29796(10-12-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n° 29796  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Aprobado Acta Nº 386  

Bogotá D. C., nueve (09) de diciembre de dos  mil nueve (2009).   

VISTOS  

Decide  la Sala si acepta o no la demanda de  casación  presentada  por el defensor de RAÚL IMITOLA  JIMÉNEZ, contra la sentencia del Tribunal Superior de  Distrito          Judicial          de         Barranquilla         (Atlántico),  que confirmó la emitida en  el  Juzgado  Segundo  Promiscuo  del  Circuito  de  Sabanalarga,  por la que fue  condenado  como  autor  penalmente  responsable  del  delito  de  acceso  carnal  violento en concurso con incesto.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

1. De acuerdo con la  denuncia  instaurada  el  6  de  febrero de 2006 ante el Comisario de Familia de  Luruaco   (Atlántico),  por  Enilda  Hernández  Moreno,  progenitora  de  E.  I.  H.,  de  doce (12)  años  de  edad,  y  el  testimonio  vertido  por  ésta,  se  sabe  que la última fue accedida carnalmente en forma  violenta   por  su  padre  biológico,  RAÚL  IMITOLA  JIMÉNEZ,  en  varias  oportunidades  entre  junio  y  diciembre             de             20051.   

2. Una vez vinculado  mediante     indagatoria,    la    situación    jurídica    de    IMITOLA     JIMÉNEZ    fue    resuelta  provisionalmente  con  medida  de aseguramiento de detención preventiva y, tras  la  clausura  del  ciclo  instructivo,  el  mérito  probatorio  del  sumario se  calificó  el 26 de mayo de 2006 con resolución de acusación en su contra, por  los  delitos de acceso carnal violento agravado e incesto, cometidos en concurso  homogéneo,   de   acuerdo   con   los   artículos   31,  205,  “216,  numerales  1 y 3”, y 237 de la Ley  599  de  2000,  pliego  de  cargos que como no fue impugnado alcanzó ejecutoria  material   el   6   de   junio   del   citado  año2.   

3. El trámite de la  causa  correspondió  al  Juzgado  Segundo Promiscuo del Circuito de Sabanalarga  (Atlántico),  cuyo titular,  el  19  de  diciembre  de 2006, puso fin a la instancia mediante sentencia en la  que  halló  responsable al procesado de los cargos atribuidos en la acusación,  pero   al   dosificar   la   pena  no  tuvo  en  cuenta  las  circunstancias  de  intensificación  deducidas  en  el pliego de cargos debido a que no respondían  con  la  especie delictiva imputada como más grave, de suerte que partiendo del  mínimo  previsto  para  ésta  (96 meses),  tras  incrementar  el  respectivo guarismo según lo dispuesto el  artículo   61   del  Código  Penal  y  atendiendo  la  otra  conducta  punible  concurrente    (en   4   y   12   meses),  finalmente  le  impuso al enjuiciado sanción principal de ciento  doce  (112) meses de prisión  y  como  accesoria  la  de inhabilidad para el ejercicio de derechos y funciones  públicas por el mismo lapso.   

Además, le negó la suspensión condicional  de  la  ejecución  de la pena y la prisión domiciliaria como sustitutiva de la  intramural,  y  lo  condenó  a pagar a la víctima el equivalente a veinticinco  (25)   salarios   mínimos  mensuales  legales  vigentes  por  concepto  de  perjuicios  morales3.   

4.  Del  fallo  de  primera  instancia  apeló  el  defensor  del acusado y el Tribunal Superior del  Distrito  Judicial de Barranquilla, mediante el suyo de 26 de noviembre de 2007,  le  impartió  confirmación integral en los aspectos atacados, fallo de segundo  grado  contra  el  que  dicho  sujeto  procesal interpuso y sustentó el recurso  extraordinario          de         casación4.   

LA DEMANDA  

El  recurrente,  en  diferentes  acápites  formula varios ataques cuyos fundamentos se resumen así:   

Inicialmente,   en   el   “Primer  Cargo”,  al amparo de la causal  primera  de  casación cuerpo segundo (Ley 600 de 2000,  artículo  207),  alega  la  violación  indirecta  de  normas  sustanciales,  a  consecuencia  de  un  error  de  hecho  consistente en  concederle  valor probatorio parcial a los testimonios recaudados en el proceso,  sin   hacer  su  valoración  conjunta  y  de  acuerdo  con  la  sana  crítica,  desconociendo   que   los  mismos  están  basados  en  indicios  y  constituyen  declaraciones   de   oídas,   como   acontece  con  Enilda  Hernández  Moreno,  denunciante,   y   Nohora   Judith  de  la  Cruz  Jiménez,  hermana  media  del  procesado.   

Agrega  que  al  darle  credibilidad  a  los  citados   elementos   de  conocimiento  sin  valorarlos  conjuntamente  con  los  testimonios  de Donaldo Escorcia Jiménez, Daniel Olivo Soto, Juan Luis y Eberto  Manuel  Imitola,  quienes  se  refirieron  a las características y antecedentes  personales  del  acusado,  se violó lo dispuesto en los artículos 20 y 234 del  Código de Procedimiento penal.   

Sostiene que en la acusación y en los fallos  de  primero  y  segundo  grado  no  se  consignó  valoración  respecto  de las  declaraciones  últimamente  aludidas,  como lo exige el artículo 238 de la Ley  600  de  2000, y sólo se le dio credibilidad a los otros testimonios a pesar de  que   no   cumplen   con   los   requisitos   de   ser  responsivos,  veraces  e  imparciales.   

Indica  que  el  mismo  error  se  cometió  respecto  de  la  declaración  de  Enilda  Imitola  Hernández,  otra  hija del  acusado,  mayor  que  la supuestamente ofendida, quien en el juicio aseguró que  no  le  daba  credibilidad  a  lo  manifestado  por  su  consanguínea y puso de  presente  el  buen  comportamiento de su progenitor para con ella, precisando el  recurrente  que  como  éste  y  los otros testimonios en favor del encausado no  fueron  valorados  dentro  de  las  reglas  de  la  sana crítica, se afectó su  derecho  de  defensa  y  de  audiencia, pues fue condenado sin antes ser oído y  vencido  en  juicio,  ya  que  desde  un  comienzo  únicamente  se le dio valor  probatorio a los elementos de conocimiento que lo incriminaban.   

De   otra   parte  en  el  “Segundo  Cargo”  el  libelista acusa al  fallo  de violar directamente  los  artículos  6,  9,  10,  11,  12 y 29  del  Código Penal, así como el 6, 7, 9,  20,  232 y 284 a 287 del de Procedimiento Penal, debido  a   un   error  de  derecho  consistente  en aceptar como fundamento de la condena la imputación jurídica y  fáctica  hecha  en  el pliego de cargos, viciada por un error en la adecuación  típica  de la conducta, ya que se partió del “tipo  estructural  básico  genérico  y no del específico como sería el contemplado  en  el  artículo  208”,  y que según el recurrente  sería el que determina la pena a imponer.   

Precisa  que  en  la indagatoria del acusado  igualmente   se   hizo  una  mala  formulación  de  cargos  al  “imputarle   el   tipo   penal  básico  cuya  pena  es  más  grave  quebrantándose  así  el principio de favorabilidad de la ley penal”,  además  que  en  la  actuación  no aparece demostrado con el  correspondiente  registro civil de nacimiento que la menor agraviada es hija del  acusado,  en  razón  de lo cual “se saltó del tipo  básico  al tipo especial (agravado) sin especificar la causal imputada, la cual  erróneamente  se  refirió  al  artículo  216,  numeral  3°,  del  C. P., que  corresponde  a  otro  tipo  de  delitos  como  lo es el proxenetismo”.   

Como  “Tercer  Cargo”  denuncia  la  violación  indirecta  de  las  normas  citadas  en el anterior reproche, debido a un error de hecho consistente  en  aceptar  los contradictorios dictámenes médicos acerca de los hallazgos en  la  menor  en  relación  con  la  conducta  punible  atribuida al acusado, pues  mientras  en  el  primero  se  aludió  a  signos de desfloración reciente, los  cuales  tampoco  considera  el  actor  comprensibles  debido  a  que  el último  atentado  habría  ocurrido  algo  más  de  dos  meses  atrás,  en el segundo,  practicado  a  los  pocos  días  de  aquél, se afirma que no hay lesiones y la  presencia  de himen anular íntegro, elástico y sin desgarros, contrariedad que  implica  la configuración de una duda insalvable que debió resolverse en favor  del acusado.   

También  censura  a  la sentencia porque se  adoptó  la  decisión  condenatoria  sin  practicar el examen de urología para  determinar  la  impotencia  sexual  del  acusado,  en  aras  de  “demostrar      su      inocencia      o     un     atenuante     de  responsabilidad”,  siendo  esa  prueba,  asegura  el  libelista,  de  vital  importancia para el esclarecimiento de los hechos, ya que  la  misma  tendía  a  establecer si el enjuiciado estaba en condiciones o no de  penetrar a su hija.   

Por   último,   en   un   “Cuarto  Cargo” sostiene que el fallo se  dictó   en   un   juicio   viciado   de   nulidad   por   las   “inconsistencias   e   irregularidades”  expuestas en el tercer reproche.   

Con  base  en  lo anterior solicita casar la  sentencia   y   dictar   la   que   sea  favorable  al  causado  “conforme    a    lo    manifestado    en   los   escritos   de   la  defensa”.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  Necesario  es  recordar  que,  en  cualquier  régimen, la casación  atiende  a  unos  fines  superiores  cuales  son  la reparación de los agravios  inferidos  a  las  partes  en la sentencia recurrida, la efectividad del derecho  material  y  de  las  garantías  fundamentales  de  los  intervinientes  en  la  actuación,    y    la    unificación   de   la   jurisprudencia   (Ley  600  de  2000,  articulo  206;  Ley  906  de  2004, artículo  180).   

Empero, ello de ninguna manera significa que  la  naturaleza  de  este  mecanismo  sea de libre configuración, desprovisto de  todo  rigor,  y  que tenga como finalidad abrir un espacio procesal semejante al  de  las  instancias para prolongar el debate respecto de los puntos que han sido  materia  de controversia, pues ha de resaltarse que mediante la proposición del  recurso  el  censor debe sujetarse a las causales taxativamente señaladas en el  ordenamiento  procesal  y,  con  observancia  de  los  presupuestos de lógica y  argumentación  inherentes  a  cada motivo de impugnación, persuadir a la Corte  de  que con el fallo de segunda instancia se ha originado el quebranto de alguna  de aquellas finalidades.   

2.  Con  evidente  desconocimiento  de  los  objetivos  fundamentales de la casación, así como de  las  exigencias  que  gobiernan cada uno de los motivos susceptibles de alegar a  través  de  este  mecanismo  de  impugnación  extraordinario,  el  actor en la  demanda  que concita la atención de la Sala, solicita enervar el fallo, sin que  logre  articular  una  propuesta  seria acerca de la probable estructuración de  yerro alguno.   

En  efecto, los cargos formulados carecen de  un  desarrollo  lógico,  claro y coherente, ya que presentados por el libelista  en  capítulos  separados,  en  ninguno  de  ellos acierta a hacer una petición  concreta  a  la  Sala,  limitándose en la parte final del libelo a reclamar una  decisión  indeterminadamente  favorable,  con  lo  cual  deja sin sentido o sin  dirección los cuatro cargos formulados.   

2.1. Obsérvese que  en  el  primer reproche, atendida la expresa mención de una supuesta violación  indirecta  de  la ley, apenas alcanza la Sala a intuir un problema probatorio en  relación  con  los  testimonios  de  cargos y de descargo citados por el actor,  empero,  la deshilvanada e incoherente argumentación no permite concretar si se  trata de errores de derecho o de hecho.   

Si pretendía aludir a la primera modalidad,  como     en     materia     penal    la    prueba    testimonial    —ni     ninguna     otra— está sometida a un sistema tarifado,  resultaba   improcedente   argüir   un   falso  juicio  de  convicción,  luego  únicamente   cabría  proponer  un  falso  juicio  de  legalidad,  orientado  a  demostrar  que  los juzgadores valoraron testimonios que carecían de requisitos  legales  en  su aducción práctica o incorporación, o que desestimaron los que  si   los   reunían,   entendiendo  equivocadamente  que  no  satisfacían  esos  presupuestos.   

En  tanto  que  si  el  ataque  gravitaba en  rededor  de  yerros  de  hecho,  el  desarrollo  argumental que estaba llamado a  observar  el actor necesariamente debía precisar si los dislates materializados  frente  a  cada  una  de las citadas declaraciones fueron constitutivos de falso  juicio    de    existencia,    falso    juicio    de    identidad,    o    falso  raciocinio.   

El  falso juicio de existencia ocurre cuando  el  juez  deja  de  apreciar  el  contenido  de  un  medio  de  prueba  legal  y  oportunamente  adosado a la actuación (falso juicio de  existencia  por  omisión),  o cuando hace precisiones  fácticas  que  no  corresponden  a  los  elementos  de  prueba  obrantes, o que  atribuye  a  un elemento de persuasión que en verdad no reposa en el expediente  (falso      juicio      de      existencia     por  suposición).   

Por su parte, en el falso juicio de identidad  el  juzgador,  al  aprehender el contenido de un determinado medio de prueba, le  recorta  apartes trascendentes de su literalidad (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento), o adiciona  circunstancias  fácticas  ajenas  a  su  texto  (falso  juicio  de  identidad  por  adición),  o transforma o  cambia   el   sentido   fidedigno   de   su   expresión  material  (falso   juicio   de   identidad   por  tergiversación),  dislates  con  los  que  se  le  hace decir a la prueba lo que en  realidad no dice.   

Por  ser la naturaleza de los citados vicios  objetivo-contemplativa,  su  acreditación es elemental: en el primer evento, es  preciso  indicar el lugar del proceso en el que se encuentra adjunto el medio de  prueba  omitido  y  su contenido, o destacar la concreción fáctica plasmada en  el  fallo  y  que  carece  de  acreditación  con  las pruebas allegadas, o cuya  demostración  se atribuyó a una prueba ajena a la actuación; y en el segundo,  basta  con hacer un ejercicio de confrontación veraz e imparcial entre el texto  o  tenor  del  medio  de  prueba  y la síntesis que de su contenido postuló el  juzgador,  en  aras  de  evidenciar alguno de los dislates atrás singularizados  (adición,   supresión   o  distorsión).   

Luego  de lo anterior, en uno u otro evento,  es  forzoso  ilustrar  cómo  ese desacierto fue determinante de una conclusión  jurídica  equivocada,  porque  la  corrección de tales desaguisados y la nueva  valoración  de esas pruebas, en conjunto y con sujeción a los postulados de la  sana  crítica,  obliga  a  una  solución  favorable  a  la parte que alega los  respectivos vicios.   

En  el falso raciocinio, a diferencia de los  dos  anteriores  errores  de  hecho,  además  de no discutir la legalidad de la  prueba,  es  forzoso  aceptar  que  está  adosada  al  proceso y que su texto o  contenido  fáctico fue extractado de manera fidedigna por el fallador, toda vez  que  el yerro recae en las deducciones hechas a partir de su literalidad, cuando  las  mismas  entrañan  desconocimiento  de  los postulados de la sana crítica,  valga  decir,  leyes  de  la  ciencia,  reglas  de  la lógica, o máximas de la  experiencia  y el sentido común, correspondiendo entonces al censor desarrollar  una  dialéctica  orientada  a  enseñar  cuál  fue la ley de la ciencia, regla  lógica  o  máxima  de  la  experiencia  o  el  sentido  común equivocadamente  empleada  por  el  funcionario,  y  cuál  es  la  que acertadamente corresponde  utilizar,  con  el  fin  de  arribar  a  una  conclusión  jurídica  correcta y  favorable a los intereses representados.   

Ningún  ejercicio  argumental  semejante al  atrás  esbozado  acerca  de las exigencias para acreditar errores de hecho o de  derecho   aparece   consignado   en   el   “Primer  Cargo”.   

2.2.  El  segundo  cuestionamiento  no es más afortunado que el anterior, ya que el actor denuncia  la  violación  directa  de  determinados  preceptos  del Código Penal y de Procedimiento Penal —entre estos algunos que no revisten la  condición  de  sustanciales  (artículos  232  y  284  a 287) si no simplemente  instrumentales—,   sin  detenerse  a enseñar en relación con cada una de las normas invocadas  el  sentido  del  agravio,  tarea en la que le era imperativo abstenerse de discutir  la  situación fáctica o la valoración probatoria declarada en las instancias,  ya  que  lo  exigido es una dialéctica de estricto orden jurídico enderezada a  demostrar que la vulneración ocurrió por:   

i)   Falta  de  aplicación  o  exclusión  evidente,  lo  cual  suele presentarse, por regla general, cuando el funcionario  yerra  acerca  de la existencia de la norma y por eso no la considera en el caso  específico  que  la  reclama. Ignora o desconoce la ley que regula la materia y  por  eso  no  la  tiene  en  cuenta,  debido  a que comete un error acerca de su  existencia o validez en el tiempo o el espacio.   

ii) Aplicación indebida, vicio que consiste  en  una  desatinada selección del precepto. El error se manifiesta por la falsa  adecuación  de  los  hechos probados a los supuestos que contempla el precepto,  ya  que  los  sucesos  reconocidos en el proceso no coinciden con las hipótesis  condicionantes de aquél.   

iii) O por interpretación errónea, caso en  el  cual  el  juez  selecciona  bien y adecuadamente la norma que corresponde al  suceso  en  cuestión,  y  efectivamente  la  aplica,  pero  al interpretarla le  atribuye  un  sentido  jurídico  que no tiene, asignándole efectos distintos o  contrarios a los que le corresponden, o que no causa.   

Sin  un razonamiento que evidencie alguno de  los  sentidos de transgresión en los que se divide la senda escogida, el censor  de   manera   ininteligible   sostiene   como   fundamento  del  “Segundo  Cargo” un aparente error en la  adecuación  típica  de  la  conducta,  por  cuanto no se imputó al acusado el  comportamiento  descrito en el artículo 208 de la Ley 599 de 2000, en lugar del  previsto  en el 205 ibídem, propuesta que deja apenas enunciada y sin demostrar  conforme   a   las   exigencias  de  la  violación  directa,  incursionando  en  predicamentos  de  orden  probatorio,  al  advertir  que  el  delito  de incesto  careció  de  efectiva  demostración  por  no estar acreditado el parentesco de  consanguinidad  directa  entre  víctima  y  victimario  con  el correspondiente  registro  civil,  afirmación con la que el demandante desconoce el principio de  libertad  probatoria  que  rige  en  lo  penal,  merced  al  cual  los elementos  constitutivos  del  delito,  la responsabilidad del acusado, las causales que la  excluyen,  y  las  que  agravan o atenúan la pena, etc., pueden demostrarse con  cualquiera de los medios probatorios.   

En el asunto examinado el aspecto que echa en  falta  el actor no sólo se estableció a partir de la denuncia de la esposa del  acusado  y  el  testimonio de la menor ofendida, y demás prueba testimonial que  da  cuenta del mismo, sino que además el parentesco fue expresamente reconocido  en  la  indagatoria  del procesado, y su correspondiente ampliación, diligencia  que  tiene  la  triple función de ser mecanismo legal de vinculación, medio de  defensa, y medio de prueba.   

2.3.   En   el  “Tercer Cargo” vuelve el  actor  a  proponer  una  violación  indirecta  de  la  ley sustancial, esta vez  referida  a  medios  de  prueba  de  orden  técnico  como son el reconocimiento  médico  practicado  a  la víctima el 6 de febrero de 2006 en el Hospital Local  de  Luruaco,  y  otro  posterior  efectuado  el  22  del  mismo mes y año en el  Instituto   Nacional   de  Medicina  Legal  y  Ciencias  Forenses  con  sede  en  Barranquilla,  este  último  cuyo  resultado  fue privilegiado en los fallos de  primero  y  segundo  grado  por resultar armónico con la narración de la menor  agraviada  y la valoración psicológica que con base en su relato llevó a cabo  la  misma  entidad,  elementos  de  persuasión  respecto  de los cuales ninguna  crítica  en  términos  de  este  recurso  ensayó  el  libelista, a efectos de  derruir todos los fundamentos que sustentan la decisión atacada.   

Sin  demostrar  un  error  probatorio que se  inscriba  dentro de los vicios propios de la violación directa, el memorialista  simplemente  opone su personal valoración de los dos reconocimientos médicos a  los  que  se circunscribe su queja, con el impertinente propósito de sobreponer  esa  estimación  a  la  consignada  en los fallos de instancia, fin para el que  naturalmente no está reservado el recurso extraordinario.   

Además, la crítica que en el mismo apartado  presenta  el  actor relativa a una omisión probatoria, no sólo resulta ajena a  la  violación  indirecta,  pues  de  ser cierta y trascendente constituiría un  vicio    con   sede   en   la   causal   tercera   de   casación   —por   desconocimiento   del   debido  proceso,    en    su    componente    de   investigación   integral—,   sino   que   también  carece  de  corrección  formal,  toda  vez  que  en  el  juicio  se llevó a cabo la prueba  técnica  que  extraña  el  censor,  sólo  que  la  misma arrojó un resultado  contrario  a  sus  pretensiones,  dado  que  el galeno concluyó “tumescencia          parcial          del          pene”5 condición que no imposibilita la cópula.   

2.4.  Por último,  ante  la completa ausencia de desarrollo del “Cuarto  Cargo”  propuesto  por  el  libelista  —en  escasos tres renglones—, la Sala queda inhibida para hacer un  mayor  estudio  de  los  fundamentos lógicos de ese reproche, máxime cuando su  fundamento  lo  remite  el  casacionista  a  las  alegaciones  consignadas en el  “Cargo   Tercero”,  en  relación   con   las   cuales   atrás   quedó   evidenciada   su   manifiesta  impertinencia.   

3. No está demás,  para  terminar,  advertir  que  dado el precario alcance e insubsanable falta de  rigurosidad  de la demanda, debe la Sala reiterar que el recurso de casación en  esencia  es  un  juicio lógico jurídico, de delicada argumentación y crítica  vinculante,  que  se emite acerca de la legalidad y/o acierto de la sentencia, y  por  ello  no  puede  entenderse  como  instancia  adicional,  ni  como potestad  ilimitada  para  revisar  el  proceso  en su totalidad, en sus diversos aspectos  fácticos   y   normativos,   sino   como   fase   extraordinaria,   limitada  y  excepcional.   

Los  principios de sustentación suficiente,  limitación,  crítica  vinculante,  autonomía  de las causales, coherencia, no  exclusión  y  no  contradicción,  ha  sido  dicho  por  la Corte, en cualquier  régimen    gobiernan    la    casación.   Los   dos   primeros   (sustentación  suficiente  y  limitación),  derivan  del  carácter  dispositivo del recurso, e implican que la demanda debe  bastarse  a  sí misma para propiciar la invalidación del fallo, y que la Corte  no    puede    entrar    a    suplir    sus   vacíos,   ni   a   corregir   sus  deficiencias.   

El  de crítica vinculante, presupone que la  alegación  debe  fundarse  en las causales previstas taxativamente por la misma  normatividad,  y  que  se somete a determinados requisitos de forma y contenido,  dependiendo  de  la  causal  invocada.  Y  los  de  autonomía,  coherencia,  no  exclusión   y  no  contradicción,  implican  que  el  discurso  debe  mantener  identidad  temática,  y  ajustarse  a  los  requerimientos  básicos de lógica  general y lógica jurídica.   

La inobservancia de esos requerimientos, como  en  el  asunto  estudiado, impide la demostración seria, clara y contundente de  cualquiera  de  los yerros previstos por el legislador como motivo enervante del  fallo,  y  veda  a la Corte el estudio de los fundamentos fácticos o jurídicos  de  la  sentencia atacada, pues en atención al principio de limitación, y dado  el  carácter  rogado y dispositivo de la casación, las deficiencias del libelo  no  pueden  ser  enmendadas,  ni asignarse otro sentido a la expresa pretensión  del  demandante,  la  cual  debe  tener  un  objeto  preciso,  claro, definido y  coherente,  regido  por  causales específicas señaladas por la ley, con cargos  que  han  de  adecuarse  a éstas, los cuales se deciden en una nueva sentencia,  diversa   en   objeto  y  contenido  de  la  proferida  por  los  falladores  de  instancia.   

En conclusión, de acuerdo con lo previsto en  los  artículos  212-3  y  213  de  la  Ley  600  de 2000, puesto que los cargos  formulados  carecen  de un adecuado, coherente y lógico fundamento, condiciones  indispensables  para  acceder  al estudio de la sentencia atacada, la Sala se ve  avocada  a  no  admitir la respectiva demanda, máxime cuando no observa que con  ocasión  del  trámite  procesal  o  de  la  decisión  expresada  en  el fallo  impugnado,  se  haya  incurrido  en  violación  de  derechos  o  garantías del  procesado     IMITOLA  JIMÉNEZ,  como para que sea necesario el ejercicio de  la   facultad   legal   oficiosa   que   le   asiste  en  aras  de  asegurar  su  tutela.   

En  mérito  de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal,   

RESUELVE:  

NO   ADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  en  nombre  de  RAÚL  IMITOLA  JIMÉNEZ por  las razones plasmadas en este proveído.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                              SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                        MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  L.   

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN                            JORGE  LUÍS  QUINTERO  MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                                    JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Cuaderno  original  #1,  folios  2,  15-17 y 38-40. El nombre del  joven  víctima  se  mantiene  en  reserva  de  acuerdo con la Ley 1098 de 2006,  artículo 47.   

2  Ídem, folios 20-24, 43-45, 92 y 107-114.   

3  Cuaderno original #2, folios 69-81 y 91-98.   

4  Cuaderno del Tribunal, folios 8-17 y 40-52.   

5  Cuaderno original # 2, folio 60.     

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