas de la mañana el verdadero padecimiento  de  la  gestante, los ignoró, para hacerlos coincidir con los de una patología  gástrica  que en los mismos términos fue medicada, permitiendo que se agravara  a  niveles críticos que terminaron por causarle la muerte a María Yaneth Ariza  Téllez.   

Y  es  que esta línea defensiva implementada  por  el togado quebranta el principio lógico de no contradicción, toda vez que  incluso  si  en gracia de discusión se admitiera la tesis en el sentido que una  actitud  prudente  en pro de diagnosticar con certeza la preeclampsia, demandaba  contar  previamente  con  los resultados de los exámenes de laboratorio o de la  observación  de signos más severos de la enfermedad, lo cierto es que haciendo  gala  de  extrema  negligencia  y como lo dijera el Ad quem hasta de una expresa  temeridad,   el   procesado,   en  todo  caso,  no  atendió  ni  a  unos  ni  a  otros.   

Es  así  que la Sala detecta que para cuando  los  doctores  Jaimes  y Prada  evaluaron  a  eso de las 12:00 m. los resultados de los exámenes de laboratorio  de  rutina,  que  revelaron alteraciones claramente indicativas de preeclampsia,  la  paciente  ya  había  manifestado  sentir  dolor  de cabeza (11:30 a.m.), el  cirujano    Valero    había   detectado   hematuria   macroscópica126   y  el  médico  Jaimes  consignó  en  la historia clínica, a esa misma hora, que ella  permanecía sintomática con epigastralgia y cefalea leve.   

En  efecto, las pruebas ordenadas al comienzo  de  la mañana revelaron un parcial de orina con evidencia de albuminuria de 300  mg,  es  decir,  de  proteinuria,  sangre positiva y leucocitaria mayor de 50/c,  cuadro  hemático  con  leucocitos  de  23.300  por  mm3,  Hb  14  gr/dl  y Hcto  43%127,  resultados  claramente  positivos  para preeclampsia, sobre todo,  considerando  la presencia infalible de proteína (albúmina) en la orina en una  cifra representativa de 300 mg y de hematuria.   

No  obstante  lo  anterior,  y  pese  a  ser  conciente  el  procesado  de  que  la  paciente  para  ese  instante  tenía una  preeclampsia,  pues  así lo admitió en la injurada128 y en la audiencia pública  de  juzgamiento  -y  lo  reitera  con  especial  énfasis  el  recurrente  en la  demanda-,   inexplicablemente  dicho  galeno  permaneció  inmutable  frente  al  tratamiento  adecuado  para  evitar  que  evolucionara hacia una eclampsia, pues  instruyó  al  médico  rural  para que continuara con la terapia adoptada desde  los  albores  de  la  mañana,  limitándose a prescribir exámenes específicos  para  descartar  HIE  y  síndrome  de Hellp (pruebas de función hepática TGO,  TGP,  bilirrubinas  totales  y  fraccionadas y extendido de sangre periférica),  que  en últimas, dada la evolución de la enfermedad, ya no eran indispensables  para confirmar el concepto médico.   

Vulneró el médico juzgado, por este aspecto,  el  parágrafo  del  artículo  10º de la Ley 23 de 1981 de acuerdo con el cual  “[e]l médico no exigirá  al  paciente  exámenes  innecesarios, ni lo someterá a tratamientos médicos o  quirúrgicos que no se justifiquen.”   

En  este  sentido,  con  cabal  acierto,  el  Tribunal  aseguró  que  si bien el procesado argumentó que solo hasta después  de  que  se  produjo  la  remisión  de  la  paciente  conoció  los  resultados  conclusivos  de la preeclampsia, “ninguna incidencia  tiene  el  reporte  tardío  de  esos  resultados  en  la  conducta médica o el  diagnóstico   del   Dr.   Prada   Becerra,   toda   vez  que  éste  persistió  negligentemente  en su indiferencia frente a la salud de la paciente y en la mal  praxis,  no  empece  haber  obtenido  otros  datos  importantes de severidad del  síndrome”129,    concretamente,   los  observados  entre  las  11:30  a.m.  y las 3:30 p.m.130.   

En  realidad, siendo claro al medio día para  el  doctor  Prada Becerra que  el  diagnóstico  era  de  preeclampsia -constituyendo prueba adicional de ello,  que   fue   ahí   cuando   prescribió  los  referidos  exámenes  científicos  específicos-,  resulta  del  todo  incomprensible  que el demandante insista en  señalar  que  los síntomas percibidos por el ginecólogo implicado a las 12:00  m.  del  19  de julio de 2002 “no pasaban de indicar  un  compromiso  posiblemente  gástrico  o  de úlcera gástrica y aún para esa  hora,  carecía  de  los  resultados de los exámenes de laboratorio”131,  cuando, se reitera, ella  persistía  sintomática con epigastralgia y cefalea y tanto la proteinuria como  los  niveles  de  glóbulos  rojos  en  la  orina  estaban  alterados  a  cifras  coherentes con la preeclampsia.   

El  argumento  de  la  defensa  es  aún más  contradictorio  si  se  considera que al tiempo que arguye que para las 12:00 m.  la  enfermedad  consistente,  de  acuerdo  con  los  signos  observados  por  su  mandante,  estaba  relacionada  con  una dolencia gástrica, también afirma que  conforme  a  los  resultados  reportados  en ese instante existían síntomas de  preeclampsia leve.   

Igualmente, el defensor critica al juez plural  por  tergiversar  la  historia  clínica al haber señalado que a las 12:00 m de  ese  día  persistía  en  la  paciente  la  sintomatología  de epigastralgia y  cefalea  y que fue solo para ese momento cuando el acusado ordenó los exámenes  de  laboratorio  específicos  para  descartar  la  enfermedad  hipertensiva del  embarazo.   

Pero,  resulta  que, justamente, escudriñado  dicho  documento,  se advierte que, en efecto, fue a esa hora cuando después de  ser    consultado    el    doctor   Prada   por   el   doctor   Jaimes   acerca  de  la  persistencia  de  la  sintomatología,  del  acaecimiento  de  cefalea  y  de  los  resultados  de los  exámenes  de  laboratorio  que  ordenó  en  tempranas horas de la mañana, los  cuales  exhibían valores alterados que sugerían la existencia de preeclampsia,  que  resolvió hacer pruebas de laboratorio específicas para esta enfermedad y,  sin  embargo,  dispuso  continuar  con  el  tratamiento para la presunta úlcera  gástrica,  según  explicó  en  su  indagatoria,  porque  sólo formula cuando  confirma  el  diagnóstico  y no cuando lo sospecha, premisa que es en sí misma  contradictoria  si  se  tiene  en  cuenta que ya había instruido un tratamiento  para  una  supuesta  dolencia  ácido  péptica,  que  para  ese entonces apenas  consideraba como una probabilidad.   

No se percibe, por lo tanto, la desfiguración  imputada  por  el  togado a la sentencia de segunda instancia; por el contrario,  se  insiste,  apegándose  a  la realidad reflejada en la historia clínica, los  falladores  localizaron uno más de los tantos comportamientos transgresores del  deber  objetivo  de  cuidado  por  parte  del  ginecólogo  Prada  Becerra,  que  inexorablemente  incrementó  el  riesgo permitido y facilitó que se concretara  en la muerte de la paciente.   

Sobre  el mismo aspecto, también se reprueba  al   fallador   plural  por  señalar  que  a  dicha  hora  el  médico  juzgado  “tuvo  a  su  alcance  un significativo y abundante  conjunto  de  síntomas  de la preeclampsia, y no de la leve, sino de la severa,  incluso   algunas  propias  de  fases  más  avanzadas  como  del  síndrome  de  HELLP”   ya   que  “la  paciente,  a  esa  hora  no  tenía  EDEMA  o  Hinchazón  ni  en  rostro, ni en  extremidades,  la  Proteinuria, se reportó en límites BORDEN LINE, o sea entre  lo  normal y lo anormal; los Glóbulos Rojos en la orina fueron reportados entre  4  a  7  por  campo,  cuando  lo normal es entre 4 a 5, por campo (dos glóbulos  rojos  de  más), no reportó cilindruria que significa lesión renal, plaquetas  reportó  237.000  por  mm3,  siendo  anormal  un  recuento  INFERIOR  a 150.000  plaquetas   por   mm3”132,   lo   que   en  cambio,  indicaría solamente la existencia de preeclampsia leve.   

Al  respecto  ninguna distorsión se observa,  pues,  tal  como  se  viene narrando y lo argumentó el Tribunal, a las 12:00 m.  los  médicos  del  Hospital  San  Antonio tuvieron noticia cierta de que María  Yaneth  presentaba  varios  signos  de  preeclampsia,  no únicamente de la leve  (presión  sistólica de 140 y diastólica de 90, proteinuria -albúmina- en una  cifra  de  300  mg,  hematuria  -4  a  7  hematíes  por  campo-  y alteraciones  hematológicas      -43%     de     hematocrito-133),   sino   de  la  severa  (epigastralgia,   émesis   y  vómito)  y,  si  bien,  no  se  podría  indicar  fundadamente  que tenía síntomas de síndrome de Hellp pues este corresponde a  la  fase  más  avanzada  de  la eclampsia, lo realmente criticado por el cuerpo  colegiado   es   que  siendo  para  ese  instante  nítido  el  diagnóstico  de  preeclampsia,   el   ginecólogo   haya  insistido  en  mantener  invariable  el  tratamiento  para  la  presunta  úlcera gástrica, facilitando en el entretanto  que    las    condiciones    clínicas    de    María   Yaneth   se   siguieran  deteriorando.   

En  este  específico  punto,  con  apego  al  criterio  científico  que  informa  la  ciencia  médica,  el  Ad quem hizo las  siguientes consideraciones:   

“Entonces y como  quiera  que  la  preeclampsia-eclampsia  es una enfermedad que compromete varios  órganos   y   funciones   como   la   hepática,   renal   cerebral,  endocrina  cardiovascular         y        hematológica134,   resulta   importante  advertir   que   los   resultados   del  laboratorio  evidenciaron  alteraciones  significativas  en  la  orina  como  era la presencia de hematuria macroscópica  (sic)135 que es una señal del problema renal.   

“Se  denomina  hematuria  a  la  presencia  de  glóbulos  rojos  o  hematíes  en la orina. La  presencia  de  más de 5 hematíes por campo microscópico orienta a una lesión  de    las    vías   urinarias   o   del   riñón136.   La   paciente  María  Yaneth   Torres   presentaba  4-7  hematíes  por  campo,  en  las  mujeres  los  parámetros  normales  son  de 4-5 x c”.137   

También   se  reportaron  en  el  examen  alteraciones  hematológicas  toda vez que el hematocrito, fue del 43% cifra que  es  alta  si  se  tiene en cuenta que según la literatura científica es normal  que  en  una  embarazada esté en 34.7%, y en una no embarazada en 38.2%. En una  mujer  con  preeclampsia  el  valor  es  de  40.5%.138   

Así  las  cosas y si el hematocrito de la  hoy  fallecida  era  de 43% significa que estaba elevado y que revelaba también  la presencia del síndrome hipertensivo.   

En lo que tiene que ver con proteinuria se  dice  que  es  otro  de  los  síntomas  asociado a la preeclampsia, y que se ha  integrado  como  parte  de  su  definición,  al punto de describirse como “el  desarrollo     de     la     hipertensión    con    proteinuria    debido    al  embarazo”139   

“La proteinuria es un signo importante de  preeclampsia.  Se  define  como la presencia de 300 mg o más de proteína en la  orina          en          24         horas.140   

“La  proteinuria  constituye  siempre un  hallazgo  de  laboratorio  debe  alertar  hacia  un proceso renal potencialmente  importante.   

“El  término Proteinuria se emplea para  definir  la  presencia de proteínas en la orina, esta proteína es generalmente  la albúmina”   

En  el  caso sub examine, el análisis del  laboratorio  de  bacteriología  reportó una cifra de 300 mg. de albúmina, que  era   de   acuerdo   a  lo  anteriormente  transcrito  un  signo  importante  de  preeclampsia,  que  tampoco  suscitó  en el acusado ninguna modificación en el  diagnóstico    y   menos   en   la   indicación   médica   y   farmacológica  inicial.   

Expuso  el  galeno  que  el  reporte  de  plaquetas  fue  normal, y eso le dio tranquilidad, pero que “aunque el parcial  de  orina  reportó  proteinuria  dentro  de  parámetros anormales se empezó a  encasillar  a  la  paciente  obviamente  que  en una preeclampsia”141   

Con base en lo anterior se pregunta la Sala  por  qué  entonces  si  a  las  doce  del  día el acusado tuvo a su alcance un  significativo  y  abundante conjunto de síntomas de la preeclampsia, y no de la  leve  sino  de  la  severa  (…),  no  varió  el  diagnóstico  y  comenzó un  tratamiento  agresivo  para  detener  el  avance  de  la enfermedad?”142   

La ruptura de los parámetros que informan la  lex  artis en el tratamiento  de  la  preeclampsia  se exacerbó cuando a las 2:45 p.m. el doctor Prada  Becerra reiteró la instrucción de  continuar  con la misma terapia implementada desde que valoró a la paciente por  primera  vez,  determinación  que  sostuvo inflexible  hasta las 3:30 p.m.  pese  a  la  previa aparición de manifestaciones irrefutables de la enfermedad:  pies  dormidos  y náuseas a las 2:30 p.m.; cefalea, náuseas, visión borrosa y  presión  arterial  de  200/120 a las 3:00 p.m. y presión arterial de 200/125 a  las 3:10 p.m..   

Por  manera  que  con  acierto el dictamen de  medicina legal señala:   

“Pese  a  que  todos  los  síntomas  y  signos  clínicos  de  la  paciente y los exámenes de  laboratorio  indican  que la paciente presenta una preeclampsia grave complicada  con  inminencia  de  eclampsia, se insiste en tratamiento como enfermedad ácido  péptica,  sin  tomar  las  medidas farmacológicas encaminadas al control de la  misma  y  es  así  como  a  las  15:00 horas según las notas de enfermería la  paciente  presenta  pico  de  TA de 200/120 y a las 15:10 de 200/125 con cefalea  intensa,  nauseas y visión borrosa, el médico de turno comenta la paciente con  el  ginecólogo  quien indica diazepan, continuar seguimiento y remitir a centro  asistencial    de   3   ó   4   nivel”143.   

Aduce el defensor que cuando su representado y  el  doctor  Jaimes  Sepúlveda  reevaluaron  a  la  paciente  a las 2:30 p.m. no  encontraron  dolor  epigástrico  ni  de  cabeza,  así  como que en horas de la  mañana  tras  proveer  los  medicamentos  ordenados se reportó que estaba más  calmada,  lo que significa que el tratamiento para la enfermedad ácido péptica  había  surtido  efecto y que se cumplió el deber consignado en el artículo 13  de la Ley 23 de 1981.   

Pero,  ignora que i) desde tempranas horas de  la  mañana  se le habían aplicado fármacos para inhibir el vómito, ii) a eso  de  las  11:30  a.m.  María  Yaneth empezó a registrar cefalea, iii) el doctor  Valero  dio  cuenta  de  que  la  paciente  tenía  hematuria macroscópica, iv)  subsecuentemente   empezó   a  exhibir  otros  signos  característicos  de  la  preeclampsia  y  v)  a  las  2:30  p.m.  tenía  náuseas  y  los pies dormidos,  síntomas manifiestos de dicho síndrome.   

En efecto, solo cuando advirtió la inminencia  de  la  eclampsia  fue  que  finalmente  optó        por       proporcionar     diazepan              –anticonvulsionante-  y remitir a la paciente a un centro asistencial  de  tercer  o cuarto nivel, lo que de hecho, valga resaltar, ya había dispuesto  el  doctor  Jaimes  desde las 3:10 p.m. porque como lo afirmó en la indagatoria  “un signo de tensión arterial alta o elevada (…)  es   un   signo   completamente   claro”144,  profesional  de  la  medicina  éste que, así mismo, gestionó ante el Hospital  del   Socorro   el   traslado,   realizó   la   epicrisis   y   suscribió   la  remisión.   

Sostiene el libelista que la enfermedad sólo  se  desenmascaró  a las 3:00 p.m. porque la paciente presentó la primera cifra  alta  tensional  (220/120),  cefalea,  náuseas  y  visión  borrosa; esto no es  cierto,  porque,  se  insiste,  la preeclampsia fue ostensible incluso desde que  María  Yaneth  tuvo  la presión arterial en 140/90 y manifestó epigastralgia,  vómito y ausencia de movimientos fetales desde 3 días atrás.   

Tampoco  es  claro  que  la  paciente hubiese  tenido  un  incremento  de  la  presión arterial entre las 7:30 a.m. y las 3:00  p.m.  pues  informa  la historia clínica que entre esas dos horas no se tuvo la  precaución  de  tomarle  regularmente  la  presión, luego, se desconoce si las  cifras   correspondientes  pudieron  ir  subiendo  paulatinamente  sin  que  los  médicos se percataran de esta situación.   

La  falta de control constante de la presión  arterial  a  lo largo de varias horas, impidió, además, que ante la aparición  de  una  cifra  superior a 100 mm/Hg se le suministrara de inmediato un fármaco  antihipertensivo   (clorhidrato   de   hidralacina),   lo  que  hubiera  evitado  seguramente el riesgo de que convulsionara.   

Ahora,  sea  el  momento  para  señalar  que  verificados  los fallos de instancia no se observa ningún reproche al encartado  por  medicar dosis subterapéuticas de sulfato de magnesio a María Yaneth Ariza  Téllez,  razón  por  la  que desde ese punto de vista, el defensor no tendría  ninguna legitimidad para criticar en casación dichas providencias.   

Con  todo,  para  puntualizar  es  importante  indicar  que  razón  le  asiste  al libelista para reprobar el dictamen médico  legal  que  le  achacó  a su asistido el haber administrado dosis inferiores de  dicho  medicamento  a  María  Yanet  Ariza Téllez, pues auscultada la historia  clínica  se  observa  que  exacta  cantidad  a  la  sugerida  por  la  doctrina  especializada              –“10 gramos (5  ampollas  al  20%),  en  500  ml,  de dextrosa al 5 o al 10%. Los primeros cinco  gramos  (275  ml= de la solución se aplicarán en forma rápida durante unos 15  a  30  minutos (35 gotas/min.). Los restantes 5 gramos a la dosis de 1 gramo por  hora.    (18    gotas    por    min)”145-  le  fue  aplicada,  misma  que  indicó  el  galeno  del  Hospital  del Socorro (rango de  mantenimiento  de  2  gr  por hora) y que reiteró la ginecóloga de la Clínica  Chicamocha de Bucaramanga.   

Por lo que sí cabe cuestionar el proceder del  acusado,  es por no haber aplicado el sulfato de magnesio de forma profiláctica  y  algún medicamento para controlar la hipertensión cuando la inminencia de la  eclampsia  era  evidente,  esto  es,  antes  de  que  convulsionara, oportunidad  indicada    por    la    literatura    científica146   para  proceder  en  tal  sentido,  en  la  medida  que  tiene  efecto  preventivo  del cuadro clínico de  eclampsia.   

Nótese   que   sólo   para   cuando  ella  convulsionó  y  se  puso  cianótica,  a  eso  de  las  4:40  p.m.  ordenó  la  administración   de   dicho   producto   farmacológico  y  que  antes,  cuando  desarrolló  una  presión  arterial  de  220/125,  se  limitó  a  disponer  el  suministro  de diazepan, que si bien tiene efecto anticonvulsionante, sirve como  medicamento   complementario,   que  no  fundamental  o  esencial  en  casos  de  eclampsia147.   

Así las cosas, distinto a lo adverado por el  recurrente,  tampoco  por  este  aspecto, cumplió con los prudentes cuidados de  que  trata  el artículo 10 de la Ley 23 de 1981 y, en cambio, no protegió a su  paciente  del  sufrimiento,  no  mantuvo  incólume  su  integridad, ni usó los  métodos  y  medicamentos a su disposición, como lo consagran los artículos 1,  numeral 3, y 13 ejúsdem.   

Ahora,  estando  vinculado  el procesado a un  centro  asistencial  de  primer  nivel  y  siendo la preeclampsia una enfermedad  progresiva  y  de la mayor prioridad y gravedad, con los juzgadores, la Corte es  del  criterio  que  el  galeno investigado no realizó la remisión oportuna de la paciente a una institución  hospitalaria  de tercer o cuarto nivel, y no cumplió con el deber de informarle  desde  un  inicio  los riesgos a que se exponía de continuar siendo atendida en  ese lugar.   

Sobre    el    particular,   el   A   quo  sostuvo:   

“En   otras  palabras,  desde  cuando observó los (sic) evoluciones clínicas que presentaba  MARÍA  YANETH  ARIZA,  el  doctor  ALFONSO  PRADA BECERRA adquirió el deber de  realizar  las gestiones necesarias para obtener el traslado de la paciente a una  institución  hospitalaria  de  nivel  tres,  o  bien  informarle  acerca de los  riesgos  que  se  generaban para la vida y salud tanto de ella como del hijo que  estaba  por  nacer  en  el evento de que siguieran en el Hospital San Antonio de  Puente  Nacional,  pero  lo que en cambio hizo fue disponer que ésta continuara  bajo  el  tratamiento  diagnosticado para tratar una enfermedad ácido péptica,  pese  a  que  los  síntomas  como  según lo establece el Instituto Nacional de  Medicina  Legal  y  Ciencias  Forenses, indicaban que la paciente presentaba una  preeclampsia   grave   complicada   con   inminencia   de  eclampsia”148.   

La  conducta  exigible a un profesional de la  medicina  especializado en ginecología y obstetricia de importante trayectoria,  frente  a  las  inocultables  limitaciones  técnico  logísticas de los centros  asistenciales  de  primer  nivel  del  país  y  un  cuadro  clínico  claro  de  preeclampsia  era  la  inmediata remisión de la gestante a un hospital de mayor  jerarquía (tercer o cuarto nivel).   

Sin  embargo,  no lo hizo oportunamente y, en  cambio,  ordenó  su  hospitalización,  según lo manifestó el recurrente para  cumplir  con  el  contenido  normativo  del artículo 10º de la Ley 23 de 1981,  según   el  cual  “[e]l  médico  dedicará  a su paciente el tiempo necesario para hacer una evaluación  adecuada  de  su  salud  e indicar los exámenes indispensables para precisar el  diagnóstico    y   prescribir   la   terapéutica   correspondiente”.   

Pero,  ocurrió justamente lo contrario, esto  es,  no  evaluó  adecuadamente  la  condición de salud de la paciente, tampoco  estableció  con  los exámenes de rutina el diagnóstico correspondiente y, por  lo  tanto,  ni la remitió oportunamente a un nivel de atención de mayor nivel,  ni   le  brindó  el  tratamiento  efectivo  para  evitar  que  la  preeclampsia  degenerara en eclampsia.   

Así  mismo,  que  el  médico  cirujano  que  también  valoró  a  María  Yaneth  hubiera  sugerido  tratamiento ambulatorio  –que  en  todo caso no se  ejecutó-  quebrantando  el  artículo  15  ejúsdem,  en  tanto el galeno está  obligado  a no exponer a su paciente a riesgos injustificados, en nada varía la  situación  del  procesado,  pues  la  hospitalización  en  una institución de  primer  nivel,  bajo  las  condiciones  clínicas en las que estaba la gestante,  justamente,  equivale  a  la  exposición  innecesaria  a un grave riesgo que le  estaba  normativamente  prohibida,  máxime  cuando  durante  dicha internación  clínica dio un tratamiento para una patología que no padecía.   

Lo   prudente   no   era   sugerir  terapia  ambulatoria,  pero  tampoco  hospitalizarla  para  someter  a  la  enferma  a un  tratamiento equivocado.   

Asegura   el   libelista  que  al  formular  ranitidina,  metoclopramida  y  antiácido  respetó  el  precepto reglado en el  artículo  13  ejúsdem;  pero en sana lógica la Sala no logra comprender cómo  es  que  la  medicación  con  fármacos  que  ninguna  relación tenían con el  padecimiento  de  María  Yaneth  Ariza  Téllez  podría  responder  al  baremo  conforme  al  cual  “[e]l  médico    solamente    empleará    medios    diagnósticos    o   terapéuticos   debidamente   aceptados   por   las   instituciones  científicas  legalmente  reconocidas”. (Subrayas de la Sala).   

Del  mismo  modo,  en aras de encontrar otras  justificaciones  para  desligar  el  disvalor  de  acción  del de resultado, el  demandante  argumenta que el juez plural inadvirtió que el Hospital del Socorro  tardó  en  aceptar la remisión, que el traslado hasta la ciudad de Bucaramanga  demoró   7   horas   y  que  la  organización  administrativa  en  salud,  por  circunscripción   territorial   departamental,  impidió  remitir  a  la  madre  gestante a la ciudad de Tunja.   

Sobre el particular, no se advierte que entre  la  decisión  del  doctor  Jaimes  Sepúlveda,  que  no del doctor Prada    Becerra    -como   le   hubiera  correspondido  de  comportarse como un profesional idóneo-, de remitir a María  Yaneth  a  un  centro  asistencial  de  tercer  o  cuarto nivel (3:10 p.m.) y la  confirmación   de   la   misma   por   el   doctor   William  Peña149   del  Hospital  del  Socorro  (4:00  p.m.)  hubiera transcurrido mucho más tiempo (50  minutos)  que  el que por ejemplo, de manera negligente se dejó transcurrir sin  remitir  a  la  enferma  desde que llegó al servicio de urgencias (diez horas y  cinco  minutos)  o por lo menos, a partir de que se conocieron los resultados de  las   pruebas   de   laboratorio  de  rutina  (cinco  horas  y  cinco  minutos).   

Pues  bien, seguramente el tiempo de traslado  desde  Puente  Nacional  a Bucaramanga –de  cuatro  horas  y  55  minutos (no de 7 horas como erradamente lo  menciona  el libelista)- quizás incidió en el deterioro progresivo de la salud  de  María  Yaneth  Ariza Téllez, pero no se puede perder de vista que para ese  momento   el   cuadro  clínico  había  variado  de  preeclampsia  a  eclampsia  (convulsiones  tónico  clónicas  generalizadas)  permaneciendo  en estado post  ictal,  exactamente, porque el enjuiciado permitió que la señora Ariza Téllez  involucionara  hacia  un  estado  tan  crítico  como  ese,  y  que fue por esta  conducta,   que   en   términos   generales   se   le   elevó   el  juicio  de  reproche.   

En  efecto,  es  evidente que al equivocar el  diagnóstico  y  prescribir  un tratamiento médico incoherente con la afección  hipertensiva    que    padecía    María   Yaneth,   el   doctor   Prada   Becerra   incrementó   de  forma  relevante  el  riesgo  permitido  jurídicamente,  pues  por  falta  de  terapia  preventiva  adecuada  se  perdió  tiempo  valioso  entre el momento que aquella  aquejó   los   primeros   síntomas   de   la  preeclampsia  y  desarrolló  la  eclampsia.   

De  este modo, distinto a lo aseverado por el  censor,  no es que se hubiere efectuado una suerte de extensión de la cláusula  de  posición  de garante para hacerlo responsable por todo aquello que sucedió  con  posterioridad  a  que egresara del Hospital San Antonio. No, a Alfonso  Prada  Becerra  se  lo  acusó  y  condenó  por  la  falta  de sujeción a los protocolos médicos de atención en  urgencias    para    la   detección   y   tratamiento   de   la   preeclampsia,  específicamente,  por  haber  observado los signos evidentes del síndrome y no  tomar  las  medidas  terapéuticas  indispensables  para  evitar  el  compromiso  multisistémico a que condujo la eclampsia.   

No  se  puede  perder  de vista que, tal como  acertadamente  lo destacó el Ad quem, si bien conforme a la literatura médica,  en  principio,  la  preeclampsia  es  una  enfermedad impredecible, que se puede  desarrollar     de    manera    súbita,    sus    signos    son    previsibles   a   través   de  atención  prenatal  y asistencia obstétrica de buena calidad y, controlables, si se logra  un  diagnóstico  certero y precoz a partir del reconocimiento de los síntomas,  a  fuerza  que  los  objetivos  del  tratamiento de la preeclampsia son bajar la  presión  arterial  y  prevenir  las  convulsiones  (eclampsia)  y demás fallas  orgánicas150.   Es   de   este   modo   que   se   pregona  que  “[u]n  tratamiento  adecuado  de la preeclampsia puede evitar que se  presente  la  eclampsia”151.   

En  este  apartado  es oportuno para la Corte  cuestionar  otra  de las afirmaciones del galeno acriminado, cuando expuso en su  injurada  que:  “Aunque el parcial de orina reportó  proteinuria  dentro  de  parámetros  anormales  se  empezó  a  encasillar a la  paciente  obviamente  que  era  una  preclamsia  (sic)  y  hasta  ese momento no  existía      la     inminencia     de     la     eclamsia     (sic)”152,  proposición  que  tiene  una  connotación  inversa,  es decir: el paso inmediato de la preeclampsia a la  eclampsia  no  implica  esperar  a  que  la  segunda se presente, sino evitarla,  tratando adecuadamente la primera.   

Contrariando  este protocolo, el doctor Prada  Becerra  no solo se equivocó en el diagnóstico cuando tuvo a su alcance signos  manifiestos  para  determinarlo, o por lo menos, sospecharlo y por consiguiente,  prescribió   un   tratamiento   inadecuado,  sino  que  al  observar  síntomas  inequívocos  de  la enfermedad a eso de las 12:00 m. del 19 de julio de 2002 no  hizo  nada  para  evitar  que  fuera  inminente la eclampsia, comportamiento que  reiteró  sin más, hasta que la situación de salud de su paciente fue crítica  e irreversible.   

Para la imputación objetiva del resultado se  requiere  como primer nivel de adecuación, una conexión de causalidad entre el  disvalor  de  acción y el de resultado y, en este caso, la creación del riesgo  jurídicamente   desaprobado   por   emplear  métodos  y  medicamentos  que  no  respetaron  el  estándar  mínimo,  es  impostergable  atribuir responsabilidad  penal al enjuiciado por este específico aspecto.   

Como  no  se  demostró  la existencia de los  errores  de  hecho  en las modalidades de falso juicio de identidad y raciocinio  denunciados  por  el  censor y, por el contrario, las sentencias son sólidas en  la  construcción  racional  de la responsabilidad penal que le asiste al doctor  Alfonso  Prada  Becerra  en  calidad  de  autor  del delito de homicidio culposo, atendiendo la petición que  formula  el  Ministerio  Público,  es  diáfano  que  tampoco por razón de los  cargos  segundo  y  tercero  de  la  demanda,  hay  lugar  a  casar la sentencia  condenatoria impugnada.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

No   casar  la  sentencia  del  31  de  marzo  de  2009 proferida por la Sala Penal del Tribunal  Superior de San Gil.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

En     consecuencia,     devolver  la  actuación  al  Tribunal  de  origen.   

Notifíquese y cúmplase.  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

JOSÉ  LUIS BARCELÓ CAMACHO   

            

FERNANDO  ALBERTO CASTRO CABALLERO  

MARÍA  DEL ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ   

            

GUSTAVO  ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

            

   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ   

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1 Desde  ya,  la  Corte  precisa  que  la ampicilina no fue formulada por el doctor Prada  Becerra sino por el doctor Jaimes Sepúlveda.   

2 Cfr.  folios  1-4 de la sentencia de segunda instancia a folios 51-54 del cuaderno del  Tribunal.   

3 Cfr.  folios 3-4 del cuaderno principal original.   

4 Cfr.  folio 9 ibídem.   

5 Cfr.  folios 27-38 ibídem.   

6 Cfr.  folio 40 ibídem.   

7  Médico   especialista   en   cirugía   general   que  también  valoró  a  la  paciente.   

8 Cfr.  folios 64-65 del cuaderno principal original.   

9 Cfr.  folio 196 ibídem.   

10 Cfr.  folios 222-231 ibídem.   

11  Cfr. folios 286-295 ibídem.   

12  Cfr. folio 298 ibídem.   

13  Cfr. folio 235 ibídem.   

14  Cfr. folios 346-355 ibídem.   

15  Cfr. folio 396 ibídem.   

16  Cfr. folios 370-396 ibídem.   

17  Cfr. folios 51-106 del cuaderno del Tribunal.   

18  Cfr. folio 107 ibídem.   

19  Cfr. folios 128-289 ibídem.   

20  Cfr. folio 5 ibídem.   

21  Cfr. folios 7-33 ibídem.   

22  Cfr. folio 80 de la demanda a folio 208 ibídem.   

23  Cfr. folio 81 de la demanda a folio 209 ibídem.   

24  Ibídem.   

25  Cfr. folio 83 de la demanda a folio 211 ibídem.   

26 La  Sala  advierte  que  la  demanda  no  cuenta  con  su folio 117; en su lugar, el  demandante repitió el folio 17 de la misma.   

27 Los  juzgadores la cercenaron u omitieron momentos importantes.   

28  Cfr. folio 119 de la demanda a folio 247 ibídem.   

29  Cfr. folio 120 de la demanda a folio 248 ibídem.   

30  Ibídem.   

31  Cfr. folios 120-121 de la demanda a folios 248-249 ibídem.   

32  Cfr. folio 123 de la demanda a folio 251 ibídem.   

33  Cfr. folio 124 de la demanda a folio 252 ibídem.   

34  Cfr. folio 126 de la demanda a folio 254 ibídem.   

35  Cfr. folio 133 de la demanda a folio 261 ibídem.   

36  Ibídem.   

37  Cfr. folio 135 de la demanda a folio 263 ibídem.   

38  Cfr. folio 138 de la demanda a folio 266 ibídem.   

39  Ibídem.   

40  Ibídem.   

41  Ibídem.   

42     Cfr.    folio   140   de   la   demanda   a   folio   268  ibídem.   

43  Cfr. folio 141 de la demanda a folio 269 ibídem.   

44  Cuyos  autores  son  los  médicos  Jaime  Botero,  Alfonso  Jubiz  y  Guillermo  Henao.   

45  Cfr. folio 142 de la demanda a folio 263 ibídem.   

46  Cfr. folio 144 de la demanda a folio 274 ibídem.   

47  Cfr. folio 146 de la demanda a folio 275 ibídem.   

48  Cfr. folio 155 de la demanda a folio 286 ibídem.   

49  Cfr. folio 13 del concepto a folio 19 del cuaderno de la Corte.   

50  Cfr. folio 14 del concepto a folio 20 ibídem.   

51 Sea  esta  la  oportunidad  para que la Corte precise que contrario a lo indicado por  el  señor  Procurador  en  el  caso  examinado  no  se practicó necropsia a la  víctima.   

52  Cfr. folio 25 del concepto a folio 31 ibídem.   

53  Cfr. folio   

54  Cfr. folio 141 del cuaderno principal original.   

55  Así lo informa el dictamen médico legal de ginecología.   

56  Cfr. folios 199-200 ibídem.   

57 El  lapso  para  alegar de conclusión corrió entre el 6 y el 15 de marzo de 2006 y  el escrito fue presentado el 16 siguiente.   

58  Cfr. folio 230 ibídem.   

59  Cfr. folios 231 vuelto y 232 ibídem.   

60  Cfr. folio 233 ibídem.   

61  Cfr. folio 234 ibídem.   

62  Cfr. folios 235-242 ibídem.   

63  Cfr. folios 255-268 ibídem.   

64  Cfr. folio 308 ibídem.   

65  Cfr. folio 311 ibídem.   

66  Cfr. folios 316-318 ibídem.   

67  Cfr. folios 319 y 323 ibídem.   

68  Cfr. folio 325 ibídem.   

69  Cfr. folios 356-368 ibídem.   

70  Cfr. folio 354 ibídem.   

71 El  artículo  9º  del  Código  Penal  prevé  que “la  causalidad   por   sí   sola   no  basta  para  la  imputación  jurídica  del  resultado.”   

72  Entendida  como  el  conjunto  de  reglas  científicas  o  de  la  experiencia,  verificables  y  actuales que integran el conocimiento aprobado por la comunidad  científica.   

73  ROXIN, Claus. Derecho penal. Parte General. P. 66.”   

74 De  acuerdo  con  el  artículo  12  ejúsdem,  “[e]l  médico solamente empleará  medios   diagnósticos   o   terapéuticos   debidamente   aceptados   por   las  instituciones científicas legalmente reconocidas.”   

75 En  los  términos  del artículo 10 de la Ley 23 de 1981, “[e]l médico dedicará  a  su  paciente  el  tiempo  necesario para hacer una evaluación adecuada de su  salud  e  indicar  los  exámenes indispensables para precisar el diagnóstico y  prescribir la terapéutica correspondiente.”   

76 Al  tenor  del  artículo  15  ejúsdem, el médico debe pedir el consentimiento del  paciente  “para aplicar los tratamientos médicos y quirúrgicos que considere  indispensables  y  que  pueden  afectarlo  física o síquicamente, salvo en los  casos  en  que  ello  no  fuere  posible,  y  le  explicará al paciente o a sus  responsables de tales consecuencias anticipadamente.”   

77  Sentencia del 11 de abril de 2012, radicación 33.920.   

78  MESA   R.   Clara   María;  ESCOBAR,  Juan  Arturo;  ESTUPIÑÁN,  Adán;  GÓMEZ  F.,  Carlos  Alberto.  Síndrome  hipertensivo del  embarazo.  Guías  de práctica clínica basadas en la evidencia. Seguro Social.  Cfr. folios 83 y ss del cuaderno principal original.   

79  Sistólica.   

80  Diastólica.   

81 Op.  cit.   MESA   R.   Clara   María.   Cfr.   folio   84  del  cuaderno  principal  original.   

82  Mujeres  nulíparas,  con  antecedentes familiares de preeclampsia, preeclampsia  severa   en  embarazos  anteriores,  embarazo  múltiple,  obesidad,  enfermedad  subyacente  (hipertensión  crónica,  enfermedad  renal,  diabetes,  enfermedad  autoinmune,  síndrome  de  Cushing,  feocromocitoma),  adicción a la cocaína,  edad  menor  a  20  años  o  mayor de 35, desventaja socioeconómica (exceso de  trabajo  físico,  nutrición  inadecuada,  mala  educación, pobreza). Op. cit.  MESA R. Clara María. Cfr. folio 89 ibídem.   

83  NORWITZ,  Errol  R.;  HSU,  Chaur-Dong;  REPKE John T.. Clínicas obstétricas y  ginecológicas.  Mc  Graw  Hill.  México.  2002.  Cfr.  folio  116 del cuaderno  principal original.   

84  DENNIS,  III  Edward J.; MCFARLAND, Kay F.; HESTER, Jr. Lawrence L. Síndrome de  preeclampsia-eclampsia.  En:  Tratado  de  obstetricia  y  ginecología.  Cuarta  edición.  Nueva editorial interamericana S.A. de C.V. México, 1987. Cfr. folio  148 ibídem.   

85  Presencia de proteínas en la orina.   

86 Es  una  pérdida  parcial  del  campo  visual,  permanente o temporal, en la que se  perciben zonas oscuras que impiden enfocar los objetos.   

87 Son  sensaciones luminosas subjetivas que persisten en la retina.   

88  Pérdida   total   o   casi   completa  de  visión,  producida  por  una  causa  orgánica.   

89  Dolor de cabeza.   

90 Es  una  sensación  acústica  en el oído que percibe la persona pese a que no hay  ninguna fuente real sonora o física que la genere.   

91  BAUTISTA,  Alejandro.  Hipertensión  y  embarazo. P. 501. a folio 78 vuelto del  cuaderno de anexos.   

92  Centro  Estatal de Información en Salud. Medicina de Urgencias, Primer Nivel de  Atención.  Fisiopatología de la preeclampsia. p. 2. Cfr. folio 11 del cuaderno  de anexos.   

93  Sobre  la  dosis  terapéutica  del  sulfato  de  magnesio  indicada  con efecto  anticonvulsionante,  vasodilatador periférico, diurético suave y bloqueador de  catecolaminas  a  nivel  suprarrenal,  se  señalan varias formas de suministro,  entre   ellas:   “Se  utiliza  cuando  ingresa  la  paciente.  Se  usa por vía venosa. Se colocan 10 gramos (5 ampollas al 20%), en  500  ml,  de  dextrosa  al  5 o al 10%. Los primeros cinco gramos (275 ml= de la  solución  se  aplicarán  en  forma  rápida  durante  unos 15 a 30 minutos (35  gotas/min.).  Los  restantes  5 gramos a la dosis de 1 gramo por hora. (18 gotas  por  min).  (…)  Si  el  cuadro  es  muy severo con peligro de convulsión, se  pueden  aplicar  4 gm. I V. durante 10 minutos y seguir luego una dosis de 1 g.,  por  hora.  La  dosis de sostenimiento se aplicará solo durante las primeras 24  horas.”   JUBIZ   H.,  Alfonso.  Hipertensión  inducida  por  el embarazo (HIE). p.283. Cfr. folio 171  vuelto del cuaderno principal original.   

Así     mismo:     “inicialmente  4  g  por vía intravenosa en 250 ml de dextrosa a 5%  en  agua y 4 g por vía intramuscular profunda en cada glúteo; después 4 g por  vía  intramuscular  profunda  alternando  los  glúteos cada 4 horas p.r.n. Las  dosis  subsecuentes se basan en las concentraciones sanguíneas de magnesio y en  la  excreción  urinaria  de  este  ion, sin exceder de 40 g al día”.   Guía  profesional  de  Medicamentos.  Editorial  El  Manual  Moderno S.A. de C.V. México D.g. p. 245 a folio 45 ibídem.   

También: “Debe  utilizarse  disuelto en Dextrosa al 5% en agua destilada (DAD5%) para lograr una  mezcla  no  muy  hipertónica.  Utilizamos  el Esquema Zuspan: 30 gr de Magnesio  durante  24 horas. Un bolo inicial de 6 gr, seguido de una infusión continua de  1  gr./hora”.  BAUTISTA, Alejandro. Hipertensión y  embarazo. P. 511. a folio 81 ibídem.   

94  Centro  Estatal de Información en Salud. Medicina de Urgencias, Primer Nivel de  Atención.   Fisiopatología   de   la   preeclampsia.   p.   2.  Cfr.  folio  9  ibídem.   

95  Cfr. 19-20 del cuaderno principal original.   

96  Cfr.  folio  19  de  la  sentencia de segunda instancia a folio 388 del cuaderno  principal original.   

97  Folio 14 cuaderno copia.   

98  www.elizalde.gov.ar/areamédica/normas.   

99  Folio 15 cuaderno copia.   

100  Folio 16 vto cuaderno copia.   

101  Folio 15 cuaderno copia.   

102  Cfr.  folio  48-50  de  la  sentencia  de  segunda instancia a folios 98-100 del  cuaderno del Tribunal.   

103  Cfr. folio 142 del cuaderno principal original.   

104  Cfr.  folios  33  y 41 de la sentencia de segunda instancia a folios 83 y 91 del  cuaderno del Tribunal.   

105  Cfr. folio 49 vuelto del cuaderno principal original.   

106  Inciso  segundo,  numeral 2º del artículo 1º de la  Ley 23 de 1981.   

107  Cfr. folio 120 de la demanda a folio 248 del cuaderno del Tribunal.   

108  Para esa época estaba prestando el servicio social obligatorio.   

109  En  su  indagatoria,  el  doctor  Jaimes  Sepúlveda  manifestó  que es posible  diferenciar   entre  una  enfermedad  ácido  péptica  y  la  preeclampsia  con  inminencia  de eclampsia se da porque la primera “es  un  cuadro  en  el  cual  hay  un dolor abdominal de una evolución variante, es  decir  usted puede tener gastritis aguda o crónica”  mientras  que  la segunda “tiene asociado elevación  de  tensión  arterial”. Cfr. folio 75 del cuaderno  principal original.   

110  Cfr. folios 49 y vuelto ibídem.   

111  GABBE,  Stiven;  SCOTT,  James. Clínicas obstétricas y ginecológicas. Mc Graw  Hill.   México.   2002.   Cfr.  folio  116  del  cuaderno  principal  original.   

112  DENNIS,  III  Edward J.; MCFARLAND, Kay F.; HESTER, Jr. Lawrence L. Síndrome de  preeclampsia-eclampsia.  En:  Tratado  de  obstetricia  y  ginecología.  Cuarta  edición.  Nueva editorial interamericana S.A. de C.V. México, 1987. Cfr. folio  153 vuelto ibídem.   

113  Ibídem.   

114  BAUTISTA,  Alejandro.  Hipertensión  y  embarazo. P. 492. a folio 76 vuelto del  cuaderno de anexos.   

115  Op. cit. BAUTISTA. p 497 a folio 77 vuelto ibídem.   

116  Obstetricia  y ginecología. Hipertensión inducida por el embarazo. Dr. Alfonso  Jubiz  U.  Jaime  Botero  y  Guillermo  Henao.  Folio  171 expediente. Artículo  aportado por el procesado.   

117  Cfr.  folio  30 de la sentencia de segunda instancia a folio 80 del cuaderno del  Tribunal.   

118  El doctor Jaimes a las 7:00 a.m. y el doctor Prada a las 7:30 a.m.   

119  Cfr. folio 19 del cuaderno principal original.   

120  Alfonso  Prada Beccerra afirmó en la indagatoria haber laborado antes del 19 de  julio  de  2002  por  3  o  4 años en el Hospital de Puente Nacional, así como  prestado  servicio  social  en  otra  institución de Santander en el año 1994.  Cfr. folio 141 vuelto   

121  Así  lo  señala también el procesado en su injurada. Cfr. folios 141 vuelto y  143.   

122  Op. cit. BAUTISTA. p 497 a folio 77 vuelto ibídem.   

“123      www.insp.mx/portal/centro/CISS/nlsboletine  Boletín  de  práctica  médica  efectiva  instituto nacional de  salud pública.”   

“124  “Hipertensión  y  Embarazo  Dr.  Alejandro  Bautista.  Universidad  Nacional.  Folio  84 cuaderno aportado por el  procesado.”   

125  Cfr.  folios  34-35  de  la  sentencia  de  segunda instancia a folios 84-85 del  cuaderno del Tribunal.   

126  Sangre perceptible a simple vista.   

127  El  único  valor  dentro  de  los  parámetros  normales  era el relativo a las  plaquetas   cuyo   conteo   fue   de   237.000/mm3.   Esto   es,   no   existía  trombocitopenia.   

128  En  la  indagatoria manifestó:  “En el momento  en  que  es  valorada  por  mi  no  tengo en mis manos todas las evidencias para  encasillar  esta  paciente  en  una preclamsia (sic) severa ni mucho menos en un  síndrome  de  Hell  (sic)  y  como predominadaza en el cuadro clínica el dolor  urente  o  de  ardor  en la boca del estómago (epigastrio) no consideré que en  una  presión  levemente  alta  fuera suficiente para etiquetar la paciente como  preclamsia  (sic) severa cuando predominaba mas la sintomatología digestiva que  la  baso espasmódica o de preclamsia (sic), repito, la paciente no tenía edema  y  no  tenía  un examen de orina a la mano para armar que el dolor provenía de  una  preclamsia  (sic)  solo teniendo a la mano un dato suelto que consistía en  la  presión  levemente alta y más adelante cuando se reportó con el resultado  de   las  plaquetas  que  reportaron  normales  dio  tranquilidad.  Aunque   el   parcial  de  orina  reportó  proteinuria  dentro  de  parámetros  anormales  se empezó a encasillar a la paciente obviamente que era  una  preclamsia  (sic)  y  hasta  ese  momento  no  existía la inminencia de la  eclamsia  (sic) que después aparecieron súbitamente  y  al  parecer  cuando  se sospecho (sic) de la paciente podría convulsionar se  dio  la  orden  de  dar  manejo  profilactico (sic) a dichas convulsiones que al  parecer  no  dieron  respuesta  a  dicho  objetivo”.  (Subrayas  no  originales).  Cfr. folio 142 del cuaderno principal original.   

129  Cfr.  folio  37 de la sentencia de segunda instancia a folio 87 del cuaderno del  Tribunal.   

130  Momento  éste último para el cual el enjuiciado despertó de su indiferencia y  dispuso   tratamiento   específico   para   la   preeclampsia   que  transitaba  inminentemente hacia una eclampsia.   

131  Cfr. folio 146 de la demanda a folio 275 ibídem.   

132  Cfr. folio 144 de la demanda a folio 274 ibídem.   

133  Esta  información  la  revela  el resultado del parcial de orina a folios 56-57  del cuaderno principal original.   

134  Ver  “Trastornos hipertensivos el embarazo” folio 22. Documento aportado por  el defensor del acusado.   

135  Llamamos  hematuria  microscópica  cuando  la  pérdida de sangre es superior a  tres  eritrocitos  (glóbulos  rojos) por campo microscópico en el análisis de  sedimento  urinario.  La macroscópica es reconocida a simple vista por el color  rojizo,     o     marrón     como     coca-cola.     www.abece(sic)delasalud.net.   

136  www.med.unne.edu.ar/revista   

137  www.medynet.como.usuarios.   

138  Ver  “Trastornos  hipertensivos  del  embarazo” folio 22. Documento aportado  por el defensor del acusado.   

139  Artículo Folio 148 y ss expediente.   

140  Ver   “Trastornos  hipertensivos  del  embarazo”  folio  19  vto.  Documento  aportado por el defensor del “acusado.   

141  Folio 142.   

142  Cfr.  folios  37-40  de  la  sentencia  de  segunda instancia a folios 87-90 del  cuaderno del Tribunal.   

143  Cfr. folio 18 del cuaderno principal original.   

144  Cfr. folio 76 del cuaderno principal original.   

145  Guía  profesional  de  Medicamentos.  Editorial  El Manual Moderno S.A. de C.V.  México D.g. p. 245 a folio 45 del cuaderno de anexos.   

146  Al  respecto,  se  adoctrina:  “Aunque no todos los  casos   de   eclampsia   se   pueden  predecir,  el  tratamiento  anticonvulsivo  administrado   a   parturientas  con  alto  riesgo  puede  prevenir  la  primera  convulsión  en  aquellas  con  preeclampsia  grave.  Dos  grandes  estudios han  mostrado  la superioridad del sulfato de magnesio en la prevención de eclampsia  con  respecto  a difenilhidantoína”. NORWITZ, Errol  R.;  HSU, Chaur-Dong; REPKE John T.. Clínicas obstétricas y ginecológicas. Mc  Graw   Hill.   México.   2002.  Cfr.  folios  116  y  vuelto  del  cuaderno  de  copias.   

147  Sobre  el  particular, se indica que “el tratamiento  más  adecuado [para controlar las convulsiones] es el sulfato de magnesio, y en  mujeres  que  ya  lo recibieron como profilaxia, debe cuantificarse de inmediato  su  concentración  sérica e iniciar la administración endovenosa rápida de 1  a  2  gr  mientras  se  esperan  los  resultados.  En  mujeres que no recibieron  profilaxia  anticonvulsiva,  hay  que  suministrar  el  sulfato  de  magnesio en  cantidad  de 2 gr en solución intravenosa rápida que se repite cada 15 minutos  hasta  alcanzar  un  máximo  de  6 gr. (…) Se han usado benzodiazepinas en el  pasado  para  las  convulsiones  eclámpticas.  El diazepam entra con rapidez al  sistema  nervioso  central  cuando  alcana cifras anticonvulsivas en un minuto y  controla  las  convulsiones  en  más del 80% de las pacientes en cinco minutos.  Sin   embargo,   casi   todos   los   investigadores   recomiendan   evitar  las  benzodiazepinas  por  sus  posibles efectos depresores intensos del feto. Dichos  efectos  se  hacen  clínicamente  significativos  cuando la dosis total materna  rebasa  30  mg  de diazepam”. Op. Cit. NORWITZ. Cfr.  folio 115 vuelto.   

148  Cfr.  folio  19  de  la  sentencia de primera instancia a folio 388 del cuaderno  principal original.   

149  Porque  el  doctor  solo prestó su asentimiento a las 3:30 p.m. del 19 de julio  de 2002.   

150  La   preeclampsia-eclampsia,   una   rara   enfermedad.  www.invedes.com.mx(anteriores/Abril1999/htm/imss71.html-8k. Cfr. a folio 19 del cuaderno de anexos.   

151  MedlinePlus    Enciclopedia    Médica:    Eclampsia.   www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish(ency/article/000899.htm-30k. Cfr. folio 23 ibídem.   

152  Cfr.    folio    142    del    cuaderno   principal  original.     

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