30564(29-10-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 30564  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN  

Aprobado: Acta No. 288  

Bogotá,  D. C., veintinueve (29) de octubre  de dos mil ocho (2008).   

MOTIVO DE LA DECISIÓN  

Mediante  sentencia  anticipada  del  7 de marzo de 2007, la Juez Penal del  Circuito   de   Puerto   Tejada  (Cauca)  declaró  a  la  señora  Genny    Sofía   Muñoz   Bueno   autora  penalmente  responsable de la conducta punible de tráfico, fabricación o porte  de  estupefacientes. Le impuso 48 meses de prisión y de inhabilitación para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas, 66,66 salarios mínimos legales  mensuales  vigentes  de multa, la exoneró del deber de indemnizar perjuicios, y  le  negó la aplicación del artículo 351 de la Ley 906 del 2004, la condena de  ejecución condicional y la prisión domiciliaria.   

El  fallo  fue  apelado  por  la  defensa  y  ratificado   por   el   Tribunal   Superior  de  Popayán  el  31  de  marzo  de  2008.   

El  nuevo apoderado interpuso casación, que  fue concedida.   

La  Sala se pronuncia sobre los presupuestos  lógicos y argumentativos de la demanda presentada.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

1. Aproximadamente a las 8 de la noche del 26  de  diciembre  de  2006, integrantes de la Policía Nacional realizaban requisas  de  control  en  la  carrera 6ª con calle 4ª del municipio de Miranda (Cauca).  Cuando  procedieron  a hacer lo propio con los pasajeros que se transportaban en  el  vehículo  de  servicio  público  de  placas  VBQ-087,  que cubría la ruta  Corinto-Cali,  encontraron  que la señora Genny Sofía  Muñoz  Bueno  llevaba  adheridas  a  sus pantorrillas  sendas   bolsas   plásticas   que   contenían  un  total  de  1016  gramos  de  cocaína.   

2.  En  su  diligencia  de  indagatoria,  la  procesada  solicitó  el  trámite  para sentencia anticipada. El 24 de enero de  2007  la fiscalía le formuló cargos, que ella aceptó, como autora responsable  de  la  conducta  de tráfico, fabricación o porte de estupefacientes, prevista  en el inciso 3° del artículo 376 del Código Penal.   

Luego  fueron  proferidas  las sentencias ya  indicadas.   

LA DEMANDA  

El   defensor   afirma   que  la  prisión  domiciliaria  es  un  derecho  y  que  en el proceso se demostró que la acusada  cumple  las  exigencias  para  acceder  a  ella,  porque con grado de certeza se  infiere  que  no  pondrá  en  peligro a la comunidad, además de encontrarse al  cuidado  de  sus  menores  hijos,  huérfanos  de  padre,  cuyos  derechos deben  prevalecer  sobre  la  privación  de  la  libertad  para  cumplir  la  condena.  Precisamente,  fue  la  necesidad  de  sostener  a  sus hijos lo que llevó a la  sindicada a cometer el delito.   

Solicita     se    case    el    fallo  demandado.   

EL NO RECURRENTE  

El  Procurador  155  Judicial  Penal  II  se  pronunció  por  el  rechazo  de  la  demanda,  porque  no cumple las exigencias  formales,  en  cuanto  solamente  procedía  la  casación  discrecional y no se  demostraron sus exigencias.   

CONSIDERACIONES  

De  conformidad  con  el  artículo  213 del  Código  de Procedimiento Penal del 2000, en un todo de acuerdo con el análisis  del  representante del Ministerio Público no recurrente, la Sala inadmitirá la  demanda  porque no reúne las exigencias previstas en el artículo 212 del mismo  Estatuto.   

Las siguientes son las razones:  

1.   El   artículo  205  del  Código  de  Procedimiento  Penal  del  2000  dispone  que  la  casación  procede contra las  sentencias   

“proferidas  en segunda instancia por los  tribunales  superiores  de  distrito judicial… en los procesos que se hubieren  adelantado  por  los  delitos que tengan señalada pena privativa de la libertad  cuyo máximo exceda de ocho años”.   

La  diligencia de formulación y aceptación  de  cargos  para  sentencia  anticipada  y  los fallos de instancia adecuaron el  comportamiento    investigado    a   la   conducta   punible   de   tráfico  de  estupefacientes, prevista en  el  inciso  3°  del artículo 376 del Código Penal, norma que señala una pena  de prisión de 6 a 8 años de prisión.   

De tal manera que no era admisible la llamada  casación común.   

2. La única posibilidad de acudir al recurso  extraordinario     era     a     través     del     denominado     discrecional      o      excepcional.    

Esa institución se encuentra regulada en el  inciso    2°   del   artículo   205   procesal   citado,   de   la   siguiente  forma:   

“De  manera excepcional, la Sala Penal de  la  Corte  Suprema  de  Justicia, discrecionalmente, puede admitir la demanda de  casación  contra  sentencias  de  segunda  instancia  distintas  a  las  arriba  mencionadas,  a  la solicitud de cualquiera de los sujetos procesales, cuando lo  considere  necesario  para  el desarrollo de la jurisprudencia o la garantía de  los derechos fundamentales”.   

Del  mandato  legal  deriva  que para que la  Corte  pueda admitir la impugnación se impone que el sujeto procesal inconforme  presente  los  argumentos  jurídicos  a  través  de  los  cuales demuestre que  acceder  a su pedido sirve para que la Corporación se pronuncie sobre uno o los  dos  presupuestos  allí  reglados: para desarrollar la  jurisprudencia      nacional     o     para     garantizar     los    derechos    fundamentales.   

3. El demandante, al interponer el recurso no  hizo  alusión,  siquiera tácita, a esa especie del medio de impugnación, como  tampoco sucedió con la demanda que lo sustentó.   

La  Sala de Casación Penal ha admitido, por  excepción,  que  cuando  quiera  que el recurrente no invoque esa especie de la  casación,  el  requisito  puede tenerse por superado si del contexto del libelo  surge alguna de las vías que posibilitan el estudio de la Corte.   

Esa  no es la hipótesis del caso estudiado,  en  tanto  la  totalidad  del  escrito  de  sustentación  constituye,  única y  exclusivamente,  el  entendimiento subjetivo del defensor sobre lo probado en el  juicio  en  punto  de  la prisión domiciliaria, que, en su criterio, los jueces  han debido otorgar por estarse ante una madre cabeza de familia.   

El impugnante no presenta argumentos sobre la  necesidad  de un pronunciamiento de la Corte en uno de los dos sentidos a que se  refiere el artículo 205 procesal.   

En  esas  condiciones,  el  casacionista  no  prueba  ninguna  vulneración  a  una  garantía  superior,  ni la necesidad del  desarrollo  de  la  jurisprudencia.  Y  la  Sala,  en  virtud  del  principio  de limitación, no puede suponer  los  aspectos  que  harían  viable  la  admisión del libelo, circunstancia que  lleva a su rechazo.   

La Corte, entonces, desconoce los temas que,  a  juicio  del  defensor,  habilitarían  la  revisión de fondo, porque son sus  estudios  los  que  permiten al Tribunal de casación determinar su procedencia,  en  el  entendido  que  acrediten  que  pueden servir para la doble finalidad de  unificar  su  doctrina,  o  garantizar los derechos fundamentales, y resolver el  caso concreto.   

4.  En  el  supuesto  de  que se obviase ese  presupuesto  necesario,  el  rechazo  igual  devendría  como  única  solución  posible,  en  cuanto  el  censor  no  cumplió  con  las  exigencias  lógicas y  argumentativas reclamadas por la ley y la jurisprudencia.   

Incurrió     en     las    siguientes  irregularidades:   

(I)  No  formuló  cargo  alguno  contra  la  sentencia  del Tribunal, y no podía haberlo hecho, porque se limitó a aportar,  a  modo  de  “demanda”,  una  copia de los alegatos que su predecesor había  elaborado como sustento a la apelación interpuesta.   

Ese mecanismo generó el yerro, toda vez que  en  las  instancias puede resultar de buen recibo el acudir a discursos de libre  elaboración,  no  así  en  esta  sede.  La Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia  de  manera  pacífica  e  insistente  ha enseñado que el  recurso  extraordinario no constituye una instancia adicional, en cuanto las que  conforman  la  estructura  básica  de un proceso como es debido son dos, que se  agotan, generalmente, en el Tribunal.   

El  Tribunal  de  casación  no  cumple como  superior  funcional  de  los  jueces  que  constitucional  y legalmente han sido  investidos  con  la  potestad  de  dirimir  los conflictos entre los asociados y  entre estos y el Estado.   

En  tal contexto, el recurrente en casación  no  puede  acudir con escritos de libre factura en donde simplemente proponga un  modo  diferente  de  valoración,  con  el  anhelo  de  que  se reabra un debate  probatorio  ya  superado,  que  la  Corte se apropie de su inteligencia sobre la  eficacia  que  debe  serles  concedida o negada a los elementos de juicio o a la  normatividad y que la haga prevalecer sobre la de los jueces.   

El  agotamiento  de  las  dos  instancias ha  estado  precedido  de  la  aplicación  de  las  reglas  preestablecidas  por el  legislador  y  del acceso de las partes, que han tenido diferentes oportunidades  de   controvertir   la  prueba  y  la  aplicación  de  la  ley,  a  través  de  postulaciones,  interrogatorios,  aporte  de  pruebas y la interposición de los  recursos ordinarios.   

Ese   recorrido   judicial   comporta,  de  necesidad,  que  cuando  el  expediente  llega  a  la Sala de Casación Penal se  encuentre  cobijado  por  la  doble presunción de acierto y legalidad, como que  válidamente  puede inferirse que hubo muchas oportunidades para que los jueces,  ya  de  oficio,  ya  por  petición  de  los sujetos procesales, corrigieran las  irregularidades que hubiesen podido cometerse.   

En  ese  contexto, es carga del casacionista  derruir  esa  doble  presunción,  lo  cual no puede hacer a través de posturas  subjetivas,  sino  con  la  indicación  y demostración precisa de específicos  errores cometidos y su trascendencia en el sentido de la decisión.   

Así,  el recurso, en esencia, es un juicio  que  se  hace  en  contra  del  fallo  del  Tribunal,  tendiente  a demostrar su  ilegalidad,   en   cuanto   de   manera  manifiesta,  ostensible,  patente  haya  desconocido  la  Constitución  y/o  la  ley.  Y  esta verificación corresponde  hacerla  conforme con los lineamientos que el legislador y la jurisprudencia han  señalado de tiempo atrás.   

(II)  La  constatación de la ilegalidad de  los  fallos  de  instancia  se logra formulando cargos que se soporten en una de  las  tres  causales  regladas:  (a)  violación  directa  o  indirecta de la ley  sustancial;  (b)  incongruencia  entre  la  acusación  y  la  sentencia; y, (c)  nulidad.   

(III) Cuando se procede por la primera parte  de  la  causal  primera,  esto  es,  violación directa de la ley sustantiva, el  recurrente  está  obligado  a  admitir  la  fijación que de los hechos hizo el  Tribunal,  así  como  su  estimación  probatoria,  en tanto su discrepancia es  exclusivamente  en derecho, esto es, no comparte la aplicación que de las leyes  hizo  el  juzgador;  en  tal  caso  debe  indicar  la  norma sustantiva aplicada  erradamente  y  especificar  si  el  yerro  obedeció  a  falta  de aplicación,  aplicación indebida o interpretación errónea.   

El  impugnante no formuló cargo alguno, de  donde  no  se  sabe  si esa era su pretensión, pero si su insistencia sobre que  era  viable  la  prisión domiciliaria se interpretara con ese alcance, estaría  llamada  al  fracaso,  toda  vez  que  discutió el alcance probatorio judicial,  porque,  por  oposición  a lo que dijeron los jueces, afirmó que había prueba  suficiente  sobre el cumplimiento de las exigencias legales, esto es, cuestionó  la estimación probatoria de la sentencia.   

(IV)  Cuando  de  la  invocación  de  la  violación  indirecta  se  trata,  el censor debe cumplir con (1) la indicación  precisa   de   cada   una   de   las  pruebas  apreciadas  erradamente;  (2)  la  especificación   de   si   en   el   proceso  de  valoración  el  Ad  quem incurrió en errores de hecho o de  derecho;  (3) la concreción de si respecto de los yerros de hecho se cometieron  falsos   juicios  de  existencia  (por  omisión  o  suposición),  identidad  o  raciocinio;  o  de  legalidad  o  convicción  (tratándose  de  los  errores de  derecho);  y,  (4)  con  la demostración de la trascendencia o idoneidad de los  errores,  esto  es,  que compete acreditar que, de no haberse cometido ellos, el  sentido del fallo hubiera sido opuesto.   

Con  nada de ello cumple el impugnante, que  no  menciona  ningún  error,  ni  las  pruebas  sobre las que recayó el mismo.  Simplemente  se  limita  a  insistir  en  un  modo  diverso de valoración, para  concluir  que  se imponía sustituir la prisión carcelaria por la domiciliaria.   

5. La Sala inadmitirá el escrito porque el  examen  del  proceso  tampoco  muestra  que  se  hubiera  incurrido en causal de  nulidad  o  vulnerado  alguna  garantía  fundamental,  de tal manera que no hay  lugar  a  su  intervención de oficio, en el punto específico pretendido por el  demandante.   

Casación oficiosa.  

1. La inadmisión de la demanda de casación  no  impide  la  intervención oficiosa de la Corte, en aras del restablecimiento  de  garantías  fundamentales, para optar por lo cual no hay lugar a disponer el  traslado  al  Ministerio  Público,  toda  vez que tal trámite fue reglado para  aquellos  supuestos en que el escrito cumple las exigencias del artículo 213 y,  por tanto, es admitido.   

Lo  anterior  deriva de la norma citada que  manda  surtir  el  traslado al Procurador Delegado en lo Penal cuando quiera que  la demanda de casación es admitida.   

Por su parte, la primera parte del artículo  216  procesal,  bajo el título de “Limitación de la casación” dispone que  la  Sala  solamente  puede ocuparse de las causales expresamente alegadas por el  demandante,  lineamiento  que  parte  del supuesto necesario de la admisión del  escrito  y  del  previo  concepto  de  la Procuraduría, porque el análisis del  fondo  del  reproche  solamente es dable si la demanda se admite, acto que exige  el obligatorio estudio de la Procuraduría.   

La  segunda parte de la disposición aclara  que  tratándose  de  la  causal  de  nulidad y de la ostensible vulneración de  garantías    fundamentales,    “la     Corte   deberá   declararla   de  oficio”.   

La facultad oficiosa, entonces, permite a la  Sala  resolver  por  fuera  de  los lineamientos de la demanda, de donde resulta  obvio  que  no  se imponga el concepto del Ministerio Público, cuya procedencia  el legislador la vinculó a la admisión del escrito.   

Si la potestad de actuar de oficio compete a  la  Corte,  no tiene sentido que se la supedite a un trámite dilatorio, cuando,  finalmente,  el  artículo  216, en el apartado que se menciona, impone el deber  de  actuar para corregir la lesión a los derechos fundamentales, inmediatamente  el yerro es detectado, esto es, no regula ningún trámite previo.   

En  punto  del  tema  tratado,  la  Sala ha  precisado1:   

“Ha venido considerando la jurisprudencia  mayoritaria  de  Sala  que  cuando  se  inadmite la demanda de casación pero se  advierte  la vulneración de una garantía fundamental que imponga su ineludible  corrección,  la Corte, previamente a pronunciarse al respecto, disponía correr  traslado   al   Ministerio   Público   para   que   emitiera   su  concepto  al  respecto.   

Sin embargo, encuentra la Sala que en aras  de  los postulados de pronta y eficaz administración de justicia, lo lógico es  que  advertida la irregularidad que atente contra las garantías de los derechos  fundamentales,  sin  correr  traslado  al  Ministerio  Público,  se  subsane de  manera  inmediata,  con el  fin  de  reparar  el  agravio inferido, máxime cuando la Constitución y la ley  impone    a    la   Corte   Suprema   de   Justicia   efectivizar   el   derecho  material.   

Por    consiguiente,   recogiendo   la  jurisprudencia  sentada  al  respecto, la Sala procederá a pronunciarse en este  caso sobre la afectación de un derecho fundamental”.   

La aplicación del artículo 351 de la Ley  906 del 2004   

a  casos  tramitados  por  la  Ley 600 del  2000.   

En  la  actualidad,  la  Corte  en  forma  mayoritaria  admite  que  por favorabilidad es viable admitir la aplicación del  artículo  351 del Código de Procedimiento Penal del 2004 (Ley 906) a casos que  se hubiesen regido por los lineamientos de la Ley 600 del 2000.   

Los  argumentos  han  sido reiterados de la  siguiente                   manera2:   

“2.2.  Como el asunto gira en torno a la  aplicación  de la rebaja de pena contenida en el artículo 351 de la Ley 906 de  2004  a procesos tramitados al amparo de la Ley 600 de 2000, importa recordar la  posición que sobre el tema ha adoptado la Sala de Casación Penal.   

Inicialmente   venía   sosteniendo   su  inaplicabilidad  en  atención a la imposibilidad de asimilar el instituto de la  sentencia  anticipada  previsto  en  esa  normativa con el del allanamiento a la  imputación    de    la    Ley    906    de   20043.   

Con posterioridad una Sala de Decisión de  Tutelas  replanteó  el  asunto y consideró viable la aplicación favorable del  referido           artículo           3514.  Sin  embargo, esa posición  fue  recogida  luego  por la Sala de Casación Penal al resolver otra acción de  tutela,  en  la que reiteró la diferencia sustancial entre las dos figuras y la  consiguiente  imposibilidad  de acudir al principio de favorabilidad5.   

Finalmente,  al  advertir la disparidad de  criterios  existente,  unos de la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de  Justicia   y   otros   de   las  diferentes  salas  de  Revisión  de  la  Corte  Constitucional,  en  sede  de  casación  unificó la jurisprudencia y concluyó  sobre  la  viabilidad  de  la aplicación del artículo 351 a asuntos tramitados  por  el  procedimiento anterior. Al respecto sostuvo6:   

“En  un  Estado social y democrático de  derecho,  el  sistema  penal es considerado como el último y más severo de los  controles  sociales,  porque  representa  una afectación directa al régimen de  derechos  y  libertades  que  le  es  propio a todas las personas imputables. En  consecuencia,  deben  primar aquellas interpretaciones que resulten más afectas  o  cercanas  a  ese  plexo de garantías, en esta hipótesis de trabajo el de la  libertad    individual    tal    y    como    en    esta   decisión   ha   sido  considerada.   

En  el  caso  que ocupa la atención de la  Sala,  resulta  más  cara  al  ser  humano  la  interpretación  que permite la  aplicación  retroactiva, por vía de favorabilidad, del artículo 351 del nuevo  Estatuto procesal.   

Reconoce  esta  decisión  que  en  esta  modalidad  de  Estado, pueden coexistir interpretaciones diversas sobre un mismo  punto  de  derecho,  en  cuyo caso para garantizar el principio de igualdad y la  efectividad  misma  del  principio  de favorabilidad, debe primar la opción que  más  identifique  los  postulados del sistema jurídico vigente, que en nuestro  caso   y  según  los artículos 1, 6, 7, 93 de la Constitución Política,  es  el  reconocimiento  de  la  dignidad  humana,  a  partir de la libertad y la  igualdad…   

El  punto de desencuentro se centra en que  para  la  Sala la filosofía de los preacuerdos y negociaciones que subyace a la  terminación  anticipada  del  proceso  en  la  ley  906  de  2004  es  la  nota  diferenciadora  que  impide  la  equivalencia  de  la  institución con la de la  sentencia anticipada.   

Sin  embargo,  el  presupuesto de la tesis  tiene  un  esguince  toda vez que en el mismo estatuto procesal, las figuras del  allanamiento   a  cargos  y  de  los  preacuerdos  se  encuentran  previstas  en  capítulos  independientes,  la primera en el capítulo de la formulación de la  imputación,   específicamente   en   el  artículo  288.3;  ahora,  cuando  la  institución  es  nuevamente  mencionada  en  el  capítulo de los preacuerdos y  negociaciones,  se  hace  para trazar sus efectos, es decir, que el imputado que  se   allana   a  los  cargos  accede  a  una  rebaja  de  pena  de  hasta  la mitad y este marco de movilidad  le  corresponde  al  juez autónomamente más allá de los criterios que aporten  las  partes  e  intervinientes  en  la audiencia de individualización de pena y  sentencia    -artículo   447   de   la   ley   906   de  2004-.   

Lo  anterior  para  indicar  que es con la  figura  del  allanamiento a cargos que la sentencia anticipada guarda similitud,  en  donde  entre  el  imputado  y  la  fiscalía  no  ha  mediado consenso y las  consecuencias  de  ese  acto  unilateral libre y voluntario no dependen sino del  juez   dentro   del  marco  de  movilidad  que  la  ley  confiere  -hasta la mitad-.   

Desde  esta observación sí parece que la  invocación  al  principio  de  favorabilidad es correcta, porque el supuesto de  hecho  es idéntico: se trata de un ciudadano que admite su culpabilidad en unos  hechos  y  releva  al  Estado  del  esfuerzo  de  la demostración probatoria en  juicio;  en  las  dos  situaciones la pena no se acuerda, literalmente hablando,  porque  aquella  se  dosifica  por  el  juez,  conforme  a los criterios para su  fijación  y  dentro  del  marco  de  movilidad que le confiere el artículo 351  ejusdem,  en  ninguno  de los dos eventos se pactan situaciones procesales sobre  la  libertad,  como  subrogados  penales;  es decir, el fiscal no acuerda con el  imputado,  la  alegación  de culpabilidad de aquél, previo conocimiento de los  cargos  formulados  por  la fiscalía,  lo pone en directa relación con el  juez,  no  con el fiscal, con quien no se estima ni pena, ni subrogados, esto es  lo que ocurre también con la sentencia anticipada.   

Tampoco   es  correcto  afirmar  que  el  allanamiento  a  cargos  esté  condicionado  a  la  reparación integral de los  perjuicios  ocasionados,  lo  que  se ha destacado como nota diferenciadora para  imposibilidad  la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad.   Lo que  ocurre  es  que esta situación condiciona la relación jurídica entre fiscal e  imputado  para  acordar,  pero  cuando  el  ciudadano se allana a los cargos sin  mediar  acuerdos  ni  pactos  con  su  acusador,  es  el juez el que decide, por  ejemplo  que  no  es  acreedor  a una rebaja de la mitad de la pena, sino de una  significativamente  menor,  según  se  satisfagan los presupuestos axiológicos  que se persiguen con la terminación anticipada del proceso.   

Entonces, las notas diferenciadoras que se  han   edificado    para   desestimar   la   aplicación  del  principio  de  favorabilidad   a   un  sentenciado  anticipadamente  que  pretende  acceder  al  beneficio  punitivo  del  artículo  351  de  la  ley  906 de 2004, aún ofrecen  discusiones  profundas  las  que  han  marcado  la  disparidad  de los criterios  jurisprudenciales  y que deben resolverse con una interpretación que desarrolle  el  principio de  igualdad que se afecta cuando el azar marca la suerte del  ciudadano,  según  decida  un  operador  judicial u otro, o cuando el ciudadano  acude   a   la   Corte   Constitucional   para   que   se  pronuncie  de  manera  diferente.   

Como  se observa razonable interpretar que  si  bien  los  acuerdos  y  negociaciones son notas singulares del nuevo sistema  procesal  pero  el  allanamiento  a  cargos  tiene  unos matices respecto de los  cuales  no  es  totalmente  asertivo  decir  que  se  corresponda  con  la misma  filosofía  de  los  primeros, la Sala no casará el fallo impugnado, porque una  nueva  observación  indica  que  esta  institución no es específica del nuevo  procedimiento,  a  la  misma no subyace una relación consensuada entre fiscal e  imputado  y  por  tanto  puede  ser  observada como homologable con la sentencia  anticipada”.   

De  manera  que en la actualidad y bajo los  lineamientos  expuestos,  la  jurisprudencia  de  la  Sala  de  Casación  Penal  reconoce  la  procedencia de la aplicación de la rebaja punitiva prevista en el  artículo  351  de  la  Ley 906 de 2004 a asuntos tramitados bajo el imperio del  estatuto procesal anterior.   

Como  ello  no  se  hizo,  con  exclusión  evidente  de  la  disposición  posterior  favorable,  se  casará el fallo para  corregir el yerro.   

El caso concreto.  

1. En su primera intervención procesal, la  indagatoria,  la  acusada  no  sólo  admitió  la  participación  en el delito  (respecto  del  cual  fue  aprehendida  en  situación  de flagrancia), sino que  solicitó   acogerse   al   trámite   de  la  sentencia  anticipada7.   

2. Los progresivos descuentos reglados en la  Ley  906  del  2004  para  quien admite los cargos presentados por la Fiscalía,  conducen  a  concluir  que obedecen a una razón elemental: cuando el imputado o  acusado  evita un mayor desgaste de la Administración de Justicia, proporcional  será  la  rebaja concedida. A un mayor ahorro para investigadores y juzgadores,  grande  será la rebaja; en cuanto más lejos se encuentre el proceso de acceder  al juicio, el beneficio será mayor.   

Trasladados  esos  planteamientos  al  caso  analizado,  es  evidente  que  en  la  primera intervención procesal la acusada  admitió  su  responsabilidad  e  hizo expreso su deseo de evitar el desgaste de  gran  parte  de  la  fase  de  investigación  y  de  la  totalidad  del juicio,  circunstancia  que,  conforme  con  esos  lineamientos,  permite  inferir que el  descuento  debe  ser  mayor a aquel que, por vía de ejemplo, se le otorgaría a  quien espera hasta el acto de cierre de la instrucción.   

No  obstante, la rebaja no puede ser la del  tope  máximo,  la mitad, en cuanto si ella está aparejada con la colaboración  con  la  justicia,  para que ésta no se desgaste, eso no sucedió con plenitud,  por  cuanto  si  bien  se  admitió la propia culpa, lo cierto es que no se hizo  claridad  en  punto de las circunstancias que rodearon los hechos y las personas  que  entregaron  la  droga  para su transporte, pues se acudió al expediente de  citar desconocidos.   

Si  bien  ese  es  un  mecanismo válido de  defensa  y  no  se  puede  obligar  a  una  actitud  contraria, lo cierto es que  respecto  del tema de rebajas de que se trata, el mismo obliga a que la justicia  emplee  sus recursos con el fin de establecer la participación de las restantes  personas involucradas en los hechos.   

En esas condiciones, la Sala reconocerá un  descuento  total del 40%, que reducido del tope mínimo fijado por los jueces, 6  años,  arroja  un  total  de  3,6  años  de prisión, o, lo que es lo mismo, 3  años,  7  meses  y  6  días.  Aplicadas  las mismas operaciones respecto de la  multa,    ésta    queda    en    60   salarios   mínimos   legales   mensuales  vigentes.   

Consecuente  con  lo  expuesto,  la Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

1.      Casar,      oficiosa      y  parcialmente,  la  sentencia del 31 de marzo del 2008,  proferida  por  el Tribunal Superior de Popayán, exclusivamente para dejar en 3  años,  7  meses  y  6  días  de  prisión  y  de inhabilitación de derechos y  funciones  públicas,  y en 60 salarios mínimos legales mensuales vigentes para  el   año   2006   de   multa,   las   penas   que   debe  cumplir  Genny  Sofía  Muñoz Bueno por la conducta  punible de tráfico de estupefacientes por la que fuera condenada.   

En  lo  restante,  la  sentencia  permanece  vigente.   

2.  Inadmitir  la  demanda de casación presentada.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Notifíquese y cúmplase.  

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   

Salvamento de voto  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO           

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS               AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

Salvamento de voto  

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS           

Salvamento    de    voto                                                           Salvamento de voto   

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                      JAVIER ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

Respetuosamente manifiesto mi discrepancia  frontal  con  la  decisión  que por mínima mayoría se ha impuesto ahora en la  Sala,  al  entender  que  no  es  posible  aplicar  a hechos que se rigen por el  artículo  40  de  la  Ley 600 de 2000 el inciso 1° del artículo 351 de la Ley  906  de  2004,  de  donde  resulta  imperativo  para  los  servidores judiciales  incluido  el juez de casación, corregir los   -en mi sentir- desvíos  que  en  tal sentido se lleguen a producir sin que con ello se vulnere principio  constitucional  alguno  pues  semejantes  decisiones  no  pueden  ser  fuente de  derechos,   y   la   providencia   que  en  instancias  los  avale  no  se puede tolerar y, menos, dejar que  produzca efecto alguno.   

El      principio     nullum  crimen,  nulla  poena  sine  lege  representa  no  solo  un  límite  formal  al  poder  punitivo  del Estado, sino  también  uno  material que… se ciñe a castigar las perturbaciones más   graves   de  la  vida  en  sociedad…  el  de  legalidad  es  un  principio  de  racionalización  del  castigo  que…  al  orden de las infracciones, según la  seriedad  del mal que  causan, ha de comprender el de las sanciones, según  su   gravedad8.   

Las  razones que me acolitan se expondrán  de acuerdo con la secuencia que sigue:   

     

I. Legitimación de las providencias judiciales.   

II. Interpretación en Derecho Penal.   

III. La pena, sus fines y la culpabilidad.   

IV. Sistema acusatorio: axiología y literalidad.   

V. Conclusiones. Y,   

VI. Refrendación de un criterio.     

                    

El  principio de  legalidad  de  la  pena  es  una  garantía  para  el  procesado  y  también  para  la   sociedad, en el sentido de que el Estado  impondrá  las  que  hayan  sido  estatuidas previamente a la realización de la  conducta   punible,   dentro   de  los  límites  cuantitativos  y  cualitativos  consagrados  en  el  ordenamiento jurídico, sin que se puedan imponer penas por  arbitrio  o  imaginación   del  juez,  que  no  respeten  los  parámetros  legales,  con  quebranto  de  la  igualdad y de la seguridad jurídica”. Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, casación de 7 de marzo de 2007,  radicación  25.385,  M.  P.,  Dr.  Álvaro O. Pérez Pinzón. Agréguese que el  olvido,  el error o el delito judicial no pueden crear derechos, como tampoco la  negligencia  de  la  Fiscalía o de la Procuraduría para recurrir, que a menudo  se  trae  como pretexto de convalidación de esos fraudes a la Constitución y a  la  Ley  válida9.   

I  

Legitimación   de   las   providencias  judiciales   

1. La  mejor  manera  de  legitimar un criterio jurídico es a través  del  soporte  argumental  que  lo  acompañe. Así lo reclama además el derecho  fundamental  de partes e intervinientes procesales a la  motivación de las  providencias,  el  garantismo  penal  dispuesto hoy no aberrantemente a favor de  una  sola  de  las  partes  sino  de todas10   y   una  judicatura democrática, igualitaria e imparcial.   

Y  significa  la  fuente  de  seriedad  y  fortaleza  de  los planteamientos afincados en la axiología de la racionalidad,  de  la razonabilidad, de la proporcionalidad y de la ponderación, principios de  la  más  alta alcurnia  en cualquier variable del Estado de Derecho,   que   tiene   como   sus   valores   más  caros  la  dignidad  de  todos  los  seres  humanos (para el caso  involucrados  en  el proceso penal), la justicia, el orden justo, y, si se trata  del  Estado  Social  de  Derecho  (artículo  1 Const. Pol.), la igualdad, y que  tiene  entre  sus  fines,  el  de  facilitar  la  participación de todos   en   las   decisiones  que  los  afectan   (artículo  2  Const.  Pol.)  y,  si  es Estado Constitucional de  Derecho,  con  un  Poder  Judicial  rectorizado  por  una  “jurisprudencia  de  principios”  que  ha   llevado  en  Colombia  a que sus más altos jueces  penales    por    unanimidad    ponderen  (artículo 27 cpp-04):   

Hay  que  resaltar  la necesidad de que la  judicatura  comprenda  el  papel  que  juegan  sus decisiones en el contexto del  sistema  penal  y  del  modelo  estatal  del  que  hace  parte  por  cuanto  las  democracias  constitucionales  son  fundamentalmente  Estados  de  Justicia;  es  decir,  Estados que en el contexto de una democracia participativa y pluralista,  llevan  a  una  nueva dimensión los contenidos de libertad política del Estado  Liberal  y  de  igualdad  del  Estado Social. Por ello, cada acto de los poderes  constituidos,   incluido   el   Poder   Judicial,  se  halla  vinculado  por  la  Justicia   como   valor  superior   del  ordenamiento  jurídico,  como  principio  constitucional,  como  derecho  y  aún  como deber estatal, de donde resulta imperioso que los jueces,  al  emitir  sus  pronunciamientos,  no  se  preocupen  solo  por  la corrección  jurídica  de  sus  decisiones sino también por la  necesidad de armonizar  esa  corrección  con  contenidos  materiales  de  Justicia  porque  de lo   contrario,  la  judicatura  colombiana  no  habría  dado un solo paso desde las  épocas  del  más rígido formalismo jurídico11.   

2.  La  práctica  del Derecho consiste en  argumentar  porque,  como  dice Atienza, esta cualidad es la que mejor define lo  que  se entiende por buen jurista: capacidad para idear y manejar argumentos con  habilidad12.   

En  procesos  judiciales  en  los  que  se  resuelven  problemas  jurídicos  simples  o  rutinarios  es  común  que  el  esfuerzo  argumentativo  del  juez  se  reduzca a hacer una  inferencia  entre  el  supuesto  fáctico  y  la  norma; pero en los denominados  casos  difíciles,  en los  que  la  relación entre la premisa fáctica y la premisa normativa exige nuevas  argumentaciones  que  pueden o no ser deductivas, la validación de la decisión  requiere   además   de   una   justificación  interna  (corrección  desde  la  perspectiva  lógica-deductiva),  de  una  justificación  externa que impone ir  más  allá  de  la  lógica  en  sentido  estricto13.   

3. A  partir  de  los  desarrollos teóricos de mitad del siglo pasado  (Viehweg,  Perelman  y  Toulmin)  y de las propuestas de autores contemporáneos  (MacCormick  y  Alexy),  se  ha  consolidado  lo  que  se  denomina teorías  de la argumentación jurídica,  las que sirven, entre otras cosas, para señalar que   

Una   decisión  judicial  se  considera  justificada  cuando  el argumento cuya conclusión expresa el contenido de dicha  decisión  es  un  buen argumento o un argumento sólido. El argumento contenido  en  una sentencia judicial es sólido cuando el conjunto de sus premisas (normas  jurídicas   más   enunciados  fácticos)  es  aceptable  y  su  estructura  es  lógicamente                 correcta14.   

4. Modernamente  las  decisiones  judiciales  se profieren teniendo en  cuenta  criterios  de  razonabilidad y proporcionalidad que se edifican a partir  de  un  «test»,  entendido  como  una guía metodológica que se desarrolla en  tres   etapas  que  intentan  determinar:  (i)  La  existencia  de  un  objetivo  perseguido  a  través  de la norma. (ii) La validez de ese objetivo a la luz de  la  Constitución. Y, (iii) La razonabilidad de la relación de proporcionalidad  entre ese trato y el fin perseguido.   

5. El  concepto de razonabilidad puede ser aplicado satisfactoriamente  sólo  si  se concreta en otro más específico, el de «proporcionalidad», que  se     integra     con     tres    subcategorías15:  (i) La adecuación de los  medios  escogidos  para la consecución del fin perseguido. (ii) La necesidad de  la  utilización  de  esos  medios para el logro del fin (esto es, que no exista  otro  medio  que  pueda  conducir  al  fin  y que sacrifique en menor medida los  principios  constitucionales  afectados  por el uso de esos medios). Y, (iii) La  proporcionalidad  en  sentido  estricto  entre  medios  y  fin, es decir, que el  principio  satisfecho  por  el  logro  de  este  fin  no  sacrifique  principios  constitucionalmente más importantes.   

La  proporcionalidad  sirve  como punto de  apoyo   de   la   ponderación   (artículo   27   cpp-2004)   entre  principios  constitucionales:   cuando   dos  principios  entran  en  colisión,  porque  la  aplicación  de  uno  implica  la  reducción  del campo de aplicación de otro,  corresponde  al  juez determinar si esa reducción es proporcionada, a la luz de  la  importancia del principio afectado, y entonces se sopesan (ponderan) los dos  principios  que entran en colisión en el caso concreto para determinar cuál de  ellos  tiene  un  peso  mayor  en las circunstancias específicas, y, por tanto,  cuál de ellos prima la solución del caso.   

En  esta  variante  (de  prohibición  de  protección  deficiente),  el  principio  de  proporcionalidad  supone  también  interpretar  los derechos fundamentales de protección como principios y aceptar  que   de   ellos   se  deriva  la  pretensión  prima  facie  de que el legislador los garantice en la mayor  medida    posible,   habida   cuenta   de   las   posibilidades   jurídicas   y  fácticas16.   

Estas premisas teóricas de argumentación  han  permitido  monolíticamente  a  la  Sala  de  Casación  Penal,  al  buscar  proporcionalidad  entre  los derechos de los victimarios, afincados regularmente  en   el   carácter   absoluto  de  los  derechos  de  primera  generación  del  decimonónico  Estado  Liberal  de  Derecho,  y  los  derechos  de las víctimas  (Estado  Social  y  Democrático  de  Derecho,  y  del  Estado Constitucional de  Derecho  –garantismo  de  los derechos de todos-), a ponderar que los últimos priman:   

No se debe desconocer que en situaciones de  sucesión  o  coexistencia  de  leyes ha de ser tenido en cuenta el principio de  favorabilidad,  sin  olvidar  que  en supuestos límite dicho postulado debe ser  ponderado  frente  a otros fines, valores y derechos fundamentales que lo pueden  hacer    ceder   y   producir   su   inaplicación17.    

II  

Interpretación en Derecho Penal  

Garantismo designa una filosofía política  que  impone  al  Derecho y al Estado  la carga de la justificación externa  conforme  a  los  bienes  y  a  los intereses cuya tutela y garantía constituye  precisamente  la  finalidad de ambos. En este último sentido el garantismo  presupone  la  doctrina  laica  de  superación  entre  Derecho  y  Moral, entre  validez  y  justicia, entre  punto  de  vista interno (jurídico) y punto de vista externo (ético-político)  en     la     valoración     del     ordenamiento,  es  decir,  entre  “ser”  y  “deber ser” del  derecho18.   

1.  Es  la  operación mediante la cual se  trata  de  asignar  sentido a los enunciados jurídicos, determinar su contenido  de  significado  y,  con  ello, su alcance normativo, proceso interpretativo que  parte  del  tenor  literal de los enunciados jurídicos que constituyen su   objeto,  criterio  gramatical-normativo  básico  en  derecho  penal  asociado a  consideraciones de seguridad jurídica y legitimidad democrática.   

La intención del legislador se consigna en  consideraciones  gramaticales  que  cuentan  mucho en la adscripción de sentido  del   enunciado  jurídico  porque  la  interpretación  es  principalmente  esa  asignación  en  el  marco  del  campo de sentido literal posible del mismo, que  además  tiene  que  ver  con  la integración del enunciado legal en un esquema  racional ordenado a la realización de una idea de Derecho.   

2.   La  doctrina  y  la  jurisprudencia  dominantes  señalan  que una interpretación constitucionalmente legítima debe  ser   respetuosa  del  tenor  literal  del  enunciado  y  mostrar  razonabilidad  axiológica;  adecuarse  a  la   orientación  material  de  la norma y ser  coherente  con  el  acervo  axial (plano político-jurídico), aspecto éste que  prima   en  aquellos  casos  de  fricción  con  la  literalidad  del  enunciado  jurídico-penal.  Vale  decir: no puede existir en la hermenéutica una absoluta  disolución  de  la  legalidad  positiva  pero  se  debe  buscar la racionalidad  teleológica,  cuál  es  el fin de la norma tanto como método para interpretar  su enunciado como resultado de la interpretación.   

3.  La interpretación teleológica de los  enunciados   jurídico-penales   señala   que   ellos  tienen  un  telos,  que  se  puede  llamar “fin de  regulación”,  “idea  fundamental”,  “razón  justificante”,  y que no  siempre  aparece  expreso  en el enunciado jurídico pero puede ser descubierto,  logrado lo cual,   

cabe  reconstruir el sentido del enunciado  jurídico   en    términos   de   racionalidad   teleológica,  es  decir,  configurarlo   como   medio   para  el  cumplimiento  de  dicho  fin19.   

4.       Ese       telos puede referirse a los fines que el  legislador  histórico  pretendía obtener con la promulgación del enunciado en  cuestión,  como también a fines independientes de esas pretensiones que pueden  aparecer  por  falta  de  coherencia  entre  el  dispositivo legal y los valores  superiores,   y   por   la   evolución   social.   Los  primeros  se  descubren  empíricamente   a  través  de  materiales  legislativos  y  del  contexto  histórico  en el que se promulgó el enunciado,  mientras que los segundos  (salidos   de   una   interpretación   teleológico-objetiva)  resultan  de  la  interacción   del   legislador,    que  inserta  el  texto  del  enunciado  jurídico-penal  en  un  contexto  comunicativo,  y  el  intérprete,  quien  se  aproxima  al  referido  enunciado  desde un punto de vista externo a éste (pero  “interno” al Derecho).   

Los          telos      de     los     enunciados  jurídico-penales  son consideraciones acerca de las consecuencias fácticas que  debe  obtener  el Derecho Penal, así como a los principios axiológicos por los  que  éste  debe  regirse.  Vendrían  dados  por  la  específica  racionalidad  teleológico-valorativa  del  Derecho  Penal.  Y los elementos configuradores de  una  determinada  racionalidad  jurídica  se  manifiestan  en  la teoría de la  política  criminal  y, más en concreto, en la dogmática de la parte general y  de  la parte especial, como segmentos de la política criminal racionalizados de  modo          singularmente          intenso20.   

5. Así, pues, en la interpretación hay un  camino  progresivo  que  avanza  de la descripción legal al criterio valorativo  rector,  coincidiendo  la  mayoría  de  veces  la  interpretación  del sentido  literal  con  la  interpretación de sentido total, como adelante lo demostraré  en  el  asunto  de  la especie, aunque invirtiendo el orden de los factores para  una  mejor  pedagogía  de  la tesis que con fundamento toral en el Estado  de Justicia, proclamo y defiendo:   

Evidenciaré enseguida el estelar papel en  las  civilizaciones  de  hoy  del  Derecho Penal y uno de sus productos, la pena  legal  y  justa (iii), qué quiso el Constituyente (Acto Legislativo 03 de 2002)  y   el   Legislador  (Leyes  906  y  890  de  2004)  al  obedecer  el  estándar  internacional  (Reglas  de  Palma  y  Estatuto  de  Roma) de implantar una   sistemática  acusatoria  y cuál  fue la política criminal que se adoptó  (artículo  251-4 Const. Pol.) reflejada en las partes dogmática o procesalista  y procedimentalista del nuevo código (iv).      

III  

La    pena,    sus    fines    y    la  culpabilidad   

La pena y sus fines:  

1.   El  periplo  humano  dice  que  una  de  sus  mayores  preocupaciones  tiene  que  ver  con  la  determinación de los fines de la pena  porque  las  diferentes  posturas han debido enfrentar dos paradigmas: (i) el de  sancionar  porque  se  cometió un delito frente al de (ii) penar para que no se  cometa un nuevo delito.   

2. La  teoría  ha  permitido delimitar la existencia de unas teorías  absolutas  de la pena que corren en paralelo a las teorías relativas. Entre las  primeras  se  destaca  la  llamada teoría de la retribución, también conocida  como  teoría  de  la  justicia,  perspectiva  desde  la cual se entiende que el  delito  personifica  la  ejecución  de  un  mal  que debe ser compensado con la  realización  de  la justicia que se produce con la imposición de una pena. Dos  grandes  filósofos  desarrollaron  lo  que  se  ha  dado en llamar retribucionismo  ético (Kant: la pena es  un  imperativo  para  la realización de la justicia21)    y   el   retribucionismo  dialéctico  (Hegel: la  pena   constituye   la   negación   del   delito:   se   trata   de  injusto  y  justicia).   

Las  teorías  relativas  se  desarrollan  teniendo  en  cuenta el fin preventivo de la pena. La prevención especial, cuyo  centro  de  atención  es el delincuente, a través de la pena busca mejorarlo o  resocializarlo  -también  se  ha  dicho  disuadirlo o inoculizarlo- para que no  cometa delitos en el futuro.   

La  prevención  general, que concentra su  mensaje  en  el  conglomerado  social,  busca  que la imposición de una pena se  convierta  en  medio  de comunicación o advertencia para que los miembros de la  sociedad  eviten  la comisión de delitos. La tendencia preventiva negativa hace  de  la  pena  un  mecanismo  de  coacción  psicológica  o  intimidatorio. Y la  prevención  positiva,  o  integradora,  se  construye a partir de relaciones de  confianza  y  fidelidad  al  derecho  que  conducen  a  la  aceptación  de  las  consecuencias cuando se comete un delito.   

3. Sin  embargo,  y  dado  el  cúmulo de críticas que no superan las  mencionadas    teorías,    muchos   autores   han   desarrollado   teorías   de  la  unión,  mixtas,           unificadoras,   en  la  pretensión  de  fundamentar  sólidamente  una  teoría  de  los fines de la pena a partir de un  sincretismo epistemológico.   

4. Adoptando   un   criterio  moderno  y  acorde  con  lo  desarrollos  teóricos  contemporáneos,  el  legislador colombiano de 2000 determinó que la  pena tiene fines   

de   prevención  general,  retribución     justa,    prevención  especial,   reinserción   social   y   protección   al   condenado22,   

pero aclaró que  

La  prevención especial y la reinserción  social   operan   en   el   momento   de   la   ejecución   de   la   pena   de  prisión.   

Esta  fórmula  legal  introduce entre los  fines  de  la  pena  todos  los criterios que han sido desarrollados, procurando  responder  la  pregunta  de  si  se  pena  porque se delinquió o para que no se  delinca.   

La Constitución Política…establece una  verdadera  política  y  filosofía  del  derecho  penal  y  de  las  penas  que  condiciona  los  fines,  objetivos y clases de penas que pueden imponerse por el  legislador  penal:  las  penas  deben  ser  humanas,  dignificantes,  limitadas,  posibles          de          cumplir,         edificantes,         determinadas    y   conocidas,   deben  rehabilitar    y    socializar    al    condenado23.   

5. Hoy  en  día no es posible administrar con criterios absolutos los  fines  de  la  pena  porque  a  la  luz  de  los principios signados en la Carta  Política    y    los    tratados   internacionales   sería   inconstitucional,  pues   

la  pena  es  una  forma  de intervención  estatal  radical  y  como  tal  necesita  un fundamento legitimador que no puede  consistir  en ideas metafísicas, sino sólo en la necesidad y conveniencia para  la  realización  de  tareas  estatales  (en  el caso concreto: el control de la  criminalidad)24.   

Si  bien modernamente se ha pretendido por  un  sector mayoritario de la doctrina dar respuesta a los fines de la pena desde  una  perspectiva  preventivo  general,  no se puede perder de vista que la pena,  por contener un reproche personal al autor del delito,   

No puede justificarse frente a éste sólo  con  su  necesidad  preventiva,  sino que también tiene que poder ser entendida  por    él    como   merecida   (lo   que)   sucede   cuando   es   justa,  esto  es, cuando se vincula a la  culpabilidad  del  autor  y se limita por el grado de la misma… Dicho en forma  simple:  la  pena  debe  permanecer  bajo  la  medida de la culpabilidad incluso  aunque   tenga   sentido   desde   un   punto  de  vista  preventivo25.   

Culpabilidad y pena:  

1. En  la  medida  en  que  se  ha propugnado por un derecho penal que  permita  hacer  responsable  a aquellos individuos por lo que han hecho y no por  lo  que  son,  porque  la  culpabilidad  dejó  de  ser un rasgo intrínseco del  sujeto,  se  ha  permitido entender la culpabilidad como cualidad que se predica  jurídicamente   de   una   persona   en  relación  con  la  conducta  ilícita  ejecutada.   

2.   El   «grado»  o  «cantidad»  de  culpabilidad  es  la  medida  de  la pena en tanto aquella determina el monto de  esta.  Al  quedar fijada la culpabilidad del autor se está predicando del mismo  su     responsabilidad,     de    donde    se    desprende    el    quantum  de  pena  a  imponer  al sujeto  particular   y   concreto   por  su  calidad  de  responsable  de  una  conducta  delictiva.   

3. Si     la    culpabilidad    se    entiende    como    capacidad    normal    y   suficiente   de   motivación   por   la  norma  no  hay  lugar a discutir que, en la medida en  que  el  llamado de la norma  es  recibido  por  el  sujeto,  dicho  mensaje  lo  motivará  a proceder en los  términos dispuestos por el ordenamiento jurídico.   

4. De  lo  expuesto  se  sigue  que  solamente  podrá ser tenida como  pena  justa  aquella  que  ponderada  a  partir  de  la  gravedad  del  hecho  frente a la culpabilidad del  responsable  de  la  acción,  está  en  capacidad  de  vigorizar  la confianza  colectiva  en  sus  instituciones  y la conciencia jurídica de la comunidad. La  pena  justa  no  puede  pasar por alto que al Estado26,   

además de garantizarles la protección de  los  derechos  humanos  mediante  el ejercicio de un recurso en los términos de  los  artículos  8  y  25  de  la  Convención  Americana  de  Derechos  Humanos  (le)   

[4.5.3.]  …  corresponde  el correlativo  deber  de juzgar y sancionar  las  violaciones  de tales derechos. Este deber puede ser llamado obligación de  procesamiento    y   sanción   judicial  de  los  responsables  de  atentados  en  contra  de los derechos  humanos internacionalmente protegidos.   

(…)  

4.5.5.  El  deber  estatal  de investigar,  procesar   y   sancionar  judicialmente   a   los   autores   de   graves  atropellos  contra  el  Derecho  Internacional  de  los  Derechos Humanos no queda cumplido por el sólo hecho de  adelantar  el  proceso  respectivo,  sino  que  exige  que  este  se surta en un  “plazo  razonable”. De otra manera no se satisface el derecho de la víctima  o  sus  familiares  a  saber  la  verdad  de lo sucedido y a que se sancione     a     los     eventuales  responsables.   

(…)  

4.5.10. El derecho a la verdad implica que  en  cabeza  de  las  víctimas  existe un derecho a conocer lo sucedido, a saber  quiénes  fueron  los  agentes  del  daño,  a  que  los  hechos  se investiguen  seriamente  y  se  sancionen  por el Estado, y a que se prevenga la impunidad.   

(…) la Corte aprecia que, dentro de las  principales  conclusiones  que  se extraen del “Conjunto de Principios para la  protección  y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra la  impunidad” en su última  actualización,  cabe  mencionar  las siguientes, de especial relevancia para el  estudio  de  constitucionalidad  que  adelanta:  (i)  durante  los  procesos  de  transición  hacia  la  paz,  como el que adelanta Colombia, a las víctimas les  asisten  tres categorías de derechos: a) el derecho a saber, b) el derecho a la  justicia  y  c)  el  derecho  a  la reparación… (iv) el derecho a la justicia  implica  que  toda  víctima  tenga  la  posibilidad de hacer valer sus derechos  beneficiándose  de un recurso justo y eficaz, principalmente para conseguir que  su  agresor sea juzgado, obteniendo su reparación; (v) al derecho a la justicia  corresponde  el  deber  estatal  de  investigar las violaciones, perseguir a sus  autores    y,    si    su   culpabilidad     es     establecida,     de     asegurar     su    sanción.   

5. Pero  la  pena  no  solamente tiene que ser justa sino que debe ser  respetuosa  de  la  legalidad  existente;  se  debe  soportar  en los axiomas de  efectividad27  («facticidad»)  y  normatividad  («validez»)  del derecho, de  donde  su  legitimidad  dependerá  del  respeto  a los límites que disponga el  orden   jurídico   en  tanto  expresión  de  una  razonable  determinación  y  concreción    de   los   derechos   fundamentales28, que en el proceso penal se  predican        con       igual       énfasis29 tanto a favor del procesado  como         de         las         víctimas30 y la sociedad.   

6. Las  penas  establecidas  en la legislación penal han superado los  exámenes        de        constitucionalidad31  y  por  lo  tanto resultan  ajustadas         al        principio        de  proporcionalidad  para  sancionar  al  amparo  de sus  extremos  punitivos  los  ataques  que  puedan  recibir  los  bienes  jurídicos  protegidos,  de  donde  se tiene que la imposición de una sanción que desborde  el  tope máximo, se tace por debajo del límite mínimo o por vía de alguna de  las  instituciones del derecho premial conlleve una rebaja de pena más allá de  la     autorizada     legalmente,     debe     ser  corregida,  pues  desde  la  Constitución se reclama  imperativamente  que  los  poderes  públicos  en general, y la rama judicial en  particular,  desplieguen  su  actividad  de  manera encaminada a conseguir “la  efectividad  de los valores superiores de la justicia material y de la seguridad  jurídica”32:   

En  la  vida  en  comunidad y de cara a la  organización  estatal,  a  la  par  de  los derechos esenciales de vida-libertad-igualdad,  cobra  especial  relieve  para  hacer  real  y  efectivo  el  valor  de dignidad, el derecho   a   la   seguridad,  y  dentro  de este el de seguridad  jurídica…  Así es como el  derecho  a  la  seguridad  viene  a cobrar especial relevancia en el orden a la protección de la dignidad,  la  vida,  la  libertad  y  la igualdad. Sin seguridad  material  y  jurídica  de nada sirve la formulación  abstracta  de  derechos, el establecimiento de un Estado de Derecho se tornaría  inane  e  insignificante, pues la incertidumbre, la inseguridad, la variabilidad  de  las  situaciones  y por tanto la injusticia, cundirían, anegándose la vida  social   y  la  justicia  en  un  subjetivismo  peligroso  que  propiciaría  la  inconformidad, la violencia y la guerra civil.   

7. La  pena  que  legalmente  se  consagra  como  consecuencia  de  un  comportamiento  punible  está  ajustada dentro de unos límites que le permiten  caracterizarla  como necesaria, proporcional y razonable (artículo 3° cp) y en  tal  medida  con  ella  se  busca  obtener  como  fines  la prevención general,  retribución  justa,  prevención especial, reinserción social y protección al  condenado (artículo 4° cp).   

La  clásica pauta “a cada uno lo que le  corresponde”  se  interpreta  comúnmente  como  una  apelación  al mérito o  demérito   personal.  Quien  la hace, la paga. A cada uno lo que ha ganado  limpiamente.  La   justicia  reparte  premios  y  castigos  atendiendo a la  relación  entre  la  causa  y su agente. El individuo se responsabiliza de  sí  mismo ante sí mismo y, sobre todo, ante los demás. El sistema judicial se  basa,      desde     siempre,     en     dicha     concepción     de    la  responsabilidad.33   

8.  La  pena  es  un  mal  necesario  que,  parodiando  a  Radbruch,  se  debe utilizar racionalmente hasta que la humanidad  encuentre  algo  mejor  para afrontar las conductas desviadas. La reparación no  tiene  el  poder  de  extinguirla  sino  en  contados  casos.  Pervive   la  retribución  justa  (artículo  4  cpp).  Y  el  monto  de  la  pena  debe  ser  proporcional   a   la   culpabilidad   del  autor,  cómplice  o  interviniente,  constituyéndose  en  referente  indiscutible  para la reparación de perjuicios  así  sea  en  sede  de  preacuerdos y negociaciones (artículos 34834,  34935     y     351     inc.     último36  cpp),  a  considerar en el  “arbitrio    ponderado”    que    otorga    el   normativo   “hasta”  (artículos 288.3 y 351 inc. 1  cpp),  “acuerdo  que  se  consignará   en  el  escrito  de acusación”, conforme a texto literal y  axiológicamente  limpio  ubicado  en  el  extremo  posterior  del  juicio  de identidad que se realiza entre  la  antigua  sentencia  anticipada y la primera “modalidad” de preacuerdos y  negociaciones  que  tifipica   el  artículo  351  con  el   nombre de  “aceptación de los cargos”.   

Después de que las extensiones legales del  principio   de   oportunidad   y   las   distintas   medidas   aceleratorias  no  resultaran   suficientes,  la  práctica judicial alemana ha encontrado una  solución  radical  propia,  que se  mantuvo durante muchos años encerrada  en  torres de silencio y que recientemente en los últimos años ha surgido a la  luz  de  la  opinión  pública.  Justo  aquí  es donde entran a jugar un papel  decisivo  los acuerdos informales en el proceso penal, que van a reducir el alto  número  de  causas,  los problemas de la práctica de la prueba en los procesos  muy  voluminosos  y  el  cuello  de  botella  de  la  acumulación  de  la vista  pública37.   

Y  no creo que imponiendo penas no legales  ni   justas  (artículos 3 y 4 cp) se construya tejido social, antes por el  contrario,     la     impunidad     –así  sea  parcial-  es  de  los  principales  combustibles  de  la  criminalidad,  además  que  está fuera de lugar el argumento económico de los  costos  carcelarios por manutención de presos como pretexto serio para prohijar  exenciones,  aunque  sean  fragmentarias, de pena concediendo rebajas que no van  para  generar  verdaderos  jubileos criminales en un país acosado por felonías  de toda laya.   

   

La  condena  condicional  degeneró en una  especie  de  ius  primae  crimine  o derecho a delinquir por primera vez, con lo  cual  se  incrementó  la  criminalidad  y  se  llegó  a  un  verdadero jubileo  criminal,  a  modo  de  indulto  o de perdón predeterminado, siendo una latente  invitación     legal     a    la    delincuencia38.   

IV  

Sistema   acusatorio:   axiología   y  literalidad   

1.  El  marco  constitucional –Acto  Legislativo  03  de 2002- y sus  desarrollos  legislativos  -especialmente las leyes 906 y 890 de 2004- dicen que  con   la   colosal   empresa  de  la  implantación  del  “sistema  acusatorio  colombiano”,  se  buscó modernizar la vida jurídica del país, luchar contra  la  criminalidad  y  beneficiar  a  la  sociedad con justicia pronta y cumplida;  ejercer   la  justicia  penal  con  el  convergente  respeto  por  los  derechos  fundamentales  de  imputados,  comunidad y víctima; activar una sistemática de  partes  en  juicio  oral  y  público, que propicia control social, de cara a un  juez  independiente, autónomo e imparcial; y, en fin, trazar las líneas de una  política  criminal, que se adoptó como política de Estado, de lucha contra la  impunidad      con  fortalecimiento  del marco de derechos y garantías de procesados y víctimas, y  justicia                 restaurativa39.   

        Bien  se  ha  dicho  que esta reforma tan solo incidió en la parte  orgánica  de  la  Carta toda vez que su parte dogmática permaneció inalterada  (preámbulo  y  artículos  1,  2,  6,  15, 28, 29, 30, 31 y 32) aunque, para la  temática  que nos ocupa, se ha de resaltar que el derecho fundamental al debido  proceso  público  (artículo  29  Const.  Pol.) está atravesado  más que  nunca  por  el  tipo de Estado  que profesa Colombia (Social y Democrático  de  Derecho,  artículo  1  Const.  Pol.) y sus fines (artículo 2 Const. Pol.),  cuyo  principal  valor  es el de la igualdad (artículo 13 Const. Pol.), además  que  los  derechos  de  las  víctimas,  protegidos  de antaño por el bloque de  constitucionalidad  (artículos  93  y  94  Const. Pol.), ganaron un refuerzo de  protección  por  la  múltiple  referencia  que  de ellos se hace en los nuevos  artículos  250  y  251  de  la  Carta,  y en las 89 citas que de ellas ocupa el  cpp-04.       

            2.   La   Corte  Constitucional  al  hacer una especie de balance de las “modificaciones” que  introdujo  el  Acto  Legislativo  03  de  2002  en  el  sistema  procesal penal,  encontró  : (i) la aplicación del principio “nemo iudex sine actore”; (ii)  se  mantuvo  el  carácter  judicial del órgano de investigación y acusación;  (iii)  se  creó  la figura del juez de control de garantías; (iv) se consagró  el  principio  de  oportunidad;  (v)  se dispuso el carácter excepcional de las  capturas  realizadas por la Fiscalía General de la Nación, autoridad que, a su  vez,  preservó  la  competencia para imponer medidas restrictivas del derecho a  la  intimidad,  pero bajo control judicial posterior40; y, (vi) se acogieron en el  sistema   acusatorio   colombiano   fórmulas   mixtas  que  combinan  elementos  estructurales    de    las   subespecies   anglonorteamericano   y   continental  europeo41,  alentadas  por igual por la política criminal del acuerdo o del  consenso, o justicia consensuada.    

El  procedimiento  de  la  plea bargaining  constituye,   utilizando   palabras   de   Amodio,  “una  verdadera  y  propia  exaltación  de  la  autonomía  de  las  partes”.  La  negociación  entre el  prosecutor   y  el imputado se ha convertido, estadísticamente, en el modo  más  habitual  de  definir los procesos penales como alternativa al sofisticado  mecanismo    impuesto    por    el    jury   trial42.   

3.   La   Corte   Suprema   de  Justicia  pioneramente sentenció que:   

las normas que  se    dictaron    para    la   dinámica  del  sistema acusatorio colombiano, son susceptibles de aplicarse  por  favorabilidad a casos  que  se  encuentren  gobernados  por  el Código de Procedimiento Penal de 2000,  a   condición   de  que  no   se   refieran   a  instituciones  propias del  nuevo  modelo  procesal  y  de  que  los referentes de  hecho  en  los  dos  procedimientos sean idénticos.   

No  se  puede  eludir  la  aplicación  del principio, por ejemplo, a situaciones en las cuales  la  ley  906  de  2004  no  contempla  privación  de la libertad en cierto caso  mientras  que la ley 600 sí, o en eventualidades en las que la primera consagra  bajo  determinadas  condiciones  la  libertad  provisional y en presencia de las  mismas la segunda la niega.   

En  el  caso  que  resuelve  la  Corte, al  establecerse  que  la conducta punible de prevaricato por acción imputada tiene  prevista  pena  de  prisión  de  3  a  8  años y que el artículo 313-2    de    la   ley   906  de  2004  fijó  como  requisito de  procedencia  de  la detención preventiva en los delitos investigables de oficio  que  el  mínimo  de la pena prevista en la respectiva disposición sea o exceda  de  4  años,  es  claro  que ésta norma resulta aplicable al caso examinado en  virtud  del  principio  de  favorabilidad   penal  y  que,  por  lo  tanto,  debe  accederse  a  la  petición inicial de la defensa”43.   

4.  El  Tribunal  Constitucional  en  la  sentencia  C-592/05,  luego  de  hacer varios reenvíos y acoger el contenido de  algunas  providencias  de la Sala de Casación Penal44,    señaló    que    la  favorabilidad     era     aplicable    a supuestos de hecho de esa estirpe   

en  uno  -el de la Ley 600 de 2000- y otro  -el  sistema  de  la Ley 906 de 2004- pero que reciben  en  cada  uno  soluciones  de  derecho diferentes. Mal  podría  en efecto pretenderse por ejemplo que se dé aplicación, en virtud del  principio  de  favorabilidad, a las normas que sobre principio de oportunidad se  establecen  en  la  Ley  906  de  2004  a hechos acaecidos con anterioridad a la  entrada  en  vigencia  de  dicha ley, pues ese es un elemento esencial del nuevo  sistema  que  no encuentra su equivalente en el sistema anterior regulado por la  Ley  600  de  2000  y  por  tanto  no  se  dan en relación con este último los  presupuestos  lógicos  para  la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad  (Negrillas agregadas).   

Agregó que  

la  interpretación  que  se hace por esas  instituciones  (la  Fiscalía  General de la Nación y Ministerio del Interior y  de  Justicia)  tanto  del artículo 5° del Acto Legislativo 03 de 2002 como del  artículo  6°  de  la  Ley  906  de  2004 excluye en cualquier circunstancia la  aplicación  de  las  normas  de  la  Ley  906  de 2004 a hechos anteriores a su  entrada  en  vigencia  de  acuerdo  con  la  gradualidad   que  en ellas se  establece.   Aún si como lo hace el Vicefiscal General de la Nación no se  descarte   que  el  principio  de  favorabilidad  como  principio  rector  pueda  aplicarse  en  casos  concretos  que  puedan  llegar  a  presentarse  durante la  vigencia de la Ley 906 de 2004.   

Y concluyó:  

Así  las  cosas,  dado que no queda   duda  sobre  la aplicabilidad del principio de favorabilidad penal, la  Corte  -además de acoger, por ser claramente respetuosa de las  garantías  constitucionales,  la  interpretación adoptada por la Sala Penal de  la  Corte Suprema de Justicia como máximo tribunal de  la  Jurisdicción  ordinaria  en  este  tema-,  declarará  la exequibilidad del  tercer  inciso  del  artículo 6° de la Ley 906 de 2004 por el cargo formulado,  pues  se  reitera  la única interpretación posible del mismo en el marco de la  Constitución  es  la  que   se  desprende   de la conjugación de los  principios  de legalidad, irretroactividad de la ley y favorabilidad penal a que  se  ha  hecho  extensa  referencia, lo que pone presente que en manera alguna se  pueda    desconocer   la   aplicación   del  principio  de  favorabilidad,  contrariamente a lo que afirma el actor.   

Es  la  llamada  “teoría  del  derecho  viviente”,  que  la Corte Constitucional aplica apenas esporádicamente.   Pero  ese Alto Tribunal, no obstante el artículo 243 Const. Pol., referido a la  “cosa  juzgada  constitucional”,  varió a través de numerosas providencias  dictadas  en sede de revisión de tutelas,  como sonora pero acríticamente  se  relaciona  en  la  providencia  triunfante, ese inicial criterio al reclamar  para  la  procedencia  de la favorabilidad  en esa sucesión y coexistencia  de  procedimientos  y  de  leyes,  no  ya que las figuras fueran idénticas sino  similares,   cambiando   las   reglas   del   juego45.   

Rónald Dworkin analiza cómo a través de  frases  y  giros  de  lenguaje  se  fuerza  la  interpretación  jurídica hasta  límites  insospechados;  y  Beccaría escribió que “la arbitrariedad se  instala  cuando  el castigo no depende de la voz constante y fija de la ley sino  de  la errabunda inestabilidad de las interpretaciones”, que Ferrajoli señala  como  característica de los modelos autoritarios y de derecho penal máximo que  pretenden liberar al juez del principio de estricta legalidad.   

5. El artículo 4° del Acto Legislativo 03  de  2002  ordenó  crear una Comisión para que “presente a consideración del  Congreso  de  la  República… los proyectos de la ley pertinentes para adoptar  el  nuevo  sistema…”,  entre  los  cuales se incluyó una reforma al Código  Penal para aumento de penas con esta motivación:   

“Atendiendo   los   fundamentos   del  sistema  acusatorio,  que  prevé  los  mecanismos  de  negociación      y      preacuerdos,  en  claro  beneficio  para  la administración de justicia y los  acusados,  se  modificaron  las  penas…”.   

En  la Ponencia para primer debate se dijo  que   

“La razón que sustenta tales incrementos  está  ligada con la adopción de un sistema de rebaja  de   penas   (materia  regulada  en  el  Código  de  Procedimiento   Penal)  que  surge  como  resultado  de  la  implementación  de  mecanismos          de         ‘colaboración’  con  la  justicia  que  permitan  el  desarrollo  eficaz  de  las  investigaciones  en  contra  de  grupos  de  delincuencia organizada y, al mismo  tiempo,   aseguren   la   imposición   de  sanciones  proporcionales  a la naturaleza de los delitos que se  castigan”.   

El Senador Rojas dijo:  

Yo  tenía  la  misma  preocupación  del  Senador  Martínez  en  relación con las penas… pero aquí lo que habría que  decir  es  que  en el Código de Procedimiento Penal seguramente tiene que ir un  sistema  de  graduación  de  las  penas  por  lo que sustancialmente cambió la  función  de  la  Fiscalía  que  ahora no practica pruebas, que ahora no cumple  funciones  judiciales  y  que  en  consecuencia  va a significar que haya muchas  posibilidades      de     negociación,  de  acuerdos  entre    los   sujetos   procesales   con   miras   a   obtener   un   resultado  aceptable.   

El     Senador     Rivera    Salazar  expresó:   

El  sistema  acusatorio  es  un  sistema  básicamente   de  rebaja  de  penas  y  de  otorgamiento  de  beneficios  y  de  negociación    y   de  acuerdos entre la Fiscalía  y  la  defensa…  el  sistema  está  concebido de esa manera, es un sistema de  rebaja        de       penas,       un       sistema       de       preacuerdos,     de     negociación    entre    Fiscalía   y  defensa.   

6.  Aciertan  en  sus  apreciaciones los  Legisladores  porque  la  Comisión Constitucional Redactora había acogido como  criterio  rector  básico  de  la  nueva sistemática, la política criminal del  consenso    o    justicia   consensuada  que  superaba  con   creces  la  filosofía del sometimiento recogida en el artículo 40  Ley  600  de  2000  con  descuento fijo, y que encuentra respaldo en los valores  justicia  y  orden  justo,  en  los   principios  de  la  dignidad humana y  democracia  participativa y pluralista, y en el fin del Estado Social de Derecho  de  facilitar  la  participación  de  todos  en las decisiones que los afectan,  consultando       la       doctrina       globalizada      del      pattegiamiento italiano, el asprach   alemán,   el   plea   bargaining   anglosajón   y  la  conformidad  española46.   Y   se  estableció  un  descuento  a  ponderar  (“hasta”),  con   

Una  relación  de política criminal  global  (sistémica) entre el descuento punitivo y el incremento generalizado de  penas  (leyes  906 y 890/04): “Un ordenamiento jurídico es un sistema en cuyo  seno  las  normas carecen de existencia singular pues sólo adquieren sentido en  función            del            todo”47.   

7.    La   Corte   Suprema48  insistió  en  el  criterio  que  el  allanamiento o aceptación de cargos no es igual a la  sentencia   anticipada,   pues  en  aquél  instituto  se  presenta  una  activa  participación   del  fiscal  y  del  imputado  que  incluye  las  consecuencias  punitivas  derivadas  de  lo  aceptado,  al  punto  que  la ley obliga al juez a  respetar  los  acuerdos,  aspectos  que  no eran contemplados en la legislación  anterior   toda   vez   que   en   ella   no   se   previó   ningún   tipo  de  negociación49. Se agregó que   

la  comparación  institucional de las dos  figuras  en  estudio,  es  decir,  la  sentencia anticipada del sistema procesal  anterior  y  la aceptación de cargos o de imputación actualmente reglada en la  Ley  906  de  2004 no son iguales, toda vez que pertenecen a sistemas procesales  de   enjuiciamiento   contrapuestos,   conclusión   lógica   y  jurídica  que  necesariamente  conlleva  a  excluir  la pretendida aplicación del principio de  favorabilidad  que reclama la Procuraduría Delegada, pues si bien es cierto que  la   Sala   ha   admitido   la   operancia  de  la  favorabilidad  frente  a  la  “coexistencia”  de legislaciones, también  lo  es  que   ella   se  verifica  siempre  y  cuando  los   institutos  partan  de los mismos supuestos de hecho, evento que en este caso no  ocurre.   

Y se puntualizó que  

aducir  que los dos institutos son iguales  por  cuanto  inciden en el campo de la punibilidad, es una afirmación sesgada y  genérica  que  no consulta tanto la estructura de cada sistema como los motivos  por  los cuales fueron incorporados a cada legislación, resaltándose que en la  Ley  906  de  2004  impera  como  principio la justicia consensual propia de los  sistemas de corte acusatorio.   

En   otra   providencia   se   recalcó  que   

la aplicación de la favorabilidad respecto  de  determinadas  normas  contenidas  en la Ley 906 a casos regulados por la Ley  600,  depende  de  la equivalencia de los respectivos institutos, la cual, desde  ya  se  advierte,  no  se  consolida  en  los  casos  de  la  aceptación  de la  imputación  en la audiencia de su formulación prevista en los artículos 293 y  351  de  la  primera  normatividad,  y  la  sentencia  anticipada regulada en el  artículo  40  de la segunda, pues además de que fueron moldeados con arreglo a  esquemas   constitucionales   diferentes,   configuran   institutos   procesales  sostenidos   en  bases  filosóficas  distintas:  aquél  en  el  paradigma  del  consenso,    ésta    en   el   del   sometimiento50.   

V  

Conclusiones  

          1. Las dos Cortes  nacionales  en  ejercicio  puro de sus funciones constitucionales de unificar la  jurisprudencia  nacional  al  hilo  de  los mandatos superiores y de definir los  alcances  de  los  derechos  fundamentales  en sentencias de constitucionalidad,  dijeron  que  en  el  tránsito  y coexistencia de los códigos de procedimiento  penal    de    2000    y    2004    era   viable   el   principio   –derecho de favorabilidad a condición  de:  (i)  no ser la figura correspondiente estructural de la nueva sistemática,  vr.  gr.,  el  principio de oportunidad, no obstante los vestigios que existían  en  la  antigua  codificación;  y  (ii)  ser  idénticas  las  dos figuras, por  ejemplo:   la   definición   de  situación  jurídica.  De  suerte  que:    

         

2.  La  doctrina  comparada,  de  donde el  legislador   nacional  tomó  la figura, puntualiza: (i) El instituto de la  conformidad  o de los acuerdos, es claro exponente del principio de oportunidad;  y    (ii)    la    conformidad    es    un   instituto   típico   del   sistema  acusatorio51.   

         3.  La política criminal del consenso que alentó al Constituyente y Legislador  históricos  de  2002  y  2004,  es distinta a la del sometimiento que rigió la  sentencia      anticipada      antigua      (2000),     aquella     –la del  acuerdo- recogida en los  artículos  8-d  y 10- de Principios y Garantías- y 354 -reglas comunes-, entre  otros.   

4.  Este  acervo  axial  y  de política  criminal  distinto,  llevaron  a  que  el  texto  de  las normas positivas fuera  claramente diferente (artículo 27 ccc):   

i)  “Sentencia  Anticipada.  A partir de la diligencia de indagatoria  y  hasta  antes  de  que  quede  ejecutoriada  la  resolución  de  cierre de la  investigación,  el  procesado  podrá solicitar, por una sola vez, que se dicte  sentencia  anticipada…  El juez dosificará la pena que corresponda y sobre el  monto  que  determine  hará una disminución de una tercera (1/3) parte de ella  por  razón  de  haber  aceptado  el procesado su responsabilidad…52.   

ii)  La  aceptación   de  los cargos  determinados  en  la  audiencia  de formulación de la imputación, comporta una  rebaja  hasta de la mitad de la pena imponible, acuerdo que se consignará en el  escrito            de           acusación53.   

5.  Por  esas  razones,  la aparente mayor  rebaja  que  contempla  la  última  preceptiva  no  se  puede aplicar por   favorabilidad  porque  es  “ilegal” de acuerdo con la propia interpretación  de  la  Corte  Constitucional en decisión  que hizo tránsito a  cosa  juzgada  (sentencia C-592/05), toda vez que la especie justicia consensuada y el  género  principio  de  oportunidad, son características del sistema acusatorio  global   y  colombiano  que   histórica  y   axiológicamente  marcan  diferencias     radicales     con     el     Ancien  Regimen  del  procesalismo  penal  nacional. Y no son  instituciones  idénticas,  talvez  lejanamente parecidas como dos primas de una  misma familia.   

Y si se hace un acertado uso del factor de  ponderación  “hasta” y no se aplica automática e irracionalmente el 50% de  rebaja,  no  siempre  la  rebaja  fija  de  la  tercera  parte  consagrada en el  artículo  40 Ley 600/00 sería inferior a aquella, además qué tal si se acoge  el  criterio  “garantista” según el cual la Ley 890/04, que en su artículo  14  sólo aumenta penas, rige desde siempre y en todo el país, que –concedo-  tiene  su  lógica desde el  seno  de la legislación que fijó posibilidades (“hasta”) de topes altos de  descuentos  para alentar al procesado a  buscar acuerdos que agilizaran los  procedimientos,  pero  con el simultáneo incremento punitivo de todos los tipos  penales  para que no hubiera impunidad, criterio rector de la política criminal  adoptada  para  la creación de la nueva sistemática procesal penal,  como  se resaltó atrás por repetida vez.   

VI  

Refrendación de un criterio  

1. Mirando   procedimentalmente  la  figura se encuentra fácilmente que al detallarse el trámite  de  la  audiencia  de la formulación de la imputación, se le señala al fiscal  entre  sus  deberes  el de expresar oralmente (art. 288.3) la “posibilidad del  investigado   de  allanarse   a  la  imputación  y  a  obtener  rebaja  de  pena   de  conformidad  con  el  artículo  351”,  que  puede suceder por  iniciativa   propia  o  por  acuerdo  con  la fiscalía (art. 293) pero que  siempre     requerirá    de    acuerdo  respecto  del  “hasta”  de  la  aminoración  de pena pues no  siempre  será  el  50%,  como sin fundamentación se viene aplicando en algunas  instancias   tal   vez   para   aligerar  presupuestos  carcelarios  y   de  congestión  judicial.  Es  que  la aceptación de la imputación  a que se  refieren  los  artículos  288.3 y 293 –se reitera-,   

comporta   una   rebaja   hasta  de la mitad de la pena imposible,  acuerdo que se consignará  en el escrito de acusación.   

   

     

2. Desde          el          ámbito         del         procesalismo,    se    pregunta:   (i)  ¿Será   que  cuando  el  imputado  acepta  los  cargos   pero no por  acuerdo    sino    por   allanamiento,   sí   puede  retractarse –art.  293 inc. 2 cpp-?. (ii) ¿Será que si  la aceptación de  cargos    sucede    por    allanamiento   y   no   por   acuerdo,   serán   existentes   las   realizadas   sin   la   existencia  del  defensor   -art.  354  cpp-?. (iii)) ¿Será que  sí   es   posible  utilizar  en  contra  del   imputado  las  conversaciones  tendientes  a  lograr un  allanamiento  como  no  es posible hacerlo con los que buscan “un acuerdo para  la  declaración  de  responsabilidad  en  cualquiera de sus formas”, art. 8-d  cpp?.  Y,  (iv)  d)  ¿Será que puede el juez autorizar los acuerdos  pero  no   los   allanamientos  –arts.  10  inc. 4 y 293  inc. 2 cpp?.   

Las    respuestas    dicen    que   la  “aceptación   de la imputación”,  bien por iniciativa propia del  imputado  o  por  acuerdo  con  la  fiscalía,  es  figura  global  –política    criminal-    de    la  justicia  consensuada que,  como   primera  modalidad,  registra   el   art.  351  inciso  inicial  en  texto  claro   que  reclama  “acuerdo”  para  fijar  el  “hasta” de la disminución punitiva.   

3. Así, siguiendo las pautas del Tribunal  Constitucional:  (i)  el  nuevo  código  de  procedimiento  penal  adoptó como  vertebral    de    su    sistemática,    la    filosofía    del   acuerdo     y     la     negociación  consagrando       en      el      art.      351     sus     “modalidades”,  en  cambio  de  la  del  sometimiento  del anterior  con   su   figura   estelar  de  la   sentencia  anticipada  (art.  40  ley  600/00).   Y,  (ii)  si  bien  es cierto que la primera “modalidad”, en  comienzo  tiene  perfiles  parecidos  a  ésta  -sometimiento o aceptación  unilateral  de  la  imputación-,   al requerirse de acuerdo o negociación  para   fijar  el  “hasta” de la pena imponible, presenta una mixtura de  las  antiguas  sentencia anticipada y audiencia especial, que hace exótico  el     predicado    de    identidad    entre esas figuras.   

4.  Recuérdese  que el cpp-91 acuñó por  primera  vez  en  Colombia  la terminación anticipada  del  proceso  creando  las  figuras  de  la sentencia  anticipada  (art.  37) y la audiencia especial (art. 37B), la  primera   de   las   cuales   implicaba  sometimiento con descuento  fijo    y   la   segunda  negociación,   que  por  supuesto   las   hacía   bien   diferentes.   El  Código   de  2000  (Ley  600/00)   sólo  consagró la primera especie y no la segunda, mientras que  el  estatuto  de 2004 estableció todas las modalidades bajo el rubro general de  “Preacuerdos   y   Negociaciones”   en   el   título   II  del  Libro  III,  “justicia  negociada”,  que  refleja,  además, la  influencia de figuras globalizadas, universales  y   trasnacionales  como  la  conformidad               española,              el              pattegiamiento italiano, el asprach   alemán   y  el  plea    bargaining    anglosajón.  Y,   

5. En fin: al respetar lo que originalmente  dijeron  las  Cortes colombianas sobre la viabilidad del principio-derecho de la  favorabilidad  en  el tránsito y/o coexistencia de estatutos procesales penales  (Leyes  600-2000  y  906-2004),  la  figura  del acuerdo y de la negociación es  propia,  característica,  típica  y  medular  del  sistema acusatorio, y no es  idéntica  a  la  sentencia  anticipada  del viejo código porque tanto la   axiología  contenida  en  la  política  criminal  respectiva  como  los textos  positivos  que  elaboraron  los  legisladores  históricos correspondientes, los  hacen  diferentes.  Por eso estimo que la interpretación en contrario es ilegal  y   sobre   un   tal  predicado  no  se  pueden   edificar  derechos.    

Cordialmente,  

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Magistrado  

Fecha   ut  supra.   

SALVAMENTO   PARCIAL   DE   VOTO   

Con el respeto que siempre he profesado por  las  decisiones  de  la  Sala,  estimo  necesario  salvar  parcialmente  mi voto  respecto  de  lo decidido en el presente asunto, comoquiera que sigo convencido,  como  se analizó en muchas decisiones anteriores en las cuales la tesis primó,  que  no  es  posible  aplicar  por  favorabilidad el porcentaje de atemperación  punitiva  que  para el allanamiento a cargos consagra el artículo 351 de la Ley  906  de  2004,  a  hechos tramitados dentro de los presupuestos procesales de la  Ley 600 de 2000.   

Para mejor comprensión de las razones que  facultan  persistir en los motivos que de antaño justificaron decidir de manera  contraria  a como se hace hoy, estimo necesario abordar en esta aclaración tres  puntos concretos:   

    

1. Naturaleza   y   efectos  de  los  principios  de  favorabilidad  e  igualdad.   

2. Disimilitud   entre  los  institutos  de  la  sentencia  anticipada  (artículo  40 de la Ley 600 de 2000) y los acuerdos y preacuerdos que contempla  el Capítulo único del Título ll de la Ley 906 de 2004.   

3. Vulneración   del   principio   de   igualdad   a  través  de  la  aplicación,   por   favorabilidad   del   artículo   351  de  la  Ley  906  de  2004.     

1. En aclaración de voto anterior, cuando  apenas  se  comenzaba  a discernir sobre la aplicación de la nueva sistemática  acusatoria,  estimé  pertinente  glosar  la  afirmación de la Sala mayoritaria  referida  a  la  posibilidad  de  aplicar algunas normas de la Ley 906 de 2004 a  asuntos  tramitados  en  seguimiento  de lo dispuesto por la Ley 600 de 2000, en  aplicación  del  principio de favorabilidad, de la siguiente manera54:   

“1.2. El principio de favorabilidad y sus  alcances constitucionales.   

La favorabilidad es un principio rector del  derecho  punitivo  que aparece consagrado en  el  artículo  29  de  la  Constitución  Nacional  como  parte  esencial del debido proceso, en los siguientes términos:   

‘Nadie podrá  ser  juzgado  sino conforme a leyes preexistentes al acto que se le imputa, ante  juez  o  tribunal  competente  y  con  observancia  de la plenitud de las formas  propias de cada juicio.   

En  materia  penal,  la  ley  permisiva  o  favorable,  aún  cuando  sea  posterior,  se  aplicará  de  preferencia  a  la  restrictiva      o     desfavorable’.   

Corresponde por tanto, por su pertinencia,  establecer   cuáles  son  los  alcances  que  la  Constitución  le  asigna  al  mismo.   

Pero antes, es necesario aclarar que aunque  el   concepto   ‘derecho  penal’,   en   sentido  amplio,  es  comprensivo del sistema penal y, por tanto, abarca al derecho penal  sustantivo  o  material,  al  derecho  penal  procesal  y  al  derecho  penal de  ejecución,   sin   embargo,  de  ello  no  puede  seguirse  que  el  legislador  constituyente   hubiera  querido  cobijar  bajo  el  alcance  del  principio  de  favorabilidad  a  todas  las  normas  del sistema penal; empero, tampoco de ello  puede  concluirse  en  el  sentido  de  que el principio sólo alcanzaría a los  preceptos  contenidos  en  el  derecho  penal  material  (Código  Penal y leyes  penales especiales), por lo que conviene precisar lo siguiente:     

* El principio nace  de  la  idea  de que ley penal expresa la política de defensa social que adopta  el  Estado  en  un  determinado  momento  histórico,  en  su  lucha  contra  la  delincuencia.   

* Que   toda  modificación  de  las  normas  penales  expresa  un  cambio  en  la valoración  ético-social  de  la conducta delictiva, en el cómo y en la forma en que ha de  ejecutarse  la  acción  represora del Estado frente a la realización del hecho  delictivo  y  en  las  reglas  de  ejecución  de  la consecuencia jurídica del  delito, esto es, la sanción penal.   

* Consiguientemente,  como  lo  ha  admitido  pacíficamente  doctrina  y  jurisprudencia nacional, la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad  no  puede estar limitado sólo a  supuestos  en  los que la nueva norma penal descriminaliza la conducta típica o  disminuye  el  quantum de su pena, sino también, cuando la nueva ley (ley penal  material,  procesal o de ejecución) beneficie al procesado, en el ámbito de su  esfera  de libertad; siendo comprensiva de tal ámbito, entre otras, las medidas  cautelares   personales  y  los  parámetros  de  prescripción  de  la  acción  penal.     

        Por   lo   tanto,  el  baremo  o  medida  de  valoración  para  la  determinación  de la aplicación retroactiva de la ley penal favorable no está  en  que el precepto invocado forme parte del derecho penal material, sino en que  el  mismo  afecte  esferas  de  libertad  del individuo, por lo que es frecuente  encontrar  en  los  códigos  de  procedimiento  penal  normas  de  indiscutible  naturaleza sustantiva.   

Del  análisis  que precede se extraen las  siguientes conclusiones:     

* La prohibición de  aplicación  retroactiva  de  la ley penal se extiende a las normas de contenido  sustantivo  que  se  encuentren  en  leyes tanto materiales como procesales y de  ejecución.   

* Una norma tendrá  carácter  sustantivo,  cuando  afecte  las  esferas  de libertad del imputado o  condenado,  entendiéndose  a  la  libertad  aquí  aludida, como la facultad de  autodeterminarse  que tienen los hombres, sin sujeción a una fuerza o coacción  proveniente  del  exterior,  en  este  caso, del sistema penal. Conforme a ello,  aquellas  normas  contenidas  en leyes penales que afecten, restrinjan o limiten  los    derechos    fundamentales    de    las   personas,   tendrán   carácter  sustantivo.     

Ahora bien, los principios de favorabilidad  y  retroactividad  benigna  de  las normas penales y en particular de las penas,  han  sido  positivizados como expresión de la tutela de los derechos básicos y  fundamentales  de  las  personas en los Estados que se reclaman democráticos de  derecho,   por   lo  que  además   hallan  sustento  en  algunos  tratados  internacionales de protección a los derechos humanos, así:   

     

A. El Pacto  Internacional  de Derechos Civiles y Políticos, cuyo artículo 15.1 en su parte  final  indica que si la ley posterior dispone una pena mas leve, el penado será  beneficiado con los alcances de  dicha norma.   

B. El Pacto de  San  José  de  Costa  Rica, cuyo artículo 9º en su última parte expresamente  declara  que  debe  aplicarse la pena más leve si la nueva ley así lo dispone.     

Y siendo que de acuerdo con el artículo 93  de  la  Carta Política, los tratados y convenios internacionales sobre derechos  humanos,   prevalecen   en  el  orden  interno,  es  decir,  que  se  encuentran  incorporados  a  nuestra  legislación  a  través  de  la  teoría francesa del  “bloque  de constitucionalidad”, es claro que tanto la Convención Americana  sobre  Derechos  Humanos  o  Pacto  de  San  José  de  Costa Rica como el Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos55,  imponen  como obligación  el  respeto  del  principio  de favorabilidad en la aplicación de la ley penal.   

(….)  

1.3.  Materialización  del  principio  de  igualdad en la aplicación de la ley penal favorable.   

La  igualdad  se  halla  instalada  en  el  ordenamiento  jurídico  supremo  como  principio  y  regla  y  a  partir de tal  recepción configura un derecho y una garantía.   

En  su  condición de principio irradia al  resto  del  ordenamiento,  constituye  una  guía  de  apreciación  y, al mismo  tiempo,  se  define  como  un  mandato  de  optimización.  Mandato  que  no  es  disponible  para  los  poderes  constituidos,  y  que  por  tanto  conforma  una  directriz fuerte en la aplicación de la Ley a un caso concreto.   

El principio de igualdad constitucional se  integra  con el concepto de ser mirado como igual y con el de igual tratamiento.  En  su  condición  de  derecho  habilita a los individuos dentro del sistema la  facultad  de  formular  oposición  frente a normas o actos violatorios de aquel  principio  en  términos  generales  o  francamente  discriminatorios  desde  lo  específico,  estatus negativo, o de exigir algún comportamiento determinado de  los poderes públicos, estatus positivo.   

Y,   finalmente,  en  su  condición  de  garantía,  aunque  sustantiva  y  no meramente procesal, en tanto constituye un  presupuesto   para  la  efectividad  de  las  diversas  libertades  o  derechos.   

Por lo tanto, la igualdad como principio y  garantía  tiende a condicionar a los poderes públicos en cuanto al grado de su  consideración  a  la  hora de reglar, omitir o actuar. La igualdad como derecho  interrelaciona  con el resto de los derechos fundamentales, es presupuesto de su  ejercicio  y  está  alcanzado por el principio constitucional que establece que  no hay derechos en su ejercicio absoluto.   

En  el  campo  específico  del  derecho  procesal,  la  jurisprudencia  constitucional tiene establecido que ‘El   someter   las  controversias  a  procedimientos  preestablecidos  e  iguales  no  sólo  garantiza  el derecho de  defensa:  realiza,  en  primer  lugar y principalmente, el principio de igualdad  ante  la  ley,  en  el  campo  de  la  administración  de  justicia.  Y asegura  eficazmente   la  imparcialidad  de  los  encargados  de  administrar  justicia,  mediante        la        neutralidad        del       procedimiento’.56   

Pero  el  texto  de  la ley no es, por sí  mismo,  susceptible  de  aplicarse  mecánicamente  a  todos  los  casos, y ello  justifica  la  necesidad de que el juez lo interprete y aplique, integrándolo y  dándole  coherencia,  de  tal  forma  que  se  pueda realizar la igualdad en su  sentido constitucional más completo.   

A este respecto, la Corte Constitucional ha  resaltado  que  el  contenido  del  derecho  de  acceso  a la administración de  justicia    implica    también    el   derecho   a   recibir   un   tratamiento  igualitario.   

Dijo:  

‘El artículo  229  de  la  Carta  debe ser concordado con el artículo 13 ídem, de tal manera  que      el      derecho     a     ‘acceder’  igualitariamente  ante  los  jueces implica no sólo la idéntica oportunidad de  ingresar  a  los  estrados judiciales sino también el idéntico tratamiento que  tiene  derecho  a  recibirse  por  parte de jueces y tribunales ante situaciones  similares.  Ya no basta que las personas gocen de iguales derechos en las normas  positivas  ni  que sean juzgadas por los mismos órganos. Ahora se exige además  que   en   la  aplicación  de  la  ley  las  personas  reciban  un  tratamiento  igualitario.  La  igualdad  en la aplicación de la ley impone pues que un mismo  órgano  no  pueda  modificar  arbitrariamente  el  sentido de sus decisiones en  casos        sustancialmente        iguales”57.   

        Finalmente,  no  puede  desconocerse  que  la aplicación de la ley  penal  favorable  materializa  el  principio de igualdad en la aplicación de la  ley,  en  la  medida  en que es posible que a situaciones fácticas similares se  les  de  tratamientos  normativos  diferentes  en  el  transcurso del tiempo por  fuerza  de  la  cambiante  política  criminal  del  Estado,  los  cuales pueden  resultar  más  o  menos  gravosos  para sus destinatarios, quienes estarían en  ciernes  de  invocar  a  su  favor aquellos preceptos creados en otros contextos  para   regular  de  manera  benévola  situaciones  semejantes,  a  fin  de  ser  receptores  de  igual  merced.  Véase cómo en tales eventos el trato favorable  realiza     el     concepto    de    igualdad    en    los    términos    aquí  analizados.”   

    

1. No se discute ya que, precisamente  en   seguimiento   de  las  pautas  atrás  trazadas,  es  posible  aplicar  por  favorabilidad  algunas  normas  de  la Ley 906 de 2004 a procesos adelantados en  seguimiento de lo dispuesto por la Ley 600 de 2000.     

No es ello algo que hoy pueda ser objeto de  discusión.    Sin   embargo,   en   tratándose   de   dos   sistemáticas  completamente  diferentes,  comoquiera  que la Ley 906 de 2004 busca implementar  en  el  país  el  modelo  acusatorio,  en  contraposición  a  los dispositivos  anteriores,  de corte inquisitivo o mixto, esa aplicación favorable sólo opera  respecto  de  institutos  similares,  de manera que aquellos propios del tipo de  procedimiento  novedoso,  resultan  de  imposible  entronización en el régimen  anterior.   

Y  ello  es lo que sucede con esa forma de  terminación  anticipada  que  con el rótulo de allanamiento a cargos regula la  Ley  906  de  2004,  pues,  como se había sostenido invariablemente por la Sala  mayoritaria  hasta  ahora,  sin  que  existan  nuevos desarrollos legislativos o  argumentos  distintos  a  los  que  para  esa  época  soportaban  la  posición  disidente,  que  obliguen  cambiar  lo  dicho,  no  se  trata  de  un  mecanismo  independiente  que  por  sí  mismo se entienda compartir las aristas básicas o  presupuestos  fundamentales de la sentencia anticipada regulada en la Ley 600 de  2000,  a  la  manera  de  entender  ambas  figuras hermanadas en su naturaleza y  efectos.   

Se dijo antes, y ahora debo reiterarlo, que  el  allanamiento  a cargos no opera en calidad de figura aislada o refractaria a  las  características  específicas  del sistema acusatorio, sino como instituto  connatural  al  mismo  y,  en  especial,  a  esa forma de justicia consensuada o  premial  que se busca hacer valer, en el entendido, desde luego eficientista, de  que  por  su  naturaleza  resulta imposible tabular a través del juicio oral un  porcentaje muy alto de procesos.   

Por  ello  precisamente la Ley 906 de 2004  consagra  institutos claramente dirigidos a buscar esa terminación anticipada o  extraordinaria  de las investigaciones penales, dentro de los cuales destacan el  principio  de oportunidad y lo que en el Título ll se reseña bajo el epígrafe  de  “PREACUERDOS Y NEGOCIACIONES ENTRE LA FISCALÍA  Y EL IMPUTADO O ACUSADO”.   

Bajo  ese  rótulo  genérico  del Título  segundo  en  cita, cabe relevar, se insertan tanto las negociaciones propiamente  dichas,  como  el  allanamiento  a  cargos,  no sólo porque la simple revisión  exegética  de  la  normatividad  así lo informa, sino en atención a que no se  entienden  ambas  como  figuras disonantes o siquiera alternativas, sino propias  de esa teleología premial arriba destacada.   

No en vano el inciso primero del artículo  351  de  la  Ley  906  de  2004 expresamente se refiere al allanamiento a cargos  operado  en  la audiencia de formulación de imputación, para significar que en  ese  momento  procesal  puede  aspirar  la  persona a una rebaja de “hasta    la    mitad   de   la   pena   imponible”,  para, a renglón seguido, determinar como el consecuente escrito  de  acusación  que por congruencia servirá de base a la necesaria sentencia de  condena,  ha de consignar el acuerdo, no otro distinto, debe señalarse, a aquel  en     el     cual     se     definió    entre    las    partes    –fiscalía  y  defensa-, cuál, dentro  del  ámbito  de  atemperación  regulado  por  la  norma,  será  el porcentaje  concreto a aplicar a favor del procesado.   

Ahora  bien,  en  la  decisión de la cual  discrepo  se  pretende controvertir el argumento exegético, significándose que  el  allanamiento  a cargos se encuentra regulado dentro de la Ley 906 de 2004 en  capítulo  distinto  o  independiente  al  único  del  Titulo ll, en el cual se  detalla  lo  concerniente  al campo de preacuerdos y negociaciones, agregándose  que  lo  contemplado  en el inciso primero del artículo 351 se establece apenas  para   “trazar”  los  efectos de ese allanamiento.   

No  parece  que  sea así, pues, en primer  lugar,  si  el  tema apenas remitiese a un aspecto instrumental, nada obsta para  que  allí mismo, cuando se regula la audiencia de formulación de imputación y  su  trámite,  se  dejara  sentado  ese  porcentaje  de  reducción, en lugar de  deferirlo  a  un  Título  y  Capítulo  que  contempla un aspecto eminentemente  sustancial,  propio,  como se viene anotando, de la teleología consignada en la  Ley 906 de 2004.   

La evaluación, entonces, es la contraria,  si  se  trata  de  respetar  los  valores y diferencias entre lo sustancial y lo  simplemente procedimental consagrado por la nueva normatividad.   

Vale decir, si el allanamiento a cargos se  relacionó  expresamente  en el Título referido al instituto de los preacuerdos  y         negociaciones,        no        apenas        para        “trazar” el porcentaje de reducción  de  pena,  sino  entendiéndolo  mecanismo  propio  de  la  justicia  premial  y  consensuada  desarrollada  en  su único capítulo, lo lógico es comprender que  la   reiteración   accesoria  instituida  en  otros  capítulos,  busca  apenas  establecer  procedimentalmente la forma (momento y modalidad) como ese mecanismo  se  hace  efectivo en el estado procesal en el cual se hace la manifestación de  voluntad del procesado.   

Es  que ese allanamiento a cargos no tiene  apenas   un   momento   procesal  de  materialización:   la  audiencia  de  formulación  de imputación -quizás porque se tuvo en mente la aplicación por  favorabilidad  del  máximo  del 50% permitido para esta forma extraordinaria de  terminación  del  proceso-,  obrando  también  posible  que  ello suceda en la  audiencia  preparatoria  (artículo 356, numeral 5°), permitiendo la reducción  de    pena    de    “hasta    en    la    tercera  parte”,  y  al  comienzo  de la audiencia de juicio  oral  (artículo  367),  aquí con una sola opción de atemperación punitiva de  una sexta parte.   

Esa   auscultación   normativa  permite  apreciar  que  no se trata de que el legislador buscase ubicar el allanamiento a  cargos  en  un  apartado  diferente  del  Título  destinado a los preacuerdos y  negociaciones,  sino  apenas  de  establecer cómo opera procesalmente la figura  dentro de los tres estadios o momentos que la permiten.   

No es posible, tampoco, examinar aislada y  descontextualizadamente  el  allanamiento a cargos, como si se tratase apenas de  una  reiteración  de  lo  que  bajo  la  denominación  de sentencia anticipada  consagraba  el  artículo  40  de  la Ley 600 de 2000, dado que además de hacer  parte  de  esa  teleología propia del sistema acusatorio, encaminada a facultar  soluciones  anticipadas  del  conflicto,  irradia  los motivos que impelieron la  expedición  de  la  Ley  890 de 2004, en el entendido que las generosas rebajas  establecidas  en  la  novísima  sistemática,  obligaban,  para hacer valer los  principios  de  legalidad  de  la pena y retribución justa inserta en la misma,  incrementar  los  montos  sancionatorios  definidos  para  la generalidad de los  delitos en el Código Penal vigente (Ley 599 de 2000).   

Entonces, para equilibrar los conceptos en  pugna,  como  fiel  de la balanza, a la par con el alto porcentaje de reducción  producto  de  los  acuerdos,  sea  por  la  vía  de  la  negociación  o  de la  aceptación  de  cargos,  se estableció el incremento generalizado de penas, en  una  proporción  de  la  tercera  parte  para su mínimo y la mitad del máximo  (artículo 14 Ley 890 de 2004).   

Por  manera que, inescindiblemente, cuando  se  trata  de  aplicar  la  atemperación  punitiva posibilitada de entregar por  ocasión  del  allanamiento a cargos ocurrido en la audiencia de formulación de  imputación,  para  hacerlo  valer  en  la  tramitación  seguida  dentro de los  derroteros  de  la  Ley  600  de  2000,  ello se encuentra atado a la pena legal  establecida  respecto del delito, que no es otra diferente a la consignada en el  Código  Penal,  incluido  el  incremento ordenado por el artículo 14 de la ley  890  de 2004, pues, sólo así se respeta la filosofía del mecanismo, junto con  los  principios  de  legalidad de la pena, retribución justa e igualdad, aunque  este  último  aspecto  lo  abordaré  en  líneas  posteriores,  de manera más  detenida.   

Desde  otra perspectiva argumental, aunque  parezca  simplemente  instrumental,  no  puede  soslayarse cómo respecto de las  figuras  en  contrastación  (sentencia  anticipada  y  allanamiento  a cargos),  existe  una  postulación  diferente  en  la  forma  de  aplicar  la  reducción  punitiva,  pues, mientras en el primer caso esa atemperación opera automática,  con   un  porcentaje  fijo  de  la  tercera  parte,  el  segundo  establece  una  progresión  (que  ya  la  Corte  significó  comienza en una tercera parte y un  día, y culmina en el cincuenta por ciento).   

De  ello se sigue que no necesariamente la  proporción  a  reducir  es la máxima establecida en el artículo 351 de la Ley  906   de   2004,  corriendo  de  cargo  del  funcionario  judicial  –o de las partes a través del acuerdo  que  regula  el  artículo  en  cita-  señalar  cuál  en  concreto  será  esa  atemperación.   

Ello no ocurre con la sentencia anticipada  que  estatuye el artículo 40 de la Ley 600 de 2000, en la cual ningún arbitrio  del   funcionario  judicial  o  negociación  entre  las  partes  faculta  hacer  reducción diferente a la única que permite la ley.   

De   allí   que   ninguna   similitud  consustancial  pueda  pregonarse  de  institutos  disímiles  en  su naturaleza,  objeto, consecuencias y forma de aplicarlas.   

Porque, si se trata de que, en seguimiento  del  principio  de   favorabilidad,  se aplique a casos rituados por la Ley  600  de  2000,  la forma de atenuación punitiva establecida en el artículo 351  de  la  Ley  906  de  2004,  ya  de  entrada  se está exigiendo del funcionario  judicial  un  arbitrio  o injerencia que de ninguna manera permite la primera de  las  normatividades  citadas  y  que,  además, implica hacer apreciaciones, ora  objetivas,  ya  subjetivas,  que  por  ninguna  parte  consagra esa tramitación  penal.   

Y, basta apreciar la forma en que la Corte  Constitucional   trata   de  solucionar  el  problema,  ofreciendo  al  Juez  de  Ejecución  de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad  alternativas  que  le permitan  determinar  el  porcentaje a reducir en el caso concreto, para advertir cómo el  asunto     comporta     bastantes    dificultades58,    que   radican,   debe  repetirse,  en  la  diversa  naturaleza  y  efectos de las figuras que pretenden  homogeneizarse.   

Ahora,  han tratado la que hasta hace poco  era  posición  minoritaria  de  la  Sala  de significar similar la figura de la  sentencia  anticipada, con el mecanismo de allanamiento a cargos, a partir de la  elaboración  más  o  menos detallada de un listado de factores comunes a ambos  institutos.   

Empero,  pienso que no es esa una adecuada  forma  de  abordar  el  punto, simplemente porque siempre habrá posibilidad, no  importa  cuán  disímiles  sean las figuras en confrontación, de hallar muchos  factores   comunes,   sin  que  ello,  desde  luego,  signifique  igualación  o  similitud.   

Lo importante no es, al respecto, cuántas  circunstancias  afines  se  hallen,  sino  definir  en concreto una naturaleza y  efectos    que    por    su    trascendencia    delimiten    equiparables    los  institutos.   

Asunto que, estimo, dista mucho de ocurrir  en  lo  que  respecta al parangón intentado realizar entre la figura consagrada  en  el  artículo  40  de  la  Ley  600 de 2000 y el mecanismo establecido en el  artículo  351  de la Ley 906 de 2004, dado que si bien comportan muchas o pocas  características  comunes,  es  lo  cierto  que  ellas  son  insuficientes  para  desvirtuar  un  hecho cierto, referido a que se insertan dentro de sistemáticas  diferentes,  verifican  una  teleología  también  distinta  y producen efectos  prácticos incompatibles.   

Al efecto, apenas para referir a título de  ejemplo  cómo  asoman  deleznables  algunos  de los factores comunes destacados  para  concluir  en  la  simbiosis  supuestamente  existente  entre  la sentencia  anticipada  y  el  allanamiento  a  cargos,  resulta  cuando menos controversial  sostener  que  ambos  institutos  se  hermanan porque en la sentencia anticipada  antes  de  aceptarse  esa  postulación  del  procesado,  éste  ya ha tenido la  oportunidad   de   haber  sido  oído  dentro  del  proceso,  en  diligencia  de  indagatoria,  y de ejercer los derechos de defensa y de contradicción, algo que  supuestamente  también  ocurre con el allanamiento a cargos, dado que ya existe  formulación de imputación.   

Una  tal  afirmación  olvida  que  en  su  naturaleza  ese  acto  de  formulación  de  imputación es de comunicación por  parte  de  la  fiscalía,  pero, en estricto sentido, no implica que el imputado  haya  sido  oído  (por la razón obvia de que no existe indagatoria), ni que se  ejerza  amplia y materialmente el derecho de contradicción, porque allí, entre  otras  cosas,  como  lo  han sostenido de consuno la Corte Constitucional y esta  Corporación,  no  existe  obligación para la fiscalía de que haga algún tipo  de descubrimiento probatorio.   

Así, no puede ser lo mismo, por mucho que  se  pretenda  ejercitar  la dialéctica, que el procesado, en la sistemática de  la  ley  600  de  2000,  pueda  conocer todas las pruebas (plenamente vigente el  principio  de permanencia de las mismas) y además exponga su particular visión  de  lo  ocurrido,  remitida a contradecir esas pruebas, a que, cual ocurre en la  sistemática  de  la  Ley  906 de 2004, se le cite a una audiencia en la que, en  términos  estrictos,  el  fiscal simplemente le comunica cuáles son los hechos  por  los  que  se le investiga y su significación jurídica, sin posibilidad de  pronunciarse  respecto  de  ellos  en  aras  de pregonar inocencia o ausencia de  participación  (para ejercer la inexistente defensa que pregona la sentencia de  tutela),  ni  mucho  menos ejercer el derecho de contradicción respecto de unos  elementos  materiales  probatorios, evidencia física o informes que no conoce o  puede exigir conocer.   

Algo  similar ocurre con la manifestación  efectuada  en  la  sentencia de revisión de tutela, atinente a que la sentencia  anticipada  comporta  la  confesión  simple  del  procesado,  y otro tanto debe  entenderse ocurre con el allanamiento a cargos.   

Para  quienes  conocen  la  naturaleza del  sistema  acusatorio  consagrado  en la Ley 906 de 2004, no puede significar más  que  un  despropósito la afirmación de que el allanamiento a cargos traduce la  confesión  simple  del procesado, por la potísima razón que esta normatividad  no  consagra como prueba, o siquiera evidencia, esa manifestación unilateral de  responsabilidad penal.   

Se  busca,  sí,  superar  esa  evidente  dificultad,  señalándose que “se trata de una idea  de confesión en sentido natural”.   

¿Qué  es una confesión, si nos hallamos  dentro  de  un  procedimiento  penal,  en  “sentido  natural”?,  vaya  uno a saber, pero asoma claro que  si   esa   confesión   no   tiene   efectos   jurídicos  o  procesales,  pues,  sencillamente,  de nada sirve para fundamentar la posición encaminada a definir  equiparables  los institutos de la sentencia anticipada y allanamiento a cargos,  bajo  el  argumento de que ambos comportan una confesión que, finalmente, asoma  completamente disímil en su naturaleza y efectos.   

Por  último,  en lo que a la crítica del  método   de   equiparación  compete,  no  puede  ser  argumento  válido  para  parangonar  como  similares  ambos  institutos  de  terminación  anticipada del  proceso,  acudir  a  los  principios  que  informan  el proceso penal en general  (lealtad,  publicidad,  eficiencia,  presunción  de  inocencia), comoquiera que  ellos,  por su naturaleza general, permean todas cuantas instituciones consagran  ambos  sistemas  (dado que son soporte  de los dos) y, en consecuencia, una  inferencia  lógica  obtenible  a  partir  de  allí  perfectamente  llevaría a  conclusiones  tales  como  que  el  principio  de  oportunidad  es  similar a la  sentencia anticipada, y todas las demás que quieran hacerse.   

En  suma,  no  se ha ofrecido un argumento  contundente  que signifique efectivamente similares o asimilables los institutos  de  la  sentencia  anticipada,  disciplinado en el artículo 40 de la Ley 600 de  2000,  y  el  allanamiento  a  cargos  que  consagra  la  Ley 906 de 2004. Y, en  contrario,  sigue siendo válido sostener que el segundo de los mecanismos opera  consustancial  a  la teleología propia de la sistemática acusatoria pretendida  implementar  en el país, con una naturaleza, efectos y aplicación material que  en mucho se apartan de la sentencia anticipada.   

3.   Se  anotó  en el primero de los  puntos  tratados  que  el  principio  de  favorabilidad constituye desarrollo, o  mejor,  efectivización  del principio de igualdad, dado que, finalmente, lo que  se  busca  con  la  aplicación  ultractiva o retroactiva de la norma no vigente  para  el momento de los hechos, es equiparar la condición del procesado a la de  aquellos otros a quienes se aplica esta en toda su extensión.   

        En  este  sentido  se  sostiene que la decisión de aplicar a favor  del  procesado,  para  el caso concreto, el porcentaje de atemperación punitiva  dispuesto  en  el  artículo  351 de la Ley 906 de 2004, no obstante ocurrir los  hechos  y verificarse su tramitación en vigencia de la Ley 600 de 2000, obedece  a la necesidad de dar aplicación a ese principio de igualdad.   

        Supone  el  argumento,  para trasladarlo al campo práctico, que se  advierte  en  las  personas sometidas al procedimiento establecido en la Ley 600  de  2000,  quienes, acogiéndose al instituto de la sentencia anticipada durante  el  período  de  la  instrucción, sólo recibieron un descuento punitivo de la  tercera  parte,  una  especie  de  trato desfavorable o desigual frente a lo que  sucede  con  aquellos  que  al  día  de  hoy  se allanan a cargos en sede de lo  dispuesto  por  el  artículo  351  de la Ley 906 de 2004, razón que amerita la  intervención  de  la judicatura, en seguimiento del principio de favorabilidad,  para    otorgarles    un    trato    que    equipare    esas   dos   condiciones  disímiles.   

        Sucede,  sin  embargo,  como paradoja fundamental, que la decisión  de  aplicar  el principio de favorabilidad lejos de respetar o hacer material el  principio de igualdad, instituye una desigualdad odiosa.   

        Es  que,  cuando  menos  contradictorio,  debe  asumirse  que  para  favorecer  a  la  persona juzgada bajo los parámetros de la Ley 600 de 2000, se  termine  inclinando  tanto  el  fiel  de  la balanza, que en lugar de igualar su  condición  a  la de los imputados sometidos al imperio de la nueva sistemática  acusatoria,  termina  ella  obteniendo beneficios mayores a los que se otorgan a  quienes  se  allanan  a  cargos  en  curso  de  la  audiencia de formulación de  imputación regulada por la Ley 906 de 2004.   

        En  efecto,  para  objetivarlo con un ejemplo elemental, si para el  delito  por  el cual se juzga a la persona, se establece en el Código Penal una  pena  mínima  de  2  años, y esa persona se acoge al mecanismo de la sentencia  anticipada  establecido  en  el  artículo  40 de la Ley 600 de 2000, durante la  fase  de  investigación,  el  porcentaje  de  rebaja de pena (suponiendo que se  parta  del  mínimo  de  la  sanción)  de  la  tercera parte, implicará que la  sanción derive en 16 meses de prisión.   

        Pero,  si  se  le  aplica  por  favorabilidad  lo  dispuesto por el  artículo  351  de  la  Ley 906 de 2004, en su mayor cantidad de reducción, esa  pena se ve disminuida a 12 meses de prisión.   

        Cosa  distinta  ocurre con la persona juzgada bajo la férula de la  Ley  906 de 2004, pues, en el mismo ejemplo, el delito debe incrementarse en una  tercera  parte  por ocasión de lo dispuesto en el artículo 14 de la Ley 890 de  2004,  hasta  delimitar  su  mínimo  en 32 meses, los cuales, disminuidos en el  mayor   porcentaje  de  rebaja  por  allanamiento  a  cargos,  descienden  a  16  meses.   

        Evidente  surge,  entonces,  que  la  aplicación  retroactiva  del  principio  de  favorabilidad  no  iguala  a  las personas sino que establece una  ventaja  caprichosa  e  incluso  ilegal  (en  términos de la pena y su función  retributiva).   

        Nótese  que,  en el ejemplo propuesto, la pena a la cual accede el  procesado  que  se  acoge a sentencia anticipada en la sistemática derogada (16  meses),  resulta  igual a los 16 meses que debe purgar el imputado que recibe el  máximo  beneficio  por  allanarse  a  cargos,  por manera que, huelga anotarlo,  ningún  provecho,  en  términos  reales, puede aspirar a recibir el primero de  los  mencionados,  simplemente  porque, examinada en todo su contexto la figura,  no  resulta  más  conveniente para él acceder a lo establecido en la novísima  normatividad.   

        Es  que,  precisamente,  la imposibilidad ostensible de igualar las  condiciones  de  los  procesados  en ambos sistemas obedece a que necesariamente  debe   examinarse   el   tópico   de   la   favorabilidad   desde  una  óptica  contextualizada   que  tome  en  consideración  no  sólo  la  teleología  del  instituto  de  allanamiento  a cargos establecido en la Ley 906 de 2004, sino su  inescapable vinculación con lo dispuesto por la Ley 890 de 2004.   

        En  estas  condiciones,  si  de verdad se tratase de hacer valer el  principio  de  favorabilidad  desde  una  postura  que en lugar de sacrificar el  principio  de igualdad que es su norte y finalidad, lo haga válido y operativo,  indispensablemente  habría  que incrementar la pena de la forma prevista por el  artículo  14  de  la  Ley 890 de 2004, para luego hacer la reducción permitida  por  el  artículo  351  de  la  Ley  906 de 2004, en los casos en los cuales la  persona  cuyo proceso se tramitó por lo dispuesto en la Ley 600 de 2000, aspire  a que se aplique en su beneficio el principio en cuestión.   

        Pero  ello, como se habrá advertido, no representa en la práctica  ninguna  diferencia (en ambos casos, dentro del ejemplo ideal propuesto, la pena  será  de 16 meses), sencillamente porque no es necesario igualar, a través del  fenómeno  de la favorabilidad, lo que el legislador ya ha igualado.  Mucho  menos  si  bajo  ese prurito se termina discriminando de manera odiosa a quienes  vienen siendo juzgados dentro de la órbita del sistema acusatorio.   

        De los señores Magistrados,   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Magistrado  

Fecha   ut  supra.   

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

         

        Con   respeto   por  los  planteamientos  de  la  Sala  mayoritaria  plasmados  en  la  decisión  del  pasado 29 de octubre, por cuyo medio decidió  casar  parcialmente  el  del  Tribunal  Superior  de  Popayán  del  31 de marzo  anterior,  en  el  sentido de dar aplicación retroactiva al artículo 351 de la  Ley  906  de  2004,  lo  cual  se  tradujo  en una disminución mayor de la pena  impuesta  a  GENNY  SOFÍA  MUÑOZ  BUENO,  procedo  a  exponer los argumentos que me sirvieron de base para  salvar  parcialmente  el voto, únicamente en cuanto se refiere a la aplicación  del  citado  precepto  de  la  legislación  procesal  penal  del  2004, pues he  considerado  desde cuando entró en vigencia dicha normativa que no es viable en  desarrollo  del  principio  de  favorabilidad  aplicar de manera retroactiva tal  disposición  legal a hechos acaecidos bajo la égida de la Ley 600 de 2000, por  las siguientes razones:   

En  virtud  del  artículo  29 de la Carta  Política,  el  cual  se  ocupa  de  reconocer  el derecho fundamental al debido  proceso,  “en  materia  penal,  la  ley permisiva o  favorable,   aun  cuando  sea  posterior,  se  aplicará  de  preferencia  a  la  restrictiva o desfavorable”.   

        Si   bien  por  regla  general  la  ley  rige  para  las  conductas  realizadas  durante  su  vigencia,  en  virtud del principio de favorabilidad es  posible  excepcionar  tal postulado mediante su retroactividad o ultraactividad.  En  el  primer  caso,  la  norma  es  aplicada a hechos acaecidos antes entrar a  regir,  mientras  que  en el segundo, su aplicación tiene lugar cuando ya no se  encuentra  vigente, respecto de sucesos ocurridos cuando regía, sólo cuando un  tal  proceder reporte tratamiento benéfico a la situación del sujeto pasivo de  la acción penal.   

        Norma  constitucional  desarrollada  en el inciso 2º del artículo  6°  de la Ley 600 de 2000 y en el inciso 2º del artículo 6° de la Ley 906 de  2004,   es  decir,  en  ambos  códigos  de  procedimiento  penal  se  establece  expresamente  el principio de favorabilidad como derivación concreta y efectiva  del texto fundamental.   

La aplicación de la ley penal permisiva o  favorable  supone sucesión de leyes en el tiempo, esto es, que una disposición  sea  sustituida  por  otra,  o  bien,  que  coexistan  preceptos  de  diferentes  ordenamientos,   siempre   que,  destaco,  exista  identidad  en  el  objeto  de  regulación.   

Las citadas vicisitudes no se presentan en  el  caso  bajo examen, pues la Ley 906 de 2004 no representa frente a la Ley 600  de  2000,  en  el punto discutido, sucesión de leyes o tránsito legislativo ni  coexistencia  de  normas  regulando   idéntico  aspecto, dado que el nuevo  procedimiento  no derogó el anterior ni tampoco creó una institución dirigida  a gobernar o a ocuparse de la misma situación fáctica procesal.   

Con   la   implementación  del  sistema  acusatorio  para  los  delitos  cometidos  con posterioridad a la vigencia de la  citada  normatividad  adjetiva,  según  lo  dispone  el  artículo 5º del acto  legislativo  03  de  2002,  se  dio  lugar  a  la  existencia sincrónica de dos  sistemas  procesales  diversos,  ellos  son,  el  nuevo procedimiento acusatorio  reglado  en  la  Ley  906  de 2004 y el mixto anterior regulado en la Ley 600 de  2004  que  en punto de la temática analizada, contienen normas  diferentes  para ocuparse de supuestos fácticos disímiles.   

Adicionalmente,  en cuanto se refiere a la  denominada    aceptación    de    cargos    o   de  imputación  establecida  en  la  Ley 906 de 2004, es  claro  que en su rito procesal y dinamismo no puede asemejarse a la figura de la  sentencia    anticipada  dispuesta  en  la Ley 600 de 2000, circunstancia que imposibilita la aplicación  de    aquella    normativa    a   conductas   gobernadas   por   ésta   última  legislación.   

En  efecto,  en  la  Ley  600  de  2000 el  allanamiento  que  da  lugar  a  la   sentencia anticipada se produce sobre  lapsos  procesales:  (i)  A partir de la diligencia indagatoria y hasta antes de  cobrar  ejecutoria  la  resolución de cierre de investigación y (ii) Proferida  la   resolución  de  acusación  y  hasta  antes  de  encontrase  en  firme  la  providencia   que   fija   fecha   para   la   realización   de   la  audiencia  pública.   

A su vez, en la Ley 906 de 2004 las rebajas  procesales  derivadas  de  los  allanamientos  están relacionadas no con lapsos  sino  con  momentos  procesales  específicos  y puntuales v.gr. (i) En la   audiencia  de  formulación  de  imputación  (art.  351);  (ii) En la audiencia  preparatoria  (art.  356.5);  y  (iii)  Una  vez  instalado el juicio oral (art.  367).   

Ahora, si bien podría argumentarse que en  la  normativa  procesal  de  2004 también existe la modalidad referida a lapsos  procesales  en  lo  que  respecta a los preacuerdos: (i) Desde que se formula la  imputación  y hasta antes de que el fiscal presente escrito de acusación (art.  350  y  351);  y (ii) Luego de presentada la acusación y hasta antes de que sea  interrogado  el  acusado  al inicio del juicio oral (art. 353), lo cierto es que  en   la   Ley   906   de  2004  existe  bilaterialidad  pues  hay  presencia  de  “negociación”   o  acuerdo  de  voluntades,  mientras que en la Ley 600 de 2000 frente al instituto  comentado   se   presenta   unilateralidad,  propia  de  una  justicia  criminal  estructuralmente  inducida o de negociación implícita con el Estado, en cuanto  se  supone  que  la  ley  sanciona  más  severamente a quienes insisten en ir a  juicio  o  porque  se  sabe  que  los  jueces imponen penas benévolas a quienes  aceptan   su   responsabilidad   y   renuncian   al   derecho   a   la  fase  de  juzgamiento59.   

Así  pues, la aceptación de cargos en la  Ley  906  de 2004 comporta por regla general un acuerdo bilateral entre fiscal e  imputado,  pues  entre  ambos  pueden  definir  el  quantum  de  rebaja de pena,  correspondiendo  al fallador sujetarse a dicha voluntad concertada, salvo cuando  advierta  la  trasgresión  de  garantías  fundamentales,  mientras  que  en la  sentencia  anticipada  propia  de  la  Ley  600  de  2000  rige una sistemática  unilateral,  en  cuanto excluye acuerdo alguno entre fiscal e incriminado y debe  el  juez  tasar  la  sanción  según  el  acto  libre,  voluntario y unilateral  manifestado por el procesado.   

De lo expuesto concluyo que la sentencia    anticipada   del   sistema  procesal  anterior  y  la  aceptación de cargos o de  imputación actualmente reglada en la Ley 906 de 2004  no  son  iguales,  en  cuanto pertenecen a sistemas procesales de enjuiciamiento  contrapuestos,  todo  lo  cual  conlleva excluir la aplicación del principio de  favorabilidad, contrario a lo resuelto por la Sala mayoritaria.   

Por  tanto,  si  la  estructura  de  las  instituciones  cotejadas  es  sustancialmente  diversa,  no  resulta  procedente  aplicar  el  artículo  351  de  la  Ley  906  de  2004 a disímiles situaciones  posdelictuales  regidas  por  la  Ley  600  de  200060.   

Considero   importante   invitar   a  la  reflexión  sobre  el  devenir  práctico  de  la  aplicación  retroactiva  del  artículo  351  de  la  Ley  906  de 2004 a circunstancias posteriores al delito  regidas  por  la  Ley  600 de 2000, pues de conformidad con lo establecido en el  artículo  14  de  la  Ley  890  de  2004 las penas por los delitos cometidos en  vigencia  del  sistema acusatorio se incrementan “en  la  tercera  parte  en  el  mínimo  y  en  la  mitad  en el máximo”,   en   atención   a  que,  según  lo  ha  expuesto  la  Sala  “de  acuerdo con los antecedentes históricos de la  aludida  ley,  su  propósito no fue otro que permitir la puesta en marcha de un  sistema  procesal basado en una significativa negociación de penas, que exigía  por  tanto  el  aumento general de las mismas para mantener una proporcionalidad  sancionatoria  razonable que respondiese a las múltiples formas de negociación  y  rebajas  previstas”61.   

        La  tesis  ahora  prohijada  por la Sala y con la cual disiento, no  responde  a  la  política  criminal del Estado, pues si una persona cometió un  delito  regido  por  la  Ley  600  de  2000,  además  de  no serle aplicable el  incremento  punitivo  dispuesto  en  la  Ley 890 de 2004, se la beneficia con la  rebaja   punitiva   establecida  en  el  artículo  351  de la Ley 906   

de  2004,  circunstancia  que  comporta un  distanciamiento  del  querer del legislador y no se compadece con la teleología  de  dicha  disposición,  pues  confirió  un ámbito de maniobra a la Fiscalía  General  de la Nación con el propósito de eludir los juicios, razón adicional  para  concluir  que no era viable la aplicación retroactiva del citado precepto  propio del sistema acusatorio.   

        Finalmente,  observo  que  al  llevar  a  la práctica la posición  mayoritaria  se contraría el principio de igualdad de las personas ante la ley,  pues  quien  se  someta  a  la aplicación del artículo 351 en razón de hechos  regidos  por  la  Ley  906  de  2004  tendrá  que asumir el incremento punitivo  establecido  en  el  artículo  14  de  la  Ley  890,  en  tanto  que si alguien  delinquió   bajo   la   égida   de   la   Ley   600   de   2000   –   como   ocurre   en   este  asunto  –   la   aplicación  retroactiva  de  artículo 351 de aquella legislación comportaría una evidente  desigualdad  de  trato  frente a la comisión de delitos similares, pues como ya  precisé,  la  disminución  de  pena  se  establecería a partir de la sanción  señalada  en  el  estatuto punitivo, sin tener en cuenta el incremento derivado  de la citada Ley 890 de 2004.   

En  suma, considero que la decisión de la  Sala    debió    ser   exclusivamente   la   de   inadmitir   la   demanda   de  casación      presentada  por  la  defensa  de GENNY  SOFÍA  MUÑOZ  BUENO  y no la de  casar  parcialmente  el  fallo  para  reconocer el mejor descuento por sentencia  anticipada previsto en el artículo 351 de la Ley 906 de 2004.   

En los anteriores términos dejo sentado mi  salvamento parcial de voto.   

Con toda atención,  

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

Magistrada  

Fecha   ut  supra.   

    

1  Sentencia del 12 de septiembre de 2007, radicado 26.967.   

2  Sentencia de tutela 37.345 del 19 de junio de 2008.   

3 Ver,  entre    otras,   sentencia   del   14   de   diciembre   del   2005   (radicado  21.347),   

4  Sentencia del 24 de agosto de 2007 (radicado 32.637).   

5 Fallo  del 19 de septiembre de 2007 (radicado 32.903).   

6  Sentencia  del 8 de abril de 2008 (radicado 25.306).   

7  Folios 8 y siguientes.   

8 “Y,  así,  debiendo  la  ley, en virtud de tales exigencias concebir la pena como un  mal     necesario    y    proporcionado  a  la   gravedad  del  delito,  en  el  corazón  mismo  del  principio  de  legalidad   se  halló  inscrito,  naturalmente, otro, el de  intervención  mínima  o proporcionalidad   en   sentido   amplio”.   Tomás  Vives  Antón,  Principio  de  legalidad,  interpretación  de  la  ley    y   dogmática   penal,  en  Estudios de filosofía del derecho  penal,  Bogotá, Uni-Ext., 2006, p. 298. El principio  de  legalidad  aparece,  además  de  antitético  del  principio de oportunidad  (artículos  250  Const. Pol. y 321-330 cpp-2004), en el estatuto procesal penal  último  como  principio  rector  y  garantía  procesal  (artículo  6), y como  criterio  modulador  de la  actividad procesal (artículo 27). Para mí una  pena  es legal cuando se tasa dentro de los parámetros que establece la ley. El  valor  justicia  implica  que  no  haya impunidad. Y no hay pena justa cuando se  reconocen   atenuantes  ilegales,  es  decir,  que no contempla la ley  como    “fin   de   regulación”,   “idea   fundamental”   o   “razón  justificante”,  o  porque  no  haya  razonabilidad  axiológica  que  entre en  fricción   con   el   tenor   literal   del   enunciado,   como   adelante   lo  demuestro.   

9 Yesid  Ramírez  Bastidas,  Aclaración  de voto,  Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia de  casación  de 16 de mayo de 2007, radicación 23934, M.P. Álvaro Orlando Pérez  Pinzón.  El  principio de legalidad se traduce en materia penal en la necesidad  imperiosa  e insoslayable de que el legislador defina previamente el delito y la  pena,  el  juez  competente, las formas propias de cada juicio y las condiciones  de  ejecución  de  la  sanción,  con  lo  que  se  delimita  el  ejercicio del  ius  puniendi  y se ata al  parlamento  a  los  contenidos  supremos,  pues  éste  debe  responder  “a la  realización  de  los  fines sociales del Estado, entre ellos, los de garantizar  la  efectividad  de  los  principios,  derechos  y  deberes  consagrados  en  la  Constitución   y   de   asegurar  la  vigencia  de  un  orden  justo”.  Corte  Constitucional, Sentencias SU-1722/00 y C-070/96.   

10  “La     garantía     de     la    defensa    corresponde    a    todas  las partes… De hecho, en muchos  casos  es  una   afirmación  casi  automática,  aquella de que la defensa  corresponde  a  la  parte  pasiva  del  juicio…  Sin  embargo, no consideramos  acertada  esta  reducción  subjetiva  de  la garantía de la defensa a una sola  parte,  sino  que,  por  el contrario, entendemos que se dirige y ampara a todas  las  partes  del  proceso, en lo que constituye, por cierto, una característica  esencial  a  tener  en  cuenta  para  la elaboración  del concepto de esta  garantía     constitucional”.     Alex     Carroca    Pérez,    Garantía   constitucional   de   la  defensa  procesal,  Barcelona,  Bosch,  1998,  p. 86-87. Y además resulta elemental  que  la parte sea parcial por y para sus intereses; que el litigante también lo  sea  según  los  intereses  de  la   parte  que  asiste,  sea  victimario,  víctima,    tercero    civilmente   responsable   o   asegurador   –sistema  de  partes-;  pero  el  juez  tiene  que  ser  imparcial,  independiente  y  autónomo,  el fiel de la balanza a través de la ponderación  de  derechos.  María  Inmaculada  Ramos  Tapia,  Los  deberes   de  imparcialidad  y  vinculación  exclusiva  al  Derecho,      en      El      delito     de  prevaricación, Valencia, Editorial Tirant lo blanch,  2000, p. 146.   

11  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala de Casación Penal, providencias 11 julio de  2007 y 10 abril 2008.   

12  Manuel  Atienza,  Las razones del derecho, México, UNAM, 2003, p. 1.   

13  Manuel   Atienza,   Las   razones…,   ob. cit., p. 25-26.   

14  Pablo    Raúl    Bonorino    y    Jairo   Iván   Peña   Ayazo,   Argumentación    judicial,   Bogotá,  Consejo Superior de la Judicatura, 2003, p. 23.   

15  Robert    Alexis,    Teoría    de   los   derechos  fundamentales,    Madrid,    Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993.   

16  “En  razón  de esta función, la ponderación se ha convertido en un criterio  metodológico  indispensable  para el ejercicio de la función jurisdiccional…  que   se   encarga   de   la  aplicación  de  normas  que,  como  los  derechos  fundamentales,  tienen  la   estructura  de  principios”.  Carlos  Bernal  Pulido,   El  derecho  de  los  derechos, Bogotá, Uni-Ext., 2005, p. 139 y 97.   

17  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal, providencias de julio 11 de  2007  y  abril  10 de 2006. Corte Constitucional, Sentencias C-580/02, C-004/03,  C-979/05,  C-1154/05,  C-370/06,  C-454/06  y  C-209/07.  Por  supuesto  que las  víctimas  son  titulares  de  un  amplio  elenco  de derechos fundamentales que  ganaron  espacio en la conciencia de los Pueblos, en su  axiología y en la  normatividad   positiva,  especialmente  después   de  la  Segunda  Guerra  Mundial  (1945),  cuando el Estado Social y Democrático surge para proteger los  derechos  de  tercera  generación,  en  particular  la Paz (artículo 22 Const.  Pol.).  La  Carta  Política les hace un amplio registro en los artículos 1, 2,  15,  21, 29, 229, 250 y 251, además del bloque de Constitucionalidad (artículo  93  Const.  Pol.),  que  se  han  materializado en derechos a la verdad sobre lo  ocurrido   (para  la  memoria  individual  y  colectiva,  y  para  que  no  haya  repetición),  para  que haya justicia (se evite la impunidad, así sea parcial)  y   efectiva   reparación   (que  en  sus  distintas  vertientes,  requiere  de  verdad  completa  y   penas   “legales”  y  “justas”).   

18  Luigi   Ferrajoli,  Derecho y Razón. Teoría del  garantismo  penal, Madrid, Editorial Trotta, 1995, p.  853.        “Son         ‘derechos   fundamentales’    todos    aquellos    derechos   subjetivos   que   corresponden  universalmente  a  todos los  seres  humanos  en  cuanto dotados del status  de personas, de ciudadanos o  personas  con  capacidad  de  obrar;  entendiendo   por  derecho  subjetivo  cualquier  expectativa  positiva  (de  prestaciones)  o  negativas (de no sufrir  lesiones)  adscritas  a  un  sujeto  por  una  norma  jurídica; y por status la  condición  de  un  sujeto,  prevista asimismo por una norma jurídica positiva,  como  presupuesto de su idoneidad para ser titular de situaciones jurídicas y/o  autor  de  los  actos  que  son  ejercicio  de éstas”. Luigi  Ferrajoli,  Los      fundamentos      de     los     derechos  fundamentales, Madrid, Editorial Trotta, 2001, p. 19.   

19  Jesús-María     Silva    Sánchez,    Sobre    la  “interpretación”  teleológica  en Derecho Penal,  en  Estudios  de filosofía  del Derecho Penal, Bogotá,  Uni-Ext., 2006, p. 373.   

20  Jesús-María   Silva   Sánchez,   Sobre…, ob. cit., p. 376.   

21  Kant  señala  que  “cuando se infringe la justicia no tiene ningún valor que  los hombres vivan sobre la tierra”.   

22  Código Penal de 2000, artículo 4°.   

23  Jesús  Orlando  Gómez  López, La teoría del delito  desde  la  perspectiva de la Constitución venezolana,  Barquisimeto, Judec, 2008, p. 38.   

24  Claus    Roxin,   Conclusiones   finales   en   Crítica  y  justificación  del  derecho  en  el  cambio  de siglo, Cuenca, Universidad  Castilla-La  Mancha,  2003, p. 319. “Un adecuado sistema de política criminal  debe  orientar  la  función  preventiva  de  la  pena  con  arreglo a los   principios  de  protección  de  bienes  jurídicos,  de  proporcionalidad  y de  culpabilidad,  Síguese de ello, que la Constitución conduce a un derecho penal  llamado  a desempeñar, dados unos presupuestos de garantía de los derechos del  procesado  y  del  sindicado, una función de prevención general, sin perjuicio  de  la  función  de  prevención especial”. Corte Constitucional, Sentencia 7  dic. 1993.   

25  Claus       Roxin,       Conclusiones… ob. cit., p. 319.   

26  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, auto de segunda instancia  de 11 de julio de 2007, radicación 26945.   

27  Mientras  que  para  Kelsen la efectividad aparece vinculada a la existencia del  Estado  y  a  la  capacidad  de imposición política, para Hart el principio de  efectividad se plasma en términos de regla o práctica social.   

28  Joseph  Aguiló  Regla,  Sobre  la  Constitución del  Estado  Constitucional,  Doxa, 24, Alicante, 2001, p.  455.   

29  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, autos de segunda instancia  de  11  de  julio  de  2007,  radicación  26945,  y  de  10  de  abril de 2008,  radicación 29472.   

30  Véanse:   Gerardo   Landrove   Díaz,   La  moderna  victimología,  Valencia, Editorial Tirant lo Blanch,  1998;  M.  Carmen Alastuey Dobón, La reparación a la  víctima  en  el  marco  de  las  sanciones  penales,  Valencia,  Editorial  Tirant  lo Blanch, 2000; Alberto Alonso Rimo, Víctima  y  sistema  penal:  las  infracciones  no perseguibles de  oficio  y el perdón del ofendido, Valencia, Editorial  Tirant     lo     Blanch,     2002;    Julio    Jorge    Urbina,    Protección  de  las  víctimas  de  conflictos  armados,  Naciones  Unidas  y Derecho Internacional Humanitario, Valencia,  Editorial  Tirant  lo  Blanch,  2000; y, Comisión Colombiana de Juristas (ed.),  Principios   internacionales   sobre   impunidad   y  reparaciones,  Bogotá,  Opciones  Gráficas Editores  Ltda., 2007.   

31 La  fijación  de  los límites mínimo y máximo de la escala de penas se conoce en  la    doctrina    como   proporcionalidad   cardinal  o   absoluta.   Adrew   von   Hirsch,   Censurar  y  castigar,  Madrid,  Editorial Trotta, 1998, p.45 s.s.  “Estatuir   que  nadie  puede  ser  juzgado  sino  conforme  a  las leyes  preexistentes  al  acto  que se le imputa, implica que  para condenar a una  persona  se  requiere que su conducta esté previamente definida como delito; de  la     misma     manera    que    sólo    puede   imponérsele   la  pena  previamente  establecida  en  la  ley.  Se  trata del  apotegma  universalmente  conocido  como  “nullum  crimen,  nulla  poena  sine  lege”.  El  principio de legalidad opera en un doble sentido, (i) como límite  al  ejercicio  del  poder  punitivo  del  Estado,  en la medida en que le impone  definir  previamente  qué  acciones  son  constitutivas  de  delitos y cuál la  sanción  a  aplicar  por  su   realización; y (ii) como garantía para el  procesado  y  la  comunidad, atendida la certidumbre que genera el saber de  antemano  que sólo será objeto de sanción penal la conducta erigida en delito  por   la   ley   y   que   únicamente   se   impondrá   la  pena  dentro  de  los límites cuantitativos y  cualitativos  establecidos  por  la misma”. Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación  Penal, Casación,  radicación  28059,  M.  P.,  Dra.  María del Rosario González de Lemos. “En  efecto,   los ciudadanos deben conocer los comportamientos  prohibidos  y  por lo mismo elevados por el legislador a la categoría  de delitos así  como  la correspondiente sanción previamente establecida a fin de contar con la  certeza  de que sólo podrán ser  sancionados en razón de la comisión de  una  conducta punible dentro  de  los  límites cuantitativos y cualitativos consagrados con  antelación  en  la  ley, sin que tales marcos puedan desbordarse a discreción o capricho de  los  funcionarios  judiciales”.  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación  Penal,     Casación,  radicación 24.030, M. P., Dr. Julio Enrique Socha Salamanca..   

32  Corte     Constitucional,    sentencias    C-004/03    y    C-871/03,    refiriéndose   al   non  bis  in  ídem y declarando que tal  principio  no  es  absoluto.  “En  el ámbito internacional se ha llegado a un  consenso  general  en la necesidad de considerar a las víctimas del delito como  parte   principal,    junto   al   victimario    y   en   igualdad   de   condiciones,   de   la  política   criminal  de  los  Estados.  Se trata de una exigencia social y  humana:  hoy,  el  llegar a ser víctima no se considera un incidente individual  sino  un problema de política social, un problema de derechos fundamentales”.  Alfonso  Daza  González,  Víctimas  en  el  Sistema  Procesal   Penal   Acusatorio,  Bogotá,  Universidad  Libre, 2006, p. 56.   

33  Ángel  Puyol,  El discurso de la igualdad, Barcelona, Editorial Crítica, 2001, p. 203.   

34  “Con  el  fin  de humanizar la actuación procesal y la pena; obtener pronta y  cumplida  justicia;  activar  la solución de los conflictos sociales que genera  el   delito;   propiciar   la   reparación  integral  de  los   perjuicios  ocasionados  con  el injusto y lograr la participación del imputado en la   definición  de  su  caso, la Fiscalía y el imputado o acusado podrán llegar a  preacuerdos que impliquen la terminación del proceso”.   

35  “En   los  delitos  en los cuales el sujeto activo de la conducta punible  hubiese  obtenido  incremento patrimonial fruto del mismo, no se podrá celebrar  el  acuerdo  con  la  Fiscalía  hasta  tanto  se  reintegre,  por  lo menos, el  cincuenta  por   ciento del valor  equivalente al incremento percibido  y se asegure el recaudo del remanente”.   

36  “Las  reparaciones  efectivas  a  la  víctima  que  puedan  resultar  de  los  preacuerdos   entre fiscal e imputado o acusado,  pueden aceptarse por  la  víctima.   En  caso  de  rehusarlos,  ésta  podrá acudir a las vías  judiciales  pertinentes”.   

37  Silvia  Barona  Vilar,  La  conformidad en el proceso  penal, Valencia, Editorial Tirant lo blanch, 1994, p.  31.   

38  Luis     Enrique    Romero    Soto,    Derecho  Penal,  Parte General, Editorial Temis, 1969, p. 553.  “…a  la  cabeza  de sus grandes problemas y mayores desgracias, la impunidad  en  Colombia,  junto  con la violencia, la  corrupción y el narcotráfico,  se  erigen  como  una  de  las peores culturas de lastre que tanto contribuyen a  mantenerla   sumida   en   su   profunda   crisis”.  Germán  Puyana  García,  ¿Cómo    somos    los    colombianos?,  Bogotá,  Editorial Panamericana, 2005, p. 275. El examen diario  de  expedientes  ha  señalado la práctica judicial discutible de reconocer sin  más,  a un allanado el máximo del descuento, que no puede suceder, vr. gr., en  casos  de  flagrancia  o  de  prueba  de cargo contundentes. Y si  ese  descuento  es  razonado,  más  el incremento  generalizado de penas por el  que  aboga  el  Magistrado  Gómez  Quintero, del artículo 14 de la Ley 890/04,  vigente  –según él desde  los  albores del sistema acusatorio colombiano-, por supuesto que la rebaja fija  de   1/3   de  pena  consagrada  en  el  mentado  artículo  40,  será  siempre  mayor.    

39  Luis  Camilo  Osorio  y  otros,  Prólogo,        Presentación  y  SPA: una política criminal para la  lucha  contra  la  impunidad en un marco reforzado de derechos, en Nuevo código  de   procedimiento  penal,  Bogotá,  CEJ,  2004,  p.  21-40.   

40  “En  Colombia,  la  adopción  mediante  reforma constitucional, de este nuevo  sistema   procesal   penal,  perseguía  en  líneas  generales  las  siguientes  finalidades:   (i)  fortalecer  la  función  investigativa de la Fiscalía  General  de la  Nación, en el sentido de concentrar los esfuerzos de ésta  en  el  recaudo  de la prueba; (ii) establecimiento de un juicio público, oral,  contradictorio  y  concentrado; (iii) instituir una clara distinción entre  los  funcionarios  encargados  de investigar, acusar y juzgar, con el propósito  de  que  el sistema procesal penal se ajustase a los estándares internacionales  en  materia  de  imparcialidad  de los jueces, en especial, el artículo  8  del  Pacto  de  San  José  de  Costa  Rica;  (iv) descongestionar los despachos  judiciales  mediante la supresión de un sistema procesal basado en la escritura  para  pasar  a la oralidad, y de esta forma, garantizar el derecho a ser juzgado  sin  dilaciones  injustificadas; (v) modificar el principio de permanencia de la  prueba  por  aquel  de  la  producción de la misma durante el juicio oral; (vi)  introducir  el  principio de oportunidad; (vii) crear la figura del juez de  control  de  garantías;  e  (viii)  implementar  gradualmente  el nuevo sistema  acusatorio”.  Corte Constitucional, Sentencia C-591/05.   

41  Corte  Constitucional,  Sentencia  C-591/05.  Además,  repárese Exposición de  Motivos  del  Proyecto  de Acto Legislativo No. 237 de 2002 Cámara, por el cual  se  modifican los  artículos 234, 235, 250 y 251 de la Constitución   Política,  y  Juan-Luis  Gómez  Colomer, El Tribunal  Penal  Internacional:  investigación  y  acusación,  Valencia, Editorial Tirant lo blanch, 2003, p. 55.   

42  Luis   Alfredo  de  Diego  Díez,  Justicia  criminal  consensuada,  Valencia,  Editorial  Tirant  lo   blanch,  1999,  p.  75.  “Estos acuerdos informales (en Alemania) funcionan de  forma   similar   al   plea   bargaining   de  los  EU  (y)  lo  que  en  Alemania fue producto de una  práctica  judicial  ha  sido introducida en España y en Italia por los propios  legisladores”.    Silvia    Barona    Vilar,    La  conformidad…, ob. cit., p. 32.   

43  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal, Sentencia Única Inst.  agosto   3   de   2005,   radicación   19094,   M.   P.,   Dr.  Yesid  Ramírez  Bastidas.   

44 La  Corte  Constitucional hizo expresa referencia a los autos del 4 de mayo de 2005,  radicaciones  19094  (reiterado  en  el  auto de 7 de abril de 2005, radicación  23312) y 23567.   

45  “La  definición, como la  palabra lo sugiere, es primariamente una   cuestión   de  trazar límites o discriminar entre un tipo de cosa y otro,  que  el  lenguaje  distingue mediante una palabra  separada”. H.L.A.  Hart,    El    concepto    de   Derecho,   Buenos   Aires,   Editorial   Abeledo-Perrot,   1977,   p.  13.  «Parecido»  significa tener determinada apariencia o aspecto que le asemeja a  algo;  «similar» es lo que tiene semejanza o analogía  con      algo.      Son      expresiones      sinónimas     de     «semejante»  que significa que las partes guardan  todas  respectivamente la misma proporción en relación con otra. Es parecido a  lo     que     ocurre     con    los    vocablos     “equiparable”    y  “analogía”. «Idéntico» significa lo  mismo  que  otra cosa (institución) con que se compara. Véase  Diccionario de la Lengua Española, 22 edición.   

46 El  Comisionado  encargado del tema, escribió: “No debe perderse de vista que los  preacuerdos y negociaciones,   bien   entendidos   y  acertadamente   ejecutados,   procuran   imprimirle   rapidez   al  trámite  de  juzgamiento,   sobre   la   base   de   un   consenso  justo,  pudiéndose decir que si bien el procesado es  el  creador  del  conflicto  también  debe  intervenir  como  parte decisiva”  Gustavo  Gómez  Velásquez,  Aproximación al tema de  los       preacuerdos       y       negociaciones  en  el  cpp  –arts.    348   a    354-,   en  Sistema  penal  acusatorio,  Bogotá, Fiscalía General de la Nación, 2005, p. 69 ss.   

47  Camino  Vidal  Fueyo, El principio de proporcionalidad  como  parámetro, en Anuario  de  derecho constitucional latinoamericano, 11° año,  T.II.,     Montevideo,    Fundación    Honrad    Adenauer    Stiftung,    2005,  p.430.   

48 Que  acaba  de  decir: “En realidad, no parece razonable que en el sistema procesal  anterior  la  víctima  pudiera disponer de su  pretensión indemnizatoria,  pero  en  el  nuevo,  cruzado  transversalmente  por  el  instituto  de las  negociaciones,   preacuerdos  y  acuerdos,  esa capacidad dispositiva quede  limitada”.  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de Casación Penal, Sentencia  abril 9 de 2008, radicación 28161.   

49  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia de casación, 23  de agosto de 2005.   

50  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia de casación, 23  de  mayo  de  2006,  radicación  25300,  con  reiteración  en  la sentencia de  casación de 3 de mayo de 2007, radicación 23486.   

51Silvia      Barona      Vilar,     La  conformidad…, ob. cit., p. 31 y 33.   

52  Artículo 40 Ley 600 de 2000.   

53  Artículo 351 inc. 1° Ley 906 de 2004.   

54  Sentencia de segunda instancia, radicado 23.567   

55  Incorporados  a  nuestra legislación interna, por virtud de la Ley 16 de 1972 y  de la Ley 74 de 1968, respectivamente,   

56  Sentencias   de   la   Corte   Constitucional   C-409   de   1999   y  C-040  de  2002.   

57  Sentencia C-104/93, M.P. Alejandro Martínez Caballero   

58  Sentencia T-098 de 1996, páginas 27 y 28.   

59  Cfr.  BASTIDAS  RAMÍREZ  Yesid.  Sistema  acusatorio  colombiano.   

60 En  este  sentido  providencias  de  14  de diciembre de 2005. Rad. 21347 y del 7 de  febrero de 2006. Rad. 24.020, entre otras   

61  Auto del 16 de marzo de 2006. Rad.25133, entre otros.     

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