32670(24-02-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.° 32670  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JAVIER ZAPATA ORTIZ  

Aprobado Acta No. 57   

Bogotá,  D.  C.,  veinticuatro (24)  de  febrero de dos mil diez (2010).   

D   E   C   I   S   I  Ó  N   

Con  el  fin  de  verificar  si  reúne  los  presupuestos  que  condicionan  su  admisión,  examina  la  Sala  la demanda de  casación  presentada  por  la  defensora  de JHONATTAN  NARIÑO,  contra  el fallo proferido el 12 de junio de  2009,  por el Tribunal Superior de Distrito Judicial de  Cundinamarca,         quien        modificó1  la sentencia expedida el 3 de  febrero  anterior  por el Juzgado Penal de Conocimiento  de     Fusagasugá,     donde    se    condenó   al  inculpado  en  calidad  de  autor   del   delito   de  hurto  calificado, a la pena  principal   de   48   meses  de  prisión  y  la accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones públicas, por el mismo lapso.    

H   E   C   H   O  S   

A  eso  de  las 7:00 p. m. del 26 de marzo de  2008  en  el  polideportivo del Barrio Comuneros de la población de Fusagasugá  (Cundinamarca),     JHONATTAN    NARIÑO,     alias     “Gocú”,   hurtó   a   Carlos   Eduardo  Ardila  Ortiz una cadena de plata con sus dijes avaluados en $  50.000  pesos,  después  de  que  le  pidiera $ 100 a cambio de no hacerlo y lo  intimidara con un arma cortopunzante que ubicó en su cuello.   

Seguidamente,  el  ofensor  se dio a la fuga,  pero  fue  perseguido  sigilosamente  por  la  víctima  hasta  que  arribó  la  policía, le dio captura y encontró el objeto hurtado en su poder.   

A C T U A C I  Ó N    P R  O C E S A L   

1. El 25 de noviembre  de    2008,   ante   el   Juzgado   de   Control   de  Garantías       de  Silvania,  se  realizó  audiencia  concentrada contra  JHONATTAN  NARIÑO, en donde  el  funcionario  judicial  (i)  legalizó  la captura, (ii) la  imputación  por  el  delito  de  “hurto calificado y  agravado”,          y          (iii) le impuso medida de aseguramiento no  restrictiva de la libertad.   

2. El 23 de diciembre  siguiente,    la    Fiscalía   Tercera   Local   de  Fusagasugá,    presentó  escrito  de  acusación  por el punible de   hurto   calificado  y  la  audiencia  de  formulación  respectiva se  celebró  el  26  de  enero  de 2009 ante el Juez Penal  Municipal de Conocimiento de Fusagasugá.   

3. El 16 de febrero  del  último  año  citado, se  surtió    la    audiencia   preparatoria  y el juicio oral  se  llevó  a  cabo  el  20  de  marzo  siguiente, oportunidad en la que una vez  practicadas  las  pruebas  y  escuchados los alegatos de las partes, el juzgador  anunció  que  el fallo sería condenatorio.   

4.  La  sentencia  fue dictada el 2 de abril anterior, atribuyéndole al  procesado   la   pena   principal   de  24  meses  de  prisión  y  la  accesoria  de  inhabilidad  para  el  ejercicio  de  derechos y funciones públicas por el mismo lapso.  También  le  negó  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena.    

5.  Interpuesto  el  recurso  de apelación por la Fiscalía, mediante proveído del pasado 12 de  junio,   la   Sala  Penal  del  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca                modificó  el  fallo  en  el  sentido  de  imponer   la   sanción   principal  de  48  meses  de  prisión.   

6.   La  defensa  técnica,  inconforme  con la citada decisión, la impugnó en casación a favor  del    procesado    JHONATTAN    NARIÑO; libelo que hoy califica la Sala.   

L A   D E M A N D A  

Una   vez   la   profesional  del  derecho,  identificó  al  penado  y  realizó  una síntesis de los hechos, la actuación  procesal  y  las  sentencias de primer y segundo grado, formuló un único cargo  con  fundamento  en  la  causal  primera  de  casación, para lo cual invocó la  “violación   directa  de  la  ley  sustancial  por  interpretación      errónea     y     falta     de     aplicación”.   

La  abogada  acusa  al  Tribunal de inaplicar  “la     diminuente”  consagrada   en  el  inciso  2º  del  artículo  239  del  Código  Penal,  que  “por  vía  de  analogía in bonam parte”  regula  el  caso,  según lo autorizan los artículos 8º de la  Ley 153 de 1887 y 6º del Código Penal.   

Al  efecto,  precisa  que las “consecuencias”  de  la  “diminuente   punitiva”  son  aplicables  “a la descripción del hurto calificado previsto por  el  art.  240  de  la  Ley 599 de 2000, es decir, la reducción a la mitad de la  pena  en  el mínimo y a la tercera parte en el máximo cuando la cuantía de lo  hurtado  sea  inferior  a 10 SMLMV yerro derivado de la interpretación errónea  que  hace de tales normas, esto es del artículo 239 y 240 de la Ley 599 de 2000  al  considerar  no aplicable la disminución prevista para el delito de hurto en  cuantía  inferior  a  los  10  salarios  mínimos legales vigentes, tal como en  general  el  legislador  lo  previó  para los delitos contra el patrimonio y en  algunos        contra        la       administración       pública”.   

De ésta manera, afirma que con ocasión de la  errada  interpretación  de  las  mencionadas  normas,  ellas  fueron  aplicadas  indebidamente  porque  el Ad quem desatendió la viabilidad de dosificar la pena  por  “vía  de analogía”  con   las  “reducciones”  establecidas   para  el  delito  base  cuando  la  cuantía  es  inferior  a  10  smlmv.   

En desarrollo del cargo, luego de referirse en  extenso  a  los  postulados  de  favorabilidad, igualdad, analogía y legalidad,  para  lo  cual  se  apoyó  en  jurisprudencia  de  las Altas Cortes nacionales,  elaboró  una  disertación  acerca de la política criminal implementada por el  legislador  colombiano en los últimos tiempos, particularmente en las leyes 906  y  890  de  2004, 975 de 2005, 1142 y 1153 de 2007, para concluir con el juez de  primera  instancia  que  deben  aplicarse  los  principios de proporcionalidad y  razonabilidad en la tasación de las penas.   

Concluye      que     “resulta  desproporcional  la  aplicación  literal  del art. 240 del  código  penal  (sic)  ante el hurto de un elemento cuyo valor fuera determinado  en  la  suma  de  cincuenta  mil pesos m. cte (sic) y ante la aplicación de una  pena  cercana  a  la  primera de las impuestas en los procesos de justicia y paz  por delitos de gran connotación”.   

El  error  denunciado  es trascendente porque  implica  una  “excesiva  e  injusta privación de la  libertad”  del  procesado,  por  cuanto  se pasó de  imponerle una pena de 24 a 48 meses de prisión.   

En  consecuencia, solicita casar la sentencia  impugnada  y  “revocarla”  para condenarlo conforme a la sanción tasada por el A quo.   

C O N S I D E R A C I O N  E S   

1. Cuestión previa.  

La Corte viene señalando, que con la entrada  en  vigencia del  sistema  procesal penal acusatorio previsto en   la   Ley   906  de 2004,  se  amplió  el radio de  acción  para  acceder  al  recurso  extraordinario  de  casación,  pues  en la  actualidad   la   impugnación  es  susceptible  contra  decisiones  de  segunda  instancia  dictadas  por  los  diversos  Tribunales de  Distrito  Judicial ubicados en el territorio nacional,  atacando  los  fallos  de  condena  o  absolución,  sin  tener  en  cuenta como  presupuesto        para       su       admisibilidad       el       quantum  mínimo  de pena descrito en cada  injusto típico, como lo imponían las legislaciones anteriores.   

En  esencia, para ser admitida la demanda, el  jurista  debe  tener  interés,  formular  y  desarrollar  los ataques contra la  sentencia  de segundo nivel y, desde luego, acreditar la afectación de derechos  y  garantías  fundamentales.  Siendo  imprescindible,  además, materializar el  contenido  del  artículo  180  de  la  Ley  906  de  2004,  en el entendido que una de las obligaciones al  confeccionarla   es   demostrar   la   necesidad   de  intervención  de  la Corte para el logro de cualquiera  de  los  fines  establecidos por el instituto. Siendo ello así, el Principio  de  Intervención  debe  ser el  norte  del  profesional  del derecho, pues integra cuatro aspectos teleológicos  que    se    traducen    en   el   espíritu   de   la   censura:   (i)  la  efectividad del derecho material,  (ii)  el  respeto  de  las  garantías  de  los  intervinientes,  (iii)   la   reparación  de  los  agravios  inferidos  a  las  partes  y  (iv)  la  unificación de la  jurisprudencia.   

Estos  propósitos  se  deben  conjugar,  en  armonía,  coherencia  total  y  avenencia  con  los progresos jurisprudenciales  cristalizados  en  punto de los supuestos requeridos para atacar y demostrar los  posibles  yerros  conculcados por los funcionarios judiciales, sin ser permitido  desligar,    apartar    o   separar   el   trípode   casacional:   fines,  causales  y  debida  sustentación;  excepto  cuando  la  Sala  advierta,  que  por vigencia de derechos y garantías  fundamentales  constitucionales,  obviamente  quebrantados, deba casar de oficio  la  decisión  del  Tribunal,  desde  luego,  con base en motivos diversos a los  expuestos en la demanda.      

El anterior criterio se consolida al entender  que  la  Corte de Casación Penal, jamás ha predicado la inexistencia, ausencia  o  falta de los requisitos formales para decidir de fondo el caso o el éxito de  la   demanda   en  el  nuevo  esquema  procesal  penal  acusatorio;    todo   lo   contrario,   el   recurso  extraordinario,   no  perdió  su  entidad  de  juicio  lógico-argumentativo,  pues el libelo deberá cumplir  pautas    que   impidan   concebirlo   como   tercera  instancia,  donde  los  reparos  compilen presupuestos  racionales  de no contradicción, claridad y precisión. Tampoco le corresponde,  en  consecuencia,  interpretar  las  alegaciones  de los recurrentes2,   rehacer,  modificar, readecuar o transformar  los ataques.   

La Sala, por tanto, viene sosteniendo que para  admitir  o seleccionar una demanda con el objeto de decidir de fondo el problema  jurídico  planteado, ella deberá sujetarse al cumplimiento de los presupuestos  formales  consagrados  en  el  artículo 184, ordinal 2°  de la Ley 906 de  2004,  para  demostrar  la  evidente  vulneración  a los derechos fundamentales  constitucionales  en cabeza de los intervinientes en la actuación penal; siendo  ello  así,  se  deben  tener  siempre  presente  los principios de taxatividad,          claridad,        autonomía,       razón       suficiente,       no  contradicción,              limitación,          objetividad,  comprensión,  precisión  y trascendencia,   entre   otros,  para  –de  la  mano  con  ellos-  desplegar  una  argumentación  puntual y  razonable,  habida  consideración  de compendiar en el ataque, aquellos errores  de  juicio  o de actividad en los que pudieron haber incurrido los falladores, a  fin  de  evidenciar,  por  ejemplo,  la  efectiva  e  indiscutible  normatividad  jurídica  que  debió  regir  el asunto, la adecuada y legal valoración de los  medios  probatorios  o desentrañar manifiestos desfases constitucionales contra  el debido proceso.      

También  ha  indicado  la jurisprudencia, en  múltiples    oportunidades    que    (i)    la    correcta    selección    de   la   causal,   (ii)  el  interés del actor, (iii)   la   coherencia   de  los  cargos  aducidos,  (iv)  la  puntual  fundamentación  fáctica  y jurídica, (v)  el cumplimiento de al menos uno de los fines del instituto; marcan  la  pauta  para  declarar  la  inconstitucionalidad  o  ilegalidad  del fallo en  atención al artículo 184, 3 de la Ley 906 de 2004.   

2. Único cargo.  

Violación  directa  de  la  ley  sustancial  por  “aplicación indebida  e interpretación errónea”.   

Son   múltiples   los   defectos   lógico  argumentativos    contenidos    en    la   demanda   que   hacen   inviable   su  admisión.   

El           primero  de  ellos, es apreciable desde la  misma   enunciación   del   cargo,   cuando   con   ruptura   del  principio  de  autonomía  confunde  en un  mismo  reparo todos los motivos de violación directa de la ley sustancial, pues  al  tiempo  que  postula la interpretación errónea de los artículos 239 y 240  del  Código  Penal  cuestiona  al  Tribunal  por  inaplicar el inciso 2º de la  primera  de las normas mencionadas, lo cual supone disentir simultáneamente con  el  Ad  quem  por  dejar  de  aplicar  ese  precepto  y  emplearlo utilizando un  entendimiento  que  legalmente  no  le corresponde, orientación argumentativa a  todas luces, excluyente y contradictoria.   

El           segundo  desquicio,  el  recurrente afirma  que   como   consecuencia   de  la  errónea  interpretación  de  las  anotadas  disposiciones  se  produjo  su  aplicación  indebida,  premisa  que  además de  transgredir  el  postulado de no contradicción en tanto el cargo lo formuló en  una   de  sus  variantes  por  falta  de  aplicación,  confirma  el  manifiesto  desconocimiento  de  los  presupuestos lógico argumentativos requeridos en sede  extraordinaria,  los  cuales como se explicó atrás exigen un mínimo ejercicio  de  razonamiento  jurídico  e  impide  la  elaboración  de un escrito de libre  factura.   

En efecto, olvida el recurrente que cuando de  postular  la  violación  directa  de  la ley sustancial se trata, además de no  discutir  la  situación  fáctica  ni la valoración probatoria declarada en la  sentencia  de  segunda  instancia, es necesario determinar con exactitud el tipo  de  error  que  lo estructura, esto es, si el juzgador incurrió en i)  falta  de  aplicación  o  exclusión  evidente  porque  al  escoger  la  norma que regula el caso concreto la ignora o  desconoce,  ii)  aplicación  indebida,  por  seleccionar  una  disposición  que no se ajusta a la situación  fáctica     o     iii)  interpretación  errónea,  cuando a pesar de hallarse correctamente el precepto  que  corresponde  al  suceso  en  cuestión,  lo  aplica otorgándole un sentido  jurídico ajeno al que le atribuye la ley.   

En éste punto, resulta oportuno destacar que  entre  las  dos  primeras  especies  de  error  directo y el último, existe una  diferencia  que resulta trascendente en punto de la ubicación del tipo de yerro  a  postular.   Ciertamente,  tanto  en  la  violación directa por falta de  aplicación  como  en  la aplicación indebida el yerro censurado al funcionario  es  de  selección  de  la norma, mientras que en la interpretación errónea el  defecto  es  hermenéutico,  por  cuanto  el precepto se elige en forma correcta  pero se le otorga una proyección jurídica distinta.   

En  todo caso, cualquiera que sea el defecto  planteado    debe    ser    trascendente  para  variar  el  sentido  de  la decisión impugnada.  De lo  contrario,  la  doble  presunción  de acierto y legalidad que viene atada a los  fallos se mantendrá incólume.   

Así las cosas, en la tarea de identificar el  tipo  de  yerro que conjura contra la sentencia demandada, no es posible como lo  propone  la  demandante,  confundir  los  motivos  de  disenso  que  suponen una  equivocada  selección  de  la  norma  –exclusión  evidente  y  aplicación  indebida- con el fundado en el  errado       entendimiento       de       la      disposición      –interpretación errónea-.   

En  el  caso concreto, no resulta racional ni  lógico  el  reparo  según  el  cual,  el  Juez Colegiado erró al inaplicar el  inciso  2º del artículo 239 de la Ley 599 de 2000 y a la vez, se equivocó por  interpretarlo  erróneamente,  pues  éste segundo ataque implica admitir que el  canon  sí  fue  tenido  en  cuenta,  conclusión  que evidentemente descarta la  primera  de las tesis enfiladas; es  sin lugar a dudas, una propuesta   absurda,  en el entendido que se excluyen las premisas, como lo observó la Sala  en párrafos precedentes.   

Inclusive,  como  es obvio, tampoco es viable  intentar  la proposición de un error por falta de aplicación de una norma y al  tiempo  por  indebida  aplicación  del  mismo  precepto,  pues un reparo en tal  sentido,  se  repele.  Con ésta lógica, no es posible argumentar de forma  yuxtapuesta  la  exclusión  por  el  Tribunal  de  los artículos 239 y 240 del  Estatuto  Penal y su aplicación indebida, porque una cosa no puede ser y no ser  concurrentemente,  vulnerándose  el  postulado  de  la  lógica  denominado  de  identidad.   

Ahora  bien,  sin  ser  entendida  como  una  respuesta   de  fondo  sino  en  virtud  del  ejercicio  pedagógico  que  viene  realizando  la  Sala  como una más de sus funciones, al respecto, es pertinente  destacar  que  de  la  confrontación  entre  la  demanda  y los fallos atacados  –inescindibles  porque el  sentido  de  la  decisión  no  es excluyente- sin dificultad alguna, es posible  establecer  que  ninguna  razón  le asiste al recurrente en la formulación del  cargo,  pues  tanto  la  selección de las normas aplicables al caso: artículos  240  y  268 de la Ley 599 de 2000, como el alcance interpretativo brindado a los  mismos  por  el  Ad quem, amén de la inaplicación del inciso 2º del artículo  239  ibídem,  son  las  correctas,  en tanto respetan con rigor el principio de  legalidad,  en  un  estado social y democrático de derecho como lo garantiza el  Estado  Colombiano,  en  las  leyes  y en el desarrollo de ellas por parte de la  jurisprudencia de esta Sala de casación.   

Lo  dicho  sería  suficiente,  para  negar  cualquier  posibilidad  de  admisión  a  la  demanda;  no obstante, con efectos  estrictamente  didácticos,  se  impone hacer algunas precisiones de la mano del  Tribunal  de  instancia, en punto de la dosificación punitiva para el delito de  hurto  calificado  cuando la  cuantía   de   lo   apropiado  no  supera  un  salario  mínimo  legal  mensual  vigente.   

Desde la apelación y en sede de casación, la  defensa  técnica del enjuiciado viene insistiendo en alcanzar para su prohijado  el   reconocimiento  de  la  “diminuente”  prevista  en  el  inciso 2º del artículo 239 de la Ley 599 de  2000,  que  le  había sido concedida por el juez de primera instancia, bajo una  interpretación  que  no  consulta  el  principio  de legalidad y se apoya en el  postulado  hermenéutico  de  la  analogía  previsto  en  el  artículo 6º del  Código Penal.   

En verdad, aduce la abogada, con fundamento en  el  criterio  del  A  quo,  que el inciso 2º del artículo 239 de la Ley 599 de  2000,  es la norma aplicable al caso en estudio, toda vez que si bien regula una  rebaja  de  pena para el delito de hurto simple cuando la cuantía es inferior a  10   smlmv,  éste  descuento  punitivo  también  debe  operar  para  el  hurto  calificado,   en   tanto   por   analogía   resulta   más   benigno   para  el  procesado.   

Evidentemente  una  interpretación  como  la  propuesta  por  la  defensora  y  el  juez  de  primera  instancia  –pese al loable intento de perseguir la  eventual  irracionalidad  del  legislador  en  su  política  criminal-  deviene  contraria  al  principio  de legalidad, axioma fundante del núcleo esencial del  derecho  constitucional  al proceso debido y a las cláusulas de reserva legal y  taxatividad,  los  cuales  no pueden ser desatendidos por el juzgador sin romper  el postulado de la división tripartita del poder.   

Aunque  la  autonomía jurisdiccional goza de  protección  superior,  es  claro  que  ella no puede enarbolarse como fin medio  para  declarar  derechos  no  previstos  por las cámaras legislativas y de esta  manera,  abrogarse  la  tarea  de  colegislar,  así  sea  bajo las consignas de  justicia  y  equidad,  pues  esa  no  es  la  función asignada por la ley a los  funcionarios que administran justicia.   

La defensora pública citó al funcionario de  primera  instancia  para  que se le redimiera a su prohijado la pena con base en  el  principio  de  proporcionalidad; y juntos atacaron la Ley 975 de 2005; entre  algunas  afirmaciones  transcritas  al  Juez  por la demandante, se encuentra la  siguiente:  “(…)  en  nuestro parecer , oprobioso  para  seres humanos caídos en desgracia por cometer hurtos, y para una sociedad  que  se  precie  de justa, sería imponerle a aquellos penas altísimas, incluso  que  puedan  ser  superiores  a  la  que corresponde para el homicidio simple y,  tristemente,  elevadísimas  frente  a  las  que  se  le impondría a criminales  paramilitares   autores   de  múltiples  masacres”.   

Un  gran  número  de  ciudadanos colombianos  –individual     y  colectivamente-    demandaron   la   constitucionalidad   de   la   Ley  975  de 2005, entre otros aspectos, el  referido  a  la alternatividad  penal que se conecta en forma  directa  con  el  axioma  de  proporcionalidad  de las  penas,  atacado  por  la  profesional  del derecho que  amparada en el criterio expuesto por el Juez de instancia, alegó:   

“Es  entonces  acertado  el  juzgador  de  primera  instancia  cuando dentro de su argumentación señala las falencias que  en  política  criminal  ha  tenido  el  legislador  al  punto  de romperse toda  proporcionalidad,  si  se compara la pena que para el hurto calificado en razón  de  la  violencia y por aplicación de la ley 1142 de 2007 se tiene, respecto de  la  pena  alternativa  prevista  en  la  ley  975  de 2005 para delitos de mayor  connotación   vinculados  con  graves  violaciones de derechos humanos, lo  que  genera  un  fuerte  debate frente al principio de igualdad ante la ley y la  proporcionalidad  y  razonabilidad  en  su  aplicación al dosificar penas (…)   

Resulta en consecuencia determinado el error  en  que  incurre  la Honorable Sala del Tribunal de Cundinamarca al advertir que  no  tiene  cabida  la aplicación del principio de analogía in bonam parte para  interpretar  las  eventualidades  del  art.  240 de la ley 599 de 2000 cuando la  cuantía  de  lo  hurtado  sea  inferior  a  10 salarios mínimos legales. Basta  revisar  como  lo  hizo  el  juez  de  instancia la descripción concreta que el  legislador   hizo   de   otros   delitos   contra   el   patrimonio   y  la  administración  pública  donde tasa la pena de manera diferencial en este tipo  de  conductas,  sumado  a la incoherencia de la política criminal del estado ya  planteada   sonre   este   punto,   para   admitir  la  validez  del  juicio  de  proporcionalidad  y  razonabilidad  de  la pena realizado por el juez de primera  instancia”.   

El Juez no puede modificar o transformar a su  arbitrio   las   leyes   colombianas,   tampoco  le  es  permitido  –toda  vez  que  sus  funciones  tienen  límites-   extractar   apartes  de  los  diversos  tipos  penales  –por   ejemplo,   diminuentes-   para  agruparlas  en  un solo texto en disfavor o beneficio de los procesados, como en  el  caso  en  estudio,  pues  cada  tipo penal regula situaciones jurídicamente  relevantes y diversas.   

La  Sala  debe  advertir  que  la  facultad  discrecional  de  los  funcionarios  que  administran  justicia punitiva, jamás  puede  sobrepasar o exceder los límites legales que el mismo derecho le impone,  en  armonía  con  el  artículo  230 de la Constitución Nacional, en donde los  servidores  públicos  que  ejerzan  esta  clase de actividades siempre estarán  sometidos  al  imperio  de la Ley, más no variar la normatividad dominante para  bajo  la  égida  de  su autonomía, pretender variar los contenidos normativos,  como   lo  entiende  el  funcionario  que  profirió  la  sentencia  de  primera  instancia.       

Cuestionar   la   Ley  de  Justicia  y  Paz  –en  sentido de lo que es  justo  o  puede  no  serlo-  es  desbordar  límites  de  política  criminal no  atribuidos  al  Juez  Penal. No le es permitido a la defensora pública ni mucho  menos   al   funcionario   judicial   de   conocimiento,   pretender  desconocer  –para  aplicar rebajas de  pena  conforme  a  su  sentido especial de equidad y ecuanimidad- las políticas  criminales   que   establece   el  Estado,  muy  a  pesar  de  sus  particulares  convicciones,  su  deber es administrar justicia con la normatividad imperante y  no  realizar  mixturas  o creaciones normativas ilegales so pretexto de alcanzar  una proporcionalidad penal.   

Véase  como  en  la  sentencia  C-370  de  2006  (Expediente  D-6.032)  la  Corte Constitucional sobre el particular sostuvo lo siguiente:   

“En esencia, la  alternatividad penal  es  un  beneficio  consistente  en  suspender la ejecución de la pena ordinaria  aplicable  en  virtud  de  las  reglas  generales del Código Penal, para que en  lugar  de  cumplir esta pena ordinaria, el condenado cumpla una pena alternativa  menor,  de  un  mínimo  de  5  años  y de un máximo de 8 años… Advierte la  Corte,  a  partir  de  la  caracterización  del instituto que la ley denominada  (sic)  alternatividad,  que  se  trata en realidad de un beneficio que incorpora  una  rebaja  punitiva  significativa,  al cual pueden acceder los miembros de un  grupo  armado  organizado  al  margen  de  la ley que se sometan a un proceso de  reincorporación  a  la  vida  civil,  y que hayan sido autores o partícipes de  hechos  delictivos  cometidos  durante  y  con ocasión de la pertenencia a esos  grupos.  La  concesión del beneficio está condicionada al cumplimiento de unos  requisitos  establecidos  en  la  ley…  Observa  la  Corte que en principio un  beneficio  que  involucra  una rebaja punitiva, constituye una de las múltiples  alternativas  a  las  que  puede  acudir  el  legislador  para  alcanzar el bien  constitucional  de la paz… Tal beneficio jurídico, así concebido, no encubre  un  indulto,  como erróneamente lo entienden los demandantes, pues no significa  perdón  de  la  pena…  Esta  configuración  de la  denominada  pena  alternativa, como medida encaminada al logro de la paz resulta  acorde  con la Constitución en cuanto, tal como se deriva de los artículos 3°  y  24,  no  entraña  una desproporcionada afectación del valor de justicia, el  cual  aparece  preservado por la imposición de una pena originaria (principal y  accesoria),   dentro   de   los  límites  establecidos  en  el  Código  Penal,  proporcional  al  delito  por el que se ha condenado, y que debe ser cumplida si  el  desmovilizado  sentenciado,  incumple  los compromisos bajo los cuales se le  otorgó   el   beneficio   de   la   suspensión  de  la  condena”3.      

Ahora bien: sobre la relevancia del principio  de  legalidad  y  de  las  cláusulas  de reserva legal y taxatividad en materia  penal,      la      Corte     Constitucional     en  sentencia                 C-820/05  citó  algunos fallos de control  abstracto  de  constitucionalidad,  que  ahora se transcriben en extenso por ser  pertinente para precisar su alcance:   

“Así  esta  Corte  en Sentencia C-739 de  2000,  expuso respecto del alcance del principio de legalidad y de sus derivados  como  lo  son  los principios de reserva legal y tipicidad, que el Constituyente  de 1991 consagró dicho principio como   

““nullum  crimen,  nulla  poena sine lege”, (…) tradicionalmente reconocido y aceptado  como  inherente  al Estado democrático de derecho, sobre el cual se sustenta la  estricta  legalidad que se predica del derecho penal, característica con la que  se   garantiza   la   no  aplicación  de  la  analogía  jurídica  en  materia  penal4,  la  libertad  de  quienes  no infringen la norma, y la seguridad  para  quienes  lo hacen de que la pena que se les imponga lo será por parte del  juez  competente,  quien  deberá  aplicar  aquélla  previamente definida en la  ley.  Dicho  principio encuentra expresión en varios  componentes,  que  la  doctrina  especializada  reconoce  como “los principios  legalistas  que rigen el derecho penal”, los cuales se definen de la siguiente  manera:  “ …nullum crimen sine praevia lege: no puede considerarse delito el  hecho  que no ha sido expresa y previamente declarado como tal por la ley; nulla  poena  sine  praevia  lege: esto es, no puede aplicarse pena alguna que no esté  conminada  por  la  ley anterior e indicada en ella; nemo iudex sine lege: o sea  que  la  ley penal sólo puede aplicarse  por los órganos y jueces instituidos  por  la  ley  para esa función; nemo damnetur nisi per legale indicum, es decir  que  nadie  puede  ser  castigado sino en virtud de juicio legal.”5   

(…)  

“Al abordar el análisis del principio de  legalidad  y  de sus derivados los principios de reserva legal y de tipicidad en  el  ordenamiento  jurídico  colombiano, especialmente en el derecho penal, esta  Corporación se ha pronunciado en el siguiente sentido:   

“De acuerdo con  nuestro  ordenamiento constitucional sólo el legislador puede establecer hechos  punibles  y señalar las sanciones a que se hacen acreedores quienes incurran en  ellos.  Un  hecho no puede considerarse delito ni ser  objeto  de  sanción  si  no  existe  una  ley  que  así  lo  señale. Ley, que  ineludiblemente  debe  ser anterior al hecho o comportamiento punible, es decir,  previa o “preexistente”.   

(…)  

 “El principio de legalidad garantiza la  seguridad  jurídica  de los ciudadanos por cuanto les permite conocer cuándo y  por  qué motivos pueden ser objeto de penas ya sean privativas de la libertad o  de  otra  índole  evitando  de  esta  forma,  toda  clase  de  arbitrariedad  o  intervención  indebida  por  parte de las autoridades penales respectivas”.   (Corte  Constitucional,  Sentencia  C-133 de 1999, M.P. Dr. Carlos Gaviria Díaz  )     

En  la  Sentencia  C-200 de 20026,  la  Corte  reitera  los  anteriores  planteamientos  en  torno  al  entendimiento que en el  ordenamiento     jurídico    debe    darse    al    artículo    29    de    la  Constitución7,  al  hacer  hincapié  en  los  principios  de  reserva legal y de  tipicidad o taxatividad de la pena, obsérvese:   

“Así ha dicho  esta  Corporación  lo  siguiente: “13- El principio  de   legalidad   penal   constituye   una  de  las  principales  conquistas  del  constitucionalismo    pues    constituye   una   salvaguarda   de   la  seguridad  jurídica  de  los  ciudadanos  ya  que  les permite  conocer  previamente cuándo y por qué “motivos pueden ser objeto de penas ya  sea  privativas  de  la  libertad  o de otra índole evitando de esta forma toda  clase  de  arbitrariedad  o  intervención indebida por parte de las autoridades  penales                respectivas”8. De  esa   manera,   ese  principio  protege  la  libertad  individual,  controla  la  arbitrariedad  judicial  y  asegura  la  igualdad  de todas las personas ante el  poder  punitivo  estatal.  Por eso es natural que los  tratados  de derechos humanos y nuestra constitución lo incorporen expresamente  cuando  establecen  que  nadie puede ser juzgado sino  conforme   a   leyes   preexistentes   al   acto  que  se  le  imputa  (CP  art.  29)9.   14-  Este  principio  de  legalidad  penal  tiene  varias  dimensiones y alcances. Así, la  más  natural  es la reserva legal, esto es, que la definición de las conductas  punibles  corresponde  al Legislador, y no a los jueces ni a la administración,  con  lo  cual se busca que la imposición de penas derive de criterios generales  establecidos  por  los representantes del pueblo, y no de la voluntad individual  y  de  la  apreciación personal de los jueces o del poder ejecutivo.  15- Esta reserva legal es entonces una importante garantía para  los  asociados. Pero no basta, pues si la decisión legislativa de penalizar una  conducta  puede  ser  aplicada  a  hechos  ocurridos  en  el pasado, entonces el  principio  de legalidad no cumple su función garantista. Una consecuencia obvia  del  principio  de  legalidad  es  entonces  la  prohibición  de la aplicación  retroactiva  de  las leyes que crean delitos o aumentan las penas. Por ello esta  Corporación  había  precisado  que  no  sólo  “un  hecho  no  puede  considerarse delito ni ser objeto de sanción si no existe una  ley   que   así   lo   señale”   sino  que  además  la  norma  sancionadora  “ineludiblemente  debe  ser  anterior  al  hecho  o comportamiento punible, es  decir,       previa       o       preexistente.10”        16-  La prohibición de la retroactividad y la reserva legal no son  sin  embargo suficientes, pues si la ley penal puede ser aplicada por los jueces  a  conductas  que  no  se  encuentran  claramente  definidas  en  la ley previa,  entonces  tampoco  se  protege  la  libertad  jurídica de los ciudadanos, ni se  controla  la  arbitrariedad  de  los  funcionarios  estatales,  ni se asegura la  igualdad  de  las  personas  ante  la  ley, ya que la determinación concreta de  cuáles  son los hechos punibles recae finalmente, ex post facto, en los jueces,  quienes  pueden  además  interpretar  de  manera  muy  diversa leyes que no son  inequívocas.    Por   eso,   la   doctrina   y   la  jurisprudencia,  nacional e internacionales, han entendido que en materia penal,  el  principio  de legalidad en sentido lato o reserva legal, esto es, que la ley  debe  definir  previamente  los  hechos  punibles, no es suficiente y  debe ser  complementado  por  un  principio  de  legalidad  en  sentido estricto, también  denominado   como   el   principio   de   tipicidad   o  taxatividad11, según el  cual,  las  conductas  punibles  deben  ser no sólo previamente sino taxativa e  inequívocamente  definidas  por  la ley, de suerte, que la labor del juez penal  se  limite  a  verificar  si  una  conducta concreta se adecua a la descripción  abstracta  realizada por la ley. Según esa concepción, que esta Corte prohija,  sólo  de  esa  manera,  el  principio  de  legalidad  cumple  verdaderamente su  función  garantista  y democrática, pues sólo así protege la libertad de las  personas  y  asegura  la  igualdad ante el poder punitivo estatal”12   

De  igual  manera, en la Sentencia C-101 de  200413,  la  Corte  tuvo oportunidad de explicar el respeto estricto y la  razón  de  ser  del principio de legalidad del delito, el proceso y la pena, en  los siguientes términos:   

 “13.   La  conducta  punible,  el  proceso  y la pena son las categorías fundamentales del  sistema  penal.   En  las  sociedades  civilizadas cada una de esas categorías  debe  ser  determinada  por  la  ley  y  debe estarlo de manera cierta, previa y  escrita.   Cierta,  por  cuanto  debe  definirse  con certeza el ámbito de las  prohibiciones,  procesos y sanciones de tal modo que los ciudadanos sepan a qué  atenerse  en su diaria convivencia.  Es decir, con seguridad deben conocer qué  comportamientos  no  están  permitidos,  a  qué reglas procesales se somete la  persona  a  la  que  se  le  impute  una  conducta  prohibida  y cuáles son las  consecuencias  sobrevinientes  en  caso de ser encontrado responsable de ella.   Previa,  en  cuanto  se trata de decisiones normativas que deben ser tomadas por  la  ley  antes  de  los  hechos que generan la imputación penal.  Esto es, las  normas  que  configuran  las  conductas  punibles,  los procesos y las sanciones  deben  estar  predeterminadas.   Y  escrita,  por cuanto se trata de normas con  rango  formal  de  ley.   Es  decir,  para  la predeterminación de la conducta  punible, el proceso y la pena, existe reserva de ley.   

 El  estricto  respeto  del  principio  de  legalidad  del  delito,  el  proceso y la pena, tiene varias razones de ser. Por  una  parte,  constituye  una  manifestación del principio de separación de los  poderes  públicos:   A los Estados de derecho les repugna la idea de que quien  tiene  el  poder  de  reglamentar  la  ley  o  de  ejecutarla, tenga también la  facultad  de  promulgarla  y  esto es así desde el surgimiento de la modernidad  política.   Por  otra  parte, la determinación legal del delito, el proceso y  la  pena  por  parte de la instancia legislativa, asegura que las decisiones que  se  tomen respecto de esos ámbitos, tan ligados a los derechos fundamentales de  la  persona,  sean tomadas luego de un intenso proceso deliberativo en el que se  escuchan  todas  las fuerzas políticas con asiento en el parlamento.  Así, al  ciudadano  se  le otorga la garantía de que las leyes que regulan su existencia  han  sido  expedidas  con  el  concurso  de sus representantes.  Finalmente, el  estricto  respeto  del  principio  de legalidad en esas materias es también una  garantía  de  seguridad  jurídica:   Se  desvanece  el  peligro  de  que  las  prohibiciones,  los  procesos  y  aún  las penas, por no estar específicamente  determinados,  sean urdidos sobre la marcha y, en consecuencia, acomodados a las  urgencias  coyunturales  que  asalten  a  sus reglamentadores o ejecutores.  De  allí  que  esta Corporación haya indicado que  “En desarrollo del principio  de  legalidad  del  proceso, todos los elementos de éste deben estar íntegra y  sistemáticamente  incorporados  en  la ley, de manera  que  no  pueden,  ni las partes, ni el juez, pretender que el mismo discurra por  cauce  distinto  al previsto en la ley”  (Sentencia  C-829-01)”.  (Subrayas fuera del texto original).   

Siendo ello así, en el proceso de aplicación  de  la ley penal, el juzgador no tiene camino distinto sino respetar en estricto  sentido,   la   norma   que   regula   el   delito   que   se   le   imputa   al  enjuiciado.   

La  analogía,  tal  como  el  inciso 3º del  artículo  6º  de  la  Ley  599  de  2000  lo  informa,  sólo  es aplicable en  “materias   permisivas”  cuando no exista norma que regule expresamente el caso concreto.   

En el asunto sometido a examen, contrario a lo  sostenido  por la profesional del derecho y el juzgador A quo, las disposiciones  aplicables  al  caso  son el inciso 2º del artículo 240 de la Ley 599 de 2000,  con  la modificación introducida por el artículo 37 de la Ley 1142 de 2007 que  contiene   la   descripción   normativa   para   el   delito   de  hurto     calificado     por    ejercer    violencia    sobre    las  personas, y el artículo 268 ibídem que consagra como  circunstancia  de  atenuación punitiva para los delitos previstos en el título  VII   de   los   “Delitos   contra   el  patrimonio  económico”, una disminución de una tercera parte a  la  mitad  de  la  pena,  cuando la conducta se cometa sobre cosa cuyo valor sea  inferior a un (1) salario mínimo legal mensual.   

Nótese que existe norma expresa que regula el  monto  de  pena  imponible  para  el delito de hurto calificado por la violencia  cuando  la  cuantía  de  lo  sustraído  es inferior a un salario mínimo legal  mensual  vigente,  asunto  fáctica  y sustancialmente diferente al hurto simple  cuando dicha cuantía no es superior a 10 smlmv.   

En  cambio,  tanto el A quo como la defensora  pública   pretenden  la  aplicación  de  una  norma  propia  del  punible   de   hurto  simple  cuando  la  cuantía  no supera los 10 salarios mínimos  legales mensuales, so pretexto de que la rebaja de pena autorizada  por  el  inciso 2º del artículo 239 de la Ley 599 de 2000 es proporcionalmente  por  vía  de  analogía  más benigna para el procesado frente al monto de pena  previsto  para  el  hurto calificado por la violencia -8 a 16 años-, la cual en  este  asunto  resultaría  excesiva  si se tiene en cuenta que lo hurtado apenas  asciende a $50.000.   

De  ésta forma, irracional y desatinadamente  procede  a  efectuar  un  doble  descuento  punitivo  no  autorizado por la ley:  i)   la   proporción   de  reducción  frente  a  la  cantidad  de  pena  para  el delito base –hurto  simple-  equivalente a la mitad  en  el  mínimo  y  la  tercera  parte en el máximo14,   cuando  la  cuantía  es  inferior  a  10 smlmv, por lo que fija los extremos punitivos en 48 y 64 meses y  ii) la legalmente establecida  en  el  artículo  268  para  los  casos  donde la cuantía no excede un salario  mínimo,  de  tal  suerte que tasó los límites de la infracción entre 24 y 53  meses  y  10  días  de  prisión,  para  fijar  definitivamente  la  pena en 24  meses.   

Con  tal proceder, concedió al procesado una  rebaja  de  pena  no  prevista  en  la  ley  que  por  lo  tanto, transgrede con  suficiencia   el  principio  de  legalidad;  es  inadmisible  un  comportamiento  judicial  de  este talante y de contera le crea esperanzas a las partes donde no  las tienen.   

Nada  más  desafortunado  e  ilógico  que  procurar  la  aplicación de una norma que regula el delito de hurto simple a un  asunto  distinto,  esto es, a un hurto calificado por la violencia, el cual como  bien  lo  reconoce  el  mismo  fallador de primer grado supone la descripción y  sanción  de  una  infracción  penal  de  mayor relevancia para el ordenamiento  social  y  con  mayor  connotación  en  términos  de  afectación para el bien  jurídico protegido.   

Ahora,  si  bien  como  lo  afirma el juez de  instancia  con apoyo en la doctrina, es cierto que la cuantía no es un elemento  normativo  del tipo sino una “circunstancia incidente  en  la  pena”, lo cierto es que tanto la cantidad de  la  misma  como  del  descuento  punitivo  correspondiente,  son  fijados por el  legislador  para  cada  tipo penal de manera distinta de acuerdo con su facultad  de  configuración  legislativa,  en cuya tarea operan presupuestos de política  criminal   en   los  que  el  funcionario  jurisdiccional  no  debe  inmiscuirse  –modificando a su arbitrio  las  consecuencias  punitivas-,  so  pena  de  incurrir  en  una  clara   e  incoherente extralimitación de sus funciones.   

Es  así  como  el procedimiento dosimétrico  realizado  por  el  juzgador  plural resulta acertado y profundamente respetuoso  del principio de legalidad.   

Por último, con el fin de aclararle tanto al  Juez  de  conocimiento  como  a  la  defensora  pública  aquí  demandante, las  diferencias  jurídicas abismales entre la Ley de Justicia y Paz y el sistema de  derecho  penal ordinario, esta Sala se pronunció el 9 de febrero de 2009, en el  radicado 30.955, de la siguiente manera:   

“Como   se  ve,   las  situaciones  previstas  en una y otra reglamentación  son diferentes por lo que no debe  entenderse  que la Ley 975 incorpora un proceso de partes, sino que describe los  lineamientos  generales  de  un proceso concebido al interior de una justicia de  transición  y  por  lo tanto con diferencias sustanciales con los cometidos del  proceso penal ordinario.   

Que  la  legislación penal ordinaria tiene  unos   destinatarios   distintos   a   los  de  la  normatividad  que  busca  la  reconciliación  y  la  conquista  de la paz, es evidente: mientras que aquélla  está  dirigida  a  los ciudadanos del común que eventualmente pudieran ser, en  el  futuro, responsables de una conducta delictiva, la normatividad transicional  está  dirigida a personas que hacen parte de grupos organizados al margen de la  ley,  que  se  dedicaron  en  el pasado a sembrar el terror y  a quienes el  Estado busca ahora atraer a la institucionalidad.   

También  en  términos  de  expectativas  podemos  decir  que  el  marco  de la regulación ordinaria es distinto al de la  legislación   que  persigue  la  consolidación de la paz: mientras que el  proceso  penal  ordinario  asegura  garantías al justiciable, el previsto en la  Ley  975  de  2005  le  ofrece  a los desmovilizados sometidos voluntariamente a  ella,  significativas  ventajas punitivas, que de otra manera serían imposibles  de alcanzar.   

Además,  en lo referente a los derechos de  que   son   titulares   cada   uno  de  los  dos  procesados  en  los  distintos  ordenamientos,  también encontramos particularidades propias de la especialidad  de  cada  ley:  mientras  que   el de la justicia ordinaria tiene derecho a  exigir  que  se le investigue dentro de un plazo razonable,  amparado entre  otros,  por  el  derecho  a la no autoincriminación, el desmovilizado somete su  poder  al del Estado (entregándole sus armas y cesando todo accionar violento),  y   renunciando  a la garantía constitucional contenida en el artículo 33  superior,  confiesa  voluntariamente  sus crímenes, ofrece toda la información  suficiente  para  que  se  constate  su  confesión,  y espera a cambio de dicha  actitud  las ventajosas consecuencias punitivas que consagra la ley a cuyo favor  se acoge.   

   

Por  eso  la  actitud  en  uno  y otro caso  también  es  diferente:  mientras  que  el  procesado  por la justicia y con la  legislación   ordinaria  está  enfrentado  con  el  Estado,  en  términos  de  combativa  exigencia, producto del ejercicio pleno de sus garantías procesales,  el  justiciable  desmovilizado  se encuentra sometido, doblegado voluntariamente  ante  el  Estado en busca de la indulgencia ofrecida por la alternatividad penal  prevista en la Ley.   

También  la pena, en uno y otro caso tiene  objetivos  diferentes:  mientras  que  en  la  legislación ordinaria el anuncio  general  de  la  pena tiene una función preventiva, frente a la legislación de  Justicia  y  Paz el anuncio de una pena tan benigna busca efectos seductores, si  se  quiere,  de  invitación  a  la reconciliación sin mayor retribución, a la  otra  oportunidad,  al  ejercicio  de  la alternativa por una vida alejada de la  violencia,   a  la  restauración  de  las  heridas  causadas  con  su  accionar  delincuencial,  a  la  transición  hacia  una  paz sostenible, posibilitando la  desmovilización  armada y la reinserción a la vida civil de los integrantes de  aquellos grupos violentos.   

Y lo más importante, el protagonista en uno  y  otro  escenario  procesal  es  también diferente: mientras que la modernidad  construyó  el  proceso penal para rodear de garantías y derechos al procesado,  la  legislación  de Justicia y Paz colocó como eje central de su accionar a la  víctima,  para quien hay que reconstruir la verdad de todo lo acontecido, de lo  que  hasta  ahora solo ha percibido el dolor de la muerte, el desplazamiento, la  violencia  sexual  y  la  desesperanza  producida  por  la  soledad en la que la  abandonó  el  Estado;    en  cuya  reivindicación  hay  que  aplicar  justicia  como aporte a su duelo; y para quien hay que garantizar la reparación  con todos sus componentes.   

En  ese  orden,  estudiado  el ataque, se ha  de     inadmitir   el  cargo.   

La  Sala advierte y lo repite ahora: no es un  alegato  deshilvanado  y  fuera  de  contexto  jurídico  con el que se pretenda  derrumbar  la  legalidad  de un proceso. Se requiere un mínimo esfuerzo lógico  argumentativo  a  tono  con  la ley y la jurisprudencia, en donde paso a paso se  vaya  derrumbando  la credibilidad otorgada por los falladores a las pruebas, si  se  selecciona  la  vía  indirecta;  o quizás la directa, cuando el recurrente  exponga  con  una temática jurídica contundente que las instancias desbordaron  la  aplicación  o  interpretación  del  derecho  en relación con los hechos y  pruebas aceptadas, entre otras alternativas.   

Así  las  cosas  y  como  quiera  que  el  recurso   extraordinario  de  casación  está  regido, entre otros, por el  principio de limitación, las  deficiencias  de  la demanda jamás podrán ser remediadas por la Corte, pues no  le  corresponde  asumir  la  tarea  cuestionable  propia  del  recurrente,  para  complementarla,  adicionarla  o  corregirla,  máxime  cuando es antiquísimo el  criterio  de  la  Sala,  de  ser un juicio lógico-argumentativo regulado por el  legislador  y  desarrollado  por  la jurisprudencia, con el propósito de evitar  convertirla en una tercera instancia.   

Por  otra  parte,  no  se  advierte  que  con  ocasión  a  la  sentencia  impugnada  o  dentro  de la actuación hubiese existido violación de derechos o  garantías  del  sentenciado, como para superar los defectos y decidir de fondo,  según  lo impone la preceptiva del inciso 3º del  artículo 184 de la Ley  906 de 2004.   

4. Mecanismo de insistencia:  

Teniendo en cuenta que contra la decisión de  inadmitir   o     no     selección    de  la  demanda  procede  el  mecanismo de  insistencia  de  conformidad  con lo establecido en el  artículo   186   de   la   Ley   906   de   2004,  cuyo  trámite  no   fue  regulado,  pero  para  tornarlo  operativo,  la  Sala  ha  definido  las  reglas  que habrán de seguirse para su  aplicación15, como pasa a indicarse:   

1. La insistencia es  un  mecanismo  especial  que  sólo  puede  ser  promovido  por  el  demandante, dentro de los cinco (5) días  siguientes  a  la  notificación  de la providencia por medio de la cual la Sala  decide     inadmitir    o    no    seleccionar    la  demanda de casación, con el objeto de reconsiderar lo  decidido.  También  podrá  ser  provocado oficiosamente, en el mismo término,  por  alguno  de  los  Delegados del Ministerio Público para la Casación Penal,  salvo  que  el  Procurador  Judicial Delegado ante el Tribunal Superior fuese el  demandante.  El  mecanismo,  entonces,  opera  para  el  Procurador Judicial, el  Magistrado  disidente  o el que no haya participado en los debates y suscrito la  providencia inadmisoria.   

2. Es potestativo del  Magistrado  –en los casos  indicados-  o  del  Delegado  del  Ministerio  Público ante quien se formula la  insistencia  optar  por  someter  el  asunto  a  consideración  de la Sala o no  presentarlo  para  su  revisión.  En  este último evento informará de ello al  peticionario en un plazo de quince (15) días.   

3. El auto a través  del  cual  se inadmite la demanda de casación trae como consecuencia la firmeza  de  la  sentencia  de segunda instancia contra la cual se formuló el recurso de  casación,  salvo  que  la  insistencia prospere y conlleve a la admisión de la  demanda.   

4.  También  viene  precisando            la            Corte16   que   la   audiencia   de  sustentación  prevista  en  el  artículo  185  de  la  Ley  906 de 2004, no se  dispondrá  su  celebración, por cuanto su procedencia está circunscrita a los  casos de admisión de la demanda.   

Con  fundamento  en lo expuesto, la   Sala   de   Casación   Penal   de   la   Corte   Suprema   de  Justicia,   

R   E   S   U   E   L  V  E   

Primero: Inadmitir la  demanda  de  casación presentada a nombre de JHONATTAN  NARIÑO,  por  las razones aducidas en la parte motiva  del presente proveído.   

Segundo: Contra la no  selección      procede     el     mecanismo     de  insistencia  de  conformidad  con  el  inciso  2° del  artículo  184 de la Ley 906 de 2004, en los términos detallados en el acápite  final de esta determinación.    

Tercero:  Cópiese,  comuníquese,  cúmplase  y  devuélvase al  Tribunal de origen.   

MARÍA    DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

                                                              

JOSÉ       LEONIDAS       BUSTOS  MARTÍNEZ                                   SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                                               AUGUSTO   J.   IBAÑEZ   GUZMÁN                                       

                                                                                          

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                                        YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

                    

JULIO     ENRIQUE    SOCHA     SALAMANCA                                                                                                                    JAVIER   ZAPATA  ORTIZ   

                                                                           

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

                   Secretaria   

    

1  El  funcionario  de  instancia  lo  había  sentenciado  a  la  pena  de 24 meses de  prisión.   

2 Corte  Suprema de Justicia: radicado: 25.565 del 8 de junio de 2006.   

3  Motivo  por el cual declaró exequibles los artículos 3°, 19 (parcial), 20, 24  y 29 (parcial), entre otras normas demandadas.   

4 “El  repudio  de  la  analogía  jurídica  en  materia penal es justicia racional”  Cossio  Carlos,  citado  en  “Tratado  de  Derecho  Penal”, Luis Jiménez de  Asúa, Edit. Losada Buenos Aires, 1950.   

5 Luis  Jiménez  de  Asúa,  “Tratado  de  Derecho  Penal.  Tomo  II Filosofía y Ley  Penal”, Edit. Losada, Buenos Aires Argentina, 1950.   

6 M.P.  Alvaro Tafur Galvis.   

7 Ver,  entre  otras,  las  sentencias   C-127  de  1993,  C-344  de  1996  y  C-559 de  1999.   

8  Sentencia  C-133 de 1999. MP Carlos Gaviria Díaz. Consideración de la Corte No  3.  Ver  igualmente, entre otras, las sentencias C-127 de 1993. C-2465 de 1993 y  C-344 de 1996.   

9 Ver  igualmente  el  Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos en el  artículo  15-1  y  la  Convención  Americana  sobre  Derechos  Humanos  en  el  artículo  9, aprobados por nuestro país mediante las leyes 74 de 1968 y 16/72,  respectivamente.   

10  Sentencia  C-133 de 1999. MP Carlos Gaviria Díaz. Consideración de la Corte No  3   

11 Al  respecto,  ver  por  todos,  Luigi  Ferrajoli.  Razón  y  derecho.  Teoría del  garantismo penal. Madrid: Trotta, 1995, párrafos 6.3., 9 y 28.   

12  Sentencia C-559/99.   

13  M.P. Jaime Córdoba Triviño.   

14 El  artículo  239  prevé  la  pena  de prisión de 32 a 108 meses, sanción que se  reduce   de  16  a  36  meses  cuando  la  cuantía  no  exceda  10  s.m.l.m.v..   

15  Corte Suprema de Justicia. Radicado: 24.322 diciembre 12 de 2005.   

16  Corte Suprema de Justicia: radicado 28.059 de agosto 23 de 2007.     

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